CAPÍTULO 12

— ¿En serio tengo que vivir aquí? –gruñó Elda. Le habían dicho que tenía que instalarse en la posada cercana, que no sería seguro estar en cualquier otro sitio. Sett y la muchacha acordaron no hablar de su "situación" a nadie, y menos a los ninjas.

— Lo siento, princesa, pero el palacio quedaba demasiado lejos. –espetó Kayn. Akali puso los ojos en blanco y negó con la cabeza. El chico lo notó.

— ¿Y a ti qué te pasa? –le espetó. Akali tardó un poco en notar que se refería a ella... o quizá simplemente lo sabía, pero decidió ignorar a su rival.

— Oh, ¿me hablas a mí? –se burló. Elda sonrió mientras veía cómo Kayn se ponía rojo de rabia.

El silencio reinó en la estancia. Los dos ninjas, situados en los extremos de la habitación en el suelo habían cerrado los ojos igual que si estuvieran durmiendo. Sin embargo, la realidad era muy distinta. Estaban alerta, esperando el momento en el que oirían algo y entrarían en acción. Mientras tanto, Elda sentía su ansiedad crecer en la espaciosa cama de matrimonio. Bajo las duras sábanas de tela rígida y el cojín de paja, la muchacha se abrazaba las piernas contra el pecho, deseando volver a su casa.

Su casa.

Había asimilado el lugar donde vivía como suyo. La misión quedaba lejos en su mente y Elda había decidido no matar a nadie. No, jamás lo haría. Unos golpecitos en la puerta sobresaltaron a los tres chicos. Akali le hizo una señal a la muchacha de que se quedase en el sitio y otra a Kayn para que se acercara. Acordaron, sin hablar, que uno abriría la puerta y el otro comprobaría las afueras.

Di algo, susurró la chica del velo verde a Elda. Esta se aclaró la voz y dijo:

— ¿Quién es?

Silencio. La voz al otro lado tardó en contestar.

— Criatura, soy yo.

Sett. Era Sett. ¿Qué hacía a estas horas de la noche? Elda sonrió y fue hacia allí, pero fue detenida por Akali.

— No podemos asegurar que sea él. Espera.

Claro que lo era. Reconocería su voz entre un millón de personas. Entre cientos de millares. Akali y Kayn contaron hasta tres y abrieron la puerta, poniéndose en guardia. El inmenso cuerpo de Sett se quedó ahí palplantado, sorprendido del recibimiento hostil hasta que sus ojos coincidieron con los de Elda. Esbozó una media sonrisa y se apoyó en el marco, coqueto.

— ¿Me dais cinco minutos con ella? Es importante.

— No deberías estar aquí, mestizo. –le dijo Kayn. No obstante, el vastaya estaba mirando a Akali, quien puso los ojos en blanco y se guardó el kunai.

— Solo cinco minutos, ni uno más ni uno menos. Esperaremos fuera, así que date prisa. No nos pagan por esto.

— Exacto. –afirmó Sett—. Les pago a vuestros maestros.

Los dos chicos salieron de la habitación y el hombre la miró.

— ¿No se suponía que hacían esto por voluntad? ¿Para detener a Jhin? –inquirió Elda, cruzándose de brazos.

— Oh sí, esa parte sí. Pero les doy un extra para que te mantengan a salvo, independientemente de la misión de señuelo.

— ¿Puedo preguntar cuánto?

Sett arrugó la nariz.

— Lo de Ezreal te parecería poco.

La chica se estremeció. ¿Tanto? ¿Por ella? El hombre vio la sombra cruzándole la cara a su compañera y decidió cortar la distancia que los separaba. Le puso una mano en el hombro y la acercó, abrazándola fuertemente. Elda no preguntó, aunque el corazón le fuera a mil por hora, si no que aprovechó el momento, correspondiéndolo con ganas. Quería impregnarse de su olor, un olor familiar, cálido y relajante y supo que jamás habría nadie en este mundo que la hiciera sentir tan... especial. Lo mejor de todo es que era recíproco sin saberlo.

— Sé que soy fuerte. –empezó ella.

— Lo sé.

— Sé que puedo hacerlo.

— También lo sé.

— Pero aun así... aun así tengo miedo. –se estremeció.

Sett la apretó más contra él.

— Lo sé. –luego la apartó lo justo para mirarla—. Escúchame. Soy consciente de que diga lo que diga vas a seguir adelante con el plan. Es por eso que necesitaba un seguro, algo que me garantizara que ibas a volver. Pagaría lo que fuera. Eres... –Sett respiró hondo, como si le costara hablar de temas personales y de sentimentalismos. Poco a poco sus barreras caían frente a la humana que tenía delante—. Eres muy importante para mí.

Esas palabras hicieron que se sintiera más ligera, al tiempo que las lágrimas se agolpaban en sus ojos en una mezcla de júbilo y pena. Quiso detenerlas, en vano.

— ¿Qué ocurre? –preguntó el hombre, preocupado—. ¿He dicho algo malo?

— No. –sollozó—. Todo lo contrario. Tengo una familia, te tengo a ti. Debería ser feliz...

— ¿Qué te lo impide?

Elda negó, apartándose y se mordió el labio tan fuerte que se hizo sangre.

— No sé si lo merezco.

— Por los dioses, criatura. –volvió a ponerse delante de ella, de espaldas a la ventana—. Mereces mucho más de lo que crees.

No estoy tan segura, pensó. Sett le colocó una mano bajo el mentón para obligarla a subir la cabeza. Luego, le acarició la mejilla con tanta suavidad como si de frágil porcelana se tratase. Elda se estremeció por completo: Era un cariño muy distinto del que le había profesado en el pasado, un afecto muy íntimo y especial. Notó el pulgar de Sett rozarle el labio inferior y vio sus ojos emitir un resplandor ténue. Y, en el momento en el que se inclinaba hacia ella, la puerta se abrió.

— ¡Han pasado los cinco minutos! –anunció Kayn, de mala gana—. Vamos, largo.

Si el Sett del principio de esta historia hubiera estado aquí, las paredes del hostal habrían quedado adornadas de un intenso color rojo, cortesía de las tripas de Kayn. Al contrario de lo esperado, el vastaya suspiró cabreado y apartó de un empujón al chico, que trastabilló y casi acaba en el suelo. Después de un rápido –e intenso— último vistazo a Elda, se fue. Sus pasos resonaron en la lejanía hasta desaparecer, dejando en el corazón de la muchacha una soledad atroz. Desde el principio habían estado juntos, si bien no siempre a buenas, al final habían desarrollado una gran amistad. Más que una al parecer.

Ni Akali ni Kayn preguntaron, pese a las miradas significativas que le dieron. Ambos volvieron a las mismas posiciones de antes y la chica se deslizó de nuevo bajo las incómodas sábanas. ¿Sett había estado a punto de...? Escondió la cabeza bajo la almohada, roja hasta la punta de las orejas. Quizá no era eso, quizá quería decirle algo y los ninjas la habían interrumpido. Quizá le había rozado los labios para comprobar si bebía agua suficiente. Quizá la penetrante mirada al abrazarse se debía a...

Un momento.

¿Por qué seguía buscando excusas? ¿Tan difícil le resultaba creer que quizá Sett sentía lo mismo que ella por él?

Era una mezcla de muchas cosas, pero la principal de ellas se debía al origen de su misión. Debía hacer algo, sin decirle a su amigo el motivo por el que estaba ahí y sin poner la vida de nadie en peligro. Se animó entonces sacar el cuaderno de apuntes de la bolsa. Ya había decidido qué hacer. Escribió una pequeña nota en las páginas en blanco que le quedaban sin reparar en nada ni en nadie y volvió a guardarlo. Después, bien entrada la noche, se levantó de la cama con cuidado de no hacer ruido y se dirigió a la puerta.

— ¿Qué haces? –preguntó Akali desde la oscuridad, sobresaltando a la muchacha. Kayn estaba dormido como un tronco y no advirtió la conversación.

— B—Baño. –masculló, nerviosa. La ninja se levantó.

— Te acompaño.

— Puedo ir sola...

— Órdenes del viejo. –dijo, encogiéndose de hombros—. Y de tu amiguito de la fosa.

Ignoró el deje divertido en su voz. Abrió la puerta y bajaron las escaleras hacia la taberna, que aún bullía con los gritos de los borrachos, los cánticos del bardo y los no tan bonitos juramentos del tabernero contra la gente que quería más beber y menos pagar.

— ¿Cuántos años tienes? –le preguntó Elda. Akali no contestó de inmediato puesto que seguía observando a la multitud con ojo avizor.

— Veinte. –la miró—. ¿Tú?

— Casi dieciocho.

— ¿En serio? Deberían arrestar al coloso por seducir a menores.

— ¿Coloso? ¿Hablas de Sett? ¿Menores? ¿Seducir? –el cerebro de la muchacha dejó de funcionar. No es que no entendiera las referencias (no era tan estúpida), es que intentaba ignorar lo que aquello podría significar. Akali puso los ojos en blanco.

— Déjalo.

Ambas se metieron en el baño, donde también había habilitadas unas duchas de madera de dudosa higiene. Elda miró el pequeño ventanal al final del espacio de una de las duchas y se mentalizó.

— ¿Te importa si me lavo un poco?

— Pero si te has duchado esta mañana.

— Me siento algo sucia. –insistió—. Por favor.

La ninja resopló y se puso de espaldas.

— De acuerdo. No tardes, estaré fuera.

Elda sonrió, viendo que su plan estaba resultando. Se metió en la estrecha cabina, esperó unos segundos y abrió la ventana. La chica era alta, pero logró caber por la obertura sin mucha dificultad. Se dejó caer al otro lado –dándose un buen golpe en la cabeza en el proceso— y apretó el paso conforme se alejaba del lugar. El bosque lucía tétrico a esas horas, los búhos apenas ululaban y el viendo permanecía quieto. Tardaría un poco en llegar al corazón de la ciudad desde ahí porque tenía que rodear el bosque entero a fin de despistar a los ninjas. Estaba segura de que ya sabrían de su huída. Si eran medianamente inteligentes, no avisarían a sus maestros, en parte por orgullo, en parte por la cuenta que les traía a los tres.

Respiró tranquila al ver el bullicio del mercado. Navori era peculiar: Por el día, la gente conversaba alegre y las plazas y las calles estaban abarrotadas. De noche, las luces de los tenderos y comerciantes alumbraban, en una mezcla de rojo y ambarino, el camino a sus pies. El ambiente tomaba un matiz cálido, pero peligroso al mismo tiempo y eso por no hablar del olor a comida. Diablos, Elda deseaba con todas sus ganas hincarle el diente a las brochetas de carne callejeras. Se lo había comentado a Sett en alguna ocasión y pese a las protestas accedió a, un día, llevarla a comer.

— ¿Dónde puede estar? –murmuró para sí misma. Mirase donde mirase, era imposible ver algo notable.

Pronto, el camino de luces acabó y más bosque se le abrió a los pies. Estuvo a punto de volver hacia atrás, darse por vencida (¿de qué serviría buscar una aguja en un pajar?), cuando un destello plateado le hizo levantar la cabeza y observar de cerca. ¿Había visto una cara? ¿Una máscara? Avanzó serena, hasta que la oscuridad la envolvió por completo y el bullicio de la ciudad no fue más que un murmullo lejano. Se detuvo al pie de una gran roca, parecida a la del claro por el que encontraron a sus camaradas piratas. Ese claro, sin embargo, quedaba en el extremo opuesto.

Miró alrededor. Todo estaba demasiado... tranquilo.

— Aquí. –habló alguien. El miedo la invadió cuando una respiración extraña se le acercó, le rozó la oreja y una risa contenida llenó el sitio—. Voy a pasar por alto que hayas aparecido justo donde estaba yo. Seguro que me estabas siguiendo.

— Estás en lo correcto, no obstante, debo decir que es la primera vez en la historia de mi vida que una futura obra de arte se presenta ante mí voluntariamente. ¿Qué te ha hecho venir, niña? ¿Es una trampa de Shen y Zed?

Elda tragó saliva.

— Es cierto que el maestro Zed y el maestro Shen han venido a Navori para capturarte, pero no. –lo miró—. Vengo por voluntad propia.

— ¿Por qué, querida? Sabes quién soy y qué tipo de arte hago.

— Precisamente por eso. Tú sabes por qué he venido.

— Déjame adivinar. –se paseó alrededor de ella—. La única razón por la que alguien busca a un artista en serie de forma tan deliberada es porque quiere desaparecer. ¿Qué has hecho para desear la muerte así, chiquilla? ¿Ha sido mi profundo y bello sentido del arte o el ansia de esconder lo que sea que te está atormentando?

— Una mezcla de las dos cosas.

— Oh. Un cuadro de redención. Jamás había pintado uno, ¡qué emoción! Lástima que tu amigo Sett y los grandes maestros no estén aquí para verlo. Quizá pueda mostrárselo más adelante, al amanecer. ¡Me encantaría ver la cara que hacen!

Elda reprimió las lágrimas. ¿Y si le estaba haciendo más daño que otra cosa? ¿Era la muerte su única solución? Ya no había vuelta atrás, por mucho que quisiera. La chica abrió los brazos y cerró los ojos. ¿Dolería mucho morir?

— Estoy lista.