Capítulo 15

APNEA

"No consigo respirar. Hago Apnea desde el día en que no estas"

Tomó con torpeza la botella de vodka y en lugar de servirse lo último que quedaba de ella en el vaso, terminó por beberlo directo de ella. Todo ante la mirada atónita de Jacky y su cita, Erick.

―Jakotsu, creo que Kagome no está bien. Hay que llevarla a la recamara. Nosotros podemos dormir en la sala.

Él miró con ternura al chico que estaba a su lado. Apoyó una mano en su rodilla.

― ¿Seguro?

Erick se encogió de hombros. Claro que estaba seguro, además no se sentiría nada bien si enviaba a la amiga de su novio en Uber directo a su departamento con tal de estar a solas con Jakotsu. Se nota que había pasado un mal día y solo acudió con él para desahogarse, algo que la ayudaron hacer sin llegar a juzgarla.

Jakotsu se acercó a él y le dio un beso rápido en la mejilla, logrando que su chico se pusiera rojo por completo. Entonces, le arrebató la botella a Kagome y se la pasó a Erick.

―Vamos Kagome, ya es tarde. Vamos a llevarte a dormir.

Pero ella se resistió.

―No, otro poquito. Solo un trago y ya.

―Nada de un solo trago y ya. Acabaste por terminarte sola esa botella. Ya es mucho alcohol lo que traes en la sangre. A este punto tengo miedo de que sufras un coma etílico. Así que, a dormir señorita.

Cada uno la tomó por ambos hombros y se la llevaron hasta la habitación. Ahí, Jacky la recostó en la cama y le ayudó a quitarse los zapatos. Erick había dejado una cubeta con poca agua por si vomitaba en la noche.

Kagome tomó la mano de su amigo antes de que se fuera, él se puso de cuclillas para estar a su altura. Acariciando su cabeza.

―Me prometes qué si en cinco años no tenemos pareja ¿Tendremos un hijo entre los dos?

Miró a Erick y lo vio cubrirse la boca para no terminar riendo. Después miró a su amiga con el mismo humos del que lo había contagiado su pareja. Kagome aún no sabía que había llegado el chico adecuado ya que no tenían tiempo de hablar.

―Claro querida. Tendremos un hijo precioso si en cinco años no encontramos a alguien.

La cabeza le martillaba, no sabía si había tomado la mejor elección entre el vodka o tequila, pero en ese instante lo estaba odiando. Todo le daba vueltas y no tenía ni la más mínima idea donde había terminado. Entonces, la puerta se abrió y entró Jacky con una bandeja y sobre ella había una jarra de agua fresca.

Jacky dejó la bandeja al borde de la cama. Sirvió una buena cantidad de agua en un vaso y se la ofreció a Kagome. Ella, sin pensarlo dos veces lo aceptó agradecida y se bebió todo el líquido. Era como si el alma poco a poco le regresaba al cuerpo, bueno, dentro de lo que cabe.

Porque aún toda esa situación le dolía como el infierno y no había nada que pudiera controlarlo. Ni siquiera el par de analgésicos que tomaba calmaban esos espasmos.

― ¿Cómo es que terminé aquí?

De hecho, apenas se daba cuenta que estaba en la habitación de su amigo.

― Terminaste por beber la botella tú sola. Así que Erick y yo te ayudamos.

Frunció el cejo.

― ¿Erick?

― ¡Mi cita de anoche! – aclaró – Por cierto, escuchó todo el chismecito. Dice que lo mejor será que olvides a ese infeliz. Que eres muy bonita que pronto encontraras a alguien. En ese momento debo confesar que sentí celos.

Esbozó una débil sonrisa ante el comentario de su amigo. Jacky era sin duda uno de esos amigos que siempre estaban cuando en realidad se les necesitaba. Antes de llegar a su departamento le había marcado a Sango y a Kikyo, pero ninguna de las dos le había tomado la llamada. Por eso decidió buscarlo y casualmente ahí estaba. Que, a pesar de tener compañía, decidió que era más importante su amistad que un chico.

― ¿Qué tan mal me puse?

―Pues…― él se rascó la nuca – Me hiciste la proposición de tener un hijo entre los dos si no encontrábamos pareja en cinco años.

Kagome abrió la boca sorprendida.

―Perdón si los incomodé a ti y a Erick.

―No hay de qué. Porque también acepté.

Se miraron uno al otro y se echaron a reír al mismo tiempo.

― ¡Eres único!

Le dio un beso en la mejilla, sonrojándolo.

―Lo sé – parpadeó coqueto – Soy mercancía invaluable mi cielo.

Y entre risas fue como los encontró Erick. Llevaba una pala en la mano con un delantal rosa, el cual llevaba la frase impresa "Esto no es un restaurante, aquí se come lo que hay" algo que la hizo sonreír.

― Suficiente charla que el almuerzo ya está listo. Vamos Kagome, te he preparado tortitas de jamón. Mi especialidad.

Algo había hecho para ganarse la confianza de ese chico.

― ¿Dónde lo conociste?

―Una larga historia que luego te contaré, nena– pasó una mano por su cabello― Vamos a comer ya que a Erick no le gusta que lo hagan esperar.

En realidad, esas tortitas de jamón estaban riquísimas, junto con la salsa de tómate y el queso hacían que se disolviera de su boca. No supo cuántas veces le agradeció a Erick por la comida y que, sobre todo, le pasara la receta.

En ese momento su móvil, que estaba en la mesa timbró. Por un breve instante pensó que se podía tratar de Inuyasha, pidiéndole una disculpa y que estaba dispuesto a tener una relación con ella. Pero no fue así, el nombre en la pantalla era de otra persona.

― ¿Diga?

Tanto Jacky como su novio se le quedaron viendo, entonces ella colgó y siguió comento sin conectar nada.

― ¿Y? – preguntó Jakotsu?

Kagome apartó su mirada del plato y se encontró con la mirada de ambos chicos. Mirándola fijamente.

― ¿Y qué?

― ¿Quién era, corazón?

Jugueteó un poco con la comida con su tenedor y se encogió de hombros.

―Era mi mecánico. Me dijo que "Lucy" ya está lista.

Jacky le explicó a Erick quién era Lucy y cuál era el pasatiempo de su amiga.

Si, después de terminar con esa comida pasaría a su departamento a darse un largo baño de agua tibia y al final pasaría por su combi. El siguiente paso en la lista era planar su viaje, que esperaba que fuese muy pronto.

XXX

Esa mañana despertó con puto dolor de cabeza que ni el mismo diablo se lo podía quitar. Sacó del cajón una caja de analgésicos y se echó dos a la boca para pasarlas con agua, esperaba que con eso el dolor se calmara. Afuera, en la sala se podían oír los gritos de emoción de Kanna. Seguramente ya había comenzado a abrir sus obsequios.

Apoyó los brazos en sus piernas, se pasó los dedos por su cabello y por último se decía a sí mismo que todo lo que le había dicho a Kagome era por protegerla. Era mejor que se alejara de ellos antes de que terminara siendo desdichada por el resto de su vida y que le reclamara por todo eso. Sin duda eso nunca se lo perdonaría.

Entonces, si había hecho lo correcto.

¿Por qué tenía esa sensación de vacío?

Era como si alguien presionara contra su caja torácica evitando que pudiera lo que era insoportable.

Tal vez si retomaba sus citas en Zeus podía aliviar un poco ese dolor. Pero para ser sincero con él, ni por muy tentador que fuese el cuerpo de una mujer ni mucho menos hermosa, se podía comparar con dulzura.

Lo que debía hacer era darle vuelta a la página y centrarse de una maldita vez en llevar a cabo su golpe.

Había jurado que por cada lágrima de su hija sería una de sangre en contra de Eri.

Ni siquiera vio la hora en la que se había ido a dormir, solo por estar leyendo en informe. Le interesaba más que nada el itinerario de ese médico cirujano.

Su estúpida exmujer lo había hecho bien. Era ahora la esposa de un director de hospital cuya sede se encontraba aquí. Casualmente era su segundo día y por lo que leyó, trabajaba fines de semana hasta el mediodía. Debía aprovechar el día si quería encontrar a ese hombre

Preparó una muda de ropa y entró a la ducha.

Minutos más tarde salía de su habitación y se detuvo en el marco de la puerta para observar a Kanna y a su madre abrir los pocos obsequios que aún quedaban.

Casualmente el último había sido de Kagome.

― ¡Te trajo dos!

Exclamó emocionada Izaoi.

Inuyasha dio unos cuantos pasos y se sentó en el reposabrazos del sofá con los brazos cruzados y la mirada atenta en su hija.

En algún punto Izaoi se había levantado para llevarle café a su hijo mientras seguían atentos a Kanna.

Cabe decir que al ver el vestido de unicornio sus ojos dorados se iluminaron.

― ¡Es justo como el que pedí!

Él se obligó a esbozar una sonrisa, aunque en realidad una punzada se clavaba en su pecho muy profundo.

―Te verás muy hermosa, hija.

Entonces, apartó el vestido para abrir el siguiente obsequio que también era de Kagome.

Solo que éste era más pesado que el anterior así que dejó la bolsa en el suelo para abrirlo. En un principio Izaoi se apuntó a ayudarle, pero ella se negó.

Era el regalo que Kagome le había dado y quería ser ella que lo abriera.

Quitó con sumo cuidado cada cinta que sostenía el envoltorio. Los restos los iba haciendo bolito dejándolos a un lado de ella.

Incluso Inuyasha se desesperó ante aquel esmero y de no ser por su madre, ya se lo habría arrebatado para abrirlo él mismo.

Desdobló las pestañas del pliego de ambos lados. Metió su pequeña manita. Frunció el cejo al tocar un material duro.

Sacó el empaque. En un principio abrió los ojos como plato. Después sonrió y se levantó dando saltitos en dirección a su abuelita.

―Abuela – le mostró la caratula – Kagome me obsequió una cámara.

La nueva edición limitada de una marca prestigiada de cámaras digitales venía en distintos colores. Pero desde que vio la rosa la quiso. Con ella podría estar horas y horas tomando fotografías. Tal vez le pediría a Kagome que la llevara con ella en "Lucy "de excursión una vez que estuviese adaptada.

Al ver a su hija feliz se le iluminó el rostro. A pesar de que a partir de ahora Kagome ya no estaría más en sus vidas, seguía haciéndola feliz. Tal vez si ese regalo maldito no se hubiera aparecido el mero día de su cumpleaños, las cosas fuesen distintas. Pero el tema de acabar con su acuerdo era un hecho.

La niña se acercó a él con obsequio en mano y el rostro más feliz de lo que normalmente se apreciaba. Era evidente que el tema de su "madre" se había quedado en el olvido. Como ella misma le había dicho: "Tenía una mamá y estaba en el cielo".

Aunque eso no quería decir que dejara su venganza a un lado. Estaba hecho y se haría.

― ¿Le podeos hablar a Kagome? – parpadeaba sus pestañas con ternura – Quiero agradecerle.

Frunció sus labios, miró a su madre, a la taza aun llena de café. Buscaba la manera de enfrentar a su pequeña y no sabía cuál sería la reacción al enterarse que nunca más volverían a ver a Kagome. Se había enterado de la existencia de su madre y perdido a una amiga todo en una noche.

―No creo, cariño.

Kanna, sin comprender mucho el significado de esa frase, frunció su pequeño cejo. Incluso la propia Izaoi alzó una ceja sorprendida ante el comentario de su hijo.

― ¿Por qué?

―Porque… – se rascó una nuca – …ella y yo ya no somos amigos.

Ella suspiró y se apoyó en él.

―Podrías pedirle perdón. Eso hacen los amigos.

Inuyasha sonrió ante la inocencia de su hija. Ojalá todo fuera tan sencillo como el modo en que Kanna lo empleaba. Pero si quería sacar a Kagome de la vida de ambos y que su hija no la extrañara, debía ser un poco cuidadoso.

―Eso no se va a poder, Kanna.

La voz de Inuyasha fue más dura. Kanna se apartó un poco ya que nunca había usado ese tono con ella y eso la asustó.

―A veces los adultos se pelean y es muy difícil volverse a hablar. Así que acostúmbrate, ya que a partir de ahora no volveremos a verla.

Antes de que la viera llorar, Kanna salió disparada a su habitación abrazando la cámara aun empaquetada a su pecho.

Izaoi se detuvo frente a su hijo mirándolo severamente.

― ¿También me vas a decir que le hable?

―No – ella negó – Es lo mejor que pudiste hacer, me atrevo a decir que le has hecho hasta un favor de apartarla de ti. Pero esa chica te ama y se nota el fuerte lazo que se forjó con Kanna – señaló la dirección en que había salido su nieta.

―No busco una madrastra para mi hija.

Su madre asintió.

―Al menos no del modo consciente. Si tanto no querías una relación debiste poner un límite entre tu placer carnal y los sentimientos. – tomó un poco de aire antes de decir sus próximas palabras ― Espero que cuando te des cuenta del error que has cometido no sea tarde. Porque una mujer como ella no se encuentra todos los días y menos si ama a tu hija.

Tomó las llaves de su auto que estaban sobre la barra. Antes de salir quiso despedirse de Kanna y su madre. Pero se quedó ahí, con la mano flexionada en un puño y a una nada de tocar a la perta. No, ya había causado mucho daño a las personas que quería. Así que era mejor darles su espacio. Probablemente su hija no quería verlo y en eso la entendía completamente.

Salió del complejo y en seguida el portero se acercó a él. Se le veía agitado, como si hubiera hecho un maratón de 10K.

― ¿Está listo? – preguntó sin más.

―Así es, señor – asintió él – Yo mismo supervise que subieran el regalo al camión.

Observó su reloj de pulso, faltaban tres horas para que ese hombre saliera de su trabajo. Por lo que iba con mucho tiempo. Con un gesto, subió a su coche e hizo que el camión de mudanza lo siguiera con destino al hospital.

Al encender el auto, el radio activo. Justo en ese momento una estación trasmitía "Only Love Can Hurt Like This" frunció el cejo y mejor lo apagó para continuar con su camino.

Al llegar al hospital le ordenó a la mudanza que bajaran el obsequió y lo dejaran ahí. Por si al director se le ocurría bajar a verlo o si alguna persona decidiera llevárselo. Total, no le importaba su destino, mientras estuviera lo más alejado de Kanna y él mucho mejor.

Entró al recinto y fue atentado por la recepcionista. Pero en cuanto le dio el nombre del director cambió su sonrisa por un gesto serio.

― ¿Tiene cita con él?

―No – respondió seco.

―Se requiere cita para verlo.

Inuyasha se apoyó en el mostrador y la dominó con su mirada dorada. Algo que la mujer cayó en ella.

―Dígale que se trata de su esposa. Eri Robinson.

La mujer asintió y se comunicó con la asistente de dirección. La llamada había durado poco menos de seis minutos. Le pareció que la asistente se rehusaba a recibirlo, pero cuando la recepcionista tocó el nombre de la esposa del jefe, aguardó dos minutos más. Sabía perfectamente que esa espera se debía a que la asistente estaba hablando con el director.

Colgó la llamada y la chica lo miró seria. Le entregó un gafete de visita en color rojo.

―Ascensor cinco. Piso diez.

―Gracias.

La asistente lo hizo pasar directamente a la oficina del director. Pero él no se encontraba ahí ya que al parecer estaba en una junta. Le ofrecieron algo de beber, pero no estaba ahí para tomar el café y hablar como dos viejos amigos.

Se escuchó la puerta abrirse a sus espaldas y en seguida apareció un hombre alto, de cabello castaño y ojos café.

―Mucho gusto, señor Taisho – extendió su mano para saludarlo

Tomó asiento, cruzó los brazos y lo apoyó en el escritorio.

― ¿Le ofreció algo mi asistente?

Inuyasha asintió. Analizando al hombre que tenía frente a él. Tenía cara de ingenuo y estúpido. Ahora entendía como es que alguien como Eri se había hecho con un hombre rico.

―Mi asistente me ha dicho que deseaba hablar conmigo sobre mi esposa.

Estaba ahí para arruinar la vida de una mujer. Ni siquiera se detuvo a pensar que si eso era lo correcto. Quitarle la venda de los ojos al doctor y revelarle la clase de mujer con la que se había casado. No debía importarle si arruinaba la vida de una familia entera. Ella no se detuvo en intentar lastimar a Kanna, así que le devolvería el favor.

―Así es – él asintió – Vengo hablar de su esposa.

El director sonrió.

¿Por qué sonreía?

Luego de que revelara la clase de mujer que era su esposa estaba seguro de que no volvería hacerlo.

― ¿Dónde la conoce? La verdad es que ella es una mujer maravillosa. Hace con facilidad amigos más de lo que yo soy capaz.

¿Mujer maravillosa?

¡Era una maldita arpía envuelta en seda y Prada!

―La conozco perfectamente porque antes de ser su esposa, fue mi esposa primero.

Ahora dejaba de sonreír y su cejo se arrugó. Así estaba mejor, era mil veces más fácil lidiar con un rostro enfurecido que con uno estúpido.

―Disculpe, pero no entiendo su comentario.

―Sabe perfectamente lo que dije señor Robinson. Esa mujer fue mi esposa antes de que se casara con usted.

El marido engañado negó ante ese comentario. Imposible de creer que su mujer estuviera casada antes de que se unieran en matrimonio.

―En ese entonces yo era más que un humilde aspirante a un bufete de abogados. Ella nunca soportó la vida que llevaba. Yo tenía que trabajar turnos dobles porque venía un hijo en camino.

El director Suikotsu arrugó más el cejo y lo hizo detenerse en esa parte.

― ¿Qué es lo que realmente desea, señor Taisho? Si quiere dinero de una vez le digo que…

―No me interesa su dinero señor. Porque afortunadamente no lo necesito.

―Si lo que quiere es perjudicarnos, le aclaro que eso no sucederá. Mi esposa es una mujer dulce, una santa. Una madre dedicada al cien con nuestros hijos.

Eso lo hizo esbozar una media sonrisa.

―Una madre dedicada – repitió.

Inuyasha sacó de su portafolio el sobre amarillo que había preparado una noche anterior. Lo deslizó por el escritorio hasta la altura de las manos del doctor.

― ¿Qué es? – preguntó el hombre.

―Es el certificado de nacimiento de mi hija. Si no me cree ábralo y vera que es autentico.

Tomó el sobre y lo abrió. En él había un certificado de nacimiento expedido hace seis años. En él se podía leer el nombre de la pequeña, así como nombre de los padres.

Inuyasha Taisho.

Eri Taisho.

― ¡¿Qué demonios?!

Desprendió la vista del papel para verlo.

― ¿Es autentico esto?

Inuyasha asintió.

―Transparente. Después de que ella se le ocurriera la fantástica idea de abandonar a su marido y a una bebé recién nacida, decidí pelear la custodia completa de mi hija. Y si, la tengo, junto con una orden de restricción.

Suikotsu escuchaba con atención el relato del exmarido de su esposa. No podía creer que tras esa mujer dulce podía ver un pasado oscuro.

―Kanna creció con la condición de asperger. Usted como doctor, sabe lo que conlleva todo esto.

Él marido engañado suspiró y asintió. Pensando en la clase de persona con la que se había casado.

―Ella creció seis años pensando en que su madre estaba muerta. Porque nunca había sido parte de su vida. Pero ayer, en su cumpleaños, a tu querida esposa se le ocurrió enviarle un pequeño presente. ¿Tienes idea de lo que sintió mi hija al saber que su madre está viva y no muerta? ¿Te puedes imaginar a un niño con Asperger tratar de entender esto?

Suikotsu bajó el papel y lo dejó extendido sobre el escritorio.

―No puedo siquiera asimilar la clase de mujer con la que me casé. Me hace pensar que nunca la he conocido.

Inuyasha se levantó de su asiento.

―Solo dile a tu esposa que no se acerque más a nosotros. Que se olvide por completo de Kanna o de lo contrario haré uso de esa orden de restricción.

Avanzó hacia la puerta y antes de salir, lo miró por última vez.

―Puede quedarse con ese certificado. Tengo varios – abrió la puerta – Y otra cosa, el obsequió está en la entrada. Debido a lo grande que es no lo pude traer hasta su oficina. Que tenga buen fin de semana.

Cosa que era evidente que no iba ser así. Él y su esposa tenían mucho de qué hablar y decisiones que tomar.

XXX

Había pasado una semana y lamentablemente no podía salir de excursión como ella deseaba, afortunadamente estaba a dos días del viernes y se prometía que ese próximo fin de semana saldría a como diera costa.

Claro que había llorado, de hecho, era lo que solía hacer. Llegaba del trabajo y después lloraba. Era insoportable esa sensación de vacío, por más que Jacky, Erick y las chicas la trataban de calmar, su pequeño corazón se negaba a olvidarlo.

Faltaba una hora para que su jornada terminara por ese día y antes de realizar su reporte una pelirroja muy sonriente había tomado asiento frente a ella.

― ¿Eres Kagome?

Kagome con un ojo puesto en su pantalla y otro en su escritorio, asintió un poco desconfiada, pues nunca había visto a esa chica.

― ¡Qué maravilla! Me han hablado mucho de ti – dijo sin dejar de sonreír – Dicen que eres experta en viajes.

― ¿En qué puedo ayudarte?

Abrió el programa que utilizaba para realizar cotizaciones y planes de vuelo que normalmente les daba a sus clientes.

―Mi novio y yo estamos planeando una escapada romántica y me pidió que revisara las cotizaciones contigo.

― ¿Te parece si…

―Perdón por llegar tarde, amor.

La chica se levantó como un resorte para lanzarse a los brazos del hombre. Pero no fue su entusiasmo lo que la dejó completamente muda, sino porque esos ojos dorados la volvían a ver desde la última vez que lo hicieron.

Ella e Inuyasha tomaron asiento. Parecía que todo su cuerpo se había quedado rígido, como si no reaccionara a las órdenes de su cerebro.

―Mi novio – la joven se recargó en los hombros de Inuyasha.

Si tenía leves pedazos de lo que quedaba de su corazón, con esto, terminaba de romperse por completo.

―Estamos planeando un viaje al caribe.

―Lo que ella diga, señorita – la miró fijamente.

Bajó las manos y las ocultó por debajo de su escritorio. Pellizcaba sus muñecas con las uñas. Se estiraba la piel rojiza con ellas. Al grado de sacarse poquita sangre.

Menudo hipócrita era. A ella le había dicho que no podía tener ninguna relación y tras terminar el contrato que había entre ambos, ya se había hecho de una.

¿Ya se la había llevado a la cama?

Desde luego que sí, no hacía falta ser adivino debido a lo embobada que estaba esa niña por un hombre como él.

―Kagome, querida.

Volteó a ver a Jakotsu, que estaba ya a su lado y que claramente se había dado cuenta de todo.

―El jefe te busca. Dice que vayas a su oficina por un W.C

Entendía esa referencia, se disculpó con la pareja, al pasar a lado de su amigo le susurró un "Gracias" antes de salir disparada al baño.

Y ahí, en uno de los cubículos, sacó vació las lágrimas que había tratado de contener. Desgarrándose aún más por completo. El amor dolía y tenía razón Jacky. Si eso era amor, entonces no lo quería.

― ¿En qué les puedo ayudar?

Inuyasha ni siquiera lo escuchaba pues siguió el trayecto de dulzura. Por un momento estuvo a punto de levantarse y seguirla. Decirle que esto era planeado porque deseaba alejarla más de él. Pero sabía que era lo mejor así, lo mejor para ella.