Altair y Malik se reencuentran…
Se había deshecho del estandarte por un capricho, lanzándolo al uno de los canales de Damasco, entonces lo vio: estaba sentado en uno de los postes por los que había saltado para cruzar el agua, no lo reconoció, pero solo porque definitivamente no era lo que estaba buscando.
—Seguridad y paz, hermano —pudo ver la risa amarga cuando apartó la capucha con el brazo cubierto en vendas negras, aquel que según los cirujanos de Masyaf no debería de estar ahí.
No se atrevió a responder, incapaz de entender lo que sentía por la persona frente a él. Malik Al Sayf seguía vivo y había traicionado a la orden, pero por otro lado era el hombre al que Altair le había arrebatado demasiado. Toda la hermandad había estado siguiendo a un fantasma, porque el hombre en túnicas negras ante él no era lo que habían estado buscando por órdenes de su maestro. El propio Altair lo había dado por muerto tiempo atrás, sabiendo que sin la ayuda de sus cirujanos no sería capaz de sobreponerse a sus heridas. Un hombre destrozado o un cadáver, ninguno de ellos estaba frente a él. Este era alguien que mostraba la arrogancia de un mentor, que no debería de tener la habilidad para huir de todos los asesinos de Masyaf por meses y aun así lo había hecho. El cabello más largo que nunca, ondulado a pesar del caos que solía dejar la capucha y una barba apenas lo suficientemente larga para ensombrecer su rostro. Había sido creativo, de haber pasado a su lado Altair nunca le hubiera puesto la suficiente atención para reconocerlo.
Su gesto amargo dio paso a una sonrisa burlona cuando agregó.
—¿El gato ha comido tu lengua, novicio?
Y fue esa palabra lo que lo hizo respingar, porque saber eso significaba que Malik no se había escondido como una rata —como aseguraba la mayoría de la hermandad— sino que incluso sabía cosas que no se habían hablado más allá de la seguridad de los muros de los asesinos.
—No tengo palabras para ti, traidor.
—Bastante elocuente ¿tu maestro te ha enseñado esa línea?—parecía más divertido que enojado con él, lo que lo sorprendió después del odio que había mostrado al principio de su último encuentro.
—Tienes algo que pertenece a la hermandad —activó su cuchilla oculta, porque, después de todo lo que había pasado, a pesar de lo que había hecho, Altair no quería matar a Malik.
—Pero ¿lo hace, Altair? —usó su mano izquierda como apoyo para ponerse en pie en el poste, mostrándose capaz de soportar todo su peso en ella, lo que le causó escalofríos, ya que no debería de ser capaz de ello a menos de que hubiera hecho un trato con un jinn—. Yo conseguí el fruto del Edén para Rashid —su tono mostró desprecio por primera vez en su conversación al mencionar el nombre que nadie usaba de Al Mualin—, pero nunca se lo entregué —lo vio sacar una esfera dorada, a pesar de que nunca la había visto se les había instruido acerca de lo que buscaban—, después de lo que me ha costado, el fruto es mío para hacerlo lo que quiera con él.
—¡Pertenecías a la orden! ¡Tenemos preceptos!
—¿Y ahora los sigues, novicio? ¿No en aquel momento en que le costaron la vida a mi hermano? ¿No cuando yo te lo advertí? —en esta ocasión sí fue odio lo que vio en él y a pesar de que sus palabras debían haberlo callado fue su estupidez lo que lo hizo hablar.
—Estabas por debajo de mí, Malik —y lo vio llevar la mano a la empuñadura de la espada, acción que se apuró a imitar porque, si bien Altair era mejor que él en todos los aspectos, la habilidad de las espada de Malik siempre fue mejor que la suya; lo que nunca importó para que Altair fuera mejor maestro asesino, ya que ser capaz de sobresalir en un duelo de espada importaba poco cuando lo que mandaba la orden era ser rápidos y silenciosos.
Malik cerró los ojos, aspirando con profundidad con la clara intención de calmarse, lo vio apartar la mano de la espada para pasarla por su cabello. Cuando volvió a mirarlo sonrió, levantó la mano en la que sostenía el fruto.
—Puedo hacer lo que quiera con él —y para su sorpresa lo lanzó al agua, Altar se estremeció, sabiendo que si lo dejaba nunca lo recuperarían, por lo que sin pensarlo se lanzó tras de él.
Tenía que encontrarlo, mantuvo su mano al contacto del poste en el que Malik se encontraba de pie, a pesar de no saber nadar podía volver a la superficie con ayuda de su apoyo. Pero el fruto no se veía, la corriente no tenía fuerza, por lo que al ser de metal no debería haber sido arrastrada tan rápido, se permitió hundirse aún más, buscando desesperadamente, hasta que para su horror su mano resbaló debido a las algas del poste, haciéndolo perder su agarre. Entró en pánico, olvidándose del fruto e incluso de mantener tranquila su respiración, volviéndose todo negro a su alrededor mientras sus pulmones clamaban por aire con dolor.
Tosió, ladeando su rostro para expulsar el agua y sobre él encontró a centímetros de su rostro el de Malik, preocupado y empapado, el agua causando que su cabello se rizara con suavidad, era una agradable mirada sobre el hombre.
—Eres un completo idiota, Altair —se alejó, permitiéndole notar que había estado inclinado sobre él, que estaba acostado sobre el muelle de madera, la preocupación de Malik, para su completa sorpresa era dirigida a él.
—¡No conseguí el fruto! —Malik colocó una mano en su hombro, evitando que se moviera, dejándose caer sentado a su lado.
—¿Cómo puedes ser tan idiota para saltar al agua sin saber nadar? —lucía molesto, pero Altair podía decir que era por su acción y no por su persona, a esa distancia pudo ver que bajo las vendas que terminaban en la mano izquierda lograban asomarse unas profundas cicatrices, se estremeció al entender que eso era lo que ocultaban las telas negras.
La mano seguía en su hombro, sabía que si el hombre movía la muñeca de la manera correcta la cuchilla oculta se clavaría en su cuerpo, pero por el momento no le importó, se sentía tan cansado y el gesto preocupado de Malik por él, que no lo merecía, resultaba reconfortante. Había hecho luto por él, su relación se había agriado con el tiempo, pero cuando ambos eran jóvenes, antes de que Altair comenzara permitir que su arrogancia manchara todos sus logros, habían sido tan amigos como rivales, antes de que Kadar se uniera a la orden habían sido solo ellos dos. Fue importante para él y cuando fue despojado de todos sus rangos después del Templo de Salomón se dio cuenta de que lo que más dolía era la pérdida del amigo que el mismo había alejado.
Ahora el fruto del Edén estaba perdido en los canales de Damasco y solo quedaba Malik para enfrentar la ira de Al Mualin, tal vez si se concentraba en todos los asesinos que seguro mandaría a buscar en los ríos se olvidaría de buscar a Malik sobre el que pesaba una condena de muerte por su traición. Al menos Altair sabía que no quería verlo morir.
Lo vio ponerse en pie, el cielo había oscurecido y sus ropajes negros lo hacían perderse en la oscuridad, entendió que la ropa oscura que tan molesta resultaría para el calor lo ocultaba en la noche. Malik se había vuelto una criatura nocturna. Trabajar en las sombras, muy literalmente.
Lo sintió patear con suavidad su brazo, sin intención de hacer daño.
—De pie, novicio. Asegúrate de ir a la oficina a secarte, el arma de la que los asesinos están tan orgullosos no puede permitir enfermar.
Altair se sentó.
—Tanto para nada, Malik. Pudiste haber negociado por tu vida con el fruto. Ahora Al Mualin solo estará feliz al verte muerto.
—Por eso eres un novicio —volvió a llevar la mano a la bolsa atada a su cadera, mostrando la esfera dorada.
—¡Lo vi caer! —incluso había escuchado el chapoteo del agua, se había lanzado sobre las ondas que dejó en el agua.
—Tal vez es hora de comenzar a preguntarte por qué es tan importante y que está ocultando tu mentor —lo vio saltar al poste de madera cuando se puso en pie.
Debería quitárselo y olvidarse de las preguntas, pero le había salvado la vida cuando lo más justo era que lo hubiera mirado ahogarse sin mover un dedo.
—Esto no cambia nada —Altair se obligó a dejar de pensar por su cuenta, debía seguir las órdenes y volver a su rango de maestro asesino.
Y Malik tuvo el descaro de reír, mientras volvía a guardar la esfera dorada.
—Ya lo veremos, novicio.
Saltó al siguiente poste y Altair lo siguió, saltando al poste que había ocupado un segundo atrás.
—¡Malik! —lo vio dar un medio giro apoyado en un pie y activar su hoja oculta.
Sus habilidades no se habían resentido en su convalecencia, cosa que sí habían hecho las de Altair, se preguntaba cómo su brazo tratado por manos expertas lo habían dejado por detrás de su nivel, mientras que Malik que había estado tan cerca de la muerte parecía haber mejorado ¿quién había cuidado de él? ¿En dónde había encontrado un refugio cuando, como él, lo único que conocía era la hermandad de asesinos?
La luna brillo saliendo detrás de nubes que Altair ni siquiera había notado, pudo ver en el rostro tenso de Malik que no quería pelear con él y sabía que él tampoco deseaba ese enfrentamiento. Ambos se habían secado lo suficiente para dejar de escurrir, pero con la noche el frío era incómodo en la ropa húmeda.
—Esa apariencia te conviene —se encontró diciendo, viniendo de cualquier lado y sorprendido notó como Malik pareció avergonzado de su comentario, subiendo su capucha negra y dejando oculto su rostro, girándose se marchó a prisa sin mencionar nada más.
—Seguridad y paz, Malik —murmuró cuando se encontró solo. Por esta ocasión, supuso que no importada si no contaba a nadie que se había encontrado con Malik. Después de todo, lo que había sucedido se sentía como un desvarío ¿Quién le aseguraba que no era alguna magia de un jinn que había confundido su mente?
