La mañana finalizó entre sorbos de té, trozos de tamagoyaki y un poco de arroz preparados por Kaoru con los improvisados ingredientes de la dispensa. Entre un bocado y otro fluyo una charla casual en la que Kyo indagó acerca de la reunión que había abandonado precipitadamente.
Benimaru aprovecho el abordaje del tema para comentar en tono divertido que, si a Kaoru no le iba bien como abnegada esposa, podría dedicarse a la vida artística. Prometiéndole incluso con aire socarrón, que él mismo podría ser su manager y así podría librarse de ese karma de los Yagami.
Luego de un magnifico lanzamiento de palillos, que el rubio atajo en el aire muy cerca de su cabeza, la chica se disculpó apenada por su terrible reacción indecente. Kyo y Benimaru rieron divertidos mientras la joven recuperaba la compostura.
Iori se levantó de la mesa, agradeciendo la comida con un gesto liviano de la cabeza.
– Es mejor estar listos pronto. Cuando esa mujer llame, saldremos sin perder tiempo. – Habló con tono autoritario, abandonando la sala. Kyo se paró de la poltrona con una repentina ansiedad, algo dentro de él se revolvía con enorme expectativa ante aquella reunión.
– Gracias por la comida. – Sonrió a Kaoru. Sus dulces facciones que parecían cargar una tristeza imborrable, se amenizaron regresando la sonrisa. Kyo pensó en lo hermosa que era, tan contrastante y dócil a la primera vez que la vio. Apreció a Benimaru algo tenso y dejo a ambos solos en silencio.
Una quietud incomoda se plantó entre la chica y el rubio. Su aire pesaroso había retornado a la normalidad mientras observaba abstraída un calendario decorado que reposaba sobre el costado derecho de la cocina.
– Siento lo de anoche, fui un poco…– Habló con cautela el rubio. Kaoru apreció la incomodidad que lo rondaba, se denotaba casi inseguro, algo muy opuesto a su forma generalizada de comportarse.
– Esta bien Señor Nikaido. –se irguió recogiendo los platos de la mesita–. El licor suele hacer eso en las personas. – Acotó con aire conformista, triste. Quitándole importancia al asunto.
"Señor" Pensó Benimaru escocido.
– Déjame ayudarte. – Agregó tomando un plato pequeño de la mesita, pero la joven lo retiró con delicadeza de sus manos.
– Esta bien, puedo hacerlo sola. – Habló con firmeza y al rubio le dio la impresión de que se refería a otra cuestión.
De nuevo en el mismo punto ¿no? Eres un imbécil, se refuto mentalmente Benimaru.
La tela granate de la camisa Armani, manchada y desgarrada, se elevó con lentitud. La expresión de desagrado de Yagami no se hizo esperar mientras apreciaba su nueva prenda hecha añicos. Tendría que ir nuevamente a un molesto centro comercial y comprar esta vez algo más que una camisa.
La desechó junto a los residuos sanguinolentos con que Kyo había curado sus heridas, apreciando por un instante como el castaño parecía haber mejorado en la práctica, aunque las vendas estaban todas holgadas al despertar.
Kyo ingresó a la habitación, siendo recibido por una toalla que se precipitaba a su cara y que atrapó en el aire.
– Tu primero Kusanagi. – Espetó Iori airado, mientras observaba las ropas de visos cálidos y tallas estrechas, poco agradables a su gusto. Tomó del closet la más holgada y minimalista dejándola caer sobre la cama.
Kyo aprovechó el turno cedido entrando en el cuarto de baño. Por su mente cruzó fugaz la idea de compartir aquel espacio con Iori, pero se refuto al instante semejante insensatez.
Su baño fue refrescante y corto, no quería demorar mucho. Su mente estaba viajado al encuentro con aquella mujer, simulando posibilidades. Al acercarse a la puerta escucho la voz de Iori, su tono rígido parecía dirigido a alguien diferente a los que moraban en la casa. Discurrió la puerta un par de centímetros con extrema delicadeza y escuchó el final de la conversación.
– …quiero todas las ubicaciones pronto. Y no esperes explicaciones, no es tu trabajo cuestionarme Saito. Infórmame cuando las obtengas. – Puntualizó colgando la llamada.
Kyo abrió la puerta de golpe simulando una salida despreocupada y caminó al interior de la habitación, deteniéndose frente a las coloridas prendas que colgaban dentro del closet.
Iori apreció la parcial desnudes del castaño aplacando el enojo repentino ante la llamada del ninja. Por la espalda amplia y desnuda de Kyo se deslizaban lánguidas gotas de agua, generando surcos curveados en las cicatrices claras.
La mano fría de Iori palpó la piel del castaño desde el cuello hasta el límite de la toalla, discurriendo la humedad entre sus dedos. Kyo sitió un escalofrío recorrer su cuerpo cuando los labios de Iori rozaron su cabello hasta llegar a su oreja.
– Vístete antes de que considere algo más contigo, sin importar quienes estén aquí. – Habló el pelirrojo con una naturalidad contrastante a su tacto. Los músculos de Kyo se tensaron dejando deslizar nuevas gotas por el derrier. Iori sonrió complacido con la reacción y corrió la otra puerta del closet, dejándolo abierto de par en par–. Son todas tuyas Kusanagi. – Agregó con dejo cínico, refiriéndose a las variadas ropas de tallas inferiores.
– Y yo pensaba que cuadraban mejor en tu ajustado estilo. – Respondió Kyo socarrón, alivianando la tensión sexual entre ambos. Iori bufó parcialmente indignado e ingreso al cuarto de baño.
Kyo observó con severidad el celular de Iori reposando sobre la mesita de noche. Un espía como Saito, bajo la situación actual, no se comunicaría con su señor más de una vez con el mismo número, así que le era inútil considerar revisar el registro. Su mejor opción era Benimaru si quería que el hombre accediera a hablar con él.
Un suspiro lento escapo del castaño. No sabía que estaba buscando Iori, pero aquel terrible presentimiento relacionado a ello, no dejaba de perseguirlo. Tenía que averiguar de algún modo que significaban aquellas "ubicaciones".
La llamada llegó con puntualidad a mitad de la tarde. Kyo había estado hablando con Benimaru en el balcón, su insistente intención de contactarse con Saito no le generaba mucha confianza al rubio, que se denotaba algo reticente. A pesar de acceder a ayudarle con la cuestión, no parecía nada conforme con la poca información que Kyo le compartía.
Iori y Kaoru se habían enfrascado en una conversación extensa acerca de las posibilidades que la chica consideraba dentro del clan Yagami y su reacia seguridad acerca de los potenciales simpatizantes dentro del clan, que aun consideraban a Iori como su líder legítimo. Ella insistía en que juntos podrían generar una desestabilidad interna, para menguar la influencia de Takeshi sobre el conclave. Aseguraba que al hacer eso, muchos de los Yagami podrían oponerse a su liderazgo y así él podría acorralar a los culpables de todo. El pelirrojo no parecía muy a gusto con la idea, ya que consideraba que la traición Yagami a los principios de su legado como parte del sello de Orochi había sido masiva, pero se guardó esa apreciación y escuchó cauteloso los argumentos de la joven, que no estaban faltos de veracidad.
Al abandonar el departamento rumbo al destino dispuesto por el contacto de King, Benimaru se apartó del grupo bajo la excusa de tener asuntos pendientes; no sin antes hacer prometer a Kyo, que este debía informarle sobre las conclusiones de aquel encuentro y darle a entender al castaño con cómplices gestos, que iba a gestionar su petición con Saito.
Iori y Kaoru ya se habían adelantado en un taxi cuando Kyo se subió a la moto. Frotó con delicadeza su ojo izquierdo, el enfoque borroso de este le agotaba la vista, aunque cada día parecía ser más imperceptible. Miró cabizbajo a la nada, recordando a su padre, a Yuki y a todos los Kusanagi victimas de aquella traición. Era una marca que lo seguiría por siempre y le impediría olvidar sus pérdidas. Sonrió con triste orgullo y deslizó el casco sobre su cabeza.
La moto arrancó veloz rugiendo a su paso.
La reunión se llevó a cabo en un restaurante llamado Tofuya Ukai, ubicado en un extenso jardín de pasajes estrechos bajo la torre de Tokyo. Su ingreso al lugar fue guiado por un hombre mayor de porte elegante, lleno de gestos serviles que se presentó a sí mismo como Yotaro Himura.
Caminaron bajo el sol caído de la tarde por senderos de piedra que parecían retornar en el tiempo, antiguo bastión de memorias contrastando con la moderna estructura de la torre. Los arboles cubrían sus cabezas con lluvias hojarascas llenas de colores otoñales.
Frenaron frente a un puente de madera roja que daba a un Kiosuku empotrado sobre un lago circundante.
Una mujer de cabellos ocaso claro, rasgos pulidos y ojos oscuros, les aguardaba sentada al fondo del espacio redondo. Era dueña de una belleza única, híbrida, iluminada por una sonrisa casi tentadora.
A los costados del puente dos hombres de traje negro y complexión grande aguardaban silenciosos bajo una tarde fría.
La mujer hizo un gesto con la mano, indicándoles ingresar mientras cruzaba mudas palabras lejanas con el hombre de gafas. Este pasó al lado de ellos haciendo una reverencia a modo de despedida y se llevó consigo a los guardaespaldas.
– Por fin conozco a los famosos compañeros de mi querida mon amie. –ensancho la sonrisa–. Por favor tomen asiento. –convidó la mujer con un gesto estilizado de la mano–. Yo soy Amelie y es un gusto conocerlos. – Inclinó sutilmente la cabeza con aire elegante.
– El gusto es nuestro. –respondió Kyo con decencia–. Agradecemos que accedieras a ayudarnos. Ella sonrió con maternal humildad.
– Los amigos de mi querida King, son mis amigos. –agregó rozando con delicadeza un pocillo redondo con restos de pétalos en su interior, dando una particular mirada curiosa a Kaoru–. A ti querida no te conozco. – Acotó con amable cautela.
– Soy Kaoru…Yagami señorita. – Apuntó la chica haciendo una sutil reverencia cargada de etiqueta.
– Yagami. Comprendo. –hizo una pausa apartando a un costado el pocillo y posando las manos en posición centrada, cruzando sus estilizadas uñas de matices dorados–. Supongo que no desean más rodeos frente al tema y ansían saber cómo puedo ayudarlos. – Indagó cruzando las miradas expectantes de sus tres invitados.
– Exacto. –apuntó Iori menos amistoso–. Que es lo que puede decirnos al respecto.
– Bueno como ya saben solo soy una humilde acompañante. Pero a una dama en mi posición se le facilita dialogar con los varones. He asistido ya a varias reuniones y eventos en los últimos meses. Claro que no todas tienen rumores con respecto a sus intereses, pero algunas sí que los tenían. –pausó con brevedad para analizar a Iori con algo de descaro–. Los Yagami han estado en boca de varios personajes influyentes durante un buen tiempo. Incluso sin ser partícipes de todas aquellas congregaciones. –respiró profundo con un leve toque pesaroso–. Todo empezó con un supuesto traspaso de tierras. Al parecer a los caballeros que compartían un par de bebidas conmigo en ese momento, les molestaba de sobremanera que su familia perdiera cierto control sobre algunas acciones de la banca en el sector privado, y que curiosamente estas hayan pasado a beneficiar con creces a los Yagami. Una familia que, según ellos, no tendría mayor capital inversor como para incursionar en las macro empresas. Aseguraban con creciente indignación que aquella familia estaba negociando con el gobierno ciertas influencias. En esas noches todo parecía ser un tema público, no había mucha clandestinidad en esas serias especulaciones y bueno, a pesar de lo poco que yo podía entender sobre toda esa cuestión, tras unos tragos, siempre había gente que necesitaba desahogar algunas indignantes cuestiones. – Sonrió una vez más con un encanto embrujante.
– ¿Los Yagami estuvieron haciendo transacciones de tierras y de acciones en la banca? – Preguntó Iori lentamente. Nada de ello le había sido informado y tanto él como a ambas manos regidoras del clan debían presentar su consentimiento ante la propuesta. La administración Yagami era manejada por diferentes miembros de importancia burocrática y profesionales en el tema. Pero la decisión final ante cualquier movimiento económico debía tomarla el cónclave Yagami bajo la autorización del lider. Estaba seguro que aquellos rumores sobre la incapacidad del clan para incursionar en negocios de macro economía eran ciertos, o lo habían sido para él hasta hace poco. Recordó la pérdida del Magatama y su posterior recuperación. Desde aquel incidente con la reliquia, algo que nadie parecía tener muy claro, el clan había depuesto de su presencia para varias decisiones que él mismo consideró, quizás erradamente, triviales. El contacto con la familia se había limitado a un ocasional informativo proveniente de la mano derecha, y aunque eso acrecentó su comodidad, pudo haber propiciado aquellos actos a sus espaldas.
– ¿Estás diciendo que ellos invirtieron en el sector privado y el gobierno accedió a pasar poderes por sobre otros accionistas? – Preguntó Kaoru complementando la indagación de Iori.
– Eso parece. La verdad yo no comprendo mucho del asunto, pero mi benefactor me dio a entender que así era cuando le pregunte cual era el revuelo entre aquellas personas con respecto a los Yagami. –paso el cabello tras la oreja con una delicadeza solo femenina–. Pero ese era solo el comienzo. Luego vinieron los rumores sobre un ejército privado y las terribles especulaciones de mafias relacionadas a ellos. Eso sí que generó un ambiente tenso. Luego de eso las reuniones pasaron a tener un toque clandestino. Ya nadie hablaba mucho al respecto y la zona privada era inaccesible. Recuerdo no haber sido invitada a algunas reuniones posteriores, ya que mi benefactor parecía molesto ante la prohibición. Aunque regreso a cierta normalidad tiempo después. – Inclinó la cabeza jugando con sus uñas.
– ¿Qué ha sucedido en el último mes? – Preguntó Kyo ansioso.
– Normalidad es una palabra sobrevalorada en estos ámbitos...recientemente, en el último mes, asistieron personajes de lo más extraños. Unos monjes bastante particulares por ejemplo. Recuerdo haber bromeado con varios hombres en la zona de cocteles sobre la posibilidad de exorcizar la corrupción política y a pesar de que rieron con agrado, había un aire pesado por su presencia. Los rumores fueron cortados de raíz desde su llegada. –hizo una pausa suspirando intrigada–. Últimamente mi benefactor ha sido solicitado para muchas reuniones de ese talante en lo que va del mes. En la reunión más reciente incluso logre ver a un miembro de su famosa familia. Entro muy tarde, ya finalizando la velada. La mitad de su rostro tenía una quemadura terrible, pero nadie se atrevió a rumorear al respecto. Me dio la impresión de que había miedo en los presentes. – Puntualizó apartando las manos de la mesa.
El silencio inundó el Kiosaku, dejando solo el ondear del agua y el bramido apagado del follaje hambriento contra el viento.
– Era Takeshi. – Habló Kaoru con tono apagado, casi compungido. Amelie la observó empática, sin entender su repentina tristeza.
– King dijo que podrías ayudarnos. ¿Cómo exactamente? – Preguntó Iori expectante. La mujer sonrió casi triunfal.
– Bueno cada parlamentario o ejecutivo invitado a las veladas, tiene derecho a llevar consigo hasta dos sirvientes. Hace ya varias reuniones he tenido mis diferencias con uno de ellos y he logrado convencer a mi Benefactor de cambiarlo. Aun no parece haber elegido su reemplazo y pensé que sería una excelente oportunidad de infiltrar a alguno de ustedes a la siguiente reunión que será mañana mismo, en horario nocturno. –
– Ire yo. – Puntualizó Kyo de manera apresurada. Iori lo miró con recelo a punto de negarse.
– Eres el anterior líder del clan Yagami. Como mínimo algunos te reconocerán, eso sin contar a los miembros de la familia…no hay manera de que pases desapercibido. Tu apariencia de por si es bastante llamativa en todo sentido. –cortó Kyo antes de que el pelirrojo refutara–. Yo por otro lado tengo muchas maneras de verme común. Agregando esto a que los Yagami no se esperarían jamás al líder Kusanagi de sirviente en una velada burocrática. – Sonrió prepotente.
– Eso suena razonable. – Agregó la hermosa mujer compartiendo la sonrisa del castaño, en su mirada algo refulgió con creciente interés.
– Es demasiado arriesgado. Si por alguna razón llegan a reconocerte, estarías en medio de una cantidad de enemigos que no podrías manejar. – Acotó Iori autoritario, negándose ante la idea.
– Por un lado, Yagami, te sorprenderías de lo bien que se cuidarme solo. Por otro lado, cuento con todos ustedes por si estalla algún conflicto inmanejable, aunque dudo mucho que algo pueda salir mal. No es que vaya a estar conversando amistosamente o provocando a algún Yagami. – Espetó Kyo algo divertido ante la rotunda negativa de Iori.
– Yo deseo ir. –alzó la voz Kaoru–. Por favor permítame acompañarlos. –miró con suplicante urgencia a la mujer que guardaba silencio entretenida con los dos hombres–. Yo sabré si los miembros Yagami que asistan al lugar, podrían ser nuestros potenciales aliados. Aparte. –miró a Iori–. Tanto el señor Kusanagi como yo estamos bien enterados de la situación y sabremos qué información puede ser valiosa y como conseguirla. – Puntualizó con una resolución que no aceptaba negativas.
– Ella tiene un excelente punto. –apoyó Kyo triunfal. Iori gruñó poco convencido–. ¿Puedes hacer eso? – Le preguntó el castaño a Amelie que miraba con aire pensativo a la chica.
– Puedo pedirle a mi benefactor que me permita a mí, una acompañante femenina. Aunque me temo que eso deberé solicitarlo como un favor especial esta noche. – Agregó con picardía sensual la mujer, sonriéndole a la chica. Kaoru enrojeció de repente agradeciendo con una reverencia.
– Bueno, ya está dicho. El plan me parece sólido. – Acotó Kyo enérgico. Le emocionaba la idea de hacer espionaje en la cara de sus enemigos. Iori guardó un silencio hosco ante lo limitadas que eran sus opciones. Había algo en aquella mujer que no llegaba a convencerlo.
– Te recomiendo practicar tus mejores modales. A mi benefactor le agrada mucho el porte servil de occidente. Les enviaré a primera hora mañana donde encontrarnos para los preparativos. –se dirigió a Kyo y a Kaoru con voz cantarina–. No se preocupe señor Yagami, sus amigos estarán en buenas manos. – Acotó dedicando una sonrisa preciosa a Iori, quien guardo un silencio hosco y enfrentó la mirada carismática de la mujer.
No confiaba en la situación. Si a aquella reunión no asistían enviados Yagami si no Takeshi en persona. Era impredecible la reacción que podría tener Kyo al verlo, como poco probable que no fuese reconocido por este. Y si el gobierno estaba detrás de todo eso, sería como entregar a Kyo en bandeja de plata.
Miró al castaño que asentía despreocupado ante algunas explicaciones superficiales de los preparativos. Imaginar a Kyo doblegado por sus enemigos le enervó. Si en algún momento Kyo fuese a morir por la mano de alguien, sería la suya y no de una manera tan estúpida.
Las voces que solían ser un eco lejano se elevaron repentinas y Iori sintió una fuerte presión en el pecho. Mantuvo la postura erguida sin dar testimonio alguno del dolor. No quería llamar la atención de sus acompañantes, enfrascados en preámbulos.
Su nombre fue pronunciado por una miríada de voces lejanas, desde el este. Iori giró el rostro sintiendo su respiración en vilo, obstruida. El lago que se extendía bajo coloridos tapices de hojas ocre y peces koi se tornó en una brea oscura y viscosa. El paisaje desnudo su manto a manifestaciones deformadas de la naturaleza. El Kiosaku desapareció al igual que sus acompañantes y por un instante casi pudo sentir la brea helada de lo que ahora era una ciénaga, bajo sus pies.
Del centro de aquella laguna de densa oscuridad emergió un cuerpo, tan blanco como un cadáver reflejando la luz lunar. El cuerpo inanimado extendió los brazos de forma casi antinatural y en su pecho se dibujaron grabados oscuros mientras su forma se asemejaba cada vez más a la encarnación de Orochi. El ser, que emitía un brillo pálido y dorado flotó fuera del pantano y sus ojos se abrieron brillantes como soles helados. De la densa oscuridad de la ciénaga se elevaron millares de manos que intentaban alcanzar a la deidad. Un millón de voces brotaron en crescendo bajo suplica y deseo. De aquel mar de ruegos se desprendió un tenue tono violeta como el fuego Yagami. Orochi abrió su boca brillante pronunciando palabras que Iori no pudo entender.
Iori sintió como su cuerpo caía en un sopor profundo y el impacto de su realidad tambaleándose ante la falta de aire lo dragó de regreso al kiosaku.
– Yagami... Yagami. ¿Sucede algo? –escuchó la voz de Kyo muy cerca y levantó la vista para apreciar el rostro casi severo del castaño–. ¿Estás bien? – Preguntó el castaño con tono rígido mientras le empujaba un poco el hombro. Iori mantuvo el silencio apreciando como Kaoru y Amelie ya estaban al otro lado del puente, hablando con cierta jovialidad sin percibir nada extraño.
– Estoy bien. – Puntualizo Iori quitando la mano de Kyo .
– A quien esperas engañar Yagami. Primero te ausentas de la conversación con aire casi autista, luego palideces mortalmente y te tambaleas. ¿Crees que soy imbécil y no me doy cuenta de nada? ¿Fue eso mismo lo que sucedió ayer en la bahía? – Preguntó Kyo dominante.
– Si. –agregó Iori pausadamente–. Suelo pensar que eres imbécil. – Acotó con languidez mientras el mareo cedía y el aire entraba a sus pulmones. Kyo luchó internamente con la indignación divertida y el enojo.
– Sigues sin querer decirme una mierda de lo que te pasa…– Habló el castaño adoptando la misma hosquedad que tenía Iori minutos atrás. El pelirrojo se levantó del asiento percibiendo las dos figuras femeninas perderse tras una curva en el sendero.
– Estoy bien. Confía en mí. –
– Por un demonio que voy a confiar Yagami. –gruño Kyo apartándose con brusquedad–. Te vigilare y no podrás mantenerme al margen todo el maldito tiempo. – Espetó enojado. Últimamente le era muy fácil ser irascible y Iori tenía un particular talento para provocarlo. Iori sonrió malicioso evadiendo al castaño y cruzó el puente. No soportaba más estar cerca a aquel lago de fractales reflejos de otoño.
Iori Yagami y Kyo Kusanagi abandonaron los jardines, dejando tras de sí el tradicional restaurante bajo la sombra anochecida de la torre. Kaoru evitó una vez más estar a solas con ambos, aceptando la invitación a comer de la amable y hermosa anfitriona, invitación que Iori se había negado a aceptar con un despotismo casi grosero. Tras la chica asegurar a Kyo que ella se encargaría de informar a Nikaido de todo lo dialogado, los dos hombres emprendieron la retirada deseando un espacio más personal para tratar las cuestiones recientes.
La noche era joven, jovial y bullosa. Las personas cruzaban como un mar indiferenciado de palabras, risas y gestos. Caminaron entre pequeñas multitudes ocasionales, buscando la salida al malecón. El viento otoñal era fresco y contrastante con el calor humano.
– Le dijiste a esa mujer que eras el líder Kusanagi, eso fue una estupidez de tu parte. – Habló Iori de repente cuando cruzaban una calle abierta con menor cantidad de personas. Kyo bufó cansino.
– Tienes una maldita desconfianza sin límites Yagami. Posiblemente King ya le habría informado quienes éramos. –
– Que fueses un Kusanagi, es un hecho que ya lo sabía. Que fueses el líder del clan. Eso la sorprendió. – Acotó con severidad. Kyo suspiró zanjando el hecho, no quería entrar en una disputa sobre algo irreversible y que consideraba de poca importancia.
Iori se detuvo un instante mientras apreciaba con desdén un edificio lejano poco imponente de avisos luminosos donde reposaban marcas reconocidas en la industria de la moda. Consideró de mala gana la necesidad de compra contra la molesta miríada de personas rodeando el sito.
– Sabes. Hay tiendas online de fácil acceso. – Acoto Kyo burlón, divertido ante el desagrado con que el pelirrojo observaba la densa multitud en las calles. Iori miró a Kyo de soslayo con aire desinteresado, como si esa idea hubiese sido descartada días atrás, pero deslizó el dispositivo móvil desde su gabardina mientras prosiguió su camino rumbo al malecón. El castaño rio con amargura, aún no lograba quitarse la imagen de lo sucedido en el kiosaku sobre el lago. La palidez repentina de Iori mientras las mujeres se alejaban. Lo había llamado varias veces, pero parecía sumergido en un trance profundo. Hipnotizado por las aguas quietas del lago.
Miró la espalda ancha del pelirrojo, su paso firme y su terrible habito de ocultar cualquier afectación o dolor. Suspiró molesto dándole alcance.
Salieron finalmente a una amplia platea que daba al golfo. Negocios de comida a lo largo del canal y una nueva multitud más juvenil estaba esparcida en la extensión del malecón, apropiándose del lugar. Se acercaron a un extremo más tranquilo, rondado por una brisa marina helada.
– Es imprudente tu presencia en esa reunión. –reiteró de repente Iori. El bullicio era solo un murmullo rítmico entre los transeúntes–. Si algo sale mal, estarán atrapados. Si alguno de ellos llega a enterarse de su procedencia…–
– No pasara nada. –se detuvo Kyo buscando donde reposar un momento acercándose al límite de la platea hasta recostarse contra el muro divisor. Iori finalizó la compra en el móvil siguiendo a Kyo–. Esto solo lo podemos hacer nosotros y sabes bien que no eres una mejor opción. Así que confía en mis grandes dotes actorales. – Puntualizó burlón, con prepotencia mientras la mirada de Iori se levantaba hosca de la pantalla, guardando el celular.
– Esto no es un maldito chiste Kusanagi. El riesgo es muy alto. – Agregó al acercarse al borde, cruzando las manos sobre el divisor.
– Que me lo digas tú, casi podría indignarme. –respondió Kyo airado–. No fue muy inteligente regresar a tu departamento. ¿Y si te hubiesen seguido? O peor aún. Pudieron haberte matado…no creas que a estas alturas no reconozco una herida de bala. –habló Kyo con calma al principio, subiendo la intensidad del tono a medida que comparaba su punto. La noche anterior no había encontrado el momento para decirlo, pero ahora no lo dejaría pasar–. Espero que entre tus planes no esté volver una vez más allá. – Puntualizó recuperando la sonrisa cínica.
– No planeo retornar a una escena de crimen, posiblemente investigada por la policía. – Respondió Iori despreocupado. Kyo lo observó un instante sopesando con sorpresa aquellas palabras. Para Iori el concepto de asesinato no era nada ajeno y menos si se trataba de personas consideradas enemigas. A diferencia de Kyo. Para él haber incinerado a ese monje había sido una trasgresión a sus raíces, intactas durante mucho tiempo. Incluso ahora mantenía un fuerte impacto sobre sí el pensar en matar a sangre fría, a pesar de haber acabado con tantos enemigos en los últimos meses. Pero cometer un asesinato en ese punto crítico en el que se encontraban, estaba justificado. ¿No? Pensó atribulado. Había aspectos de Yagami que aún no era capaz de profundizar.
Iori sonrió con las palabras amargas en la boca. Kyo había cambiado de gran manera en comparación con el chico tonto y mimado que solía ser, bajo la potestad Kusanagi. Pero aun así seguía fiel a sus principios y aunque lo consideraba algo admirable, le parecía una negligencia estúpida de su parte.
– No consideres la vida de nuestros enemigos Kusanagi. Ellos no dudaran en tomar la tuya. – Agregó con vehemencia, apreciando como la ética del castaño se revolcaba muda en su rostro. Kyo desvió la mirada al cielo, no muy convencido de las palabras de Iori, pero aceptó la resolución que demandaban. Si se encontraban en peligro de muerte, era natural defenderse hasta las últimas consecuencias.
Recordó la imagen malherida de Iori en el templo Kagura y pensó en todo lo que había cambiado entre ellos en cuestión de dos meses. Una vez más, todo lo que había perdido. Observó la curva delgada de la luna entre recortes nubosos y añoró por un instante aquel pasado al que nunca regresarían.
Iori detalló los visos azulados en el cabello oscuro de Kyo y el reflejo plateado de la luna adormecida en sus ojos. La calma prepotente en sus gestos, la fácil emotividad y el deslizante enojo constante en el castaño, le produjo un deseo enorme de tocarlo. De traerlo hacia sí, de incordiarlo hasta hacerlo estallar de ira. De poseerlo hasta hacerlo gemir de placer. Deseaba ver toda esa pasión que Kyo evocaba, fluctuar solo para sí. Quería cada matiz emocional, deslizarse incitante solo para él.
Desvió la mirada anonadado por tan repentina sensación de posesividad y recordó las palabras de Mai Shiranui en la azotea del Illusion.
Aplacó de manera aplastante todo ese sentimiento espontáneo que le había generado el castaño de manera involuntaria y por un instante se abrumó ante aquellas emociones impredecibles que le evocaba. Estas siempre acompañadas de los susurros de la bestia, que se removía inconforme ante la cercanía del Kusanagi.
Guardaron silencio un rato, en una complicidad placentera. Compartiendo su mera cercanía bajo volutas de humo que danzaban en medio de pensamientos diversos, muy relacionados entre ellos. Las voces de las personas que cruzaban intermitentes, dejaban en el aire oraciones entrecortadas de problemas mal atribuidos o planes incompletos.
Kyo bajo la vista posándola sobre las simétricas formas del suelo que reflejaban los tonos variopintos de los avisos de neón, empotrados sobre las fachadas de los negocios aledaños. Apreció como la colilla del cigarrillo fumado por Iori, caía en una parsimonia irreal, combustionando en un ínfimo brillo violeta antes de tocar el suelo.
– Te encargaste de entrar en todas mis noches de luna. ¿Eh Yagami? –esbozó las palabras con lentitud, pensativo–. Antes y después…cada que está brillando sobre mí cabeza. – Agregó levantando la mirada al cielo nocturno por segunda vez, empezaba a acostumbrarse al defecto visual de su ojo izquierdo más pronto de lo que imaginaba. Se cubrió la mitad del rostro apreciando como la calidad del cielo mejoraba. La plateada sonrisa entre las nubes fue cubierta por la silueta imponente de Iori. Kyo recostado sobre el borde de concreto, miró su oscurecida figura. El destello pálido cambió por el reflejo carmesí de su mirada.
– Ahora no es solo un simple recuerdo Kusanagi. Estoy aquí. – Habló el pelirrojo con el semblante serio, reemplazando la mano de Kyo por la suya y bajando en una caricia suave, por toda la extensión de la cicatriz. Los reflejos de sus ojos rojos refulgían como los de una bestia oculta en la oscuridad.
Aquellas palabras llegaron a lo profundo de Kyo sin mayor esfuerzo, removiendo algo personal que llenaba parcialmente el insondable vacío dejado tras la muerte de Saisyu. Era así de simple como lo indicaba. Él estaba allí, siempre, regresando de alguna manera a su lado en innumerables ocasiones. Aquella indudable presencia en su vida. Su enemigo que ahora era…Kyo sintió un intenso calor en el pecho que desemboco en el vientre. Reconocía esa sensación y temió pensar muy a fondo en ella.
Iori desvió el rostro buscando la cajetilla ya desgastada de cigarrillos, con un solo ejemplar restante.
– Nunca fuiste un recuerdo simple. – Habló Kyo por lo bajo y extendió la mano hasta el cuello de Iori, atrayéndolo hacia sí. El beso fue delicado, con un dejo casi tierno y de fugacidad ígnea. Iori se sorprendido deteniendo el cigarrillo a medio empaque. Ambos se observaron un instante, absortos por aquel momento impregnado de una intimidad muy diferente.
Kyo se avergonzó de repente tomando consciencia del sitio, incomodo ante la expresión de honesta sorpresa de Yagami.
– No me mires de esa manera, idiota. – Refutó automáticamente. Había actuado sin pensar. Por un instante lo había invadido un irracional sentimiento hacia Iori, llevándolo a reaccionar impulsivamente. Había pasado por alto la cantidad de personas que los rodeaban, pero le tranquilizó ver que nadie parecía haberse percatado.
Iori abandono la cajetilla en su bolsillo. Todo su temple anterior había acabado de ser desmantelado por un simple gesto de Kyo. Deslizó la mano por el cuero de la chaqueta hasta sentir la piel fría del castaño. La intención ya aplacada momentos atrás, vibró en la mirada del pelirrojo con una determinación solo propia de él. Kyo lo observó alarmado, consciente de que había sido el culpable de incitar aquello. Se inquietó a causa del lugar y de aquel gesto, sentimentalmente tan intenso, tan ajeno en ambos. Pero permitió con cautela ser dragado por Iori.
La voz de Benimaru se alzó sobre el bullicio gradual gritando el nombre de Kyo. Iori se detuvo con una clara contradicción dibujándose en el rostro pálido, que un segundo atrás había mutado su severidad a una expresión completamente nueva para Kyo. Estaba asombrado y deslizó la mano con lentitud hasta soltar la del castaño rompiendo la mirada de intimidad desconocida que habían establecido. Kyo sintió un gran alivio a la vez que una intensa punzada de decepción.
– No debiste interrumpirlos. – Refutó Kaoru tímida con un leve tono rosa en las mejillas. Benimaru bufó molesto.
– No sé, pero yo no estaba dispuesto a ver más allá. ¿Acaso tu sí? Es tu prometido, por si se te olvida. – Acotó el rubio airado. La chica se puso algo nerviosa.
– No es a mí a quien quiere…–habló con sosegado conformismo–. Ahora lo comprendo muy bien. – Agregó pensativa.
– ¿Que comprendes muy bien? – Preguntó Benimaru extrañado mientras caminaban en dirección a Kyo, que parecía congelado en un silencio tenso.
– Que la persona con la que debes compartir tú futuro, no sea la persona que…– calló súbitamente y desvió la vista mientras apretaba la tela del vestido, nerviosa. Había estado a punto de decir algo indebido. A pesar de estar refiriéndose a Iori, sintió aquellas palabras demasiado propias. Benimaru frenó el paso apreciando a la joven. Aquel comentario no parecía ocultar nada, pero la reacción evasiva y cortante se le hacían muy dicientes.
– ¿A qué te refieres? – Preguntó con una extraña expectativa que echó raíces en su interior, pero la chica guardó silencio ante la llegada de Iori y Kyo que arribaron al encuentro.
– Veo que le has aprendido bien a Saito, Nikaido. Tener talento como acosador no es algo sencillo. – Espeto Iori con una seriedad que confundía la burla. Benimaru asintió algo distraído al principio desviando su atención de Kaoru y luego sonrió con dejo cínico.
– Soy todo un ser polifacético Yagami. –
– Y humilde de paso. –espeto Kyo–. ¿Cómo nos encontraste? –
Benimaru cruzó los brazos con aire indulgente.
– Deberías considerar apagar tu GPS. – Agregó sonriente. Kyo sacó su celular y tras mirar ceñudo la pantalla, desactivo el geo localizador.
– ¿Tienes un programa rastreándome? – Preguntó airado.
– Tienes antecedentes de desaparecer en el aire. No nos culpes. – Acoto con gesto desinteresado.
– ¿Nos…? – Gruñó Kyo tras lo cual suspiro cansino. Benimaru sonrió empático.
– Podemos retirarnos primero. No hay problema con ello. – Incursiono Kaoru en la conversación al denotar que el ambiente se había normalizado.
– No es necesario. – Se adelantó a responder Iori. Kyo lo miró de soslayo sintiendo una tenue molestia en el pecho.
– No, no lo es. Ya pensábamos en irnos. –habló con cierto despotismo–. Por hoy debo regresar a la mansión Kusanagi antes de que armen un grupo de rescate o que me den por muerto tras dos días de no saber nada de su líder. – Agregó socarrón.
– Nos vemos mañana. – Espetó Iori y se adelantó evadiendo a ambos hombres. No quería a Kyo cerca en ese momento, le producía un incómodo estado de inseguridad. Kaoru se despidió con una reverencia y le siguió.
– ¿Y ahoralas demostraciones son públicas? – Preguntó Benimaru con cierto reproche. Kyo se escoció irritado, había tenido la seguridad de que nadie los observaba en ese instante.
– Veo que lo de acosador no es mera especulación. – Refutó con una sonrisa molesta.
– Solo soy una persona con muy mala suerte al toparme con ustedes. – Suspiró Nikaido divisando la la silueta y alta de Iori al lado de la delicada figura de Kaoru. Se veían muy bien juntos, pensó con amargura.
– ¿Supiste algo de Saito? – Preguntó Kyo deseando cambiar el tema. Iori siempre hacia todo ambivalente, haciéndole vacilar con facilidad y eso le fastidiaba.
– Si. El hombre es imposible de localizar, pero al parecer tiene algunos de sus agentes siguiéndonos constantemente. –expresó Benimaru mirando a Kyo con una severidad paternal y desaprobadora–. No me dio respuesta alguna, pero quiso que supieras que lo tendría en alta consideración. –
– Ya veo. – Habló Kyo por bajo recordando el tono de Yagami al finalizar la llamada. Era posible que aquel hombre no estuviese de acuerdo con lo que Iori buscaba y eso podría abrir la ocasión de un encuentro entre ambos.
– Dentro de poco se oficiará mi liderazgo dentro del clan. –deslizó el cabello hacia atrás con aire decaído–. No sé bien cuantas cosas cambien con ello como tampoco sé si tendré la completa libertad de moverme fuera de la vigilancia Kusanagi. –levantó la vista hacia Benimaru–. Si eso se llega a dar y no puedo reunirme con ustedes, ten un ojo vigilante sobre Iori. Te lo pido. – Puntualizó Kyo con aquel tono decente ya reforzado por su posición.
– Ahh, no me hables de esa manera, es desagradable. Quieres que vigile al psico por ti para que no haga cosas psico. Está bien, te mantendré informado, pero no me lo pidas de esa manera idiota. Que no esté de acuerdo con esa demencial cercanía que tienen ustedes, no significa que no sea un buen amigo y te entienda. –sonrió Benimaru atenazando a Kyo por el cuello con un brazo–. Puedes contar conmigo, puedes contar con todos nosotros Kyo. Confía un poco amigo. –
Kyo sonrió apartando al rubio. En medio de los momentos críticos que había vivido, olvidaba que las personas que deseaban ayudarlos eran grandes luchadores con magnificas aptitudes y capacidades. Personas que habían peleado sus propias batallas y tenían una amplia experiencia lidiando con situaciones peligrosas. Tal vez era hora de confiar, debía aceptar que no podían los dos solos contra todo aquello.
Los dos amigos se separaron tras una despedida breve. Kyo regresó pensativo a través del oleaje humano de la urbanidad del centro de Tokyo. Le emocionaba la expectativa de la siguiente noche, como también había disfrutado de la consternación de Iori frente al tema. Su negativa densa le era satisfactoria.
Pensó que, aunque el presente mantenía una familiaridad constante al pasado, desembocaba en una faceta muy distinta. Un innombrable desarrollo de hechos le había arrebatado tanto, dejándole frente a una situación intransigente de intensidades impensables tiempo atrás. Y todo parecía lejos de acabar.
Pensó en Iori y en el extraño proceder entre ambos, aquello le dejaba una sensación agridulce y confusa. Quería que todo acabara pronto, pero a la vez deseaba alargar los espacios de serenidad que pudiesen llegar a compartir.
Recogió la moto del estacionamiento cerca a la imponente torre triangular. Siempre le había agradado lo similar que se veía al fuego Kusanagi cuando iluminaba la noche.
Arrancó el motor haciéndolo rugir a gran velocidad entre el tráfico citadino.
La nada. Ingrávida y vacía. Familiar y aterradora. Iori tomó consciencia de que soñaba o creía hacerlo. En la profunda letanía de la noche sin estrellas, escuchó sus voces ulular, ajeno al espacio, ajeno a los sentidos. Las voces susurraban millares de palabras que se transformaban en un suplicio inentendible.
La oscuridad pareció fragmentarse dando intermitentes saltos a través de imágenes entrecortadas. Indiferentes al tiempo, discurriéndose caóticamente a su alrededor.
Su última banda mudando de risas a aterradoras miradas, los monjes sin rostro danzando como espectros en los rincones de una habitación, Kyo herido sobre la acera desnuda bajo el puente, la muerte de la mano derecha con un grito ahogado en el abismo, Kaoru muy joven en una reunión Yagami dedicándole una mirada tímida, su padre cansado y enfermo rosando el rostro pálido de una fotografía de su madre, Alexander sonriente deslizando sus dedos por el piano mientras él con sus pequeños dedos imitaba las notas en la guitarra, el bar de King ardiendo en llamas en una oleada de histeria, la hermosa mujer de cabellera ocaso con su rostro desencajado de terror, Chizuru en medio de lágrimas gritando injurias mudas, la caída de Saisyu Kusanagi en su lucha desesperada por defender el derecho de su hijo, su fuego ausente cuando cazaba a alguien que no recordaba, el espectro monstruoso de Takeshi cubriéndolo con su sombra antinatural, Terry Bogard sonriente bajo cantidades cuantiosas de sangre, Orochi pronunciando palabras ininteligibles para él. Y Finalmente Kyo. Kyo mal herido, iracundo, desbocado. Con ropas ajenas a él desgarradas en medio de flamas carmesí devoradoras y al frente suyo un hombre elegante, de oscuros ojos inmutables y particulares gafas alargadas. En su frente una runa refulgía rompiendo su piel hasta plasmarse en el cráneo.
– No permitas que lo use…su fuego. –sonó la voz desesperada de una mujer que supero el sonido ahogado de la miríada de voces del panal humano.
– ¡Sálvalo! – Grito otra voz masculina deformando su tono en guturales sonidos de la bestia. Iori gritó a causa de un insoportable dolor que amenazaba con partirlo en dos. Miles, millones de espectros revolotearon como almas en pena en medio de la densa oscuridad. El bullicio era ensordecedor, sentía que la cabeza le iba a estallar en cualquier momento.
– ¡No lo permitas! – Gritó una de las almas a un costado y Iori percibió en medio del agonizante dolor una forma familiar. Una chica de tez mortuoria, traslucida, de cabellos cortos, rostro deformado por la desesperación y cuerpo destrozado por el movimiento vertiginoso de los espectros blancos que se negaba a seguir. Era la chica que solía estar con Kyo.
– Iori. Escúchanos. – Fue un eco dentro de su cabeza el que habló en esta ocasión. La misma mujer que le pidió no permitir… ¿no permitir que? Alcanzó a razonar, sintiendo como si su cabeza fuese desprendida del cuerpo. Era la voz de Chizuru Kagura.
Iori pensó que iba a morir de manera irremediable y descomunalmente dolorosa. Abrió los ojos con el cuerpo tembloroso y el pecho agitado. Sentía un fuerte dolor de cabeza y le ardían los ojos. Se incorporó mareado, desorientado. Había sido una pesadilla, pensó agotado. Pero al tocar su rostro sintió algo viscoso entre los dedos. Al extender la mano para observarla, vio enormes rastros de sangre negra bajo la penumbra, provenía de sus ojos, nariz y orejas.
Observó alarmado la extensa mancha de sangre que cubría la almohada y resintiendo una punzada tras los ojos, hundió el rostro entre las manos. Reconocía bien el patrón de síntomas, ya lo había padecido arduamente. El espectro estaba conectado a él una vez más, pero ahora había algo que no encajaba, no era alguien más el que sufría…recordaba haber escuchado a Chizuru.
Gruño apretando con violencia parte del rostro y la cabeza, el dolor tenía picos intensos, aunque sosegaba tras cada palpitación. Intentó recordar que había soñado, sentado al borde de la cama con la iluminación moribunda del exterior que se filtraba a través de las cortinas. Solo le quedaba la vaga impresión de una advertencia acompañada de un agudo desgarramiento padecido por el espectro mismo.
