Advertencia: Este capítulo contiene agresión física y violencia, se recomienda discreción. Si eres sensible favor de pasar y esperar al siguiente capítulo.
Capítulo 20
"DE REGRESO A ZEUS"
Tal y como se lo había prometido a Kanna, había ido a verla ese día. Para su fortuna Inuyasha no se encontraba ese día en el departamento. La señora Izayoi le comentó que en estos días estaba ocupado con lo de su campaña por lo que salía salir muy tarde los viernes. Eso le hizo sentirse cómoda, por lo menos no lo vería cuando saliera de aquí.
Casi se podía imaginar cómo se ganaba sus votos entre los secretarios del estado. Desde luego que no le sorprendería si llegara a ser nombrado fiscal. Era sin duda alguna su sueño y seguramente lo llegaría a cumplir.
Eso por alguna razón la hizo sonreír.
― ¿Quieres jugar? – le preguntó Kanna.
Kagome sonrió y dejó el bolso recargado en el sofá.
―Me encantaría.
No había llegado formalizar ningún plan con Hoshiyomi. Aún seguía un poco apenada con él por el desliz que tuvo en su coche. Sobre todo, no había tomado una decisión con respecto si ir o no a Zeus. La tarjeta que le dio Kikyo permanecía guardada en su bolsa, aguardando a que ella tomara una decisión y para ello solo contaba aproximadamente con cinco horas. Aunque desde luego era evidente que no iría.
Ya había tomado la decisión de que no volvería a pasar por lo mismo, ir a un lugar desconocido y tener sexo con un extraño.
Entró a la habitación de Kanna, la cual le mostró la cámara que le regaló el día de su cumpleaños y sobre todo que había hecho varias fotografías. Entre las cuales figuraba su abuela leyendo el periódico junto a una taza de café o una de su papá, con la ropa desalineada y recargado en la silla de su escritorio.
Una tierna sonrisa se escapó de sus labios y pasar sus delicados dedos por esa imagen. Se le veía agotado y seguramente era porque lo estaba dando todo para ganarse el puesto de fiscal. Si seguía así estaba convencida que lo seria.
― ¿Mi papá y tú ya son amigos de nuevo?
Kagome apartó la vista de la cámara para poner atención en la pequeña. Dejó el objeto en una pequeña mesita de té donde se habían acomodado.
―No – respondió triste – Aun no somos amigos.
La niña asintió y sacó un juego de mesa.
―De hecho, él ya no tiene amiga – comentó mientras retiraba la tapa del juego – Escuché como la abuela Izayoi lo regañaba por haber fingido tener una novia.
¿Así que esa mujer que llevó a su agencia de viajes no era en realidad su novia?
¡Era un maldito!
Si, un maldito por haberle provocado un dolor innecesario. Suficiente había tenido con rechazarla como para que él llegara con una novia de mentira. Eso no se lo iba a perdonar, porque le había ocasionado que su ansiedad se disparara.
Aunque al decir verdad no le encontraba algún sentido haber ido hasta su trabajo solo para fingir que estaba saliendo con alguien después de terminar lo que sea que hubo entre ellos. Si lo pensaba mejor, era incluso hasta infantil su modo de haber reaccionado.
―Pero también escuché que tienes un amigo.
El comentario de la pequeña la sacó de sus pensamientos. Parpadeó y se encontró con sus pequeños ojitos dorados, que la miraban con suspicacia. No podía mentirle, a ella no y más conociéndola bien.
―Es solo un amigo.
Kanna frunció su pequeño cejo, solo faltaba que no le agradara que saliera con Hoshiyomi, aunque eso ya no era decisión de ella, sino de la propia Kagome.
― ¿Qué tal tu nuevo colegio?
Prefirió cambiar de tema, dejando atrás los nuevos "amigos" que pudieran haber hecho tanto Inuyasha como ella.
Resultó sencillo colgarse de ese tema, porque la niña habló sin parar. Claro, sin dejar atrás las amigas que le habían ayudado a escaparse y que, gracias a la intervención de la abuela, podía conservar esa amistad a pesar de que su padre no estaba de acuerdo. Desde luego que ella también habría abogado por esa amistad que tanto bien le hacía.
―Vienen cada fin de semana y la abuela nos lleva a comer helado. – concluyó mientras repartía las piezas del juego. ― ¿Azul o rojo?
Kagome contempló las piezas, iba a elegir el rojo, pero vio una mueca de desagrado en la pequeña que la hizo reír. Así que al final cambió su elección por las fichas azules.
Inuyasha entró cansado al departamento, lo primero que hizo fue quitarse el saco y dejarlo colgado en un perchero. En la sala no había nadie, pero frunció el cejo al ver un bolso sobre el sofá. Se asomó a ambos lados, pero seguía estando solo en ese espacio. Era un hecho que no era de a su madre, además lo conocía muy bien, pertenecía a Kagome.
Estaba semi abierto y algo le llamó rotundamente la atención. Con el cejo fruncido introdujo la mano al fondo y sacó una tarjeta morada. No hacía falta preguntar que era, ya que conocía perfectamente para que era y cuál era su función.
¿Así que tenía pensado regresar a ese maldito lugar?
Él mismo había cancelado su membresía porque ya no le veía algún sentido ir. Probablemente la proveedora de esa tarjeta era ni nada más ni nada menos que Kikyo McAdams. Inuyasha entró cansado al departamento, lo primero que hizo fue quitarse el saco y dejarlo colgado en un perchero. Habitualmente llegaba cansado del trabajo, pero por una razón poderosa ese día no lo estaba. Tal vez se debía a que Kagome había cumplido su promesa de visitar a su pequeña. Incluso le había dado salida temprano a todo su comité ya que si, quería llegar a verla y eso él mismo no se lo podía negar.
La sala se encontraba vacía, sonrió al ver un bolso sobre el sofá. Se asomó a ambos lados, pero seguía estando solo en ese espacio. Era un hecho que no era de a su madre, además lo conocía muy bien, pertenecía a Kagome.
Estaba semi abierto y algo le llamó rotundamente la atención. Con el cejo fruncido introdujo la mano al fondo y sacó una tarjeta morada. No hacía falta preguntar que era, ya que conocía perfectamente para que era y cuál era su función.
¿Así que tenía pensado regresar a ese maldito lugar?
Él mismo había cancelado su membresía porque ya no le veía algún sentido ir. Probablemente la proveedora de esa tarjeta era ni nada más ni nada menos que Kikyo McAdams.
Apretó el plástico entre sus dedos, solo cuando escuchó ruidos provenientes de la habitación de Kanna guardó la tarjeta en el bolsillo de su pantalón, se apartó del sofá y para evitar sospechas se encerró en su despacho.
Tomó asiento en su silla mientras analizaba la tarjeta. ¿Cuántas veces había ido luego de que ellos terminaran con su trato? ¿Ese abogadito había logrado llevarla a la cama? No, no era muy creíble si Kagome conservaba una tarjeta.
De nueva cuenta escuchó el ajetreo en la sala y decidió salir, no sin dejar el plástico encima de su escritorio. Desde luego que debía encararla por esto, aunque él mismo no tenía derecho de hacerlo, sentía una fuerza mayor que lo impulsaba a tomar una decisión contraria.
Primero se asomó, sonrió al ver a su hija junto a Kagome. A su niña se le veía con un semblante feliz. Sin duda alguna esa visita le había hecho bien. Parecía como si le estuviera contando todo a madre porque hasta donde él estaba se podía escuchar perfectamente lo que hablaban.
―Abuela, le gané a Kagome – anunció, mientras tomaba de la mano a Kagome – Dos veces.
Un suspiró triste se escapó de sus labios, era la única mujer que no se permitía mantener una relación. Pero de a la cual no podía permitirse ver en brazos de otro y menos desnuda en una habitación como Zeus.
Salió por completo de su estudio y las tres mujeres se quedaron el silencio al verlo acercarse. Desvió su atención a Kagome y esta al conectar con su mirada, agachó la cabeza y un ligero color rojo tiñó sus mejillas.
―Pensé que salías tarde como cada viernes – comentó su madre.
Él se encogió de hombros, pasando una mano por su cabello.
―Ya estaba cansado y lo único que quería era descansar un poco.
Si, era mentira, pero como buen abogado supo guardar compostura. El aroma de Kagome llegó a él y como buen caballero, la saludó. Ella únicamente levantó la vista y asintió.
Salió por completo de su estudio y las tres mujeres se quedaron el silencio al verlo acercarse. Desvió su atención a Kagome y esta al conectar con su mirada, agachó la cabeza y un ligero color rojo tiñó sus mejillas.
―Pensé que salías tarde como cada viernes – comentó su madre.
Él se encogió de hombros, pasando una mano por su cabello.
―Ya estaba cansado y lo único que quería era descansar un poco.
Si, era mentira, pero como buen abogado supo guardar compostura. El aroma de Kagome llegó a él y como buen caballero, la saludó. Ella únicamente levantó la vista y asintió.
―Bueno, debo irme. Tengo muchas cosas que a ver.
La vio tomar su bolso y antes de que se despidiera por completo solo la retuvo con unas cuantas palabras.
―Señorita Higurashi ¿Me permite unos minutos?
Kagome contempló la poca distancia que quedaba que entre ella y la salida al despacho de Inuyasha. No quería estar a solas con él porque terminaría por reclamarle su mentira, porque gracias a eso el dolor que sintió había sido desgarrador.
Pero no estaba en la posición correcta de hacerlo, esa no era su casa, además Kanna y su madre se encontraban ahí.
―Bueno, mientras ustedes dos hablan en privado. Kanna y yo iremos a ver que compramos para cenar. Hoy no quiero hacer nada.
Eso si no le gustaba porque le daba puerta abierta a toda la imaginación. Primero se había imaginado que le diría algo como el que no podía vivir sin ella y que se había dado cuenta de lo que sentía. Incluso hasta podrían terminar teniendo sexo en el despacho.
Claro, luego de haber hecho las reclamaciones pertinentes.
Lo siguió y una vez que estuvieron encerrados ahí, recuerdos dolorosos la atormentaron. Como la única vez que había abierto sus sentimientos y él fríamente la había rechazado.
― Tengo cosas que hacer – fingió mirar su reloj de pulso – Así que sea rápido, por favor.
Lo vio esbozar una media sonrisa pero que sin duda tenía un trasfondo oculto en ella.
― ¿Cómo ir a Zeus?
Frunció el cejo, pues no comprendía lo que le trataba de decir. Hasta que vio que le mostraba una tarjeta morada. Inmediatamente rebuscó la que le dio Kikyo, pero no estaba por ninguna parte. Entonces, levantó la cabeza de golpe, cayendo en la cuenta de que era esa la que él tenía entre sus manos.
― ¡Tú!
― ¿Sigues yendo a ese lugar?
Kagome en tres zancadas largas ya que había acercado a él y le arrebató la tarjeta. Estaba enfadada porque sin duda se estaba metiendo en su vida privada y con sus cosas.
―No tienes el derecho de entrometerte en mis cosas.
Él frunció el cejo, la tomó del antebrazo antes de que ella se apartara y la jaló en su dirección. Kagome tuvo que recargar la palma de sus manos en el pecho duro de Inuyasha. Sentía como subía y bajaba violentamente. Su pulso estaba completamente acelerado. Era como un coche de fórmula 1. Yendo a una velocidad a punto de quiebre.
Por un breve momento compartieron una mirada fugaz. Sus bocas se habían acercado deliberadamente. Era como si todo eso terminara por explotar de la única manera que ambos conocían. Pero Kagome seguía dolida y no permitiría eso.
―Eso no es lo que quiero saber. Responde de una maldita vez si has estado yendo a Zeus.
Molesta con su forma de actuar, tomó impulso y lo apartó de ella de un empujón. El movimiento hizo que por poco perdiera el equilibrio, pero supo guardar compostura.
― ¿Y eso a ti en que te afecta? – alzó una ceja – ¡Ya te dije que es mi cuerpo y que yo hago con él lo que se me dé la puta gana!
― ¡Pero no en ese maldito lugar!
Así que toda esa acción y su forma de actuar era porque simplemente tenía una tarjeta. Bien, así como le había hecho creer que tenía novia, le haría creer que acudiría a esa maldita cita clandestina.
―Me da igual lo que pienses. Pero siento que es un poco hipócrita de tu parte. Tú si puedes ir, pero yo no puedo recibir una simple invitación.
Iba abrir la boca y confesarle de una maldita vez que su membresía la había mandado al diablo, pero se quedó mudo. Trataba de buscar una excusa con tal de hacer que no acudiera y todas ellas resultaban vagas y carentes de sentido.
―Sabes que no está permitido intercambiar fichas. Si los administradores se enteran tu amiguita quedara expulsada.
Kagome se encogió de hombros, era el riesgo de Kikyo, no de ella.
―Eso lo hace más emocionante ¿No lo crees?
Sin darle tiempo a reaccionar salió apresuradamente del despacho y del departamento. Afortunadamente a su paso no encontró señales de Kanna ni de Izayoi, era mejor, así no la veían alterada. Si no tenía pensado ir al puto Zeus, por él acudiría a esa maldita cita. Pasaría una noche increíble de sexo y se olvidaría por un momento de él.
Estacionó el coche frente a la acera del hotel. La última vez que había estado aquí había acudido pensando que era un "SPA" pero luego resultó que era para otra cosa. Estaba mal el haber tomado esa decisión precipitada como esa, pero el mismo Inuyasha había sido un parteaguas para que eso sucediera.
Si tanto le dolía verla con otro. Que otras manos acariciaran su piel ese sería el castigo que le iba a imponer a ese maldito hipócrita.
Bajó del coche y colocó los seguros. Antes de cruzar la avenida miró por ambos lados a la espera de un coche. Entonces cruzó de manera segura pero cuando estuvo a punto de tocar con la punta de su tacón la banqueta, sintió que alguien la jalaba hacia atrás.
Los brazos de Inuyasha la envolvían con fuerza, era como sentir una camisa de fuera de la cual no podía zafarse.
¡La había seguido!
―Suéltame, Inuyasha.
Pero él no tenía ninguna intención de hacerlo. Esta vez no.
―Antes muerto que pensar como otro hombre te toca.
Descaradamente se acercó a él, rosando sus labios con los suyos. Esa acción hizo que Inuyasha cerrara los ojos. Sentir su cuerpo, aunque fuese de esa manera era una puta gloria y agonía al mismo tiempo.
―Eso debiste pensarlo antes de mandar todo a la mierda.
De nueva cuenta y sin darle tiempo a reaccionar logró deshacerse de la camisa de fuerza humana y corrió al interior del hotel.
Inuyasha simplemente se quedó ahí, moviéndose como león enjaulado viendo como la mujer de su vida entraba a ese asqueroso lugar y no podía hacer nada. Por ahora, hasta que encontrara una maldita solución.
Con la garganta reseca se acercó al mostrador y tal como lo hizo la primera noche, dio la tarjeta y proporciono la clave de seguridad. De inmediato la recepcionista le dio otra tarjeta y le indico la habitación que se le había asignado.
Afortunadamente el ascensor estaba vacío y eso le hizo replantearse si realmente lo que había hecho era lo correcto. Desde luego no, lo mejor era regresar, pero estaba segura de que Inuyasha la estaba esperando fuera del lugar.
¿Y si se quedaba en el bar por un rato?
Todos y cada uno de los panoramas que estaba pensando la habían envuelto y de repente se encontró frente a la puerta de la habitación.
Introdujo la tarjeta y la puerta se abrió de inmediato. Con un suspiro largo entró, pero se quedó muda al ver al hombre que estaba sentado en una silla con una botella de vino caro a un lado de él.
― ¿Kagome?
Ella retrocedió unos cuantos pasos, algo le decía que diera la vuelta. Ese lugar no lo sentía por completo del todo seguro y se lo estaba advirtiendo su cuerpo, que la piel se le había puesto de gallina.
―Bankotsu.
No esperaba encontrarse con él. De hecho, le había estado ignorando todos los menajes tras haber tenido la discusión en el hospital cuando Kanna enfermó. Verlo ahí, era algo que no esperaba y que sin duda alguna no quería tener sexo con él. Eso era un hecho.
―No sabía que tenías membresía – alzó ambas cejas de arriba abajo – Esto sin duda es una gran sorpresa. ¡Con razón no aceptabas mis citas!
No, no las aceptaba porque algo en él le decía que no era del todo sincero y que tras esa fachada se ocultaba un ser un tanto oscuro.
Se sintió asqueada cuando esos ojos azules la recorrieron descaradamente. Retrocedió un paso cuando lo vio levantarse. Su pulso se aceleró. Ahora si estaba de acuerdo en que su decisión había sido la incorrecta. Habría dejado que Inuyasha la cargara como costal de papas con tal de haber evitado este encuentro.
―Creo que esto…― dio otro paso para atrás – Es lo correcto. Lo siento.
Pero antes de que se diera media vuelta y emprender su huida. Ya se había encontrado con el frente a frente. Bloqueándole la salida.
―Oh vamos, hermosa – avanzó hacia adelante, alejándola de la salida – Tú y yo la vamos a pasar en grande.
Esa sonrisa perversa de Bankotsu la hicieron sentir un frío helado recorrer su espina dorsal.
―Con razón nunca aceptabas mis citas. Quien diría, la dulce e inocente Kagome teniendo nuestros clandestinos en un lugar como este. ¿Aquí es donde conociste a Inuyasha Taisho?
Se armó de valor y tomó una bocanada fuerte de aire. Sabía que estaba nadando en aguas peligrosas y debía buscar la manera de salir de ahí.
―Ese no es asunto tuyo, Bankotsu. Así que, si no te importa, debo irme. Este encuentro no debe pasar.
Claramente las intenciones de Bankotsu eran no dejarla ir. Pues se interpuso su camino, empujándola con su cuerpo hasta que sus rodillas sintieron el borde de la cama.
―Relájate, puta.
Kagome frunció el cejo. Que le hablara de esa forma tan despectiva la hicieron enfadar.
―No me hables de esa manera.
Alzó la mano para abofetearlo, pero él la pescó en el aire y mejor la empujó a la cama. Se pasó la legua por los labios al ver como el dobladillo de su falda se había subido unos pocos centímetros más arriba de la rodilla.
― ¿Así que esto es lo que tiene loco al abogado?
Veía hacía la puerta, esperando a que alguien entrara y la rescatara. Bankotsu pareció leer sus pensamientos y negó con la cabeza.
―Quizás no sepas de las reglas. O más bien las mías – colocó una rodilla en medio de sus piernas – Pero una vez que entras aquí, te vas follada de todos lados hasta que yo este saciado.
Sus piernas temblaron y por más que trató de mantener sus piernas unidas, la fuerza que aplicó él era brutal, cien veces más fuerte que ella.
― ¡Déjame ir!
―Y debo decirte una cosa – la ignoró por completo ― Tal vez ese abogado no te lo explicó, pero las paredes están selladas para evitar que se escape un sonido. Así que – sonrió, mientras se colocaba sobre ella y capturaba las muñecas con sus manos – Por más que grites, nadie escuchara.
Kagome se retorcía bajo el cuerpo de aquel hombre. Su piel ardía cuando pasó una lengua por la curva de su cuello.
― ¡Suéltame! – le mordió una oreja.
― ¡Cállate puta! – le dio una cachetada – Ya me has hecho enfadar maldita, perra.
Cerró los ojos y solo sintió como levantaba sus muñecas y la ataba con algo al poste de la cama, manteniéndola inmóvil con su cuerpo.
―Te resistes, pero estoy seguro de que se las diste muy rápido a Inuyasha ¿Por qué a mí no, nena?
Ese apelativo la hizo sentir más asco. Por más que trataba de forcejear y evitar que él la llegara a violar era imposible, por cada acción recibía un golpe. Tembló al sentir su torso desnudo delante de él.
―Tienes unos pechos muy lindos, Kagome. Apetitosos, grandes y jugosos.
Apretó los ojos, no quería ver eso y solo se le escapó un "Por favor". Lo único que quería era que ese martirio se acabara ya.
Entonces todo ocurrió en cámara lenta y sintió una fuerza sobrenatural arrebatar ese cuerpo pesado sobre de ella.
― ¡Voy a matarte maldito imbécil!
Alguien la desató y por primera vez se vio obligada a abrir los ojos. Se encontró con aquella escena. Inuyasha estaba sobre Bankotsu y no dejaba de golpearlo en la cara hasta dejarlo prácticamente empapado de sangre.
Una mujer tomó un albornoz y se lo colocó por los hombros para sacarla de esa habitación. Mientras era arrastrada vio como dos hombres los separaban.
―Señor, tranquilo. Nos haremos cargo.
Desde luego que no, él mismo se haría cargo de esa maldita escoria. Haberlo visto sobre Kagome y en la condición en la que la tenía le hicieron perder por completo la cordura. En ese momento estaba a punto de cometer un maldito asesinato. No le importaba haberse manchado las manos de esa sangre sucia inmunda.
―Esto no se va a quedar así cabrón – lo señaló al momento en que ambos guardias lo sostenían.
Prácticamente lo había dejado irreconocible y su rostro era más sangre que piel.
―Pero estuve a punto de tocarla.
Se iba a ir sobre él y de nueva cuenta otros dos guardias lo retuvieron.
Vio como Kagome estaba siendo atendida por una mujer de seguridad. Todo en ella temblaba, se acercó y se puso de rodillas para estar a su altura.
― ¿Estas bien? ¿No llegó hacerte nada?
Desde luego que sí, su rostro estaba mallugado. Juraba que ese maldito sería refundido en prisión. Utilizaría todo su poder para llevar a cabo eso.
Pero lejos de responder, Kagome se arrojó a sus brazos y fue ahí cuando descargó todo su miedo, dolor. Era un manojo de nervios, su cuerpo estaba completamente frágil.
―Tranquila – la abrazó dulcemente – Ya te tengo. Estas segura.
Rechazó la taza de té que le estaban ofreciendo para los nervios. Lo único que quería era salir de aquí e ir a casa. Refugiarse en las cuatro paredes de su departamento. De vez en cuando veía Inuyasha conversar con un policía. Esperaba que no le tomaran alguna declaración porque no sabía si tenía la fuerza necesaria para hacerlo.
Inuyasha se acercó y tomó asiento a su lado.
―Debemos ir a la jefatura que levantes una denuncia.
Lejos de pensar que esa pesadilla terminara, estaba por comenzar.
― ¿Y qué voy a decir? ¿Qué intento violarme en una casa de sexo?
Él asintió.
―Aunque sea crudo es así como debe ser. Con tu denuncia podría incluso salir más víctimas de él. – tomó su mano – Estaré contigo en cada momento.
Inuyasha tenía razón, además, no pudo dejar de pensar en Kanna. había estado muy cerca de ese maldito violador, no podía dejar que más mujeres pasaran por lo que ella. Así que decidida, accedió.
Todo ahí le daba vueltas. Sintió un escalofrío cuando pasó Bankotsu a un lado de ellos con los brazos esposados y con una sonrisa sínica.
―Señor Taisho, un gusto.
No hubo tiempo para que presentaciones. Pero algo le decía que Inuyasha tenía muchos contactos y que ese era el final para Bankotsu. Levantaron su declaración y como era de esperar dijo toda la verdad. Lo que si no pudo evitar fueron las pruebas físicas hechas por una doctora. Que iba apuntando todo lo que veía.
Ya era madrugada cuando salieron de la jefatura e Inuyasha la llevó a su departamento. La ayudó a cambiarse de ropa, que sin duda mañana al despertar se desharía de esas garras. No quería verlas porque era un maldito recuerdo. Por último, le trajo un analgésico y aguardó a que se lo tomara.
Vio que tenía intenciones de dejarla, pero Kagome lo tomó de la mano.
―Por favor, no te vayas. No me dejes.
Él recorrió con delicadeza la piel maltratada de su dulzura. Le dio un beso en la frente y asintió. No sin antes de enviarle un mensaje a su madre de que no pasaría la noche con ellas.
Extendió un brazo y Kagome se acomodó sobre él.
― ¿Cómo lograste entrar?
Inuyasha se encogió de hombros.
―Tuve que decirles que tu amiga infringió normas. Así que le tuvieron que revocar su membresía.
Asintió, la verdad ya eso no le importaba. Juntó un poco más su cuerpo con el de él y esperó que el sueño acudiera. Agradeciendo por primera vez el carácter impulsivo de Inuyasha. Eso había sido lo que la salvó de haber terminado una noche trágica.
