Capítulo 9
DE GALA
Inuyasha se quedó unos momentos observando detenidamente la mesa que tenía justo frente de él. En ella había restos de comida y todo iba en número par. Era como si más de una persona hubiese comido en ese cuadrado espacio, ahí donde se la cogió la primera vez que cruzó la puerta de su departamento.
Un fuerte aguijón le picó en el pecho sin que él lo pudiera evitar. No le gustó lo que sentía, era como si estuviera celoso por nada, pero a la vez por todo. Y eso tenía que ver con la mujer que tenía justo de tras de él.
Kagome si bien no tenía por qué ponerse nerviosa porque lo que existía entre ellos dos no ameritaba para tanto, no dejó de sentirse sofocada. Ni siquiera quería pensar en lo que hubiese pasado si Sota y él encontraran.
Llamaron a la puerta y agudizó más su oído en cuanto escuchó como dulzura retiraba el seguro. Lo que escuchó no le agradó del todo.
Era la voz de un hombre.
Uno joven.
―Kagome, se me olvidaba decirte que Moe…
Giró lentamente sobre sus talones. Optando por una postura rígida, como un maldito depredador a punto de asesinar a una presa. Es más, la misma que utilizaba en algún jurado cuando se trataba de defender a un cliente.
Si, era muy joven, de hecho, más alto que él, pero con gran parecido a dulzura.
Sota guardó silencio de golpe al reparar con el hombre de traje que estaba justo en medio del departamento.
La mirada de Kagome iba de su hermano a Inuyasha y su semblante de piel cambiaba de muchas tonalidades. Lo conocía demasiado bien como para saber que dentro de esa cabeza se formulaban cien preguntas. Deseaba que se marchara de una buena vez sin que le cuestionara nada a Inuyasha. Sobre todo, a ella. Aunque conociéndolo bien, estaba segura de que era exactamente lo que iba a pasar.
― ¿Y tú eres?
Su pregunta había sido directa, avanzó unos cuantos pasos dejando atrás a su hermana, que de inmediato cerró la puerta para no llamar la atención de los vecinos.
En todo momento no bajó la guardia de abogado frio y arrogante. Así que, llevándose las manos a los bolsillos, dispuesto a responder, pero Kagome se anticipó.
―Es mi abogado.
Inuyasha se quedó ahí, con la boca abierta.
―Contraté los servicios del señor Taisho porque requiero una asesoría legal.
Ella entornó los ojos hacia él, implorando con la mirada que le siguiera el juego. Fue hasta que al final se apiadó de ella y con una sonrisa, asintió.
―Tal cual lo dice mi cliente.
―Bueno, en ese caso un placer señor Taisho – asintió convencido Sota.
Se había hecho un silencio incomodo entre ese triangulo y para terminar con él, Kagome no tuvo más remedio que preguntarle por qué regresó, a lo que su hermano respondió rápido. Todo sin quitarle la mirada al "abogado" que estaba delante de él. Al ver que su presencia ahí había terminado, no tuvo más remedio que despedirse de su hermana como de aquel hombre. En parte porque ambos se veían un poco impacientes porque los dejaran solos. Seguramente la asesoría legal tardaría toda la noche.
Obviamente no se había creído la historia de que ese abogado estaba ahí por una asesoría legal. En parte porque siempre los abogados con una especie de portafolio ¿No?
Conocía a su hermana, sabía perfectamente cuando mentía y cuando no. Y esa, era una de esas mentiras.
―Mi hermano. – se aclaró un poco la garganta – Vino de visita.
No sabía porque tenía que explicarle sobre la relación que tenía con Sota. Posiblemente no quería que pensara mal de ella y que era una mujer con una vida sexualmente activa.
Él asintió, mostrándose un poco más tranquilo con su explicación. Además, durante el corto contacto que tuvo con su hermano, pudo percibir una onda hostil que los rodeaba a ambos. Era evidente que no le dio una buena impresión y que posiblemente imaginaba que no estaba ahí en el departamento de su hermana para hablar precisamente de una asesoría legal.
Fue directamente hasta un sofá, tomó asiento y posó un pie arriba del otro. Recargó el codo en la oreja del mueble y se llevó un dedo a los labios.
Kagome se humedeció los labios con solo ver cada uno de sus movimientos. Incluso el aire le faltó.
― ¿No le va a ofrecer nada a su asesor legar, señorita? – esbozó una media sonrisa – Mis honorarios son nada accesibles.
Claro que no, al menos fue lo que pensó ella. Si su sueldo más lo que le pegaban sus clientes por representarlos le daba para pagar una vomitiva suma en "Zeus", no quería ni imaginar cuanto ganaba realmente.
― ¿Que te apetece? – por alguna razón lo preguntó de manera nerviosa.
De nueva cuenta ahí estaba esa sonrisa que la hizo temblar de pies a cabeza.
Inuyasha se pasó los dedos por toda su melena platinada.
―A ti, dulzura.
Y al final le indicó que se acercara a él. Bajó su pie y eligió una postura más cómoda.
―Desnuda y con un sí a mi oferta.
Con el pulso acelerado dio el primer paso en dirección a él. Lo había meditado durante todo el día. La razón le decía que no, que lo rechazara, pero el corazón tenía su propia decisión. Ante ese estaba en un conflicto interno. Incluso aunque Jacky le dio el mejor consejo que un amigo pudiera dar, de apartarse de él y declinar la oferta, la tuvo que desechar. Si eso no terminaba bien, le pediría una disculpa, aceptando con gusto su regaño.
Pero por ahora iba a disfrutar, sin pensar en el tiempo que pudiese durar esa corta "relación".
Él levantó la mano para detenerla.
―Dije desnuda, dulzura – alzó una ceja – No vestida.
Observó su atuendo de dos piezas. Una falda rosa palo de tuvo y una blusa blanca sin mangas. Se había quitado los zapatos y ahora llevaba puestas unas pantuflas. Aun así, se veía sexy, no lo podía negar.
Contuvo la respiración al verla llevarse las manos por detrás de su espalda y pocos segundos se deshacía de la falda. Su boca hizo una pequeña "o" al revelar parte de su lencería. Compuesto por un ligero y diminuta braga blanca de encaje que revelaba más de lo que debía cubrir.
A este paso odiaba haberle dicho que se desnudara ella misma, era mejor que él lo hubiera hecho, así descubriría por sí solo lo que llevaba debajo de esas prendas. Además, la condenada lo estaba disfrutando, ya que sus movimientos eran muy pero muy lentos.
Está bien, la dejaría ser, al fin y al cabo, terminaría aquí, sobre sus piernas y se las iba a cobrar.
Kagome arrojó su blusa junto al resto de ropa que yacía en el piso. Si, tuvo que sofocar una risa al ver el semblante de Inuyasha. Su piel tenía muchas tonalidades, realmente se estaba conteniendo para no ir a su encuentro.
Él recorría cada centímetro de su piel con la mirada. Era una maldita diosa griega bajada del olimpo por envidia de las demás diosas al ser opacadas por su hermosura.
Ella se volvió a llevar los brazos hacia atrás para desabrocharse el sujetador. Pero Inuyasha había decidió que ya era suficiente tortura. Él terminaría por ella.
―Alto. Eso yo lo hago.
Y con movimientos apresurados le indicó que terminara de acercarse por completo.
Kagome se colocó a horcajadas sobre él. Inuyasha deslizó la punta de un dedo desde su pelvis, pasando por la línea de su abdomen y entre sus senos. Su pecho se movía de arriba abajo víctima del placer que le aguardaba.
Subió más su dedo hasta llegar a su melena azabache y larga, se enredó en ella y la atrajo a él. Dejándola a escasos centímetros de su boca.
― ¿Qué me has hecho, dulzura? ¿Qué me has hecho que de mi cabeza no sales? – sonrió con malicia – Y no lo digo por mamón.
Ella se sonrojó al escuchar aquel doble sentido que le quiso decir.
― ¿Me vas a dar un sí o me lo vas a negar? – susurró a punto de besarla.
Kagome comenzó a jugar con su corbata roja, deshaciéndose del nudo perfecto y dejándola a un rincón.
También tenía que hablar y no era una niña para andar con rodeos. Ambos eran adultos, saben a lo que van y lo que quieren en la vida. Un juego de "te lo digo luego" no tenía cavidad en ese lugar.
―Mi "sí" lo tienes desde que cruzaste la puerta de mi departamento.
Con un brutal gruñido se apoderó de sus labios, haciéndolos presa del deseo y el calor que emanaban de los suyos. Se levantó con ella en brazos y la llevó directo a su habitación para sellar de otra manera aquel pacto entre ellos.
―Solo un favor…
Debía ser honesto con ella y leer su contrato antes de lanzarse al vacío y que estuviera perdida.
―No te enamores.
Kagome tragó con dificultad y leyó en sus ojos que era completamente sincero.
―Porque no puedo ofrecerte amor.
Asintió.
― ¿Quién está hablando de eso?
Pero la verdad es que, a pesar de ser un trato, algo le decía que eso no iba a terminar nada bien y menos con resultados favorables a ella.
Inuyasha se tranquilizó al saber que ella perseguía lo mismo que él, así que esa noche sellaron el trato de otra manera.
Eran exactamente las doce de la media noche. Ella descansaba en su pecho mientras que Inuyasha acariciaba su espalda desnuda con los dedos. Recordó que en dos días era la cena de gala y que por lo tanto debía llevar un acompañante. Pero no le complacía llevar ni a su madre ni a su secretaria.
― ¿Qué harás el miércoles?
Kagome levantó un poco la cabeza y se encontró con su mirada.
―Nada.
― ¿Quieres ir a una reunión aburrida de abogados?
La forma en que lo dijo le pareció un poco cómica y no puedo evitar sonreír. Sin responder a su oferta se levantó de la cama y se pasó la bata, porque sabía que había llegado el momento de que él se fuera. Pero le sorprendió que permaneciera más tiempo de lo normal.
― ¿Qué tan aburrida?
―Muy aburrida – se incorporó en la cama.
Esa cama era demasiado pequeña e incómoda, juraba que pronto le compraría una más amplia.
―Abogados corruptos, fiscales libidinosos. En fin, cache y corbata mezclados en una sola noche.
Eso de corrupto no se lo creía ni él, se veía realmente un hombre honesto, que solo procuraba el bienestar de su pequeña hija y en ese sentido lo admiraba mucho.
Pero con esa forma de invitarla no podía negarse a ello.
―De acuerdo, iré.
―Muy bien – asistió – De etiqueta, vestido blanco. Pasaré por ti.
No tenía vestido de noche blanco, si de colores, pero no blanco. Después de salir del trabajo o en la hora de comida pasaría a comprar uno junto con un par de zapatos. Afortunadamente tenía un pequeño bolso de fiesta, por ese accesorio no tenía de que preocuparse.
―Y ahora, quítate esa bata y ven aquí.
XXX
― ¿Así que mandaste a la basura mi consejo?
Jacky se llevó una mano al pecho ofendido, mientras pasaban juntos las diferentes boutiques para encontrar el vestido perfecto. Habían pedido permiso de llegar tarde, por lo que no había problema alguno.
―No es que no lo siguiera. Simplemente mis instintos fueron más fuertes.
Entró a una boutique donde vendían exclusivamente vestidos de fiesta, pero Jacky se le quedó mirando antes de entrar él.
―Mejor dicho, tu calentura fue más fuerte mi cielo. Cuídate y no me refiero a las píldoras de embarazo u otro método anticonceptivo. Sino cuida tu corazón y pon una barrera. Recuerda que solo van a coger, no más.
Sabía a qué grado le preocupaba a su amigo, en ese sentido era muy protector, pero a veces no le gustaba sus consejos. Porque estos a pesar de ser tan reales eran demasiado crudos y la bajaban de su nube en cuestión de segundos.
La vendedora le mostró los diferentes diseños que tenían para un evento como el que tendría. Tomó varios de diferentes diseños y sé que fue a los probadores, dejando a Jacky sentado en un taburete para que fuera su espectador y le dijera cual era el indicado.
― ¿Es su novia? – preguntó amigable la chica.
Jacky se llevó las manos al pecho e hizo una expresión de horror.
― ¿Te parece que ella es mi tipo?
La joven sonrió al final y después negó.
―Desde luego que no.
―Así es – asintió él.
Mientras estaba en los probadores, recibió un par de mensajes de Kikyo y Sango para ver si podían quedar para cenar esa noche. Así que de inmediato les respondió.
El primer vestido tenía encaje en las mangas y su falda era entubada. Salió y en cuanto lo hizo su compañero de trabajo negó.
―Si vas a bailar parecerás a Morticia Addmas y me refiero a la que hizo Angelica Huston. – le hizo ademan de que se fuera a probar otro – El que sigue.
El siguiente vestido, tenía un largo más pequeño, llegaba justo por debajo a las rodillas y con escote en forma de corazón.
Jacky se le quedó mirando, dudando un poco, pero al final, movió su pulgar de arriba abajo y negó.
―Vas a una cena de gala no a un quinceaños.
Kagome salió molesta de ahí en dirección a los probadores. Tal vez era mejor haber acudido sola, pero Jacky tenía buen ojo para la moda así que tenía que soportar sus comentarios si deseaban encontrar el atuendo perfecto.
Se quitó el vestido de "quinceañera" y lo acomodó perfectamente en un gancho. De nueva cuenta su móvil sonó, seguramente eran sus amigas para concretar la cita, pero no, era de Inuyasha. Una sonrisa boba se dibujó en sus labios al ver su nombre en la pantalla.
Inuyasha:
¿Qué haces, dulzura?
Pensó unos instantes en su respuesta, si le decía dónde estaba era capaz de pedirle una foto o algo por el estilo. Así que únicamente respondió algo sencillo.
Kagome:
Trabajo, mucho trabajo.
De nueva cuenta regresó el móvil al bolso, no quería que nadie la distrajera en su elección. Así que, suspirando tomó el ultimo diseño que había elegido, rogando porque esta vez Jacky le diera su aprobación.
Jacky estaba enviando unos mensajes de texto, sonriendo en todo momento ante la respuesta de su nueva conquista que ni siquiera se había percatado de que su amiga estaba ahí. Fue hasta que Kagome se aclaró fuerte la garganta que él volteó a verla.
Se había quedado con la boca completamente abierta al ver a su amiga, incluso su móvil se le escapó de las manos, pero ni siquiera le dio importancia. Se levantó del taburete y caminó hacia ella. Analizando cada detalle del vestido. Este tenía un escote profundo en forma de "V", un largo lineal y con una abertura que iba de la rodilla hasta el dobladillo.
― ¿Y bien?
Él levantó la vista y se encontró con sus ojos chocolate.
―Este dice "muéveme todo lo que quiera que después me quitas el vestido"
― ¡Jacky! – exclamó ella, dándole un ligero golpe en el hombro.
―Es verdad. Con ese vestido deslumbraras no solo a tu galán, si no a media gala. De mi te acuerdas.
Tras realizar todas las compras que requería para el evento, decidieron volver al trabajo. Esa noche ni siquiera pudo ver a Inuyasha debido a que ella tenía ya planes, pero acordaron verse la noche del baile. Cenó en casa de Sango y charlaron un buen rato.
Evadió el tema con Kikyo respecto a Inuyasha, pero aun así su amiga aceptó su privacidad, no sin antes de decirle que tuviera mucho cuidado con él.
Inuyasha caminaba de un lado a otro, aguardando en la acera a que ella saliera. Tras comprobar con su madre que Kanna ya estaba dormida, decidió guardar el móvil en el bolsillo de su pantalón. No sabía porque estaba malditamente nervioso. Siempre que acudía a esos eventos lo hacía acompañado, pero por una mujer distinta.
En esta ocasión, era diferente, porque la mujer que lo iba a acompañar había permanecido más tiempo de lo que acostumbraba.
Le daba la espalda a la puerta, mientras pensaba que todo esto entre ellos dos iba a salir bien. Tenía que salir bien. Había sido buena idea ser sincero desde el principio con Kagome. No podía ofrecer amor así de simple. Porque primero se debía a su hija, que ella era su auténtico amor.
― ¿Nos vamos?
Escuchó la dulce voz de una mujer. Esbozó una sonrisa y al girar sobre sus talones para verla, esa sonrisa se borró de los labios. La recorrió como si la estuviera desnudando a su paso.
Se aclaró la garganta, un poco nervioso.
― ¿Estas bien?
Él asintió sin responder.
― ¿Seguro?
―Si – respondió al fin – Solo pensaba en mandar al diablo esa gala, subir a tu departamento y arrancarte ese vestido.
Esas palabras la hicieron sonrojarse por completo y recordó las palabras de Jacky:
"Muéveme todo lo que quiera que después me quitas el vestido".
―No creo que a los abogados corruptos y a los fiscales libidinosos les agrade que no acudas a esa gala.
Eso lo hizo reír, si lo pensaba mejor, era buena idea quedarse en su departamento y no ir. Además, Hakudoshi sí que era un viejo libidinoso y no dudaría en estar pegado en las faldas de su vestido. Lo mejor de todo era que su esposa lo mantenía siempre a raya y el viejo se controlaba.
Le ofreció el brazo y la guio hasta la puerta del copiloto y segundos después se incorporaba el tráfico rumbo a la enorme mansión del fiscal.
Al bajar del auto, Kagome se quedó contemplando la inmensa mansión que se alzaba delante de ella. Habían colocado varias antorchas para iluminar la entrada y dos mayordomos estaban en la puerta recibiendo a los invitados, tomando sus abrigos y colgaros en amplio armario.
Exclusivamente las damas iban vestidas de blanco y los caballeros, bueno, de negro.
Sintió que alguien la tomaba del brazo y al voltear a ver, era Inuyasha, que había regresado a ella lo más pronto posible. Antes de subir por las escaleras que conectaban con el gran salón y posteriormente al jardín le preguntó:
― ¿Todo bien? ¿No te estas arrepintiendo?
―No – ella negó y con voz bajita dijo – Lista para conocer abogados corruptos.
Eso lo hizo reír y llamó a atención de un par de invitados, se inclinó y le susurró de la misma forma:
―Aquí no dulzura. Este no es el lugar para hablar de eso.
Ella comprendió la directa y asintió. Sería mejor que no utilizara la palabra "corrupto" o "libidinoso".
La reunión estaba siendo satisfactoria, Inuyasha la presentaba aquí y allá con distintos colegas. Dejando para el final al fiscal Hakudoshi. Realmente no era un viejo libidinoso como lo había pintado Inuyasha. Incluso era demasiado agradable.
Todos estaban reunidos en una mesa, platicando las divertidas experiencias que había tenido ese fiscal durante su juventud.
―Yo ya estoy viejo para jugar tenis.
Por alguna extraña razón todos rieron, menos ella.
― ¿A usted le gusta el tenis, señorita Higurashi?
Se sintió incomoda al sentir que era el centro de atención y se puso más nerviosa cuando la mano de Inuyasha se posó en su rodilla. Afortunadamente nadie observaba lo que pasaba debajo de una mesa y manteles.
―No me gusta el tenis― respondió con sinceridad― Es algo que nunca le he entendido y ni le entenderé.
Eso le agradó al anciano que hasta lo hizo sonreír.
―Entonces ¿Qué es lo que le gusta?
―El billar.
―Tengo una mesa de billar. Tal vez algún día la invite.
Kagome asintió complacida.
―Será un placer darle una arrastrada.
Hubo un silencio sepulcral en esa mesa. Pues nadie había sido capaz de hablarle así a un fiscal. Pero el que le pareció divertido fue al propio hombre, que terminó por romper en risa.
―En verdad usted es una delicia. Su presencia es agradable, espero que ese joven – señaló a Inuaysha – La traiga más seguido.
Ya no hubo más platica, un joven invitó a Kagome a bailar y no pudo negarse a la petición. Al hacerlo a Inuyasha no le apreció y de hecho le perdió ojo en lo que duraba el baile. Hakudoshi siguió su mirada y sonrió.
―Realmente es muy hermosa.
― ¿Perdone?
Volteó a ver al fiscal.
―La señorita Higurashi.
Miró a ambos lados y no había nadie en la mesa, recorrió la distancia que los separaba y tomó asiento a lado de él. Agarró una botella de Whisky caro y se sirvió un poco.
― ¿Quieres el consejo de un viejo? – lo miró fijamente – Si quieres ganar la elección a fiscal, una mujer como ella – volteó a ver a la joven que bailaba en la pista – Te ayudaría a ganar votos – le dio una palmadita en el hombro – No te lo digo por joder, sino por experiencia.
Antes de que ella tomara asiento se la llevó lejos de ahí. Caminaron por los amplios jardines, donde se escuchaba muy poco la música, pero, sobre todo, completamente solitario.
Lo que estaba pensando era una completa locura, no sabía si debía hacerlo, pero la necesidad de ella era más fuerte que poco le importaba si los viera.
La tomó por la cintura y la recargó de espaldas a un inmenso roble.
―Que…
Pero la calló con un potente beso, mientras levantaba sus piernas y la obligaba a rodearlo por la cintura. Kagome se dejó llevar, recibiéndolo gustosa, envolviendo sus brazos alrededor del cuello.
―Alguien podría vernos.
―Lo dudo, todos están alabando al fiscal libidinoso.
Eso la hizo reír, pero no por mucho tiempo, pues de nueva cuenta él asaltaba sus labios. Las manos de Inuyasha buscaron con impaciencia los tirantes de su vestido para deslizarlos abajo. Tuvo que interrumpir el beso para poder bajarlo hasta la cintura.
Se humedeció los labios cuando sus senos saltaron a su encuentro.
―Ese vestido es una condena dulzura y no puedo pensar otra cosa que en quitártelo. Tal vez cuando este acabe y estemos en tu departamento. Pero por ahora nos bastara eso. –
Buscó a tientas su ropa interior y la rompió de un solo tirón. Kagome lo ayudó a liberarse de la hebilla del pantalón y sacar su miembro ya erecto.
No hubo más palabras o que fuese una locura y que alguien los viera. No, ese lugar fue testigo infinito de su entrega.
Él entraba y salía de su interior, sus movimientos eran rápidos y fuertes. Inuyasha capturó uno de sus pezones y se los llevó a boca. Kagome arqueó la espalda, retorciéndose bajo sus brazos y moviéndose a la par que él. Sentía que estaba al borde del precipicio y se agarró fuerte a sus hombros.
―Lo juro – mordisqueó su oído – Un día me volverás loco.
―Inuyasha….
― ¿Y estas a punto?
Lo único que hizo fue capaz de mover la cabeza en forma afirmativa.
―Espera, que sea juntos.
Ambos rompieron las barreras llegando al mismo tiempo. Permanecieron unidos un par de segundos, hasta que fue Inuyasha quien rompió esa unión.
Le ayudó acomodarse la ropa y ya cuando estaban listos, volvieron a la fiesta. Pero mientras caminaban con las manos enlazadas, el móvil de Inuyasha sonó. Lo sacó de su bolsillo y leyó el nombre de su madre.
Algo le decía que esa llamada no traería buenas noticias.
― ¿Qué pasó? …. – miró con angustia a Kagome – En seguida voy para allá.
