CAPÍTULO 13

— No creo que seas mi mayor obra de arte. –le comentó Jhin—. Pero debo admitir que eres una de las mejores, diferente en todos los aspectos. Por lo general, el dolor, el miedo y los gritos hacen de mis cuadros una bella sinfonía... El tuyo es el inicio de algo nuevo. Algo fantástico e innovador.

Elda se estaba cansando. ¿Tanto costaba matar a alguien sin dar un discurso de mierda? Tragó saliva y se mojó los labios resecos.

— ¿Podríamos... darnos prisa?

Por primera vez, Jhin titubeó. Estaba acostumbrado a ser él quien fuera a por sus víctimas, a que le rogaran que no lo hiciera –cuando se daban cuenta del panorama— o a que, por el contrario, una vez sentenciados, le pidieran una muerte rápida. Pero aquello era, como había dicho, algo completamente innovador. Bajó la pistola, semi oculta en la oscuridad.

— No.

Elda lo miró.

— ¿No? ¿No a que tu víctima se presente ante ti? ¿No a matarla? ¿Ahora resulta que un asesino tiene sentimientos? –le espetó.

El único ojo de Jhin, el visible, se entornó. Le había molestado el comentario.

— Estás completamente desesperada por morir, muchacha. –se guardó el arma—. Sin embargo, no caeré en tus provocaciones. Una presa que no huye, que no grita y patalea, que no se asusta... No es arte.

— Es decir, que soy demasiado fácil.

— Más o menos. –caminó un poco a su izquierda y volvió a mirarla—. Necesitas un incentivo. Algo que dé rienda suelta a tu desesperación, a tu miedo... Si sigues así, serás una obra mediocre y estrambótica. No tendrás esa esencia que tanto me gusta.

Lo que hay que oír. Elda se busca un asesino en serie y encuentra a uno que no quiere matarla. El mundo al revés. Un movimiento detrás de ella los puso en alerta. El oscuro cabello de Akali emergió de entre las sombras, las armas desenfundadas y una posición de ataque amenazante.

— ¡Elda! –exclamó, al verla allí—. Menos mal que te he encontrado.

La chica parpadeó.

— ¿Cómo me...?

— Soy ninja, ¿recuerdas? –le explicó—. Y el agua no suena igual cuando uno está debajo que cuando no. Piénsalo mejor la próxima vez que decidas escabullirte por la ventana. —Elda bajó la cabeza. Habría jurado que era un plan perfecto, sin fisuras. Tonta de ella—. Pero hablaremos más tarde de lo que te ha llevado a hacer esto. –seguidamente le dio la espalda. Estaba tensa y Elda juraría que temblaba. ¿Era miedo lo que veía?

— Espero de verdad que estés preparado para volver a prisión, viejo psicópata. –le espetó Akali—. Aunque yo prefiero acabar contigo en vez de seguir las órdenes de mi maestro. Dime entonces, ¿qué será?

Jhin sonrió. En realidad, nadie podía verlo puesto que tenía la máscara, pero fue una sonrisa de complacencia. La discípula de Shen, el hijo de su archienemigo se hallaba ante él. Qué espectáculo. ¡Qué emoción!

— Preferiría poder seguir disfrutando de mi arte, querida. –hizo una pronunciada reverencia—. No tengo interés en volver a estar entre cuatro paredes.

Rápido como el rayo, Jhin disparó. Lo más curioso de todo fue que Elda reaccionó incluso antes: cubrió a Akali con su cuerpo y usó el viento a modo de desvío. La excéntrica bala del virtuoso se desplazó unos centímetros por encima del hombro izquierdo de la muchacha y aun así, la magia que habitaba en ella bastó para abrirle la piel y casi cortarle el deltoide de punta a punta. Contuvo un grito de dolor al caer al suelo.

— ¡Ven aquí, pedazo de...! –gritó alguien entre las ramas.

La figura de Kayn apareció lanzándose a por Jhin, quien esquivó el ataque casi con gracia. La ninja, que vio el peligro de la situación y un momento para escapar, agarró velozmente a la herida muchacha y saltó entre los árboles corriendo como alma que lleva el diablo, a fin de resguardarse en un lugar seguro. No pararon, siguieron y siguieron hasta que las luces del mercado se hicieron visibles.

Una vez fuera del rango de la pelea, Akali y Elda se refugiaron en un callejón apartado.

— Vale, empecemos por el principio. –le dijo después de sentarla en una vieja caja—. Y espero que no me mientas o esa herida seguirá abierta mucho tiempo.

— ¿No vas a ayudarme a curármela? –inquirió, perpleja.

— No hasta que cantes.

Elda resopló, derrotada.

— Soy pirata. –confesó—. Vine desde los mares noxianos con la misión de matar a Sett y ocupar el trono en la fosa de Navori.

Akali parpadeó, completamente descolocada.

— Yo preguntaba por el instinto suicida que te llevó a enfrentarte a Jhin, pero debo decir que esto me ha pillado desprevenida.

— Está conectado.

— ¿En qué punto?

— En el punto en que no quiero matarlo.

La ninja se sentó delante de ella.

— ¿Y se debe a...? –la apremió. Elda suspiró, mirando al suelo.

— Me he enamorado. –dijo, triste—. Mi dilema es que si decido volver al barco, me matarán. Si se lo cuento a Sett, no me perdonará. Siendo así prefiero estar muerta, de un modo o de otro. He agotado todas las alternativas. No me queda nada.

Su compañera se cruzó de brazos. Era obvio que barajaba opciones.

— Te seré sincera: Si yo fuera Sett, jamás te perdonaría. –las duras palabras de la ninja le sentaron como un jarro de agua fría en pleno invierno—. Has conspirado contra él, te metiste en su vida con un fin malvado y el hecho de haberte enamorado no justifica tus acciones.

— Lo sé. –sentía ganas de llorar. Cada vez lo veía más negro.

— No obstante –continuó—, es muy valiente de tu parte querer redimirte y saber que está mal lo que haces, más todavía en asuntos de Noxus.

— ¿Y vale la pena redimirme? Soy huérfana. Los piratas me adoptaron y fueron la única familia que tenía. Ahora... ahora voy a perder a las dos.

— Puede ser. –Akali no se cortaba un pelo—. Pero si te suicidas nunca sabrás si mereces el perdón. Ha sido una estupidez intentarlo, ¿tan poco te quieres a ti misma?

Elda se encogió sobre sí misma. No decidía morir por un chico como en las tragedias noxianas que se representaban en los anfiteatros, llenas de amores extraños y romances peligrosos... sino para no perjudicar a nadie.

— Supongo que sí. –hubo un segundo de silencio—. ¿Se lo dirás a Sett?

Akali gruñó y se rascó la nuca.

— Te has sincerado más de lo esperado. Debería reportar el atentado pero... Me inventaré algo. Llámalo palpito, corazonada o como quieras, pero no creo que seas mala persona.

Elda abrió mucho los ojos.

— Espera. –farfulló—. ¿Me vas a guardar el secreto?

— ¿No es lo que he dicho? Cierra ya el pico o quizá cambie de opinión.

Por primera vez en mucho tiempo, la chica respiró tranquila. Se recostó contra la pared, cansada. Susurró un "gracias" por lo bajo y ninguna dijo nada más en un buen rato. Así, fueron acunadas por el murmullo incesante de la gente en las calles nocturnas.

— Deberíamos volver. –habló Akali—. Si el idiota de Shieda no ha explotado debido a las balas de Khada Jhin, nos lo encontraremos en la posada.

— Genial. –tragó saliva—. ¿Y si antes me curas la herida? Llevo desangrándome diez minutos.

O.o.O.o.O

Elda se estiró en la cama, fatigada. Intentó levantar el brazo herido, sin éxito. El tratamiento de la ninja era tosco, más un "cúrate tú sola, eso te hará más fuerte" que unos primeros auxilios en condiciones. Al poco rato Kayn llegó, sudoroso y casi sin aliento. Examinó a las dos chicas antes de decir:

— Se me ha escapado. Ignoro qué hará ahora, pero he avisado al maestro Zed tan pronto como lo he perdido de vista. ¿Qué narices hacíais las dos persiguiéndolo?

— Mi trabajo, Shieda. –espetó Akali—. Encontramos una pista de nuestro amigo y usé a Elda de cebo. Ya está.

— Pues habéis hecho un trabajo pésimo. Si hubiera sido yo...

— No eras tú porque estabas durmiendo la siesta igual que el bebé llorón que eres. –replicó, mordaz—. Déjate de cuentos, de "yo soy el mejor" y—

— Chicos. –gimió Elda, cansada—. Estoy segura de que deseáis partiros la cara el uno al otro y me parece genial, de verdad. Pero esto duele a rabiar, me da vueltas la cabeza y lo último que quiero oír es a dos personas discutir en la misma habitación.

Los dos discípulos se miraron con odio. Akali se sentó delante de la puerta y Kayn a los pies de la cama en el suelo. No se volvieron a dirigir la palabra en el rato que estuvieron solos. Los pensamientos de Elda divagaron sin remedio entre la consciencia y la inconsciencia mientras recordaba sus pasado y su presente. ¿Llamarían a Sett? ¿Lo que Akali le había contado a Kayn serviría de excusa de lo ocurrido? ¿Era buscarse más problemas quizá?

— ¿Qué hora es? –preguntó.

La ninja miró por la ventana.

— Está a punto de amanecer. –le contestó—. Zed y el viejo vendrán de un momento a otro, te recomiendo que descanses lo que puedas.

— Tampoco veo otra cosa que hacer. –se encogió de hombros, cosa que le provocó un dolor horrible y soltó un gimoteo.

— Elda. –la llamó.

— ¿Sí?

— Gracias. –declaró—. Sin ti quizá estaría muerta. O herida de gravedad, qué se yo. Vi lo que hiciste con tu poder, lo noté en el ambiente.

— Ah. –giró la cabeza—. No ha sido nada.

La puerta se abrió. Akali y Kayn se pusieron en posición defensiva, alarmados, pero bajaron las armas al ver que se trataba de sus maestros. Los dos llevaban expresiones serias como de costumbre, aunque ligeramente más sombrías de lo habitual. Shen se acercó a Akali, quien había bajado la cabeza en señal de respeto.

— Lo siento, maestro.

— ¿Eres consciente del riesgo que habéis asumido al ir solos a por un asesino? –le dijo, el semblante severo de un padre regañando a su hija.

— Sí, maestro. –Akali era famosa en el clan por lo despótica y despreocupada que se comportaba, incluso al tratar con Shen. Sin embargo, aquella vez no hizo ningún comentario gracioso ni desafiante. Se limitó a asentir y a contestarle de manera humilde.

— La próxima vez que olvides ceñirte al plan, consideraré expulsarte de la orden. Eres impaciente, testaruda e impulsiva, Akali. Necesitas calmarte y pensar las cosas mejor.

— Sí, maestro. –repitió entre dientes.

Zed fue mucho más duro. Cruzó la distancia que lo separaba de su discípulo, alzó la mano y golpeó a Kayn en la cara. El sonido de su cuerpo al caer sacó de la discusión a los demás, que observaron la escena impasibles.

— Eres mi mejor pupilo, Kayn. –comenzó el otro hombre—. Pero has ido demasiado lejos.

El chico lo contempló como un cachorro al que han abandonado y se limpió la sangre del labio partido. Le lanzó una mirada envenenada a Akali y otra a Elda, dejando claro el odio que sentía.

— Se me ha escapado. –susurró, poniéndose en pie—. Me disculpo por ello.

— Si hubieras estado más atento a las explicaciones y a los entrenamientos en vez de regodearte en tu sabiduría vacía y en tus múltiples habilidades de armas, Jhin estaría muerto. Es obvio que no estás preparado.

— Maestro Zed. Maestro Shen. –los mencionó Elda, captando la atención de los presentes. Se enderezó, haciendo una mueca de dolor—. Fue culpa mía. Vi a Khada Jhin entre la gente y fui a por él porque quería demostrar que era más fuerte. Si no llegan a aparecer...

— Sea como fuere, te perdieron de vista. –dijo Zed—. Tenían una misión y no la ejecutaron como es debido.

Shen se aproximó al borde del camastro.

— Déjame ver eso. –pidió, refiriéndose a la herida. Elda se bajó el tirante y el hombre la ayudó a quitarse los vendajes. Palpó con cuidado los rebordes curvados de los cortes allí donde la bala del virtuoso había logrado alcanzar. Había dejado de sangrar por fin, algo bueno dadas las circunstancias.

— Has tenido suerte de que no seccionara ninguna parte esencial o podrías haber perdido el brazo.

— Qué bien. –siseó, amargamente—. ¿A mí también me sermonearéis?

— No nos corresponde a nosotros hacerlo. –Zed señaló la puerta—. Debes rendirle cuentas a él.

Sett, de pie en la entrada, contempló a Elda y algo le decía que se había pasado de la raya. De perdidos... al río. La verdad es que la chica prefería ahogarse en uno antes que seguir viendo la decepción pintada en el rostro del semi vastaya. Bajó la mirada al suelo, buscando una excusa que la sacara de la incómoda situación. No encontró ninguna en el largo silencio y se preparó para lo peor. Mejor enfrentarlo... ¿verdad?