Malik despertó mirando el libro colocado a su lado, aquel que había encontrado tan interesante.

—¿Quién es el ladrón ahora, novicio? —murmuró solo para sí mismo.

—¿Te sientes mejor? —Maria estaba sentada a su lado, dando limpieza a sus armas.

—Sí, gracias —se las arregló para sentarse, aun sintiendo su cuerpo demasiado pesado debido a la leche de amapola—, perdona por preocuparte.

—No era la única preocupada —al verlo mirar alrededor agregó—. Se ha ido, dijo que tenías una extraña obsesión con sus tiempos y que era mejor no preocuparte por ello.

—¿Qué piensas de él?

—Me gusta —sonrió volteando a verlo, pero después cambio su gesto por uno preocupado—. No de esa manera, ¿qué pasa con ustedes malinterpretando mis palabras? No quitaría algo que es tuyo.

—Tú eres la única que está malinterpretando cosas, Maria.

—Estás enamorado, él está enamorado, ¿qué más hay que interpretar?

—¡Maria! —y el miedo debió trasmitirse en su voz porque lo miró sorprendida.

—Estás siendo un tonto, Malik.

—No voy a tomar algo que no me pertenece

Y estaba tan molesto de no poder explicar, de decirle que no se iba a interponer entre ellos ¡Por Alá! Que habían tenido dos hijos, se habían amado más de lo que nunca lo iba a amar a él. Tomó su espada, comenzando a limpiarla en su compañía.

—Asegúrate de no ser un ciego la próxima vez.

—Es suficiente.

Y a pesar del resoplido no agregó nada más.