Kyo exhalo irritado. El vaho de vapor flotó lento a su alrededor, el exterior estaba álgido a pesar de ya superar el medio día. Estaba sentado en los escalones que daban al jardín, había perdido la cuenta de las llamadas realizadas y su frustración crecía exponencialmente a cada respuesta del buzón.

Dirigió una mirada enojada al único automóvil en el garaje. Tras un par de horas de intentar contactar a Shizuka sin éxito, tuvo toda la intención de abandonar la cabaña renunciando a todo el plan hipócrita que había montado Yagami, pero las llaves del Volvo no estaban. Aunque había revuelto toda la habitación de Iori, no encontró nada relacionado con el auto.

El maldito infeliz debe tenerlas consigo, pensó acrecentando su disgusto con el pelirrojo. Su intención al salir de la zona había sido dejarlo sin posibilidades de regresar a la ciudad.

Exhalo nuevamente con irritación y detallo lo único que había llamado su atención tras registrar el cuarto principal de la casa. De la mano de Kyo pendía un retrato pequeño, la foto tras el marco revelaba a un hombre mayor con un Hakama tradicional, tenía porte alto y contextura maciza, con cabellos claros entrecanos. A su lado estaba una mujer muy menuda y hermosa, sus cabellos tan oscuros como el ala de un cuervo y una mirada dócil casi enfermiza. La joven cargaba entre sus brazos a un bebé envuelto en sabanas de satín violeta oscuro. Bajo la tela que cubría la frente del pequeño adormilado, se escapaban delgados cabellos rojizos. Kyo miro la fotografía airado, ver a la versión párvula de Yagami le traía algo de calma socarrona y a la vez una punzada de temor que le hizo reiterar la llamada a su madre.

Colgó maldiciendo una nueva respuesta del buzón, intentando no destrozar el aparato con la mano. Se levantó del escalón respirando a profundidad el aire húmedo, proveniente de la lluvia contenida.

Debía calmarse, consideraba que estaba actuando casi con histeria a causa de la certeza desconocida de que algo había sucedido y la frustración de no poder actuar. No tenía la seguridad de que fuese así, pero no lograba justificar la angustia que lo embargaba.

No era presa de ninguna alucinación que le afectara como Iori le había descrito, no podía estar tan mal como lo sentía en su interior. Solo Yagami había salido después de asegurar que era peligroso, su madre no respondía las malditas llamadas y Yuki…no sabía nada de ella.

– Maldición –gruño Kyo por bajo.

Estar solo a la expectativa de algo terrible e impredecible palpitando en la consciencia era insoportable. Miro más allá de la miríada de árboles y el cielo tormentoso respondió su atención con un destello lejano que se bifurcó como raíces de luz. Se sentía solo, sin tener el más mínimo control de nada. Miró su mano desnuda y pálida por el frío ¿En qué momento se había vuelto tan dependiente?

Toda su vida desde pequeño había estado rodeado de personas. Durante muchos años habían estado allí para él, su familia, Yuki, sus amigos, incluso Yagami, el cual siempre le daba la seguridad de retornar en cualquier momento para enfrentarlo. Después de NESTS esa dependencia debió haber desaparecido, pero de alguna manera se acrecentó con el paso de los años.

Kyo tomo otra bocanada helada del ambiente, se sentía presa de la sensación de estar a punto de perderlo todo, un temor insensato que no le pertenecía la noche anterior y que llego repentino tras aquella pesadilla. ¿Provenía aquella sensación de alguien que habían atrapado? La sola idea de su madre siendo abducida por extraños generó en Kyo un vacío que se apodero del estómago.

– Cálmate Kusanagi –se dijo a sí mismo apretando con fuerza, que se tornó dolorosa, la herida del abdomen–. Fue solo una maldita pesadilla.

Decidió regresar al interior cálido de la cabaña, comer algo y tomar un baño rápido para cambiar las vendas. Al cerrar la puerta otro trueno despunto, impregnando de visos blanquecinos la sala de estar, rugiendo con furiosa amenaza segundos después. Kyo apretó el retrato con rabia. ¿Dónde demonios estas Yagami?

Iori era consciente de los riesgos al encontrarse con un sirviente de los Yagami, pero consideraba más peligroso estar a oscuras ante la situación actual. Saíto había sido durante años, el más leal ayudante de su padre. Un ninja que informaba de todos los movimientos adversos, al líder Yagami. Tras la muerte de este, el hombre se presentó ante el pequeño Iori asegurándole su devoto servicio. Pidió al joven líder guardar el secreto de su naturaleza y que nadie más, salvo las manos derechas que gobernarían el clan con él, conociera su existencia.

Cuando Iori tuvo edad suficiente para asumir decisiones importantes dentro de la familia, Saíto le visitaba furtivamente todas las noches previas a las reuniones, informándole de todo lo que se desarrollaba detrás de los asistentes.

Le tomo mucho tiempo aprender a evadir aquel ninja cuando viajaba a otras ciudades, pero a pesar de la casual reticencia a su propia familia, Iori siempre deposito una particular confianza en su labor.

El pelirrojo soltó una alargada cantidad de humo y observó la ciudad extenderse bajo un cielo grisáceo e invernal. Pensó en Kyo, en su reacción tras leer aquella nota y le divirtió pensar en lo molesto que debía encontrarse. Dejarlo apartado de cualquier acción insensata no parecía ser algo justo, sabiendo que él se encontraba allí haciendo exactamente lo que le había negado al castaño, pero no quería que este se expusiese a peligros innecesarios con esas heridas. Si Kyo lo odiaba un poco mas no haría gran diferencia en su rivalidad. Una sonrisa amarga se extendió inconsciente Ya se había tornado familiar la intención de mantener a salvo al Kusanagi.

– Mi señor – la voz grave de un hombre mayor llego a espaldas de Iori.

– Saíto, tiempo sin verte. –saludo Iori con frivolidad.

– Se ha encontrado por mucho tiempo ausente joven líder. –habló condescendiente el hombre de cabellos canos por la edad.

– Dime Saíto ¿Que está sucediendo en el clan? –preguntó detallando al conocido ninja. Este tenía la apariencia de un ciudadano casual de ropas medianamente elegantes, oscuras y la mirada afilada de un viejo zorro.

– Joven lider, la segunda mano cayó sorpresivamente enferma hace más de un mes. El señor Yamato, que había tomado el control del clan en su ausencia, fue asesinado hace poco más de una semana. Su esposa Mika anuncio ante el concejo Yagami la sospecha de un asesino interno, dadas las particularidades en las que su marido desapareció. Ella se tomó la libertad de asumir el rol temporal de Yamato Yagami, ya que la segunda mano continuaba convaleciente. Su ausencia y la de mi señor hizo resentir la autoridad de Yamato y tras su muerte hubo mucha incordia al Mika tomar el control de los asuntos del clan como única ponente. –el hombre hizo una pausa corta donde se posiciono justo al lado de Iori–. Mika Yagami se ausento hace cuatro días de su casa y ahora su hija Asami, la prometida de mi señor, ha reportado como desaparecida a su madre y…me ha sido imposible localizar a la segunda mano.

Iori apretó los dientes, los guantes de cuero rechinaron por la fuerza aplicada ¿Desde hace cuánto tiempo estaban planeando todo esto? Pensó.

– ¿Cómo está el clan ante las perdidas, quien asumió el mando? –pregunto Iori mirando el horizonte citadino, evitando que Saíto percibiera la furia que rebullía dentro de sí.

– El clan nunca ha estado más centrado mi señor, su tío Takeshi ha cambiado algunas políticas tras asumir el liderazgo, por concesión de los viejos sabios. Han dispuesto recursos para la institución de un grupo armado. El señor Takeshi parece estar formando un ejército privado bajo el nombre de la familia. Ha mantenido reuniones ocasionales con algunos ministros del gobierno como también algunos miembros de la familia real. Siento no poder informarle más al respecto, desconozco la situación y me ha sido imposible obtener información al respecto. –puntualizo el hombre.

Iori guardo silencio. Recostó el cuerpo en el capo del auto ¿Ejercito privado? ¿Diálogos gubernamentales? ¿Era Takeshi el culpable de todo? ¿Habían planeado arrebatarle el Magatama para borrarlo del clan y darle un giro diferente a la historia de los Yagami? Si los ancianos estaban detrás de todo, eso quería decir que… ¿casi todo el clan estaba involucrado en la traición? Iori se llevó una mano al rostro sorprendido por la revelación.

– Asesinaron a toda la oposición. –rió sardónico, bajo, con el rostro aun entre los dedos–. ¿Quién podría interponerse si todos estaban confabulados? –habló quedamente con un salvajismo demencial en la mirada. Saíto lo observó preocupado, pero no dejo que Iori denotara en su inquietud.

– No puedo asegurar las palabras de mi señor, aunque es una sospecha bastante acertada. Pero desgraciadamente los problemas del clan distan de acabar joven lider. Está la cuestión de la guerra no declarada del clan Yagami en contra de los Kusanagi. Aunque ninguna de las partes ha anunciado el conflicto, se han desatado atroces enfrentamientos tras la muerte de varios miembros de la familia Kusanagi. Ellos aseguran que el clan Yagami ha sido culpable de una serie de asesinatos, que yo puedo dar fe en parte, de que es falso, por lo menos en la mayoría de estos. Debe cuidarse joven señor, las intenciones del clan Yagami para con usted me son desconocidas, pero tengo alguna información que podría serle de ayuda. –el hombre saco de la gabardina una USB y se la extendió a Iori–. También debe evitar el contacto con cualquier Kusanagi, ellos buscaran matarlo sin miramientos. Aún desconocen que el líder actual de la familia Yagami no es usted.

La más profunda ira revoloteaba en el pecho de Iori, las voces pertenecientes a la sangre de Orochi reían al unísono en la lejanía. El deseo desbordante de asesinar a Takeshi lo ahogaba y aunque le importaba muy poco el liderazgo del clan, una posesividad intensa ante la idea de que le fuera arrebatado su derecho natural, lo llenaba de un odio ensordecedor. Un deseo innato de recuperar lo que era suyo, mezclado con el desprecio discordante que tenía hacia los suyos lo invadió. Estiro la mano recibiendo la USB con inmutable calma, recuperando la compostura. Las voces en su interior se hicieron escuchar resonando con la furia contenida.

"¡Mata al maldito traidor! ¡Mátalo!"

– Me temo que es todo lo que puedo hacer por usted joven líder. Estoy siendo buscado por miembros ajenos al clan, posibles enviados de Takashi. Sospecho que alguna de las manos, antes de morir, debió revelar la existencia y el rol que tenemos nosotros en el legado de la familia. Varios de los ninjas bajo mi servicio han muerto y me están siguiendo muy de cerca. Esa es la razón por la cual tras haber usted solicitado mi presencia días atrás, apenas ahora pude encontrar la manera de acceder a nuestro encuentro. –el hombre se inclinó ante Iori haciendo una reverencia–. Deseo que mi señor perdone a los Supaida por retirarse en momentos tan adversos. Desgraciadamente muertos no seremos de utilidad al clan Yagami. Debemos recuperar el bajo perfil que nos permitió caminar entre las sombras en antaño.

Iori miro al hombre, sus cabellos canos perfectamente organizados contrastaban como plata opaca entre la tela oscura de la gabardina. No necesitaran ayudar a nadie cuando yo termine con todo esto, pensó con una calma asesina, pero guardo esas palabras para sí.

– Gracias por su valiosa labor jefe Supaida.

– Gracias mi señor. "Nuestros ojos seguirán atentos y nuestros corazones comprometidos, aunque nuestros cuerpos estén ausentes". –acoto Saíto, recitando un segmento del pacto de los Supaida con los Yagami. Una parte del poema que aquel mismo hombre, muchos años atrás, habría recitado ante pequeño Iori–. Manténgase alejado y seguro señor.

La fría calma que reposaba en el rostro pálido de Iori dio a Saíto la seguridad de que sus advertencias no eran escuchadas. El viejo ninja desapareció tras ver la espalda rígida del ultimo panteón del legado Yagami en pie.

Luego de un baño nada corto con agua no muy lejana al estado de ebullición, Kyo se encontraba mejor. Aquel sentimiento de pérdida lo había abandonado tras un par de horas intentando evadir la fatalidad que reptaba. Estaba en el amplio estudio, pensando que leer algo podría distraerlo lo suficiente hasta que el maldito Yagami llegara o la maldita llamada fuera contestada por Shizuka, eso o quemaría todo el maldito lugar al anochecer.

Rió cansino, parecía haber una maldición de su parte entre un pensamiento y otro, sucumbiendo con facilidad a la ansiedad causada por la incertidumbre.

Kyo puso el celular de mala gana un lado de la biblioteca, sobre el minibar. El golpe seco sobre la madera disparo los seguros de la puerta tallada y esta chirrió un poco al abrirse. Se disponía a cerrarla, pero un viso cobrizo dentro del cajón atrajo su mano. El cristal pulido brillo dorado al ver la luz exterior fuera del minibar. La botella estaba en un idioma occidental desconocido para Kyo, pero no era algo que le importara, ya que no eran letras lo que él pensaba tomar.

Sirvió el licor en uno de los vasos de vidrio y saco algo de hielo de la nevera pequeña empotrada en la parte inferior. Esto me vendrá bastante bien, pensó. Tal vez así no tenga que quemar la casa, o tal vez así la queme antes, sonrió enojado.

Tomo un largo sorbo y tras resentir el alto grado de alcohol en la garganta, se acercó al extremo izquierdo de la biblioteca. Justo al lado del ventanal donde la arboleda era iluminada por estallidos relampagueantes, todos los lomos de los libros exponían idiomas occidentales. En la parte baja había un compartimiento con puertas de madera corredizas. Kyo posó la bebida a un lado después de darle un hondo sorbo y se agacho discurriendo las puertas a un costado. En el lado izquierdo yacía un gran cajón con un vidrio cobertor, la caja poseía algunas manivelas rusticas y medidores muy viejos, pero en perfecto estado. Al lado derecho se extendía una larga colección de LP. Kyo miro algo emocionado aquel objeto tan viejo, divertido ante lo curiosa que era aquella cabaña y la antítesis vivencial que abarcaba, entre la más alta tecnología y el más rustico gusto artístico.

Desplegó el aparato sobre una mesa mediana, tras deshacerse de una de las decoraciones estorbosas. Lo conectó a la corriente y disperso varios discos en el sillón central, la mayoría pertenecían a bandas de Jazz, viejos pioneros del género. Tomo una oscura caratula con un hombre de tez negra en la portada, Miles Davis/Kind of Blue dictaba el cartón brillante. No recordaba haber escuchado Jazz de la época, a menos que Iori y aquella banda de blues hubiesen tocado algo relacionado a él.

El LP inicio su reproducción con un sonido chirriante al principio, luego el disco se acoplo a la aguja y con los truenos de fondo, la música discurrió casi mágica por la estancia. La caja a pesar de no ser muy grande tenía un muy buen sonido y el salón encerraba muy buena acústica. Kyo se sentó y bebió otro largo trago, vertiendo más del licor dorado en el vaso.

Alexander, pensó, al parecer había sido él quien influyo en Iori aquel gusto por el jazz. El pelirrojo no compartió ningún detalle al respecto, pero en sus palabras siempre había cierta afectación al referirse al anciano.

Nota a nota la música envolvió a Kyo. El Jazz siempre le traía aquel recuerdo lejano de la primera vez que se topó con Iori en un bar. La lluvia llego intempestiva con los truenos. Esa noche también llovía.

Por simple casualidad tras una discusión con Yuki, recordó haberse alejado de la chica y sus acompañantes con uno de los amigos de turno que conocieron en la ciudad, el joven había hablado toda la noche de un lugar en particular, que las mujeres consideraron demasiado aburridor para ser visitado. Kyo rió con el recuerdo, el jamás habría entrado a ese lugar de no haberse peleado con Yuki. Bebió otro trago largo, pensar en ella le traía cierto desasosiego, así que se centró en rememorar solo el lugar.

Recordaba la fachada de mala muerte con un interior afable, casi íntimo. El aire estaba saturado de humo y licores fuertes. Recordaba las luces bajas y las personas ya mayores enfrascadas en sus diálogos, con música muy suave de fondo. El lugar no le impactó mucho de entrada, pero lo que jamás se habría esperado de aquel sitio, era haber visto a Iori Yagami, caminar tranquilo, afable, acompañado por otras personas un poco mayores que él. Todos estaban revestidos de cierta elegancia casual.

Kyo miró el portarretratos arrebatado de su escondite, en la habitación en la que Iori dormía, y que ahora reposaba a un costado del piano. Ver a Iori por primera vez con la docilidad de un amante, disfrutando cada mínimo acorde de la composición musical que interpretaban en conjunto, fue increíble. Al principio no daba crédito de lo que veía, incluso casi pudo haberse burlado, pero luego de un par de canciones cargadas de profundo sentimiento, una punzada de enojo le invadió. Le molestaba verlo tan complacido con otras personas, mientras que a él solo buscaba matarlo sin razón alguna.

El resentimiento que Kyo cargó hacía Yagami durante tanto tiempo, fue menguado aquella noche canción a canción. Ver que Yagami podía disfrutar con tanta gentileza, interpretando aquellas canciones, le dio al castaño una idea diferente del pelirrojo. Recordó haber pensado que lo que movía a Iori a odiarlo de manera irracional, no podía provenir del mismo Iori que llenaba el bar con música tan cargada de emoción.

Kyo bebió otro trago para servirse más licor. Había entendido en ese momento, de manera sardónica, que su interés por Yagami no estaba en la música… Estaba en la capacidad que tenía este, a pesar de todo lo sucedido, de disfrutar algo que lo apasionaba. Miro la botella de dorado licor con desconfianza pensando que ya debía estar ebrio para llegar a tal conclusión.

En lo profundo de su ser, deseaba saber que, si Yagami podía disfrutar con tanta acogida algo así ¿Por qué limitar aquel talento y volcarlo al odio contra los Kusanagi, contra él en particular? Quería conocer al Iori Yagami que nunca nadie le había mostrado. El que no lo odiaba, el que no deseaba solo destruirlo por su apellido, el que estaba más allá del orgullo y la rabia. Aquel que había arriesgado su vida para salvar la suya.

Kyo se obligó a detener aquel torrente de pensamientos, recostó la cabeza al respaldo del sillón y miro el techo. Levanto los brazos y se cubrió el rostro, lo sentía caliente.

¿Qué demonios estaba pensando? Era como si se estuviera refiriendo a una persona, por la cual tuviese una fuerte atracción. Respiro profundo sacudiendo de sí semejantes ideas absurdas, sobre el hombre que buscaba matarlo desde que lo conocía. No debía confundir la fuerte rivalidad que siempre llevaron consigo. Pensar en Yagami de otra manera solo era una especie de morbo intrigante por culpa de aquella noche en ese bar.

Kyo se levantó del asiento sintiéndose mareado y molesto, pauso la música y sacó el celular irritado. Pensar en todo aquello lo había distraído de la cuestión más apremiante, pero al activar el dispositivo, este no dio respuesta alguna, la pantalla oscura no cambio de estado.

– Mierda. – apretó Kyo el aparato, con una frustración desbordada. El chasis hizo un suave sonido de chasqueo y largas grietas se marcaron en la pantalla.

– Maldición – se tensó impotente por la propia torpeza, tras haber evitado durante horas hacer eso, dañarlo así, por absoluto descuido lo enojo más. Lanzó el celular contra el sillón largo y fue a la biblioteca a buscar algo diferente para relajarse. Si dejaba que esos sentimientos de rabia lo controlaran, terminaría quemando todos los discos y a Yagami cuando regresara.

En medio de la búsqueda entre las caratulas, una imagen llamo su atención. Un hombre de porte elegante y facciones similares al retrato, sentado en un piano oscuro de cola. El nombre de Alexander D reposaba en la parte baja, al lado del título "obra única". Kyo inicio la reproducción del LP y los acordes de un piano lento llenaron el salón. Se sirvió otro trago mirando con resentimiento el celular agrietado en el sillón, maldiciendo mentalmente todo cuanto podía.

Luego de media hora de silenciosa escucha, Kyo se sentó frente al piano y posó el vaso llenándolo con lo que restaba de la botella. A pesar de haber calmado la ira creciente causada por todo y por nada, se sentía abrumado por la cantidad de emociones conflictivas que rasgaban dentro de sí. Nunca en su vida había experimentado semejante coctel de sensaciones, casi al mismo tiempo. Desde su despertar en la mañana era incapaz de controlar aquella multiplicidad de estados, como si cada mínimo detalle detonara dentro de él una nueva manera de odiar, temer y amar. Se sentía hastiado consigo mismo.

Detalló fastidiado el dorado cobrizo que adoptaba la bebida al estar posada sobre la reluciente y oscura madera del piano.

– ¿Soy terrible tomando decisiones no? –le habló a la bebida– No debí elegirte como acompañante. –rió sardónico por conversarle a un vaso con licor. Estaba lo suficientemente ebrio para que todo le importara muy poco y a la vez no dejaba de pensar en ello.

– Soy un desastre. –habló bajo recostando la cabeza al lado de la bebida, su mirada deslumbrada por los destellos alargados de la ebriedad se posó nuevamente en el sillón, sobre el celular roto.

– ¿Porque no contestas madre…? ¿Cómo esta Yuki…? –se enderezo un poco sosteniendo la cabeza, cubriéndose el rostro con el tacto frío de las manos. Se sentía mareado y desinhibido–. Yagami…cuantas noches piensas tardar, bastardo.

Un destello enceguecedor seguido por el rugir del trueno hizo vibrar todos los ventanales con un murmullo antinatural. La aguja salto sobre el LP con un chirrido desagradable y las luces se apagaron para regresar un segundo después, titilantes, la tormenta no daba tregua. La canción que se reprodujo, justo antes de que Kyo se acercara con torpeza para quitar el desagradable chillido, lo hizo frenar en seco.

Él conocía aquella melodía, la había escuchado tiempo atrás bajo el rasgar taciturno de una guitarra, en un bar muy lejos de allí. Sonrió casi divertido y regresó al piano luego de buscar otra botella en el minibar. En el proceso derrumbo un par de viejas esculturas que rebotaron insonoras contra la alfombra.

Unas torpes notas de piano alzaron su voz aguda intentando seguir la melodía que emergía de la vieja caja donde giraba el LP.

Se bajó del auto calado hasta los huesos, las precauciones que había tomado para encontrarse con Saíto lo había dejado a merced de la tormenta. Caminar bajo la álgida lluvia nocturna tras regresar el coche prestado y retomar el rumbo en el convertible, fue tiempo suficiente para que el clima se encargara de empaparlo. Llego a la entrada entre vahos casi hipotérmicos.

Al cruzar la puerta y cerrarla esperando algo de calor interno, sintió el ambiente poco menos helado que el exterior. Desde el fondo del pasillo se filtraba una luz cálida proveniente del estudio y unos acordes conocidos llegaron a Iori, transformando las notas en un filo gélido que se le encajó en el pecho.

– Bienvenido a casa señor Alexander. Han pasado 415 días, 3 horas, 31 minutos desde la última estadía. ¿Desea reprogramar el sistema de atención Evacorp? – Iori miro extrañado el panel de la IA titilando en medio de la penumbra. Anuncio temporada de otoño una vez más y desactivo por voz la programación de atención automática mientras se acercó al estudio. Retiró de sí las prendas goteantes, preguntándose si Kyo había reseteado el sistema por error.

Iori se paró ante la desastrosa escena en la que se había transformado el amplio salón, varias sillas estaban movidas y una mesa volcada dejaba apreciar varios ornamentos tallados sobre el piso. Había discos de vinilo regados descuidadamente por la alfombra.

Kyo Kusanagi observaba silencioso a Iori, su mirada vidriosa y la tez pálida sonrojada, contrastaba con el desprecio en sus ojos.

– Hasta que te dignas en aparecer Yagami. –habló el castaño arrastrando las palabras.

Iori miro la botella vacía sobre el tapete a un costado del sillón y el vaso a medio beber en la mesa central acompañado de una botella de Cognac. Esperaba encontrar a un Kusanagi con muy mal genio o incluso llego a creer que no lo encontraría en el lugar, pero no se le ocurrió ni por un instante algo así.

– Estas ebrio. –habló con molestia inusitada en la voz. Kyo había bebido semejante cantidad de licor estando medicado. Apenas si habían cruzado palabra y ya se le hacía irresistible el deseo de golpearlo–. Eres un idiota Kusanagi.

– Ya que fue tu puta voluntad la de dejarme atrapado en el castillo del anciano, aproveche mi tiempo…Yagami. ¿Algún problema? –respondió Kyo altanero fallando al intentar levantarse.

Iori contuvo el enojo que crecía solo con verlo, provocar al castaño en ese estado solo desencadenaría un choque donde todo acabaría por incinerarse. Se acercó al LP que reproducía las melodías de Alexander y lo quito abruptamente, no soportaba escuchar aquellas canciones. Se sentó cansino empujando los discos del sillón a un lado y denotando el dispositivo móvil dañado, lo observó extrañeza. ¿Se habría enterado Kyo de la muerte de aquel Kusanagi?

Kyo se paró con torpe andar y acerco la mano decidida a la botella. Iori mucho más diestro que el ebrio joven, la tomó antes que él.

– Suficiente licor para ti Kusanagi. –anuncio el pelirrojo, levantando el vaso con parsimoniosa autoridad y terminando de llenar el cristal del cual bebió, buscando entrar en calor.

–Tsk – retrocedió Kyo con una dócil expresión de molestia. Se situó varios pasos atrás y sin lograr mantener el equilibrio por más tiempo, se sentó en la banca del piano. Iori apreció la fotografía mal ubicada de Alexander y su madre.

– Veo que no te cansas de husmear donde no debes. –la molestia ante la expresión arrogante y despreocupada de Kyo, le incitaba a herirlo de alguna manera–. ¿Alguna mala noticia de casa Kusanagi? –pregunto sardónico.

Kyo le miró confundido, como si esas palabras en sí fueran malas noticias. Luego alejó las manos del piano y adoptó una expresión resentida. Iori se sorprendió ante la honestidad con que Kyo expresó silenciosamente, aquella triste frustración.

– ¿Donde…demonios estabas? ¿Qué hace más importante tus asuntos que los míos? –arrastro nuevamente las palabras Kyo, incapaz de ocultar el dolor en ellas. Iori suspiro cansino sin poder atacar aquella sincera afectación.

– Obteniendo más información, tu familia no es el único bando en este conflicto. Pero no esperes que te diga más mientras continúes en ese estado.

– No me interesa nada de los Yagami… –habló Kyo quedamente, posó el brazo sobre el piano abierto y recostó la cabeza en este mientras rosaba las teclas con los dedos–. Y menos cuando no sé nada de los míos. –su expresión se tornó sombría, cargada de una tristeza impropia.

Iori se mantuvo en silencio, ver aquella faceta decaída de Kyo le molestaba. Le era mucho más fácil lidiar con el arrogante y altanero.

Unas notas agudas se marcaron con torpeza apoderándose del silencio circundante. El pelirrojo reconoció la tonada y posó su atención nuevamente sobre el Kusanagi.

Kyo sonreía con levedad mientras desplazaba una mano por el teclado componiendo parte por parte, con lentitud, un segmento corto de la canción de Alexander.

– La primera vez que la escuche, tú la tocabas acompañado de una lánguida voz masculina.

–…No recuerdo haberlo hecho. Por lo menos no frente a ti… –acoto Iori extrañado. Kyo sonrió una vez más.

– Por supuesto que no, como podrías…no sabías que yo estaba ahí. Como tampoco lo supiste las otras veces que te observe desde el anonimato. Hpm, casi sentí celos cuando sonreías tan cómodo, como si yo no existiera allí, para centrar tu atención en mi…sentí una rabia absurda e injusta, porque me odiabas sin razón alguna ¿sabes? –Kyo giró deteniendo la mirada en Iori, complacido al cerciorarse de la ruptura en su casual inmutabilidad, dejando apreciar el asombro ante las palabras del castaño–. ¿Pero sabes qué Yagami? Lo disfruté...ver cada presentación donde tenías otro rostro. Uno que no cargaba aquel odio irracional en mi contra.

Las palabras pronunciadas por el castaño, impidieron las de Iori. Este no lograba apartar la mirada ante la leve altanería provocadora de Kyo al decir aquello. El castaño se acercó al sillón empujando distraído algún objeto volcado en su camino. Tiró los discos de vinilo fuera del asiento y se ubicó contiguo al silencioso pelirrojo.

Iori no asimilaba bien las palabras de Kyo ¿Estuvo observándome todo este tiempo? Pensó desconcertado. Evito mirarlo sin saber que decir, el maldito Kusanagi estaba ebrio y no seguiría su juego. Deseaba alejarse de él y callar las voces que se alzaban descontroladas, ante la cercanía del castaño.

Kyo recostó la cabeza en el respaldo del sillón, el salón daba vueltas, sus pensamientos eran caóticos y sentía una fuerte presión en el pecho, de la cual quería deshacerse.

– ¿Por qué Yagami? ¿Por qué sigues volviéndome el centro de todo el rencor? ¿Por qué sigues buscando matarme? ¿Por qué si amas tanto lo que haces no dejas esa maldita venganza? ¿Hasta cuándo piensas mantener esto? –atacó Kyo con preguntas ininterrumpidas, rápidas y altivas. Hizo una corta pausa donde bajo el tono de voz ante la clara molestia de Iori. – ¿Es por el legado de tu familia? ¿Esperas pagar una deuda de sangre? –suspiro–. Yo no pienso matarte Yagami…

– ¡Deja de hablar estupideces Kusanagi! –rugió Iori incapaz de callar más–. ¿Qué quieres de mí? ¿Quieres saber si es por mi maldita familia que quiero matarte? –preguntó enojado por la intención que lo impulsaba a responder las preguntas ebrias de Kyo. Este le miró con resuelta decición de no retroceder, a la espera de una respuesta.

– No, no lo es…este deseo es mío y no de ningún maldito legado divino. Y si quieres saber hasta cuando llegara esto, pues finalizara con tu muerte o la mía, porque me encargare de que esta maldición Yagami no sea cargada por nadie más. –la voz de Iori se elevó furiosa, por dentro deseaba acallar con ello, las voces incontrolables que le pedían herir a Kyo.

La respuesta acalorada de Iori sembró un corto silencio entre ambos, en ese lapso los ecos suaves de la lluvia, se encajaron tranquilizadores. Iori suspiró cansino, considerando una estupidez, ceder respuesta a las preguntas embriagadas de Kyo, pero sin poder sacar de sí la honestidad intimidante de sus palabras.

Le era infinitamente más difícil reaccionar ante aquella confusa confesión del castaño, que ante la agresión verbal a la que estaban acostumbrados.

– Dime porque no rechazaste el Magatama… –insistió Kyo tras la quietud momentánea donde los calores de la conversación menguaron–. ¿Por qué…? –la expresión dolida con que Kyo hacía aquella pregunta sin atreverse a mirarlo directamente, le permitió a Iori dar una respuesta sincera, abierta.

– ¿Que sería yo para ti si no tuviese el fuego de Orochi?

Kyo miro anonadado a Iori, sopesando el significado de aquella pregunta. En medio de los destellos móviles en la visión embriagada, el rostro de Yagami mostraba una seguridad genuina casi despreocupada, el significado tras aquellas palabras se hizo casi doloroso para Kyo, aunque no lograba saber por qué. Tras otro lapso donde solo los relámpagos ya lejanos fueron protagonistas, Kyo habló bajo, pero con claridad.

– Serias mi amigo... –respondió manteniendo la vista baja, con una extraña tristeza tiñéndole por dentro. Pensando en lo desastroso que había sido en licor para él en ese momento. Tomando conciencia de haber hablado más de la cuenta y de lo fácil que se habían desviado sus pensamientos de lo realmente importante, ante la presencia del pelirrojo. Iori no dio respuesta alguna.

– ¿Tanto me odias Yagami? –preguntó Kyo con rigidez, conociendo la respuesta, entendiendo que finalmente era un destino superior a ellos lo que movía todo. Iori bebió todo el vaso de Cognac en varios tragos consecutivos.

– Eso quisiera saber yo. –respondió distraído con la mirada fija en el espacio vacío del piano, ocupado por la ausencia de un recuerdo.

Frunció el ceño ante el expectante rostro inquisidor de Kyo, el cual no parecía alcanzar a comprender esas palabras.

– Hablas mucho cuando estas ebrio Kusanagi. –puntualizo Iori tras levantarse, entregando a Kyo el celular roto y alejándose del salón en dirección a la segunda planta.

Kyo rió con amargura al ver el dispositivo, pensando en lo fácil que había olvidado aquella cuestión. Una profunda desesperanza hecho raíces en su alma y se levantó con torpeza del asiento. El mundo no dejaba de girar a su alrededor y una insondable tristeza lo acogió. Maldijo al licor por empeorar siempre todo y camino deseando que la quietud del sueño aplacara la angustia por su madre y lograra sacar las palabras de Iori que aún resonaban en su mente.

Iori se recostó cansino en la enorme biga de madera que sostenía el techo de la segunda planta. Ocasionales gotas chocaron violentas contra el tragaluz del techo en la penumbra. Levanto la vista hacia la abertura exterior, aún no había entrado en calor y gran parte era culpa de Kyo.

– ¿Amigos?... Estúpido Kusanagi. Como si eso fuese posible. –le habló al espacio nocturno.

En la madrugada de esa misma noche, cuando la tormenta ya había abandonado los lindes de la montaña y la absoluta quietud reinaba, un sonido agudo, estridente y repetitivo despertó abruptamente a Iori. La IA anunciaba entre el intermitente sonido de la alarma:

"Alerta, peligro de incendio. Confirmar programación en 30 segundos antes del anuncio automático a las autoridades."

Iori rugió la orden y la clave al bajar veloz a la primera planta, la IA confirmó los datos y la alarma cesó. Un humo oscuro se extendía desde el corredor, ascendiendo hasta el techo de la sala de estar. Al internarse en él sin dudarlo, cubriéndose el rostro con el dorso del brazo, Iori escucho al fondo del corredor el eco ahogado de la voz de Kyo.

– No…déjalo ir maldito...monst…–un acceso de tos corto el sonido y Iori se acercó presuroso arrastrando el cuerpo de Kyo fuera de la asfixiante humareda.

Kyo tenía gruesos surcos carmesí oscuro, que cubrían desde el mentón hasta el pecho, sus ojos presa de un fulgor ciego, miraban aterrados a la nada. Su mano se extendió temblorosa intentando alcanzar algo invisible y lejano.

– Papá…–balbuceo ahogado el castaño y una lágrima sanguinolenta se deslizo por la mejilla. Iori tomó la mano de Kyo y la apretó entre la suya. Comprendiendo a cabalidad la situación, ofreció al castaño lo que él no tuvo oportunidad de recibir.

– Resiste Kyo. Debes romper la conexión.