Capítulo 7

LA PROPUESTA

Una vez que se aseguró de que el doctor Bankotsu se hubiese ido en su auto de lujo sin haber obtenido más que un simple beso de mejilla. Salió de su propio vehículo, activo la alarma y subió las escaleras que lo llevaban a la entrada del recinto. Pero maldijo al encontrarse con una hilera de timbres. Maldijo entre dientes, porque ni siquiera sabía cuál correspondía al departamento de dulzura.

Así que sin perder el tiempo fue llamando uno a uno, al que le iba contestando simplemente decía que era un repartidor de pizza solo para ver cual caía en su trampa.

Sonrió al escuchar que uno de los inquilinos retiraba el seguro de la puerta, dándole libre acceso. El ascensor estaba ocupado y sin darse prisa subió las escaleras. En el primer piso no había nada, en el segundo se encontró con una pareja de ancianos discutiendo sobre el color de unas alfombras. En el tercer piso vio su objetivo y ahí se quedó. Era fácil reconocer esa melena azabache.

Para alguien que subía corriendo las escaleras poseía una buena condición.

Se detuvo a escasos centímetros de ella. Su perfume peculiar suavizó su maldito humor que llevaba semanas acumulado e incluso, apaciguó los celos que lo consumieron tras haberla visto con Bankotsu.

Tal parecía que dulzura peleaba con su bolso. Al parecer buscaba las llaves de su departamento que se habían metido muy a fondo de su bolso.

No resistió más, debía hacerla suya una vez más. Solo ella podía controlar la fiebre o más bien, el hambre que tenía de su piel.

Posó una mano en su brazo para girarla en redondo. La escuchó protestar, pero no le dio importancia y acto seguido, asaltó sus labios.

No había palabra alguna para describir la forma tan gloriosa que lo recibía. Su cuerpo temblaba bajo la palma de su mano. Esto sin duda alguna también le afectaba a ella igual que a él.

La tomó posesivo de la cintura para alzarla y que enroscara sus piernas alrededor de él.

Se abría cómo una mariposa ante él. Siempre lista para él.

Pegó su ingle en su vagina. A pesar de que los cubrían sus ropas, la escuchó gemir contra su boca.

Si, ella también lo deseaba.

― ¿Qué haces aquí? – preguntó entre jadeos ― ¿Cómo entraste?

Su cuello le llamó la atención, sacó la lengua y la deslizó por toda la curva, dejando un camino húmedo a su paso. La siento estremecer.

―Eso no tiene importancia. Ahora abre esa maldita puerta. Necesito cogerte.

Una risa se escuchó a su lado y Kagome frunció el cejo al ver a si vecina la sexosa. Le decía así porque acostumbraba a tener con frecuencia sexo y de eso mil veces había sido testigo. Pues sus gritos llegaban justo a su habitación.

No le gustó el modo en que se le quedó viendo a Inuyasha.

Que ni se le ocurriera echarle un ojo a su dios del sexo. Si quería uno así, debía conseguir una membresía o más bien, tener amigas que te prestaban una para ir a un club de sexo.

―Hola Kagome.

Todo era bochornoso. Ya que por un lado aún seguía atrapada entre la puerta y el cuerpo de Inuyasha. Y por el otro, la constante mirada inquisidora de su vecina.

―Ayame.

Como no quiso que los interrumpiera más o, mejor dicho, que la presentara ante Inuyasha. Rápido se bajó de los brazos de su abogado, dio una última rebuscada en su bolso y las llaves saltaron a su encuentro. Abrió la puerta, dejando entrar primero a Inuyasha para así Ayame se perdiera todo espectáculo sobre él.

― ¿Es tu novio? – preguntó la pelirroja, recargada sobre la puerta de su departamento.

Kagome sonrió, sin dar ninguna explicación. Pero mientras la observaba, ahora ella misma ideaba su venganza. Si las cosas acababan en sexo, gritaría más fuerte de lo que lo hacía su vecina.

―Lo siento. Tengo que atender algo importante.

Inuyasha lo primero que hizo al entrar a su departamento fue examinarlo. No era más grande que el suyo, de hecho, podría decir que era del tamaño como la casita de barbie que tenía Kanna en casa y que nunca usaba. Pequeña y para una persona.

Una salita que comprendía de solo un sofá, junto a él una mesita de noche y en la cual estaba una lampara y varios libros apilados. Pero aquellos libros tenían un nombre demasiado comprometedor.

A dulzura le gustaba la lectura sucia.

Lo primero que visualizó al entrar fue la inmensa espalda de Inuyasha. Su figura era mucho más alta a como recordaba y tenía la impresión de que si estiraba el brazo hasta arriba fácilmente tocaría el techo de su pequeño departamento.

Inuyasha contemplaba los posibles escenarios dónde se la podría coger. El sofá era muy pequeño para él. La cocina ni se diga. El único lugar adecuado que se podía apresar era la mesa cuadrada que estaba justo al lado de él.

Giró lentamente y cuando sus ojos dorados se toparon con los de ella, en ese momento todas esas promesas que se hizo se evaporaron así nada más. Si, era un tanto estúpido que pensara en alejarse de él o no volver a buscarlo. Pero si el maldito destino conspiraba para que se encontraran una y otra vez lo mejor sería dejar de remar contra corriente y aceptar lo que sea que comenzaran a tener.

Aunque solo fuera sexo.

― ¿Te puedo ofrecer algo? – preguntó mientras dejaba el bolso sobre la barra.

Cada movimiento que ella ejercía era seguido por su mirada dorada.

Pero una mirada traviesa se dibujó en los labios de Inuyasha. Algo que la hizo temblar totalmente de arriba abajo.

―Si― asintió – A ti sobre esa mesa.

Kagome se mordió el labio inferior y le echó una rápida mirada a la mesa que usaba como comedor.

―Me refería algo de tomar.

―Y yo me refiero a tomarte a ti, dulzura.

Él extendió un largo brazo en dirección a ella. Por un instante se quedó pensativa. Un desfile de dudas y emociones pasaban justo alrededor de su cabeza.

―Si no vienes tendré que ir por ti.

― ¿Qué haces aquí?

Fue lo primero que se le ocurrió antes de decidirse si cruzar la línea que los separaba.

Inuyasha dio un largo suspiro y empezó a reducir la poca distancia que lo separaba de ella y de su ropa.

Como en un principio, no logró resistirse más. Un brazo se enredó en su delgada cintura y la atrajo a él. Había perdido la noción del tiempo y del espacio dónde se encontraba. Esa mujer lo volvía loco, no solo de probar sus labios. Sino de estar dentro de ella. Su maldito pene palpitaba sobre la tela del pantalón luchando por salir y buscar la cura.

Rozó con la punta de su lengua el labio inferior. Kagome entreabrió los labios y lo recibió con un delicioso impacto. Sus lenguas danzaron un vals erótico. Se aferró con sus brazos al cuello al sentir que el piso se movió bajo sus pies y en ese momento fue consiente que la llevaba donde él quería.

La mesa.

Verla con ese doctor lo único que había hecho fue aumentar el deseo que sentía de ella. De marcarla únicamente para él y eso era lo que se proponía hacer.

Bastó menos de un minuto para despojarla de su ropa y ahora lo moraba con esos impresionantes ojos chocolates, derretidos por el deseo que se reflejaba en ellos.

―Voy a hacerte gritar – susurró, pasando su lengua tibia por todo su oído derecho – Tanto así que te sus vecinos te escucharán.

Y eso fue lo que la derritió aún más. Su instinto primitivo la hizo separar las piernas ante él. De hecho, ya estaba preparada para recibir todo de él.

La tumbó de espaldas a la mesa. Inuyasha cubrió ambos pezones con sus manos. Los moldeada a su antojo. Eran tan perfectos como la primera vez que los había visto. Justo ambos pezones y se los llevó a la boca. Se llevó los brazos de Kagome. Un gemido sonoro se escapó de su boca y estaba casi segura de que pudo escuchar las ventanas vibrar a causa de eso.

Él hacía y deshacía a su antojo. Pasó su lengua caliente por ambas aureolas, llevándolos de nuevo a su boca y mordisquearlos.

Kagome enredó sus piernas en las firmes caderas de Inuyasha y empezó a balancearse al ritmo de las acometidas que su boca le daba sus pezones.

Apartó la boca de sus pechos para contemplar su magnífico rostro. Ella también le devolvió la morada.

Inuyasha simplemente se perdió en esos labios entreabiertos que ocultaban un gemido. No pudo resistirse a ellos ni un minuto más y volvió hacerlos suyos. Esto comenzaba a ser como una especie de droga para él. Estaba empezando a sentirse adicto a esa piel, a sus labios y a todo lo que tuviese que ver con ella.

Se alejó un poco de esa adictiva mujer y bajo su atenta mirada empezó a desvestirse.

Kagome se mordió el labio al verlo cubrirse el pene con un condón. Esa tarde era muy prometedora. Aún no podía creer que casi estuviese a punto de invitar a Bankotsu a subir. A quién iba a engañar, ella lo único que deseaba era ese hombre que se colocaba en medio de sus piernas.

―Responde ¿Hasta dónde estás dispuesta a gritar?

― ¿Por qué quieres hacer eso? ― jadeo al sentir la punta palpitante de su pene sobre su vulva.

Él esbozó una media sonrisa, anclando sus dedos a los costados de su cadera para inmovilizarla.

―Porque me vuelve loco escucharte. Y porque estoy casi seguro de que deseas que tus vecinos escuchen como te coge un hombre de verdad.

Bueno, en eso si tenía razón. Era un poco morboso pero excitante.

―En especial deseas que esa pelirroja te escuche ¿O me equivoco, Kagome?

Ante su pregunta solo obtuvo un movimiento de cabeza en señal afirmativa y eso le dio pie a que iniciara con esa aventura.

Tal y como lo había prometido, la hizo gritar en la mesa, que se balanceaba al ritmo de las acometidas. Un pequeño florero empezaba a bailar y terminó por caerse al suelo y romperse en varios pedazos, pero eso no le dio ni siquiera la más mínima importancia. Kagome se aferraba a él como si ni hubiese otro lugar a donde deseara estar. De nueva cuenta se entregaba con las mismas ganas que en sus encuentros anterior.

Tanto sus gritos como sus gemidos resonaban en las cuatro paredes de ese departamento, a esas alturas probablemente sus vecinos pensarían lo peor de ella, pero francamente le importaba muy poco. Lo único que deseaba era alcanzar el éxtasis junto a aquel hombre.

La tomó por debajo de la cintura y la llevó hasta la pequeña isla de la cocina para terminar en su habitación. Y ahí, ella gritó mucho más fuerte, porque tenía la plena certeza que su vecina Ayame la estaría escuchando.

¿Ahora quién era la cogía en casa?

Sin duda esto lo venía a complicar todo, había invadido su privacidad. Ese departamento no sería el mismo después de esto. Cada pared tenía impregnado un recuerdo. Sin contar la mesa y la isla.

Inuyasha permanecía boca arriba, con la cabeza apoyada bajo sus brazos y los ojos completamente cerrados. Reflejaba paz absoluta que inclusive se lo transmitió. Sin contenerlo aún más levantó una mano y acarició con la punta de sus dedos el contorno de su nariz.

Atrapó su mano antes de que continuara aún más con su explicación. Entre ellos dos había aun muchas preguntas. En Kagome, la principal de todas era saber si era casado puesto que no paraba de pensar en la pequeña niña que era un auto reflejo de él.

En cambio, para Inuyasha eran mucho más preguntas.

Abrió los ojos y se encontró con los de ella, que lo miraba atentamente.

― ¿De dónde conoces a Bankotsu?

Kagome alzó una ceja.

― ¿Importa?

Él alzó una platinada ceja ante la osadía de la joven.

―Mucho. En tu respuesta dependerán muchas cosas.

Era verdad, tanto así que estaría dispuesto a cambiarle el doctor a su hija con tal de no volverle a ver la cara a ese idiota.

Ella sonrió y negó.

―Es solo un cliente. Hace unos meses acudió para que le cotizara unas vacaciones.

― ¿Y se da la libertad de salir contigo?

―Mejor dime de dónde lo conoces tú.

Ese giro de la conversación no se lo esperaba porque eso implicaría decir más de lo que debía. Aunque dado que su misma hija había revelado parte de esa información ante ella.

―Como sabrás, tengo una hija.

No dijo nada, solo aguardó a que él se abriera. Eso era nuevo en ellos, porque únicamente cogían y cada uno tomaba caminos por separado. Podría ser sobre todo peligroso. Pues sería muy difícil desprenderse en un largo o corto plazo, según lo que ellos mismos desearan que esto durase.

―Ella padece una enfermedad. Tiene asperger.

Ahora entendía por qué tan sincera y el cómo actuó ante esa enfermera en el supermercado. Desde el momento en que la vio, se dio cuenta de lo especial que era la pequeña niña.

―Es una condición – lo corrigió.

Tal parecía que él era el único que veía la condición de Kanna en una enfermedad.

―Si, una condición – asintió – El caso es que Bankotsu es su médico de cabecera.

Hubo un silencioso muy largo. Kagome no dejaba se hacerse preguntas sobre la madre de la pequeña. Las dos veces que la vio había estado acompañada de una enfermera y sobre todo de su padre e incluso a lo lejos pudo distinguir la figura de una mujer mayor que francamente podría haber sido su abuela.

―Vamos sea lo que sea que estés pensando, suéltalo – la alentó.

De hecho, no era difícil saber lo que estaba pensando. Sus sentidos agudos iban leyendo sus ojos y su expresión corporal. Años de abogado y sabía a leer a las personas y con ella no fue la excepción.

Un poco dudosa, buscó las palabras adecuadas para formular la pregunta. No quería ser más indiscreta de lo que ya había sido.

― ¿Dónde está su madre?

Esperaba cualquier respuesta menos la que él le iba a dar.

―No sé – se encogió de hombros – Y francamente no me importa. Un día dijo que se marchaba cuando Kanna era apenas un recién nacido. Dijo que esa no era la vida que deseaba. Así que en cuanto se largó busqué por todos los medios para tener la custodia completa de mi hija.

Recordó a esa pequeña de ojos dorados que la miraba bajo la caja de un supermercado. En ellos se podía relejar una gran soledad. No dudaba que su chico de ojos dorados le diera todo cuanto ella podría desear. Pero estaba casi segura de que no tenía nada que ver con lo material.

Si algo había que destacar era el hecho de que, al volverse a encontrar en la galería, Kanna la había reconocido. Hasta le pareció haberle sonreído. Bueno, incluso de haber estrechado su mano.

―Ahora dime ¿Cómo es que Kanna y tú se conocen?

No quería poner de cabeza a la enfermera, pero Inuyasha debía saber la clase de personal que contrataba.

―En el supermercado, cuando intentaba ocultarse de su enfermera. No es por nada, pero debes ver la clase de personal que contratas. Me dio coraje como trató a Kanna. Sobre todo, esa enferma hizo que me sacaran del establecimiento. – hiso una pausa y concluyó el tema – Si yo fuera tú, elegiría con mucho cuidado quien se haría cargo de mi hija.

Ahora que escuchaba eso no podía haber acertado el despedirla cuando Yura se le insinuó. Su secretaria se lo había advertido, su propia madre y ahora Kagome, la mujer que era completamente distinta a las demás.

Contempló la línea de su cuerpo y estiró un brazo para juguetear con un pezón. Sonrió al sentirlo endurecer entre la yema de sus dedos.

A él le había tocado hablar, reveló una parte privada de su vida y nunca le dio importancia de explicarle a cada mujer con la que se veía en Zeus como era su viuda. Todo lo contrario, a ella.

Entonces, la palabra Zeus le hizo recordar algo importante. Ya había visto su departamento, era demasiado pequeño como para que se costeara una membresía tan excesivamente cara.

― ¿Cómo es que entraste a Zeus?

Kagome se levantó de la cama y tomó una bata que estaba colgada sobre un perchero para cubrir así su desnudes. Salió de la habitación y fue por un vaso de agua, pero al darse la vuelta ya lo tenía frente a ella. Tan desnudo como lo recordaba en la cama.

Había llegado el momento de decirle toda la verdad, después de todo no tenía nada que perder. Ni siquiera una relación. Eso solo era sexo. No más.

Se mordió el labio inferior, sin siquiera saber cómo iba a reaccionar al enterarse que él estuvo a punto de acostarse con Kikyo.

―Una amiga me dio una fecha junto con la clave.

La expresión que hizo casi la hace reír. Porque sabía perfectamente que en el fondo se moría por saber quién era la dichosa amiga que le entregó la ficha.

―Kikyo era la chica con la que se supone te debías encontrar ese día. En cambio, lo que hizo fue dármela.

Si Kikyo hubiera ido ese día ¿Habría terminado por cogérsela?

― ¿Me estas queriendo decir que Kikyo era la de la cita?

Ella asintió.

― ¿Te la habrías cogido? – preguntó al fin, sin pelos en la lengua.

Inuyasha alzó la vista y se encontró con ella. Se encogió de hombros.

―A eso se va a ese lugar, Kagome. Solo a coger y no involucrar nada de sentimientos.

Debía admitir que no estaba preparada para recibir el impacto de esa respuesta. Pero solo imaginar a su amiga y a ese hombre en una habitación y haciéndole lo mismo que él había hecho con ella le hacía que le hirviera por completo la sangre.

Giró sobre sus talones para enjuagar el vaso con agua y colocarlo con cuidado en un escurridor. Su pulso se aceleró al sentir el cuerpo de Inuyasha pegado al suyo. Su aliento cálido golpetear entre su nuca y la curva de su cuello.

―Pero debo agradecerle por lo que hizo. Así me pudo dejar conocer a dulzura.

La tomó de los hombros y la hizo girar para tenerla donde deseaba. Se pegó más a ella, acorralándola entre el grifo y él.

―Dulzura – levantó su mentón para tener su mirada fija en él ―Quiero proponerte algo.

Ella apoyó ambas manos en sus antebrazos, quedándose completamente inmóvil. No sabía que era lo que él quería proponerle, pero ya tenía la respuesta.

― ¿Cuál propuesta?

Sus ojos dorados brillaban con intensidad absoluta. Era la primera vez en toda su vida que iba a sugerir algo así. Podría ser un tanto descabellado e incluso peligroso porque no sabía dónde los llevaría todo eso.

―Que llevemos esto hasta donde podamos.