Malik le había mentido a Altair en su segunda misión en Jerusalem, cuando le dijo que Al Mualim había pedido el rescate de uno de sus asesinos. Había preguntado en aquella ocasión, pero el mentor había hablado con palabras magistrales de la importancia del sacrificio, cómo Malik debería conocerlo mejor que nadie. Viendo en perspectiva se daba cuenta de lo ciego que había sido. Aun así se atrevió a mentir a Altair, diciendo que eran las órdenes del mentor que salvaran a uno de los asesinos de Jerusalem, creyendo que de otra manera él no haría nada por ese hombre, aunque al final había salvado a todas las personas de la ejecución.
Altair ya había cambiado, tanto como ya lo había hecho en esta ocasión, en donde su disculpa, palabras casi idénticas, había llegado temprano.
—Malik…
Un profundo suspiro escapó de sus labios al escuchar la voz. Con las palabras de Maria, aquellas que le hablaban de amor por parte del asesino, aún en su mente; no se atrevió a mirarlo.
—¿Rafiq te ha dicho algo de nuestro hermano condenado? —continuó sentado en el techo donde podía ver con facilidad el patíbulo construido.
—Dijo que la misión está primero.
Apretó sus puños con fuerza, es lo que se esperaba, que cumpliera las órdenes del mentor.
—¿Y compartes esa opinión?
—Un padre también perderá a su hijo —Altair estaba de pie a su lado, ambos mirando cómo la gente se acercaba a presenciar la ejecución que tendría lugar en poco tiempo—, mi objetivo es evitar que mueran todos.
—Bien hecho, novicio.
—Ya no soy un novicio —no había calor en esa declaración.
Que había dicho en esa ocasión ¿"son tus decisiones las que te vuelven un novicio"?
—Quizá sea cierto —de pronto Malik se sintió realmente cansado, como si todos los años que su cuerpo aún no había vivido pero su mente lo había hecho, le llegaran de pronto. Tan pesado era el conocimiento.
—Malik —Altair se agachó hasta quedar a su altura, quería empeñarse en no mirarlo, pero fue difícil cuando la voz que lo llamaba le era tan querida—, ¿estás bien?
Y quizá por culpa de las palabras de Maria estaba viendo sentimientos que no deberían de existir en el rostro de Altair.
—Solo quiero que esto termine —fue sincero con él a pesar de que no fue capaz de seguir manteniendo el contacto visual.
Y que cansado realmente se sentía, si tan solo pudiera olvidar todo y disfrutar de la ignorancia. Pero aún faltaba tanto por hacer y para lo que él ya tenía sus planes. La muerte de Abbas encabezaba su lista, se rebelaría y en su misericordia Altair lo perdonaría, con lo que ganaría la devoción de los asesinos, pero Malik no podía permitir eso, aunque eso causara ser un traidor ante el nuevo mentor al que tanto deseaba seguir.
—Malik —sintió la mano en su espalda y deseó poder apoyarse en ella y olvidarse completamente de lo que venía, pero no podía permitírselo. Por lo que se alejó del toque tan anhelado y se puso en pie, enderezando su columna, como si todo el peso que sentía en sus hombros fuera inexistente.
—Maria y yo nos encargaremos de su rescate, solo concéntrate en acabar con Majd Addin.
—Deja que ella lo libere, no puedes permitirte ser reconocido, Al Mualim busca un cadáver o un hombre destrozado —notó como también se ponía en pie.
—A este punto él ya debería de tener el fruto del Edén siendo que estuviste en el escondite de Damasco sin supervisión —pero incluso después de la partida de Altair, Malik no sintió la necesidad de buscar el fruto, solo pudo confirmar que no había sido robado hasta que partieron de Damasco, un par de días después— ¿Por qué el mentor no sabe de mi presencia, Maestro asesino?
No recibió una respuesta, por lo que volteó a verlo, creyéndose ya solo.
—Pensé que a este punto ya era obvio —y su mirada le decía tantas cosas que Malik estaba tan asustado de aceptar, pero sin esperar una respuesta Altair saltó del edificio, para después perderse en la multitud.
Se colocó su capucha y al cerrar los ojos sintió frío.
—No ahora —había notado que las visiones del fruto del Edén llegaban a él en sus momentos de debilidad.
Abrió los ojos, encontrándose de noche en esa tierra de hielo, en lo alto de una montaña y bajo él un lago. Un recuerdo de Eivor. Altair había saltado a un carro de paja, Malik dio dos pasos a su izquierda, intentando ocupar el espacio en el que Altair había estado, a pesar de lo cerca de la orilla que lo dejaba, un paso en falso y se resbalaría por la nieve. Sabía que tenía que ignorar el recuerdo, que todo lo que su cuerpo estaba percibiendo no era real, tenía que hacer el salto para que el recuerdo terminara, rogó a quien lo escuchara que no hubieran movido la carreta bajo él o la ejecución iba a iniciarse de la manera más espectacular posible. El salto como siempre fue agradable, incluso con el suspenso si habría algo para amortiguar su caída.
Lo hubo, pero Malik notó que no había sido perfecto cuando su brazo derecho golpeó con la madera de la carreta, logrando que la sangre corriera. Llevó sus manos al rostro, apartando la paja pero incapaz de moverse, sentía su corazón acelerado, miedo, consciente de lo peligroso que eso había resultado. No podía permitirse que sus sentimientos por Altair lo siguieran distrayendo de esa manera, terminaría volviéndose un peso muerto para su causa si permitía que las cosas continuaran así.
—¿Estás bien? —Maria estaba cubierta bajo capas de ropa que no pertenecían a su gente, nadie la tomaría como una extranjera a un primer vistazo — La manera en que caíste…
—Fue torpe —completó Malik saltando fuera de la paja.
Maria traía una tela roja en sus manos, sujetando el brazo de Malik comenzó a cubrir la herida. Él no dijo nada, era extraño que se librara de algo así sin un regaño, por lo que no tentaría a su suerte.
—Altair tenía las posiciones de los guardias en el techo —señaló la casa junto a la que habían construido el patíbulo—, estará ahí, al parecer su salto será la señal ¿acaso nadie le explicó el objetivo de tener una señal?
Malik rio.
—Él funciona de manera muy peculiar
—Por decir menos, vamos.
Se separaron, caminando entre los asistentes hasta quedar cerca de los guardias, un hombre estaba por levantar la voz, pero Malik lo esperaba, Altair había hablado de ello una vez cuando tomaban un descanso de sus deberes de mentor, dos hombres buenos que murieron. Lo sujetó del brazo, atrayendo su atención.
—Tu causa es justa, pero quizá antes de hablar te gustaría mirar lo que va a suceder.
—¡Acaso…! —estaba listo para explotar contra Malik, pero él ya tenía un cuchillo en su mano, pareció molesto y frustrado, creyendo que era amenazado.
—Esta arma no disfruta de la sangre de los hombres piadosos.
—Si alguien muere…
—No lo hará —y sus palabras debieron convencerlo, porque hizo un gesto para calmar a su compañero—, disfrutarás este espectáculo.
Majd Addin ya tenía palabras contra la mujer, que intentó defenderse de sus acusaciones, Malik se aseguraría de enviar a Maria a buscar pruebas que limpiaran cualquier duda de su acusación.
Vio a Altair saltar sobre el gobernador, una imagen digna de ser admirada, su título era justo, uno podía creer, con la facilidad que se separaba del suelo, que era capaz de volar. El golpe del cuerpo de Majd Addin contra la madera hizo voltear a los guardias. Algo faltaba en él, pero dejándolo pasar se concentró en su misión. Activó sus hojas ocultas, clavándolas en la nuca de dos guardas, haciéndolos caer, muertos antes de tocar el suelo. Malik no disfrutaba causando sufrimiento innecesario, así que los cuchillos que lanzó a los dos guardia fueron igual de eficientes. Maria estaba sometiendo a dos enemigos y la huida de Altair hizo que la mayoría fueran tras él, quedando un par encargados de acabar con los acusados, saltó a prisa al patíbulo, matando a ambos.
Vio que la multitud que se dispersaba corriendo por lo que había perdido de vista a Maria. No estaba preocupado, sus habilidades hacían que fuera difícil que estuviera en peligro real, así que se dedicó a liberar a las víctimas. Liberó al asesino por detrás, queriendo evitar que viera su rostro, aunque lo conocía, había sido uno de los mejores de Jerusalem a pesar de su captura, por lo que no le extraño cuando lo llamó.
—Eres Malik Al-Sayf.
—Seguridad y paz, hermano.
Se paró frente a él, ofreciendo su mano para ponerse en pie. El asesino no dudó en tomarla, no notó desagrado en su encuentro.
—Estás con el Águila de Masyaf —y eso hizo que Malik se estremeciera, porque podía permitirse ser descubierto, pero meter a Altair en eso era peligroso—, no necesitas temer, no diré nada.
—¿Por qué?
—El que hayas sido tú el que me rescata significa que los asesinos han descartado mi vida —algo mostró su rostro porque agregó—, no necesitas disculparte, mi muerte era algo que daba por hecho. No tengo recuerdo de una época en la que un mentor haya dado prioridad a nuestra vida que a la misión.
—Los ha habido y habrá mejores.
—¿Tú?
Malik rio con amargura.
—Yo llevaría la orden a su ruina, la orden tendrá un mejor mentor de lo que yo nunca podría aspirar a ser.
El asesino miró la tela roja que cubría el brazo de Malik, entonces él entendió lo que había visto diferente en Altair, el cinturón rojo que estaba atado en su cintura faltaba, ahora en su brazo atado por manos de Maria.
—Él ha cambiado.
—Para mejor.
—Malik —Maria lo llamó al pie del patíbulo, parecía realmente alarmada de su interacción con el asesino, que claramente reconoció, podía ver en su mirada que estaba dispuesto a matarlo si intentaba algo contra él ¿No sería una pelea digna de ver en los campos de entrenamientos de Masyaf?
—Está bien —le aseguró, intentando tranquilizarla, pero sus palabras no lograron más que el agarre de su espada se apretara ligeramente.
—Mi gratitud eterna, Dai —y que dolorosas fueron esas palabras cuando había usado las mismas aquella vez que se presentó en la casa de los asesinos para agradecer su rescate.
Malik lo pensó, ese hombre lo había acompañado a Masyaf cuando Altair necesitó ayuda, Malik era él quien le debía algo.
—En el pueblo que está a medio camino entre la ciudad y Masyaf hay un sanador de nombre Bahir, si alguna vez hay problemas deja un mensaje con él y lo sabré. Seguridad y paz.
Sin decir nada más saltó del patíbulo caminando en compañía de Maria.
—Eso fue innecesario y peligroso, Malik —y notaba la tensión en su voz, como se esforzaba para evitar gritar.
—Maria…
—No, no. No me vas a salir con palabras bonitas para justificar tus decisiones estúpidas. ¿Tienes idea del peligro al que te expones? Ellos quieren tu cabeza, Malik —antes de que pudiera preguntar cómo lo sabía, ella explicó— Altair me lo dijo. Estamos preocupados por ti. ¿No puedes ver eso?
Malik la tomó del brazo, haciendo que se detuvieran, se habían alejado lo suficiente para ya no estar en peligro.
—Tú y Altair son lo más importante para mí, Maria. Sé que se preocupan, de igual manera en que yo lo hago por ustedes. Pero hay cosas que deben suceder inevitablemente y cuando eso pasa, debes creerme, yo solo estoy pensando en el bienestar de ambos.
—Ninguno de los dos necesitamos que nos protejas —y que equivocada estaba, cuando había oído a Ezio hablar de la muerte de Maria.
—Sé que no, pero ¿puedes culparme por desear hacerlo?
Ella sonrió.
—¿Qué te dije de las palabras bonitas?
—Lo siento. ¿Puedes investigar algo para mí?
—Es acerca de la mujer.
—Su reputación es todo lo que tiene.
—Como todas, Malik, en cualquier tierra —Malik notaba lo que le dolían esas palabras, aunque su gesto era de derrota— ¿Qué vas a hacer?
—Dejaré las estupideces por hoy, voy a ocultarme hasta nuestra partida. Sabes dónde encontrarme.
—Más te vale —pareció satisfecha con su respuesta antes de retirarse.
Malik la vio perderse entre la gente, pasó su mano por la tela roja en su brazo como un gesto distraído, ya se lo regresaría después a Altair.
