Capítulo 11
Al día siguiente, cuando Elda bajó a desayunar, Sett no estaba. La madre, en su lugar habitual, la recibió con la usual calidez que, si bien al principio de vivir con ellos se le hacía incómodo, poco a poco se fue acostumbrando. Miró a ambos extremos de la casa y frunció el ceño, extrañada.
— ¿Dónde está? –preguntó.
— Ha tenido que encargarse de un asunto urgente.
— ¿Te ha dicho si tengo que ir? Me gustaría pasarme por el mercado.
— No creo que haya problema, querida. Eso sí, llévale la comida.
Qué extraño de Sett olvidarse su bolsa. Significaba que no había tenido tiempo ni de despedirse, algo que no solía ocurrir a menudo. El asunto debía ser muy urgente. Elda apenas respiró para tomarse el vaso de leche cuanto antes e irse pronto. Sentía que algo no iba bien. Salió de la casa y se encaminó a la ciudad por el camino más largo, evitando atajos puesto que quería evitar a toda costa a sus compañeros de fechorías en el caso en que la estuvieran esperando. Aún quedaba lejos, pero el momento de la verdad se acercaba con cada día que pasaba.
El mercado bullía de actividad, la gente ruidosa iba de aquí para allá, los mercaderes gritaban sus precios al viento y personas de distintas clases compraban y discutían precios acaloradamente. Era todo tan diferente a Noxus... allí siempre parecía haber tensión en el ambiente, como si fuera a ocurrir algo. En Navori, sin embargo, el tiempo fluía tranquilo. Pronto llegó al anticuario, allí donde Ezreal había encontrado el mapa. Llevaba en las manos un tarro de miel para la madre de Sett, pero ningún regalo para él.
Observó los estantes repletos de polvo y libros viejos, buscando algo que pudiera hacerle gracia al hombre. ¿Qué podría gustarle? Reparó en un gran objeto tapado por una manta de tela.
— Eso es un telescopio. –la informó el dependiente—. Lo usan en Piltover para contemplar las estrellas.
Oh. Podría ser un buen auto regalo de cumpleaños y así mirarían el cielo juntos... Elda sacudió la cabeza. ¿Cuándo había pasado de ser un "yo" a un "nosotros"?
— ¿Qué precio tiene?
— Seiscientas monedas.
La chica miró su bolsa. Apenas llegaba a cuatrocientas, puesto que no había aceptado el dinero de Ezreal. Se mordió el labio.
— Lo compro por cuatrocientas monedas.
— ¿Qué te crees? ¿Que esto es el mercado? Te equivocas de sitio, aquí no se regatea.
— Por favor. –suplicó, poniendo su mejor cara de tristeza—. A mi madre le hará ilusión...
— Olvídalo. –la despachó el anticuario—. Si no tienes el dinero, lárgate de aquí.
— Pero bueno, mi señor. –dijo una voz desde atrás—. ¡Menuda forma de tratar a una clienta tan... inspiradora!
Elda se giró. El hombre a su espalda vestía de la forma más curiosa que había visto jamás.
— ¿Disculpe? –le dijo. El hombre hizo una reverencia.
— Siento interrumpir la conversación, mas no he podido evitarlo. Este telescopio no es otra cosa que una burda imitación del real, que se encuentra dentro del museo más famoso de Piltover. Seiscientas monedas es un precio desorbitado si hablamos de una copia barata.
— Oiga, caballero –le dijo el dependiente. Era obvio que estaba entre las espada y la pared—. ¿Cómo se atreve?
— Si lo desea, puedo traer aquí a un tasador. –le dio la impresión que bajo la máscara blanca y la voz semi robótica, el hombre sonreía—. Así salimos de dudas.
El anticuario aspiró el aire de golpe, consternado.
— Cuatrocientas monedas de oro pues. –farfulló—. Ni una más, ni una menos.
Elda sonrió y le dio las monedas. Gracias al curioso extranjero pudo salir se con la suya. Hizo una profunda reverencia al quedarse solos como muestra de gratitud.
— Si no fuera por usted...
— No, por favor. Ha sido algo sin importancia. Me alegra ver que alguien aprecia el arte tanto como yo, aunque el mío sea un tanto... polémico. –murmuró.
Una vez fuera del anticuario y con el telescopio entre las manos, ambos desandaron el camino. El hombre la acompañó en todo momento.
— Entonces –empezó ella—. ¿Es artista? ¿Qué tipo de arte?
— Oh, nada importante. Solo capto la esencia de la vida, la esencia misma de cada persona... Plasmo esa marca propia en su cuerpos.
— ¿Es un tatuador, entiendo? Es un trabajo duro.
El hombre soltó una risa.
— Podría decirse que sí, algo por el estilo. Tú... tienes madera de obra de arte.
¿La estaba agasajando? ¿Era un cumplido? ¿Qué significaba?
— ¿Gracias... supongo?
— Solo digo lo que veo. Dime, ¿te importaría que pusiera en práctica mi arte contigo? Serás poesía, serás... belleza. ¡Te haré famosa!
Vale, esto ya empezaba a ser raro, muy, muy raro. El amable desconocido de la máscara se transformaba a pasos agigantados en alguien siniestro. Hasta los ojos, apenas visibles, se tornaron oscuros y lúgubres.
— Perdone, quizá otro día. Tengo que irme, el trabajo me espera. –apretó el paso en dirección a la fosa, tragando saliva. Se había sentido incómoda a más no poder. Vale que el señor tenía ojo para las antiguallas, pero...
— ¡Estaré ahí en tu acto final! ¡No lo olvides! –más metáforas sin sentido. El telescopio pesaba bastante, sin embargo, la adrenalina del momento le aligeraba la carga. Pronto dejó de sentir ojos pegados a su nuca y se relajó, expulsó el aire que retenía desde hacía un buen rato y respiró tranquila. ¡Cuánta gente excéntrica suelta!
Llegó a la fosa de Navori jadeando. Miró las escaleras que tenía que subir y de nuevo se le cayó el alma a los pies. Iba a obligar a Sett a llevarle el telescopio, vaya que sí. Uno, dos, tres escalones, poco a poco hasta llegar sin aliento arriba del todo.
— A este paso voy a durar menos que una mosca. –las quejas en realidad eran una forma de evitar el silencio que la rodeaba. No había murmullos ni público aclamando, ni gladiadores gritando. Raro. Se recolocó el gran objeto delante de ella a fin de poder abrir la puerta y entró.
— Oye Sett, perdona que te moleste pero he comprado esto. –dijo, sin ver nada—. Te lo dejo aquí y ya te lo llevas a casa. –lo soltó con cuidado en el suelo—. Yo paso de volver a cargarlo, casi me da un infarto al...
Se dio la vuelta y se congeló. Cinco pares de ojos la contemplaban, algunos molestos, otros divertidos y cómo no, los de Sett la apremiaban a que se disculpara.
— ¡Ah! ¡Siento mucho la interrupción! –hizo una pronunciada reverencia—. ¡Lo siento de verdad!
— ¿Y tú eres? –dijo uno de los hombres. Tenía el pelo blanco, una bufanda roja y la mirada afilada.
Sett se acercó a la muchacha, pasándole un brazo por los hombros y pegándola a él. Elda tragó saliva y su piel se volvió rojiza ante la proximidad.
— Al igual que vosotros, yo también tengo una pupila, Zed.
¿Pupila?
— ¿Y qué va a aprender de ti? ¿A corretear por la arena? –dijo el chico sentado en el suelo al lado de la puerta. Tenía el pelo negro suelto sobre los hombros, desordenado y salvaje.
— No seas condescendiente, Kayn. –lo reprendió Zed—. Estamos aquí por algo mucho más importante.
Elda, sin embargo, tenía otros planes.
— Te habrán enseñado muchas cosas, chaval, pero la educación no es una de ellas. –espetó.
— ¿Qué has dicho? –gruñó Kayn—. Esta tiene la lengua muy larga, maestro.
— ¿Eh? ¿Estás celoso de que al menos yo sí tenga algo largo y encima, funcional?
Kayn enrojeció violentamente. La chica morena de pie al otro extremo de la habitación abrió mucho los ojos y soltó un sonido parecido a una risa que duró lo que su maestro tardó en mirarla con dureza. Las comisuras de Zed se curvaron hacia arriba un segundo, antes de volver a la expresión de indiferencia previa.
— Por muy entretenida que sea la discusión, debemos centrarnos en un asunto menos banal. –anunció—. Nos lleva muchos días y me atreviría a decir que años de ventaja. Cada día que pasa se aleja y su rastro de víctimas empieza a perturbar a los ciudadanos.
El segundo hombre señaló un retrato en la mesa.
— Tienes un asesino suelto en Navori. Ayúdanos a buscarlo y podrás seguir con los combates.
—Soy fanático de las muertes en un espacio cerrado, pero cuando implican a civiles... –comentó Sett—. Os ayudaré. Decidme qué necesitáis.
Elda se soltó del agarre del mestizo –a regañadientes— y observó el retrato encima de la mesa. Soltó una exclamación de asombro al reconocerlo de inmediato.
— Acabo de ver a este hombre.
— ¿Espera, qué? –dijo Sett. Ahora sí que contaba con la atención de todos.
— No solo lo he visto. Convenció al anticuario de que me hiciera una rebaja y me ha acompañado casi hasta aquí. Le di esquinazo a media milla de distancia porque decía cosas extrañas sobre arte.
— Shen. –dijo Zed, y el nombrado asintió.
— No hay duda de que es él. ¿Te dijo algo más?
Elda pensó.
— Al alejarme gritó algo de que estaría ahí en un acto... en mi acto final creo. Que iba a ser famosa. ¿Quién es?
Zed clavó sus oscuros ojos en la chica, haciéndola sentir incómoda.
— Es el mayor asesino en serie de Jonia. –le explicó, arrancándole un escalofrío a la muchacha.
— Hace varios años conseguimos atraparlo. –siguió Shen—. Pero el cabrón se escapó y va por ahí imponiendo su "talento", asesinando a quien le interesa en nombre del arte. Sus víctimas acaban formando una obra macabra que cataloga de bella, pero que en realidad no es más que la matanza imparcial de un loco frustrado.
— Al parecer, no sale de las Tierras Primigenias. –añadió la chica del velo verde—. De momento.
Elda no se lo podía creer. Había estado con un asesino serial, el hombre más peligroso de Jonia sin darse cuenta. ¿Y si le hubiera dicho que sí a plasmar su arte? El insinto fue más fuerte por suerte. Se percató, aunque tarde, de que ese señor no estaba bien de la cabeza y consiguió zafarse de él. O eso pensaba.
— Al menos ahora sabemos que no va a irse pronto. –Zed se incorporó, pasando el casco de un brazo al otro—. Por fin tiene un objetivo nuevo.
— Y habéis llegado a esa conclusión porque... –inquirió Sett.
— Es obvio, ¿no? –Kayn sonrió con sorna, señalando a Elda—. Ha marcado a esta chica.
— En efecto. –coincidió Shen. La joven parpadeó y se palpó el cuerpo.
— ¿Marcado? ¿Cómo? No noto ninguna marca.
— No es una marca física. –aclaró la otra muchacha—. Es más bien que te recuerda y va a ir a por ti.
Sett frunció el ceño y la miró. No le gustaba ni un pelo la situación. Un asesino en la ciudad era una cosa, pero que tuviera a Elda en el punto de mira... Al fin y al cabo era humana por muy fuerte que fuera y contra alguien mucho más experimentado no tenía ninguna probabilidad.
— ¿Qué propondríais entonces? –preguntó, los brazos cruzados sobre el pecho. Se acercó a la muchacha que seguía abrumada de la noticia y volvió a ponerle una mano en el hombro—. Si es necesario, me quedaré con ella siempre.
— No será necesario. –Shen hizo un gesto a su pupila de que saliera a la luz—. Akali la seguirá desde las sombras.
La nombrada asintió. Zed no se quedó atrás.
— Kayn se pegará a ti también. –ignoró las protestas de su pupilo—. Si Khada Jhin se atreve a acercarse, lo sabremos.
— Esperad. –interrumpió Sett—. Tengo la sensación de que no es una misión de protección, sino que la estáis usando de señuelo.
— Vamos a ser sinceros. –dijo Zed—. Kayn es inteligente, pero no tiene luces. En cuanto se despiste, Jhin la hará desaparecer. Ahí es donde, muy a mi pesar, Akali puede brillar. Logrará seguirle la pista a nuestro amigo y a su vez contactar con nosotros.
— No me gusta. –gruñó el mestizo—. Sé que necesitáis que los asesinatos cesen, pero ponerla en peligro...
— Es un riesgo que merece la pena correr. –opinó Shen—. La última palabra, no obstante, es de la señorita.
Elda tragó saliva. ¿Dejaría de morir gente si accedía? Pese a la mirada suplicante de Sett, tomó la decisión más acertada.
— De acuerdo. –comunicó—. Acepto.
¡PERDÓN LA TARDANZA en subir! Se me fue la olla, llevo intentando inscribirme en algunos cursillos bastante tiempo y voy de cabeza. ¡Aquí tenéis los caps!
