Capítulo 22

MI QUERIDO SEÑOR FISCAL

―No sabes lo que dices – susurró con voz firme, pero aun así permaneciendo todavía en su interior.

―Si.

Kagome se apresuró a responder y acto seguido lo envolvió de las caderas con las piernas y apresándolo a ella.

– Completamente segura de lo que digo, mi querido señor fiscal.

No era el miedo de engendrar otra vida, sino que ella se diera cuenta la clase de hombre que era una vez que conviviera cada día a su lado.

Cuando la maldita madre de Kanna los había abandonado eso lo había soportado, porque no fue un dolor que lo consumiera, es más, le sirvió para darse cuenta de que nunca la llegó amar después del todo. Por lo que fue un dolor fácil de digerir. Si, sintió dolor, pero para su hija ya que nunca iba a conocer a su madre y esperaba que no se volviera acercar a ella tras los eventos que sucedieron en su fiesta de cumpleaños.

Pero si en cambio, llegaría a doler perder a la mujer que tenía justo frente de él. Eso sin duda sería demasiado insoportable de sobrellevar.

― ¿Y si es cómo Kanna?

Kagome alzó una ceja y recorrió con sus dedos las finas facciones de aquel hombre.

― ¿Con los ojos dorados y el cabello plateado?

Él negó y la miró fijamente.

―Sabes a lo que me refiero.

Sabía perfectamente a lo que se estaba refiriendo, pero para ella Kanna era perfecta, dejando a lado su condición, era una niña demasiado dulce y alegre a la cual que le fue tomando un inmenso cariño e incluso, amor.

―Para mí Kanna es perfecta en todos los sentidos.

Dibujó una línea desde su frente hasta la punta de la nariz.

―Y si hacemos una, me la imagino idéntica a ella o con el color de mi cabello, pero con sus ojos. Así – pasó de nueva cuenta sus dedos por los párpados – Como los tuyos.

Su comentario hizo qué todos esos miedos se disiparán y solo quedara un día soleado tras una larga tormenta.

―No.

Sonrió al ver que abría los labios dispuesta a protestar e iniciar una discusión. Pero se anticipó a lo que pudiera decir. Pegó un poco más su cuerpo al de ella, provocando que se hundieran un poco más en el colchón y colocó un dedo sobre sus labios, obligando a detener cualquier tipo de protesta.

―Mejor una idéntica a ti.

Kagome se sonrojó y solo sintió cuando sustituía su dedo por un beso voraz y lleno de promesas al cual se entregó con vivo gozo.

Era media noche cuando despertó desnuda sobre la inmensa cama. Frunció el cejó al ver el lado de Inuyasha vacío. Extendió un brazo, aún estaba tibio su lugar por lo que no tenía mucho de haberse ido.

Dispuesta a ir a su encuentro, bajó de la cama y se cubrió su desnudez con la sabana. Pero no tenía muchos deseos de volverse a poner aquella ropa que había utilizado en su intento de excursión. Tal vez él tenía algo más cómodo en su armario.

Encendió la luz de una pequeña habitación, que de pequeña no tenía nada por era un amplio armario. Abrió la boca para contemplarlo. Las camisas de vestir estaban perfectamente acomodadas en base a color y todas estaban perfectamente lisas, sin una gota de arruga. Los pantalones y sacos por igual.

Cerró los ojos al aspirar la fragancia masculina impregnada en esas cuatro paredes. Así que aquí provenían todos los trajes que le había visto.

Abrió un cajón y no, eran corbatas, igualmente acomodadas por color. El siguiente cajón contenía era ropa interior. Llegó hasta el último y vio que en el contenían camisas casuales. Se sorprendió al ver una de Pink Floyd con la leyenda "Wold Tour 1973". Si su padre la veía, seguramente no dudaría en ofrecerle una cantidad por ella.

Frunció el cejo mientras leía e iba haciéndole modificaciones al discurso que Kaede había preparado para el día que tomara protesta como nuevo fiscal. A esa mujer en verdad tenía que darle un puesto alto con un sueldo merecido. Lo había soportado por durante mucho tiempo que incluso él estuvo en pedirle que renunciara porque tenía un jefe que parecía el mismo diablo.

Solo le daría lo revisaría rápidamente, le haría unas cuantas modificaciones y regresaría a lado de dulzura. La cual había descansaba desnuda en su cama. La imagen de su piel desnuda le costaba mucho, pues no podía mantener la concentración como normalmente lo hacía.

Se recargó en el respaldo de la silla, cerró los ojos únicamente para revivir la reconciliación. Sus palabras se habían clavado en lo más profundo. Por supuesto que no le daría motivo alguno para que ella se arrepintiera de haberlo elegido a él. Aunque claro, eso no podía evitar que hiciera de lado el sentirse victorioso sobre Hoshiyomi.

Abrió con cuidado la puerta de su estudio y echó un vistazo. Recorrió cada rincón con lentitud hasta que lo vio ahí. Sentado en su silla y con la cabeza ligeramente inclinada hacia arriba.

Cerró la puerta al entrar y avanzó de puntitas hasta detenerse justo frente a él.

Sin darse a notar tomó asiento en el impecable escritorio de caoba y se dedicó a contemplar al hombre que yacía dormido frente a ella.

Aquella pose era idéntica a la foto que le había tomado Kanna. Solo que estaba vez llevaba el torso desnudo y un pantalón de pijama. Se mordió el labio inferior porque la imagen era completamente tentadora, lástima que en ese momento no contaba con cámara en mano.

El ordenador estaba encendido con una ventana de Word abierta. Era lo que parecía ser un discurso con algunas notas a modificar. Un profundo orgullo le llenó el pecho porque sabía a ciencia cierta qué su fiscal haría un excelente trabajo y más aún por haber alcanzado el objetivo que tanto estaba buscando.

Aunque todos esos sentimientos no pudieron evitar que sintiera una sensación de dolor. Dado que en ese lugar fue dónde él había dado por finiquitado el acuerdo que tenían, sin importarle sus sentimientos. Dejándola con un sentimiento de abandono total.

Lo que le había dicho antes de cerrar su reconciliación era cierto. Más le valdría no hacer qué se arrepintiera de elegirlo a él porque volverlo a dejar ya no era una opción.

Alzó una mano y la pasó con cuidado sobre su cabello, pero en el acto unas manos se ciñeron alrededor de su cintura atrayéndola a su cuerpo. Kagome pegó un grito de sorpresa al verse arrastrada por sus brazos y en su dirección, quedando a horcajadas de él.

Con el pulso acelerado levantó la cabeza y se encontró con su mirada dorada.

― ¿Le gusta lo que ve? – preguntó.

Con una sonrisa pícara, envolvió sus manos alrededor de su cuello y respondió seductora.

―No tiene una idea de cuanto, señor fiscal.

―Bonita camisa, señorita – fue acercándola un poco más a él.

―La encontré por ahí. Espero no te moleste.

―En lo más mínimo.

No podía negar el hecho de que a ella se le veía mejor que a él. Incluso deseó quitársela solo por el placer de tenerla desnuda.

Su cabello largo le caía en cascada y sus ojos chocolate brillaban con más intensidad. Sentirla tan cerca de él hizo qué su deseo por ella aumentara.

―No quería despertarte.

Le dio un suave beso en la curva de su cuello y la escuchó suspirar.

―Estaba despierto mucho antes de que usted entrara.

―Si… ocupas…mmm…

Su voz tembló cuando los largos dedos de Inuyasha comenzaron un ascenso por debajo del dobladillo de la camisa. El contacto de sus manos cálidas sobre sus curvas la hicieron estremecer de placer infinito.

―Privaci…ahhh

Una vez más se quedó callada y estaba vez sus manos abarcaban cada uno de sus senos, atrapando con sus dedos los pezones.

― ¿Crees que en realidad quiero que te vayas?

Su pregunta era en un susurró.

Por supuesto que no, pensó él. Ahora que se había solucionado todo entre ellos dos, lo único en lo que podía pensar era tenerla cerca. Aprovechar cada momento como este, en que la podía tener a su merced. Iba dejando su marca en cada poro de su dulce piel. Hasta detenerse justo en sus labios.

―Responde.

El tibio aliento la golpeó, mandándole señales a todas partes de su cuerpo. Quedaba por hecho de que no deseaba qué se fuera, pues todo su cuerpo decía lo contrario, sobre todo la erección qué descansaba pobre sus nalgas desnudas.

―No.

Respondió antes de que los labios de Inuyasha se cerraran en torno a los de ella. Por supuesto que se percató de su parecencia en cuanto ella había abierto la puerta. Solo que no quiso intentar nada. Se veía tentadora con esa playera, pero el ardor de entrar en ella lo estaba carbonizado por dentro.

No podía dejar que él tomara la iniciativa de todo. Así que sintiéndose poderosa en la posición en la que se encontraba. Fue bajando una mano. Recorrió su torso desnudo, deleitándose por los músculos marcados al contacto de la yema de sus dedos. Llegó hasta su destino, liberando su erección que yacía bajo la tela del pantalón. Tomó la tersa textura de piel entre los dedos. Lo escuchó jadear y eso la llenó aun más de adrenalina para continuar con lo que estaba a punto de hacer.

Alzó un poco las caderas hacia arriba y fue guiando la punta de su pene hasta su vagina.

―Kagome….

Inuyasha tuvo que interrumpir el beso, pero ella cayó toda protesta con otro más potente.

Los dos jadearon por la conexión de sus cuerpos. Kagome empezó a balancear sus caderas en un ritmo lento que a medida se volvió intenso, frenético. Los dedos de Inuyasha se anclaron en ambos lados de sus caderas, incitándola a que siguiera con sus acometidas.

Inuyasha ya no resistió más. Se levantó de la silla con Kagome en brazos y sin salirse de su cuerpo. Aquella silla había terminado el rincón de la pared a consecuencia del movimiento brusco que había ejercido. Sin importarle que hubiera papeles sobre el escritorio, con un brazo se deshizo de todo ese mugrero.

―Quítate la playera – ordenó – Quiero verte.

Kagome asintió, con los ojos nublados por el placer.

Inuyasha siguió el movimiento de sus brazos. Sus manos en busca del dobladillo de la playera ya arrugada, los brazos que se flexionaban cuando se retiraba la prenda. La luz que emanaba de la ciudad bañó su piel desnuda.

Ella tembló bajó el contacto de su espalda desnuda con la mesa de caoba. También seguía sus movimientos. Esa mirada dorada que la veía con hambre y deseo lo cual hizo que llegara a otro nivel de excitación.

Como pudo resistió el impulso de mover sus caderas a pesar de estar dentro de ella. No, quería atrasar ese momento. Inició el recorrido con la punta de sus dedos, deleitándose al sentir su piel. Llegó hasta sus hermosos pechos, que se inflaban a consecuencia de su acelerada respiración y la punta de sus pezones lo invitaban a que ser degustados.

―Si eres un delirio.

―Inuyasha…― imploró ella.

Inclinó un poco su cuerpo hasta llegar a la altura de sus labios. Esto lo aprovechó Kagome para de nueva cuenta anclar sus brazos alrededor de su cuello y evitar que se fuera.

― ¿Qué deseas? – mordisqueó su labio inferior.

―Todo. Lo quiero todo de ti.

―Ya lo tienes. – balanceó sus caderas lentamente – Siempre lo tendrás.

Envolvió sus caderas con sus esveltas piernas, manteniendo el mismo ritmo que él. Entregándose por completo a sus caricias. A sus palabras llenas de promesas, pero sobre todo a ese amor que había surgido tan repentinamente y que estaba dispuesta a luchar por él.

Esa oficina no sería la misma después de esto. Porque cada vez que se sentara a trabajar y viera ese escritorio, recordaría siempre que ahí la hizo suya.

Despertó con un cosquilleo en la punta de la nariz. Arrugó la frente y apartó eso que la molestaba de un manotazo para de nueva cuenta seguir dormida. Pero en cambio, ese algo se deslizó por debajo de las sábanas hasta llegar a sus glúteos.

Kagome abrió los ojos y se encontró con el rostro sonriente pero pícaro de Inuyasha.

Ni siquiera recordaba en qué momento habían llegado a la habitación, solo sabía que una vez ahí continuaron dándole rienda suelta al deseo.

Inuyasha se inclinó para darle un beso en la mejilla y susurrarle al oído.

―Despierta dormilona. Ya pasan más de las nueve.

―Los sábados me levantó hasta las doce – respondió aun somnolienta.

―Si, pero yo no. Te he dejado dormir una hora más.

Pero antes de que respondiera ambos escucharon las voces de dos personas que provenían del interior de la sala.

―Voy a ver a mi papi. A decirle que ya llegamos.

Kagome se incorporó rápido, cubriendo su piel desnuda con las sábanas y volteó a ver alarmado a Inuyasha, que a su vez él ya se había levantado para ponerle seguro a la puerta y evitar que Kanna se encontrara con una escena muy comprometedora para ambos.

― ¿No se supone que llegaran hasta tarde?

―Si – asintió en un susurró – Se supone que así era.

Sin pena a su desnudez y consciente de que Kagome lo siguió con la mirada fue hasta su armario. No tardó ni dos minutos cuando ya entraba con varias prendas a la mano. Le entregó un pantalón de algodón junto con una playera roja.

― ¿Y esto? – preguntó, mirando la ropa.

―Póntelo.

―Pero…

― ¿O acaso quieres salir desnuda?

― ¡No! – contestó casi de manera rápida.

Ambos se cambiaron en un abrir y cerrar de ojos. Kagome se acercó al tocador y como pudo se hizo una coleta con lo que encontró a su alcance. Antes de salir comprobaron el estado de ambos. Kagome asintió en forma de aprobación al verlo.

― ¿Y yo?

Sonrió como todo un seductor.

―Como para tumbarte en esa cama y volver hacerte mía.

―Noe s broma, Inuyasha – replicó, dándole un ligero golpe en el antebrazo.

Pero antes de que ella retirada el seguro de la puerta y salieran del todo. Inuyasha la tomó del brazo y la acercó a él.

―Pasé lo que pasé, sígueme la corriente.

―Actúas como si fuera la primera vez que tares a una chica a casa.

Por la forma en que se puso serio le había dado a entender que así era.

Él la acorraló entre la pared y su cuerpo. Detuvo sus labios justo a centímetros de sus labios.

―Porque eres la primera que traigo a casa.

Le dio un beso fugaz y retiró el seguro de la puerta. Kagome respiró profundamente, preparada para seguirle el jugo a Inuyasha. Aunque eso no podía evitar que sintiera vergüenza y que las mejillas se le tiñeran en ese momento de rojo. Solo había una persona en la sala que no se iba a creer el cuento que él diría y esa sería su madre.

Al salir del resguardo de la habitación encontraron a Kanna sobre la mesa y con un par de bolsas. Izayoi estaba sacando varias cosas y guardándolas en la cocina.

La niña frunció el cejo al verla.

― ¿Qué haces aquí, Kagome? ¿Y con una pijama de mi papá?

Kagome tosió y vio como de repente Izayoi dejaba de hacer sus cosas para reunirse con ellos. Ella, incomoda, volteó a ver a Inuyasha.

―Kagome y yo tuvimos una pijamada anoche – volteó a verla ― ¿No es así, Kagome?

Abrió la boca y después la cerró para poder formular bien la respuesta en su mente.

―Claro. Vimos una serie en Netflix toda la noche.

― ¿En serio? – Izayoi se limpiaba las manos con un mantel ― ¿Y cuantos capítulos se aventaron?

Esa pregunta encerraba otra pregunta que la hizo aún más avergonzarse.

―Toda la serie completa, madre.

No podía creer que le hubiese respondido eso a su propia madre. Qué vergüenza, que iba a pensar esa mujer de ella. Probablemente que aprovechaba que él estaba solo para meterse a su habitación en el menor descuido. Pensar en eso solo le carcomía la cabeza, lo que provocó que ni se diera cuenta de que Izayoi sonreía.

―Bien – respondió, restándole importancia ―Kagome ¿Me ayudas a preparar el almuerzo? Salimos muy temprano porque Kanna quería ver a su papá.

―Claro – ella asintió.

Ambas se fueron a la cocina a preparar algo mientras dejaban a Kanna al cuidado de su padre. Volteó y la escena le llenó de ternura. Pues la niña sacaba la cámara fotográfica que le obsequió en su cumpleaños para mostrarle todas las fotos que se había tomado con el abuelo, con sus tíos Sesshomaru y Rin y por supuesto, con sus primas gemelas.

―Gracias.

Escuchó la voz de Izayoi a un lado de ella y volteó a verla. Ambas estaban observando el cuadro que formaban el padre y la hija.

― ¿Perdón?

―Gracias por todo – apoyó una mano en el hombro de Kagome – Sus vidas han sido diferentes desde que tú entraste en ellas.

―Yo no hice nada – se encogió de hombros, porque así era.

―Eso dices tú, aunque cualquiera se daría cuenta de la diferencia. Sé que mi hijo no es fácil y que tendrá sus momentos. Al final siempre se da cuenta de sus errores y trata de repararlo. Sigue así, vas por buen camino.

Izayoi dejó una taza de café frente a su hijo mientras tomaba asiento a lado de él mientras veía jugar a Kagome con Kanna.

― ¿Es así como debe ser?

―Si – asintió ella – Solo vine a quedarme con ustedes una temporada por mientras te ayudaba resolver tu vida. Ahora que has encontrado a una chica fabulosa te pido por favor que no lo arruines.

No, esta vez no sería tan estúpido como para alejar a Kagome de su lado.

―Kanna cada vez se siente más segura de sí misma y todo gracias a Kagome. Lo pude ver cuando estábamos de vacaciones con tu padre. Además, tu padre ya está clamando mi presencia, dice que irse a comer a restaurantes no es lo mismo a que comer lo que le preparo.

―Te vamos a extrañar.

Su madre soltó una pequeña risa.

―Claro que no y menos después de lo que vi esta mañana. ¿Tú crees que me iba a tragar el cuento del maratón de Netflix?

Inuyasha sonrió y se encogió de hombros.

―Tuve que intentarlo.

Luego y sin decirle nada a su madre, se levantó y le dio un beso en la frente para unirse al juego de su hija y del amor de su vida. Todo bajo la sonriente mirada sonriente de su madre.

Kanna sacó el "Twist" y desde luego que obligó a Inuyasha y a Kagome a jugarlo mientras ella seleccionaba el color que debían tocar. La única que se negó a hacerlo había sido su abuela, quien se retiró a su habitación un poco exhausta.

―Mano izquierda azul.

Inuyasha estaba arriba de ella cuando Kanna dio la orden, pero perdió equilibrio y se la llevó a su paso. Ambos rieron y sus miradas se conectaron, olvidándose de una pequeña persona.

―Eres pésima jugando esto – dijo él.

―Te recuerdo que fuiste tú el que perdió el equilibrio.

Kanna hizo a un lado el tablero y se fue a su habitación, pero antes de entrar, observó a la sonriente pareja darse un beso. Rápidamente agarró la cámara que tenía colgada en su cuello y capturó el momento.