Benimaru observaba las gotas que se deslizaban por el vidrio de su bebida, dejando escapar el frío que la mantenía fresca. Kyo Kusanagi y Iori Yagami era una cuestión que lo había mantenido en vela, incluso después de que el amanecer cruzara la instancia y el tiempo sin clemencia continuara con pasos indemnes. Había pensado durante horas, meditando que hacer a continuación, intentando hacerse una idea del plano general ante lo narrado por Kyo.
Personas desaparecidas, asesinadas y todas miembros de ambas familias. Todo esto debido a Orochi, este siempre era el centro de todo problema colosal en la vida de todos los relacionados a él. Tenía que ser así o no habría razón para que ellos dos lucharan juntos contra un enemigo en común. Una enemistad de siglos reducida a ser presas de un depredador más grande. ¿Luchaban acaso ambos por sus familias? Y si era así ¿Por qué sin la ayuda de nadie? ¿Por qué juntos?
El recuerdo de la noche anterior reiteraba en la mente del rubio. Las heridas bajo escandalosos parches de sangre, la agresividad de Kyo ante la idea de dejar a Yagami, incluso tras haber insinuado que la familia de este, abarcaba intensiones asesinas. Y finalmente, Ver a Kyo Kusanagi, con aquel gesto entre sus manos parcialmente entrelazadas, tan fácil de malinterpretar…
– Ahhh, deja de pensar idioteces. –habló Benimaru para sí mismo. Estaba exagerando un simple gesto desinteresado e irrelevante para la situación. Se levantó resignado, darle más vueltas al asunto solo le generaba más incógnitas. Tendría que hablar con Kyo primero y conocer sus intenciones. ¿Qué pensaría hacer tras despertar?
El rubio se detuvo frente a la puerta del cuarto de huéspedes. Yagami continuaba sumergido en un sueño sin retorno. No había dado señal alguna de consciencia en todas las horas transcurridas, aparte de los ruidos sonámbulos causados por pesadillas.
Si la herida que sufrió en la cabeza era más grave de lo esperado y no conseguía despertar. ¿Qué planearía hacer Kyo al respecto? A pesar del desprecio que el rubio sentía por Yagami, considerar un daño de esa magnitud en él, le generaba una sensación desagradable.
Suspiro con tedio, solo estaba exagerando nuevamente, con seguridad él reaccionaría pronto, tornando la situación aún más molesta.
Resolvió salir a buscar algo para comer. Ese par de idiotas despertaran con hambre, pensó.
La luz danzaba con poca intensidad en el cuarto, adaptar los ojos al despertar le fue fácil. El cuerpo le dolía como si hubiese entrenado sin descanso por días enteros. Había dormido tan plácidamente que no recordó al principio donde se encontraba.
Miro a su alrededor regresando a la realidad. Tenía el torso desnudo y al buscar su camisa, encontró en su lugar sobre la mesa de noche, una muda de cambio. Una camiseta demasiado pequeña para su gusto y un jean un poco más ancho.
Kyo ignoro las prendas por el momento y camino con torpeza somnolienta fuera de la habitación. Primero tenía que ver como estaba Yagami. ¿Habría despertado ya? El silencio en sala no le dio muchas esperanzas.
Benimaru no estaba, lo cual no le extraño. Que ellos llegaran a su casa no significaba que él tuviese que cambiar sus planes o rutinas.
Se recostó en el marco de la puerta y observó a Iori desde el dintel. Respiraba con lentitud en la misma posición. Bajo su mano las sabanas estaban retorcidas.
¿Le habría buscado en sueños en ese espacio vacío? Miró su propia mano pensativo. La noche anterior el contacto de Iori pasó de ser doloroso a un toque delicado, necesitado de arraigarse a algo real. Kyo en medio de la somnolencia había regresado aquel gesto con su mano en un silencioso "Aquí estoy"
Observó el rostro inmutable del durmiente ¿Qué habría soñado Iori en aquel momento? ¿Qué soñaría ahora? ¿Por qué demoraba tanto en despertar?
Kyo apretó el puño contra su pecho recordando a Yuki. Ella no había reaccionado y aun desconocía su estado. Aquello le perseguía atormentándolo y deseó que su padre cuidara bien de ella, algo que él no pudo hacer.
– Tú no puedes ser alcanzado por ello. ¿Eh Yagami? – hablo Kyo con leve tensión en la voz. La respuesta fue un corto silencio, seguido por un leve gruñido entre sueños, las sabanas se retorcieron bajo las manos del pelirrojo. Kyo sonrió con amargura, solo estaba paranoico, Iori poseía una voluntad inquebrantable, no caería fácilmente ante nada.
La puerta resonó al fondo de la sala, el castaño caminó al encuentro de su amigo. Benimaru entró con un par de paquetes, tiro las llaves sobre el sillón y cruzo pasando de largo.
– Oi Kyo, que bueno verte levantado, has recuperado un poco el color. –saludo jovial entrando a la cocina–. Toma asiento te serviré algo delicioso, debes estar hambriento.
Al no considerarlo una prioridad en aquel mar de sucesos, la alimentación del Kusanagi había sido un total desastre los últimos días. Ante la mención de comida y calma para disfrutarla, Kyo sintió una fuerte compresión en el estómago. Estaba famélico.
Benimaru entrego un plato a rebosar, este contenía trozos de cerdo y pollo en salsa de Soya, algunas rodajas de Sushi con su respectiva especia y verduras salteadas. El castaño olvido los modales y devoró la comida con ansias.
– Oye Kyo tranquilo, si quieres más, hay de sobra. –hizo una pausa y sirvió té helado en uno de los vasos frente a su amigo–. A menos que Yagami sea un devorador de mundos, alcanza para repetir todo. –habló Benimaru con su casual burla. Kyo se detuvo en seco y miro al rubio.
– Yagami, él. ¿Ha reaccionado en algún momento? –su mirada expectante dejaba entrever un leve desazón.
– No. Al menos no que yo lo haya notado. –el rubio comió un par de vegetales, dando una mirada indagadora a Kyo–. ¿Estas reconsiderando llevarlo a un hospital?
– No. –respondió el castaño airado. Parecía tener una cuestión sin resolver entre manos. Un silencio corto acogió a ambos hombres, Kyo siguió comiendo con un semblante pensativo. Benimaru se detuvo tanteando bien las palabras que quería expresar.
– Tu madre me contactó hace un par de días. –hablo el rubio, sirviendo un poco más de té en el vaso. Kyo se tensó–. Está muy preocupada por ti, deberías hablarle de tu regreso.
El castaño mordió distraídamente un trozo de pollo con ajonjolí.
– Lo haré. Pero no aún. – Benimaru lo miro con dureza.
– Sabes Kyo. En lo que están metidos ustedes…es complejo y peligroso. Que planeas hacer ¿Eh? Aparte de cargar a Yagami en ese estado, no veo que podríamos lograr al respecto. –hizo una pausa y bebió té despreocupo–. Habla con tu familia Kyo. Ellos pueden encargarse de todo y no estaríamos solos contra lo desconocido.
– No. No estamos juntos en esto Benimaru. –el rubio le miró sorprendido, casi indignado–. No quiero involucrarte. No quiero a más de las personas que aprecio enredadas en medio de asesinatos y desapariciones. –las palabras de Kyo salieron honestas y dolientes.
– Agradezco todo lo que has hecho por mí. Prestarme tu casa para cuidar nuestras heridas, sin importar el riesgo que conlleva en este momento que estemos aquí. Eso es suficiente. Gracias por tu apoyo Beni. Te debo una grande. –la sonrisa sincera de Kyo golpeó a Nikaido con desazón. No entendía por qué un sentimiento de culpa lo abarcaba ante aquellas palabras.
Comieron en silencio, que al cabo de un rato se hizo incómodo.
– No planeo quedarme mucho –espeto Kyo tras terminar de comer, observando la expresión inconforme de su amigo –. Esperare a que Yagami despierte, atenderemos algunos asuntos pendientes y contactaré al viejo. Para ese momento tendré muchas más respuestas y podré ayudar a todos. Estaré bien no te preocupes.
Benimaru se tensó ante la afirmación de partida de Kyo, insistir en ayudarlo no llegaría a nada, salvó acabar con su paciencia y apresurar el deseo de mantener distancia. Los peligros que acechaban al Kusanagi no era algo que podía pasar por alto, por más que este hablara con seguridad e indiferencia. Tampoco confiaba en Iori Yagami y se negaba a entender porque Kyo si lo hacía. Benimaru sonrió disimulando su tensión con facilidad.
– Oi Kyo, no pensaras en dejarme fuera de esto así sin más. No esperes que te deje en paz mientras te persiguen asesinos a sueldo. Sabes que cuentas conmigo y si no puedo vigilar de cerca, pues más te vale mantenerme informado. –hizo una pausa e insulto con la mano a Kyo–. También sabes que puedo cuidarme solo, así que no me trates como a una chica desvalida. Idiota. – Su tono de papa regañón alivio al castaño, el cual rió por lo bajo.
– Lo haré. – respondió animado. Benimaru recogió los platos de la mesa y regreso a la cocina, una sonrisa triste se dibujó en su semblante al darle la espalda a Kyo.
Kyo paso la mano por la pierna apretando la tela del jean, un objeto angulado en el bolsillo de su pantalón emitió un ruido ahogado y tintineante. Iori despertaría pronto y sería cuestión de tiempo para que abandonaran el apartamento.
Yagami estaba casi desnudo y aunque su ropa estuviese inutilizada, dudaba que accediera a usar alguna prenda de Benimaru, como también dudaba de que el rubio facilitara una para él.
Kyo suspiro molesto con ambos, pensar en llevar a Iori a su propio apartamento fue la primera idea que cruzó por su mente al sostenerlo de regreso al auto la noche anterior, pero por más tentador que pareciese aquel refugio, sería el segundo lugar al que accederían tras no encontrar a Yagami en ningún hospital.
Sabía bien que actuaba con paranoia especulando posibles persecutores, pero se sentía más seguro tomando precauciones. Aquel enfrentamiento se había desarrollado con la clara intención de matarlos.
Kyo levanto la mano y acarició pensativo la venda del cuello, dirigiendo una mirada en dirección a la cocina. El sonido de la porcelana chocando al ser ubicada en el lavaplatos llego a él.
Se levantó de repente, decido. Iría al apartamento de Iori y buscaría alguna ropa de cambio para él, con eso sería suficiente para no pasar más tiempo del necesario en casa de Benimaru.
Cuando Nikaido tomo asiento en la sala, escucho el eco de una ducha abierta. Recostó la cabeza en el respaldo del sillón y observo con intensidad el techo pálido de madera. Kyo siempre había sido un tonto egoísta, uno que nunca consideraba en absoluto cuanta consternación causaba a las personas allegadas a él. Pero aun sabiendo eso, no podía evitar sentirse contrariado al pensar cómo proceder para ayudarlo.
Kyo analizo su figura en el espejo del cuarto, la ropa que Benimaru había dejado para él era bastante estrecha, el cuello de la camisa bajaba más de la cuenta, mientras que a la parte baja le faltaba tela. Suspiro irritado por no tener muchas opciones. Le incomodaba ver su reflejo en el espejo, con el torso ceñido en tela delgada, con tanta piel expuesta. Consideró que debía aprovechar el guardarropa de Yagami y buscar algo más cómodo. Y si le molesta, se puede joder él y tragarse la indignación, pensó.
Le causo gracia sentir enojo con Iori por tan solo pensar en su reacción. Algunos aspectos se mantenían intactos en su relación con él. Como carajos Benimaru se metía en esas ropas, el casi no había logrado entrar en aquella camisilla sin dañarla.
Camino incomodo hasta la puerta de salida.
– Ohh pero mira que bien te luce. – hablo Benimaru exagerando un poco la voz. Kyo lo miro con resentimiento sospechando que su intención fue esa desde el principio.
– Cállate.
– ¿Y a dónde vas vestido tan guapo amigo mío? – pregunto manteniendo aquel tono de voz que irritaba al castaño.
– A conseguir algo más decente que ponerme. – respondió Kyo resentido. Benimaru rió ruidosamente sin poder ocultar la gracia que le causaba la expresión apenada de Kyo.
– Si Yagami…
– Si ya lo sé –interrumpió el rubio–. Yo me encargo de él, en el peor de los casos solo lo golpeare un par de veces. – espeto aun divertido Benimaru.
Kyo sonrió con amargura, estaba seguro de que, en el peor de los casos, eso no sucedería.
– No me tomara mucho tiempo.
Conducir el Volvo a través del tráfico citadino era algo completamente diferente a manejar en carretera despejada. Kyo estuvo a punto de chocarse en dos ocasiones, de atropellar a un transeúnte al dar un giro en una esquina muy cerrada e incluso recibió un par de insultos de algunas personas enojadas. Tuvo suerte de no ser detenido por algún personal del tránsito y ser acusado de haber robado aquel carro de lujo. Finalmente, tras un terrible trayecto, entro a la rampa ascendente de la zona de parking del edificio.
Cuadro en el carril indicado y miro con infinito cariño su moto al salir del auto. El Volvo tenía algunos rayones que contrastaban brillantes y alargados en el costado derecho.
– Mierda. –sabía que Yagami no le creería si le decía que habían sido los ninjas antes de huir. Busco el acceso a la parte residencial del edificio, tras sopesar que no debía ser tan costosa la reparación.
El apartamento fue fácil de encontrar, Kyo siempre había tenido un particular encanto sobre las chicas, quisiera o no. Con unas cuantas palabras amables y excusándose con una técnico-mecánica atrasada, logró que la joven le indicara como estaban distribuidos los espacios de parking en relación a los inmuebles del edificio.
Aunque la mirada de aquella mujer lo inspeccionara con descaro, sabía bien que la ropa de Benimaru tenía mucho que ver en ello. Suspiró irritado al ascender los pisos faltantes.
Que Iori tuviera su residencia en la planta superior, no era algo difícil de imaginar.
Miro la puerta dudando por un instante lo que estaba haciendo. Una sensación de Tabú recorrió su cuerpo, como una corriente eléctrica que buscaba detenerlo, como si Iori no fuese más que un imaginario lejano, un ser que llega y se desvanece con la futilidad antinatural de un espectro.
Sonrió ante aquella ocurrencia, pensando que, aunque sabía tan poco de Yagami, sentía que lo conocía mejor que nadie. ¿Tendría Iori una persona como la que había mencionado Benimaru? ¿Alguien al corriente de toda su naturaleza y su forma de ser fuera de los combates?
Ingreso con una timidez inusitada, desde que tomo el Volvo y condujo por la ciudad, sus actos podían ser considerados robo en primer grado y allanamiento de morada. Rio sintiéndose tonto ante aquellos pensamientos. Lo único que debía hacer era tomar un poco de ropa y regresar pronto. Iori estaba tranquilo cuando partió, pero los rezagos del riot en sus ojos le generaba temor por lo que pudiese suceder en su ausencia.
El lugar era un espacio muy iluminado y vacío, ante Kyo había un lobby amplio que daba a unas escaleras descubiertas que ascendían a un segundo piso en madera, rematando en un balcón interno de oscuros barrotes metalizados.
Tras cruzar el lobby, dejando atrás el acceso a la segunda planta, una enorme cocina al costado izquierdo se empotrada en recuadros marmolados ocupando gran parte de la extensión del muro, cortando por los bordes externos con una barra americana en L, simulando la forma de un bar. El salón al extremo derecho tenía una amplitud fresca, tanto como para que cualquier objeto ubicado en la sala de estar se perdiera en una vasta inmensidad. El techo tenia doble altura y la segunda planta limitaba con un balcón abierto al gran salón. Allí debía estar el cuarto de Yagami.
Kyo dio un último vistazo a la pared del fondo, casi la totalidad de su forma estaba compuesta por un enorme ventanal tan traslucido, que parecía no haber vidrio alguno allí. Tras este, sobresalía a mediada distancia un balcón tan extenso como el ventanal.
Un lugar tan enorme para solo una persona, generaba en Kyo una sensación de soledad. ¿Qué sentiría Yagami en aquel lugar? ¿Haría grandes reuniones con amigos?
El castaño no lograba visualizar a Iori siendo un anfitrión jovial y carismático, tenía cierta certeza de que todo aquel espacio era solo para él. Suspiro irritado. ¿Y qué carajos sabía él que hacía o no Iori?
Dio la vuelta intentando despejar todas las inquietudes que le generaba habitar aquel lugar, uno que tal vez Iori no deseaba que él conociera. Se recordó a sí mismo, la unilateral decisión de inmiscuirse en el espacio personal de Yagami.
Subió las escalas esperando tomar rápido lo que necesitaba y abandonar el sitio. En su interior algo pugnaba, Kyo reconocía que buscar algo de ropa había sido solo una mediocre excusa para sí mismo, lo que realmente latía en su interior era aquella mórbida curiosidad por conocer mejor a Iori. ¿Cuándo había empezado a sentir aquel impulso? ¿Cuándo comenzó a querer saber que había tras el semblante de odio que Yagami ofrecía? Recordó por un instante la pelea final con Orochi, la expresión en su rostro al encarar el destino que compartía con el dios, la calma triste con que enfrento a la muerte.
Freno con lentitud al borde de las escalas en el segundo piso, sin poder despejar ese recuerdo. ¿Había sido en ese momento, en el cual deseo por primera vez, saber quién era Yagami?
El cuarto superior era un departamento con la mitad del tamaño del inmueble, la cama de Iori estaba al costado izquierdo, centrada, amplia, extremadamente pulcra, de madera oscura y formas minimalistas.
El espacio opuesto era una clase de estudio rodeado de dispositivos de sonido, estaba entapetado hasta un poco más de la mitad de la planta y sobre este, a manera organizada, descansaban múltiples instrumentos: dos guitarras, un par de bajos, un saxo y una batería. Cualquiera podría descansar en la cama y tener un concierto privado. ¿Era acaso eso lo que Yagami haría con sus amantes? ¿Tocar para ellas tras...? Kyo bufo interrumpiéndose a sí mismo, que demonios estaba pensando, que le importaba que actividades desarrollara o no Iori con sus amantes de turno.
Camino deseando no haber entrado allí. Deseando que aquellas cuestiones absurdas que se planteaba incansablemente, dejaran de presionarlo. Optó finalmente por el cuarto de baño al no visualizar ningún closet.
Al cruzar la única puerta de la segunda planta, Kyo se ubicó frente a un amplio vestier de techo alto con estructura de madera esmaltada. Al extremo derecho de este, se situaba la entrada al lavado.
Se acercó a los compartimientos del costado derecho donde yacían prendas dobladas como libros, en perfecta armonía geométrica. Separo algunas ropas y tomo un par de colores sobrios, desordenando la pila organizada de tela, no quería detenerse a elegir nada en particular.
Indago rápidamente entre la ropa colgada y al arrastrar una chaqueta larga de cuero fuera de su gancho, Kyo vio una desgastada media luna plateada que se revelaba en la prenda siguiente. Esta era la chaqueta que Yagami usaba para los ya lejanos torneos de KOF. Estiro la mano dubitativo tomando la tela entre sus dedos.
Su tacto era rígido, aunque suave. Se denotaba desgastada y quemada en algunas partes, con leves cortes que se extendían de la base de las mangas y la media luna cocida pulcramente, se deshilachaba en algunos bordes. ¿Por qué guardar algo así? Pensó. Pero recordó que el mismo tenía su viejo uniforme raído en el armario de su cuarto, en la casa familiar.
Sonrió mirando la prenda. En aquella época no hubiese podido imaginar que llegaría a estar allí, bajo esas circunstancias. Buscando un cambio de ropa en el apartamento del mismo Iori Yagami, herido bajo su cuidado. Dejo que la tela se deslizara con lentitud entre su mano y giro hacia el lado opuesto.
Se aceró a los entrepaños del centro del vestier y buscó una camisa sencilla. Ya que había invadido descaradamente el lugar, se tomaría la libertad de usar otra prenda sin permiso. Por fin tomo una de la segunda fila, bastante sobria y aunque con escote un poco pronunciado, mucho más holgada que la que llevaba puesta.
Algo llamo la atención de Kyo en el entrepaño superior. Cruzo la vista entre algunos perfumes rodeados de una vasta variedad de cadenas colgadas de pequeños garfios de hierro, incrustados en la madera. Una imagen reposaba en el fondo.
¿Una foto suya? Miro Kyo entre estupefacto y escandalizado. No era una foto, era un recorte. Un retazo de papel perteneciente a un periódico, una vieja noticia cortada donde anunciaban el ganador de KOF muchos años atrás. Era él, Kyo Kusanagi. La imagen era un close up a su versión más juvenil en posición de victoria. ¿Por qué? Pensó Kyo confuso. Tomo el recorte de periódico y lo hizo arder entre sus dedos.
Una sensación extraña lo embargaba, estaba molesto, sentía desagrado hacia sí mismo, hacia aquella sensación que no repelía en absoluto la obsesión de Iori consigo.
Apretó la ropa de mala gana y abandono el apartamento en un silencio pesado, sin mirar atrás. No debió haber ido allí y distraerse pensando en aspectos irrelevantes de la situación que los perseguía. Debía enfocarse en lo importante y no husmear satisfaciendo su curiosidad. Deseaba que aquel sentimiento desagradable se esfumara.
Kyo condujo con extrema comodidad su propia moto, respirando el viento frío de otoño que se filtraba por el casco y le refrescaba el rostro. Le había tomado más tiempo del planeado invadir la propiedad de Yagami, pero estaba tranquilo dado que su celular no registraba llamada alguna de Benimaru.
Freno en uno de los cruces principales de la ciudad y observo un mar de transeúntes cruzar entre murmullos y risas. Todas las personas tan ajenas a su entendimiento y a la vez él tan abstraído del mundo. Los miraba caminar en un caos organizado, extraño e irreal. La imagen de la multitud se alejaba por lapsos y los susurros de la miríada de voces revoloteaban a su alrededor, demasiado cerca para pertenecer a la multitud.
– Kusanagi. – entonaron varias voces en una cacofonía escalofriante. Un frío denso recorrió la columna del castaño al no poder mover su cuerpo. ¿Qué es esto? Pensó alterado.
– ¡Beeeeeeeep! – un zumbido leve y apagado se extendió como un eco, para luego transformarse en un pitido intenso a su espalda. Kyo dio un respingo confuso, el conductor detrás suyo, junto con otros dos, apretaban sus bocinas con furia. El semáforo anunciaba el cruce para los vehículos.
Kyo desvió la moto a un costado de la calle, miró a su alrededor alterado, varios peatones lo observaban con curiosidad desde el semáforo en espera. No entendía que había sido aquello, se había ausentado de la realidad unos segundos. Su corazón estaba retornando a su ritmo normal. Kyo aceleró la moto, debía regresar lo mas pronto posible.
Esperaba que Iori ya estuviese consciente, si eso era lo que Yuki y él habían experimentado, era una terrible señal. Pero como saberlo, había sido solo un lapso irrisorio sin efecto relevante.
Los pensamientos estaban siendo acompañados de sentimientos confusos para el castaño, desde que salió del apartamento de Yagami. La carta de Chizuru, el ataque en el templo, el padecimiento de Yuki, las personas cercanas bajo un peligro desconocido. Todo giraba en su mente, mientras él estaba estático, sin poder hacer mucho al respecto.
Un enojo creciente embargaba a Kyo, allí estaba nuevamente la impotencia de no saber qué hacer mientras los sucesos no detenían su curso. Maldijo a Yagami por seguir inconsciente.
La puerta del apartamento se abrió, Benimaru saludo a Kyo con una sonrisa forzada, pero el castaño no se percató del gesto. Cruzó rápido pasando de largo y se plantó en el dintel del cuarto de huéspedes. Iori continuaba postrado en la cama, sin consciencia alguna. Una toalla pequeña y húmeda, estaba posada en su frente. Su respiración exhalaba una absoluta calma, casi comatosa.
– Maldición. – gruño el castaño y golpeo con fuerza el marco de madera. Se acercó con brusquedad a Iori, tiro la ropa al sillón contiguo a la cama y tomo al pelirrojo por los hombros, sacudiéndolo. – ¡Cuando piensas despertar! Maldita sea Yagami. – hablo fuerte.
Iori frunció el ceño y Kyo lo miro con expectativa de que abriese los ojos. Pero este tras un leve gruñido, ya casual, regreso a la quietud absoluta.
Kyo agacho la cabeza, frustrado, sus cabellos rozaron el hombro de Yagami. Lo soltó dejándole caer suave en la almohada. La impotencia subía como oleadas de ira contenida. ¿De que le servía Iori en ese estado? Salió molesto de la habitación.
Benimaru estaba recostado en el muro de la sala de estar, miró a Kyo con triste seriedad.
– Necesita atención profesional Kyo. Según Kaori debió haber recuperado la consciencia hace ya bastantes horas.
Kyo apretó los puños y negó con la cabeza en silencio, tenía la vista inclinada hacia el piso y los hombros tensos. Benimaru suspiro cansino.
– Has hecho lo que has podido por él. No seas terco Kyo.
– Ya te dije que no es una opción que considerare. –apretó los dientes, sin estar seguro de que rumbo tomar, pero resuelto–. Me iré y lo llevare conmigo, inconsciente o no. Va a tener que despertar tarde o temprano y lo necesito.
Benimaru miro a Kyo con sorpresa y enojo. Como podía ser tan cerrado en cuestión a Yagami, se notaba frustrado, dubitativo, y aun así partiría sin tener una idea segura, sin ningún plan, exponiendo a ambos a cualquier giro inesperado. Cuanta insensata obstinación, pensó irritado Benimaru.
– Me temo que no te he dado muchas opciones. –habló cansino el rubio acercándose a Kyo–. No puedes irte ahora.
Kyo levanto la vista irritado, enojado. No estaba preguntando si podía marcharse, se iría de allí con o sin el consentimiento de Benimaru. Era la primera vez que lo miraba directamente tras regresar. El rubio, parado a un metro de distancia, lo observaba callado. En medio de su silenciosa seriedad, se notaba un poco afligido, como alguien a punto de dar malas noticias.
– ¿Sucedió algo? – pregunto con cautela Kyo. Pero la respuesta que llego fueron dos golpes secos en la puerta. Kyo paso su vista de Benimaru a la entrada del apartamento algo confundido.
– Lo siento. – dijo el rubio.
Kyo apretó los puños entendiendo la situación y ofreció a su amigo una mirada cargada de profundo resentimiento y odio sincero. Benimaru se acercó a la distancia de un susurro, con una frialdad inusual.
– Ellos no saben que Yagami está aquí, no se los dije. Es mejor que no te resistas.
La ira arremolinaba en el pecho de Kyo, hiriéndolo. Traicionado por su mejor amigo. Nikaido camino hasta la puerta del cuarto donde yacía Iori y la cerró. En la entrada del apartamento impactaron con más fuerza, dos nuevos golpes.
– Es lo mejor para ti, para todos. Abre. – Espeto el rubio con mirada lamentable. Kyo apretó los dientes, un brillo iracundo bailaba en sus ojos. Comprendía a Benimaru, sabía que sus intenciones era mantenerle a salvo, pero no se sentía capaz de perdonarlo. En ese preciso momento odiaba con creces la incapacidad del rubio de confiar en él. Si las palabras de Chizuru eran correctas, aquellas personas que vigilaban a su familia podían ser las mismas que buscaban controlar los movimientos de los Kusanagi. Ahora cualquiera podría transformarse en el verdugo del clan.
– No lo entregues a los Yagami. –habló Kyo en un tono bajo, amenazante, refiriéndose a Iori–. Regresaré.
Caminó en dirección a la salida. Respirando ira y exhalando calma, buscando la docilidad necesaria para evitar sospechas. Con Iori a tan pocos metros de las manos Kusanagi, no se atrevería a arriesgarse.
La puerta se abrió lenta, tras esta reposaban tres hombres altos, fornidos con traje elegante. Uno de ellos de edad avanzada con cabellos entrecanos se acercó a Kyo. Llevaba gafas oscuras que ocultaban la mirada, acentuando su expresión de póker, tenía la piel marcada con tatuajes que sobresalían de las mangas y el cuello.
– Kyo Kusanagi, el señor Saisyu y la señora Shizuka esperan por usted. Por favor acompáñenos.
– Ah. Hasta que enviaron niñeros a buscarme. Y dígame, anciano ¿Tengo que ir hoy mismo? – habló Kyo casual con cierta altanería. Ocultando los intensos deseos de quemar a todos.
– Me temo que es un asunto que no puede esperar. Joven Kusanagi. – puntualizo el hombre mientras sus dos enormes acompañantes se acercaban más al interior. Un par de miradas indagadoras recorrieron a Kyo, desviándose al interior del apartamento. Kyo se tensó sin poder controlar del todo su semblante amenazante.
– Es una lástima que no puedas quedarte Kyo. –se acercó el rubio a los hombres, cerrando la entrada al lobby–. Pero no te preocupes, por aquí estará todo igual por si quieres regresar. – hablo Benimaru jovial posando una mano amigable en el hombro del castaño.
– Tu madre debe estar preocupada, no la hagas esperar más, hijo prodigo. – Sonrió amistoso el rubio. Kyo proyecto un gesto tenso y resentido en un intento de regresar la sonrisa de Benimaru.
El castaño se alejó a paso apresurado en medio de los tres hombres que, perdiendo el interés en el interior, lo escoltaron fuera del edificio.
Benimaru se sentó airado en el sillón, cubriéndose el rostro con las manos. Le había tomado muchas horas decidir aquello, pero ahora Kyo estaría más seguro. Aun así, la culpa le pesaba terriblemente y la cuestión de Yagami seguía presente.
No lo entregaría a los Yagami, eso Kyo lo había dejado muy claro, pero solo le daría 12 horas más para recuperar la consciencia. Si tras ese tiempo transcurrido no daba señales de mejora alguna, lo dejaría en manos de profesionales. En el estado de inanición en que se encontraba, tras esas heridas, sumadas a la pérdida de sangre, no quería ni pensar en que podría morir allí mismo por desatención. No le tenía ningún aprecio hacia Iori Yagami, pero tampoco pondría en riesgo su vida.
Iori estaba ganando control del vacío, de la ausencia. Podía desplazar la consciencia en una amplitud infinita, logrando escuchar las voces que no pertenecían a la sangre. En el lapso de la absoluta quietud del firmamento, cuando se sentía seguro, lejos del dolor tajante de aquella mujer, los susurros de la bestia, eran meros murmullos que sonaban como un ronroneo.
Ahora entendía mejor de manera intuitiva la reacción de la maldición, ella se defendía del contacto, ella luchaba por evitar ser amarrada y también caía agotada tras cada encuentro con el espectro. Perdió la cuenta de cuantas veces habían luchado ya por romper el vínculo que lo dragaba a la tortura de aquella mujer, esa misma conexión que intentaba rastrear su ubicación. ¿Qué clase de ritual monstruoso se valía del terror y el dolor de otros para localizar a alguien? No alcanzaba a comprender del todo la naturaleza de dónde provenía el espectro, le era imposible soportar el sufrimiento que acarreaba dejarse llevar y no resistirse.
Resistir el vacío o resistir el dolor. Al menos ya lograba diferenciar que ninguna de esas opciones eran la realidad. Su último contacto con el mundo fuera del sueño, había sido un toque cálido en la mano, una sensación de no estar solo, pero solo lo había logrado mantenerla dejándose dragar. Percibir lo físico a modo subjetivo era demasiado extraño para razonarlo.
Al salir de los estados debilitantes de la tortura, se acunaba en la nada dejando que su consciencia se perdiera volátil por eones. ¿Cuánto tiempo llevaba así? Era incapaz de diferenciar las medidas de tiempo en el limbo de lo onírico. ¿Cuánto tiempo ha transcurrido ya, allí donde sí se puede contabilizar?
Iori acuno su consciencia una vez más en el vacío, permitiendo una rendición temporal para recuperar la cordura, si es que aún tenía alguna. Un susurro enmudecido hizo eco en la vastedad del infinito. En crescendo las palabras llegaron claras y concisas, siempre una y otra vez llegaban a él, las palabras de Kyo.
"Cuando piensas despertar. Maldición…Yagami." Escucho las palabras, las sintió como un tacto brusco en su ser.
– ¡Si sirvieras para algo ya me habrías sacado de aquí, maldito Kusanagi! – gritó enfurecido. Y por un instante tuvo un nuevo contacto con la realidad fuera del sueño, con el despertar. El cabello de Kyo rosaba su piel, la respiración tibia del castaño llegaba al cuello de Iori en oleadas de frustración. Nuevamente fue dragado a la nada.
– ¡No. Maldición! – Grito iracundo, desesperado. Las voces de la bestia acrecentaron su volumen, sabía que venía a continuación. Esa era la única manera de salir de aquel estado desconocido de trance.
– Regresa aquí maldito Kusanagi. – espeto con fuerza mientras nuevamente era dragado al trágico y oscuro vínculo con la mujer y el espectro.
El dolor regreso, lacerante, profundo. ¿Cómo podía aquella mujer soportar tanto daño y seguir viva? ¿Acaso ya habría muerto y la remanencia del ritual se reflejaba en él, hasta lograr encontrarlo? la sensación de morir sin llegar a hacerlo, el terror a ese estado, la tristeza de perder algo más allá que la vida. Iori enfrento todo lo que arraigaba mantener aquel contacto, buscando despertar de aquella pesadilla.
Sabía que esta ocasión era la definitiva, ganar o morir. O lograba soportar el impacto del espectro, enfrentarlo y despertar o tenía la sospecha de que no habría retorno del daño causado a su cuerpo. "Cuando piensas despertar" resonaron las palabras como un eco en la memoria.
– Solo háblame maldito Kusanagi. Eres lo único que puedo percibir, la única voz que me arrastra a la realidad.
La bestia se alzó exultante ante la llegada del espectro.
Benimaru abrió la puerta de la habitación de huéspedes tras varios minutos de meditar el asunto.
Las sábanas de la cama estaban revueltas, parcialmente posadas sobre el colchón con la mayor parte caída. Un rastro fresco de sangre humedecía la almohada recorriendo su extensión, salpicando la sábana. Iori estaba en el piso arrodillado, con su figura encorvada, ahogada, luchando por respirar. Miro a Benimaru y emitió un gruñido áspero por la falta de aire, de sus ojos rojos carmesí, resbalaban hilos delgados de sangre, un fulgor escarlata revoloteaba en el iris de su mirada bestial.
– Mierda. – hablo bajo Benimaru retrocediendo un paso asustado. Había escuchado algunos ruidos en la habitación cuando se acercó a cerrar la puerta, justo antes de que Kyo atendiera el llamado de los Kusanagi, pero no los atribuyo a algo diferente de los sueños de Yagami.
Desgraciadamente no había sido ningún estado sonámbulo del sueño. Eso, era el disturbio y él lo conocía muy bien.
Aquella figura de Yagami era aterradora, más demencial que la anterior en el bar. Maldijo a Kyo mil veces cuando Iori se incorporó del piso con sed asesina en la mirada.
Tras unos pasos dificultosos, ahogado por la sangre, sin poder absorber ni un poco de aire, Yagami se desplomo a los pies de Benimaru. Su respiración cesaba debilitada, en un silbido de muerte.
