Capítulo 3
EL TRATO
Kagome negó delante de la fachada del lujoso restaurante. No podía creer que se hubiese prestado a esta farsa. Claro, tuvo que recordarle su favor de años atrás en el cual, según ella ya la había liquidados. Pero algo le decía que la ficha que le intercambió días atrás, la cual pasó una noche intensa con un desconocido, venía con una deuda.
Lejos de ser una cita a ciegas debía asegurarse que el chico que la esperaba dentro del restaurante se fuese decepcionado de "Kikyo". De tal modo de que no volviera a molestar a su amiga. Desde luego que podía hacer eso y luego iría a comprar una pizza y vería una serie en la comodidad de su casa.
Entró al lujoso restaurante, saludó al encargado, anunciando que tenía una reservación con una persona. Le dio nombre y el chico comenzó a revisar en su listado de reservaciones, hasta que dio con el nombre fue que asintió.
―Su acompañante ha llegado. Le indicó que mesa es.
La guio por un pasillo hasta entrar por completo a una sala inmensa de mesas y sillas sofisticadas. Todo estaba abarrotado, era como si ese lugar fuese el más preferido para quienes poseían un paladar gourmet.
Pasaron por varias mesas, Kagome únicamente se detenía a pensar en cuál de todas esas estaba la cita de su amiga. Solamente se encontraban comensales sofisticados. Personas con de dinero que poco tenían que ver con ella. Incluso una idea loca cruzó por su cabeza al pensar que probablemente Kikyo se habría acostado con alguien de ahí bajo la aplicación de Zeus.
Se asombró cuando vio a un cliente pagar su cuenta pasando únicamente el móvil por el sensor de una terminal, ella aún usaba efectivo para pagar sus cuentas. Otro entregándole un ramo de flores a su novia. Otros algunos haciéndose fotos e incluso un "Influencer" hablando sobre el lugar y la variedad de platillos que había en ese restaurante.
― Es la mesa del frente, señorita – señaló el encargado.
Kagome parpadeó y dejó de mirar hacia otra parte y concentrarse en su cita.
Pero su cita tenía la vista ocupada. Así que la siguió y vio una guapa rubia que lo saludaba con un descaro coqueteo. Flexionando sus dedos en un modo de saludo para invitarlo acercarse a su mesa.
Un frío le recorrió la espina dorsal al ver ese perfil. Su cabello platinado le daba la sensación de haberlo visto con anterioridad.
¿Pudiera ser el hombre con quien se citó en Zeus?
No, imposible. No podía ser él.
Una extraña sensación de dar la vuelta y salir corriendo la invadió y no, no era la ansiedad de salir corriendo por las noches la cual la acosaba por las noches. Esto era diferente. Mas bien de pánico.
Tal vez estaba alucinando cosas. Probablemente existían muchos hombres con el pelo plateado y poseían el mismo perfil. Pero debía admitir que ese hombre que estaba viendo le causaba cosas intensas, cositas húmedas entre sus piernas.
"Concéntrate Kagome"
"No es él, estas segura aquí"
Se aclaró la garganta para tratar de llamar su atención, pero eso no resultó el efecto deseado. El muy descarado seguía observando a esa rubia. Que, al parecer, ninguno de los dos se había dado cuenta de su presencia. Si el sínico no quería una cita con su amiga ¿Por qué la había concretado?
Empezaba a sentirse molesta. Debía defender el honor de su amiga (aunque ella no estuviese ahí).
― ¿Señor Taisho?
Alzó la voz cuando ya no pudo más, detestaba que la hicieran esperar y más porqué intentó llamar su atención y fue ignorada.
― ¿Sí?
Él volteó y esa sensación de querer correr se activó en automático.
― ¡Ay! – susurró y su voz le flaqueó con temblor muy prolongado.
Ahí, delante de él estaba la cita de hace unas semanas. El hombre con quien tuvo un encuentro casual en la habitación de un hotel y que había logrado hacer que sus piernas temblaran como gelatina.
Claro que lo recordaba, aun sentía su cuerpo arder por la forma en que la había tocado.
"¡Sí! ¡ay!" fue la misma expresión que él utilizó cuando sus ojos se encontraron con la mujer a la cual llamaba "Dulzura". Atrás quedó el coqueteo con la rubia mientras sus ojos se concentraban esa mujer. De hecho, había quedado en el olvido y para él, "dulzura" era la única mujer que existía en ese lugar.
Dese luego que sí la recordaba, no logró olvidar cada rincón de su cuerpo. Y ahora que la teníafrente a él una gran duda surgió.
¿Se había acostado con Kikyo ¿Mcadams?
Sus ojos la rodearon con un inmenso descaro incluso la hizo sentir desnuda, como si no llevase ropa Interior debajo de aquel vestido.
Kagome escuchaba una sirena imaginaria. Esa era la señal para salir corriendo.
Retrocedió unos cuantos pasos, su pulso podía sentirlo martillándole en los oídos, mientras veía como él se levantaba lentamente de su asiento sin apartar su Vista de ella. Tal y como lo haría un cazador ante su débil presa. Así se veía, como un felino agazapándose para no intimidad a su víctima con tal de que no huyera y eso era justo lo que estaba haciendo con ella. Acorralarla para que no escapara.
Correr se volvió una opción para ella, así que al girar sobre sus tacones y dispuesta a salir huyendo como la Cenicienta o más bien, la cobarde que era, chocó con un mesero que llevaba una bandeja con varios platillos recién salidos de la cocina.
Esto ocasionó que el hombre perdiera el total equilibrio y terminara por soltar la Charola. La comida cayó esparcida por varias mesas, manchando a los comensales que estaban ahí.
El joven mesero la fulminó con la mirada. Inmediatamente varios meseros se acercaron a los comensales afectados y hacer la limpieza pertinente.
Él estaba cerca a unos pasos y debía salir de ahí ya.
Ni siquiera se detuvo a ofrecer una disculpa ya que todo el bochorno se acumulaba en sus mejillas. Saltó como un rayo antes de que el señor Taisho pudiera agarrarla y salió como alma que llevaba el diablo. Oh mar, casi volando.
El aire fresco la saludó e hizo la señal al Primer taxi que vio, éste de inmediato se detuvo a un costado de ella.
― ¡Ni siquiera se te ocurra subir a ese taxi!
Kagome giró levemente la cabeza al ver la persona que le daba esa orden. Era él, que se aproximaba a toda velocidad hacia a ella. No lo pensó ni dos veces, se subió al coche.
― Buenas noches seño...
― Deje lo de señorita y arranque – ordenó de inmediato, mirando hacia la ventana.
Él bajó corriendo los escalones de la entrada del restaurante y solo estaba aunos pasos de ellos.
― Claro – asintió el conductor ― ¿A dónde la llevo?
Ella Miró al taxista con el Cejo fruncido y a punto de estallarle los nervios. ONU solo paso del señor Taisho y podría alcanzar la manija del taxi para abrir la puerta.
― ¡SOLO ARRANCA EL AUTO YA!
― Será todo un placer.
Las llantas levantaron una estela de humo en cuanto el taxista piso el acelerador y se incorporaba al tránsito a toda velocidad, esquivando unos cuantos vehículos.
Inuyasha se había quedado con el brazo extendido, pues había estado tan cerca de llegar y abrir la puerta, pero en ese instante el taxista se la había llevado.
Ahora sabía cómo se llamaba y sabía dónde encontrarla.
Kagome sentía una extraña sensación de ser perseguida por algo o por alguien, que de vez en cuando volteaba a su alrededor para comprobar si la estaban vigilando o peor aún si la perseguían. Pero ahí no había nadie, seguramente era un ataque de ansiedad lo que la estaba afectando.
Entró a su pequeño piso, recorrió las cortinas de la ventana de su habitación y se quitó el vestido por los hombros. Buscó entre sus cajones unas pastillas para relajar la tensión y bebió un poco de agua para tragarla.
Con ropa interior, se dejó caer al borde de la cama mientas los sentidos se acostumbraban al silencio de la habitación y al ruido de la ciudad que provenía desde afuera.
Ni siquiera había podido decirle a ese hombre que ella, "Kikyo McAdams" no podía ni siquiera seguir viéndolo por lo que daría por finalizada esa estúpida cita a ciegas. Su instinto de seguridad le impidió hacerlo.
¿De dónde conocía Kikyo a ese hombre? y ¿Por qué estaba tan interesada en mandarlo al diablo?
Era guapo, pero a simple vista se veía peligroso. Tal vez era por eso por lo que salió disparada de ahí en lugar de quedarse.
El móvil sonó y vio la pantalla, era precisamente ella. Seguramente quería saber cómo le había ido en su encuentro. Kagome rebuscó entre su bolsa el celular y si, efectivamente era su amiga.
Un largo suspiro se escapó de sus labios antes de contestarle.
― ¿Cómo te fue?
Su voz saltó en cuanto aceptó la llamada. Se notaba incluso muy desesperada por saber los pormenores de la cita.
― ¿No se portó arrogante?
Seguía sin responder, si cerraba los ojos podía ver aquel hombre correr tras de ella mientras le demandaba que no subiera a ese taxi.
― ¡Kagome! – su amiga alzó la voz ― ¿Todo bien? Dime que ese hijo de puta se portó bien.
― Kikyo, todo bien – respondió al final – Mira, ahora no me siento muy bien.
Era verdad, deseaba tomar un baño de agua tibia, meterse en su pijama más cómoda y dormir un largo rato sin que nadie la molestara.
― Pero deseo saber los pormenores. Dame detalles, mi padre me estará preguntando sobre cómo me fue con esa cita a la cual es evidente que no fui. Y…
― No te preocupes – suspiró – Estoy segura de que no lo volverás a ver.
― ¡Oh! ¡Eso me agrada!
Estaba casi segura de que una sonrisa se había dibujado en el rostro de su amiga. Lo que no podía entender era como alguien como Kikyo podía rechazar a un hombre así. Si supiera que era el mismo con el que iba a tener su encuentro clandestino antes de que ella decidiera darle su ficha.
― Bueno, descansa – dijo ella – Te veo mañana y te debo una. Así que pídeme lo que quieras mañana.
Si le tenía que pedir algo, era ya no deberle más favores a ella. Porque nunca iba a saber en qué lío la metería una vez más.
― Si, ve a dormir.
― Ojalá pudiera – su voz sonaba entre jadeos – Bien…. Te hablo después.
Apartó el teléfono cuando escuchó los gritos de su amiga, gritos que sin duda no eran de dolor. Negó con la cabeza y mejor cortó la comunicación. Se dispuso a dormir. Mañana sería un día nuevo y esperaba no haberle causado ningún problema a Kikyo.
Contempló el techo de la habitación. No pasaron ni diez minutos cuando escuchó de nueva cuenta a sus vecinos tener sexo. Esto sin duda sería una noche muy pesada para ella, pues nunca se atrevió a imaginar que volvería a ver a ese hombre.
Debía admitir ya que mañana sería un día muy largo.
XXX
― ¿Perdón? ¿Me lo repites?
― Afuera la está buscando el abogado Taisho, señorita McAdams.
Kikyo tamborileó la pluma en su escritorio. No había ninguna necesidad de que ese hombre la buscara, puesto que Kagome fue clara con ella en que jamás iba a volver a saber de él, pero su presencia le decía lo contrario.
― Hágalo pasar.
― ¿Traigo café?
― No – ella negó – No tengo intenciones de que se quede mucho tiempo. En cuanto entre, espere diez minutos e interrumpa la reunión.
― De acuerdo, señorita. En unos momentos lo hago pasar.
Sacó de inmediato una mascarilla de uno de los cajones del escritorio y se cubrió de nariz a boca. Tanto Kagome como ella se parecían físicamente, incluso a menudo solían decirles que si eran hermanas. Pero en esta ocasión no quería que ese hombre se diera cuenta que la que fue a la cita había sido su amiga, así que debía seguir la farsa.
En cuanto lo despachara le echaría una llamada muy larga a su amiga.
Inuyasha no lo pensó ni dos veces cuando la secretaria de la señorita Kikyo le había dado autorización para entrar a la oficina de la joven. Al entrar alzó una ceja al ver que la mujer llevaba una mascarilla que el cubría casi todo el rostro. Pero estaba cien por ciento seguro que esa mujer no era "dulzura". No, su cuerpo no reaccionaba a esa mujer. Incluso a simple vista podía ver sus ojos, estos eran negros. No color chocolate.
Además, ella tenía el cabello lacio, dulzura ondulado.
Todo eso iba haciendo nota mental, sacando las diferencias que había en ambas chicas y esto incomodó mucho a la directora. Si tan solo no fuese por ese maldito cubrebocas.
― ¿Se encuentra bien, señor Taisho? – preguntó Kikyo por debajo del cubrebocas.
―Podría…― hizo una señal para que ella se quitara la mascarilla.
Kikyo negó.
―Lo siento. Tengo una infección en la garganta. ¿En qué puedo ayudarle? – Kikyo le indicó que tomara asiento.
No esperó a que la mujer le indicara que tomara asiento, incluso antes de hacerlo sacudió la pulcra silla de piel negra y tomó asiento. Se le quedó mirando, como mi estuviera analizando algo.
― Kikyo McAdams – dijo él, cruzándose de brazos.
― Si – asintió ella – Eso parece. Al menos tengo treinta y dos años llamándome así. Sino pregúntele a mis padres, que fueron ellos que me pusieron ese nombre.
Él torció el gesto en una risa sarcástica, esa mujer tenía un sentido del humor un tanto peculiar. Pero no era por ella por quien venia, si no por la otra supuesta "Kikyo" que se presentó en el restaurante.
― ¿Podría quitarse el jodido cubrebocas?
― ¿Cómo para que haría eso, señor?
―Quiero comprobar algo.
Si hacia eso tanto Kagome como ella estarían perdidas.
―Lo enfermaría.
―Entonces le tendré que comunicarle a su padre que salió huyendo con solo entrar al restaurante.
¿Huyó?
Maldita Kagome, le había dicho que todo salió a la perfección. Incluso se confió en su palabra.
Inuyasha se inclinó y la miró fijamente, como si la estuviera amenazando.
―Y créame que si soy capaz de hacerlo.
Que el cielo se apiadara de ella por lo que iba hacer. Total, seguramente ya se había dado cuenta que ella no era la misma persona que acudió a la cena. Así que sería directa con él, decirle que no tenía ni el más mínimo interés por él y que por eso envió a otra persona en su lugar.
Kikyo se quitó lentamente el cubrebocas ante la atenta mirada de Inuyasha Taisho.
― ¿Y bien? ¿Satisfecho, señor?
Pero él negó. No estaba satisfecho, realmente esperaba ver a dulzura y que esas diferencias fueran únicamente una mala visión.
― ¿Quiere saber qué pienso? ― preguntó y la vio encogerse de hombros ―Que la Kikyo que vi anoche era muy distinta a la Kikyo que estoy viendo en estos momentos.
Bueno, ya estaban descubiertas.
Así que ya no podía seguir en la farsa.
¿Qué tanto le dijo Kagome durante la velada? Supuestamente ella le había dicho que nunca iba a volver a saber de ese hombre y, sin embargo, aquí estaba, delante de ella y reclamándole algo que ambos sabían a la perfección.
― No sé a qué se refiere, señor Taisho ― fingió demencia.
Inuyasha volvió a sonreír, esa mujer o, mejor dicho, ambas eran unas descaradas que habían jugado con él. Pero dulzura era quien iba a pagar esa humillación. No solo por haberlo dejado plantado en el hotel tan deseoso de seguir continuando con el encuentro, sin por haberlo dejado humillado en el restaurante. Tuvo que pagar la cuenta de lo que esa mujer tiró tras su partida.
― No sabe a qué se refiere – repitió más para sí mismo – Se lo voy a simplificar. La mujer con quién se supone iba a tener una cita no era la misma que estoy viendo. ¿Me expliqué bien, señorita?
Kikyo tuvo que bajar los brazos para ocultar sus manos por debajo del escritorio, donde apretó con fuerza los nudillos de sus dedos.
― ¿Qué es lo que busca con exactitud?
Ahora la curiosa era ella, la actitud de ese hombre la dejaba con una gran intriga. ¿Qué deseaba con su amiga? Y porque estaba muy interesado en Kagome.
¿Acaso se habían acostado esa misma noche? ¿Por eso la notó un poco inquieta?
― Saber su nombre. Dónde puedo localizarla – respondió tajante – Y no me refiero a usted. Si no más bien a la mujer con la que estuve anoche.
Sin más razón se echó a reír, esto comenzaba a sonar demasiado divertido. Pero, ante todo, le debía lealtad a su amiga y no podía proporcionar ese tipo de información a un desconocido.
― No sé quién era – se encogió de hombros – La contraté por medio de una agencia de modelos y perdí el teléfono.
― ¿Qué poco inconveniente no cree? Disculpe que no le crea – arremetió severamente – Ya que su actitud me dice todo lo contrario.
De pronto se sintió como si estuviese en un juicio, delante de un juez y un jurado, y ella, siendo el testigo al que debían interrogar. Mientras ese hombre era en encargado de hacerlo.
― Puede pensar lo que deseé señor Taisho. Pero no sabrá de esa mujer.
― ¿Ni por un intercambio?
Los ojos de Kikyo centellaron en cuanto escuchó la palabra "intercambio".
Una contraoferta, muy bien, tal vez podría sacar provecho a esto. Solo había que escuchar al abogado.
― ¿Qué tipo de intercambio estamos hablando? – preguntó, simplemente por pura curiosidad.
― Usted me dice dónde puedo localizarla y yo le sedo mi cliente más deseado. – levantó los brazos al cielo – Una oferta difícil de rechazar. La que saldría ganando en todo esto sería usted.
Esa respuesta hizo que abriera la boca de par en par y después la cerrara. No podía creer lo que le estaba diciendo, quisa era una trampa para obligarla hablar y quedarse sin nada. Solamente haber traicionado a su amiga.
― No sé si fiarme de su palabra. He oído mucho sobre usted. Que es un mentiroso, manipulador e impecable en los juicios.
― Le estoy siendo completamente honesto, señorita.
Kikyo simplemente negó. No podía creer que un hombre como Inuyasha Taisho fuese capaz de hacer un disparate como ese con tal de averiguar el paradero de su amiga. La cual, no tenía nada que ver en su entorno. El entorno de Kagome era otro, ella era más una licenciada en turismo y trabajaba en una agencia de viajes. De vez en cuando su pasatiempo era hacer cortos viajes para practicar fotografía. Tomando fotos de paisajes y animales. Según ella, la ayudaban a mantener la ansiedad apartada.
Pero, debía admitir que esa oferta la hacía flaquear.
― ¿Espera que traicione a mi mejor amiga con la finalidad de que me entregue a unos de sus clientes?
― Hace un momento mencionó que no conocía a esa mujer. Ahora resulta que es su amiga – esbozó una sonrisa divertido ― ¿A qué jugamos?
Sabía que la había acorralado y que más pronto de lo que amanecía iba a tener información de dulzura.
Ella apretó los labios al delatarse de una manera tan estúpida como esa.
―Aunque creo que ninguno de los estaba muy contento con esta cita – comentó distraído, fingiendo quitarse una pelusa de su traje Armani – Puedo decirle a su padre que somos totalmente incompatibles y con eso dejará de insistir en una segunda cita. Siempre y cuando usted me diga donde puedo localizar a su joven amiga.
Muy tentadora su oferta, cederle un cliente y por si fuera poco hablar con su padre para que dejara de meterse en su vida privada.
― ¿Que dice? ¿Tenemos un trato?
Hizo girar la silla de un lado a otro mientras pensaba detenidamente sus opciones.
Sacó su móvil del bolso que se encontraba guardado en un cajón de su escritorio. Lo desbloqueo con su huella dactilar.
―Me iré al infierno por esto.
Y buscó el contacto de Kagome.
Pero Inuyasha fue el más complacido con aquella respuesta. Sabía que había ganado y que esa mujer le daría toda la información que deseaba saber sobre "Kagome dulzura". A quien después de haberlo dejado corrió hacia su auto con la finalidad de alcanzar el taxi, pero no tuvo éxito.
Estaba ahora a un paso de encontrar a la mujer que lo había dejado delirando desde el primer día que la vio.
XXX
―Daemon y yo buscamos que nuestra boda sea simple pero bonita. Si es preciso en la playa. Hemos visto muchos videos recomendando a los mejores.
Era el tercer cliente que atendía y ya le dolía demasiado la cabeza. No es que no le gustara su trabajo, al contrario, le agradaba ser agente de viajes y aconsejar a sus clientes que tipo de viaje les convenía. Claro, a lo largo de esos años había aprendido a detectar las necesidades de sus clientes.
Pero aquellos clientes se veían unas personas demasiado honestas y sobre todo ingenuas, si alguien se daba cuenta de ello posiblemente terminarían por estafarlos. Lamentablemente conocía casos así en que la novia, ilusionada porque su boda la planeaba la mejor experta, terminaba siendo estafada y eso no podía permitirlo. Así que le recomendaría a la mejor.
―Conozco una amiga en Rivera Maya. Ella podría darles información sobre el paquete que se acomode a sus necesidades. Tiene mucha experiencia.
De un tarjetero sacó una tarjetita y se las entregó.
―La recomiendo ampliamente. Ella podría hacerse cargo de planear su boda mientras ustedes se dejan consentir.
La futura novia aceptó la tarjeta, miró a su prometido muy emocionada y antes de partir le agradecieron su amabilidad.
Una vez sola en su escritorio, se llevó las manos la cabeza. Le dolía todo el cuerpo y no pudo concebir sueño. De pronto todos sintió envidia por todos esos clientes que hablaban preguntando por algún tipo de paquete vacacional. Trabajar en una agencia de viajes era divertido pero agotador.
Luego de darle la información a la pareja, se recargó en un el respaldo de su asiento. Cuando de la nada apareció frente a ella uno de sus clientes más frecuentes.
Llevaba un impresionante ramo de rosas blancas. Al verla le sonrió y tomó asiento.
―Doctor Morrison― saludo ella.
―Señorita Higurashi. Le traído este presente.
Extendió el ramo a ella y con una sonrisa, Kagome lo aceptó.
―No se hubiera molestado.
Él se sonrojó.
―Por favor, me gustaría que me hablaras por mi nombre. Claro, si no es mucho pedir.
Kagome le devolvió la sonrisa.
―Desde luego que no, Bankotsu.
―Así está mejor. He venido para agradecerte la recomendaciones del viaje. Miz vacaciones resultaron agradables. No lo hubiera logrado sin tu ayuda.
―Para eso estamos.
Al menos alguien si e iba de vacaciones, no como ella.
―He venido con el único propósito de invitarte a salir.
Si bien no había ninguna regla que prohibiera salir con clientes lo cierto es que no deseaba salir con él. Y se lo dejó muy en claro porque pocos segundo lo vio salir de la agencia con una profunda decepción al no aceptar su cita.
―Eres mala mujer.
Escuchó la voz de su compañero y volteó a verlo.
― ¿A qué viene eso?
Cómo a él no le gustaba el chisme, deslizó la silla hasta llegar a su lado. Kagome se topó con los ojos fijos de Jankotsu en ella.
―Si yo hubiera sido tú, habría aceptado esa oferta de salir. No todas las de aquí recibimos propuestas de ese tipo. Además, el doctor Morrison es demasiado atractivo. A mí me pone la piel de gallina.
Ella alzó una poblada ceja.
―A ti te gustan todos. Tienes corazón de condominio, Jankotsu.
El joven se sonrojó y parpadeó. Casi siempre salía con un nuevo romance y aunque en una enrome cantidad le habían roto el corazón, estaba de pie al otro día.
―Solo quiero decir que también quiero vivir ese sueño doña Deadpool.
Kagome no pudo evitarlo y se echó a reír. Su compañero y amigo era una persona que estaba conforme con su orientación sexual y no le daba miedo ocultarlo. Lo vio regresar a su lugar cuando uno de sus clientes llegó en búsqueda de él.
Se aproximaba la hora de comer y no tenía ni idea que era lo que iba a pedir.
En ese instante, su móvil, que estaba sobre el escritorio comenzó a vibrar. Le lanzó una mirada rápida y vio el nombre de Kikyo escrito ahí.
¿Por qué no era como Sango? Ella solo le llamaba cuando era una urgencia o simplemente quería organizar algo.
Probablemente le hablaba porque ya se había dado cuenta que no zanjó el tema de su cita. Kikyo la había metido en un apuro y ella por estúpida al aceptar la tarjeta ese día.
― ¿Tienes idea que hora es?
―La hora de comer, Kagome. Y tengo mucha hambre.
Se escuchaba un eco, como si la tuviese en altavoz. Probablemente estaba firmando algunos documentos y no podía sostener el móvil.
―Casualmente yo también. ¿Dónde siempre?
Un silencio muy largo se hizo esperar por parte de Kikyo. Ella no actuaba así.
― ¿Estás bien, Kikyo?
―Desde luego cariño. He estado bajo mucho estrés este cuarto de hora. ― respondió ella, sin perder de vista al hombre que la observaba fijamente ― Te veo dónde siempre en media hora.
―Claro – sonrió Kagome – Te veo en media hora. ¿No te ha molestado la cita de anoche?
―No – negó Kikyo, fulminando a Inuyasha Taisho – No me ha molestado mi cita en todo el día.
Inuyasha escuchaba con atención la conversación que mantenía esa mujer con Kagome. Por primera vez sabía su nombre. Le había pedido explícitamente que dejará en altavoz la conversación cosa que en un principio se reusó Kikyo, pero solo tuvo que recordarle su acuerdo y accedió a ese término.
― ¿Qué lugar es "Dónde siempre "? – interrogó cuando la llamada finalizó.
Kikyo, si de por sí ya se sentía culpable por haber vendido a su amiga de esa manera. Alzó un dedo y señaló aquel hombre, no estaba dispuesta a que la cuestionara de esa forma.
Si algún día se encontraban en algún juicio, le patearía el trasero por haberla acorralado a hacer esto.
―No vuelva a interrogarme de esa forma, señor Taisho. – estaba demasiado enfadada más con ella que con ese hombre – A un par de cuadras hay un restaurante de comida china. Normalmente solemos comer ahí cuando tenemos oportunidad de hacerlo.
Inuyasha inclinó la cabeza complacido por la información proporcionada por la dama, se levantó, pero antes de salir se detuvo al escuchar su voz proveniente a sus espaldas.
Giró sobre sus talones y la vio ahí, de pie y con las palmas de sus manos apoyadas en su escritorio. Lo miraba como si quisiera lanzarse a su yugular.
―Si le haces algo, juro que acabaré contigo y no tendré piedad alguna. No descansaré hasta arruinar tu bufete.
Él sonrió, aceptando aquella advertencia por parte de ella. Pero debía admitir que era admirable esa intensidad en esa mujer por defender a su amiga.
―Le diré a mi secretaria que se ponga en contacto con usted para entregarle lo referente a mi cliente. Que tenga un buen día, señorita McAdams.
Kikyo vio la puerta cerrarse y se derrumbó en su asiento. Sentía como si le había puesto una trampa a su amiga. Bueno, eso era justo lo que le había hecho y no podía dejar de sentirse culpable.
― Taisho – le llamó antes de que saliera de la oficina ― Si algo le haces te juro que te arranco los testículos y haré que los uses de corbata. ¿Fui clara?
Él sonrió y se inclinó para salir de ahí.
Se derrumbo en un silla Presidencial. Tal vez estaba a tiempo de renunciar a ese cliente para hablarle a Kagome y decirle que no podía acudir a la cita. Es más que no fuera porque su cita de anoche se vería con ella en su lugar.
Llamó a su secretaria.
― ¿Ocupa algo?
―Si – asintió – Tráeme mi valeriana. Tengo unos nervios de infarto.
¿Qué había hecho?
Pero su amenaza no era juego, si ese hombre se le ocurría lastimar a Kagome, lo acabaría sin ninguna contemplación.
En el fondo se sentía culpable por haber traicionado a su amiga. Ella toda inocente acudiría a la comer con esperanza de encontrarse y en su lugar se encontraría con un hombre. La simple idea de pensar que le tendió una trampa le consumía la cabeza.
