Plataforma nueve y tres cuartos

El primero de septiembre llegó más rápido de lo esperado.

Había aprovechado el último mes para adelantar toda la lectura posible, también había pasado mucho tiempo con sus padres, que la mimaban en todo momento, reacios a la idea de que su niña estudie en un lugar tan lejos de casa.

Hermione tenía un oído excelente y el sueño liviano, es por eso que los había podido escuchar discutir en voz baja por las noches, cuando creían que estaba dormida. Estaban confundidos sobre cómo debían actuar, después de todo no existía un manual sobre "cómo criar a tu hija luego de enterarte que es una bruja", les aterraba la idea de enviar a su pequeña a un lugar lejano, desconocido, en un mundo que ellos no conocían ni comprendían y les entristecía saber que no iban a poder aconsejarla durante su crecimiento porque, a diferencia de otros niños nacidos de padres magos, tendría que descubrirlo todo por sí misma.

Ella por su parte, estaba sumamente agradecida con ellos, por el enorme esfuerzo que sabía que estaban haciendo para digerir todos los cambios que estaban sucediendo últimamente, con el único fin de verla feliz.

Podía afirmar, sin exagerar, que su relación con ellos había salido fortalecida, y que se habían sentido más unidos este mes que en toda su vida. Justamente por eso la despedida fue mucho más dura de lo que esperaba.

Desde primera hora de la mañana su madre se pegó a ella, disimulando lo más que podría las lagrimillas que se le escapaban cada tanto. Su padre, por otro lado, intentaba mostrarse lo más tranquilo posible. Sin embargo, Hermione podía verlo masajear su cuello una y otra vez, algo que lo había visto hacer innumerables veces después de una jornada de trabajo particularmente dura.

A las nueve en punto de la mañana estaban los tres reunidos en la sala, con la enorme maleta, que había llenado con todas sus adquisiciones y algo de ropa, acompañándolos.

- Minie - empezó su padre llamándola con el diminutivo que utilizaba cuando era pequeña – queremos que sepas que tu madre y yo estamos muy orgullosos de ti – dijo con la voz un poquito estrangulada- también queremos desearte buena suerte en esta nueva etapa y recordarte que estaremos para ti siempre que nos necesites-

El hombre metió la mano en su saco de vestir y sacó una pequeña cajita forrada en terciopelo rojo, rematado con un fino entramado de líneas doradas en las que podía leer su nombre escrito en una letra retorcida y elegante. Su madre, que estaba lagrimeando nuevamente, le entregó la caja y le pidió que la abra.

Era la pluma más hermosa que había visto en su vida: La punta era dorado brillante y tenía grabada una inscripción que no llegaba a distinguir, tenía incrustada con pluma blanca y brillante como la nieve, que le daba un aspecto de en sueño. Se preguntó en qué momento su padre había obtenido aquel regalo; tuvo que haber sido durante la visita al callejón, en alguno de los ratos en los que ella estaba distraída con otra cosa. De repente sintió un nudo en la garganta, si seguían de esta manera su madre no iba a ser la única en lagrimear.

-Gracias, es realmente preciosa- susurró sin saber muy bien lo que decir.

-Feliz cumpleaños Minnie – contestó él por toda respuesta.

Lo había olvidado, su cumpleaños era en menos de un mes. Sería la primera vez que no pasaría ese día con sus padres, claro que ellos lo habían recordado y se habían encargado de buscarle el mejor regalo con el fin de hacerla sentir acompañada. Sin duda eran los mejores padres que una niña podía tener.

Hermione dejó la pluma en su cajita y la guardó con sumo cuidado dentro de su baúl. Luego abrazó efusivamente a ambos y, luego de lloriquear un ratito y recordarles cuanto los quería, iniciaron su travesía hacia la estación de King´s Cross.

Llegaron a la estación a las diez y media. El señor Granger empujaba el enorme baúl de Hermione entre medio de los andenes plagados de gente, seguido de cerca por su madre y por ella.

- ¿Tienes tu boleto cariño? -

-Sí mamá, aquí lo traigo-

Cogió firmemente en su mano el boleto que la profesora McGonagall le había hecho llegar, junto con una carta, hacía una semana. La carta que, para alegría de Hermione había sido entregada por una pequeña lechuza, contenía una detallada explicación sobre la importancia de mantener a buen recaudo el billete y una serie de instrucciones sobre cómo debía ingresar a la plataforma para abordar el tren.

Una vez llegaron a la plataforma nueve se detuvieron a mirar el muro que, según la explicación de la profesora, debían atravesar.

Por un momento espero que, al igual que sucedió en el callejón Diagon, los ladrillos se retorcieran hasta abrirles un hueco por el cual pasar. Luego de unos minutos de silenciosa expectación, dentro de los cuales fue claro que nada de eso sucedería, decidieron releer la carta.

-Aquí menciona que se debe caminar deprisa hacia el muro ubicado entre la plataforma nueve y diez- dijo ella.

- ¿Y si no se abre...? -Empezó su madre. Casi podía ver trabajar los engranajes de su cabeza, pensando que pasaría si chocaran de bruces contra el muro.

-Creo que no tenemos otra opción si queremos llegar a tiempo- respondió el Sr. Granger ojeando el reloj que traía en su muñeca- Bien, a la cuenta de tres corremos ¿listas? -

Las mujeres se colocaron una a cada lado, bien sujetas del brazo del cabeza de familia.

-Uno, dos... ¡tres! - gritó su padre para luego impulsarlas en una carrera directo hacia la pared.

Hermione atinó a cerrar con fuerza los ojos antes del impacto y solo los abrió, varios segundos después, al descubrir que no había sentido ningún golpe. Por unos momentos no pudo moverse, estaba congelada mirando la enorme y humeante locomotora roja rotulada como "Expreso Hogwarts 11 hs".

-No puede ser- murmuró. El peso de su nueva realidad le cayó como un baldazo de agua fría y sentía un nudo en el pecho que le impedía pensar con la habitual claridad que la caracterizaba.

Un peso cálido en su hombro la sacó del transe en el que se encontraba, a sus espaldas sus padres la miraban con intensidad. Por un momento, pensó Hermione, parecía que le preguntaban en silencio - ¿Estás segura? -. Se forzó a tragarse los nervios y a sonreír, tratando de transmitir una tranquilidad que no sentía. Ambos le devolvieron una sonrisa dubitativa, pero no mencionaron más nada sobre el tema.

Los primeros vagones ya estaban llenos de estudiantes que se asomaban por las ventanas para saludar a sus familiares, por lo que el Sr. Granger tuvo que arrastrar el pesado baúl hasta casi el final del andén. La ayudaron a acomodar sus pertenencias en uno de los últimos compartimientos, que estaba casi vacío en comparación a los otros. La despedida final fue mucho más torpe y rápida, porque no podían detenerse a hablar en el medio de todo el vaivén de padres y estudiantes.

- ¡Adiós, cariño! Envíanos una carta cuando llegues. - Gritó su madre por encima del ruido de la locomotora y los gritos.

Agitó la mano con alegría y antes de darse cuenta de lo que sucedía el tren comenzó a moverse primero lento y luego rápidamente.

Unos pocos minutos después de la partida los niños comenzaron a calmarse y a acomodarse en los asientos que habían elegido. Estudió en silencio a quienes estaban sentados con ella: un niño moreno, con una sonrisa pícara, que se veía muy emocionado de estar allí; una niña pelirroja, con mejillas redondas y sonrojadas; y otro niño castaño, con acento irlandés y aspecto desaliñado, que venía conversando alegremente con el primer muchacho.

El escrutinio detallado al que estaban siendo sometidos llamó la atención del niño castaño, que dirigió la mirada hacia ella- Ey tú, ¿te pasa algo? -

Hermione era una niña brillante. Sin embargo, el sociabilizar con la gente no era su fuerte, entre otros motivos, porque tenía muy pocas pulgas y una lengua rápida y afilada.

- ¿Me estás hablando a mí? - preguntó levantando la ceja – Mi nombre no es niña, es Hermione Granger y creo que deberías arreglarte el uniforme cuanto antes -

El niño se miró su ropa, que por supuesto estaba desarreglada, y se apresuró a acomodarse con torpeza mientras la miraba de reojo con mala cara.

El moreno, que antes venía hablando con el niño irlandés, la observó sonriendo ampliamente, dejando ver una hilera de blancos dientes. Tenía una actitud cálida y amable que hacía que todos los presentes quieran llevarse bien con él - Hola Hermione mucho gusto, mi nombre es Dean Thomas, y este chico de aquí es Seamus Finnegan- los presentó a ambos extendiendo la mano.

Ella se la estrechó, complacida por la actitud educada del muchacho. Inevitablemente todas las miradas se dirigieron al último habitante del vagón, la tímida niña se encogió en el asiento mientras sus mejillas se encendían de un brillante color rojo - ¿Cómo te llamas? - le preguntó Hermione.

-Ha-Hannah Abbot – tartamudeó la niña en respuesta.

-Qué bonito nombre Hannah- Respondió Hermione mientras le sonreía.

-Gracias... el tuyo es extraño- dijo despacito con una pequeña sonrisa asomando en su redondeado rostro.

Hermione, lejos de ofenderse o extrañarse, coincidió con ella – Lo sé, mis padres son fanáticos de Shakespeare-

- ¿Quién es Shackspire, es un mago famoso? - preguntó Seamus.

-Un escritor muggle- intervino Dean- lleva muchos años muertos, pero sigue siendo famoso por sus cuentos -

- ¿Entonces tú también eres...? -

-Hijo de muggles, sí que lo soy, o al menos eso creo-

Antes de que pudiera preguntar a que se refería con eso de creer, fueron interrumpidos por una señora regordeta que arrastraba un canasto lleno de dulces - ¿Quieren algo del carrito niños? - preguntó.

Seamus y Hannah se acercaron de inmediato a elegir algunos artículos, Dean permaneció sentado, no parecía demasiado interesado en la comida. Hermione asomó la cabeza para ver la mercadería, pero no podía reconocer ni una sola cosa de lo que se encontraba allí; no creyó que la mujer fuera a vender chocolates Mars, lo que era una pena porque eran sus favoritos.

- ¿Vas a comprar algo o no? - la apuró la mujer.

- No, gracias- respondió mientras volvía a sentarse sonrojada.

La bruja siguió su camino a lo largo del tren, y Seamus y Hannah empezaron a abrir los distintos envoltorios llenos de golosinas. Hermione observaba con atención los extraños dulces que se metían a la boca uno tras otro, al parecer a los magos les gustaba experimentar con su comida, descubrió después de que Finnegan se comiera unos caramelos que explotan en la boca.

Hannah, que mordisqueaba un pastelito color naranja, notó su curiosidad y le extendió un dulce que había apartado para más tarde – Toma pruébalo -

- ¿Qué es? - preguntó tomándolo entre sus dedos. Lo miró detalladamente, a simple vista parecía una pluma común y corriente de un color azul claro, si no hubiera visto a Hannah comprarla hace unos momentos a la señora del carrito habría jurado que no era comestible.

-Es una pluma de azúcar, son deliciosas y, si tienes hambre en clase, puedes chuparla disimuladamente- dijo Hannah con una sonrisita traviesa.

Hermione le agradeció el regalo y procedió a probar la pluma. Por un momento se detuvo a pensar que opinarían sus padres, ambos dentistas, sobre ella comiendo un dulce tan azucarado. Acto seguido guardo el caramelo en el bolsillo de su túnica - Lo dejaré para más tarde - avisó.

-Como gustes- contestó la pelirroja encogiéndose de hombros.

Los cuatro se la pasaron un buen rato conversando de cualquier tema, de vez en cuando pasaba algún niño de otro vagón a saludar o simplemente a curiosear.

En algún momento del viaje unas niñas se pararon a cuchichear justo en la puerta del vagón.

-Esta en el tren...-

-Lo sé, me lo dijo Terry-

-No puedo creerlo...-

Hermione intentó distinguir de que estaban hablando, pero no pudo escuchar los detalles por el ruido del tren. Sin embargo, habiendo superado su etapa tímida, salió a flote su personalidad mandona que no podía evitar tomar el control de la situación.

-Iré a ver qué pasa- informó a sus acompañantes que siguieron charlando como si nada.

-Oigan ustedes dos- las interrumpió. Las niñas voltearon a ver a la recién llegada, molestas por la interrupción.

- ¿Qué? - respondió de mala gana la más morena.

- ¿De qué están hablando? - insistió la castaña.

La niña rubia, quien mal entendió la pregunta de Hermione cómo genuina curiosidad, sonrió de manera cómplice antes de contestar emocionada - ¿No te enteraste? Hay un famoso en el tren y.…-

-Ambas son de primero ¿No es así? Espero que, ya que tienen tiempo libre para chismear, al menos hayan terminado de leer el material de este año- se escuchó un silencio cargado de confusión - Deberían volver a sus vagones para prepararse, iré a preguntarle al conductor cuánto falta para llegar- finalizó y sin darles tiempo de responder se dio media vuelta caminando hacia la parte delantera del tren.

No llegó a avanzar más de diez pasos cuando casi es atropellada por un chico que cayó de bruces delante de ella.

- ¡Auch! - se quejó levantándose sobre sus rodillas - lo siento -

- ¿Estás bien? - le pregunto ella ayudándolo a incorporarse.

-Si, gracias- respondió sacudiendo su túnica - ¿De casualidad has visto un sapo? Lo he perdido, se llama Trevor - dijo apoyando una mano en la frente con preocupación.

-No lo he visto- respondió secamente. Luego de un momento, después de notar que estaba genuinamente angustiado, intentó arreglar la situación - pero puedo ayudarte a buscarlo si quieres-

El chico, que estaba a punto de llorar, se volteó a mirarla con los ojos brillantes - ¿En serio me ayudarás? Todos creen que soy un tonto por estar buscando un sapo, la gente opina que es una mascota fea, pero Trevor es muy importante para mí porque es un regalo de mi abuela -

-No creo que seas un tonto, te ayudaré a preguntar por ahí si alguien lo ha visto- respondió compadeciéndose. - Nadie debería ser tomado por tonto solo por estar buscando a su querida mascota, no importa lo rara o incomprendida que sea -

- Te lo agradezco mucho, mi nombre es Neville Longbottom, por favor avísame si te enteras de algo- pidió el muchacho sonriente.

-Claro Neville, mi nombre es Hermione Granger gusto en conocerte- expresó. El chico le había agradado bastante, se lo notaba un tanto patoso y desordenado, pero ella podía distinguir una persona de corazón noble cuando la veía - voy de camino a la cabina del conductor, veré si alguien sabe algo por ahí- dijo antes de continuar su camino.

Hermione, que ante todo era extremadamente responsable, se obligó a sí misma a preguntar en todos los vagones por Trevor, a pesar de que esto la iba a demorar muchísimo en su camino hasta el conductor. Obtuvo respuestas negativas en todos ellos, en algunos casos acompañadas de risitas y miradas burlonas.

Ya un tanto cansada de preguntar, abrió la puerta de uno de los últimos compartimientos restantes - ¿Alguien ha visto un sapo? Neville perdió uno-

-Ya le hemos dicho que no- le respondió uno de los pasajeros con voz cansina. Se detuvo un momento a observarlo, era pelirrojo y tenía la cara pálida llena de pecas que contrastaban con unos ojos de un intenso azul. Claro que Hermione no se hubiera parado a observar todo aquello si no fuera porque el niño estaba empuñando una varita.

-Oh ¿estás haciendo magia? Veámoslo- pidió sin poder evitarlo. Ella había estado practicando con algunos hechizos, a su parecer bastante simples, pero no podía evitar la emoción de ver al resto de los niños, muchos de los cuales se habían criado en familias de magos, hacer magia seguramente más avanzada. Se recostó en la puerta del vagón expectante.

-Eh... de acuerdo. — Respondió el chico algo desconcertado, luego se aclaró la garganta para continuar- Rayo de sol, margaritas, vuelvan amarilla a esta tonta ratita- dijo agitando la varita.

Tras unos momentos de silencio, en los que la rata por cierto no cambio de color, Hermione preguntó- ¿Estás seguro de que es el hechizo apropiado? Bueno, no es muy efectivo, ¿no? Yo probé unos pocos sencillos, sólo para practicar, y funcionaron. Nadie en mi familia es mago, fue toda una sorpresa cuando recibí mi carta, pero también estaba muy contenta ya que ésta es la mejor escuela de magia, por lo que sé. Ya me he aprendido todos los libros de memoria, desde luego, espero que eso sea suficiente... Yo soy Hermione Granger ¿Y ustedes son? -

Notó que había dicho mucho y muy rápido, pero no podía evitarlo, hablar de magia la emocionaba demasiado.

Los niños se miraron entre sí, confundidos por la verborragia de la recién llegada. Interpretó también en su silencio que ellos, al igual que las chicas de antes, tampoco se habían aprendido los libros.

-Yo soy Ron Weasley- murmuró el pelirrojo con la boca torcida. Hermione lo miró de reojo, reconocía ese tipo de expresión que ya había visto innumerables veces en su vida, al niño le había molestado su comentario sobre el "no hechizo".

-Harry Potter- habló por primera vez su acompañante.

Un chispazo de reconocimiento pasó por la cabeza de Hermione, así que de él es de quien estaban hablando.

- ¿Eres tú realmente? - atinó a preguntar - Lo sé todo sobre ti, por supuesto, conseguí unos pocos libros extra para prepararme más y tú figuras en Historia de la magia moderna, Defensa contra las Artes Oscuras y Grandes eventos mágicos del siglo XX.

- ¿Estoy yo? - respondió él confundido.

Hermione, que no daba crédito a lo que oía, respondió rápidamente -Dios mío, no lo sabes. Yo en tu lugar habría buscado todo lo que pudiera. Hablando de buscar ¿Saben a qué casa van a ir? Estuve preguntando por ahí, pero al parecer nadie sabe en qué consiste exactamente la ceremonia. Yo espero estar en Gryffindor, parece la mejor de todas y oí que Dumbledore estuvo allí, pero supongo que Ravenclaw no será tan mala...- se obligó a detener su discurso para enfocarse en lo que había venido a hacer-de todos modos, es mejor que siga buscando el sapo de Neville. Nos vemos luego- concluyó dando media vuelta y saliendo de allí a toda prisa.

El resto del camino hacia el conductor fue rápido porque aunque continuó preguntando en el resto de las formaciones por el sapo de Neville, su cabeza estaba en otro lugar. Se alegraba de haber podido conocer a tantas personas nuevas. Supuso que, a pesar de haber hablado demasiado y de ser un poco mandona, iba a existir, aunque sea una persona en todo ese inmenso tren que le haya caído bien.

Finalmente, después de muchas distracciones, logró su cometido de llegar a la cabina del conductor. El maquinista le informó que faltaba poco para llegar y ella notó un apretón de emoción en el pecho.

Iba de camino hacia el compartimiento donde se encontraban Hannah y los otros, cuando escuchó unos gritos seguidos de unos críos que salieron corriendo de un vagón en particular, lo reconoció como el lugar en el que Harry Potter y Ron Weasley viajaban.

Se apresuró hasta la puerta y miró hacia adentro, ambos chicos estaban de pie, despeinados y bastante rojos. A sus pies había decenas de envoltorios de caramelos de todo tipo desparramados - ¿Qué pasó? - preguntó algo confundida.

El pelirrojo, que sujetaba una rata que parecía muerta por la cola, la ignoró totalmente dirigiéndose a Harry - Creo que se desmayo– dijo analizando al animal con cara de disgusto - No, no puedo creerlo, ya se ha vuelto a dormir... ¿Conocías ya a Malfoy? - le preguntó.

El moreno, al que claramente no le agradaba ese tal Malfoy, le explicó que había tenido un encuentro desagradable con el chico en el callejón Diagon.

-Oí hablar sobre su familia- le respondió Ron con la voz apagada – Son algunos de los primeros que volvieron a nuestro lado después de que Quientú-sabes desapareció. Dijeron que los habían hechizado. Mi padre no se lo cree. Dice que el padre de Malfoy no necesita una excusa para pasarse al Lado Oscuro. -Se volvió hacia Hermione- ¿Podemos ayudarte en algo? -le preguntó de mala gana al notar que se había quedado escuchando.

Ella, ofendida por ser ignorada, respondió - Será mejor que se apresuren y cambien sus ropas. Acabo de ir a la locomotora y el conductor me dijo que ya casi estamos llegando. No estaban peleando, ¿verdad? ¡Se meterán en líos antes de que lleguemos! - los regañó.

-Scabbers se estuvo peleando, no nosotros —dijo Ron, mirándola con rostro severo—. ¿Te importaría salir para que nos cambiemos? -

Sintió la furia brotar directo desde sus entrañas hasta su pecho - Vine aquí porque están haciendo chiquilladas y corriendo por los pasillos - dijo Hermione en tono despectivo -A propósito, ¿te has dado cuenta de que tienes sucia la nariz? - y sin esperar respuesta salió de allí lo más rápido que sus piernas le permitieron.

-Voy a encontrar amigos en este lugar, pero sin dudas ese tonto pelirrojo no va a ser uno de ellos- murmuró llena de rabia apresurando el paso.

- Has vuelto ¿Qué te llevó tanto tiempo? - preguntó Hannah al verla entrar por la puerta del vagón.

-Pasaron un montón de cosas allá afuera, ni te imaginas...-

Antes de que Hermione pudiera contarle sobre sus aventuras, una voz atronadora se escuchó en toda la formación - Llegaremos a Hogwarts dentro de cinco minutos. Por favor, dejen su equipaje en el tren, se lo llevarán por separado al colegio-

Una vez llegados a destino sintió otra vez el apretón de nervios en el estómago, pero lo ignoró y caminó junto con los otros alumnos entre empujones y pisotones hasta la salida del tren.

El andén estaba oscuro, frío y abarrotado de alumnos que iban y venían. Por un momento se descolocó entre tanto movimiento, por suerte en ese instante sonó una voz por encima de todos los otros ruidos - ¡Primer año! ¡Los de primer año por aquí! - gritaba a todo pulmón.

No fue nada difícil encontrar al dueño de esa voz, ya que era el doble de alto que una persona normal y, por lo menos, tres veces más ancho. También llamaba mucho la atención por la enorme mata de pelo salvaje que se formaba entre su cabello y su barba - Vengan todos... ¿Hay más de primer año? Miren bien por dónde pisan. ¡Los de primer año, síganme! - siguió gritando el gigante.

Los alumnos lo siguieron por el camino indicado entre resbalones y traspiés, por culpa de la inminente oscuridad y la irregularidad del suelo por el que pasaban. Todos estaban en silencio, intentando concentrarse en no caer, y solo se escuchaba de fondo unos suaves lloriqueos –Pobre Neville- pensó acongojada por no haber podido ayudarlo.

-En un segundo, tendrán la primera visión de Hogwarts —exclamó el gigante por encima del hombro -justo al doblar esta curva-

Un murmullo de asombro seguido de varios "ohh" y "ahh" se extendió entre la multitud. El impresionante castillo, que Hermione ya había imaginado durante las horas de lectura que le había dedicado a La Historia de Hogwarts, se abrió paso ante la vista de todos y, para ser sincera, su imaginación no le hacía justicia a la realidad.

-Increíble- dijo bajito, descreyendo lo que sus ojos veían. Las vistas del castillo con sus múltiples ventanitas iluminadas, rodeado por el inmenso lago negro la emocionaron aún más de lo que ya estaba.

- ¡No más de cuatro por bote! - continuó gritando instrucciones.

Se apresuró a subir en uno de los botes, detrás suyo subió Neville con los ojos rojos. En el bote también estaban Ron Weasley y un callado Harry Potter. Empezó a abrir la boca para soltar algún comentario mordaz al pelirrojo que no paraba de fulminarla con la mirada, pero antes de poder hablar, los botes empezaron a moverse y la atención de ambos se desvió hacia el camino.

Antes de darse cuenta estaban atravesando un túnel oscuro que desembocaba en una especie de muelle subterráneo donde pudieron desembarcar.

- ¡Eh, tú, el de allí! ¿Es éste tu sapo? - preguntó nuestro guía apuntando hacia un rincón.

- ¡Trevor! - gritó Neville, tomando al sapo entre sus manos.

-Asegúrate de no volver a perderlo- le dijo el gigante.

Hermione no pudo evitar sonreír, contagiada por la felicidad que le transmitía el niño. Lamentablemente la alegría duro poco, porque tuvo que volver a concentrarse en subir un montón de escalones de piedra resbalosos hasta llegar a una enorme puerta de madera.

El guía levantó su puño y golpeó tres veces antes de que empiece a abrirse.