Camino con dificultad por los peldaños de piedra, oscuras nubes de tormenta engulleron los plateados reflejos de la luna. Las llamas moribundas del templo no iluminaban mucho al momento de entrar en la espesura del bosque. Kyo observaba con paranoia la brumosa oscuridad que los rodeaba, sin estar seguro de si habían reducido a todos los enemigos. Iori parecía recuperarse por lapsos, gruñendo ante los movimientos bruscos de Kyo, que evitada a toda costa perder el equilibrio.

El peso de Yagami no recaía a cabalidad sobre él castaño, Iori lograba sostenerse por completo en cortos lapsos, donde aplicando fuerza sobre los hombros de Kyo, intentaba erguirse solo sin mucho éxito. El hombro derecho de Kyo le hacía terriblemente doloroso el descenso; tras la pérdida de adrenalina, las dolencias del combate lo agredían, pero aun así, soportando la presión, continuo su infructuoso esfuerzo por llevar a Iori al auto.

Llegaron al plano de la carretera, sin la frondosidad de la arboleda, la vista se atenuaba a la poca luz que se filtraba entre las nubes tormentosas, un rugido atronador surco los cielos y se perdió en la lejanía. Kyo alzo las llaves del auto, las había tomado del bolsillo de Iori antes de bajar por el derruido camino de piedra. Un ¡Beep! acompañado de las luces titilantes del Volvo, diferenció la forma del automóvil que se perdía entre la tinta oscura de la noche.

Iori cayó pesado sobre la cojinería trasera del auto. Bajo las cálidas luces internas del coche, el castaño pudo apreciar mejor las múltiples heridas de pelirrojo. Distribuidas en diferentes partes de su cuerpo, ocultas bajo crecientes manchas de sangre, ninguna tenía apariencia de potencial letalidad, pero todo era engañoso, la seriedad de las heridas era imposible de medir a ojo. Por otro lado, las quemaduras que asomaban sobre sus hombros no parecían muy graves, gracias a la resistencia de ambos al fuego, fortaleza que había sido entrenada durante años de enfrentamiento.

Aun así, parecía el semblante de alguien no muy lejos de la muerte.

Kyo apretó los puños ante la imagen de Yagami mal herido, al borde del desmayo, sosteniendo una de las heridas sangrantes. Su pecho se contrajo ante el recuerdo de Iori, tacleando su cuerpo lejos de la explosión. – Maldito Yagami. -actuar sin pensar no era algo propio de él.

Kyo cerró la puerta con fuerza innecesaria, tomo su celular, por el display de la pantalla cruzaba una profunda grieta que se subdividía, cuarteando la mitad del dispositivo. Era la primera vez que lo observaba desde que había hablado con Benimaru al llegar a aquella ciudad buscando a Iori. No se percató de que el aparato había estado apagado todo este tiempo. Una luz pálida le ilumino el rostro, la imagen deformada por la grieta mantenía cohesión. Aliviado descubrió que la función de toque no estaba del todo mala y un sinfín de llamadas perdidas se desplegaron en lista. Kyo las ignoro todas, nada de eso le importaba en este momento. Buscó en la lista de contactos la palabra Nikaido.

– ¿Kyo? –la voz de Benimaru sonó preocupada, con una urgencia extraña-. ¿Estás bien? Te he marcado un montón de veces maldición, para que tienes un maldito celular.

– No, no lo estoy. Necesito tu ayuda Beni.

Benimaru se tensó ante el tono consternado de Kyo. – Claro que si idiota, ¿Dónde demonios estas? Salgo para allá. – habló el rubio tomando su chaqueta dispuesto a salir al instante.

– No. Yo voy en camino ¿estás en tu casa? -

– Si ¿dónde demonios estas? – espeto molesto Benimaru.

– No muy lejos, llegare lo más pronto posible. Esto tal vez no te guste -titubeo el castaño-. Pero cuento contigo Benimaru. Finalizó la llamada tras un vago asentimiento de su amigo y tomó asiento al volante. Benimaru observo su celular largo rato, intentando mantener la calma para no precipitarse.

Las manos de Kyo se cerraron con fuerza sobre la cabrilla. Solo había conducido un automóvil un par de veces antes, mucho tiempo atrás. Nunca habían sido de su particular agrado. Sentir el viento veloz, chocar contra el cuerpo durante el trayecto, era un encanto que no poseía ningún auto. Aun así, tenía la esperanza de recordar como maniobrarlo, como también de que no fuese diferente al que había conducido aquella vez. Arrancó el motor con un leve siseo nada estruendoso, generando un eco en la solitaria calzada. Las luces del auto, nuevamente cortaron la noche como a una seda negra. La calle se ilumino dando visos plateados en los segmentos delimitadores del pavimento.

Tras un par de intentos fallidos, había girado con dificultad buscando el retorno a la ciudad. Viajaba a mediana velocidad sin atreverse a exigirle más a aquella maquinaria casi desconocida, agradeciendo que la carretera tuviese curvas anchas y rectas extensas. El motor revolucionaba violento por momentos, los cambios de velocidad no eran aplicados de manera correcta y el auto rugía en protesta del mal uso.

En una de las curvas, buscando regular la velocidad, la dirección del auto dio un brinco y tuvo que frenar abruptamente. – ¡Mierda! – maldijo en voz alta golpeando el volante.

– Idiota…es un auto costoso, se cuidadoso…conduce con cautela o vas a matarnos. –la voz de Yagami se escuchó ronca. Kyo lo miro por el retrovisor. Iori, encorvado sobre sí mismo, apretaba la herida de la pierna con una mano mientras sostenía su cabeza. Delgados surcos de sangre se discurrían entre los dedos. Parcialmente oculta, una mirada llena de odio apuñalaba al castaño.

"Auto costoso" antes de "vas a matarnos" Yagami debía tener un problema con sus prioridades, pensó Kyo. Pero guardo silencio. Ver a Iori en ese estado, sin poder borrar de su mente el segundo antes de la explosión, lo dejaba sin palabras. Aun así, el pelirrojo había reprochado con rencor el mal uso de su Volvo de lujo, eso de alguna manera le tranquilizaba un poco.

– Bájalo a neutra…revoluciónalo a medida que aumenta la velocidad. Gn…no le permitas subir a más de cuarta. – puntualizo Iori con gran esfuerzo en su voz. Guardo silencio retomando el aire que parecía dificultársele respirar y recostó su cabeza en el respaldo del asiento, cerrando los ojos. Sentía como si su alma quisiera abandonar aquel cuerpo cansado, cada parpadeo y respiración profunda era una leve caída al vacío. En lo más hondo de su cabeza un eco rebotaba, algo ajeno a el mismo, el llanto de alguien y lo susurros apagados de la bestia.

Kyo condujo bajo las indicaciones de Iori, el auto trabajó con la docilidad de un cachorro y pudo avanzar seguro por la extensa carretera. Observó constantemente el retrovisor, siendo testigo de cómo las manos de Iori se descolgaban sobre el cuero del asiento, de cómo este, finalmente perdía las fuerzas que lo mantenían consciente. Sintiendo nuevamente la tensión de estar contra tiempo, aumento la velocidad.

Kyo se sumergió en el camino. Recuerdos de los últimos días revoloteaban en su cabeza. Iori se había mostrado comprensivo a pesar de su hostilidad, había atendido sus heridas, aunque parte de estas fuesen causadas por él, había cuidado de su necia debilidad en aquella noche de tormenta. Incluso había arriesgado su propia seguridad, para evitar su muerte. En tan solo pocos días Yagami y Kyo habían compartido momentos terribles, pero a la vez, se habían generado lazos de honor y lealtad en el corazón del Kusanagi.

Las luces solitarias del Volvo perforaron el ala nocturna del camino.

Destellos parpadeantes flotaban aleatorios entre la hierba alta del jardín, la noche de otoño envolvía el aire con una frescura helada y un aroma salino. No sentirse bajo observación todo el tiempo le daba cierto aire de tranquilidad a Shizuka, por ello, casi podía entender un poco a su rebelde Kyo.

– Es un maldito chico estúpido ese hijo nuestro. –espeto cortante la voz de Saisyu, paseándose reiteradamente por el salón–. La situación nunca ha estado más tensa en la familia.

Saisyu Kusanagi se sentó al lado de su esposa, masajeando sus sienes, se le notaba exhausto.

– Han muerto Shizuka…inocentes miembros del clan, bajo la mano imperdonable de la ignorancia. –suspiro cansado inclinando su cuerpo, cerro los puños, recostando su frente en ellos—. Una cabeza importante del clan ha desaparecido. En solo unos días la familia es un caos. Desean replantear mi liderazgo…me consideran incapaz de mantener la seguridad del clan.

- No. Tú eres quien ha mantenido el clan unido ante toda adversidad. El legado Kusanagi se conserva en parte gracias a ti, las tradiciones se respetan, los estudiantes te buscan y la distribución de poderes es equitativa. No te atrevas a dudar de ti mismo Saisyu Kusanagi. –interrumpió Shizuka a su esposo. Este le ofreció una sonrisa dulce, agradecida por sus palabras y suspiro agotado.

– Quieren que abdique al liderazgo. Dicen que respetaran si Kyo toma su papel en la familia como debe ser. Lo seguirán si el accede, pero si no…alguien más será la cabeza del clan Kusanagi, tenga o no el derecho a serlo. –Saisyu se encogió de hombros–. Aparte a ese asunto, está la sospecha sobre los Yagami. Hay especulaciones por la poca colaboración que estos han dado a la investigación. Si esto sigue así…terminaremos en una sangrienta guerra abierta contra ellos.

- ¿Cómo pueden sospechar de los Yagami? El primer cadáver que apareció ¿No pertenecía a su familia? – pregunto Shizuka confundida. Saisyu irguió la espalda y suspiro.

– Si, era de ellos. Pero, hay un cierto desinterés en sus actos. –suspiro nuevamente–. No lo sé, los mismos Kusanagi están evitando que cierta información llegue a mí. –sonrió agotado–. Mi propia familia confabula en contra y aunque unos pocos miembros defienden nuestra posición, no estoy seguro de que Kyo logre llevar esa responsabilidad...no está aquí para empezar. – finalizo Saisyu quedamente.

Su rostro denotaba los efectos del estrés y la falta de sueño, había perdido algo de peso también. La responsabilidad que caía sobre los hombros de su esposo era insondable y demasiado pesada a causa de la impotencia, especialmente con varios miembros Kusanagi asesinados.

– Hable con la última persona que vio a Kyo. Este chico Nikaido me informo que nuestro hijo salió de la ciudad unos días y desconocía su paradero. Al parecer lo de Yuki le afecto bastante y decidió alejarse. –Shizuka hizo una pausa y organizó la gruesa tela de su Kurotomesode–. Sé que sabe dónde está Kyo. – puntualizo la mujer con frialdad. Saisyu la miro en silencio.

– Di la información necesaria al joven Nikaido para preocuparle. Tal vez inventé algunas pequeñeces, pero a estas alturas no sabemos qué tan falsas puedan ser aquellas palabras que compartí con él. Solo sé que, si Benimaru Nikaido ve a nuestro hijo, me avisará al instante, por que considerará que es lo mejor para él. – finalizo Shizuka tras lo cual poso una mano sobre la de su marido. Saisyu sonrió cansino.

– Eres mi única luz al final de este oscuro camino querida. – respondió Saisyu abrazando a su esposa y depositando un delicado beso entre sus cabellos. Shizuka Kusanagi sintió que regresaba a su juventud y sus mejillas se matizaron con un rosa claro. Aquel gesto no era algo común en su relación, pero dejando que aquella rareza cálida la envolviera, se acuno con delicadeza en el pecho de su esposo, deseando con todas sus fuerzas que Kyo estuviese bien. Temiendo profundamente por su familia.

Kyo sacudió con cuidado el hombro de Iori, al principio temió no recibir respuesta alguna, pero tras un leve gruñido, Iori abrió los ojos y los contrajo como si la tenue iluminación del Volvo le lastimara.

– Yagami, debes levantarte. – Kyo estiro su brazo ofreciendo apoyo a Iori. Este alejo el brazo de Kyo con hostilidad. Se apeó con dificultad fuera del carro y algo desorientado, apoyo su peso en la carrocería. Kyo lo sostuvo para que avanzara, aunque este intentó vanamente apartarlo. – No te resistas, te ayudaré. –objetó Kyo. El pelirrojo sostuvo su cabeza encogiéndose de hombros, no lograba mantener el equilibrio.

Iori no sintió el trayecto, desconocía donde se encontraba, su percepción del entorno estaba tergiversada, su vista percibía la fachada del edificio, pero a la vez este estaba cambiando su forma a un espacio diferente. Alucinaba. No podía percibir ruido alguno, avanzaba por una escena de cine mudo donde el perfil de Kyo, que se giraba por momentos para hablarle, se transformaba en algo diferente, parte de un entorno onírico. La sola luz artificial del edificio lastimaba sus ojos. La audición parecía regresar por lapsos, pero lo que escuchaba no eran las palabras del castaño, era algo proveniente de un lugar distante. ¿Estaba soñando acaso?

Iori la vio, como un espectro abandonado en un rincón olvidado del mundo. La figura de una mujer mayor arañaba la oscuridad en la que estaba sumida. Estaba cerca y a la vez tan lejos. Su percepción de los sueños no parecía tener espacio o tiempo. Su llanto llegaba desgarrador, sus lágrimas eran densas gotas de luz tragadas por la negrura de su piel. Sentía que estaba caminando, siendo guiado por Kyo a través de un lugar que ya no percibía. La mujer grito y aquella desesperación en su voz resonó dentro del mismo Iori. En su rostro oscurecido, los ojos de matices rojos se abrieron, dejando escapar una gota carmesí. Eran ojos Yagami. Un miedo ajeno a su existencia lo invadió y un dolor lacerante cruzo su pecho.

Kyo cruzo fácil el hall, la puerta se abrió automática sin cuestionamiento alguno de parte del muro polarizado y vigilante de la entrada. Casi podía agradecer que Benimaru viviera justo en el primer piso de aquel colosal edificio. Su hombro no resistiría mucho más.

La voz de una mujer lo aturdía. Un desgarrador sonido desesperado, gritaba, lloraba, maldecía. El miedo le arañaba las entrañas, la ira quería abrirse paso a través de su propia carne.

– ¿Quién…? –habló Iori con el rostro aun oculto, presionando con fuerza su cabeza. Se alejó con brusquedad de Kyo sosteniéndose el pecho, respirando con dolor.

– Maldición…no te soporto. ¡Callate! – grito molesto a la mujer inexistente y tras eso perdió el conocimiento. Kyo reacciono a tiempo y lo sostuvo para no dejarlo caer, pero la herida de bala, intensa y dolorosa, le impidió hacer el esfuerzo. Termino arrodillado sobre el piso frío, posando a Iori sobre su hombro sano.

Benimaru abrió la puerta al escuchar ruidos en el corredor, ya había informado al encargado que permitiera el paso a su amigo sin mediar preguntas. El rubio observo estupefacto a Kyo, no logró gesticular palabra. Este yacía en el suelo, sosteniendo con gran esfuerzo el cuerpo de Iori Yagami. Nada más y nada menos que de ese maldito infeliz. Ambos estaban con densas manchas de sangre en la piel y la ropa, desaliñados, con las prendas superiores destrozadas y heridos. Especialmente Yagami, que parecía tener casi un pie en la tumba.

– Me estas jodiendo Kyo, que demonios haces con Yagami ¿te lastimó? – pregunto Benimaru al acercarse tanteando la situación.

– Si no vas a ayudarme dilo de una maldita vez y me largo. – espeto Kyo cortante, resentido, enojado. Benimaru lo miro anonadado por la situación, por la agresividad en la respuesta del castaño. Yagami estaba mal herido, tenía el rostro oculto tras largos cabellos carmesí oscurecidos por la sangre, desordenados sobre el hombro de Kyo, el cual jadeaba sometido por el dolor de sus propias heridas. El rubio se acercó, levantando del hombro de su amigo el cuerpo de Yagami, le tendio una mano a Kyo para ayudarle. Este se incorporó en silencio.

– Entra. Yo me encargo. – habló con densa seriedad Benimaru. Cargo al pelirrojo atravesando el pasillo, observando la sangre y el paso cansino en su amigo. En la sala de estar de su apartamento se percató de varias gotas rojas que deslizándose de Yagami, chocaron contra el piso.

– Mierda, lo manchara todo. – hablo el rubio resentido. Kyo le dedico una mirada asesina y Nikaido rio con sorna, sin creer que aquella mirada fuese para él.

Descargó el cuerpo de Iori en la cama del cuarto de huéspedes. Las sabanas de un color pastel oliva iniciaron su coloración rojiza. Iori se encogió hacia un costado, su cuerpo estaba tenso y temblaba por momentos. Kyo lo observo intranquilo sin alcanzar a comprender que tan delicadas eran las heridas del pelirrojo, se acercó a este y retiro con cuidado los restos de ropa derruida, desnudando su torso. Yagami necesitaba atención rápida y no estaba seguro por dónde empezar.

Nikaido detallo a su amigo. Su cuello estaba cubierto por una mancha oscura y pastosa, múltiples cortes en los brazos sangraban con levedad a través de la chaqueta cuarteada en girones de cuero colgante, su piel perlada de sudor y su mirada consternada al retirar los restos de la gabardina de Yagami.

– No esperes ningún tipo de ayuda de mi parte si no piensas contarme que mierda es todo esto. – hablo cortante Benimaru sin poder ocultar su propia preocupación por la inexplicable escena. Kyo tiro a un lado los retazos sanguinolentos. Reviso las quemaduras en la espalda de Iori y descubrió leves cortes en la piel a causa de la madera expulsada por la explosión.

– Te contare todas las malditas cosas que quieras saber. Pero primero vas a ayudarme a atender a Yagami sin hacer una maldita pregunta. – hablo Kyo cortante, su voz sonó más agresiva de lo que esperaba, pero no le importaba. Sabía que Benimaru le ayudaría.

– Pues espero que tu maldita historia sea digna de un Oscar o sacare a este bastardo lejos de aquí. – respondió el rubio, camino fuera de la habitación y regreso con un botiquín pequeño, rodeado por varias gasas, vendas y medicamentos.

– Esto es todo lo que tengo para curar heridas, si no es suficiente se puede joder nuestro querido Yagami. – hablo Benimaru, con aquel casual tono sarcástico que usaba cuando algo le molestaba. Kyo guardo silencio enfocándose en lo que tenía que hacer.

Limpiaron la piel con algunas toallas húmedas para percibir con claridad la complejidad de las heridas ocultas tras la sangre, por suerte, la mayoría eran cortes no muy profundos. Atendieron las quemaduras de la espalda, que resultaron ser más leves de lo esperado. Kyo supuso que Yagami había usado el fuego para protegerse, pero teniéndolo a él de por medio, cubrirse totalmente con las flamas purpuras lo hubiese herido más. Apretó los dientes, molesto con todo, enojado consigo mismo por no percibir el peligro que le acechaba y permitir que todo se desenlazara de esa manera.

Embadurnaron la espalda en crema, cubrieron las heridas superficiales, la mayoría no necesitaba ser suturada. Detuvieron el sangrado ya mínimo de la cabeza. Iori solo rompía su estado comatoso para estremecerse con levedad ante algún estallido de dolor intenso, pero inmediatamente regresaba a la quietud del sueño.

El verdadero problema radicaba en la pierna, la herida era profunda y el sangrado a pesar de ser aminorado, no se detenía.

– Hay que llevarlo a un hospital. –espeto Benimaru limpiándose las manos–. Déjalo bajo cuidados de especialistas.

– No. Es peligroso…lo están persiguiendo. – respondió Kyo, sus manos que temblaban con levedad. Los centros de urgencias serían la primera opción si querían rastrear a Iori.

– ¡Y que mierda te importa si lo persiguen! Solo mírate maldición, no estas nada bien y no has permitido que te ayude con esas heridas. –Benimaru apretó los puños, estaba bastante molesto–. Solo entrégalo a su maldita familia, que ellos se encarguen de ayudarle.

– ¡No! Ellos no deben enterarse de nada. – grito Kyo exasperado. Se sentía exhausto, tanto física como mentalmente, no alcanzaba a decidir como sobrellevar la situación. La carta de Chizuru dejaba muy claro que dentro de los clanes había traidores a la sangre. Entregar a Iori a los Yagami, podría ser una sentencia de muerte.

– Pero que es todo esto Kyo –bufo el rubio confundido, enojado ante las negativas de su amigo–. ¿Porque te importa que le pase a este infeliz?

– ¡El me salvó maldición! ¡Todas esas malditas heridas fueron por evitar que me volaran en pedazos! –Kyo apretó sus manos que no dejaban de temblar a causa de los cortes desatendidos. Tenía mucho en que pensar tras la carta de Chizuru, mucho que deseaba hablar con Yagami, pero el estado de este no facilitaba nada–. Solo ayúdame Beni, necesito que no me des la espalda en este momento. – hablo cansino, su mirada era similar a la de alguien acorralado entre la espada y la pared.

El rubio detuvo su mirada rígida en Kyo, en silencio mantuvo la calma ante la declaración de su amigo de haber sido agredido a muerte. Yagami le había salvado ¿Pero de qué? ¿En que estaban involucrados? ¿Y si ella tenía razón? Benimaru respiró profundo, debía ir por partes sin presionar a Kyo. No deseaba precipitar nada.

– Venda la pierna. Llamaré a una amiga que es médica, ella podrá ayudarnos. – salió de la alcoba, recogió de la mesa central su celular y buscó en la lista de contactos. Camino de regreso a la habitación y bajo el dintel de la puerta, dirigió una mirada cabreada al cuerpo inconsciente de Yagami–. Prepara esa historia maravillosa que vas a contarme Kyo, y lo harás mientras me dejas ayudarte con esas heridas. – Camino lejos de la habitación, su voz fue un eco apagado al fondo de la sala: "Siento llamarte tan tarde Kaori querida"

Kyo levanto la tela gruesa que cubría a Iori, este aun sin recuperar la consciencia, yacía semidesnudo bajo las sabanas. El castaño observo por un momento el cuerpo. Esbelto, musculoso, pálido, con cicatrices viejas y heridas nuevas. Una extraña sensación cruzo fugaz, pero Kyo evito atraparla, permitiéndole pasar sin afectarlo. No quería indagar en ella.

Se agacho de nuevo al lado de la pierna y enrollándola, apretó algunos vendajes. Iori no se inmuto, pero su cuerpo se estremecía parcialmente, como si estuviese desnudo bajo un frío invernal. El castaño paso una mano por su frente y cuello, la piel estaba tibia, no había en él signos febriles. Pesadillas, pensó Kyo. Tras cubrirlo de nuevo hasta la cintura, salió al encuentro de la inevitable conversación.

A excepción de un corte más profundo en el brazo izquierdo las heridas de Kyo eran leves, no necesitaban sutura. Benimaru vendo los brazos en silencio, escuchando atentamente las palabras de su amigo. La mitad de lo que decía no tenía sentido alguno, espectros y sombras persecutoras en los sueños de Yuki, en los sueños de Yagami. Pero al narrarle lo acontecido en el templo había captado toda la atención del rubio, aquello era una realidad cercana y peligrosa. Kyo había sido víctima de intensiones asesinas por parte de desconocidos. Solo mirar la venda en el cuello de este, le recordó lo cerca que estuvo aquel ataque de cortar la arteria. Benimaru lo miro con la misma severidad de un padre.

– Esto es peligroso Kyo, no es algo que puedas manejar solo. – hablo el rubio, enrollo los desperdicios manchados ubicándolos en una bolsa.

– No estoy solo. – respondió Kyo distraído observando que el movimiento de sus manos regresaba a la normalidad.

– Ohh ¿Lo dices por el Yagami en perfecto estado que tienes en la habitación? – espeto irónico Nikaido, ante lo cual Kyo alzo la vista a punto de reprochar, pero el rubio no se lo permitió.

– Si, lo sé, gracias a tu jurado archienemigo estas en una sola pieza ¿No entiendes lo irracional que suena eso? Alguna intensión enfermiza debió guardar –hizo una pausa donde cruzo su mirada severa con la expresión cansina de su amigo –. A alguien más debe tener para que lama sus heridas Kyo. Aléjate de los Yagami.

El joven Kusanagi apretó los puños y guardó silencio. No podía esperar que Benimaru entendiera, no podía esperar que nadie más lo hiciera. Alegar sobre el tema ya se tornaba solo en mera necedad. El mismo no lograba aceptar del todo la situación, pero aun así, dejar a Yagami no era algo que sopesara.

– NO. – fue su respuesta monosílaba y cortante. Sus miradas chocaron molestas.

El timbre del apartamento sonó, Benimaru se levantó pateando la silla cercana con un leve bufido. Kyo agacho la cabeza, se sentía agotado, el hombro no daba tregua a pesar de haber tomado los narcóticos. Pelear contra lo desconocido, reñir con aquello que consideraba seguro y sentir una profunda angustia por sus seres queridos, minaba sus fuerzas.

Los traidores están entre nosotros, ¿Que tan expuestos podían estar todos ahora? ¿Pero cómo podría siquiera considerar en abandonar a Iori a su suerte? No podía, no en ese momento. Oculto el rostro entre las manos y con un movimiento lento recorrió su cabeza echando para atrás el cabello.

– Es tarde Beni, trabajé todo el día y parte de la noche, estoy exhausta. –el sonido de la voz suave de una mujer atravesó la puerta.

– Lo sé. Y lo siento linda, si no fuese algo urgente no habría interrumpido tu descanso a media noche. –hablo el rubio con cierta dulzura.

– Me debes un favor grande, cariño. Dame un trago fuerte y dime quien necesita mis cuidados.

A la sala entro una joven de cabellos cortos y oscuros. Tenía una estatura muy baja y pequeños ojos negros. Una belleza extraña la rodeaba a pesar de la apariencia extenuada.

– Buenas noches. –saludó con una reverencia–. Me llamo Kaori. Tú debes ser quien necesita ser atendido, supongo.

– No, no soy yo, está en la habitación. - respondió Kyo levantándose del asiento.

– Tu también estas herido Kyo. – espeto Benimaru cortante.

– Yo puedo esperar. – habló el castaño sin mirar a su amigo.

La chica los observo algo confusa por el ambiente, pero asintió con la cabeza y siguió a Kyo hasta la alcoba. Se acercó a Yagami y retiró las sabanas para diagnosticarlo mejor, hubo un pequeño lapso donde el castaño la vio apreciar el cuerpo semidesnudo de Iori con poco profesionalismo y le molesto aquella distracción en su parte. Benimaru recostado en los laterales de la puerta, observaba molesto a Kaori.

– ¿Necesitas algo querida? – pregunto Nikaido con un dejo sarcástico, pero la chica inmune a su doble intención, asintió y pidió un poco de agua caliente. El rubio frunciendo levemente el ceño, abandono la habitación. Ella miro a Kyo con una sonrisa dulce.

– No te preocupes, tu amigo estará bien.

Kyo asintió de manera automática sin saber bien que responder. "No es mi amigo, es mi enemigo jurado" Claro, eso tendría un perfecto sentido para ella, pensó. La mujer revisó la herida en la cabeza de Iori, el rojo de su cabello se mezclaba con el rojo impregnado de la sangre oscura. Tomo con delicadeza el rostro de Iori y lo levanto hacia sí. Una pequeña linterna ilumino la tez pálida del pelirrojo.

– ¿Me escucha señor Yagami? – tras no recibir respuesta, posó uno de sus dedos en el parpado superior, descubriendo uno de los ojos de Iori. La chica dio un respingo, cuando el rojo intenso del iris miro a la nada, tenía un fulgor antinatural revoloteando en el interior y no respondía al reflejo de la linterna. Kyo supo en ese instante que el riot rondaba al pelirrojo. Tomo la mano de la mujer, alejándola de los ojos de Iori. Aquel ígneo rojo carmesí quedo oculto nuevamente tras el parpado.

– Sus ojos son extraños. Siempre ha sido así, no es nada raro. –mintió. La mujer lo miro dubitativa–. La herida de la pierna no deja de sangrar, necesitamos ayuda con eso. –señalo Kyo las vendas manchadas de sangre, alejando la atención de la cabeza de Iori, centrando el problema en la parte baja. Benimaru no debía descubrir que el disturbio asolaba a Yagami con facilidad.

El rubio poso la jarra de agua caliente en la mesa, cerca de la cama. Se ubicó de nuevo en el marco de la puerta, respondiendo con una sonrisa el agradecimiento de Kaori.

Ambos observaron como la mujer suturo la herida con desinteresada perfección, ya acostumbrada a los trajines del día a día en su trabajo. Todo el proceso transcurrió en silencio hasta finalizar las puntadas. Al terminar de vendar la pierna, Yagami reacciono con un gruñido, su cuerpo inquieto se estremeció nuevamente.

La delicada mano femenina tomo la temperatura del pelirrojo y reviso su pulso. El cuerpo reaccionaba a estados de shock que no debía padecer. Sumido en un trance comatoso, pero al mismo tiempo reaccionando a dolencias invisibles.

– Tiene signos de hipotermia, pero su temperatura esta normal. También tiene taquicardia. – miro consternada.

– El sufre de terribles pesadillas. – hablo Kyo intentando que Kaori no profundizara mucho en ello. Él desconocía lo que podía generar el disturbio en el cuerpo de Yagami y lo mejor para todos era no provocarlo más. La mujer suspiro agotada.

– ¿Normal dices? Bueno, ya que lo conoces bien, confiare en tu palabra. Ahora es tu turno, sé un buen chico y siéntate en el sillón principal de la sala. Beni cariño, tráeme más agua. – su voz dulce hablo con palabras que superaban su edad.

La sutura en el antebrazo tomo poco tiempo. Kaori apretó las vendas, estas cubrían hasta la muñeca. Acercó sus manos al hombro hinchado y miro a Kyo con cierta sorpresa. Ante los ojos de un profesional, no había mucho que hacer, pensó Kyo. Sin mediar palabras sus miradas tuvieron una corta conversación donde el joven Kusanagi daba a entender su negativa a la mujer. Ver una herida de bala en su hombro, solo empeoraría la actitud de Benimaru.

– Beni querido, ¿puedes calentar un poco más de agua? – Este, sin la menor sospecha, regreso por más agua a la cocina.

El castaño había ocultado muy bien la naturaleza de la herida en su hombro. Explicándole al rubio que era solo un corte reciente que se abrió a causa del combate. No le había compartido tampoco nada al respecto de como encontró a Yagami, ni sobre la carta de Chizuru, bajo los maderos cenizos. No quería involucrar a Benimaru en aquella pesadilla, suficiente riesgo corría al acogerlos en su casa. Nuevamente la culpa presiono el pecho de Kyo, se sentía terrible al permitirse exponer a más personas importantes para él.

Kaori hizo el cambio rápido en las vendas del hombro. Nego con desaprobación el estado de la herida y regañó a Kyo en voz baja antes de levantarse del sillón. Benimaru se acercó con el agua.

– Aplica paños tibios sobre la herida de la cabeza. Sus heridas no fueron muy graves, pero debe guardar descanso –habló en referencia a Yagami – Igual tú –dijo mirando a Kyo con reiterada desaprobación–. Una herida en el cuello es algo delicado y no ejerzas mucha fuerza en tus brazos. –camino en dirección a Benimaru que había mantenido un silencio bastante incomodo todo el tiempo.

– Es raro verte tan callado querido, pero están bien, no te preocupes. Por hoy he terminado con tus amigos, ahora por favor llévame a casa, no quiero tomar un taxi. – Benimaru sonrió coqueto y salió con la mujer, no sin antes dedicarle unas palabras a Kyo.

– "Ya que lo conoces bien" No tendrás problemas si me ausento un momento. – dijo con sorna y resentimiento, tras lo cual salió. Kyo agacho la cabeza, mirando la baldosa moteada en tonos pálidos. Si Benimaru hacía un solo comentario intencionado más, lo golpearía.

Regreso a la habitación, su cuerpo mellado por el conflicto, resintiendo las horas sin descanso, pugnaba por abandonar la marcha. Kyo arrastro una silla y la acercó a la cama. Si Iori estaba bajo efectos del disturbio, no podía despegar los ojos de él ni un momento. Tenía que pensar en la manera en que informaría a Benimaru de ello. No había modo de que él pudiese retener a Iori si algo pasaba.

Iori flotaba en medio de un abismo vacío. El llanto de aquella mujer solo era un eco débil que rebotaba en algún lugar inexistente de su memoria. Podía escuchar las palabras de Kyo, lejanas, dialogaba con alguien. ¿Una mujer? Había sido el último lapso perceptible de regreso a la realidad. Era la tercera vez que se veía sumido en aquella nada abrumadora. Resistirse a todo le daba dos caminos. El dolor, la desesperación y el miedo o la nada. ¿Por qué debían ser tan terribles sus opciones? Aún podía sentir rezagadas sensaciones de pavor, acompañado por el sabor salado de las lágrimas. ¿Era eso lo que ella sentía? ¿Era eso lo que él sentía? Un reflejo de su padecimiento, encarnado en su propio cuerpo. La sensación de vacío regreso, una caída libre hacía el infierno. No estaba seguro de poder resistir otro lascivo acercamiento del disturbio. Ahora no lograba diferenciar si era una pesadilla, la realidad o la conexión con aquel espectro.

El dolor, el miedo y la tristeza, regresaron como una ola reforzada que impacto indemne en su alma.

El sopor amenazaba con su llegada, pero Kyo resistía, aunque su cuerpo demostrara lo contrario. No tenía como explicarle a Benimaru de buena manera, no quería siquiera usar palabras suaves o mentiras blancas. Lo diría de frente y que lo tomara como le viniera en gana. El dolor del hombro palpitaba fuerte, soportable, pero le irritaba desproporcionadamente.

Iori contuvo la respiración tras una violenta sacudida, gruño arañando su garganta incapaz de respirar. Kyo se levantó alarmado y evito que este se hiciera daño. Iori se retorció a un costado, levantando parcialmente el cuerpo, el castaño lo sostuvo. – ¿Yagami? -hablo preocupado soltando una de sus manos. Iori apretó con fuerza la camisa de Kyo a la altura del pecho y jadeo intentando tomar aire, su cabeza presionaba el hombro herido de Kusanagi, pero este no se inmuto ante la ola de dolor. – ¡Yagami calmate!

Un denso gruñido grave salió de la boca del pelirrojo y su inhalación sonó profunda, dolorosa. Kyo lo poso de nuevo en la almohada. Iori miraba al techo, observaba impávido algo que no estaba allí, sus ojos rojos ardían con un fulgor intenso y una lagrima sanguinolenta resbalo por una de sus mejillas. Kyo no estaba seguro si eso era una manifestación del disturbio, pero le impactó el sufrimiento que padecía el cuerpo de Yagami.

– Yagami, calmate. Todo está bien. –hablo como si Iori pudiese escucharlo, con la esperanza de que fuese así. Iori estiro su brazo y apretó el de Kyo con una fuerza atronadora. A través de las vendas, sangraron los cortes donde este atenazó.

– Déjala…maldito. Detente, ng. –balbuceo con los ojos casi cerrados, el hilo de sangre que resbalaba por su rostro era más denso. Kyo lo observo confuso, ¿Estaba soñando? ¿Recordando? ¿O era efecto del disturbio de sangre? No lo sabía, pero no retiro su mano, ni evito que Iori le hiciese daño.

– Esta bien. No es nada Yagami, tu puedes con esto, resiste. Solo aléjate idiota, no dejes que te alcance. – hablo Kyo con voz imperiosa y cubrió los ojos de Iori con su mano.

Podía escucharlo, en algún punto del insondable abismo, en medio de los susurros sin espectro. Kyo Kusanagi llamaba, su voz de alguna manera siempre llegaba a él. Aunque no entendiera sus palabras, podía sentir su flujo como una corriente de aire cálido. Y nuevamente, como graduando un nivelador de voltaje, todo se alejó de Iori. Por cuarta vez, flotó en medio de aquella espantosa nada. Estaba atrapado en un bucle donde no podía diferenciar la realidad y nadie lo sabía.

El cuerpo de Yagami se relajó sobre las sábanas. La fuerza que lastimaba el brazo del castaño, menguo al ritmo de la respiración ya calmada. Kyo cruzo suave el dorso de la mano, limpiando el delgado surco de la sangre en la mejilla de Iori. Tras un suspiro de alivio se dispuso a sentarse, pero algo tiro de su brazo herido. Los dedos de Iori aún se aferraban a la tela sanguinolenta de la camisa.

Benimaru regreso al apartamento, ya se había calmado un poco tras cruzar algunas palabras tranquilizantes con Kaori. Tenía una conversación pendiente con Kyo, seguía sin aceptar las atenciones extrañas de este con Iori Yagami. Algo más se cocinaba bajo el silencio de Kyo y si quería la ayuda de Benimaru, tendría que decirle que.

Observo la sala de estar vacía, suspiro irritado sabiendo con anticipación donde estaría Kyo. Entro en la habitación que ocupaba Iori. Benimaru observo estupefacto algo que no podría siquiera haber imaginado. Kyo dormía profundamente recostado en el sillón del cuarto, muy cerca a la cama. Su brazo derecho reposaba sobre las sabanas revueltas y sus dedos yacían entrelazados parcialmente en la mano de Yagami. Ambos respiraban presa de una parsimoniosa calma, casi tomados de la mano.

El rubio paso una mano cansada por el rostro. No lograba entender que estaba sucediendo entre ellos, pero la expresión triste, agotada, en el rostro de Kyo le fue suficiente para saber que debía dejarle descansar. Pensar en la razón de aquella escena que seguía apreciando por entre el espacio de sus dedos, le era imposible. Se acercó a su amigo inconsciente y lo levanto de la silla. Kyo reaccionó irguiéndose con torpeza, aturdido por el despertar. Los dedos de iori se deslizaron inertes, finalizando el contacto.

– Ven Kyo, debes descansar con propiedad. –habló suave Benimaru guiando al castaño fuera de la habitación, en dirección a la cama principal. Este le siguió obediente con un niño, con la mente embotada por el sueño. Su mano, aun cálida, tras el contacto con Iori.