Navidad

Faltaba un día para el inicio del receso de invierno y Hermione no sabía cómo sentirse al respecto.

La emoción que sentía la mayoría del tiempo era felicidad. Era la primera vez desde que había llegado a Hogwarts que iba a ver a sus padres en persona (ya que le habían enviado algunas fotos), incluso podría pasar unos días con ellos.

Nunca estuvo tanto tiempo lejos de casa y, aunque había encontrado un nuevo hogar donde pertenecer, de vez en cuando sentía un vacío en su pecho cuando pensaba en su familia muggle. Como era hija única, y no tuvo muchos amigos, sus padres fueron un pilar muy importante a lo largo de su vida. Intentaba no pensar mucho en eso, pero le hacían más falta de lo que le gustaba admitir.

A veces, cuando los hermanos Weasley pasaban tiempo juntos, percibía un tironcito de envidia en el pecho, del que luego se avergonzaba. Y es que, a pesar de volverse muy cercana con Harry, Ron y hasta con Neville, no tenía la posibilidad de disfrutar de una familia mágica como muchos de los otros niños.

Con ese enorme motivo para estar emocionada, se sentía una tonta cuando las oleadas de tristeza la invadían.

Tanto Ron como Harry se habían convertido en una parte importante de su vida y estaba segura de que también los extrañaría. Ambos chicos iban a pasar las vacaciones de invierno en el castillo y eso era realmente genial, porque la fiesta de navidad en Hogwarts era impresionante. Una parte de ella se moría por quedarse, pero sus padres la extrañaban tanto como lo hacía ella y no quería decepcionarlos.

Y por último estaba la preocupación por el secreto de Nicolas Flamel.

Los tres habían estado buscando información sobre Nicolas Flamel durante sus tiempos libres, pero no encontraron rastros del dichoso nombre por ningún lado.

Hermione, que estuvo toda la mañana guardando sus pertenencias en el baúl, bajó un rato antes del almuerzo al Gran Comedor en busca de Harry y de Ron.

El salón estaba espectacular. El profesor Flitwick, la profesora McGonagall y Hagrid hicieron un gran trabajo con la decoración. Había una docena de árboles de navidad repartidos en todo el salón, adornados con nieve falsa, muérdago y destellos dorados. El techo del Gran comedor también fue cambiado por una nevada constante, a pesar de que fuera no estaba nevando en esos momentos.

En el medio del pasillo estaban las personas que había venido a buscar charlando con Hagrid. Los dos se veían muy contentos y esperaban con ansiedad las vacaciones.

-Harry, Ron- los llamó. Los chicos voltearon a verla. Hagrid la saludó con la mano antes de alejarse para seguir con sus deberes.

- ¿Vieron eso? - preguntó Ron señalando con el dedo al profesor de encantamientos, que estaba creando burbujas doradas que iban desde la punta de su varita hasta las ramas de todos los árboles.

-Que bonito - coincidió Harry.

Ella también se había quedado embobada durante unos segundos, mirando la hermosa magia que el profesor estaba invocando. Pero su sentido de la responsabilidad encendió una alarma en su cabeza que la sacó del trance – Nos queda media hora antes del almuerzo, vamos a la biblioteca- les pidió.

Los dos asintieron y la siguieron hacia la salida del Gran Comedor.

Desde que a Hagrid se le había escapado el nombre de Nicolas Flames buscaron por todos lados algo que se relacione con él. Normalmente para Hermione buscar información en la biblioteca era tan fácil como dar un paseo por el parque. La dificultad radicaba en que no sabían que podía haber hecho ese tal Flamel para figurar en un libro, por lo que estaban buscando una aguja en un pajar.

Entre los tres habían revisado no menos de ciento cincuenta libros de distintas temáticas, pero su nombre no aparecía en ningún lado. No estaba en "Grandes magos del siglo XX", ni en "Notables nombres de la magia de nuestro tiempo"; tampoco figuraba en "Importantes descubrimientos en la magia moderna" ni en "Un estudio del reciente desarrollo de la hechicería". Hermione suspiró con cansancio mientras tachaba el décimo tomo de su lista en lo que iba de la semana.

Todo sería más fácil si pudieran preguntarle a alguien, como por ejemplo a la señorita Prince, sobre donde buscar. Lastimosamente para ellos esa idea fue descartada desde el primer momento, porque no sabían si la mujer era confiable, o si iba a irle con el cuento a Snape.

En estos últimos días la frustración la había llevado a maquinar ideas extrañas en su cabeza –Si Dumbledore estuviera escondiendo un secreto no dejaría información a la mano de cualquier estudiante-

Ese día tampoco vieron ni rastro de Nicolas Flamel.

Por la noche, después de disfrutar de la cena, Hermione subió a su habitación sin pararse a pasar el rato en la sala común y, a la mañana siguiente, bajó tarde a desayunar.

Llegó al Gran Comedor alrededor de las diez de la mañana arrastrando su ya no tan pesada valija (había dejado gran parte de sus cosas en Hogwarts). El lugar estaba casi vacío porque la mayoría de los alumnos ya se habían marchado a casa, y solo quedaban los que iban a pasar las vacaciones en el colegio.

Ron y Harry se encontraban sentados en la mesa de Gryffindor jugando una partida de ajedrez mágico, una costumbre que habían adoptado hace unos días.

-Caballo a E5- dijo Harry. Sonaba tan dudoso que Hermione pensó por un momento que la pieza no iba a obedecerlo.

Ron permaneció en silencio por un segundo, antes de sonreír de lado (una expresión que hacía cuando daba algo por ganado) y hacer su propio movimiento.

-E5 reina-

La pieza se movió de inmediato, tan confiada como su dueño, y destrozó en pedacitos el caballo de Harry.

-Son unos bárbaros- renegó ella ante el despliegue de violencia. Había intentado convencer a Ron de jugar al ajedrez muggle- Es tan bueno como el mágico, pero sin destrozos- le explicó, pero el chico se había negado diciendo que esa era la parte más divertida.

-Veo que ya empacaste- dijo Ron percatándose de su presencia.

-Así es, he venido a despedirme y a dejarles esto- dijo sacando un pergamino del bolsillo.

- ¿Y esto que es? - preguntó Harry desplegando el papel para leer su contenido.

-Es una lista de libros que tienen que leer para buscar información sobre Nicolas Flamel-

-Pero Hermione ya hemos leído cientos de libros... además son vacaciones- protestó el pelirrojo.

La castaña bajó la voz y dijo haciendo énfasis en cada palabra –No los de la Sección Prohibida-

Los dos chicos la miraron como si le hubiesen crecido antenas y después se miraron entre sí con cara de confusión - Creo que ya enloqueció - le dijo Harry a Ron.

-Creo que somos una mala influencia- le retrucó el pelirrojo en el mismo tono.

Hermione los fulminó con la mirada mientras daba golpecitos en la mesa con los nudillos para que le presten atención.

-Estuve dando vueltas a este asunto por días y no puedo dejar de pensar en eso. Si Dumbledore quiere a mantener a los curiosos a raya, escondería los libros en un lugar de difícil acceso- les explicó - además creo que las vacaciones pueden ser la distracción que necesitamos, todo el mundo va a estar con la cabeza en otro lado-

-Suena razonable- murmuró Ron.

- ¿Cómo se supone que entremos? - dijo Harry. Ambos volvieron la mirada hacia ella, en espera de una milagrosa respuesta.

-Bueno, realmente no he tenido tiempo de pensar en eso, pero lo dejaré en sus manos- les dijo rapidito antes de darse media vuelta y agarrar su valija – Feliz Navidad – terminó y salió del salón a toda prisa para desconcierto de ambos.

El viaje de vuelta le pareció más corto que el de ida. Como fue de las últimas en llegar al andén tuvo que compartir el vagón con un par de chicos de cuarto que venían charlando sobre el partido de Quiddich de la semana pasada, y con una chica de segundo año que se pasó todo el camino durmiendo.

La estación de King Cross estaba tan llena de gente que no podía moverse sin pisar a alguien. Se puso en puntitas para intentar ver algo entre medio de la multitud, pero su corta estatura no ayudaba.

Después de luchar unos minutos contra la multitud decidió arrinconarse contra una pared y esperar a que se vacíe un poco.

- ¡Hermione! -

- ¡Papá! -

Esquivando a un grupo de estudiantes de tercero apareció su padre agitando su mano para llamar su atención. Ella salió disparada para ese lugar arrastrando su valija.

-Vamos, dame eso- le dijo mientras le daba un rápido abrazo y tomaba su equipaje – Ven, salgamos de aquí, está abarrotado y tu madre está esperando en el auto-

A duras penas lograron salir de la estación y llegar hasta la calle donde su madre los estaba esperando.

El tráfico de Londres era tan horrible como siempre y las calles estaban resbaladizas por una reciente nevada, por lo que no pudieron hablar mucho durante el trayecto.

Al llegar a su casa Hermione fue la primera en entrar, mientras sus padres se ocupaban de su equipaje y del auto.

La recibió el nostálgico olor a libros viejos, hierbabuena y comida casera.

-Cariño ve arriba y lávate, el almuerzo estará listo pronto- le dijo su madre después de abrazarla con fuerza - hice tus pastas favoritas-

- ¡Voy! - respondió sintiéndose más feliz que nunca de estar en casa.

En Londres podías encontrar dos tipos de casas típicas: en las zonas céntricas estaban las viviendas unifamiliares, por lo general eran estrechas y pegadas las unas a las otras, de dos o tres pisos y muy largas. Casi siempre eran poco luminosas y tenían una escalera justo en el pasillo de ingreso que conecta con las habitaciones de la planta superior. En cambio, en las afueras, era más habitual ver casas tipo suburbio, que tenían su propio terreno y se separaban de las de sus vecinos (aunque por lo general todas se veían igual por fuera) por un patio externo.

La casa de los Granger era de este segundo tipo. En la planta baja tenían un comedor, la cocina y la sala de estar, además de una pequeña oficina donde a veces alguno de sus padres adelantaba trabajo los fines de semana. La planta alta estaba conectada por una enorme escalera y los cuartos eran espaciosos y bien iluminados. Este tipo de viviendas eran de por si más costosas que un pequeño apartamento céntrico, pero se lo habían podido permitir debido a los años de trabajo como dentistas.

Tomó un baño, se puso algo cómodo y se lanzó escaleras abajo, emocionada por almorzar con su familia.

Los tres se sentaron alrededor de la mesa de roble (herencia de su abuela materna) y compartieron un rico almuerzo entre anécdotas. Hablaron durante un rato sobre su vida cotidiana durante los últimos meses hasta que salió el tema de las clases.

-Recibimos tus cartas, estamos muy felices de que estés sacando buenas notas- dijo el Sr. Granger.

-La lectura que pude adelantar durante el verano fue muy útil para no quedarme atrás, muchos niños vienen de familias mágicas, pero no están mucho más avanzados que el resto- le respondió Hermione metiéndose un bocado de comida en la boca- la profesora McGonagall nos ha estado enseñando Transformaciones y me felicitó por poder convertir un cerillo en un alfiler-

-Vaya eso es sorprendente... ¿No?... Eso creo-

A la señora Granger no le parecía tan emocionante transformar un cerillo, como todos aquellos que no entienden los conceptos básicos de ese tipo de magia, y esperan cosas más impresionantes (igual que los alumnos el primer día de clases).

-Pues sí, es algo impresionante, a decir verdad- le explicó ella- pero mí clase favorita es Encantamientos, tengo las mejores notas de mí año y estuve ayudando a Harry y Ron con sus deberes-

- ¿Harry y Ron no son esos chicos problemáticos que mencionaste en tus cartas? - preguntó su madre.

Hermione se sonrojó avergonzada. Puede que en alguna ocasión les haya escrito sobre el par de niños que siempre llegaban tarde a clase y se metían en problemas con los profesores (sobre todo con Snape). Pero también creía haberles contado sobre la incipiente amistad que se había formado entre los tres.

Claro que no podía contarles demasiado sin entrar en detalles de sus escapadas nocturnas, el troll de Halloween y Nicolás Flamel; todas cosas que no se había atrevido a mencionar en sus cartas.

Pensándolo bien, ni su madre ni ella habían estado equivocadas al decir que eran problemáticos (estaban todos los días metidos en un lío distinto), el asunto era que ahora ella era tan problemática como ellos.

-Ya bueno, cuando los conoces no son tan malos, y también me ayudaron el día que me atacó un troll, son buenos chicos- se atropelló sin pensar en lo que decía.

- ¿Un troll? - pregunto su padre confundido.

-Es un monstruo de tres metros de alto parecido a...-

Se cayó de repente cuando vio la expresión en la cara de sus padres. Ambos habían palidecido y se miraban entre sí, aterrados por la explicación.

Hermione no les había contado nada sobre el ataque. Pensó que, si se los decía en persona después de verla sana y salva, se preocuparían menos. Error garrafal.

- ¿Hay esa clase de monstruos en la escuela? - dijo su padre con preocupación - ¿Cómo puede suceder algo así? ¿Los profesores lo permiten? -

El Sr. Granger era un hombre muy razonable la mayoría del tiempo. Pero a veces, cuando tocaban temas que le eran sensibles (como la seguridad de su familia) se ponía como loco y era imposible frenarlo. Su cara estaba roja como un tomate y no paraba de quejarse de la escuela de locos y sus maestros irresponsables.

Su madre estaba muda y lívida como un fantasma.

Hermione abrió la boca para soltar alguna justificación, pero, para ser sincera, él tenía razón: lo que le había sucedido había sido peligroso. - Estuviste a punto de morir, como se te ocurre pensar que no van a preocuparse-

-Hablare con la profesora McGonagall y si no me da una explicación convincente no te dejaremos volver al colegio- escuchó que decía en un momento.

Hermione sintió que su mundo se derrumbaba en un segundo. ¿No volver a Hogwarts? ¿No podría hacer magia nunca más? ¿Ni podría ver a sus amigos? -Rápido miente tienes que mentir-

- ¡No papá! No lo entiendes ¡Era solo una ilusión! -

- ¿Una qué? -

-Como un holograma creado por magia, son inofensivos. Los profesores los crean en Halloween para asustar a los alumnos, yo me lo creí porque se ven muy reales-

Su padre la observaba con los ojos entrecerrados, evaluando lo que estaba escuchando.

-Bueno si eso es así no veo el problema- intervino su madre en medio de la tensa situación.

El Sr. Granger abrió la boca para quejarse (una vez que se enojaba era muy difícil cambiar su opinión) pero fue interrumpido - Hermione siempre nos ha dicho la verdad ¿No es cierto? Si ella dice que es inofensivo yo le creo-

Hermione se llevó la mano al estómago, al lugar donde sentía una bola dolorosa - ¿Esto es culpa? - se preguntó apretando con fuerza la zona en un intento de hacer desaparecer la sensación.

-Pero Jean asustar niños por los pasillos...-

-No intentes comprender en un día un mundo que no conoces- lo remató su madre.

Finalmente su padre se tranquilizó y el almuerzo siguió su curso, aunque se sentía algo de tensión en el ambiente.

Hermione se obligó a quedarse sentada unos minutos más y a pasar un poco más de comida por su cerrada garganta. Después se disculpó diciendo que estaba cansada por el viaje y se fue directo a su habitación a lidiar con su culpabilidad.

No salió del cuarto en el resto del día, e incluso fingió estar dormida cuando su madre la llamó para cenar.

Su vida había cambiado para siempre, ella ya no era la misma Hermione de hace unos meses atrás. No sabía en que iba a decantar todo esto, ni en qué se iba a transformar al final, pero si de algo estaba segura era de una cosa: No podía ser sincera con su familia nunca más si quería seguir en Hogwarts.

Hermione Granger les había mentido a sus padres por primera vez en su vida pero sin duda no sería la última.