l cuerpo de Kyo Kusanagi fue cediendo el equilibrio. El fuego escarlata menguó su furia a unas bastas llamas diseminadas y la sacerdotisa no pudo tocarlo por la gran temperatura que emanaba. Los monjes desplegaron telas de las túnicas rituales y envolvieron el cuerpo desnudo y herido del heredero. Su respiración era solo un tenue suspiro que dejaba entrever un vapor anaranjado y caliente.
— ¡Kyo! — Gritó Shizuka Kusanagi, liberándose de uno de los ninjas que había estado impidiendo que se acercara a los pasillos. Cayó arrodillada al lado de su hijo y lloró amargamente al tocarle el rostro enrojecido. La piel le escoció volviéndose una quemadura leve, pero ella no retiró la caricia.
— Por favor señora. —dijo la sacerdotisa Kagura retirando la mano de la madre con suavidad. Esta aturdida, no dejaba de mirar a su hijo—. Nosotros nos encargaremos. Por favor confíe en que haremos lo mejor posible. — Shizuka siguió mirándolo sin dar respuesta y el joven que había estado reteniendola la sacó del lugar.
— Tiene quemaduras señora Shizuka. Debe atender sus heridas. — Habló en tono consolador el joven y la guió por el pasillo; confusa, acongojada.
Los monjes más ancianos observaron preocupados el cuerpo inconsciente de Kyo. Los más jóvenes lo alzaron protegidos por las telas, pero la sacerdotisa los detuvo.
— Hay que sellarlo o terminará por arder y consumirse a sí mismo. Su energía aun emana descontrolada…— Acotó la mujer Kagura.
— Aún no estamos seguros de que sucede, pero no hemos podido cerrar esa brecha. —agregó en voz baja uno de los ancianos—. Se supone que no debía usar su fuego…
— Fue una enorme irresponsabilidad de su parte permitir este combate bajo esas condiciones. Arriesgar al resto del clan aquí reunido. — Habló la mujer algo molesta y extendió las manos con un siseo leve en la voz. Tras unas palabras alargadas y melódicas, las pequeñas perlas flotantes que aún no estaban destruidas bajaron y rondaron a Kyo.
— Desnudenlo. — Puntualizó la mujer a modo de orden. Los monjes dieron una mirada rápida a los ancianos que asintieron en respuesta y abrieron de nuevo las telas, exponiendo el cuerpo enrojecido de Kyo.
Una a una las esferas bajaron hasta tocar la piel del castaño. Una a una todas fueron rechazadas por el calor, disolviendolas de manera agresiva, hasta quedar solo dos.
La primera se posó en la frente, parte de esta se deshizo al contacto, pero tras perder la mitad de su forma, generó un brillo tenue y la piel de ese sector fue cubierta por una delgada capa helada.
La segunda logró tocar el pecho sin perder su estructura, y al contacto con el cuerpo caliente expandió otra delgada capa aún mayor, que cubrió el tórax y parte del abdomen.
— Bloquear dos puntos energéticos será suficiente para que su cuerpo no se degrade más bajo el calor. Es increible que haya aguantado tanto, pero no se que sucederá con su mente y su espíritu. —habló preocupada la sacerdotisa tras haber logrado poner un dique a la energía Kusanagi—. Ya pueden cubrirlo y llevarlo con ustedes.
— Agradecemos profundamente su ayuda, y lamentamos el desenlace de la situación. Asumiremos la culpa como es debido. — Habló uno de los ancianos Kusanagi con tono resuelto. Preocupado por el heredero.
— Esta bien, yo no diré nada. Creo que deben centrarse en resolver esto antes de cualquier juicio. —hizo una pausa girando la palma de la mano al aire, las escasas perlas restantes flotaron débiles y agrietadas a su mano—. Deben atender con premura las heridas de Jung Kusanagi también. Sin su esfuerzo no habríamos podido detenerlo...no sin matarlo. — Puntualizó la mujer observando a Kyo con tristeza. Ambos ancianos asintieron y los jóvenes monjes retiraron el cuerpo de Kyo con delicadeza, dejando una leve estela de vapor luminoso tras de sí.
No hay un cuerpo humano capaz de soportar el poder de un dios. Pensó la mujer al ver alejarse a Kyo. Ni tampoco uno capaz de soportar el poder de un demonio Cavilo mirando la helada luna que se asomaba entre los nubarrones.
La sangre se desbordaba caudalosa entre los dedos de la mujer. Esta presionaba con fuerza el abdomen de Iori para detener la hemorragia, pero su cuerpo extrañamente caliente, parecía empeorar el sangrado de sus heridas.
Los dos Supaida sobrevivientes levantaron el cuerpo inconsciente del pelirrojo y lo depositaron entre la nieve por órdenes de la mujer. Iori gruñia por momentos como si fuese presa de un mal sueño y balbuceaba con voz grave y susurrante "Kyo".
Tras unos minutos conteniendo la hemorragia y reteniendo los espasmos que traía la pesadilla sobre el pelirrojo, su cuerpo fue disminuyendo la temperatura poco a poco. Y entre gruñidos rezagados, su respiración acelerada se reguló y un estado calmo y comatoso se apoderó de su semblante.
La mujer extendió las manos sobre el cuerpo semidesnudo y humeante de Iori y de su mano colgó un pequeño cristal negro que comenzó a girar caótico y reflejar variados colores en su interior. Paso de tonos naranja a rojos y luego violeta intenso hasta finalmente oscurecerse y romperse en pequeñas esquirlas que hicieron retroceder la vieja mano.
— No solo está herido, hay un gran daño espiritual en él. —anunció la mujer tras ocultar el cristal roto bajo la manga—. Es muy resistente, pero el daño espiritual no podrá curarlo solo, debe ser atendido por las sacerdotisas del clan. — Puntualizó con calma observando el rastro de cadáveres Supaida calcinados, y miró a Saito con cierta agudeza.
El fuego violeta había derretido la nieve de la zona y ardía sin control sobre parte del bosque.
— Bueno, eso es algo problemático. —hablo Saito mirando el mismo panorama—. Lo llevaré conmigo, se quien puede ayudarnos. — Puntualizó, haciendo una leve seña con la mano mientras los ninjas cargaban a Iori sin cuestionamientos.
— Limpia la zona y desaparece los cuerpos antes de regresar. —miró de soslayo a la mujer—. Entre menos rastros dejemos, menos probabilidades habrá de que nos conecten con el ritual los Bihksu. La mujer asintió con calma y se irguió con lentitud.
— ¿Y el incendio? — Preguntó con desdén.
— Dejalo. La nieve lo detendrá en poco tiempo. Ayudará un poco a limpiar nuestros rastros. — Anuncio girando, dispuesto a seguir los ninjas que se alejaban cargando a Iori rumbo a la carretera.
— Señor Saito. —habló la mujer con una suavidad fría y particular. El hombre se detuvo sin girar y aguardó la pregunta—. ¿Valio la pena renunciar a la vida de tantos de los nuestros, solo para probar cuánto control tiene el señor Iori sobre el poder de Orochi?
Saito sonrió entre irritado y encantado. Esa vieja bruja no pasaba nada por alto.
— Si. Aclare algunas dudas importantes. —respondió sin mirarla—. Hablaremos al respecto en el templo del viejo Kuma. — Anunció y siguió el camino sin más.
La mujer los observó perderse entre el bosque nevado y se dispuso a su labor.
La luz del día se filtró luminosa aunque no cálida por el vidrio limpio de la ventana. El invierno afuera parecía calmado en una blancura inmutable sobre los árboles del jardín del hospital.
Una llamada más era desviaba al correo de voz y los mensajes en el chat tanto de Iori como de Kyo, seguían sin llegar a su remitente. Benimaru suspiro alejándose de la ventana.
— Ya van tres malditos días y no sabemos nada de Kyo. Ni de Iori... — Habló Benimaru pensativo.
— Si Kyo está con la familia, yo no me preocuparia. Pero Yagami. Ese siempre anda metido en algún conflicto. Sin contar que su propia familia lo busca para matarlo — Agregó Terry pensativo a su vez.
— No ganaremos nada esperando. —interrumpió Mai—. Deberíamos buscar a Yagami. — Propuso ansiosa.
— Me parece perfecto. —animó Terry—. Diles que me den el alta y salimos. — Sonrió enérgico.
— ¡No! — Sonó al unísono la negativa de Benimaru y Mai.
Kaoru los observó y sonrió. Eran buenas personas, a pesar de todo se preocupaban por Iori. Pero ella sentía que él estaba bien. Iori siempre había sido así. Se ausentaba o desaparecía sin decir nada, e incluso tras la caída de la resurrección de Orochi, cuando todos pensaron que había muerto, apareció tiempo después sin dar muchas explicaciones.
Tenía la plena confianza en que él regresaría, y en sus manos estaba la responsabilidad de intentar poner la situación de los Yagami a su favor.
Había logrado contactara algunos miembros de la familia y pronto podría orquestar los encuentros, tan peligrosos como necesarios, pero debía hacerlo sola. No se perdonaría ponerlos a ellos en más riesgo por culpa de los suyos. Pensó mirando al trío de luchadores debatir sobre la salida de Terry del hospital.
La chica medito un momento, sabía bien que ninguno la dejaría sin vigilancia. Y si supieran sus intenciones de contactar con el clan, no aceptarían. Necesitaba que estuvieran ocupados, los suficiente para escabullirse sin que se percataran.
— Si, desean buscar a Iori. Yo puedo quedarme con el señor Bogard. Estaré atenta de que no escape del hospital. — Agregó con una tenue sonrisa simpatíca para romper el alegato.
— ¿Y cómo planeas impedirlo niña? — Preguntó Terry divertido y algo irritado.
— Confiaré en que el señor Bogard sera tan amable de no pasar por encima de una dama indefensa si se lo pido. — Sonrió con dulzura. Terry gruño y la miró con resentimiento.
— No se diga mas. —agregó Mai sonriente—. Cuidalo bien. Nosotros nos encargaremos de buscar información de donde puede estar Yagami. Kaoru asintió y Terry solo suspiro inconforme.
Shizuka miró su reflejo en el espejo. Sentía que había envejecido décadas desde la muerte de Saisyu. Se organizo un poco el cabello, se retoco un poco las profundas ojeras y salió de su habitación.
Era el cuarto día sin que Kyo reaccionara. Sin recibir una respuesta aliciente de los monjes. Solo había logrado evadir y posponer el llamado de los otros líderes para comparecer y explicar lo sucedido aquella noche.
Jung Kusanagi yacía malherido y en recuperación, pero no les había enviado ninguna misiva por el enfrentamiento. Aun así dudaba que pudiese mantener durante mucho tiempo la fachada, finalmente no podría evitar la entrada de vigilantes de la otra casa Kusanagi.
Era una situación en extremo delicada. Muchos habían sido heridos y uno de los ancianos consejeros había muerto por las quemaduras. Sin contar el personal que se sacrifico por sacarlos a todos.
Pensó en su difunto esposo y respiro profundo. Debía ser fuerte, por él y en especial por Kyo. Exhaló lentamente retomando la templanza y salió del tocador.
Minutos después ya estaba de nuevo en el gran salón. Los sacerdotes y los Kagura seguían debatiendo sobre el origen de la grieta. Nadie sabía cuál era su naturaleza, salvo por lo que Shizuka les había contado en aquel viejo templo cuando perdieron a Saisyu.
— Lamento la tardanza. —dijo excusándose y tomando asiento—. ¿Pueden decirme algo nuevo respecto al estado de Kyo?
— Me temo que no mi señora. —agacho la cabeza uno de los ancianos—. Hemos intentado muchas formas de cerrarla. Incluso combinando nuestras técnicas...pero no hemos podido apartar aquello que mantiene abierta esa herida espiritual. —
Shizuka asintió sin expresión alguna.
— Entonces no tienen idea que está matando a mi hijo. — Afirmó dolida, en tono filoso.
— Podemos mantenerlo vivo. Evitar que el fuego intente devorar su cuerpo. —la miró uno de los monjes Kagura—. Pero hay algo en su energía, vinculado, arraigado, que no nos permite curarlo. No podemos salvarlo hasta que no sepamos qué es y cómo podemos desligarlo. Desgraciadamente nuestros mejores métodos han fallado señora Shizuka.
— El joven Kyo Kusanagi esta estable, no va a morir mi señora. No se preocupe. — Dijo uno de los monjes con tono amable al ver la expresión de altivez deformarse poco a poco en el rostro de la madre.
— No...solo va a sufrir indefinidamente hasta que no haya nada que puedan hacer y lo dejen morir. —habló cortante—. Eso para mi no es estabilidad. Encuentren una manera de curarlo. Por que no tendremos tiempo ilimitado para esto. — Los miró resentida, dolida.
— Cuando la familia tome control de esta situación. Si Kyo sigue igual, nos juzgarán a todos y se que no lograran salvar a mi hijo. — Hablo con la voz arrastrada, con dificultad.
La sacerdotisa Kagura posó su mano delicadamente sobre la de Shizuka.
— Hice una petición oficial para que nuestra nueva líder venga personalmente. —apretó la mano de la madre—. Nuestro poder se ha visto muy menguado por la pérdida del Yata. Pero se que ella sabrá que es lo que aqueja al heredero Kusanagi. Y podremos encontrar la solución. — Hablo en tono cálido y consolador.
Shizuka asintió retomando algo de calma. Y se disculpó con un gesto silencioso ante los monjes. Todos asintieron al unísono.
Todos están comprometidos con la recuperación de Kyo, pensó Shizuka. No lo perderás a el tambien, se dijo retomando fuerzas.
Terry observó el caer lento de la nieve, toda la mañana había transcurrido y aquella chiquilla Yagami no había regresado. Se maldijo por lo bajo, lo sabía, lo había sospechado desde aquel encuentro, y aun así confió tontamente en que ella contaría con ellos.
Observó su reloj de mano en la mesa auxiliar, ya pasaba el mediodía, faltaba poco para que en cualquier momento llegará Benimaru o Mai. Sonrió con amargura, cómo decirlo sin sentirse culpable.
Apretó las correas de la chaqueta sintiendo el cuero pesado sobre la piel, después de tantos días en bata había perdido la sensación agradable de no sentirse como un enfermo. Pasó la mano por el abdomen resintiendo aún algo de dolor, pero nada que no curará pronto, pensó.
— Qué estás haciendo niña... — Susurró en tono pensativo, esperando que aquella chica Yagami no se hubiese metido en problemas. Eso parecía ser algo de familia.
Minutos después ingresó Benimaru con brusquedad, casi que dejando la puerta giratoria.
— ¿¡Kaoru!? — dijo mirando con pocas esperanzas alrededor de la habitación. Y luego maldijo preocupado.
— Que haces vestido….señor Bogard. — Indagó Mai al ingresar tras el rubio. Terry sonrió afable.
— Prepararme para salir. — Dijo con toda la calma del mundo. Y la mujer lo observó con desaprobación. Benimaru los interrumpió.
— Aún estás herido. No te dejarán salir. —puntualizó el rubio, y un instante después titubeo—. Kaoru...te dijo algo? — Preguntó Benimaru acercándose, pero Terry negó con la cabeza.
— Pero creo que sabes bien que puede estar haciendo. — Acotó Bogard cerrándose la chaqueta. Y Benimaru guardó un silencio tenso.
Mai se acercó a Terry y extendió las manos con delicadeza alrededor de su cuello, organizando el doblez.
— Que te hace pensar que te dejaré salir así, con una herida grave a medio curar. — Sonrió aguda Shiranui. Pero se notaba nerviosa. Terry la miró fijamente.
— ¿Has sabido algo de Andy? — Preguntó. Una de las razones por las que aguardaba con paciencia la llegada de ambos, era tener noticias de su hermano. Llevaba ya varios días sin saber algo de él. Mai desvió la mirada pensativa.
— Venía en camino, a causa de tu operación...desde hace tres días. Cuando me decidí a contactarlo por la demora, no le entraron mis llamadas ni mis mensajes. Van dos días así... — Habló Mai con voz suave. Terry la abrazó y ella aunque tensa y sorprendida por el abrazo repentino, se recostó en el hombro del rubio.
— Él está bien, yo se que si. —tomó la cara de Mai con delicadeza—. Me encargaré de encontrarlo. — Puntualizó con una sonrisa suave.
— Vaya, que cosas. —sonrió mordaz Benimaru—. Está de moda desaparecer y no avisarle a nadie. —se acercó con aire enojado—. ¿No estarás planeando unirte a la fila de desaparecidos o si? ¿De jodernos mas el dia y darnos una preocupación extra? — Indago el rubio con dejo cínico. Terry rió afable y lo abrazó a él también.
— Te juro que a veces eres como un papá. —anunció divertido Bogard mientras apretaba a sus dos compañeros—. Yagami va a terminar por enterrarnos a nosotros mucho antes de que algo le suceda. Kyo está con su familia. Tu preciosa chiquilla Yagami no es estúpida, aunque es un enorme riesgo lo que está haciendo. Y Andy y yo ya hemos lidiado con muchas de estas cosas antes. — Se separó de ambos, que sorprendidos lo observaron.
— Estaré bien, y si quieren monitorearme 24/7 pueden hacerlo. —sonrió de nuevo—. Yo encontraré a mi hermano. Ustedes por favor, encuentren a esos revoltosos Yagami.
— Todos ustedes son un dolor en el culo. — Dijo Benimaru resentido a modo afirmativo. Mai quito la mano de Terry de su hombro y la apretó entre las suyas sin brusquedad.
— Se que Andy debe estar bien y confío en que no eres tan tonto como tu hermano. —habló Mai con suavidad, sin sonrisa y con falso enojo—. Yo si te monitoreare 24/7. Espero que lo encuentres pronto...y ten mucho cuidado, el herido aquí eres tú.
Terry sonrió afable y le rozó una de las mejillas.
— Claro que si preciosa. — Dijo Terry con despreocupado encanto y Mai asintió algo nerviosa. No pudo evitar sonrojarse un poco y se alejó sutilmente de la caricia del rubio.
— Okay...no mencionare lo indebido e incómodo que se ve esto. Pero parece que se ha vuelto parte importante de nuestra dinámica grupal. —habló Benimaru malicioso interrumpiendo. Terry se alejó de ellos disimuladamente con una sonrisa nerviosa, tras considerar el gesto descuidado—. Está decidido. Tú no te metas en problemas buscando a tu hermano, y nosotros buscaremos a nuestro psico favorito y a Kaoru.
— Avisenme si descubren algo. — Apuntó Terry al Benimaru acercarse a la puerta.
— Cuando encuentres a tu hermano, dile de mi parte, que es un imbécil. — Sonrió Mai con dulzura y salió tras Nikaido.
Kaoru bajó del automóvil, apretó la bufanda y le dio indicaciones al conductor de esperarla el tiempo necesario unas cuadras más abajo. El joven accedió y se alejó del lugar.
El invierno arreciaba, la nevada era suave, pero el frío parecía haberle calado hasta los huesos. Respiró profunda reconociendo los nervios y miedos que traía aquella arriesgada decisión. Camino por algunas calles vacías y heladas que estaban recogiendo una pálida capa de nieve, hasta que divisó a la distancia las escalas ascendentes y los árboles desnudos.
Yui Yagami, pensó. Una de las mujeres más mayores e influyentes el clan Yagami. Tras la muerte de su esposo no había vuelto a casarse y había asumido y controlado de manera magistral las influencias legadas por su marido. Aunque Kaoru no había interactuado mucho con la mujer, era muy allegada a su madre y la principal detractora de las malas praxis dentro del clan.
Era una mujer audaz, autoritaria y respetada. Aunque su poder estaba limitado por su posición de viuda, fue la que más cuestionó el actuar de Iori en su momento, y a la vez la que más defendió los derechos legados del mismo. Kaoru sabía que ella era una ficha clave a la hora de obtener la confianza de los otros miembros del clan a los que podía acudir.
Respiró profundo al ver acercarse a los guardias de la zona, sabía que ella la estaba esperando. Tomó toda la calma que podía darle la resolución de pensar en el bienestar de Aki y en el futuro del clan, y abordó a los hombres que la guiaron instantáneamente en el ascenso.
Cruzó un pequeño jardín de piedra congelado, la iluminación tenue en aquella noche álgida le daba a todo un aire completamente clandestino. Habían acordado la reunión en la madrugada, bajo las condiciones de la mujer. Su encuentro se daba en un pequeño templo urbano poco vigilado y sin cámaras. Sola.
Rodeo la fachada principal hasta llegar a una sala lateral independiente con una iluminación cálida. Allí estaba Yui Yagami con una doncella que servía té humeante para dos.
Kaoru saludo silenciosamente con una reverencia corta y la mujer despacho a la chica con una señal corta de la mano.
— Señora Yui. — Saludó Kaoru nuevamente al tomar asiento en el cojín.
— No soy de irme por las ramas señorita Kaoru. Nuestro encuentro es increíblemente arriesgado para mi y para los míos. Espero tenga algo verdaderamente valioso para decirme. Porque una petición vacua de ayuda, no es algo considerable. — Habló con calmada altivez, manteniendo una posición recta y perfecta.
— Las cuestiones que definen el futuro del clan nunca serán algo trivial. Y mis palabras no están llenas de peticiones señora Yui. Le tengo información importante y una propuesta. — Habló Kaoru con frialdad. Sabía que a esta mujer no podía abordarla con amabilidad o máscaras sociales. Eran factores funcionales lo que le interesaban, sin rodeos o discursos decorativos. Su madre se lo había explicado muchas veces.
Aún así Kaoru tenía la certeza de que ella entendería mejor que nadie lo que implicaban las acciones de Takeshi.
La mujer tomó algo de té con absoluta parsimonia.
— Dime niña. Qué es esa información tan importante que tienes para mi. Dependiendo de ello tal vez escuche tu propuesta. —
— Se que Takeshi ha prometido al clan eliminar la maldición de Orochi sin perder el poder. Que ha acrecentado todas sus influencias y su poder gubernamental. Que ha hecho del clan una corporación de inversiones capaz de tener un ejercito privado y capaz de acceder a puestos administrativos dentro del estado.
— Ciertamente. De alguna forma que desconocemos, ha tomado control de muchas influencias internas de las familias tradicionales del Japón. Pero eso no es nuevo para mi. Cual es el punto niña. — Indagó la mujer escrutandola.
— Métodos desconocidos...—susurró Kaoru con seriedad—. Si llama usted al asesinato sistemático y al sabotaje de reputaciones, métodos desconocidos, tal vez juzgue mal al elegir hablar con usted señora Yui.
— No...no me pasa desapercibida la muerte de Kioshi. Ya habíamos establecido ciertos temas delicados frente a las actuaciones de Takeshi. Es por él y su pérdida que estoy tomando el riesgo de hablar con usted señorita Kaoru. — Acotó la mujer con tono denso.
— Por él...y también por mis padres? ¿Por todos los Yagami que murieron desde que empezó la oleada de asesinatos? Que tal por todos lo que Takeshi aun piensa matar. — Habló Kaoru intentando guardar la calma. La mujer frunció el ceño.
— Takeshi puede ser un sucio y astuto bastardo. Pero esas son acusaciones delicadas niña. Él fue el primero en iniciar las búsquedas de los culpables de la muerte de tu padre. Los Kusanagi fueron quienes mataron a muchos de los nuestros...— Habló con cautela la mujer. Kaoru la miró directamente con rabia.
— Él me tomó bajo custodia tras la muerte de mis padres. El me juró que habían sido los Kusanagi y que pagarían por eso. Me usó para ganarse el favor del circulo. Para que le permitieran anexar parte de nosotros a las gestiones del ministro...pero, fue él todo el tiempo. Él fue quien asesinó a mis padres porque se oponían abiertamente a sus iniciativas. Fue él quien usó a esos monjes oscuros para asesinar sistemáticamente a los miembros que estaban bloqueando sus proyectos. Fue él quien orquestó la muerte de Saisyu Kusanagi e intentó matar a Iori para tomar el control de la reliquia. Yo lo vi, lo vi desde mi confinamiento. Lo escuchaba al dar órdenes extrañas y arbitrarias. Él rompió la tregua que había entre los clanes. Él y no se cuantos más, desestabilizaron la diplomacia y nos arrastraron a una guerra. —tomó aire algo desencajada—. Todas mis dudas fueron aclaradas cuando Iori llegó a nosotros mal herido y él decidió no matarlo y someterlo a un ritual para arrebatarle el poder de la reliquia...y cuando ese terrible ritual no salió como esperaba, supe para que me quería viva. Para tener un heredero que le permitiera el control de la reliquia. Y al Iori sacarme de allí...ahora tiene retenida a mi pequeña hermana Aki... — Se detuvo medio alterada sopesando el error. No podía decirlo asi, no a esa mujer, quien la observaba dubitativa, entre la sorpresa y la cavilación.
Respiro profundo y la mujer no habló, escrutándola pensativa.
— No se que planea Takeshi con los poderes con los que ha pactado. Pero los Kusanagi, los Kagura y hasta el mismísimo Theno esta relacionado con esto. No puedo darle respuestas a ello, pero puedo asegurarle que Takeshi no se detendrá. Y si tiene que matarlos a ustedes para lograrlo. Lo hará…como lo hizo con Kioshi. A este paso el destruirá el clan y acabaremos en otra era de guerras. — Apuntó Kaoru más serena. La mujer bajó la vista algo aturdida, parecía estar haciendo sus propios cálculos respecto a lo revelado por la chica.
— El espejo Yata está desaparecido...el Magatama Yagami no ha sido visto en mucho tiempo a pesar de que aseguran que esta bien...los rumores de las reuniones con la familia del Theno. La muerte de Saisyu Kusanagi, el atentado a su hijo... —miró a Kaoru con una expresión más dócil—. ¿Qué sabes tú de los verdaderos objetivos de Takeshi? — Preguntó la mujer.
— Poco, casi lo mismo que ustedes. Pero se que Iori sabe algo más respecto a eso. Y ha estado luchando contra ello...con poca ayuda. — Habló Kaoru sopesando qué no decir.
— ¿Por poca ayuda te refieres a Kyo Kusanagi? —preguntó la mujer con desdén—. Han habido muchos testigos que plantaron fuertes rumores de su alianza. De Iori Yagami protegiéndolo de los nuestros.
— ¿Rumores de quienes? ¿De los asesinos que Takeshi envió para matarlo? ¿Realmente es posible creer en que algo de esos rumores tenga sentido? Después de todo lo que ha hecho Takeshi. ¿Y conociendo la conflictiva interacción de Iori con el heredero Kusanagi? — Cuestionó Kaoru con calma y frialdad, dándole seguridad a sus palabras.
— Takeshi está planeando algo muy grande y solo esta usando al clan como una herramienta desechable. Habla en pro al mismo, pero mira todo el daño que nos ha causado. No respeta las tradiciones e incluso intentó matar al heredero legado del Magatama. Dime, Yui Yagami. Dime que eres alguien tan sensato como Kioshi. Que aún existe la esperanza de reestructurar el orden dentro del clan. Dime que me ayudaras a no permitir que seamos solo esbirros reemplazables de las ambiciones de un hombre; uno que ni siquiera fue elegido para liderarnos. —Kaoru hizo una pausa y desplegó el pergamino pequeño con los nombres que Kioshi había escrito para ella—. La muerte de mis padres no será en vano. No lo permitiré. Dime que tu nombre aparece en esta lista porque Kioshi confiaba en que eras una de las personas capaces de reconstruir lo que ha destruido Takeshi.
La mujer tomó la lista con cierta altivez y la observó. Su rostro se suavizó y muto en un par de emociones muy sutiles bajo sus rasgos rígidos. Kaoru comprendió que esa lista significaba el as bajo la manga para ganar su favor. Sospechaba que varios de esos nombres, al igual que Kioshi, ya habían sido eliminados, y aquella rabia incipiente en el rostro anciano de Yui se lo confirmaba.
— Bien niña. Todo tiene mucho sentido, me es despreciablemente razonable. Takeshi ha cometido un pecado imperdonable y ha gestado un daño irreparable. Ahora tienes mi atención. Que quieres, y dónde está Iori Yagami.
— El señor de los Yagami está buscando el modo de acceder a Takeshi. Piensa matarlo si lo encuentra. Pero se que es una misión imposible sin el apoyo del clan. Iori es nuestro líder por derecho, por legado, por herencia. Debemos ayudarlo a recuperar el control.
— Ciertamente. Es una estupidez querer incursionar solo a la fuerza. —habló la mujer regresando la lista a Kaoru con expresión rígida, rozando con sutil disimulo la caligrafía de Kioshi—. Ahora quiero saber cual es tu propuesta. — Puntualizó la mujer, esta vez con aire interesado y expectante.
Kaoru dispuso sus cartas de la mejor manera posible. Intentar convencer a una Yagami tradicionalista de incluir a los Kusanagi en el plan, sería tan difícil como convencer a Shizuka de colaborar con los Yagami. Pero había logrado el primer acercamiento, con algo de contundencia, podría lograrlo con las otras dos personas de la lista, que había decidido contactar. Iori recuperaria su dominio y no tendría que enfrentar a su propio clan solo. Y esperaba tampoco al clan de Kyo.
Una voz grave y anciana retumbó contra la piedra helada de un templo vacío. Llamas violetas rodeaban danzantes el cuerpo pálido e inconsciente de Iori Yagami, mientras un viejo monje llamado Kuma extendía una mano con un animal empuñado bajo sus largas uñas, que como pequeñas garras, perforaban la carne.
El plumaje negro del ave convulsionó un par de veces y la sangre que goteaba de las heridas se elevó hasta alimentar los fuegos Yagami, dándole visos carmesí al entrar en contacto.
Sus palabras cortas parecían provenientes de un mundo ajeno a este, y la noche que había penetrado hasta el mismo centro del corazón del hogar, cedió ante los tintes violeta. Las llamas crecieron descontroladas y lamieron el techo peligrosamente y el cuerpo inerte del ave negra se deshizo en un fuego carmesí.
Segundos después las llamas menguaron hasta apagarse y la instancia retomo los tintes anaranjados de la fogata. El cuerpo de Iori yacía en la misma posición, inmutable, y el anciano, muy encorvado y de mirada ciega habló con una voz ronca y profunda.
— Ha retomado el control.
Saito asintió desde el dintel que daba al exterior he hizo una reverencia corta y silenciosa a modo de agradecimiento.
— Es poderoso, pero su energía está sucia, el fuego del sol lo ronda, y la oscuridad conecta su vínculo. Sabes que es peligroso mantenerlo más tiempo así. — Miró a Saito con sus ojos lechosos. Pero veía en él más que cualquier otro ser.
— Los mundos se alinean Saito. —habló de nuevo el anciano extendiendo su tiesa y oscura mano apergaminada hacia el fuego del exterior—. El tiempo se acaba. No puedes demorar más la cacería. Debes saciar su miedo.
— Lo entiendo. Y así será. — Puntualizó Saito manteniendo la posición de reverencia.
A pesar del fuerte invierno las festividades de la época llenaban las calles de colores y ruido. Movimientos y sonrisas. Mai extendió un café caliente y espumoso para Nikaido que observaba ansioso las luces decorativas de la plazoleta.
— Es de los que te gustan. Toma esto y relájate un poco. Ya llamara. — Anuncio Mai depositando el capuccino frente al rubio y tomó asiento para beberse de un té caliente.
— Malditos Saito, porque tiene que tomarle tanto tiempo responder y es tan difícil localizarlo. Estoy intentando contactarlo desde que desapareció el psico de Yagami y luego Kaoru. —se quejó Benimaru molesto y tomo un buen sorbo del café—. ¿Cómo está Terry? — Preguntó lamiendo la crema que había quedado adherida de los labios.
— Está tras una pista de Andy. Al parecer hubo un enfrentamiento en el aeropuerto o algo asi…
— Tranquila, estará bien, Terry es un buen sabueso, lo encontrará. — Hablo Benimaru apretando la mano de Mai. Ella sonrió sin ganas.
— Lo sé, ahora estoy preocupada por dos y no por uno... — Dijo con un suspiro corto. Benimaru la miró con una expresión algo extraña, pero no se atrevió a decir nada.
— No, no ha pasado nada entre nosotros. —respondió ella molesta—. Crees que me gusta sentir esto. Ya suficiente he tenido forzando un amor imposible. No puedo ser tan estúpida de mirar a Terry de otra manera. — Recalcó irritada.
— Ey ey, no he dicho nada, calma. Yo...te entiendo. Nosotros no controlamos qué y por quien sentirnos atraídos Mai. Igual no cualquier amigo arriesga su vida por el bienestar ajeno. Y aunque no tengo idea que carajos te paso con Andy. Esta bien que te sientas confusa. — Habló Benimaru despreocupado, para que Mai no se pusiera a la defensiva.
— Andy...ese tonto cobarde...no, no quiero hablar de esto ni contigo ni con nadie. Déjame en paz. — Espeto Mai.
— Okay Okay, solo...— Pero su frase fue interrumpida por una llamada entrante. Ambos miraron el celular. Número desconocido.
La conversación fue breve. Un lugar, una hora, ir solo. Aquello no le gustó a Mai, pero accedió a esperar pacientemente en el apartamento.
Benimaru respiro pesado el aire helado del callejón. Estaba recostado en el capó del auto, cerca a un canal que daba al mar. Había llegado unos minutos antes y observó el malecón solitario brillar blanquecino entre la luz mortecina que era reflejada por el mar oscuro.
Zona industrial, ni un alma a esa hora y en la temporada invernal. No habían cámaras cerca, ese viejo zorro elegía muy bien sus sitios de reunión, pensó el rubio. Tal vez si algo salía mal, era fácil desaparecer o asesinar al interlocutor.
Faltando solo un minuto para la hora en punto, el ruido tenue de un motor lo sacó de sus cavilaciones de gangsters, y vio despuntar las luces fuertes de un volvo negro.
El automóvil se estacionó a una cuadra y el rubio observó una silueta oscura acercarse con las farolas a su espalda. No alcanzó a ver el rostro del viejo zorro hasta que estuvo cerca.
— Señor Nikaido, tiempo sin verlo. —saludó Saito con su semblante pulcro y preciso—. Dígame, qué es lo que lo tiene tan interesado en contactarme.
— No juegue conmigo Saito, sabe muy bien porque lo estuve buscando. ¿Donde estan? ¿Están bien? — Indagó Benimaru algo irritado.
— ¿Están…? —lo observó Saito interesado—. He de suponer que hay más de una persona a la que busca. Y usted cree que yo se donde esta. — Acotó algo divertido. No sonreía pero su mirada era aguda. Benimaru gruñó con impaciencia.
— Vamos a ser directos. Sabe que busco a Yagami y a Kaoru, y estoy esperando que me diga donde carajos están. — Respondió Benimaru algo altivo.
— Así que la señorita Kaoru no está con ustedes. Vaya dilema. — Puntualizo con suavidad escrutando al rubio.
— Pero...es usted el espía de confianza. ¿No sabe dónde está? —preguntó Benimaru tenso—. Ella dejó una nota diciendo que encontraría la manera de hacer esto sin tantos riesgos...— Anexó Benimaru preocupado.
— Ya veo...—hizo una pausa el hombre, en la que se acercó al rubio con cierto aire de complicidad—. La señorita Kaoru me comentó hace muy poco de algunos detalles relacionados al trágico encuentro con Kioshi. ¿Le dijo algo al respecto? — Preguntó con un dejo interesado, casi preocupado.
— No...no menciono mucho del hecho. No se bien que habló con ese hombre que mataron pero desde ese momento ha estado algo distante, y ahora, creo que es posible que los esté contactando. A los Yagami. Necesito que la encuentre y por favor me informe Saito, usted sabe que es muy peligroso si está haciendo esto sola. — Espetó el rubio.
— Entiendo. Pero usted deberá encargarse de la seguridad de mi señor, mientras yo enfoco mis esfuerzos en encontrar a la señorita Kaoru. — Asintió con calma el hombre. Benimaru lo miró extrañado.
— Yagami…¿Está aquí? — Preguntó Benimaru mirando alrededor y reconociendo de repente que aquel automovil en el que llegó el ninja, era el volvo del pelirrojo.
— Llévelo a un lugar seguro y atienda sus heridas. Cuando tenga información de la señorita Kaoru, yo lo contactaré. Velaremos por su seguridad. — Afirmó Saito y se alejó hacia uno de los callejones aledaños perdiéndose en la oscuridad. Le intrigaba enormemente descubrir que tramaba aquella chiquilla.
Benimaru dió un respingo al ver a Iori. Estaba inconsciente, desnudo, extremadamente pálido y con múltiples heridas. Algunas curadas, otras semiabiertas, pero ninguna sangraba. De hecho su cuerpo se veía extremadamente limpio. Salvo por la manta algo roída con que le habían cubierto la cadera y las piernas.
El rubio se inclinó y le palpó la temperatura. Estaba helado y respiraba con una sutileza alarmante.
— Mierda, maldito Saito, me lo entregas medio muerto y quieres que lo cuide así. —gruño el rubio y se montó presuroso al asiento del conductor. Miró a Iori por el retrovisor—. Aguanta Yagami. Estás en buenas manos. — Dijo en voz más alta y aceleró el auto. Las llantas rechinaron para nadie en medio de una calle fría y vacía.
Iori abrió los ojos lentamente. Se sentía pesado, como si tuviese un mar de profundidad sobre su cuerpo. La luz clara lo encegueció al principio y no supo definir donde se encontraba. Sus sentidos parecían regresar por partes y su mente no encajaba muy bien el estado actual.
Podía sentir a Orochi como su única constante inseparable, aunque las voces parecían silenciadas. Podía sentir esa densa presencia de Ankoku, pasiva e invasiva. Y tambien podia sentir a Kyo con una levedad aprehensiva. Su esencia palpitaba casi desvanecida.
— No...—susurro Iori recordando de repente—. Kyo...— Gruño tomando más lucidez. Se irguió sin que el cuerpo le respondiera del todo. Su cabeza daba vueltas y percibió con dificultad la habitación de un hospital. Una mancha de color claro y castaño se acercó de repente. Y el pitido de las pulsaciones marcadas por la máquina de lectura cardiaca, activo una pequeña alarma aguda al detectar una aceleración brusca.
— Yagami, tranquilo. — Habló la voz castaña. Que para decepción del pelirrojo no era la de Kyo.
— Dónde está...Kyo... —preguntó aturdido intentando levantarse, pero las piernas no le respondieron con fluidez—. Kyo...— Repitió incapaz de enfocar algo ante su vista.
— El esta bien Yagami, está con su familia. Tranquilo, no te muevas. — Dijo la voz femenina un tanto irregular. Y sintió unas manos delicadas presionarlo de regreso a la almohada.
— ¡No! —gritó Iori enojado, confuso—. No está bien. — Gruño apartando la mujer y levantándose con torpeza. Algo pegado a su brazo pareció reventar con un jalón leve y sintió un fluido tibio en la piel.
Ignoro la molestia y avanzó inestable hacia la puerta mientras las manos femeninas volvían a agarrarlo por la espalda. En ese instante la puerta se abrió y entraron otras figuras borrosas y rápidas vestidas de blanco. Y entre ellas la voz de un hombre conocido.
— Maldición Yagami, estas sangrando. — Espetó el hombre con tono regañón. Las otras figuras lo tomaron de los costados y aunque se resistió, una pequeña punzada en alguna parte del cuerpo le hizo perder el equilibrio.
Lo acostaron nuevamente en la cama.
— Nikaido...—habló Iori con la voz apelmazada por la droga—. Kyo...no está…bien—hizo una pausa extendiendo la mano, intentando alcanzar la voz del rubio y este se acercó con cautela. Cuando Iori sintió su cercanía lo atrajo con una inesperada fuerza hasta poder reconocer su rostro a poco centímetros—. Búscalo... — Habló con algo de autoridad y desesperación. Los enfermeros tomaron sus manos y lo inmovilizaron en la camilla.
La vista nublada de Iori se fue sumergiendo en un sueño narcótico mientras susurraba que buscaran a Kyo.
Shizuka avanzó con paso cauteloso a través del camino que cruzaba el jardín interno. Su estructura geométrica rodeaba todo del ambiente viejo y quieto de las casas tradicionales, pero nada de ello le traía calma. En especial cuando miraba aquel pequeño templo adecuado, donde reposaba Kyo.
Soltó un suspiro leve y se abrigó ante el álgido clima que tenía el pequeño trayecto.
Dos de las cuatro puertas del templo estaban abiertas a la intemperie y una luz cálida emanaba del interior, esta vez sin los sonidos mecánicos de los respiradores.
Shizuka ascendió las escalas e ingreso por uno de los portones, tocando un suelo sólo levemente más cálido. La temperatura dentro del pequeño templo seguía siendo muy baja y sabía que no podía quedarse mucho tiempo antes de resentir el invierno dentro del lugar.
Pero así lo dispusieron los sacerdotes y lograron estabilizar el cuerpo de su hijo.
Kyo yacía recostado sobre un futón levemente levantado por madera, su piel aún estaba algo enrojecida, pero se había regenerado sin secuelas aparentes. La escena siempre acongojaba un poco a Shizuka cuando lo veía, siempre le tomaba unos segundos recuperar el temple.
El cuerpo del joven yacía en el centro de una serie de símbolos, papeles y marcas que lo rodeaban como si fuera el mismísimo Orochi quien reposaba allí.
Cruzó con suavidad entre las marcas que cubrían desde el techo hasta el suelo y tocó la frente ardiente de Kyo sin recibir respuesta alguna. Se permitió derramar un par de lágrimas al darle un beso maternal, agradecida de que ya no tuviese que tener vigilancia constante de los monjes que regulaban su energía.
Aún así su estado se mantenía inamovible y todos los esfuerzos por salvarlo solo llegaban hasta ese punto de mantener a raya aquella energía Kusanagi que se desbocaba en su contra. Nada más.
Peino sus cabellos como todos los días y le habló, sin recibir respuesta, como todos los días desde aquel terrible enfrentamiento. Suspiro agotada.
— Que hare contigo Kyo... — Habló con suavidad y profunda angustia.
El viejo Shu que había estado parlamentando con la familia mientras Kyo se recuperaba, la había llamado aquella mañana muy temprano. El consejo Kusanagi estaba furioso y consideraban una afrenta enorme la actuación de Kyo. Muchos de ellos aún no sabían de su afección y la situación de su energía. Shizuka lo había logrado ocultar muy bien durante todo ese tiempo, y los Kagura se habían cerrado a opinar sobre el tema.
Los representantes anunciaron a Shu que no iban a permitir dilatar indefinidamente la reunión principal para ajustar cuentas por las acciones del heredero y definir el futuro del clan. Les respetarian solo unos días más y esperaban respuestas certeras. En caso de negarse o no dar respuesta, tendrian que definirlo ellos mismos, tomar el control del clan y de paso juzgar a Kyo Kusanagi.
— Resiste Kyo. Regresa con nosotros. No permitiré que se atrevan a acercarse a ti. — Le susurro con delicadeza y rabia. El frío empezaba a calar y tras acariciar el cabello de su hijo, se retiró de nuevo a la casa.
En uno de los corredores internos, cuando se disponía a visitar a la pequeña Yuki, fue abordada por uno de los guardias.
— Señora Shizuka, un joven llamado Benimaru Nikaido lleva un buen rato afuera, y aunque le hemos dicho de muchas maneras que no puede atenderlo, sigue insistiendo que debe hablar con Kyo o con usted. —hizo una pausa mirando la expresión tensa y molesta de Shizuka—. ¿Lo sacamos a la fuerza señora? — Preguntó con naturalidad.
— No...no permitan que nadie entre. Yo saldré. Diles a los demás que se retiren de la entrada cuando hable con él. — Puntualizó autoritaria. El hombre titubeó un instante sopesando los riesgos y asintió.
La voz molesta de Benimaru Nikaido se podía escuchar desde la parte externa del jardín.
— Llevo una hora congelandome el trasero aquí señores. Si les digo que es urgente es porque lo és. Y no me iré hasta que me den razón de Kyo…
Las puertas se abrieron lentamente y un hombre dió paso a Shizuka, que no salió del portón y miró directamente a Benimaru con una expresión que lo intimidó un poco.
— Retirense. — Puntualizó ella con altivez y el hombre a su lado hizo una seña para que los otros dos guardias se alejaran.
Solo hasta que quedaron solos, Benimaru gesticulo palabras.
— Señora Shizuka, estamos muy preocupados por Kyo. Queremos sa...— Indagó el rubio pero ella lo detuvo.
— Tu...prometiste cuidar de mi hijo. Prometiste que me informarias de lo que pudiese estar haciendo y en a qué riesgos se estaba exponiendo. Benimaru Nikaido. —lo miró con ojos filosos y cargados de rencor. El rubio no supo qué responder a aquellas afirmaciones. Había cubierto a Kyo en todo y aquella mujer tenía razones para acusarlo—. ¿Sabes tú qué le sucede a Kyo? — Preguntó sin mutar la expresión fija.
Benimaru la miró confuso.
— ¿Le sucedió algo a Kyo? — Preguntó el rubio con cautela, acrecentando de golpe su preocupación. Una lágrima involuntaria bajo por la mejilla de Shizuka y Benimaru sintió supo algo andaba muy mal.
— Mi hijo no volvió igual de esa travesía con ustedes...con Iori Yagami. Y te atreves a venir aquí como si no supieras qué en este momento se está muriendo. Que su cuerpo está siendo consumido por su propia maldita energía...tú, que prometiste cuidar a mi hijo y que estuviste con él vienes a preguntarme cómo está...—su voz se quebró de ira y tristeza, pero se recuperó en un instante—. Largo de mi propiedad Benimaru Nikaido, no quiero que ninguno de ustedes vuelva a acercarse a Kyo, ni a nuestra familia. — Puntualizó dando la espalda.
Benimaru se quedó mudo y abstraído mirando la puerta por la que segundos después salieron los guardias y le pidieron mucho menos amablemente retirarse de la propiedad.
Sus manos temblaban cuando regresó al hospital en el volvo. Kyo estaba muriendo...se repetía una y otra vez.
La sonrisa de Kyo se extendió retadora, provocadora. Sus fuegos chocaron y se mezclaron con soltura. De las llamas emergió una mano agresiva que fue delicada al tacto. El rostro de Kyo apareció, su desnudez hizo contacto con Iori. Su sonrisa ya no era audaz, era suave, casi dulce. Su tacto enardecia y luego se alejo con brusquedad y su voz resonó como un eco en toda la mente de Iori. "buen trabajo idiota" Y lo vio allí parado de espaldas mirando la oscuridad misma como si contemplara en ella algo que iori no veía.
Iori se acercó y alcanzó su hombro y cuando Kyo giró, estaba en llamas y con aquella expresión prepotente y divertida lo llamó por su nombre.
Segundos después una garra enorme que emergió de la oscuridad atrapó al castaño que aún sonreía al engullirlo la negrura
Iori abrió los ojos por segunda vez. En esta ocasión su visión era más clara, aunque su mente embotada apenas estaba aterrizando. Se sentó aturdido y miró alrededor. La habitación blanca parecía oscurecida y Mai Shiranui yacía sentada en el sillón de enfrente con las manos cubriéndose el rostro. Se veía cansada.
Intentó levantarse pero los cables intravenosos se tensaron y la mujer alzó la vista por acto reflejo. Esta vez su voz fue más fría y no se acercó a la cama.
— Te hicieron varias transfusiones. Llegaste con anemia severa. No deberías buscar sangrar tan pronto Yagami. — Habló Mai con calma, sin amabilidad.
Iori la miró un instante sopesando la actitud y no dijo nada. Tomó con delicadeza las agujas intravenosas y las retiró con delicadeza de la vena.
Mai suspiró pero no lo detuvo. Iori se levantó y miró a su alrededor buscando su ropa. No lograba recordar qué había pasado tras el claro y el Hokora. Lo único que tenía presente era Kyo. Necesitaba verlo.
— Benimaru no demora en llegar. No tenías ropa cuando Saito te entregó después de desaparecer varios días. Te traera algo que ponerte. — Le contó Mai volviendo a sentarse en el sillón, se veía molesta.
Iori maldijo. Se sentía muy mareado, débil. Pero odiaba mostrarse así.
— ¿Que han sabido de Kyo? — Preguntó mirando directamente a la mujer. Ella le sostuvo la mirada.
— Dime tú Yagami. Qué sucedió con él. Como sabias que no estaba bien si no estabas con él. Sabes más que nosotros y aún así, después de todo lo que hemos pasado, nos ocultan información tan importante. — Habló Mai con seriedad casi a modo de reproche. El la miró con frialdad.
— Que saben de Kyo. Shiranui, ve al grano. — Habló con la rabia empezando a crecer. No tenía tiempo para nimiedades e indignaciones. Se levantó tambaleándose un poco.
— No estás bien Yagami...recuperate primero mientras llega Benimaru. El puede darte los detalles que quieres. —hizo una pausa mirándolo de pies a cabeza—. Dudo que quieras salir descalzo y con el trasero al aire en este invierno tan frío.
Iori avanzó hasta el closet sin decirle más. Abrió las puertas y miró si había algo que ponerse por ahí. Aun no creía del todo lo de Saito. El cómo llegó allí era muy confuso. Se sentía algo desorientado y la cabeza aún la tenía embotada. Su única idea clara era Kyo. Necesitaba verlo, se repitió.
Cerro las puertas con extrema brusquedad, el closet estaba vacío.
— No lo entienden. No puedo perder más tiempo aquí. Debo ir con Kyo. — Dijo de repente sintiendo como lo embargaba una extraña angustia al percibir de nuevo la levedad en su vínculo. Y se dispuso a salir así, dispuesto a desnudar un enfermero si era necesario. Pero Mai se levantó.
— No Yagami. No más silencios y evasiones. Lo que sea que ocurrió pudo haber sido diferente si hubiesen contado con nosotros. — Dijo Mai con algo más de tacto. Iori la miró sintiéndose aun extraño por el medicamento. Odiaba sentirse tan vulnerable.
La puerta se abrió de repente y entró Benimaru con unas bolsas de compra. Miro la cama, el tubo intravenoso y a Yagami. Y acto seguido le lanzó las bolsas, este logro atraparlas con cierta dificultad y dio un paso atrás.
— ¿No estas ni en condiciones de estar de pie y ya planeabas que? ¿Irte medio desnudo en plena nevada? — Pregunto el rubio con cinismo. Iori no respondió y dispuso las bolsas sobre la cama viendo como su imagen se triplicaba.
— Yo se como está Kyo y se donde lo tienen. Pero de aquí no vamos a salir ni a hacer nada hasta que nos digas qué está pasando. — Habló Benimaru cerrando la puerta. Iori lo miró intensamente con ojos rojizos y vidriosos, estaba muy pálido. Mai se acercó a Yagami y lo sostuvo, preocupada que cayera de repente.
— Tienes fiebre...— Dijo ella. Él se alejó del contacto.
— Estoy bien. —dijo sentándose en la cama recuperando algo de estabilidad—. Qué sucedió con Kyo... — Indagó reponiendose.
— Kyo...se está muriendo Iori. —el rubio se acercó hasta un costado de la cama—. ¿Que le está pasando? Su familia no sabe que tiene, pero es algo con su energía y se que tú si sabes. Y no saldras de aqui hasta contarnos.
Iori guardó silencio un instante, no lograba pensar con claridad, y así no llegaría a él.
— Una parte de los Kagura pactaron con un Yokai y lo usaron para asesinar a otros clanes en el pasado. Usan ese mismo espíritu ahora para matar a los que se opongan. Así mataron a Chizuru y a Saisyu, así mismo lo intentaron con nosotros...— Iori se tomó la cabeza tratando de retomar su lucidez.
— ¿Eso está matando a Kyo? — Preguntó Mai exaltada.
— Ustedes no lo entienden...es muy peligroso… — Espetó Iori respirando profundo y maldiciendo esos condenados fármacos.
— Haz que lo entendamos Yagami. — Exigió Benimaru con seriedad.
— Ese espíritu está ligado a nosotros ahora, Kagura nos guió a él y Kyo...él quedó con una enorme herida espiritual cuando intentaron robar el poder de la reliquia. Creo que esto tiene que ver con Ankoku. Debo ver a Kyo. Necesito hacerlo. Debo sacar respuestas de él. Asi sabre como ayudarlo...—Los miró con una expresión angustiada, confusa—. Por favor...debo verlo. — Insistió.
Ambos vieron como esa máscara rígida se desmoronaba por un instante en fragilidad, temor y luego transmutaba a rabia. Retornando su rigidez.
Como un demonio perdido, teníamos que drogarlo para que dijera algo sincero por fin, pensó Benimaru.
— Entrar a una de las principales casas Kusanagi, con toda la vigilancia y la intención de matarte desde hace mucho. Es una condenada locura. — Comentó Benimaru pensativo.
— Ciertamente lo és. No hay modo que te permitan acercarte y después de lo que ha pasado, ni la sombra más profesional entrara allí sin ser detectada. — Habló Mai a su vez.
— Iré por Kyo yo mismo si no piensan ayudar. — Espetó Iori levantándose y tomando una de las bolsas.
— Eh eh, cálmate, no estoy diciendo que no vayamos a ayudar. Pero no podemos ir sencillamente de frente y meternos como una película de acción. Necesitamos un buen plan. Ya ni siquiera yo soy bienvenido...la madre de Kyo se veía bastante desesperada...ha sufrido mucho esa pobre mujer. — Hablo Benimaru empujando a Iori de regreso a la cama. Y aunque este se resistió no pudo mantener el equilibrio.
— Si es así, tal vez logres que se reúnan por fuera. —habló Mai pensativa—. Si ella quiere un modo de ayudar a Kyo, y Iori es la única manera. Se que puede considerarlo. Finalmente todos queremos lo mismo para él. Y ella podría tener la información que Iori requiere.
Benimaru asintió pensativo.
— Está bien, puedo intentarlo, pero saben lo peligroso que puede ser esto si ella no acepta. Estaríamos entregando tu cabeza en bandeja de plata Yagami. —
— Que así sea. — Dijo Iori levantándose con resolución y tomando las bolsas. Caminando con solo un poco más de soltura hacia el baño.
— Solo tengo dos condiciones. —Iori se detuvo y los miró de soslayo—. Primero no puedes hablar con ella estando tan drogado. Esperaremos un poco a que te pase el efecto.
— Se supone que pasarias dos días dormido y ya estas de pie... — Acotó Mai.
— No hay tiempo para estas nimiedades. — Puntualizó Iori.
— Si queremos convencer a esa mujer, si. Mientras tanto mi segunda condición es que mientras esperamos que ella acepte la reunión, nos contaras mas detalladamente que sucede con Kyo y que paso con los Kagura y esos espíritus endemoniados.
Iori asintió de mala gana y se metió al baño.
— Necesitamos un plan secundario por si algo sale mal. —
— Le diré a Shizuka que no traiga a nadie, por el bien de lo que vamos a decirle. Si es una mujer astuta, los que lleve serán pocos. — Analizó Benimaru.
— Yo me encargare de ellos. —sonrió Mai y Benimaru la miró con desconfianza—. No los voy a matar tonto. Pero tengo un par de trucos para dejarlos fuera de combate y así ustedes pueden irse sin dañar a nadie, en caso de que Shizuka decida cazar a Iori.
— Entendido…cuida que el psico no haga alguna locura. Yo iré a tantear aquella leona Kusanagi que está cuidando a su hijo. —Benimaru extendió sus manos y tomó las de Mai—. Si no regreso, quiero que sepas que...— Pero la castaña lo golpeó con suavidad en la cabeza.
— Eres un tonto, como puedes bromear hasta en momentos así. — Lo dijo entre indignada y divertida.
— Creo que si no lo hago voy a enloquecer...aun nos falta encontrar a Kaoru. — Sonrió cansino—. Podrías preguntarle por ella...tal vez a ti te diga algo. Si lo hago yo y no me responde te juro que terminare golpeándolo. — Gruño Nikaido.
— Ve y consigue ese encuentro, yo me encargo del resto. — Sonrió con dulzura Mai dándole un beso en la mejilla. Benimaru sonrió agradecido y salió de la habitación.
El teléfono de la casona repicó una serie de veces por quinta vez. Y Shizuka se acercó extrañada al verse interrumpida por el sonido constante. Muy rara vez llamaban a ese número casual. La única que solía hacerlo era Yuki o ese chico llamado Shingo, cuando buscaba incesante a Kyo. Casi había olvidado que existía aquel teléfono.
El sirviente que contestó se denotaba algo molesto y colgó una vez más.
— ¿Qué sucede? ¿Quién está llamando? — Preguntó algo irritada por el ulular.
— No lo se, unos amigos del señor Kyo. Siempre uno diferente, aunque uno preguntó por usted, pero creo que están llamando del mismo número. Pensaba informarle al señor Shigeo, para que se cerciorara.
— No es necesario, yo me encargo.— Dijo la mujer mientras el sirviente se retiró con una reverencia.
Efectivamente unos minutos despues volvio a sonar el teléfono y Shizuka levantó el auricular.
— ¿Quien habla? —
Se escuchó en el fondo un cuchicheo leve y algunos autos que pasaban.
— Señora Shizuka. — Habló Benimaru segundos después. Ella resopló con intenciones de colgar pero el rubio habló rápido.
— Puedo ayudar a Kyo. Tengo respuestas, se de su herida espiritual…
La mujer titubeó, dubitativa, evitando que cualquier esperanza falsa se acunara en su corazón.
— Fue cuando intentaron arrebatar la reliquia ¿no? Hay algo más que puede estarle afectando y... — Pero ella lo interrumpió.
— ¿Por qué no mencionaste nada cuando estabas aquí buscando a Kyo? — Preguntó la mujer con agudeza. Benimaru carraspeo.
— No puedo darle los detalles por una llamada y menos mientras estuve tan cerca de su casa. Desgraciadamente no podemos confiar en nadie. Pero si en usted, sé que lo más importante es su hijo y puedo ayudarlo. Por favor Señora Shizuka, todos queremos lo mismo para Kyo. Y me gustaría que entendiera mejor que esta sucediendo. Debemos vernos personalmente, en un lugar más privado...prometo que solo estaremos los dos y le explicare todo. — Se explayó el rubio lo suficiente con la esperanza de que no le colgara.
Shizuka guardó silencio un rato.
— Tiene mi número, pienselo bien señora Shizuka. Sabe que no podemos dejar que Kyo pase mucho tiempo así. Por favor considerelo. — Puntualizó con elocuencia y la mujer colgó el teléfono.
Estuvo un par de horas meditando el asunto desde una habitación contigua al jardín donde yacía su hijo. Pensó en todo lo sucedido y las relaciones de todos esos luchadores ajenos a los clanes, los nexos que tanto ellos como Kyo tenían con Iori Yagami. Ese hombre había estado relacionado a casi todo, y aunque lo vio defender a Kyo en varias ocasiones y luchar contra su mismo clan aquella horrible noche de la muerte de Saisyu, había sido él quien alejó a Kyo de su protección, de la potestad del clan.
Suspiró tensa, sabía que encontrarse bajo esas condiciones con ellos, podría implicar muchas cosas y no deseaba hacerlo, pero tampoco veía mas opciones, y el tiempo que había tomado ocultando a Kyo de la familia, había llegado a su fin.
Se levantó decidida, se envolvió en una cobertura de tela cálida y atravesó el jardín bajo la tenue nevada. Necesitaba hablar con la sacerdotisa Kagura que había sellado a Kyo.
La vio allí parada al borde de la entrada del pequeño templo. Miraba con detenimiento un punto vacío a un costado de Kyo y durante un instante asintió en respuesta a esa ausencia.
— Señorita. — Interrumpió Shizuka la abstracción de la mujer, que dio un muy leve respingo y la miró.
— Señora Shizuka. —saludó con una leve reverencia—. Percibo que viene con nuevas preguntas. — Acotó haciéndole una señal para entrar a una zona tal vez no más cálida, pero sí menos fría. Pero Shizuka no se movió.
— Sea absolutamente honesta conmigo. —habló Shizuka sin rodeos, mirándola directamente—. ¿Cree, que pueda recuperar a mi hijo en pocos días…? ¿Cree que tenga alguna manera de quitarle eso pronto o incluso después? — Preguntó sin quitarle la mirada intensa, intolerante a mentiras o consideraciones dóciles. Quería la absoluta verdad.
La mujer negó con la cabeza.
— No...no sin saber que lo tiene así. Cualquier intento nuestro a ciegas podría costarle la vida. —miró a Shizuka y luego a Kyo—. Lo siento.
Shizuka asintió con la cabeza algo aturdida. Así llegará la nueva lider Kagura, no había manera. Por lo menos no en el tiempo que tenía, antes de que el clan metiera las manos indiscriminadamente en la situación.
Sin despedirse regresó por el camino de piedra, entre los copos lentos y pálidos, bajo la luz mortecina de un día encapotado. Ya había tomado una decisión.
— Kaoru...aun cree en el clan Yagami y está intentando algo inútil. Le di la libertad de elegir qué hacer con lo que Kioshi le había compartido. —bufó cansino Iori, un poco menos pálido, aunque con ya menos rastros del fármaco en su conducta—. Y ahora intenta unir los pedazos desperdigados de una familia rota. — Puntualizó pensativo.
— Me sorprende lo elocuente y casi poético que puedes ser cuando no andas desdeñando todo. —agregó Mai con una sonrisa tenue—. ¿Crees que esté en peligro inminente? — Preguntó. Iori ignoró las primeras palabras.
— No, no les sirve de nada lastimarla. Pero tampoco está segura, podrían capturarla o usarla. Pero creo que es lo suficientemente astuta para saber con quien hablar.
— Entonces, eso significa…? — Indagó Mai no conforme con esa respuesta.
— Que debe estar bien. Por el momento. —Aseveró Iori abotonandose la chaqueta gruesa con más soltura. Había descansado lo suficiente y la calma del medicamento comenzaba a transformarse en ansiedad. Necesitaba ver a Kyo y Benimaru aun no regresaba—. Es mejor que la encuentren antes de que se meta en problemas de verdad. — Puntualizó dirigiéndose a la salida del cuarto.
— ¿A donde crees que vas? — Se levantó Mai dispuesta a seguirlo.
— Nikaido está tardando mucho. No tenemos tiempo, llámalo. —le ordenó Iori con soltura y Mai sonrió con indignación ante el tono imperativo—. Necesito cigarrillos. — Puntualizó saliendo de la habitación.
Ella lo siguió mientras marcaba al rubio.
Una hora después se reunieron con Benimaru a las afueras del hospital. El Volvo negro se estaciono frente a ellos y el rubio se acercó dejando tras de sí un tenue rastro de vapor.
Iori extendió la mano, exigiendo las llaves de su auto de manera silenciosa. El rubio se las lanzó despreocupadamente.
— ¿Definiste algo con ella? — Preguntó Iori sin rodeos.
— Hmm hice un par de tonterías para que se cansaran de negar a Kyo y me la pasaran. Pero funcionó. — Explicó Benimaru.
— ¿Definiste algo con ella? — Repitió Iori la pregunta.
— Si, no...algo así. — Dijo Benimaru encogiéndose de hombros. Tanto Iori como Mai lo observaron con algo de molestia, sin entender.
— Pude hablar con ella y plantearle el encuentro, pero no me dio respuesta. Resta esperar que se comunique conmigo.
— ¿Y si no acepta? — Preguntó Mai preocupada.
— Lo hará. — Aseguró Iori con seriedad. Ambos asintieron con la misma certeza.
— Bueno, Señor Yagami, mientras vamos al lugar que elegí al mejor estilo Saito para la reunión, y esperamos la llamada de la madre angustiada, espero seas mucho más explícito y sincero al contarnos que está pasando con Kyo y que descubrieron ustedes. — Espetó Benimaru acercándose al Volvo y abriendo la puerta del pasajero a Mai.
Iori se dispuso a manejar y el auto recorrió con mesura las abarrotadas calles de la ciudad.
— A ver si entendí bien. Un grupo Kagura de locos asesinos usaron el espejo Yata para cazar otros clanes, favoreciendo al emperador de la época. Y de ese grupo vienen esas malditas sombras monstruosas sin rostro, llamadas Bikhsu. Ellos dejaron una herida espiritual en Kyo al intentar robar la reliquia Kusanagi para un traidor del clan, aparte de haber logrado matar a Saisyu y dañar muchos otros más, incluidos ustedes, los Yagami y Yuki, con ese espíritu endemoniado llamado Ankoku...—Benimaru dio un par de vueltas pensativo—. Entonces ese maldito fuego negro con el que casi nos calcina Takeshi en ese templo donde intentaron robar tu poder sobre la reliquia Yagami. Es ese mismo espíritu, controlado por un viejo pacto de los Kagura y el cual ustedes están intentando romper para liberarlo...— Concretó el rubio intentando atar todos los demás cabos sueltos.
— Después de tener que repetirlo tres veces, es un resumen brillante Nikaido. — Espetó Iori impaciente. Había pasado otra hora sin señales de la esperada llamada. Pero Benimaru ignoró el tono cínico mientras seguía cavilando.
— ¿Ese espíritu está agrediendo a Kyo? — Preguntó Mai intentando entender la conexión tan extraña y sobrenatural que les había explicado Iori sin mucho detalle.
— No exactamente. La herida espiritual que dejaron en Kyo fue profunda. Desde aquella noche, usar el fuego lo ha afectado. No logra controlarlo del todo y Ankoku...hace más difícil que lo mantenga a raya, ya que esa cosa se alimenta de nuestra energía para poder resistirse de cierta manera a los Kagura. O eso creemos, aún no estamos seguros. No hasta destruir todos los Hokora. — Respondió Iori prendiendo el quinto cigarrillo.
— ¿Eso creen…? —miró Mai escandalizada—. No saben bien si esa cosa está o no dañando a Kyo. ¿Y aun asi quieres meterte allí sin saber si puede haber alguna reacción adversa? — Indagó Mai sorprendida. Iori gruñó.
— Se que puedo ayudarlo, solo necesito entender que debo hacer para que este estable. Que esa maldita sanguijuela lo deje en paz y pueda recuperarse. — Espetó Iori en voz alta. Luego gruñó impaciente y dio otra calada al cigarrillo.
— Ya es suficiente de explicaciones. Cuando piensa llamar esa maldita mujer. — Habló en tono malhumorado.
— Entonces ese espíritu, que parece romper el espacio tiempo, no es malo. Solo lo usan para hacer cosas terribles. Y las hace ¿...y se supone que eso no lo hace malo porque lo manipulan? —indagó Benimaru y Iori lo observó con irritación—. Pero a parte de todo eso...cómo puede Chizuru hablarles...si falleció. — Preguntó el rubio con cristalino interés.
Iori estaba a punto de perder la paciencia cuando la siguiente pregunta fue interrumpida por un vibrar bajo. Todos miraron expectantes el móvil y Benimaru contestó con la mayor cordialidad jamás existida.
Asintió un par de veces, le aseguro que estaba solo, le dio indicaciones de la ubicación y colgó.
— ¿Estás seguro de esto? —preguntó Nikaido con cautela, tanteando los últimos instantes con posibilidades de escape—. Hay grandes probabilidades de que no acepte. Y si lo hace hay aún más riesgos de muerte dentro de ese lugar.
— Completamente. — Aseguró Iori sin inmutarse. Ya tenía la cabeza despejada de fármacos y aun así mantenía la misma sensación constante. Necesitaba ver a Kyo.
— Siendo así, tomaré mi posición. Deben convencerla rápido. En caso de que sí entre sola, dudo que sus guardianes aguanten mucho sin tenerla a la vista. — Apuntó Mai sumergiéndose en la zona oscura de la bodega y desvaneciéndose en cuestión de segundos.
Shizuka apreció la zona al bajarse del auto un par de cuadras atras. Una parte industrial de medianos recursos cerca a los puertos. Totalmente rezagada y lejos de la concurrencia de las fechas. Toda una escena de mafia clandestina.
En qué estaría pensando Benimaru Nikaido al elegir ese lugar, se preguntó. Empezaba a dudar aún más de su palabra, pero no había ido sola. Dió la orden a sus tres acompañantes de rodear el lugar y vigilar que no hubiese nadie en los alrededores. Los hombres se mostraron dubitativos pero ella les aseguro, sin aceptar cuestionamientos, que estaría bien, que les llamaría ante cualquier amenaza.
Entró sola. A pesar de sus diferencias estaba segura que aquel joven no la había llamado allí portando malas intenciones. En lo profundo ya había permitido que creciera la esperanza de que pudiese ayudar a Kyo, como lo había prometido.
Cruzó con cautela un lobby enorme dispuesto a modo de bodega, había una máquina cubierta por unas telas bien amarradas y la luz tenue del exterior se derramaba amarilla por los ventanales amplios del segundo piso. El lugar estaba era muy alto y poseía balcones internos.
— Señora Shizuka...—resonó la voz del joven de una manera tan repentina que la hizo dar un leve respingo—. Me alegra que haya aceptado verme. — Saludo Benimaru desde un costado de la maquinaria con una inclinación cordial. Se notaba algo nervioso.
— Sabe bien a qué vine, y me gustaría que fuese al grano joven Nikaido. Qué sucede con mi hijo y cómo puede ayudarlo. — Habló Shizuka sin ganas de rodeos cordiales.
— Jeje Si...bueno. Es un tema largo señora Shizuka y debe escucharme con calma. — Habló el rubio tenso mirando hacia un costado oscuro.
— No hay nadie más aquí aparte de nosotros dos. Hable con confianza y sea claro.
Benimaru sonrió un poco nervioso, sabía que Iori los observaba a poca distancia y no quería que interrumpiera abruptamente sin permitirle abonar un poco el terreno con la madre de Kyo.
— La noche en que...intentaron arrebatar la reliquia de Kyo. —inició el rubio buscando por dónde empezar—. Quedó en él una herida espiritual. —
— Eso lo sabemos muy bien señor Nikaido. Llevamos tiempo tratando de cerrarla. — Interrumpió la mujer cortante.
— Supongo que si. Pero hay algo más que está evitando que esa herida se cure. Que en realidad creemos que es lo mismo que la abrió... — Habló Benimaru pensando cómo abordar el tema sin mencionar directamente a Iori. Necesitaba a la mujer más receptiva.
— No me esta dando nada nuevo señor Nikaido. —espetó impaciente Shizuka—. Y respecto a "creemos" está hablando usted de quienes más…? — Indagó desconfianda. Benimaru suspiró cansino.
— Sabe bien a quienes me refiero. En especial a quien. —respondió Benimaru incapaz de abordar más el tema con delicadeza—. El tambien fue victima de lo mismo y entiende mejor que nosotros que está pasando con Kyo.
Shizuka lo miró con cautela y dió un paso atrás.
— Por eso deseaba que nos reunieramos a solas...— Asevero con voz suave la mujer y el rubio agachó la cabeza.
— Lo siento mucho...no había otro modo y...— Se excusó Benimaru.
— Kyo se está muriendo. No tenemos tiempo para esto. Si quiere que él sobreviva, va a tener que escucharme señora Kusanagi. — Sonó la voz grave de Iori, parca pero decente, casi retumbando en el espacio vacío del costado izquierdo de la bogega, y su figura muy pálida y de mirada enrojecida se plantó fuera de la oscuridad a mediana distancia de la mujer. Esta automáticamente se tensó y metió la mano en el bolsillo de su chaqueta.
— Si cree que voy a escuchar a quien tanto daño le ha hecho a mi familia...a mi hijo. Esta muy equivocado Iori Yagami. — Habló sin miedo, con rabia retadora.
La señal de alerta había llegado efectiva a los tres ninjas Kusanagi y estos se dispusieron a ingresar en la bodega con presura. Pero una sombra grisácea giró sobre uno de ellos haciendo un arco limpio y cayó con un sonido sordo sobre el cuerpo del hombre. La jeringa se deslizó sin resistencia dentro del cuello y en cuestión de segundos el hombre quedó inmóvil.
El eco del suelo metálico hizo retumbar un poco los vidrios y Mai corrió presurosa tomando un segundo impulso por uno de los barandales, sin hacer el menor ruido. Saltó al techo en un movimiento pulcro que le hizo resentir solo un pequeño dolor en la pierna y se deslizó entre la capa de nieve a través de la siguiente inclinación, cayó en el otro balcón sin emitir mayor sonido e ingreso rápido a espalda del segundo ninja que estaba acercándose al borde del balcón interno de ese costado.
Hizo una llave rápida con las manos y las piernas, inmovilizando al hombre con delicadeza y lo cedó. Percibió la ultima sombra abordando por el balcón opuesto a punto sobrepasar la baranda y calculó la distancia con rapidez.
Hizo un lanzamiento veloz de un objeto pequeño que dio de lleno en la cara del ninja y esparció un polvo blanco en su rostro. El hombre trastabilló atrás un par de pasos y cayó lentamente perdiendo el conocimiento poco a poco.
Mai soltó el aire y rodó a un costado del cuerpo drogado del segundo ninja. Tenían poco tiempo antes de que los fármacos perdieran su efecto. Aquellos hombres estaban entrenados para mejorar su resistencia y una dosis genérica no los neutralizaria demasiado. Se acercó sigilosamente a un costado oscuro del balcón y observó la reunión de abajo.
Tras algunos leves sonidos puntuales y bajos alrededor de la bodega, y ante la ausencia de sus guardianes al llamado, Shizuka restrocedió otro paso sin quitarle la mirada a Iori Yagami. No había miedo en su semblante, pero si una amenazante desconfianza.
— Hay un espíritu poderoso que pactó con los monjes que atacaron a Kyo y a su padre. El mismo que usaron para rastrearnos y el cual tiene un vínculo con todas sus víctimas. Y que aun lo tiene con nosotros al haber sobrevivido a esa conexión... — Habló Iori sin rodeos con seguridad, haciendo una pausa para sopesar la reacción de Shizuka. Benimaru lo miró confuso. Percatandose de las omisiones que estaba tomándose y las variaciones en aquella versión.
Pero entendendió la intención del pelirrojo. La idea era atraer la atención de la mujer a la cuestión que afectaba a Kyo. No anunciar más traidores o enemigos dentro de los Kagura.
Shizuka lo miró controlando la ira que le generaba que Iori Yagami se refiriera a ese terrible momento; mencionando a su esposo y a su hijo con tanta confianza. Pero no emitió palabra alguna y no se movió más.
— Creo que es aquello lo que impide que Kyo pueda curarse. —continuó Iori suavizando la voz—. Yo puedo ayudarlo, si usted me lo permite. — Puntualizó con calma, sin rigidez. Con sincera preocupación.
Casi con delicadeza, pensó Benimaru. Le estaba pidiendo formalmente a la madre de Kyo que le dejara ayudarle. Y esa docilidad sorprendió al rubio. Pero no a Shizuka.
— ¿Cómo...y por qué ahora? —le habló con severidad la mujer—. Estuviste con mi hijo todo este tiempo y no quisiste ayudarlo. ¿Y ahora si? — Preguntó cortante. Iori empuño las manos, pero suavizó el semblante al instante.
— Lo hice...se supone que Kyo no debía usar su fuego. —la observó Iori con intensidad—. ¿Que sucedió en esa reunión familiar…?
— Deja de nombrarlo con tanta confianza...y estos no son asuntos de ninguno de ustedes. Deberían decirme qué fue lo que le hicieron esos monstruos…como puedo protegerlo. Por que perdió el control de repente…¡¿por que se esta quemando mi hijo?! — Gritó Shizuka algo descompuesta.
Iori gruño tenso. Tenía total certeza de cuál era la causa, pero no sabia bien como ayudar a Kyo. No podía sencillamente destruir el ultimo Hokora así, sin saber si eso podría matarlo. Necesitaba encontrar la manera de romper el vínculo, necesitaba estar con él.
— Yo puedo salvar a Kyo. Puedo quitar de su espíritu la marca de aquella criatura. Tomar su lugar. Déjeme ayudarlo...por favor. —habló Iori haciendo una reverencia a Shizuka, no sabía si podría hacerlo, pero necesitaba intentarlo—. Se que puedo salvar su vida. — Puntualizó con delicadeza, irguiéndose y observando a la madre de Kyo.
Shizuka lo observó largo rato en silencio. De nuevo tenía ganas de llorar. No quería nada de ellos, no deseaba siquiera haber sabido de Iori Yagami. Y menos que era él quien tenía una posibilidad para Kyo. Ese hombre que tanto le había quitado a su hijo. Que tanto había dañado a su clan. Y aun así fue gracias a él habían logrado huir tras la muerte de Saisyu.
Una criatura llena de demonios y dicotomías. Una amenaza que buscaba protegernos. Que clase de absurda existencia era la de Iori Yagami. No, no quería nada de él...pero si era la única esperanza de Kyo. No había nada que refutar.
—¿Cómo...? —preguntó reticente, pero decidida—. ¿Cómo puedes ayudarlo?
— Permítame verlo. Debo ir con él...— Solicitó Iori con delicadeza.
— Entrar a mi casa, hasta donde está mi hijo... —habló Shizuka casi escandalizada—. Así pudieras alcanzarlo, las posibilidades que tendriamos de asesinarte son infinitas...por más poder que tengas Iori Yagami. — Puntualizó casi imaginando la posibilidad.
— No planeo luchar...solo solucionare la amenaza. Aceptaré lo que suceda, desde que me permitan salvaguardar su vida. —Anunció Iori retornando a la frialdad casual y se acercó a la mujer, que lo observó conflictuada—. Yo pondré a Kyo a salvo Shizuka Kusanagi. Quieran o no. — Puntualizó resuelto.
— No no, no vamos a hacer de esto un condenado conflicto. —interrumpió Benimaru metiéndose entre Iori y Shizuka—. Solo queremos un modo sigiloso de entrar. Algo que nos permita ayudar a Kyo y salir de allí sin peleas, ni muertes, ni nada horrible, que nadie quiere. ¿Cierto? — Preguntó Benimaru al pelirrojo, con énfasis. Este asintió con seca lentitud.
— ...hablaré con los monjes. Haré que faciliten el ingreso y enviaré lejos a los rastreadores. —anunció Shizuka haciendo una pausa cautelosa—. Pero solo podrá ingresar uno. No más. — Dijo directamente a Iori y sin esperar respuesta se dispuso a la salida. Unos segundos después, frenó un poco antes de abandonar la bodega y los miró.
— Los contactare inmediatamente cuando esté dispuesto todo. —agregó y fijo su mirada sobre el pelirrojo—. Iori Yagami...si le pasa algo a mi hijo o esto no funciona. No prometo que pueda mantener su integridad dentro de mi hogar. — Finalizó y salió del recinto.
— Por mi está bien...— Respondió Iori como para sí mismo y Benimaru suspiró preocupado.
— Estas loco Yagami. Debes evitar cualquier conflicto.
— Si...no hacemos nada si te perdemos a ti por salvar a Kyo. Sin contar con que Kyo jamás nos perdonaría...—habló Mai desde arriba—. Ahora lindos, es mejor que muevan ese trasero fuera de aquí, antes de que despierten los durmientes. Estoy casi segura que no lograron saber quienes eran, asi que vamonos. — Anunció descendiendo de un brinco, acompañándolos a la puerta trasera de la bodega. Lo unico que quedo en aquel lugar fueron los leves gruñidos de los hombres neutralizados, mientras cobraban conciencia.
— ¿Como los dormiste...a golpes? — Sonó la voz ya lejana de Benimaru.
— Un ninja no revela sus trucos cariño.
