Capítulo 2: Callejón Diagon

Hermione se levantó muy temprano esa mañana.

Al igual que muchos otros días, tuvo que recordarse que no estaba loca ni lo había soñado. Se repetía a sí misma una y otra vez - Soy una bruja, puedo hacer magia- hasta convencerse. Observó con cariño la pila de libros en su escritorio, varios de los cuales ya había terminado y que le reafirmaban una vez más que todo era real.

Su madre tocó su puerta a los pocos minutos, llamándola a desayunar.

Hoy iba a ser un día especial ya que faltaba exactamente un mes para el comienzo de clases. Se suponía que hoy había sido citada por la profesora McGonagall en un lugar donde podría conseguir el resto de sus materiales de estudio.

Luego del desayuno sus padres la acompañaron a la primera dirección que mencionaba su carta. Los notó un poco pálidos cuando llegaron al punto de encuentro; el barsucho se veía un poco deteriorado y mugriento, pero a ella se le antojo pintoresco, aunque no podía evitar sentirse confundida sobre cómo iba a conseguir sus materiales en esa clase de lugar.

Su padre se acercó a la barra un poco titubeante a preguntar por la profesora. El hombre que atendía hizo un hosco ademán con la cabeza apuntando hacia la parte trasera del lugar. Caminaron los tres a través del bar hasta un pequeño patio cerrado, donde no había más que un cubo de basura y hierbajos. Su madre la apretaba con fuerza contra su costado hasta el punto de que le dolía brazo.

Un minuto más tarde apareció la profesora. Eran solo las nueve de la mañana, pero la mujer se veía estresada como si hubiese estado corriendo de acá para allá todo el día.

-Espero sepan disculpar la demora, unos asuntos me entretuvieron en el camino- dijo la mujer mientras acomodaba su sombrero de punta - Señorita Granger- exclamó- ¿ha traído su carta con usted? -

-Así es profesora, también he memorizado todos los artículos que necesito comprar y he adelantado el material de lectura que me envió- dijo ella con expresión autosatisfecha.

-Excelente- respondió la mujer.

-Profesora- inició su padre ahora más relajado – creímos que habíamos confundido la dirección, entenderá usted mi confusión... no creo que un bar sea el lugar más adecuado para una niña-

-El Caldero Chorreante no es simplemente un bar, señor Granger- contestó buscando su varita en la manga de la túnica. Se acercó a la pared de ladrillos ubicada en el fondo del patio y le dio tres golpecitos con la varita.

El ladrillo que había tocado se estremeció, se retorció y en el medio apareció un pequeño hueco, que se hizo cada vez más ancho, hasta llegar al tamaño de un hombre adulto. Pasaron uno detrás de otro por el agujero, los ojos de los Granger no paraban de moverse hacia todos lados con sorpresa y admiración a partes iguales.

Sin tener tiempo de procesa toda la información tuvieron que seguir a la profesora a lo largo de una calle adoquinada. Un montón de tienditas que parecían salidas de un cuento se sucedían a ambos lados del pasaje y extendiéndose hasta donde llegaba su visión.

Hermione nunca había visto tanta gente junta en un mismo lugar. A pesar de vivir en Londres, el barrio en el que se encontraba la casa de sus padres estaba en las afueras, lejos de los grandes amontonamientos de personas. Incluso aquella vez que fueron al teatro de Avenida Shaftesbury no creyó ver a tantas personas. Un sinfín de brujas, magos y algunas otras criaturas que no llegaba a identificar se paseaban a toda prisa de un lado a otro, vestidos con túnicas de colores y cargando enormes sacos llenos de sus compras.

La profesora se detuvo unos metros más adelante y volteó hacia la familia.

-Bienvenidos al callejón Diagon- dijo mientras rebuscaba en un pequeño bolso que traía ajustado a su cintura- Este lugar es el centro comercial mágico más importante de Londres aquí encontraran variedad de restaurantes, tiendas y otros lugares de interés. Me tomé la libertad de conseguir algo de dinero mágico para ustedes- dijo McGonagall mientras les entregaba un saco lleno de monedas- cuando necesiten más deberán acercarse a Gringots por su cuenta, allí les cambiaran su dinero muggle por galeones de oro, sickles de plata y knuts de bronce-

- ¿Este Gringots sería...? - comenzó el Sr. Granger.

- Gringotts es el único banco de los magos, podrán encontrarlo en el centro del callejón. Está controlado por duendes, quienes podrán asesorarlos con respecto al cambio de divisas. - explicó -Bien, lamentablemente no podré acompañarlos en el recorrido- dijo extendiendo un papiro hacia la madre de Hermione- sin embargo, en este mapa encontrarán señaladas todas las locaciones donde podrán encontrar los materiales informados en la carta, que serán necesarios para el comienzo de curso- hizo una pausa – Bueno... adelante ¿Qué están esperando? El tiempo apremia - concluyó haciendo un ademán con la mano para que avancen.

Los señores Granger se despidieron un poco confundidos con un asentimiento de cabeza y unos murmullos de agradecimiento.

-Cariño ¿por dónde deberíamos comenzar...? -

-Bueno...- respondió el señor Granger estudiando el mapa- La lista decía...-

-El uniforme- interrumpió Hermione a su padre, recitando de memoria la lista.

-El mapa menciona "Madame Malkin, túnicas para todas las ocasiones"- concluyó su padre antes de comenzar a caminar hacia la dirección indicada.

Les tomó unos diez minutos en encontrar el lugar a pesar de que solo estaba unos metros más adelante. Las distracciones constantes y los escaparates llamativos atrajeron la atención de Hermione que se detenía a curiosear en todos lados (y la de sus padres también, aunque se esforzaron por disimularlo).

-Hermione cariño vamos ya- intentaba persuadirla su madre para seguir con el recorrido mientras le tocaba suavemente el brazo.

- ¡Mira mamá tienen lechuzas reales! -gritaba Hermione con la nariz pegada al vidrio de la tienda.

-Lo se amor, son muy bonitas, pero tenemos que comprar muchas cosas, luego podemos volver a ver a las lechuzas-

Finalmente encontraron el lugar y se apresuraron a entrar. Madame Malkin era una bruja sonriente, regordeta y que era incapaz de estar en silencio por más de un minuto.

-Buenos días, señores, buenos días a ti también pequeña ¿qué se les ofrece? - dijo rodeando el escritorio, pero antes que el señor Granger pueda abrir la boca continuó por su cuenta- ¿vienes a por tu uniforme para Hogwarts cierto? No se diga más, eres una niña preciosa, ven te encontraremos unas buenas túnicas- dijo tomándola del brazo y arrastrándola hacia un probador ubicado en la trastienda. Sus padres permanecieron sentados en la parte frontal tomando una taza de té que estaba siendo servida, para perplejidad de ambos, por una tetera flotante.

-La mayoría de los niños de tu edad vienen en estas épocas buscando sus túnicas para Hogwarts, ¿no es maravilloso? Es uno de los mejores colegios para magos del mundo, tu y tus padres deben estar muy orgullosos de que puedas asistir-

-Por supuesto que sí, no puedo esperar...- empezó Hermione con una sonrisa de oreja a oreja, pero tuvo que interrumpirse cuando la bruja comenzó a arrojarle las prendas que se suponía debía probar.

-Claro que sí, eso es exactamente lo que digo, como parte del reglamento del colegio tendremos que bordar tu nombre en las prendas. No te preocupes, linda, lo podemos resolver en un momento ¿cómo dijiste que te llamabas? - siguió la señora mientras revoloteaba por todos lados con varias prendas en sus manos.

-No lo dije, mi nombre es Hermione Granger- respondió terminando de probarse las primeras túnicas. La mujer tenía un gran ojo, le atino al talle a la primera.

- ¿Granger? No me suena tu apellido linda ¿de dónde es tu familia? -

-De Londres, vivimos en el distrito de Hampstead -

- ¿Hampstead? Acaso... Oh, que tonta lo siento no me di cuenta ¿tus padres son muggles, no es así? - dijo ella mientras bordaba su nombre en las prendas con un movimiento de su varita- No te preocupes cariño, hoy en día los hijos de muggles son bien recibidos en nuestra comunidad-

Hermione no pudo evitar pensar que Madame Malkin la miraba por momentos con lástima, pero no comentó nada al respecto. Ella sabía, debido a lo que había podido leer en la Historia de Hogwarts, que existía un cierto grupo de magos, entre ellos el fundador de la casa de Slytherin, que estaban en contra de permitir a personas como ella estudiar junto al resto, ya que los consideraban impuros. Este hecho no le extrañó en un primer momento, ya que la historia de los no magos estaba plagada de situaciones similares de discriminación hacia los que consideraban diferentes o inferiores; aún así no creyó que fuera a verlo reflejado con cotidianidad en la actualidad.

Rápidamente la bruja terminó sus bordados y, luego de empaquetar su uniforme dentro de unas bonitas cajas cerradas con moños de colores, ambas volvieron a la parte delantera de la tienda para abonar los artículos. La mujer les explicó de forma lenta y pausada, como si estuviera hablando con un niño pequeño, de qué forma funcionaba el dinero mágico. Sus padres, algo confundidos por el cambio en su actitud, pero agradecidos por la explicación, abonaron las prendas y se aprontaron a la calle para continuar el recorrido.

Se dirigieron a su siguiente destino en una tienda llamada Flourish y Blotts, para comprar unas plumas, pergaminos, y algunos libros extra que a Hermione le resultaron interesantes y que no estaban incluidos en la lista, ya que la profesora McGonagall le había enviado todos estos con anterioridad. Su padre había congeniado con el gerente de la tienda, y mantuvo una conversación larga y tendida sobre los distintos tipos de tintas y cómo afectaban a la calidad de los ensayos.

Continuaron en la tienda de pociones, la que tenía un olor tan horrible que la hacía fruncir la nariz, compraron caldero de peltre, un juego de redomas de cristal y una balanza de latón. La señora Granger soltó un gritito cuando se cruzó con un bote lleno de babosas cornudas, luego se sonrojó murmurando una disculpa debido a que todos los presentes se voltearon a ver que sucedía.

Cuando salieron de ahí la mujer se sintió aliviada – ¿Caray esas cosas extrañas se utilizan para hacer magia? - preguntó mirando a su hija.

La niña se volteó encogiéndose de hombros con una sonrisa de medio lado – Eso aún no lo sé, pero seguro que no tardo en averiguarlo-

- Bueno señoritas solo nos queda una parada- dijo apuntando hacia una tiendita oculta en la esquina, que ya tenía ubicada por la cantidad de vueltas que habían dado antes.

La fachada de la tienda era oscura y torcida, y tenía un letrero en la puerta que decía en letras doradas "Ollivander: fabricantes de excelentes varitas desde el 382 a.C." y el interior del lugar era estrecho y polvoriento. Ni bien entraron, sonó una campanita en el fondo de la tienda, era un lugar pequeño y vacío, salvo por una silla larguirucha en donde la Sra. Granger acomodó sus recién adquiridas pertenencias.

-Buenas tardes- dijo una voz amable. Un anciano, que se presentó como el Sr. Ollivander, estaba ante ellos; sus ojos, grandes y pálidos, brillaban como lunas en la penumbra del local.

-Buenas tardes Sr. Ollivander, la profesora McGonagall me envió aquí a comprar mi varita- dijo Hermione. A pesar de que ella no lo noto, el pecho de su padre se hinchó de orgullo al ver lo educada y bien desenvuelta que era su no tan pequeña hija.

-Ah... Minerva McGonagall abeto, 24 centímetros, núcleo de fibra de corazón de dragón, una varita elegante y poderosa, excelente para la transformación y excepcional sin dudas, al igual que su dueña- el hombre detuvo su discurso para fijarse en Hermione- y entiendo, por consiguiente, que usted también lo será, no todos los días una hija de muggles capta la atención de la vicedirectora de Hogwarts, después de todo. -

Hermione se sonrojó un poco por el elogio y otro poco por vergüenza. Se preguntó cómo es que el hombre pudo intuir tan rápido su origen no mágico, pero decidió guardarse la pregunta para otro momento.

El anciano se le acercó sacando de su bolsillo una cinta métrica con marcas plateadas- ¿Qué brazo usas? -

-Soy zurda- respondió ella.

-Interesante...extiende tu brazo- y así lo hizo. Midió del hombro al dedo, luego de la muñeca al codo, del hombro al suelo, de la rodilla a la axila y alrededor de su cabeza – Bien... excelente...mmm...- murmuraba el mago para si mismo mientras trabajaba -Verá usted señorita...-

-Granger, Hermione Granger-

-Señorita Granger, en nuestro mundo no hay dos varitas iguales, cada una de ellas tiene cualidades que la hacen única y especial, y que le permiten elegir al mago que se convertirá en su dueño-

- ¿Dijo usted elegir a su dueño? -

-Exacto sí, eso dije- afirmó mientras trasteaba con las pilas de cajitas que se apilaban en las bibliotecas a ambos lados de la tienda- Aquellos quienes estudiamos las varitas sabemos que, indudablemente, es la varita la que escoge al mago al que servirá y, por supuesto, no se obtendrán tan buenos resultados utilizando la de otra persona- le tendió una varita que había sacado unos segundos antes de una de las cajitas- tome, pruebe esta-

Ella la sujetó con una mezcla de miedo y expectativa. Era fina y larga, de un color marrón claro y con un bonito e intrincado diseño. Sintió inmediatamente una oleada de calor proveniente de su mano extenderse a lo largo de su brazo y hacia el resto de su cuerpo.

-Vid, 27 centímetros, flexible, núcleo de fibra de corazón de dragón... sí, eso tiene sentido- murmuró el hombre - Agítela-

Hermione obedeció y de inmediato la pila de cajas que el Sr. Ollivander trajo comenzaron a flotar y a ubicarse de manera ordenada en las estanterías de las que habían salido.

- ¡Extraordinario señorita Granger!- exclamó el hombre dando un salto que sobresaltó al Sr. Y la Sra. Granger- Una varita excepcional, poderosa y buena para conjurar hechizos, pero caprichosa... y la eligió a usted a la primera, sin dudas es todo un logro del que debería sentirse orgullosa-

La niña esbozó una tímida sonrisa de agradecimiento, luego volteó a ver a sus padres, quienes sonreían con los ojos llenos de aprobación silenciosa.

El Sr. Granger pagó siete galeones de oro por su varita y el señor Ollivander los acompañó hasta la puerta de su tienda.

La familia, feliz y exhausta a partes iguales, emprendió su camino de regreso por el callejón, a través del muro de ladrillos, de vuelta hacia su hogar donde podrían compartir las últimas semanas juntos antes del inicio de clases.