CAPÍTULO 14
Elda esperó. Notó a Shen levantarse tras colocarle las vendas en el mismo sitio y apartarse de la trayectoria visual de Sett. Luego, hizo una señal a Zed y los dos se dispusieron a marcharse de allí. Una vez en la habitación vacía, la chica se abrazó las piernas –dejando el brazo herido fuera del gesto— y enterró la cara entre las rodillas.
— Lo siento. –dijo, con un hilo de voz—. Lo siento mucho, Sett. No pretendía... Solo quería hacer algo, no quedarme de brazos cruzados a esperar lo inevitable igual que una chiquilla asustada. –no era del todo mentira, había ido a encontrarse con la muerte por un fin mucho más noble.
— Ha sido lo más imprudente que te he visto hacer en mucho tiempo. –dijo el hombre, los ojos encendidos y los labios convertidos en una fina línea. Un burdo intento de contener la furia—. Vas a lo loco, sin pensar en las consecuencias. Sí, yo mismo prefiero golpear primero y preguntar después, pero no sin antes haber sopesado probabilidades, la situación y lo demás.
Es decir, que lo que creía que era arbitrario, en realidad estaba calculado por su parte. Sin embargo, fue la gota que colmó el vaso en la situación.
— ¿Y qué propones que haga? –protestó ella, cambiando totalmente el registro de voz—. Me he disculpado. Lo he intentado y he sido muy sincera al respecto. Ha sido una insensatez, ha estado mal, lo sé. Soy una irresponsable, una cría que no sabe de la vida y que se piensa que todo es un juego, ¿verdad? Porque siempre has pensado eso de mí. Nunca me has mirado como a una... como a una...
Mujer, quiso decir. Deseaba con todas sus ganas que Sett la viera como lo que era, que la reconociera igual que a las demás chicas, una valiente e independiente. Estaba celosa a más no poder, no de alguien en concreto, más bien del colectivo de mujeres atractivas que rondaban a su compañero.
— ¿Para eso te has puesto en peligro? ¿Para demostrarme que eres fuerte? –chistó, exasperado—. No necesito que me lo demuestres, por el amor de los dioses.
— Te estás equivocando y malinterpretas mis intenciones. –se le quebró la voz. Era imposible que la conversación llegase a buen puerto dadas las circunstancias.
Al verle la expresión apenada de la chica, las airadas emociones del mestizo se calmaron. Se sentó al lado sin decir nada y Elda alzó la vista: Los primeros rayos de sol le perfilaron el rostro, ensombreciéndole las ojeras y dándole un aspecto mucho más adulto y fatigado. No había dormido nada.
— Pareces cansado. –le comentó.
— Lo estoy.
Vaya, no se esperó una respuesta tan sincera. Y es que se abría cada vez más a ella, consciente o no.
— Estabas... ¿preocupado por mí? –se atrevió a preguntar. El vastaya no la miró, sino que le rodeó los hombros con su musculoso brazo y la apoyó contra él.
— Mucho. Terriblemente.
Elda enrojeció. El calor del hombre la tranquilizó, pues le dio la impresión de que pasara lo que pasase, todo estaría bien a su lado.
— Prométeme que nunca volverás a hacer algo así. –le pidió Sett—. Prométeme que me dirás cuándo tendrás que ponerte en peligro para estar ahí y ayudarte. Dime que contarás conmigo.
— Lo... –empezó, sabiendo de la mentira de su respuesta—. Lo prometo.
El hombre suspiró más tranquilo, y pasaron unos segundos antes de que volviera a hablar.
— No creo que seas una cría. –confesó—. Al menos ya no. Tienes un carácter enérgico y temerario, algo que puede ser bueno depende del momento. Perdona si te he ofendido, aunque sigo sin entender a qué te referías con lo antes. Da igual. Lo que importa es que estás bien. ¿Te duele mucho?
Ahora entendía por qué evitaba posar la mano encima del hombro en su totalidad.
— Sobreviviré. Sólo me rozó.
— Bien. –se levantó—. Descansa un poco. Voy a hablar con esos cuatro antes de que decidan cualquier cosa.
Elda lo agarró del chaleco en un impulso, alarmada.
— ¿Sí? –dijo Sett, sorprendido.
— ¿Podrías...? –murmuró, sin mirarle a los ojos—. ¿Podrías quedarte aquí? Sé que tienes mucho trabajo en la fosa y lo de Khada Jhin está lejos de acabar, pero me sentiré más tranquila contigo.
El vastaya sonrió.
— Dame cinco minutos. –le contestó. Desapareció por la puerta y Elda se recostó en la cama.
Demasiadas emociones por un día. Demasiadas. La bronca de Sett había sido magna, pero no tanto como se esperaba. Habría jurado que el hombre le gritaría, la amenazaría incluso con sacarla fuera del trabajo y de paso, de su vida, igual que a un desecho. No se hubiera sorprendido. En el barco, desde pequeña siempre que se portaba mal la castigaban en un cuarto oscuro y le decían que cualquier día la tirarían por la borda. Aprendió a ser respetada con su carácter y sabiendo en qué momento callarse a fin de no darles pie a ello. Era una vida dura, y no obstante, agradecía en lo que se había convertido gracias a los piratas. Aunque mentiría si dijera que no cuestionaba quién era ya. Ah, todo este lío de cabeza cortesía del semi vastaya que ocupaba su mente al completo.
Sett volvió, puntual a su palabra cual reloj. Se sentó en la cama y empezó a quitarse los zapatos y la chaqueta.
— Espera. ¿Qué? –inquirió ella, confusa. El vastaya la miró.
— No esperarás que duerma en el suelo como un caballero andante de brillante armadura, ¿verdad? Échate a un lado, anda. Es una cama de matrimonio.
Elda accedió, cediéndole el lado derecho. Con ambos bajo las sábanas, el silencio, igual que una vieja amiga, les rodeó. La chica estaba incomodísima: la cama era grande pero lo notaba cerca (y eso que se encontraba al filo), añadidle además que Sett era enorme; su calor mayor y su respiración profunda.
— Eres la primera mujer con la que duermo y con la que no me he acostado. –hizo notar el hombre. Elda se giró para verlo mejor. Miraba el techo con los ojos entrecerrados y la mirada perdida, perola contempló un instante antes de seguir haciéndolo—. No te ofendas. No es que no te encuentre atractiva, es que valoro más lo que tenemos ahora que lo que me pueda dar una relación física.
Elda no sabía si sentirse halagada u ofendida. En el fondo quería tener el toque necesario y femenino que arrancara suspiros a la gente, en especial a Sett. Harto imposible al parecer.
— ¿No sientes deseos... ya sabes... de esos, cuando me ves? –preguntó, tímida. ¿En qué punto habían empezado a hablar de eso? ¿Por qué lo estaban hablando?
— La respuesta no te gustaría, criatura.
Lo sabía. Era imposible que sintiera nada por ella de ese estilo.
— Tranquilo, era una pregunta estúpida, no me hagas caso. –se excusó. Sett se puso de lado, de cara a ella.
— O puede que sí te guste lo que oigas.
Elda lo empujó hacia atrás, sacándole una sonrisa traviesa.
— ¡Deja de intentar confundirme! –exigió, consternada. Se alegraba dado que la había llamado "mujer" y no "cría" pero eso no significaba que pudiera jugar con sus sentimientos. Notó los fuertes brazos del semi vastaya rodearle el cuerpo de improviso y se asustó—. ¿Qué haces?
— Estás temblando.
Era verdad. Sin darse cuenta, su cuerpo decidió iniciar un temblequeo desenfrenado que no cesaba. La tensión y el miedo pasados le repercutían en el organismo a modo de advertencia, una que le decía que había tenido suficiente. Tragó saliva y cerró los ojos. Ni en sus peores días en la tripulación lo había pasado tan mal.
— Lo siento... –dijo, tímida.
— Tienes culpa de tus acciones, no de esto, criatura. –enterró el rostro en la nuca de la muchacha, aspirando el dulce aroma del cabello—. Descansa, ha sido una noche dura y nadie te hará daño mientras yo esté aquí.
Elda le hizo caso. Siguió con los ojos cerrados y las manos encogidas, acunadas por las de Sett. Al poco, la respiración del hombre se volvió regular y profunda, y el brazo encima de la muchacha se tornó pesado: Estaba dormido.
No era algo normal, la verdad. Sett, con su carácter fuerte y su desconfianza había bajado la guarda, aunque no era novedad al estar junto a ella. Si fuera la del principio, podría matarlo tan fácilmente en ese momento... Lentamente se dio la vuelta y lo miró. Incluso ahí, relajado, tenía el ceño fruncido y las orejas moviéndosele nerviosas con cualquier mínimo ruido.
— Nadie ha tenido una vida fácil. –susurró Elda, apartándole dulcemente el flequillo que le caía por la cara—. Y nadie merece más o menos que los demás. Tú tienes tu papel en este mundo... y yo no soy quien para quitártelo.
Y así, arrullada por el cuerpo de Sett, durmió como nunca antes lo había hecho.
O.o.O.o.O
Se despertó a mediodía, sobresaltada ante un sonido extraño. Era parecido a un chasquido, seguido de un "beep" desconocido. Sett también lo había oído y se incorporó, molesto.
— ¿Qué hacéis en la habitación? –inquirió—. En especial tú, cereal.
— Te he dicho muchas veces que me llamo Ezreal. –Elda levantó la cabeza y el chico la saludó—. ¡Hola! ¡Cuánto tiempo!
La muchacha se quitó las legañas y parpadeó. Vio a Akali y a Kayn a ambos lados de Ezreal, la una mirándola risueña y el otro no queriendo ni mirar. Fue entonces cuando recordó donde estaba y con quién. Se tapó todo lo que pudo a fin de evitar que nadie viera nada, por si acaso.
— ¿Qué hacéis aquí? –dijo, tímidamente.
— Sett quedó con nuestros maestros que a mediodía tendríamos una charla de la situación. —comunicó Akali—. Ha habido cambios y novedades al respecto, así que mientras veníamos hacia aquí, este chaval nos escuchó y dijo que os conocía.
— ¿Y hacéis caso de alguien que alega eso? –gruñó Sett—. No llegaréis nunca a ser buenos ninjas de esta manera.
— Puede. –Akali se encogió de hombros—. Nos dijo muchas cosas de vosotros que coincidían. No soy de las que acceden a algo de buenas a primeras.
— De todas formas. –siguió Ezreal—. Me alegra veros antes de marcharme. Parto a Noxus esta misma tarde y no sabía dónde estaríais. ¡Ha sido un alivio encontraros!
Sett y Elda se levantaron, el primero poniéndose la chaqueta y la segunda, retocándose el cabello.
— Vamos a pasar por alto que nos hayáis despertado. –siseó Sett, con las manos en los bolsillos. Luego miró a Ezreal—. Tú te vienes con nosotros, ahora mismo sabes demasiado.
— ¿Qué? ¿Yo? Oh. –el chico puso mala cara, pero accedió—. De acuerdo, llevadme donde queráis.
O.o.O.o.O
— Bien, ya estamos aquí todos. –dijo Shen, dándole un rápido vistazo a Ezreal—. Tenemos noticias que daros.
— Khada Jhin ha salido del país. —anunció Zed—. Uno de nuestros informantes lo ha visto partir hacia Piltover en un barco esta mañana. Dicha acción sale de nuestra jurisdicción, por lo que habrá que confiar en las autoridades piltovianas. De todas maneras, envié una carta a Camille a fin de prevenirla de lo que está por venir.
— Creemos que su destino es Zaun. —el otro maestro se cruzó de brazos—. Es una de las ciudades más pobres del mundo, donde nadie echará de menos unos cuantos centenares de zaunitas. Debemos evitarlo a cualquier precio.
Sett asintió, serio.
— De acuerdo. –rodeó el escritorio y sacó un par de bolsas tintineantes del cajón para después lanzárselas a los dos maestros—. El pago.
Zed y Shen se miraron confusos.
— Con todos mis respetos, Sett. —empezó Shen—. Quedamos en que, si la misión de protección de esta chica tenía éxito recibiríamos la recompensa, pero resultó herida en el proceso.
— El resultado de la negligencia de mi pupila no debería afectar al resultado. Y yo la veo viva, de momento. —le sonrió, sacándole una también a Elda—. Vuestros alumnos la mantuvieron a salvo incluso en la peor de las situaciones y yo siempre cumplo.
Zed, al contrario que su "hermano", se guardó la bolsa sin preguntar.
— Eres inteligente, vastaya. –le dijo—. Te conviene tenernos de tu lado.
La sonrisa de Sett se hizo más amplia. Así que era por eso...
— Llámalo seguro de vida. Es más. –miró a Kayn—. Haz el favor de comprarle una camiseta a tu pupilo o en invierno podrá rallar cristales con los pezones.
Kayn soltó un grito ahogado, completamente avergonzado. La habitación se llenó de risas. Elda, que estaba al lado de Akali, le palmeó el hombro en un intento de calmar las intensas carcajadas que no cesaban y la ninja casi acaba en el suelo, sin poder controlarse tampoco. Cuando por fin lo consiguieron, las dos chicas se dieron un abrazo.
— Gracias. –susurró Elda—. No nos conocemos desde hace demasiado, pero te considero una buena amiga.
— Oh, por favor. Sentimentalismos no, que harás más difícil el despedirme. –le espetó Akali.
— ¿Eso quiere decir que me echarás de menos?
— Cállate anda. —la chica la miró—. Recuerda que tienes mucho por hacer en tu camino de redención. Intenta no fastidiarla más de lo que ya lo has hecho.
— Vaya, gracias. —dijo amargamente—. Y sí. No me meteré en líos.
— Así me gusta. Todo irá bien.
— ¿Habéis terminado de cotillear? –Shen abrió la puerta—. Es la hora.
Los cuatro salieron de la estancia, creando un vacío bastante grande. Ezreal se acercó a Sett y le tendió un trozo de papel.
— Esto se llama fotografía, la desarrollaron en Piltover hace unos años y aunque no puede comercializarse aún, me hice con una cámara. Esta será la última que haga aquí. –se dirigió a la salida—. Jonia es un lugar precioso. Algún día volveré.
El mestizo se quedó mirando la imagen, atónito. No sabía si matar al muchacho o agradecérselo.
— Buena travesía. —decidió decirle.
— Hasta pronto, entonces.
Desapareció en un visto y no visto. Elda, curiosa, se asomó detrás del hombro de Sett y casi le da un infarto. Eran ellos dos en la cama abrazados, con una expresión tan tranquila y tan pura como el mismísimo sol de otoño. Los dos se miraron y supieron desde ese preciso instante que algo había cambiado entre ellos. Algo... increíblemente bueno.
He estado chafardeando los gráficos de visualizaciones de este fanfic y la gente se queda en el primer capítulo. Me encantaría saber si es muy pesada la historia y/o no hay interés al respecto de los temas que trato. Eso me ayudaría a no cometer los mismos errores que en este.
