Capítulo 13
EL MALDITO REGALO
3 horas antes
Una Kaede entró muy apurada al despacho de Inuyasha. Al verlo hablar por teléfono le extendió un papel. A él se le hizo extraño el comportamiento de su asistente, pero aun así tomó el recado sin desatender la llamada.
Al leerlo se puso rígido y tuvo que terminar abruptamente la llamada.
― ¿Dónde demonios están?
―La llevé a la sala de juntas.
Ni siquiera aguardó a que ella terminara la frase cuando se encontraba de pie, poniéndose su saco y encaminándose a la salida para ir directo a la sala de juntas.
―Cancela llamadas, citas, absolutamente todo cancélalo.
―Hijo, si quieres voy contigo.
Agradeció ese gesto por parte de la mujer que lo había acompañado a lo largo de su vida profesional. Si es que llegaba a ser fiscal, se aseguraría de que Kaede tuviese un puesto de alta relevancia.
―No hace falta – señaló su escritorio – Ocúpate de todos mis asuntos personales. Esto debo atenderlo yo en particular.
Su mano estaba suspendida en la manija de la puerta. Temblaba y no de anhelo o deseo. No, él sabía a qué esos espasmos se debían a que su ira y rabia trataban de salir. Debía controlarse, estaba en el Buffet y no en un puto bar discutiendo con una exnovia.
Tuvo que respirar varias veces, tenía que tranquilizarse. Ya que, si no lo hacía, podía ver los titulares del siguiente día:
"Candidato a la fiscalía del estado es acusado de homicidio"
Un colega pasó a su lado y se vio obligado a corresponderle del mismo modo el saludo.
Decidido a no darle más rodeos al asunto, abrió lentamente la puerta. Lo primero que vio fue el amplio ventanal que abarcaba del techo al suelo. De podían apreciar los demás rascacielos junto con el impresionante día soleado que hacia ese día.
Y ahí, en la silla principal de la extensa mesa de juntas se encontraba la mujer que más había odiado en su vida, pero la que, a la vez, le dio una importante razón para vivir.
Su puta exmujer.
Ella al percatarse de su presencia, sonrió y se quitó las gafas de sol para verlo mejor.
Desde luego no reparó en su impecable traje y como le quedaba a la medida.
―Hola querido ¿No me extrañaste?
― ¿Qué haces aquí?
Ni siquiera se había acercado a ella. Estaba a mitad de camino, luchando con el impulso de tomarla del brazo y sacarla a rastras del edificio sin importarle que los demás vieran la escena. Sin importarle siquiera que fuese una dama.
― ¡Que frío! – hizo un gesto con los labios ― Después de tantos años y sigues siendo el mismo.
Su puta paciencia se estaba acabando.
― ¿Esperabas que te recibiera con los brazos abiertos?
Ella lo miró y una risa burlona se escapó de sus labios rojos.
―Eso sería épico – le lanzó un beso ― ¿Aún me extrañas, corazón?
―Vamos al grano ¿Quieres, Eri? – prefirió cambiar de tema – Tienes una orden de restricción, recuérdalo. No te puedes acercar a Kanna ni a mí.
Su exmujer hizo como que recordaba algo, pero al final negó con la cabeza y recargó la espalda por completo en el respaldo de su asiento. Haciendo girar levemente la silla.
―Tal vez nunca me llegó. Con eso de que mi esposo, hijos y yo hemos estado más de seis años fuera del país. Probablemente lo olvidé.
Saber que se había casado le valía muy poco, pero que esa mujer trajera más hijos al mundo, olvidándose por completo de hija mayor, si le daba mucha rabia.
―No sé si felicitar a tu marido o darle mis condolencias.
De nueva cuenta esa risa odiosa y burlona apareció en su rostro diabólico.
―Por cierto ¿Cómo está mi hija?
Apretó los puños ya que ni siquiera tenía derecho a llamarle así luego de haberla abandonado cuando era apenas un bebé.
―Para ella estas muerta y la verdad espero que así siga siendo.
Eri se llevó una mano al pecho y abrió la boca indignada.
― ¿Le has dicho que su madre murió?
― ¿Qué esperabas que hiciera? – Inuyasha se cruzó de brazos – Querías que le dijera que su madre era una perra ambiciosa que se largó en la primera oportunidad que tuvo solo porque no soportaba la miseria en la que vivía ¿Eso querías que le dijera?
Pero bueno, por lo que veía a su exmarido le había ido muy bien en la vida.
―De todos modos, ella debe saber que su madre sigue viva.
Inuyasha recorrió la poca distancia que los separaba y golpeó la mesa con la palma de una mano. Eri se sobresaltó ante el fuerte sonido, alzó la vista y se encontró con sus ojos dorados.
―Si te acercas a ella – levantó un mano y le apuntó con un dedo – Si te atreves hablarle, te juro que te hago pedazos.
Ella volvió a sonreír, poniéndose de pie.
―Tranquilo, tal vez no intente nada.
―Más te vale. Recuerda tu orden de restricción.
Tomó su bolso dispuesta a marcharse, pero recordó que había un tema más que no habían abordado.
―Por cierto, supe que estas saliendo con una jovencita ¿Cuál era su nombre? – hizo como que trataba de recordar su nombre – Ah si, Kagome Higurashi.
Él arqueó una ceja, estaba molesto porque también Kagome. La estaba llevando.
―Antes de regresar a la ciudad, te mandé a investigar.
Ahora sí que había perdido la paciencia. La tomó del brazo y comenzó a llevársela a arrastra hasta la salida de la sala de juntas.
―No te da derecho a indagar en nuestras vidas.
―Lo sé.
Se zafó con fuerza y se acomodó el vestido y el bolso.
―Aunque tengo una duda… ¿Estrías dispuesto a ofrecerle una vida a tu lado? Tienes una hija con una enfermedad ¿Crees que ella tenga la paciencia para estar con una niña rara?
― ¡Vete por favor! Porque estoy así, de cometer un crimen contigo.
Eri se apartó un poco, con la palma de las manos extendidas como en son de tregua, pero aún le faltaba mucho veneno por soltar.
―Si no estás dispuesto a eso, no le hagas perder el tiempo a tu lado. Ambos sabemos que no eras capaz de ofrecer una relación seria.
―Te la di a ti.
―Pero en la miseria, querido. Yo quería lujos, dinero, viajes – se encogió de hombros – Y ahora tengo todo eso. Pero ¿Tú que tienes?
―Tengo lo más valioso en esta vida y es mi hija.
Eri no dijo más y en cambio guiñó un ojo para luego salir de ahí, dejando a un Inuyasha al borde de perder la cordura.
Debía ir de inmediato al colegio de su pequeña, sacarla de ahí y pasar todo el día en el departamento. Si esa mujer se atrevía a buscarla, no sabía cómo enfrentaría a Kanna ante la verdad.
Que su madre no estaba muerta, sino viva y que la había abandonado desde bebé.
XXX
Observó cada uno de sus movimientos, antes de apoyar su bolso de marca en la mesa, sacó un paquete de toallas desinfectantes y pasó una por toda su área. Un mesero se acercó y tomó solo una orden, la de ella.
Se sentía segura a lado de Jacky ya que no sabía cómo iba a reaccionar al tener delante de ella a esa mujer.
―Kagome ¿Verdad?
―Eso ya te quedó claro desde que nos abordaste en la plaza, cariño.
Habían ido a un Starbucks y se encontraban en la terraza y área de fumar.
Eri arrugó la nariz ante el olor a cigarro del hombre que la acompañaba. Tal vez no había cogido en un mes y por eso tenía esa pinta de ser un gay frustrado.
―Estoy hablando con ella, no con el enano del circo.
Pero Jack se peinó una ceja con el dedo medio y dispuesto a mostrarlo en todo su esplendor a ella.
Kagome lo tranquilizó colocando una mano en su hombro y así dejar que ellas dos hablaran. No habían hablado para nada desde que la interrumpió al salir de la tienda donde le había comprado el regalo a Kanna.
― ¿Podemos ir directo al asunto? – pidió ella – Debo volver al trabajo y la verdad no creo tener nada que hablar contigo.
―Te equivocas.
El mesero llegó con su té frio y ella esperó a que se marchara.
―Tenemos mucho de qué hablar. Como el hecho de que no te conviene estar al lado de un hombre como Inuyasha.
Jacky arrugó los labios, porque era precisamente lo que le había querido decir a su amiga. Bueno, en otras palabras, para ser exacto.
―Inuyasha no es el tipo de hombre que permanece con una sola mujer. Estas perdiendo tu tiempo y creo que saldrás lastimada.
― ¿Me lo dice la mujer que abandonó a su hija?
Ella sonrió, ese era otro punto en contra de Inuyasha.
― ¿Aceptarías a una hija de otra? Además ¿Retrasada?
Ahora fue Jacky quien trató de tranquilizar a su amiga cuando la vio inclinar su cuerpo en dirección a ella. Por un momento pensaba que se iba a ir a las greñas.
―Kanna no es una niña retrasada. Tiene una condición y es mucho más inteligente de lo que crees.
―Es lo mismo – se encogió de hombros – Me da igual si tiene autismo o lo que sea que tenga.
Ahora comprendía a Inuyasha, entendía muy bien porque le ha estado ocultando a la pequeña la existencia de su madre. La maldita mujer una arpía.
―No entiendo como algo tan lindo y puro como Kanna pudo salir de un cuerpo tan podrido como el tuyo. ¿Alguna vez la llegaste amar?
Eri removió el té y se le quedó mirando a la mujer, antes de darle un sorbito.
― ¿Llegarías a amar un grano en el culo? – arqueó sus labios – Por tu silencio supongo que no. Kanna llegó a destrozarme la vida por completo. Fue un embarazo no deseado, un maldito error y si por mi hubiera sido, la habría abortado desde el momento que supe de su existencia.
Eri miró al hombre que la acompañaba y que aún seguía con el cigarro en mano. Lo vio dar una calada y arrojar al humo en dirección contrario a ella.
― ¿Podrías apagar ese maldito cigarrillo?
Hecho a propósito, él le dio una calada más fuerte y aventó todo el humo en la cara de Eri. Ella tosió y trató esparcir el humo con sus manos.
― ¡Vaya que si eres una perra maldita!
Le fue imposible a Jacky seguir guardándose lo que pensaba. Esa frase luchaba por salir de su boca y no pudo contenerlo más.
―No estoy hablando contigo – su mirada de despreció barrió cada centímetro de su cuerpo alto ― ¿O eres su guardaespaldas?
―Su amiga, perra. Pero ¿Sabes una cosa? Por más ropa de marca que tengas, lo corriente y vulgar jamás se te quitara.
Ahora era Eri la que comenzaba a molestarse tras ese comentario.
Pero el corazón de Kagome estaba apretujado y no podía dejar de sentir dolor por Kanna. Ella no se merecía nada de esto. Ahora le tocaba advertirle a ella que no se acercara a la niña porque la conocería.
―Ahora soy yo la que te va a advertir. No te acerques a Kanna, porque soy capaz de hacer cualquier cosa para protegerla incluso de su propia madre. Vamos Jacky.
La vio tomar unas bolsas de regalo, que sin duda serían para esa niña. Por desgracia sabía exactamente la fecha de su maldito cumpleaños. Pasó a un lado de ella, Eri se puso de pie de inmediato y la detuvo con una sola palabra.
― ¿Le has dicho que lo amas?
Kagome giró sobre sus talones y la miró confundida.
― ¿Disculpa?
―Hablo de Inuyasha ¿Le has dicho que lo amas?
Esbozó una sonrisa, pues las facciones de Kagome la delataron.
―Deberías de hacerlo. Tal vez así despejes las dudas de una vez y no pierdas el tiempo con alguien que jamás en la vida te amara.
―No tengo porqué seguir escuchando esto. Ni mucho menos tiene el derecho a saber lo que haga con mi vida.
Sin seguirle la corriente, se alejó apresuradamente seguida de Jacky.
― ¿Por qué no seguiste?
―Jacky – Kagome trató de respirar y tranquilizarse – Si permanencia más tiempo ahí, habría terminado por desgreñarla.
―Yo te habría apoyado. Esa mujer es más venenosa que una boa. ¡Pero que tipa más odiosa!
Ni siquiera esa mujer se. había ganado el derecho ser nombrada cómo la "madre" de Kanna. Que, al recordar su linda carita, no pudo contener una lágrima imaginar que esa mujer habría sido capaz de interrumpir su embarazo.
En ese punto entendía a Inuyasha del porque le mintió a su hija todos estos años con respecto a su madre.
Sería más duro para ella saber que nunca fue la hija deseada y que esa persona lo único que la hacía ahora feliz era su dinero.
―Pero hay algo que debo admitir. Ella tuvo razón en una cosa. Deberías de decirle a Inuyasha lo que sientes por él de una maldita vez.
Ella se encogió de hombros, restándole importancia.
―No sé qué estás diciendo.
Jacky se acercó a ella y apoyó sus manos en ambos hombros.
―Tú sabes a lo que me refiero.
Su labio tembló anticipándose a los sentimientos que estaban por aflorar.
De acuerdo, ya no podía seguir ocultarlo más. La verdad es que había surgido un sentimiento fuerte hacia Inuyasha y lo ocultaba detrás del sexo.
Para él solo era eso, no podía arriesgarse a decirle lo que sentía y perder la conexión que tenían. Bueno, aunque solo fuese en la cama.
―No puedo, Jacky.
―Si puedes y deberías hacerlo. Si realmente él ha sentido algo por ti este tiempo juntos, tal vez su respuesta es la que quieres escuchar.
― ¿Y si no es así?
Jacky se encogió de hombros y tuvo que darle su mejor consejo, como lo había estado haciendo cada vez que ella le confesaba todo lo que hacía con él.
―Deberás elegir lo que es mejor para ti y tu corazón.
Lo abrazó, porque agradecía cada consejo, pero sobre todo por siempre estar cuando ella más lo necesitaba. A veces pensaba que le debía más a él por todo.
La fiesta se organizó en el amplió jardín del edificio. Había inflables de diversos diseños, una enorme mesa de postres y un pastel decorado en unicornio. Tal parecía que la abuelita de Kanna se esmeró en dicha fiesta.
Precisamente la que estaba más emocionada era Kanna, pues era la primera vez que festejaba su cumpleaños con sus compañeritos y se le veía muy radiante.
Sus amigas, que ya empezaba a considerarlas así, no la dejaban sola en todo momento y la integraban a los juegos.
En cuanto Kagome cruzó por un puente de madera que la llevaba directo a los juegos, Kanna salió a su encuentro al verla.
Ambas se fundieron en un abrazo.
―Pensé que ni ibas a venir.
Ella pasó un dedo por delicada carita y sonrió.
―No podía perderme tu fiesta.
Le entregó sus regalos y aunque Kanna quiso abrirlos en este mismo instante, Kagome la detuvo.
―Hasta que sea hora.
―Pero…
―Hasta que sea la hora de abrirlos – repitió.
Ante la frustración de la niña por no abrir sus obsequios tuvo que cambiar de tema con ella. Como por ejemplo lo linda que se veía con ese vestido azul cielo y de tul. Pareció funcionarle, ya que la tomó de la mano y la llevó hasta donde estaba la mesa de obsequios y el centro de mesa. En el cual, se encontraba un delicioso pastel.
Sonrió cuando pasó a lado de Inuyasha, que estaba siendo entretenido por los padres de los compañeros de Kanna. no pudo contener una sonrisa al ver su expresión de frustración, era como si no quería estar ahí. Tal parecía que era la primera vez que tenían un convivio de ese tipo. Incluso las madres, muy disimuladamente se detenían a observarlo, ya que solo lo veían dejar a su hija e irse lo más rápido posible.
No podía juzgarlas, ese día en particular había dejado colgado sus trajes de marca y a la medida, por unos jeans negros y una sudadera gris. Lo hacían parecer más joven, cosa que no lo era tanto. No pudo evitar que su traicionero corazón se saltara unos cuantos latidos al ver que él reparaba en su presencia y le giñaba un ojo.
En ese momento, acudió a su memoria la conversación que tuvo con Jakotsu. Lo había meditado toda la semana e incluso la noche previa, reflexionando sobre ser sinceros con respecto a los sentimientos. Si no eran los mismos que el de ella, bueno, al menos habría sido sincera y podía guardarlos conformándose con el sexo.
―Me alegra que pudieras venir, Kagome.
Se sobresaltó al tener a Izaoi a su lado y ya se encontraba dándole un beso de saludo. Durante el resto de la fiesta se la pasó ayudándole y cuando ya hubo un momento de tranquilidad, ambas tomaron un poco de descanso. Un tanto apartadas del resto de los invitados. Por supuesto, ella también era acosada por las madres de familia, ya que había atrapado a alguna que otra observándola, cubriéndose la boca cuando hablaban. Seguramente de ella, pero eso no le importó.
―Todo le quedó muy bonito.
Izaoi le regaló una sonrisa.
―No hables de esa manera tan formal, querida – pidió ella – Me hace sentir vieja, además, después de que fuiste un apoyo para nosotros cuando mi nieta estuvo en el hospital. Te debo las gracias.
Lo había visto desde que le dejó ese aperitivo en el hospital. La verdad agradecía ese gesto de corazón, ya que no había podido probar nada debido a la angustia que sentía por su nieta. Además, era evidente que para Kanna era una importante presencia en su vida. La niña le había tomado mucho cariño, incluso un día antes le había estado preguntando todo el día si habían invitado a Kagome.
―Permíteme un momento.
Se levantó y la dejó sola en la mesa, pensativa nuevamente con aquellos sentimientos que tenía a flor de piel.
Un escalofrió la recorrió el cuerpo al sentir un ligero roce, que iba desde su espalda a la nuca.
―No dejo de pensar en el sauna, señorita.
Kagome se sobresaltó al escuchar su voz ronca a un costado de su oído. ¿Hace cuánto tiempo estaba ahí, detrás de ella? En ningún momento se percató de su presencia, lo había notado.
Si, no pudo evitar sonrojarse al recordar los múltiples orgasmos que tuvo en una cabina de vapor. Incluso se lo contó todo a Jacky, que no dudo en llamarla "zorra" por haber cumplido una de las fantasías eróticas que él tenía.
―Sería bueno ir un día de estos.
Lo escuchó reír detrás de ella. Rodeó la silla y ocupó el asintió de su madre. Que en ese momento se encontraba dándole indicaciones a los meseros que apenas habían llegado.
―Es usted incasable, señorita. Me va a dejar sin energía un día de estos.
Kagome rompió a reír, llamando la atención de unos cuantos.
―Lo aprendí de ti – le guiñó un ojo.
Su coqueteó fue interrumpido cuando vieron entrar a tres repartidores de DHL. Entre ellos cargaban una inmensa caja de regalo. Inuyasha frunció el cejo y se puso de pie inmediatamente.
― ¿Se lo compraste?
Él negó, de hecho, su regalo era pequeño.
Los repartidores a dejaron debajo de la mesa de regalos, uno de ellos, con un dispositivo electrónico se la entregaba a Izaoi para que firmara la entrega.
― ¿Es mío?
―Kanna, espera – demandó su padre.
Pero ya era tarde, la niña había encontrado la tarjeta que llevaba el paquete de regalo. Frunció el cejo al comprender cada palabra escrita en una letra pulcra, fría y sombría.
―Para Kanna, con amor mamá.
Inuyasha se paralizó al escuchar la vocecita de su hija, Izaoi trató de quitársela, pero Kanna fue más rápida y la ocultó de tras de su espaldita. Su mirada pasaba de su abuela a su papá.
― ¿Mamá?
Todo había caído en silencio, Kanna salió corriendo hacia el interior de los departamentos, seguida por Inuyasha y su abuelita.
Kagome apretó los nudillos de sus dedos. Esa despreciable mujer no paraba de hacerle daño.
Al subir al departamento, encontró a Inuyasha y a Izaoi tratando de abrir la puerta, pero estaba cerrada. En cuanto ellos se habían ido, tuvo que despedir a cada uno de los invitados.
―Voy a matar a esa hija de puta – dijo con voz baja.
―Hijo…
Inuyasha salió disparado con dirección a su estudio, seguido de su madre. La verdad se sentía dividida, tratar de calmar a su hijo y así, evitar que hiciera una locura o consolar a su nieta.
―Te la encargo.
Kagome asintió e Izaoi al sentirse más segura, fue al encuentro de su hijo.
Trató de abrir la puerta, pero estaba cerrada por dentro. Llamó con voz suave y esperó unos segundos. Para su sorpresa se había escuchado como retiraban el seguro. Abrió lentamente la puerta y se encontró con una desgarradora escena. Ahí, en su cama, estaba la pequeña.
Kanna abrazaba un oso de peluche mientras su rostro perfecto estaba bañado en lágrimas.
Suspiró, porque le había advertido a esa mujer que no intentara acercarse a ella y estropearle su vida.
Cerró la puerta a su paso y avanzó lentamente hasta la cama. Tomó asiento al borde de la cama y sonrió cuando la pequeña estiró su cabecita para encontrarse con su mirada.
― ¿Mi mamá está muerta?
Le acarició su largó cabello platinado.
―Eso no me corresponde a mi decirlo.
― ¿Por qué mi papi me mintió?
Sabía que no podía darle una explicación, aunque si la tenía, no encontraría las palabras adecuadas para definir a una mujer como esa. En su lugar, extendió los brazos para invitarla a recargarse en ellos. No lo pensó dos veces y se recargó en el pecho de Kagome, la cual la envolvió en un abrazo consolador.
―No es que te haya mentido, corazón ― acarició su cabello y recargó su cabeza en ella – Hay mentiras piadosas. Mentiras que son buenas y unas malas.
― ¿Por ejemplo?
―Cuando era niña tenía un pez dorado. Iba a salir de viaje con mi mamá. Mi papá se quedaría a cargo de él, pero no lo cuidó bien y murió. Así que, para que no me diera cuenta, compró uno idéntico a ese pez y lo hizo pasar por el que tenía. Claro que no me di cuenta, hasta años después que lo confesó. Eso, es una mentira piadosa.
Respiró hondo antes de continuar.
―Si tú padre te ocultó la existencia de tu mamá, tal vez es por algo.
― ¿Cómo qué?
―No sé – ella negó – Eso debes preguntárselo tú.
Kanna, que ya estaba un poco más tranquila, volvió a recostarse en el pecho de Kagome.
― ¿Te puedes quedar conmigo toda la noche?
Esto era peligroso, ya estaba más que conectada con la niña. Cuando las cosas entre ella e Inuyasha terminaran, la que sin duda saldría afectada, era precisamente Kanna.
Hola!
Tres capítulos en una semana, necesito un descanso de esta historia y continuar con las otras (no es broma, eh!)
Alguien por aquí tiene algo con que m4t4r a esa mujer? como dice un meme por ahí "No necesito terapia, quiero venganza!
Prometo darle su merecido a esa hdp por herir así a Kanna.
Ya me enojé, me voy.
Besos, abrazos y bonito fin de semana.
BPB
