Kyo Kusanagi colapsó mucho antes de llegar a la morada del clan. Sus hombres lo entraron cargado, mientras era presa de algo parecido a un ataque de asma severo. El oxígeno que terminaba ardiendo dentro de su cuerpo lo llevo finalmente al desmayo, frente a la mirada impotente de los suyos. El ingresó de los ninjas fue arrebatado, buscando con urgencia ayuda de los médicos y monjes del clan. Tras unas horas de lucha medicinal y espiritual, lograron estabilizar a Kyo bajo un sueño tranquilo.

Shizuka fue quien enfrentó al concejo, que se encontraba inconforme con los resultados de la incursión del futuro lider. Aunque los jefes de escuadrón habían informado una reducción importante de amenaza por parte de los Yagami, su líder actual y su líder anterior habían logrado huir, cosa que consideraron como un fracaso, así la misión hubiese tenido éxito en el enfrentamiento.

La madre de Kyo se esforzó de sobremanera para influenciar las partes y aplacar la decepción del concejo. Debía mantener la confianza de los ancianos sobre Kyo, porque de no ser así, podrían entrar en una nueva crisis. Mientras su hijo andaba ocupado en aquel enfrentamiento contra los Yagami, Shizuka había estado investigando por su parte lo sucedido con Seiki Kusanagi; el hombre a quien Saisyu había dejado encargado de las reuniones con el gobierno. Había logrado contactar a la esposa de este y ella había accedido entre lágrimas a colaborar con todo lo que Shizuka necesitara. Dada la necesidad que tenía de reunirse con algunas personas externas al clan, lo que menos necesitaba en ese momento, era tener contradicciones dentro del clan mientras estaba ausente.

Las cuestiones del concejo también le preocupaban, pero debía centrarse en las posibles respuestas que conseguiría y no deseaba pensar en que la desaparición de Iori Yagami había sido propiciada por su hijo. Debía partir pronto para reunir información entre los contactos internos que tenía su esposo en las diferentes áreas gubernamentales, antes de visitar a la esposa de Seiki. Primero tenía que entender a que se estaban enfrentando ya que la carta de aquel hombre Kagura había dado muchas respuestas, pero a la vez había abierto muchos interrogantes.

Pidió a los monjes Kusanagi cuidar todo el tiempo de Kyo hasta que estuviese recuperado y escucho de ellos, para su tranquilidad, que no tomaría más de un par de días estabilizarlo. Sabiendo esto y tras haber calmado al concejo, Shizuka Kusanagi partió con una limitada compañía, en una búsqueda que tendría que hacer ella sola.


Los dos días siguientes Kyo estuvo inconsciente bajo los cuidados de los monjes Kusanagi, que una vez más enfocaron su energía en pro a cerrar las heridas ocasionadas por el fuego, como también se empeñaron en aplacar la brecha espiritual que evocaba peligrosas llamas espontaneas, aunque su poseedor estuviese dormido.

Al tercer amanecer Kyo despertó como si hubiese tomado solo una siesta. La terrible sensación de ahogo que lo quemaba por dentro había desaparecido; se sentía liviano, cómodo y con la energía renovada. Desconocía que nueva magia ancestral le había curado todas las dolencias, pero supuso que se lo agradecería a los monjes del clan.

Durante el baño que tomó antes de salir de la habitación, denotó como las heridas recientes eran solo líneas pálidas ya cicatrizadas. La única herida que parecía no mejorar sin importar que, era el corte en el ojo, mediano y oblicuo, perforando la ceja y parte del parpado. Aclarando parcialmente el color del iris a un tono un poco más amarillo. Era un hecho que ya no se recuperaría de aquel daño y aunque había intentado adaptarse, por el momento se volvía una tarea difícil e irritante, por lo que opto por vendarlo una vez más.

Al salir de la habitación y cruzar el salón principal, fue abordado por uno de los monjes más viejos, que, sin mediar saludo, lo reprendió por darle un terrible uso al fuego a pesar de las advertencias. A Kyo le pareció divertido como el anciano le hacía sentirse como un niño, casi al punto de tener la pulsión de llamarlo abuelo. No refutó ninguno de los regaños y se disculpó con un gesto decente. El hombre volvió a advertirle de los riesgos que corría al exponerse a la fuente de poder de la reliquia y Kyo asintió con amabilidad ante la preocupación del anciano.

Luego, tras comer como un poseso, dados los días de inanición, le fue informado que el concejo se había retirado a sus respectivos hogares tras su primer día sin despertar. Habían conversado con la señora Kusanagi, quien habría partido al segundo día de su recuperación, dejando pocas respuestas acerca de su destino. A Kyo le extrañó que su madre partiera de imprevisto, pero en parte agradeció no tener su constante vigilancia.

Ella había dejado indicado que no le tomaría más de una semana resolver el asunto y que estaría de regreso justo antes de la ceremonia donde Kyo asumiría oficialmente el liderazgo del clan Kusanagi.

Aquella afirmación de la ceremonia tenso al castaño, cada vez la sentía más cercana y aunque había asumido su rol como debía, como su padre lo esperaba, era una idea que le desagradaba con ahínco. Se retiró de la atención de los sirvientes de la casa y pidió no ser molestado por el resto de la tarde.

Respiró profundo el aire frío de la tarde y observo con cierta tristeza su entorno. Una vez más había terminado en el único lugar donde parecía lograr pensar con claridad. Frente a un jardín de terracotas moribundos por el otoño, escuchando la tranquila y suave respiración de Yuki. Tocó con delicadeza el cabello un poco más largó de la chica. Las mujeres que cuidaban de ella siempre ponían gran esmero en peinar su cabello castaño. Recordó, al mirarla sumida en ese terrible sueño, a la joven que había protegido a Iori la noche de la pelea con Takeshi. Ella no parecía ser mucho más mayor que Yuki, como tampoco menos vulnerable, pero cargaba en su semblante esa misma determinación fuerte.

Pensó en Iori y en como estaría en ese momento. Sabiendo que su capacidad de curación siempre había sido mayor a la suya, considero que debía estar bien. El beso corto en el subsuelo del templo llegó a Kyo como un destello, generándole un leve nudo en el estómago. La imagen de la chica con el rubor intenso en sus mejillas; tan delicada, hermosa y apenada, le hizo sentirse algo culpable.

No lograba razonar aquella emoción intensa y descontrolada que sentía por Iori. Pronto sería el líder oficial del clan y ¿Dónde encajaban sus sentimientos por Yagami en ese panorama? Suspiro cansino discurriendo el cabello hacia atrás con su mano. Todo lo sucedido hasta ahora era una dolorosa sucesión de caos y él parecía ser el principal afectado por aquella locura.

– Eh Yuki…–tomo la mano de la chica con delicadeza, recordando la sorpresa desaforada en los ojos carmesí de la prometida de Iori–. Como reaccionarias si supieras lo extraño que se ha tornado todo esto. ¿Me odiarías? ¿Me maldecirías? ¿Me entenderías? – preguntó pensativo, sintiendo como los delgados dedos de la chica, crecían en fragilidad.

– No me importaría tu reacción, si tan solo despertaras. – susurro, mirándola con una sonrisa triste.


Cuidar al maldito pelirrojo era sencillo, pensó Benimaru. El infeliz se negaba a casi todas las facilidades ofrecidas por él y la joven Yagami, lo que reducía el esfuerzo de ambos. Había pasado el primer día ayudando a la joven de mirada carmesí a tratar las dolencias de Iori, pero él se había negado impertérrito a ser tratado como un lisiado, y bajo toscos rechazos, había logrado con dificultades valerse por sí mismo.

La primera noche, él no sólo había tratado sus dolencias si no que les había exigido cortante, mantener la distancia. No parecía muy alterado, solo agotado, lo cual confundía a Kaoru. Pero Benimaru sospechaba de la presencia del disturbio y convenció a la chica de mantenerse alejada por lo menos durante esa noche.

Dado que el hambre era siempre una criatura de necesidad que quebraba voluntades. Finalmente, al caer la tarde del segundo día, recibió comida sin chistar y permitió a la chica atender algunas de sus heridas en la espalda, a las que no tenía acceso.

Nikaido durmió en el sofá, relegándole la cama de la segunda habitación a la joven. No vivía muy lejos, pero no consideró razonable dejar a Kaoru expuesta a un posible ataque demencial por parte de Yagami, si enloquecía. Sumado a que sabía que Kyo no le perdonaría si algo le pasaba al maldito pelirrojo, estando bajo su vigilancia.

Durante las dos primeras noches, Iori era presa de un sueño, inquieto, agresivo. Pesadillas que lo llevaban a gruñir como un animal, resintiendo como si estuviese bajo tortura. Benimaru paso la segunda noche en vela, temiendo que en cualquier momento se levantara presa del disturbio. Pero no sucedió. Lo que sea que Yagami padeciera, lo sufría solo.

Al tercer día el ambiente parecía más tranquilo. Iori Yagami había demostrado tener una capacidad de recuperación antinatural y su apariencia había retomado una vitalidad impensable. Incluso había salido de la habitación y tomado asiento en la sala para comer en compañía de ellos.

– ¿Se ha comunicado Saito? – preguntó. Tanto la chica como el rubio le miraron anonadados. Estaba hablando y decía algo que no fuera una maldición o un rechazo hacia ellos. Tras dos noches difíciles, aquello les sorprendió. Iori los miró irritado sin comprender sus expresiones.

– ¿Sí o no? – reitero impaciente el pelirrojo.

– ¡Ah! Claro. Si, Saito. –respondió Benimaru aterrizando la pregunta–. No. No, aún no se ha manifestado. Dijo que debía reunirme con él, que debías mantener un bajo perfil hasta nuevo aviso. Pero aún faltan un día para eso.

– Entiendo. Infórmame si establece contacto antes. – hablo autoritario Iori. Benimaru se mordió la lengua ante el tono de Yagami. No era su maldito mensajero, pero no deseaba incomodar a la joven con riñas innecesarias. Esta guardaba silencio, pensativa, con expresión preocupada.

Iori se levantó del sillón y titubeo en dirección a Benimaru. Desvió la vista irritado y se tragó la pregunta que tenía atascada en la garganta desde su despertar. Quería saber cómo estaba Kyo, pero no deseaba preguntárselo a Nikaido, así que termino por desecharla. Eventualmente el rubio tendría que mencionar algo de él y podría enviarle un mensaje con algún agente de Saito.

– Si tengo que mantener un bajo perfil y no puedo salir de aquí. –espeto Iori lanzando un billete sobre la mesa–. Necesito cigarrillos. – Puntualizo. Benimaru miro el billete incapaz de controlar la molestia.

– No soy tu maldito sirviente Yagami. – Habló resentido.

– Entonces supongo que no hay problema con que yo salga a comprar mis malditas cosas–. Habló Iori inmutable regresando por el dinero que reposaba sobre la mesa de estar. Maldito hijo de puta, pensó Benimaru irritado con el pelirrojo y arrebató el billete de la mesa.

– Lo pensare cuando salga a comprar algunas cosas pendientes. – respondió molesto. Iori evoco una leve sonrisa cínica y abandono la sala, retornando a la habitación. Tenía cosas que preguntarle a la chica, pero no lo haría con Nikaido de por medio.

– Lo siento. – Se disculpó la joven haciendo una reverencia a Benimaru. Los terribles modales de Iori para con la gente que le cuidaba, le avergonzaban.

– No es tu responsabilidad linda, no te disculpes por ese imbécil. –espeto Benimaru cansino–. Créeme que no espero gratitud alguna de ese…– Se detuvo y suspiro al ver la mirada baja de la chica.

– Que te parece acompañarme, te invitare a cualquier cosa que desees comer. – sonrió Nikaido con un guiño coqueto. La chica titubeo algo nerviosa. La actitud del rubio desde que los había llevado a aquel apartamento, era en extremo amable y algo atrevida con ella. Al principio pensó que le estaba coqueteando en un momento absolutamente indebido. Pero descubrió poco después que esa era su forma de ser. Aun así, no lograba acostumbrarse a las atenciones de un hombre guapo y extrovertido.

Tras pensarlo un poco, considero que no era mucho lo que podía hacer y salir de allí la distraería un poco de aquello que la agobiaba.

Fueron por unas compras rápidas, donde la conversación entre ambos fluyó con más naturalidad. Aprendieron un poco más sobre quienes eran y la chica le confeso a Nikaido, al entrar en confianza, algo de lo que la aquejaba.

Aquel hombre carismático, que conocía apenas hace pocos días, escuchó comprensivo, y tras algunos giros en la conversación, le hizo olvidar por un corto instante aquel suplicio de pensar en el bienestar de Aki, su hermana menor.

No se habían alejado mucho de la residencia, así que solo adquirieron lo necesario y ella terminó por agregar al paquete de compras, una cajetilla de cigarrillos que tomo al azar. Benimaru sonrió molesto y le revolvió el cabello como si fuera una pequeña niña, pero luego se detuvo algo apenado por aquella falta de respeto, ante lo cual la chica rio por primera vez en mucho tiempo. Que hermosa sonrisa, pensó Nikaido desviando la mirada. Pagaron todo y regresaron al departamento entre palabras amenas.


Benimaru descargó todas las compras en la cocina mientras Kaoru se disponía a organizar un poco la mesa de centro. El rubio miró el reloj y maldijo. Salió veloz, gritando desde la puerta, que había olvidado algo y que regresaría más tarde.

De repente estaba sola con Iori y aunque había meditado mucho que decirle al líder oficial de los Yagami, no se sentía preparada para hablarle. Miró la habitación y se percató de que tenía la puerta abierta. Respiro hondo, se encontraba más tranquila gracias a las palabras de Benimaru. Sentía que podía reunir el coraje suficiente para enfrentar a Iori con las cuestiones que la habían rondado desde que rompió el yugo de Takeshi por ayudarlo. Debía aprovechar el momento y hablarle. Su urgencia no la tenía alguien más.

Entró lentamente a la habitación y vio al pelirrojo sentado en una silla frente a la ventana. Parecía mirar la profundidad de las costuras bajo la iluminación cálida del atardecer. Su mente estaba en otro lugar, tal vez no tan lejano a la de ella.

Se paró detrás de Iori decidida a hacerse escuchar.

– Señor Yagami…– inicio, pero la voz de Iori corto sus palabras.

– No soy señor de nadie, no me llames así. – espeto Iori. Su voz tenía tintes amargos, su semblante se denotaba decaído. Lo que sea que estuviese pensando, debía ser algo relacionado a Takeshi.

– Lo eres. Así nunca lo hubieses deseado. –acoto con voz firme Kaoru–. Yo soy la hija mayor de la mano derecha del clan, Yamato Yagami. Yo fui criada durante toda mi infancia con el ideal de ser la mujer que sellaría el linaje del clan. Nací para ello y viví para ello, hasta que usted se apartó de las obligaciones como líder. Su ausencia en los deberes del clan me permitió tener la libertad de conocer un mundo más grande y entender que la vida que habían encuadrado para mí, no era la única que podía tener. – Hizo una pausa donde se acercó un poco más.

– He viajado y he aprendido muchas cosas en estos años. Todas ellas relacionadas a la capacidad de administración de una familia con un legado tan grande como la nuestra. Finalmente, no alcance un sueño muy diferente al que habían inculcado en mi desde que era niña, pero si fue sustancialmente más trascendente. –hizo otra pausa donde tomo asiento en la cama, cerca de Iori. – Cuando mi padre desapareció, yo regrese a la casa principal, con la intención de ayudar a mi madre en todo lo necesario, para equilibrar el caos en que el clan podría sumergirse. Pero me extraño apreciar, que en realidad no había caos alguno. –Iori la miró de soslayo, indagante–. Todo estaba en un orden insensible, como si la desaparición de mi padre no afectara a nadie más salvo a nosotras. Mi madre empezó a albergar profundas sospechas e inicio una serie de investigaciones, aprovechando su posición temporal de poder. Yo no estaba muy enterada de que estaba sucediendo y no lo supe hasta ahora. Supongo que mi madre descubrió algo al respecto, ya que una noche me llamo muy alterada, pidiéndome salir del país con mi hermana. No volví a saber nada de ella después de esa llamada y cuando intenté abandonar el país, la familia me lo impidió. Takeshi había tomado el liderazgo del clan y reclamado para sí, el legado de los Yagami. Dejándome a mí, en posición de asumir mi rol como futura esposa. Cuando… – se detuvo un momento controlando la voz que amenazaba con fallarle. Iori desvió la mirada para darle espacio.

– …Cuando intente negarme. Si yo no cumplía con mi obligación dentro del clan, aunque estuviese en contra de la usurpación de poder. Sería mi pequeña hermana Aki quien debía asumir el rol de esposa del líder Yagami...ella, ella es solo una niña y no entiende nada de lo que está sucediendo. –se detuvo una vez más, conteniendo las palabras entre lágrimas fugitivas–. Yo pude haber abandonado el país, haber dejado todo esto atrás. Pero ¿Cómo podría haberla dejado a ella? ¿Cómo podría haber dejado impune el asesinato de mis padres? – habló limpiándose las lágrimas. Iori la miro con cierto desdén.

– Por favor señor Yagami. Ella es solo una pequeña inocente atrapada en un mar de confabulación burocrática. Ayúdeme por favor señor. Si logro enviarla fuera del país donde cuiden de ella, yo prometo que seré la mujer más leal que pueda tener a su lado. Ayúdeme a salvar a mi hermana, por favor. – puntualizo inclinando la cabeza en gesto formal. Recuperando el aplomo.

– Yo no deseo una esposa, ni el maldito liderazgo del clan Yagami. –espeto Iori cortante–. Pero Takeshi y todos aquellos que confabularon en contra, pagaran con sangre su falta. Si quieres ayuda, no necesitas decirlo. Yo mismo sacare a esa niña de allá. – Las palabras de Iori estaban acompañadas de un aire asesino, inquietante. Sus intenciones estaban ocultas, pero Kaoru podía sentir un impacto casi monstruoso en la forma en que lo decía, como si desease ver arder hasta el último de los Yagami bajo su mano. Algo en Iori le hacía temer profundamente y sintió la desesperada necesidad de plantear una alternativa.

– Si logran…–titubeo–. Cuando logren derrotar a Takeshi y castigar a los traidores que se alzaron en contra de nuestra familia. El clan quedara destrozado, ya que muchos miembros del cónclave están involucrados. Por esa razón, el clan necesitara una reconstrucción social. –habló la chica con palabras sabias. A pesar de la edad que aparentaba, su madurez y concepción del liderazgo, eran muy superiores a los de Iori–. Si contraes matrimonio conmigo, yo podría liderar toda aquella reforma en tu nombre. Tendrías la libertad de ausentarte casi tanto como quisieras. Como tu esposa tendría la potestad de decisión y solo requerirías asistir a las reuniones más importante del nuevo conclave. Yo podría acabar con toda esta locura que ha derramado tanta sangre entre nuestros clanes durante siglos. –titubeo un instante, donde desvió la mirada un par de veces– Tendrías tanta libertad que…incluso podrías verlo a él. – agrego algo avergonzada refiriéndose a Kyo, pero con una determinación inamovible en el rostro.

Iori guardó silencio. No era tener quien liderara el clan por él lo que le importaba. Su percepción de los Yagami había cambiado al punto de desear desmantelar aquella falacia. Pero esa joven mujer, desbordante de voluntad y lealtad al clan, parecía ser lo único realmente valioso en esa maldita familia. Parecía tener la seguridad de darle un enfoque diferente al camino que el clan había seguido por décadas. Y lo único que pedía era su amparo. Tener una máscara burocrática que le permitiese tomar decisiones importantes bajo el perfil de esposa abnegada que sigue las ordenes de su marido. Así evitaría disputas dentro de las tradiciones japonesas del clan. Buscando una reestructuración ideal de los Yagami. Esa maldita chica estaba jugando sus cartas aún en esa situación.

Tal vez esa chiquilla, preparada durante toda su vida para liderar un ideal diferente, podría lograr lo que nadie más había podido hacer en siglos con su familia.

Kaoru se percató de que Iori estaba considerando su idea y procuro prudencia, abandonando la habitación en silencio.

Iori recostó la cabeza en el espaldar de la poltrona. Por otro lado, estaba el factor menos importante y tal vez el más relevante. Ver a Kyo, pensó mientras resonaban las palabras de la joven en su mente. En un matrimonio enmascarado, distrayendo la atención del clan y dándole libertades sin oposición para…ver a Kyo. El actual líder Kusanagi que en algún momento debía contraer matrimonio para mantener el linaje de la familia.

El legado de odio y muerte entre sus clanes, enardecía más que nunca en la actualidad, pero no era representado por los portadores de las reliquias. El odio entre ellos se había tornado en algo diferente.

Kyo. Teniendo una familia…una mujer, hijos. Nunca le había importado algo así antes, pero ahora. La sola idea le oprimía el pecho de manera extraña. ¿Qué era Kyo para él? ¿Qué era él para Kyo? ¿Qué podría salir de aquello que compartían en ese momento? Algo imposible como el tiempo dragado por la arena, que, deslizándose dentro del cristal, era incapaz de detener su cino aciago.

Iori suspiro irritado, presionándose la sien. Pensar en Kyo siempre le alteraba de alguna maldita manera. Pensar en ello justo ahora era un acto de necedad. Lo mejor para ambos era mantener a raya aquellos sentimientos y enfocarse en buscar la caída de Takeshi. Debían encontrar respuestas para actuar de la manera más eficaz y tener al castaño en mente le distraía. Debía mantener distancia y centrarse, Kyo sería algo con lo que podía lidiar.


Al cuarto día del incidente, teniendo completa libertad gracias a la ausencia de Shizuka y el concejo, Kyo designó a su concejero principal, el único que quedaba en la casona Kusanagi, encargarse de todo. Salió en su moto una vez más, para buscar a Benimaru, quien al parecer había perdido el móvil en medio del conflicto, la noche del rescate de Iori.

La paciencia nunca había sido una de sus virtudes y tras cuatro días de espera, consideró que era tiempo suficiente para conocer el paradero de Iori. Pero en las dos ocasiones que buscó al rubio en su departamento, no lo encontró.

Aguardaba en el paso de un semáforo en rojo, molesto por no tener idea de cómo localizarlos, mientras la gente cruzaba ajena a todo en un vaivén de voces inentendibles. El celular sonó desde su bolsillo con una leve vibración. Al principio no percibió el sonido como suyo, ya que, al perder el móvil anterior, aquel nuevo número le era desconocido a casi todos. Cuando se percató, lo sacó rápido de su bolsillo.

– Hola Kyo. ¿Cómo va todo amigo? –sonó la voz de Benimaru, despreocupada y jovial–. Supe que te recuperaste muy bien.

– Si, bastante y no sé absolutamente nada de nadie. ¿Dónde demonios has estado metido? Te he buscado ya por dos días. – respondió Kyo enojado de repente.

– Hey, hey. No me vengas a dedicar la bronca a mí. Yo solo seguía indicaciones. Mierda... –suspiro–. Soy el que menos tiene que ver en esto y soy al que más andan criticando.

– Lo siento. Solo dime donde demonios estas. – espeto el castaño tras un gruñido.

– Justo para eso te llamaba. Ven al estacionamiento trasero del mercado rojo del centro, ya es hora de que te reúnas con nosotros. –dio un bufido indignado–. Sabes. Oficialmente creo que montare una recaería y les cobrare un infierno de dinero por esto.

– No estaría nada mal. –espeto Kyo divertido–. Voy para allá.

Cruzó a gran velocidad las calles de la ciudad, saltándose incluso algunos semáforos no principales e hizo un par de cruces innecesarios para perderle la pista a algún vigilante, por si lo estaban siguiendo.

Arribó al estacionamiento. Un lugar no muy amplio con algunas motos de carga, contramarcadas con el logo del Rose Market, parqueadas en hilera cerca de las bodegas. Benimaru estaba parado justo en uno de los espacios para estacionar motos, desde donde saludo a Kyo con la mano.

Kyo abandono la motocicleta, dejando el sobre el manubrio de la moto. Ambos hombres se saludaron con un apretón de manos enérgico.

– Que bueno verte Kyo. Espero no me hayas extrañado mucho. – saludo Nikaido sonriente.

– Tal vez mucho menos que tú a mí. – sonrió Kyo sarcástico. Benimaru soltó una risa nerviosa.

– No creas que no. No te imaginas lo que fue decirle a nuestra querida King, que me prestara una de sus propiedades para esconder nada más y nada menos que a Yagami. Creo que le quedare debiendo esta vida y la otra. – suspiro cansino–. Me sorprendió haberla convencido. – acoto mientras guiaba a Kyo las puertas del Market.

– Vaya, King es una persona realmente amable. – respondió Kyo sin lograr imaginar cómo había accedido a refugiar a Iori tras lo que él había hecho.

– King es una bruja manipuladora que trabaja en las noches con el mismo lucifer, comprando almas. – espeto Benimaru casi indignado con el comentario de Kyo. El castaño lo miro divertido sin siquiera sospechar que le había pedido ella a cambio.

– Bueno eso y el desbordante encanto de Yagami…han hecho mis días más brillantes. –dio un suspiro largo–. Menos mal Kaoru es una chica adorable o te juro que ya habría estrangulado a ese infeliz en un par de ocasiones. – espeto Benimaru cruzando la segunda puerta automática del interior del Market mientras Kyo lo seguía.

– Él suele tener ese efecto en las personas. – respondió Kyo con cinismo. Benimaru ahogó un comentario inapropiado al respecto. Llegar a bromear sobre ellos aún le era extraño.

– Si, bueno. Ya está mucho mejor. El maldito, sana muy rápido. Me pidió el favor. Por primera vez en su jodida existencia pudo usar la palabra "por favor" – acoto el rubio resentido. Kyo extendió una sonrisa suave–. De que te informara su ubicación. Pero bueno, tenía que esperar a que ese anciano sospechoso que lo saco de allá se manifestara y dijera que no es peligroso. Y aquí estamos…agarra algo que quieras comer, iré a hacer fila para cancelar esto. – puntualizo Benimaru rumbo a la caja.

Kyo miró alrededor del Market, seguro de que nada le apetecía. Percibió la delgada silueta de aquella mujer de cabellos negros y ojos carmesí. Ella no se había percatado de su llegada y rondaba con cierto aire de tristeza la zona de golosinas. El castaño la observó un instante pensativo. No sabía cómo sentirse con respecto a la chica. Ella al igual que él solo cumplía con un papel impuesto por sus familias. Y aunque, por un lado, estaba aquella sensación de vergüenza dragada por la conexión que tenía con el hombre al que ella le debía su mano, ya nada aseguraba aquella alianza, si es que alguna vez tuvo veracidad, conociendo a Iori. Suspiro irritado, jamás pensó que podría llegar a atribularse por semejante tema.

Aunque la simple idea de mentalizar a Iori casado con ella le molestaba de muchas maneras, la tristeza que envolvía a aquella mujer, le recordaba un poco a la suya propia. Desconocía si la joven tenía culpabilidad alguna en los incidentes, pero había intentado proteger a Iori en aquel salón ritual y ya eso pesaba enormemente sobre su percepción de la chica. Kyo se acercó airado, sentía la necesidad de cruzar alguna palabra que rompiera la incomodidad que cargaba sobre el tema.

– Lamento que hayas quedado atrapada en medio de todo esto. – habló abiertamente, sin rodeos.

La mujer dio un respingo al escucharle, no había percibido la cercanía de Kyo y el sonido de su voz la sacó de su ensimismamiento. Lo miró sorprendida por aquellas palabras y tras un corto silencio, sonrió con tristeza rezagada.

– Eres una buena persona Kyo Kusanagi…no pareces tan despiadado como decían algunos de los nuestros. – se expresó con cierta resignación.

– Es muy pronto para asegurarlo. – espeto Kyo burlón, algo apenado ante la repentina amabilidad de la mujer. Ambos miraron las golosinas callados.

– ¿Te gustan las cosas dulces? – preguntó no soportando la muda compañía de la joven. La chica sonrió dolorosamente.

– No…le gustan a mi hermana…ella ama las gomas de fruta–. Hablo como si aquel detalle la lastimara. Kyo la observó algo confundido.

–Tú lo quieres ¿Verdad? – Preguntó repentinamente la mujer. Kyo mantuvo el silencio sin comprender bien la pregunta. ¿Se refería a Iori?

– Tú eres importante para él…–habló muy bajo Kaoru, mirándolo directamente. Kyo no supo que responder–. …todos tenemos a alguien que nos importa y deseamos proteger. Yo solo quiero a mi hermana fuera de peligro y…–

– Vaya fila interminable. A media ciudad le dio por venir a comprar aquí hoy. – interrumpió Benimaru, cargando unas cuantas bolsas, pero guardó silencio de repente al ver los ojos húmedos de la chica y su expresión compungida.

– Lo siento. – dijo ella recobrando la compostura y alejándose presurosa a la salida del almacén. Ambos hombres la miraron con la misma expresión anonadada.

– Primero tienes una demostración pública de afecto con su prometido, y ahora la haces llorar…siempre has sido malo con las chicas ¿no Kyo? –espeto Benimaru cansino. Alegrarle un poco la vida a esa jovencita había sido uno de sus mayores esfuerzos durante los últimos tres días.

– Yo no hice…–habló Kyo quedamente–. ¿…tiene una hermana? – Preguntó algo confuso.

– Es una chica que sufre Kyo, no seas malo con ella. – Acotó el rubio. Kyo lo miró con ceño fruncido ante la veracidad con la que aseguraba que era su culpa.

– Es la encargada de darle un hijo al actual psico que lidera a los Yagami. Y en el caso de que ella no esté ahí para eso. Su hermanita será el reemplazo. – Nikaido suspiro–. La niña tiene tan solo seis años y la simple idea de haberla dejado sola con el monstruo de Takeshi, la atormenta. – puntualizo mientas miraba a la chica salir por las puertas principales. Kyo comprendió mejor las palabras de la joven y asintió en silencio.

– Es una mujer de voluntad fuerte. Es inteligente y también muy madura para su edad. Pero en el fondo sigue siendo solo una jovencita asustada que no sabe cómo salvar a su hermana. – apunto Benimaru pensativo. Kyo lo observó con cierta sonrisa sardónica, apreciando divertido, la expresión dulce en el rostro de su amigo.

– Nunca te había escuchado hablar de ese modo sobre alguna mujer. Y menos una que apenas acabas de conocer. – espetó divertido. Benimaru sonrió nervioso.

– No te hagas ideas raras. No tengo la intención de meterme con la prometida de Yagami. – respondió sarcástico buscando fastidiar a Kyo y se adelantó a la salida.

– Al parecer no soy el único interesado por un Yagami. – Se burló Kyo. Benimaru levantó la mano en un gesto obsceno al cruzar las puertas del almacén.


El apartamento era un cuarto piso en un edificio residencial del centro. Una pequeña vivienda amoblada de dos alcobas, que King reservaba para los artistas invitados a su bar. Acogedora y no muy amplia, de tonos pastel y piso de porcelana blanca. Un balcón mediano que lindaba con la sala y una barra americana abierta a la cocina integral. La decoración era sobria, perfecta para encajar sin problemas con cualquier inquilino de paso.

Tomó asiento en el sillón grande situado frente al balcón. Estaba ansioso. Después de varios días sin saber nada de Yagami, le acompañaba continuamente la inquietud de abandonar siempre mal heridos, aquellos escenarios peligrosos.

Iori salió de la habitación central con el cabello revuelto, goteando delgados hilos de agua. Estaba sin camisa y una toalla reposaba sobre sus hombros, mientras varias hebras ondeaban sobre su pecho desnudo. Sus miradas se cruzaron un instante en una contemplación silenciosa. Cargadas de algo más que solo ellos reconocían. Pero que ninguno de los dos se permitió expresar.

Kaoru se acercó de repente a Benimaru para ayudarle en la cocina a organizar las compras, con la intención de mantener distancia de aquel encuentro. Concebir a las dos cabezas de clan en un tipo de relación aberrante, más por su posición que por su sexualidad, le dificultaba actuar sin sonrojarse como una chiquilla.

– Te vez mucho mejor –. Espeto Kyo a modo de saludo. A pesar de la cohibición que revoloteaba entre ambos, rompió el silencio.

– Tu también Kusanagi. – Respondió Iori despreocupado, tomando la cajetilla que Kaoru había depositado sobre la mesa central y encendió un cigarrillo. Tras una leve expresión de desagrado por parte de Iori, luego de dar la primera bocanada al cigarrillo, entre ambos reinó un silencio cómplice donde las miradas se cruzaron en un lenguaje personal.

Benimaru poso un recipiente con té y algunos pasabocas sobre la mesa. Tomó asiento en una poltrona cerca de Kyo, mientras Kaoru servía las bebidas.

– Bueno, curiosamente pase de no saber nada de todo esto, a ser su informante oficial. –espetó sonriente el rubio–. Según el viejo y sus agentes, no se sabe nada del paradero del líder Yagami. La familia ha estado en completa quietud y hermetismo. Sospechosa calma, dice él. Pero tambien dijo que por el momento es seguro para ambas partes moverse. Así que ya no es necesario que manejemos un bajo perfil. Aunque no deberíamos confiarnos. – Tomo un pasaboca.

Iori exhaló humo bajo el dintel del balcón. El sonido carente de lenguaje, fue de irritación. Miraba la ciudad con aire inquisitivo. Como si desconfiara de la información de Saito.

– ¿Qué es lo que sabemos sobre los Yagami y su conexión con el gobierno? – Preguntó Kyo, directo al punto.

– Takeshi tenía acuerdos con unos hombres que decían ser Bikhsu, como también establecía ocasionales reuniones con agentes gubernamentales. Algunas de esas reuniones se desarrollaron en la mansión Yagami, pero la mayoría tenían lugar fuera, en eventos lujosos promovidos por el estado. –habló la chica pensativa–. Takeshi siempre creyó que yo solo era una niña estúpida, aún muy joven, incapaz de entender a profundidad esas cosas. Pero reconocí muy bien entre aquellos hombres, a algunos parlamentarios que asesoran al primer ministro. Desgraciadamente nunca se me permitió estar en las charlas y desconozco los temas que trataban.

– Entiendo. Por el lado de los Kusanagi, nosotros recibimos un comunicado de un monje Kagura. El negaba la existencia de miembros en su clan, capaces de anular el fuego de las reliquias. Aseguró que eran usurpadores, como también dijo que Chizuru había sido convocada por el gobierno central, para luego ser reportada como desaparecida, tras los primeros encuentros. –habló Kyo tomando un aire taciturno–. Mi padre recibió una invitación igual, pero no pudo asistir y termino enviando a alguien en su lugar. Esa persona fue uno de los primeros traidores Kusanagi. – Puntualizo Kyo.

– ¿Crees pudo ser a causa de esa reunión que traiciono a tu familia? O ¿Habrá sido algo planeado desde antes? – Preguntó Benimaru.

– No lo sé, pero es un hecho que es tras la convocatoria del gobierno interno, fue que se desató todo esto. – respondió Kyo pensativo, recordando las fotos que Iori le había revelado, donde se atestiguaban reuniones entre los traidores Yagami y Kusanagi. Le inquieto recordar que las fechas databan de una fecha muy anterior a los sucesos.

– Pero no todo se reduce al gobierno interno. Los monjes que intentaron tomar el Magatama eran miembros del Tenno. No los había visto antes, pero está el detalle de que ellos abandonaron justo cuando escucharon que el líder Kusanagi se acercaba…parecía como si no quisieran que los Kusanagi los vieran. – acoto Kaoru pensativa.

– Pero nada salió como esperaban, cuando ese monstruo, en que se había convertido el líder Yagami, decidió atacar a Kyo. –espeto Benimaru enfatizando en lo monstruoso–. En serio, que mierda era esa cosa. Ese Takeshi ¿Le vendió el alma al mismísimo demonio de los cristianos?

– Podría decirse...Takeshi hizo un pacto con un espíritu corrupto. Él está impulsando a los miembros del clan Yagami por un camino hegemónico, que busca dominar sin contingencia todas las familias que rodean a Orochi. El desea un poder tan grande que sea capaz de romper la maldición de Orochi sobre nuestra sangre y obtener a su vez la inmortalidad. –todos miraron a Iori, que habló de repente sin quitar la vista de la ciudad–. Y no es solo él. Todo el maldito clan parece consciente de aquello y le apoyan. – agrego Iori con una calma gélida. Hubo un corto silencio.

– Bueno si lo dices así, no me extraña el por qué los de su clan lo apoyan. – acoto Nikaido rompiendo la tensión generada. Kaoru lo miro indignada. Él sonrió con un gesto de disculpa.

– No comprendo qué relación tiene el gobierno con todo esto. Que pueden ganar ellos de permitirle a Takeshi tal búsqueda. ¿O acaso fue él quien consiguió el apoyo del gobierno, bajo la promesa de una vida eterna? – preguntó Kaoru confusa.

– Aún desconocemos mucho del tema para saberlo. – acoto Kyo molesto.

– Que los intereses de la familia imperial estén involucrados, solo hace evidente que hay algo mucho más grande detrás de todo esto. –habló Iori–. Pero nuestro problema principal en este momento es Takeshi y es lo que debemos resolver. – puntualizó.

– Exacto. El viejo menciono algo similar. Si el gobierno está actuando bajo cuerda, evitando tener una participación directa en el conflicto, permitiendo que los clanes se maten entre sí. No dejaran que ningún tipo de evidencia los vincule a la guerra entre las familias del sello. Sabemos que algunos encuentros, incluso ya han pasado hasta por los noticieros. – exclamó Benimaru con energía–. Si ellos mantienen un bajo perfil…

– Eso nos facilitara darle caza al maldito hijo de puta y detener toda esta locura que ha asesinado a tantos. – habló Kyo con agresividad.

– No será solo Takeshi el que deba morir…– apunto Iori dando la última calada al cigarrillo y consumiendo los restos entre sus dedos, bajo un destello violeta. El odio en su rostro inquietó a Kyo. Había algo diferente en Iori al referirse a Takeshi.

– Bueno. Los Yagami están ocupados en este momento en otras cosas, como dije antes. Así que eso nos da algún tiempo para averiguar todo lo posible. – habló Benimaru tras el silencio tenso que parecía nacer cada que Iori opinaba.

– King dijo que me informaría sobre una mujer que había estado en reuniones gubernamentales, como acompañante de uno de ellos. Al parecer ella menciono algo que podría estar relacionado. – Espetó Kyo con naturalidad tomando un pasaboca.

– ¿Acompañante? En el bar de King, hablando de más…–espeto Benimaru sorprendido–. No me digas que King trabaja con prostitutas también.

– ¿También? – pregunto Kyo dando un trago al té frío.

– Si bueno, no es un tema del que quiera hablar frente a una señorita. – reprocho Benimaru mientras Kaoru suspiraba irritada. Ambos rieron en medio de un ambiente que se amenizaba a pasos lentos. Todos menos Iori, que parecía ocupar un espacio diferente a ellos, sumergido en pensamientos turbios.

Hablaron durante un rato más mientras la tarde iniciaba su caída. Los temas fueron diferentes, mas mundanos. Cuestiones de familia y amigos, donde Benimaru no perdió oportunidad de molestar a Kyo por su nuevo cargo laboral y donde el castaño supo que muchos más miembros de KOF se habían enterado a media voz de lo ocurrido. Personas como Terry, Mai y Ryu entre otros, estuvieron indagando con King para conocer el estado de Kyo e incluso el de Yagami.

Algunos deseaban organizar una reunión donde conmemorar la muerte de Chizuru y tomar la ocasión para ofrecer su ayuda en lo que fuese necesario. Esto a Kyo no le pareció una buena idea y no se mostró muy conforme frente a la animosidad con que el rubio comunicaba los posibles aliados.

Kaoru se mostró algo perdida ante el tema y Benimaru opto por explicarle por encima quienes eran los miembros de KOF. Luego del breve resumen el rubio denoto cierto silencio opaco en Kyo. Su mirada se desviaba por momentos en dirección a Iori. Quien, a diferencia de ellos, había guardado sus comentarios frente a los temas menos importantes y se fumaba el cuarto cigarrillo en menos de dos horas. Sus pensamientos parecían estar muy lejos de allí y aunque su apariencia inmutable hacía difícil suponer que estaba pensando, estaba rodeado de un aire intimidante.

Como para variar, pensó Benimaru sardónico.

Finalmente, tras una pausa algo larga donde Kyo parecía haberse contagiado de la quietud de Iori, Kaoru se levantó del asiento y se dispuso a recoger la vajilla. Benimaru percibió en ella cierta incomodidad. Observó como Kyo y Iori cruzaban ocasionales miradas silenciosas. Había cierta tensión entre ellos, acompañado de un sutil aire de tristeza y rabia.

Pensar en ambos de esa manera no era algo que el rubio hubiese asimilado del todo aún, pero entendía que Iori y Kyo necesitaban un tiempo a solas. Un momento que les permitiera comunicarse con libertad, un espacio donde tratar aquellas heridas que no sangraban.

Se acercó a Kaoru con aire jovial, cuando esta terminaba de limpiar el mesón.

– Que dices linda, aún no ha anochecido. –se inclinó a un costado casi por encima de ella, posando el brazo en la alacena–. Podríamos ir por un delicioso helado. – habló suave, con algo de coquetería intencional. Ella le miro algo distraída ya inmune a su constante encanto.

– No me gustan las cosas dulces. Lo sabes. – respondió cautelosa, dilucidando las intenciones del rubio, que parecía comportarse un poco más atrevido de lo normal.

– Es cierto, lo olvidaba. –sonrió Benimaru algo ansioso, tomándola con suavidad del hombro, guiándola a la puerta principal–. Pero se dé un delicioso lugar donde hacen una preparación especial de pulpo. Ta va a encantar.

La chica miro de soslayo en dirección a la sala comprendiendo la intención del rubio y se encogió de hombros pensativa.

– ¿Me honraras con tu dulce compañía? – Reitero Benimaru posando una mano en la espalda de la joven. Kaoru no pudo evitar ponerse nerviosa ante la cercanía del rubio.

– Por supuesto. – Respondió algo tímida, pero no logro ocultar el sonrojo leve que la invadió ante el beso que los dos hombres que yacían en la sala, habían compartido. Pensar que justo ellos dos eran los líderes de las familias que más se habían odiado en la historia de Orochi, la preocupó. No era una chica versada en historias de amor, pero no conocía ninguna unión entre bandos enemigos que no terminara en tragedia. Sintió pena por ambos al considerar todas las cosas que podrían salir mal a causa de su relación y salió del departamento pensativa, sintiendo una descabellada necesidad de ayudarlos.

– Hey Kyo, Yagami. Me robare la señorita un buen rato. Intenten no quemar el sitio si algo pasa. No quiero que King venda mis órganos en el mercado negro. – Se escuchó la voz de Benimaru desde la puerta de salida y luego el sonido de la cerradura al atrancar.

Quedaron a solas sin previo aviso y Kyo sintió como la presión en su estómago aumentaba gradualmente. Rio para sus adentros al sentirse tenso, como un inexperto chiquillo frente a un objeto de deseo. Miró a Iori, quien no se denotaba afectado; envuelto en una calma absoluta, sacando otro cigarrillo del paquete.

Aunque su apariencia siempre dictaba que nada le importaba, Kyo sabía que estaba ansioso, frustrado, posiblemente preocupado. Había aprendido a leer ya, aquellos pequeños matices en su comportamiento.

Pensó en su propia debilidad después del ritual y dedujo que a pesar de la rápida recuperación de Iori, nada aseguraba que no tuviese secuelas. Se cuestionó pensativo si Yagami podía estar sufriendo la misma brecha espiritual.

– ¿Está todo bien con el Magatama? – Preguntó sin mirar directamente al pelirrojo que había tomado asiento en frente suyo.

– No llegaron a la reliquia. – habló Iori con lentitud, observando la herida ya curada en su muñeca izquierda.

– ¿No sientes, algo extraño con tu fuego? – Preguntó Kyo sin más rodeos, no sabiendo cómo abordar el tema.

– Nada particular…–respondió Iori mirándolo directamente–…lo dices como si debiera haber algo extraño en él. ¿Tienes algún problema con el fuego Kusanagi? – Preguntó con cierta agudeza.

– No. –respondió Kyo con calma. Decidido a no sacar a colación temas innecesarios. Ese era solo un problema personal y tampoco era algo ante lo que Iori pudiese hacer nada–. Solo me parecieron extrañas aquellas marcas de tinta negra. Pensé que pudieron haber dejado algún problema. – sonó calmado. Iori lo miró en silencio. El ensueño con el espectro cuando fue intervenido por los monjes del Tenno y las pesadillas de las últimas noches, no eran nada que supusiera una amenaza, como tampoco algo que pudiese aportar utilidad a la situación. Sencillamente no quería hablar de eso.

– No lo hay. – Mintió.

El tabaco se consumió en una quietud meditabunda donde ninguno de los dos se movió. Sus miradas convergían por lapsos que Kyo rompía con facilidad. De repente el castaño parecía un chico avergonzado e irritado, lleno de dudas.

Iori lo observaba con atención entre el humo danzante. Sabía que lo mejor era mantener a raya la tensión entre ellos. Si permitía el libre albedrío de aquella emoción que irradiaban, solo les traería problemas indeseados para la resolución de sus objetivos. Pero pensar en lidiar con el Kusanagi cuando no estaba presente era muy diferente a tenerlo tan cerca. Allí, frente a Kyo, toda la cuestión de liderar los clanes carecía de sentido y solo se veía embargado por el impulso latente de atraerlo hacia sí. Sensación que crecia con cada emoción honesta de disconformidad en el rostro del castaño.

Miraba el tono miel del iris bajo su expresión molesta, sus labios húmedos en un rictus de incomodidad, su respiración lenta y acompasada a la suya, mientras su mandíbula se apretada por momentos acompañada por manos inquietas y dedos entrelazados. Lo deseaba y no podía controlar ese sentimiento a pesar de razonar su inconveniencia. Observó la venda que aún rodeaba parte del rostro de Kyo y la rabia refulgió cálida.

– ¿Por qué aun llevas vendado el ojo izquierdo? – Preguntó conteniendo el impulso de tocarlo. Era la tercera vez que veía a Kyo en casi veinte días y aquel retazo de tela seguía ocultando parte de su rostro.

– No curo tan rápido como tú. – Reprocho Kyo con una sonrisa amarga. La herida había curado hacía muchos días, pero su ojo ya no tenía una visión clara. El corte había sido lo suficientemente profundo para generar un daño irreversible y aunque agradecía no haber quedado ciego de su lado izquierdo, se le dificultaba acostumbrarse al enfoque dañado. Pero realmente lo que más le molestaba, era que la cicatriz y el tono más claro del iris, resaltaban lo suficiente para que cualquier persona centrara su atención en ello y tener a los sirvientes dando ocasionales miradas involuntarias, sintiendo pena por él. Le enojaba mucho.

Kyo evadió la cuestión sin mayores detalles, evitando una vez más la aguda mirada escarlata de Yamagi.

Iori lo analizó en silencio con aire inquisitivo. El Kusanagi parecía no querer contarle muchas cosas y se hacía evidente, por su incapacidad de ocultar la contrariedad que lo embargaba a pesar de intentar comportarse de manera afable. Si había alguien entre ellos dos capaz de cuestionar cualquier razón que los impulsara a acercarse, era él. Aquella enorme y desconocida responsabilidad que cargaba tras la muerte de Saisyu Kusanagi lo agobiaba y la situación entre ellos dos posiblemente lo confundía.

Iori se sorprendió ante las pocas dudas que él mismo cargaba al respecto. Kyo era una influencia inamovible en su vida. Alguien que le generaba una gran cantidad de emociones contrariadas, ya contra las cuales no luchaba. Muchas incluso, había aprendido a disfrutarlas, incluyendo la ira.

Kyo se levantó del asiento, posicionándose frente a la puerta del balcón, sintiendo el viento de otoño bajo los tonos ocre del atardecer. Respiro profundo equilibrando la pesadez en su interior. No entendía por qué se le dificultaba comunicarse y le enojaba no poder actuar con normalidad frente a Iori. Tenía muchas dudas relacionadas a ellos y todas divergían de lo que sentía estando a su lado.

Su posición como líder del clan, llenando las expectativas de su difunto padre, le ahogaba. La futura prometida de Iori le hacía sentir culpable, empeorando la sensación con cada recuerdo que le evocaba a Yuki. El hecho de que nunca había sentido atracción alguna hacia los hombres y que de repente estaba sumergido en ese caos de sentimientos que emergían por él, por Iori Yagami. ¿Acaso eso le volvía homosexual o bisexual? Se preguntó casi indignado.

Tener tiempo para meditar aquel sentimiento que los dragaba, lo llenaba de cuestiones contrastantes.

Desde la espalda de Kyo, en un abrazo envolvente que atrapaba su pecho, Iori lo apresó. Posó el mentón en el hombro del castaño y acercó los labios a su oreja. Kyo se estremeció al sentir su cuerpo ceñido con fuerza.

– ¿Por qué dudas Kusanagi…? – Susurro la voz grave de Iori al oído de Kyo y este sintió como todas las cuestiones se disipaban como arena entre los dedos. Luchar contra eso que los atraía como polos opuestos era insoportable.

Giró lentamente, deslizándose bajo el abrazo del pelirrojo y lo besó en un gesto sutil. No había dudas, razones o justificaciones capaces de abrir un espacio entre ellos en ese instante. Sentirse mutuamente, sin miedos, sin furia, sin fuego, tras todo lo sucedido en los dos últimos ciclos lunares, tenía un valor incalculable. Algo que las palabras no podían medir y la realidad no podría romper.

Sus lenguas danzaron humedecidas y cálidas mientras su respiración de tiempos acompasados, aceleraba su paso hasta tornarse en jadeos sedientos. El beso de proceder delicado, se transformó en una voracidad insaciable. Sus cuerpos se estrecharon víctimas de un deseo inexorable. Las manos de Iori exploraron hambrientas la espalda de Kyo, bajo la camisa que luchaba por no ceder a la intensidad del contacto.

Los labios de Iori bajaron por la piel del castaño, incrustando con suavidad los dientes en la parte baja del cuello. Kyo ahogo un gemido ronco y empujo con su cuerpo a Iori en dirección a la habitación. Ambos retrocedieron con torpeza entre exploraciones entrecortadas de sus cuerpos y bocas.

Cuando estaban a punto de chocar contra la cama, Iori dragó con brusquedad al castaño, hasta someterlo contra el colchón. Kyo gruño de placer y molestia ante la dominancia de Yagami.

Se besaron nuevamente con una pasión desbordante, brusca, que competía por tener el control. La camisa de Kyo fue arrancada sin llegar a romperse y este se inclinó hasta quedar encima de Iori susurrando entre jadeos.

– Eres mío Yagami. – Habló autoritario con la respiración agitada. Iori sonrió con lujuriosa malicia y respondió lamiendo el cuello de Kyo y apretando las caderas del castaño contra sí.

– Lo soy. – Respondió en un susurro bajo, mientras deslizaba las manos por el torso musculoso del Kusanagi. Palpando con tacto apasionado, las cicatrices demarcadas sobre la piel sudorosa.

Las manos de Kyo recorrieron a su vez la espalda desnuda de Iori, subiendo por su cuello y enredándose entre sus cabellos rojos. Sintiendo como su excitación presionaba la tela del pantalón y como la rigidez de Yagami empujaba su entrepierna, bajo la fábrica del jean. Los dedos del pelirrojo descendieron, abriendo su paso hasta liberar la erección de Kyo, deslizándose con ahínco hasta la parte más baja y haciendo que el pantalón cayera hasta las piernas del castaño.

Kyo dio un respingo al sentir las manos calientes de Iori envolviendo su rigidez. Que un hombre estuviese generando en su cuerpo tal explosión de sensaciones, le hacía preguntarse que estaba mal consigo. Se sintió algo avergonzado ante la primera serie de contactos de Iori con su miembro erecto, pero el deseo cegaba su mente y la única reacción capaz de sopesar aquella vergüenza, fue tomar a Iori de Igual manera revelando con brusquedad su propia erección.

Ambos jadearon estremecidos ante la estimulación mutua y el contacto caliente de sus miembros. El toque de Iori era más agresivo, pero no menos excitante y Kyo termino por posar su cabeza en el hombro del pelirrojo, observando como sus miembros en movimiento, muy juntos entre los dedos de ambos, se humedecían paulatinamente.

"¿Qué demonios estoy haciendo?" Pensó confuso, pero se negó a detenerse, sintiendo los jadeos roncos de Iori en su cuello. Quería pararlo, pero a la vez deseaba poseerlo, como también sentía la necesidad de que Iori no se detuviera. Se cerraron nuevamente en un beso apasionado, acompasado por la voracidad con que se tocaban.

– Eres mío Kyo. – Acoto Iori al romper el beso, mirándolo con ojos cargados de desbordante lujuria, mientras su respiración agitada se mezclaba tibia con la del castaño. Tras aquellas palabras Kyo sintió como su cuerpo se acercaba al clímax y se encogió posando la frente en la clavícula del pelirrojo. Era demasiado pronto, pensó avergonzado. Venirse por el contacto de un hombre. No. Por el tacto de Iori Yagami y en tan poco tiempo.

Maldijo por lo bajo mientras su cuerpo se estremecía por los efectos del orgasmo. Sintió justo como después de aquel espasmo intenso, la semilla tibia de Iori emanaba entre sus dedos, esparciéndose hacia su abdomen, mezclándose indiferenciadas.

Ambos cuerpos temblaron estremecidos sobre la cama. El peso del cuerpo de Kyo, excitaba de sobremanera al pelirrojo. El castaño se inclinó algo mareado, temeroso ante las sensaciones que Iori estaba despertando en su cuerpo. Pero Iori no parecía pensar en aquellas cuestiones e inclinándose hacia él, invirtió la posición, sometiéndolo bajo su cuerpo sudoroso.

Kyo lo miró altanero y algo confundido, pero Yagami sin mediar palabra, descendió lentamente por su torso, pasando la lengua por su vientre viscoso, deslizándola entre los fluidos de ambos. Kyo dio un respingo y arqueó un poco la espalda, tensando el abdomen y marcando entre el fluido blanco sus músculos firmes. Las manos de Iori rodearon su miembro aún erecto y la sensación explosiva arrancó un gemido ahogado de Kyo.

La boca de Iori se cerró cubriendo la excitación extra sensible del castaño con suaves movimientos descendentes y Kyo gimió sin poder contenerse. Levantó un poco las piernas, rasgando con los dedos de los pies el cubre lecho de la cama. La sensación era insoportablemente placentera, tras haber eyaculado hacía poco. Se sintió vulnerable y nervioso, cuando las manos de Iori se abrieron camino lentamente a través de sus glúteos.

Se puso rígido ante la ola de placer y la sensación alarmante que le dictaba su masculinidad. Detuvo a Iori con brusquedad tirando de su cabello para razonar un instante, donde la razón estaba en un plano lejano.

– ¿Qué…estas…haciendo? – Preguntó indignado entre impulsos de placer descontrolado. La mirada de Iori fue acompañada por una sonrisa lasciva y su lengua jugueteo con el miembro de Kyo, haciéndolo estremecer. El castaño gimió de placer nuevamente y soltó con suavidad la presión sobre el cabello del pelirrojo. Este aprovecho el espasmo de placer al que se vio sometido el Kyo, para acceder al interior de su cuerpo.

La sensación fue extraña e invasiva, confusa para Kyo. Maldijo entre oleadas de placer causadas por la boca de Iori e intento detenerlo, pero este solo aumento la intensidad de la estimulación y de la penetración al mismo tiempo.

Tras unos minutos de gradual exploración y estimulación por parte de Iori, Kyo gruño sintiéndose a punto por segunda vez y abandono sus intentos de detener al pelirrojo. Posó los brazos sobre el rostro enrojecido, incapaz de aceptar el tacto de Iori dentro de su cuerpo. No era doloroso, pero era demasiado extraño, indecente. Aun así el placer le cegaba todo y confundía aquella sensación. La vergüenza y la rabia se mezclaban con el deseo de manera amalgamada e indiferenciable.

– Maldito Yagami. – Jadeo a punto de venirse, pero el pelirrojo detuvo la estimulación, impidiéndole eyacular. La mano derecha de Iori ascendió con brusquedad y separo los brazos de Kyo, quien gruño enojado, mirándolo con ojos febriles y rostro acalorado. Estaba en su punto limite, sin lograr alcanzar el clímax. El pelirrojo le sostuvo la mirada lamiendo la viscosidad de los fluidos de Kyo en sus labios, mientras su otra mano reiniciaba la estimulación en su erección. Aquello corto el aliento a Kyo, quien apretó ambas manos que estaban apresadas sobre la cabeza, bajo la fuerza de Yagami.

El maldito estaba jugando con él, aprovechándose de su inexperiencia con hombres. "Con hombres." Aquel pensamiento lo hizo estremecerse inseguro y cuando estuvo a punto de rechazar al pelirrojo, irritado por la desbordante excitación, percibió como la rigidez de este cruzaba resbalosa entre sus glúteos. Sintió como con suavidad, el miembro de Iori se internaba dentro de su cuerpo. Kyo ahogó un gruñido ante la penetración de algo mucho más grande e invasivo y giró el rostro congestionado de la mirada intensa de Iori.

Era un dolor denso, mientras con movimientos lentos se abría pasó en su interior. El pelirrojo aumento paulatinamente el ritmo, la falta de delicadeza y la intrusión de su miembro caliente le cortaba el aliento al castaño.

Maldijo una vez más. Quería apartar a Iori con un movimiento cortante, pero a la vez no soportaba estar en ese punto tan cercano al climax, al que Iori lo estaba llevando con la estimulación de su miembro. Tenía la mente embotada entre sensaciones físicas desconocidas y solo deseo poseer a Iori de la misma manera, mientras a la vez sentía la necesidad de que Yagami llevara su cuerpo a culminación. Estaba de placer al límite y esto le sopesaba el dolor que le generaba cada embestida desconsiderada de Iori.

La sensación supero los niveles de intensidad y su cuerpo se liberó por segunda vez, estremecido bajo un orgasmo más intenso que el anterior. Su fluido denso goteó por segunda ocasión entre los dedos de Iori, haciendo que Kyo empujara su cuerpo contra el pelirrojo en el proceso.

Cuando el efecto extasiante del orgasmo se diluyo entre jadeos, solo restaba el dolor y Iori se deslizó fuera de Kyo. El castaño se estremeció ante la sensación de retirada y jadeo con la cabeza inclinada hacia Iori, quien mantenía con esfuerzo, una segunda erección insatisfecha.

Había sido poseído por un hombre, por Iori Yagami. Y todo eso parecía importarle muy poco en ese momento. Gruño con el orgullo herido y presionó sus piernas para evitar la lejanía del pelirrojo.

– No soy una maldita niña virgen. –espeto Kyo con más agresividad de la que esperaba–. Continua. – Gruñó entrecortado mientras tomaba entre sus manos el miembro aun erecto de Yagami. Este se estremeció ante el contacto, alejando su miembro de las manos de Kyo.

– No. – Respondió Iori con la respiración agitada y miró directamente al Kusanagi. El cabello rojo en caída le descubría casi todo el rostro.

– Aunque disfrute mucho el lastimarte. –sonrió malicioso–. Esta no es la forma de hacer esto. Hare que lo disfrutes conmigo. – apuntó imperativo y besó a Kyo, esta vez sin la brusquedad del deseo desbocado.

– Nada te asegura que tengas otra oportunidad Yagami. La próxima podría ser yo quien haga esto. – habló Kyo lascivo y dominante tras romper el beso. Iori sonrió malicioso, besándolo de nuevo. Ambos ciñeron sus cuerpos en un abrazo fuerte y un beso lento.

Separaron sus vientres pegajosos en un movimiento aperezado. Había un cierto aire de insatisfacción entre ambos, pero a su vez aceptaban una satisfactoria tensión resuelta. Kyo se sintió un poco abrumado por la oleada de sensaciones y el dolor suave, rezagado, en su cadera. "Indecente." Pensó. Nunca antes había experimentado tal intensidad al tener sexo con alguien, como tampoco nunca nadie le había llevado de esa forma, entre el absoluto placer y dolor. Se sentía en parte un poco avergonzado e irritado, pero a la vez el deseo por Iori solo parecía crecer. Dentro de sí se intensificaba un impulso fuerte ante la idea de poseer a Iori, como también aterrizaba menos pudoroso, el deseo de dejarse tomar por él.

Miro una vez más al pelirrojo antes de ingresar al cuarto de baño. Este yacía sentado al borde de la cama con el pantalón aún desabrochado y un cigarrillo apagado entre los dedos. Su semblante tranquilo, mudo, bajo la luz mortecina que se filtraba del exterior por la ventana entre abierta, le daba un aire misterioso, casi peligroso.

Iori sonrió siendo consciente de la mirada del castaño y prendió el cigarrillo con un destello violeta de su mano. Kyo percibió el gesto tentativo al evocar las flamas y luego al envolver en un movimiento sugestivo con su boca, el reverso del cigarrillo. Maldijo a Yagami mentalmente, sintiendo como su cuerpo reaccionaba ante aquel simple gesto y cerró la puerta del baño.


Salió del servicio con la camisa húmeda y plegada a la piel. La tela estaba algo agredida por la fuerza que había usado Iori al arrebatársela. Pensó un instante en la prometida de Yagami y en lo incorrecto que era todo lo relacionado a ellos, y aun así el placer de lo acontecido rasgaba con fuerza la superficie de aquella moral. Estaba abrumado, no quería pensar ni un poco más en lo que debía o no hacer con respecto a Iori. Toda esa maldita situación era una locura y a pesar de todo no se arrepentía de nada.

Se acercó a la sala al no ver al pelirrojo en la habitación y le encontró recostado de perfil, bajo el dintel del balcón. Seguía sin camisa y con el pantalón entreabierto. En la parte superior del jean se denotaban algunas manchas ocasionadas por los fluidos que ambos debieron gotear sobre la tela. Un fulgor violeta consumió la cajetilla de cigarrillos que Iori tenía entre sus manos, dejando cenizas oscuras al viento.

– Deberías cambiar tu ropa o por lo menos limpiar el pantalón. – Habló Kyo airado, pensando en que podría pensar Benimaru y la chica si regresaban en ese momento. Iori sonrió divertido.

– Tal vez guarde el recuerdo para la noche. – Respondió lascivo.

– Eres un bastardo pervertido. – Sonrió Kyo tenso.

– Y tu alguien que se escandaliza con facilidad. – ensancho la sonrisa en gesto burlón, acercándose al castaño. Molestar a Kyo de alguna manera era algo que no controlaría nunca. El semblante de Kyo se endureció pensativo.

Iori levantó la mano y discurrió el cabello del ojo izquierdo de Kyo. La tela blanca y delgada que cubría el ojo, le rodeaba floja y humedecida. Acarició con delicadeza el lado cubierto del rostro, apreciando como el castaño cerraba los ojos ante la caricia.

– ¿Qué es esto Yagami? – Preguntó atribulado mientras permitía que Iori retirara las vendas, acogiendo la delicadeza de aquel gesto.

Su pregunta no recibió respuesta al instante. Kyo no tenía certeza del significado de todo lo sucedido entre ambos, como tampoco sabía que palabras esperaba escuchar. Solo deseaba saber que pensaba Iori al respecto, ya que él no lograba transigir aquello que los unía, aunque lo sentía con una intensidad abrumadora.

– No lo sé. –respondió Yagami pensativo, con cierta amargura en el rostro al dejar caer los vendajes y ver la cicatriz oblicua que cruzaba desde la ceja, pasando por el parpado y terminando en la parte superior de la mejilla de Kyo–. Pero no me importa en este momento. – Puntualizo deslizando los dedos a través del corte. Su voz se notaba despreocupada, sin dudas.

Kyo cubrió la mano del pelirrojo con la suya y la alejó del rostro, abriendo el ojo cicatrizado. Dejó apreciar a Iori el iris de tono más claro y desgastado; como si una pálida película delgada, nublara su tinte. Las palabras de Iori fueron suficientes para entender la indolente seguridad que Yagami cargaba al respecto y eso le dio a Kyo una cínica seguridad.

– No, por el momento no importa. – Respondió el castaño deslizando sus dedos a través de la mano con que Iori palpo su cicatriz. Las dos manos se entrelazaron en un contacto fuerte. Sus miradas cayeron pesadas en un silencio contemplativo. No había respuesta clara para esa pregunta y no tenían afán por encontrarla.

Dialogaron a solas en una calma solo lograda por la unión de sus cuerpos. Sus palabras viajaron entre la perdida de Saisyu para Kyo y la reticencia de Iori frente a los Yagami. Su comunicación seguía siendo accidentada y de fácil quiebre temperamental, pero su comprensión mutua era más clara ahora. A pasos pequeños habían entrado en un punto donde empezaban a entenderse cada vez mejor.


Para cuando Benimaru regreso con Kaoru, ya Kyo no estaba en el departamento. Solo se encontraba Yagami, vistiendo una muda de ropa diferente. Estaba en el balcón hablando por un celular que el rubio no tenía idea de donde había sacado. Su expresión cargaba cierta severidad autoritaria.

Benimaru lo miró un instante desde la sala sin poder evitar centrar su atención en las gotas que discurrían del cabello de Yagami, dejando rastros de humedad sobre la tela blanca de la camisa.

Para cuando interpreto aquel detalle, maldijo una y mil veces para sí mismo, negándose a imaginar siquiera una mínima parte de lo que significaba eso. "No, no, no." se repitió mentalmente. Se sacaría los ojos si llegaba a visualizar a Iori y a Kyo haciendo…

– Ahhh. –exhalo tomando asiento bajo un gesto melodramático–. No pienses en eso. Eso no tiene nada que ver contigo. – Habló para sí mismo, sofocando cualquier especulación al respecto. No estaba seguro y tampoco quería saberlo. Era suficientemente con la locura de considerar que existían sentimientos románticos entre ellos dos. Miró a un costado como una toalla a medio usar reposaba sobre el espaldar de una de las poltronas, cerca al balcón. Observó la tela con desconfianza y suspiro pensando en que tal vez solo estaba exagerando.

– ¿Estas bien? – Preguntó Kaoru confundida ante la reacción repentina de Nikaido. La chica se acercó a la poltrona y tomo la toalla de su lugar. Benimaru la miró sin palabras, deseando ignorar la tela entre sus manos.

Iori colgó la llamada regresando a la sala, entró con su casual aire inmutable.

– Señor Yagami. –saludó Kaoru con decencia cuando este se acercó–. Esta mojando su camisa. – Acoto con amabilidad entregando la toalla al pelirrojo.

– Ya te dije que no me digas señor. –espeto Iori recibiendo la tela–. Y gracias. – Puntualizó llevándose la toalla al cabello y caminando hacia la habitación. La joven sonrió asintiendo con la cabeza. Se denotaba animada, que Iori Yagami ya agradeciera con facilidad era un buen paso en su relación con él.

– Kyo dijo que regresaría mañana, pidió que lo contactes durante el día. – Acotó Iori a Nikaido, tras lo cual cerró la puerta de la habitación.

Benimaru los miró anonadado y sin palabras. ¿Acaso era el único que tenía suficiente sentido común para ver toda la maldita situación en extremo incomoda? Se pasó una mano cansina por el rostro sin saber que pensar. Por lo menos el infeliz daba los recados de Kyo sin chistar.

Miró a la joven, ciertamente ella no se había percatado de nada. Al parecer en temas de esa índole, era solo una chiquilla bastante inocente. El rubio se levantó del sillón y se acercó a la chica, mientras esta discurría las puertas de vidrio del balcón, para asegurarlas.

– ¿Sucede algo? – Preguntó la joven al ver la expresión de lastima casi infantil de Benimaru. El rubio la abrazó y palpó su cabeza con gesto casi paternal. Sentía una profunda y dramática consideración por la chica al verla en medio de una situación tan extraña. No se imaginaba que podía estar sintiendo ella. Desconocía lo poco que la afectaba.

– Qm. Señor Nikaido sería tan amable de no hacer eso por favor. – Espetó la chica muy nerviosa y sonrojada ante el contacto del rubio. No entendía ni un poco el porqué de aquel gesto, pero lo empujo intentando separarse, sentía el rostro acalorado.

– Oh pequeña–. El rubio la estrechó con más fuerza al escuchar la decencia abnegada en la petición de la chica. La abrazó como si fuese su pequeña hermanita con el corazón roto, mientras la chica pugnaba por soltarse, confundida y muy avergonzada.