Capítulo 14
¿A QUÉ LE TIENES MIEDO?
―En cuanto hayas averiguado quién es su marido te comunicas conmigo.
Izaoi entró y tomó asiento en una silla frente a su hijo. Lo había seguido con intención de cuidarlo de sí mismo ya que poseía un carácter explosivo y más si tenía que ver con su hija.
― ¿Qué pretendes hacer?
Buscó un papel entre su escritorio y lo metió en un sobre amarillo.
― ¿Pudiste ver a Kanna?
Su madre negó con tristeza.
―Al parecer solo ha dejado entrar a Kagome.
Inuyasha asintió y cerró el sobre.
―Te pregunté qué pretendes hacer.
Él levantó el rostro y por primera vez desde que se encerró en su despacho, se dignó a verla.
―Destruirla. Hacer que llore lágrimas de sangre. Por cada lágrima de Kanna será una condena para ella. Tanto será su dolor que deseará no haber nacido.
―Creo que no tiene sentido que hagas eso. La venganza no es buena.
Inuyasha levantó una ceja, estaba que ni el mismo sol lo calentaba. Solo se controlaba por Kanna, de lo contrario habría salido directo en si búsqueda y matarla con sus propias manos.
― ¿Pero a ella sí le da derecho de irrumpir en nuestras vidas? Debí haberlo anticipado cuando fue a verme al buffet hace un par de días.
Si, debió haber estado alerta a todas las señales. Se había metido con su talón de Aquiles, que en este caso era su pequeña hija, a quién ella misma había dejado de bebé.
¿Tenía que haber aparecido justo este día?
Cuando por primera vez Kanna comenzaba a ver un poquito de felicidad.
Pero la culpa era de él ya que, en lugar de crear una mentira, le hubiese dicho la verdad desde un principio. Que esa mujer nunca la quiso y que la abandonó.
No solo estaba así por su hija, sino que en todo esto, le reconocía que Eri tenía un poco de razón. No podía ofrecerle nada a Kagome porque su vida estaba completamente rota.
Jamás le prestaría la debida atención porque todo su entorno era demandado por Kanna.
Esto sin duda sería más que suficiente como para que ella se marchara de sus vidas. Tal vez incluso eso sería lo mejor.
No podía obligarla a ser la madrastra de una niña con una condición como la de Kanna.
Sabía que estaba siendo egoísta porque solo la usaba para su placer carnal.
Se llevó las manos a la cabeza, la verdad es que tenía mil cosas en que pensar. Pero su propiedad número uno era hablar con la verdad.
Su madre estiró un brazo, él se le quedó viendo y al final unió una con la de ella.
―No lo sabía.
―Por qué no quise decirte nada y sobre todo que no te preocuparas por eso. Ahora entiendo que debí hacer las cosas bien desde un inicio.
Su madre asintió, con un gesto comprensivo.
―Debes hablar con Kanna. Por más dura que sea la verdad, ella tiene derecho de saberlo.
Había estirado tanto tiempo esa mentira que no sabía que día reventaría ese hilo. Tenía miedo de herir los sentimientos de su hija, de destruir la imagen amorosa y dulce que tenía de su madre para dejar únicamente ruinas.
―No sé si pueda. No creo que llegue a comprenderlo.
―Te aseguro que lo entenderá, es una niña inteligente. Más si tienes a Kagome de tu lado, sin duda ella será un gran apoyo.
De nuevo pensó en Kagome y en lo que creía que era conveniente que era para ella.
Antes de proseguir, la pantalla de su móvil se encendió. Era la llamada que había estado esperando. Se apresuró a contestar.
―Dime todo lo que sepas.
Frunció el cejo, pero después asintió y encendió su portátil para abrir el correo electrónico con la información que uno de los investigadores privados de la empresa le había hecho el favor de recopilar.
Como investigadores de un despacho, tenían acceso a todo tipo de información. Con una matrícula podían saber dónde vivía una persona, cuantas multas tenía y a que nombre estaba el auto.
Un simple nombre era suficiente para sacar toda una basta información en la base de datos.
―Bien – asintió, observando la pantalla – Lo tengo.
Por unos instantes se olvidó que su madre estaba ahí con él. Ya que estaba más interesado en la información.
Nombre: Eri Robinson.
Edad: 30 años.
Hijos: 3
Una risa burlona se escapó de sus labios al leer esa parte del informe. A pesar de todos sus intentos por borrar de su vida a Kanna, la base de datos aún prevalecía.
¡Maldita perra!
Ocupación: Hogar.
Cónyuge: Suikotsu Robinson.
Ocupación del cónyuge: Médico cirujano.
Escuchó a su madre aclararse la garganta para llamar su atención. Cerró la pantalla, después de todo ya tenía la información que necesitaba.
Por desgracia tenía que esperar hasta el lunes para mayor seguridad.
―Ve a descansar al cuarto de visita. Yo estaré con Kanna.
Izaoi asintió y antes de salir del despacho, miró por última vez a su hijo.
―Piensa bien que es lo que vas a hacer. No quiero que ninguno de ustedes salga dañado.
―Ya está pensado, madre.
Solo hasta que se hubo ido su madre dejó escapar todo el maldito aire. Se dejó caer en el respaldo de la silla.
Cerró los ojos y dejó que todos sus sentidos se alinearan. Era probable que su hija lo estaría odiando en estos momentos por haberle mentido con respecto a su madre, pero debía comprender del porque lo hizo.
Al abrirlos y contemplar el retrato que tenía de su pequeña en el escritorio supo que la hora había llegado.
Se quedó por unos momentos ahí, frente a la puerta de Kanna. Podía imaginar mil escenarios, ella en un rincón, cubriéndose los oídos y Kagome tratando de ayudarla. O encerrada en su cuarto de baño. Todas las posibles estaban ahí.
Así que, armándose de valor, abrió la puerta y se encontró con la escena más dulce que nunca vio en si vida.
Al borde de la cama se encontraban Kanna y Kagome. Esta última, la abrazaba con tal ternura que incluso él mismo pudo notarlo. Acariciaba su largo cabello mientras que su hija tenía su cabecita recargada en su hombro.
Kagome levantó ligeramente el resto y al verlo, le dedicó una sonrisa comprensiva.
Avanzó hacía ellas. A su paso se encontró con una silla, la acercó lo más que pudo a la cama para estar junto a ellas.
Miró a Kagome.
― ¿Me permites unos momento a solas con Kanna?
Kagome se quedó un segundo ahí. Pero comprendió que él tenía muchas cosas que solucionar con su pequeña hija y que ese instante no le correspondía.
Pero Kanna se aferró a ella, impidiéndole que se fuera.
Algo que entendió Inuyasha. Tal vez la cercanía de Kagome le ayudaría para lo que tenía que decir.
― ¿Mi mamá está viva?
Por primera vez se atrevió a verla a los ojos. Sabía ella que era capaz de mover cielo, mar y tierra porque estuviera bien y eso fue lo que hizo.
―Si― respondió sin rodeos.
Sabía cómo era Kanna, no era necesario crear un "Había una vez ". Eso nunca había ido con ella.
― ¿Por qué me lo ocultaste?
―No es algo de lo que me sienta contento. Pero…
Se inclinó para estar muy cerca de su hija y de Kagome, a quién le llegó su aroma peculiar.
―Lo hice para protegerte. Un día ella se fue dejándonos solos a los dos.
Kagome sintió que el pequeño cuerpo de la niña comenzaba a temblar. La abrazó más fuerte para amortiguar todo el dolor que seguramente empezaba a sentir.
― ¿No me quiso?
Él se quedó callado, esperando decir una mentira. Pero al ver a Kagome y que ella negaba, entendió que debía ser del todo sincero.
―No, Kanna. Ella nunca ha querido a nadie. Solo así misma.
Buscó la mano de su pequeña y por extraño que pareciera, la niña lo aceptó.
Padre e hija se miraron fijamente.
―Lo que hice estuvo mal. Nunca debí mentirte sobre su existencia. En lugar de eso, te inventé una mentira.
Kanna asintió, se removió un poco de entre los brazos de Kagome. Inclinó un poco su cuerpo y su padre la recibió con los brazos abiertos.
Permitiendo que esta vez fuera él mismo quién la consolara.
La pequeña levantó su carita y se encontró con los ojos fijos de su padre puestos en ella.
Levantó un bracito y acarició su rostro.
―Es una mentira piadosa – dijo al fin.
Él se sintió aliviado de que lo comprendiera, aunque al decir verdad desde que entró a la habitación y no la vio en crisis había sido un profundo consuelo.
―Pero no deja de ser mentira.
―Yo tengo una mamá – prosiguió ella, sin importar lo que su padre hubiese dicho – Que está en el cielo y que cada año vamos a dejarle flores.
En realidad, cuando había entrado a su habitación esperaba encontrar un panorama distinto a este. Kanna demostraba una vez más ser una niña completamente madura para su edad. Comprendía con esas palabras, para ella su madre seguía muerta y no había nada ni nadie que la haría cambiar de parecer.
Tal vez todo ese cambio se debía a dulzura, pero aun así debía liberarla de todo esto.
― ¿Kagome se puede quedar a dormir con nosotros?
Él sonrió.
― ¿Dónde se dormiría?
Kanna hizo un gesto mientras pensaba en su respuesta. Después, con una sonrisa inocente, miró a su papá.
―Contigo, al fin de cuentas son amigos.
Kagome se puso de mil colores mientras que, en cambio, él se aclaró la garganta varias veces antes de responder al comentario de su hija. Al decir verdad había sido muy incómodo debido al acuerdo que existía entre ella y él.
Solo sexo, nada de relaciones amorosas.
―No creo que ella pueda. Pero se puede quedar hasta que duermas ¿Qué te parece?
Aunque no le agradó del todo a la niña, ella asintió.
Le dio un beso a su papá en la mejilla lográndolo descolocar por completo. Sintió una pequeña emoción que le llenaba el pecho. Otro primer momento estaba ahí. Ese era el primer beso que ella le daba, no porque se lo pidiera, sino porque le nacía hacerlo.
Una sonrisa se dibujó en su rostro.
Se desprendió de sus brazos para saltar nuevamente a la cama y ocupar un lugar vacío, junto a Kagome.
―Descansa.
Se levantó de la silla y le dio un beso en la frente a Kanna.
Kagome sintió una pequeña punzada cuando se despidió de Kanna, pero en ni siquiera lo había hecho con ella. Su mirada era diferente, algo le decía que las cosas no andaban bien. Debía ser fiel con sus sentimientos, seguir el consejo de Jakotsu.
Aunque estaba dividida, sentía la necesidad de decirlo, pero por el otro no. Ya que había pasado por un día complicado. Comenzando por ese maldito regalo que únicamente vino a estropear el día especial de Kanna.
Bajó la mirada y se encontró con su pequeño rostro. Por fin se había quedado dormida. Si volvía a ver a esa mujer esta vez sí que la desgreñaba. Ella misma se lo advirtió, que ni siquiera se atreviera acercar a Kanna. Tal parecía que esas amenazas se las pasó por arco del triunfo.
No sabía en que punto exacto de su vida ese pequeño ángel se había vuelto importante en su vida. Sin duda las ocurrencias y sus comentarios sinceros le iban robando el corazón. Haría todo por ella, todo con tal de que fuese feliz.
Sonrió a la par que le acariciaba el cabello con ternura.
Pero ese cariño era peligroso.
¿Qué pasaba si esto terminaba?
Seguramente la extrañaría terriblemente.
―No pude abrir mis obsequios.
―Quizá mañana lo hagas – respondió Kagome.
― ¿Qué me regalaste?
Ella se llevó un dedo a los labios, simulando que era secreto. Rio cuando Kanna frunció su pequeño cejo.
―No me gustan los secretos.
―Si, pero esta vez debes esperar hasta mañana.
Sin mucha esperanza por convencer a Kagome de que fuese por un regalo, cerró los ojos con resignación y dejó que el sueño acudiera a ella.
Le dio un beso en la frente, dejando un beso su frente. Una vez que comprobó que ella se quedó completamente dormida, salió de la habitación de puntillas, cuidando de no hacer mucho ruido.
Dio un vistazo antes de salir de la recamara. Kanna seguía dormida y tal vez esa era la última vez que la vería.
Sabía que había llegado la hora de conocer su destino. Tal vez exageraba y él también había llegado a sentir algo por ella. Que esto no era más que sexo y que a él esto lo había sobrepasado igual que ella.
El resto del departamento estaba en penumbras. Pero la luz de la luna que se filtraba por la ventana, lo iluminaba un poco. Una amarga sensación la invadió al ver los obsequios de la fiesta. Del regalo maldito no había ninguna señal.
Todo estaba en silencio así que buscó a Inuyasha en la habitación continua a la de Kanna, pero no estaba ahí. Encendió la luz y vio que esa habitación le pertenencia a él. Tal cual se la había imaginado. Fría y soberbia como un abogado.
Pensando que podría estar violando su intimidad, apagó la luz de su habitación y cerró la puerta.
Intentó con otra y era el cuarto de servicio. Entonces había una puerta de color caoba al centro, sin duda esa podría ser la entrada a su departamento.
Se llevó una mano al pecho cuando sostuvo la manija con la otra. El mismo corazón se anticipaba sin previo aviso, sin saber lo que le esperaba detrás de esa puerta. Pero miedo o no, debía conocer de una vez por todas en que punto estaba. Si él realmente estaba dispuesto a una relación.
¿Y si no era lo que ella esperaba?
¿Estaría dispuesta a seguir solamente el sexo?
No, ella quería más que eso.
Despejó su mente de todo y entró al despacho. El lugar estaba iluminado únicamente por una luz que provenía de una lamparilla apoyada en el escritorio y ahí, se encontraba él. Perdido en la pantalla de su ordenador portátil. Había una botella de Whisky a un lado junto con un vaso semi vacío.
Inuyasha reparó unos instantes en ella antes de volver a leer el informe que le habían enviado.
― ¿Kanna ya se durmió?
Kagome logró asentir, avanzando unos cuantos pasos a su dirección. Nunca lo había visto con gafas de lectura y debía decir que lucía más atractivo de lo normal. Más intelectual de lo que ya era.
―Deberías irte a casa a descansar – comentó sin apartar su vista de la lectura.
Pero estaba preocupada por él y de lo que pudiera hacer en contra de su exmujer.
― ¿Y tú?
Inuyasha volvió a apartar su mirada y sonrió al verla, pero carente de toda emoción.
―Yo funciono durmiendo bien o no.
Se detuvo frente a su escritorio. Sus dedos se deslizaron un extraño objeto con cinco bolitas que dependían de un pequeño tubo. Todo en ese escritorio era pulcro, frunció el cejo al ver unas fotografías impresas. No hacía falta preguntar quién era, conocía a la mujer.
― ¿Qué es eso?
Inuyasha inmediatamente la ocultó debajo de un folder y la miró con el cejo fruncido.
―Nada que te concierne. Será mejor que no te metas en esto.
Ese no era el Inuyasha de la fiesta. El del sauna. Su forma de mirarla era completamente diferente a las anteriores veces.
― ¿Qué haces realmente aquí, Kagome?
Sin importar su forma fría de mirarla, rodeó el escritorio y se detuvo a escasos centímetros de él. Inuyasha se recargó en el respaldo de la silla. Por alguna maldita intuición, sabía con exactitud lo que había venido hablar.
Abrió la boca para decir algo, pero él la interrumpió.
―No lo digas por favor.
Se había quedado con las palabras en la boca, luego de tanto de haberlas planeado con delicadeza.
―Ni siquiera sabes lo que te diré.
Inuyasha tamborileó los dedos en el escritorio, después estiró la mano para alcanzar su vaso con licor y bebió todo su contenido.
―Para mí desgracia sé exactamente lo que vas a decir.
Bueno, que alguien te ame no significa desgracia. Pero tal parecía que eso era para Inuyasha Taisho. Una desgracia.
―Te dije exactamente que no lo hicieras y es lo primero que has hecho – la miraba fijo, serio. Como si estuviera enfadado con ella – Que amor no pude haber entre los dos porque no puedo ofrecértelo.
En eso se equivocaba. Era un hombre que podía dar amor. Si se lo demostraba a una niña, a su madre ¿Por qué no a una mujer?
―Fue inevitable para mí.
Con eso a él le confirmaba todo.
―No lo hagas complicado.
Quería llorar, pero tuvo que controlar todos los sentimientos que se iban acumulando en su pecho. Era como si un maldito pozo se abriera bajo sus pies y la absorbida por completo. La falta de aire lo estaba siendo insoportable.
― ¿No quieres escuchar que me he enamorado de ti? – su voz sonó temblorosa y se odió por eso ― ¿Ni siquiera en que punto pasó?
― ¡NO! – fue tajante con su respuesta.
Eso la hizo sentir una daga en el maldito corazón.
La estocada final vino después.
― Lo mejor será terminar con todo esto antes de que sea tarde. Antes de que salgas más lastimada.
― ¿Demasiado tarde para qué?
Levantó una mano para acariciar su cabello, pero él fue más rápido pescándola en el aire e impidiendo que lo hiciera.
―Enamorarse de mí nunca fue una opción, Kagome. No pudo ofrecerte nada.
Aunque se esperaba todo esto, no creía que fuera a dolor.
Un sollozo se escapó de sus labios y eso hizo que se ablandara un poco.
Le liberó su mano y se puso de pie.
―Si algo siempre he sabido es que no tengo nada que ofrecerle a una mujer. Soy un hombre roto por fuera y por dentro.
Ella podía solucionar eso si tan solo le diera la oportunidad.
―Además, no es justo para ti que lides con los problemas de Kanna y míos. Tampoco que seas testigo de los ataques de ella. Deberías aléjate de nosotros.
¿A que le tenía realmente miedo?
¿Al amor? Y por eso se escondía tras la fachada de Kanna o que en realidad si estaba roto, incapacitándolo de por vida a amar.
― ¿A que le tienes miedo?
―Nunca le he temido a nada – su respuesta fue tajante.
―Mentira. Todos tenemos miedo de algo.
Él se encogió de hombros y negó.
―Pues lamento decirte que soy la excepción.
Cruzó la poca distancia que había entre los dos. Quería ser lo más sincero posible.
― ¿Qué pasará con Kanna?
Se encogió de hombros.
―Le podría decir que nuestra amistad se terminó y aun así lo entenderá. Será más fácil por su condición.
Pero cuando estuvo a punto de apoyar sus manos en los hombros de ella, Kagome se apartó de él.
―Es más lista de lo que tú crees. Deberías dejar subestimarla.
―No me digas lo que tengo que hacer con mi hija. Yo soy el padre, tú no eres nada.
Esa última frase terminó por hundirla aún más en ese pozo sin fin.
―Disculpa, no debí hablar así.
Ni siquiera sabía porque pedía disculpa si era exactamente lo que menos sentía en esos momentos.
―Creo que…es mejor que cada uno siga su propio camino a partir de ahora.
Ahora era él quién se había quedado con las palabras en la boca. La vio girar sobre sus talones y salir a toda prisa del estudio.
No la siguió, sería lo mejor para ambos.
Se derrumbó en la silla, tomó una botella de Whisky y volvió a rellenar el vaso. Si, era mejor tomar caminos distintos, pero eso no significaba que lo último en recordar, sería siempre la silueta de una chica fantástica a la que nunca podría amar como ella deseaba.
Kagome se tropezó con una mesita de noche, pero ni siquiera le había dado tiempo para lamentarse. Como pudo encontró su bolso y salió de ese departamento.
Saliendo por completo de la vida de Kanna.
De la vida de Inuyasha.
Mientras conducía por las desérticas calles, sacó su móvil y le marcó a la única persona que siempre estaba disponible para ella.
Cuando Jacky abrió la puerta de su departamento con un albornoz rosa y vio el estado de descomposición de su amiga, supo que eso era una emergencia.
―No te preguntaré porque vienes en ese estado. Es evidente que se lo dijiste y todo salió mal.
Kagome asintió y entró al departamento de Jacky. En ese instante un chico muy atractivo salir del baño únicamente con una toalla alrededor de la cintura. Al verla, inmediatamente corrió a la habitación. Ella se sintió incomoda por el hecho de haberle estropeado la noche a su amigo.
―Si quieres hablamos en otro momento.
―Tonterías – él la arrastró hasta la sala ― Ya había terminado de cenar – le susurró al oído al mismo tiempo que le guiñaba un ojo ― ¿Vodka o tequila?
Sacó una botella de vodka y sirvió una pequeña porción en un vasito.
La botella de vodka estaba hasta la mitad. Kagome yacía recostada en las piernas de Jacky mientras se permitía, esta vez, llorar.
El dolor que sentía era sofocante. Le quemaba por dentro. Toda esa desesperación que sentía la consumía. Quería salir corriendo a su encuentro, obligarlo a amarla.
Se limpió una lágrima.
Claro que eso jamás lo haría. No iba a obligarlo estar en su vida de la misma forma que ella quería.
Después de todo le había dicho que no la amaba y que jamás lo haría.
― ¿Por qué el amor duele, Jacky?
Él le dio un trago a su vodka seco.
―Porque siempre será así, querida. Si no es un amor puro y autentico no dolería tanto. Entre más das, más arriesgas a perder.
―Lo amo.
Jacky le dio un pequeño beso en la sien.
―Te dije que no te ilusionaras. Ambos sabíamos cómo terminaría esto.
Kagome movió un poco su cuerpo para tener su mirada fija en él.
― ¿Qué se supone que haga ahora en adelante?
―Intenta ser feliz.
Ser feliz era una palabra fácil de pronunciar, lo difícil sería cumplirlo.
