CAPÍTULO 15
Tras el incidente con Jhin y al saberse la noticia de su huida, la ciudad volvió a la normalidad. La fosa recuperó espectadores y los combates se desarrollaron como si nunca hubiera ocurrido nada. Claro que eran conscientes de que alguien como el Virtuoso podía volver en cualquier momento –algo que les aterraba profundamente—, pero decidían no pensar en ello. Ya había gente tras él. Era cuestión de tiempo que lo atraparan.
Elda se recuperó, por lo que pudo retomar sus tareas de limpieza y de espía. La madre de Sett estaba histérica: desde la noticia del casi—asesinato de la muchacha, le recordaba a su hijo una y otra vez que si bien él podía cuidarse solo, la chica era humana y necesitaba atención especial, más siendo tan cercana al famosísimo jefe de la "construcción", odiado y envidiado a partes iguales.
— Tu madre está sacando las cosas de tono. –dijo ella, masticando los tomates.
— No deberías hablar con la boca llena. –la reprendió Sett, haciendo justo lo que reprendía.
— Aplícatelo anda, el pollo antes que las palabras.
— Ley de vida.
Sett y Elda se sonrieron. No hace falta decir lo obvio, ¿verdad? Todos sabemos el estado de su relación. La chica dejó el recipiente de la comida encima de la mesa, entusiasmada por algo.
— Oye, tengo que decirte una cosa. –dijo.
— ¿Sí?
— Bueno, verás, hoy...
— Oh, también tengo algo que decirte sobre...
La puerta se abrió sin tocar previamente. Mareen y Wenning aparecieron alterados, respirando con dificultad de la carrera apresurada. La primera se acercó y le susurró algo a Sett, quien fue frunciendo el ceño conforme oía las malas nuevas. Miró a Elda un segundo antes de levantarse de la silla y salir de la habitación, no sin antes decirle:
— Quédate aquí. Después te cuento.
Wenning siguió a su jefe, pero Mareen no se movió. Por el contrario, se sentó en la butaca contigua a la de Elda, recuperándose. Alzó los brazos, en señal de rendición.
— No voy a contarte nada que Sett no quiera que sepas por él. –anunció, viendo la mirada inquisitiva de la muchacha—. Es grave pero no tanto, tranquila.
— Parecéis preocupados.
— Es lo que tiene que alguien se salte las normas y se salga de nuestro control. La nueva campeona no da más que problemas.
Las dos se sumieron en el silencio, interrumpido únicamente por el tic—tac del reloj. Mareen la observó, divertida, y Elda se sintió incómoda.
— ¿Qué? –le espetó, molesta.
— Lo que hay que ver...
— ¿A qué te refieres?
La mujer de pelo negro se tamborileó la barbilla con los dedos, reflexionando sobre si debía o no hablar.
— Sabías que Sett tiene por costumbre llevar mujeres a su habitación, ¿verdad?
— Lo sé. Él mismo me lo dijo. –no se sentía demasiado cómoda hablando de esto.
— Antes, cada día era más difícil de contactar. A veces se llevaba a una por la mañana, a dos por la tarde si se quedaba con ganas. Los fines de semana, las orgías llegaban a tal punto que se oían más que el propio espectáculo en la arena, y ya te imaginas lo lejos que estamos de ahí. Wenning es un aburrido, pero yo misma he participado en varias ocasiones y créeme, lo que hace con las manos es de otro mundo.
— ¿Por qué me cuentas esto? –gruñó, molesta. Escuchar cosas tan personales de la persona que quieres... no era agradable.
Mareen puso los ojos en blanco y se inclinó hacia adelante, dejando ver parte de los voluptuosos pechos.
— ¿No te has dado cuenta de a dónde quiero llegar? –bajó la voz—. ¿Has oído en algún momento a Sett haciéndolo con alguien últimamente?
— No, ni ganas.
— A eso quiero llegar. Lleva meses sin acostarse con nadie, desde que llegaste tú.
— ¿Qué quieres decir?
Mareen soltó un bufido, dándose por vencida.
— Me rindo. Eres más lenta de lo que creía.
— ¿Y ahora me insultas? –Elda se cruzó de brazos—. Quizá tenga algo de decencia al saber que su mejor amiga está cerca en todo momento. Puede que sea más precavido y piense más en las cosas.
— Por supuesto que es así, niña. Es porque estás a su lado.
— ¿Me estás intentando decir que me aleje?
— Para nada. Solo que me sorprende lo mucho que puede cambiar alguien en tan poco tiempo, no es necesario que te pongas tan a la defensiva.
— Lo siento... yo...
La mercenaria le puso una mano en sobre la suya.
— Tranquilizate. –le aconsejó—. Puedo ser una arpía, una maestra del asesinato, pero también soy una mujer y como todas, también me enamoré.
— ¿De quién? ¿De Sett?
La mujer se rió y negó con la cabeza.
— Ni por asomo. Era un pescador, de eso hace ya mucho tiempo.
— ¿Y... qué ocurrió?
El bello rostro de Mareen se ensombreció durante un instante.
— Me engañó. ¿Quieres saber qué ocurre con la gente que me engaña? –ágil, sacó un puñal de quién sabe dónde y se lo puso en el cuello a una alarmada Elda—. Que muere. No de inmediato, claro que no. Sé dónde tocar para que sus vidas se apaguen lentamente mientras sufren. Es curioso la cantidad de cosas que dicen aquellos que entienden lo que les está ocurriendo. –puso la hoja a la altura de sus ojos—. Es tan curioso... la luz más intensa es la última que emiten antes de morir.
— Entonces –dijo Elda, obviando el desagradable sentimiento que se le había alojado en el corazón—. ¿Te puedo pedir un favor? De mujer a mujer.
Mareen se retiró y volvió a sentarse en la silla.
— Depende.
— Tu misión es protegerle, ¿verdad?
— Corrijo: Protejo mi paga mensual.
— Bien, lo que sea. Te incumbe. –respiró hondo antes de hablar—. Hay gente que quiere que haga cosas... cosas que tienen que ver con Sett. Cosas malvadas y perversas que no benefician a nadie más que a dicha gente y que yo ya no quiero hacer.
— ¿Quieres que te mate? –dijo, sin rodeos. La contempló un segundo y arrugó la frente—. Y no estás bromeando.
— En absoluto.
— ¿Cuándo? ¿Ahora? ¿Mañana? Necesito un plan. –al contrario de lo que se esperaba, Mareen parecía no tener ningún problema en llevar a cabo la ejecución y en parte la alivió. No preguntaba el porqué, solo el momento y el lugar.
— A largo plazo. –le aclaró—. Pronto me contactarán y necesito que estés cerca. Sabrás el momento.
— Bien. Le debo un favor a ese semi vastaya y necesito deshacerme del sentimiento, así que tenemos un trato. –se levantó y asomó el rostro por la ventana—. Si sirve de algo... ha sido un placer conocerte.
Elda sonrió, triste.
— Lo mismo digo.
O.o.O.o.O
Sett apareció de nuevo en el despacho con cara de pocos amigos y sudando la gota gorda. Wenning, detrás de él, había perdido el sombrero, dejando ver la gran calva perlada y el poco pelo que le quedaba brillando grisáceo.
— Te lo juro, Sett –iba diciendo—, yo la hubiera matado. Ha causado un gran revuelo, ¡la gente la aclamaba! Esa... esa esclava noxiana pedía más y más. ¡Y todo por la estúpida recompensa que pusiste!
¿Esclava noxiana? De pronto se le saltó el corazón por la boca. ¿Y si al conocía? Noxus es grande pero... nunca se sabe.
— ¿Recompensa? –preguntó Elda, extrañada.
— Luego te lo explico. –se excusó y se giró hacia el hombre—. Por última vez, Wen. Después de cerrar tanto tiempo, necesitábamos un incentivo para la gente volviera a la arena. Les ofrecí algo de emoción, la posibilidad de que personas de fuera pudieran probarse a sí mismas. Además, te pago para que hagas ciertos trabajos sucios y no para que me cuestiones, ¿de acuerdo?
— Lo que quiero decir –empezó Wenning, rebajando el tono—, es que hay otras maneras de sacar provecho de la situación.
— Sí, pero es lo único en lo que pude pensar. Es tarde ya. Olvídalo.
Wenning no dijo nada más.
— Genial, dicho esto, Mareen. –levantó la mano—. Sé lo poco que te gusta hacer de sirvienta...
— Claro, claro... —la mujer se encogió de hombros—. Quieres que le dé cama y techo a nuestra nueva campeona, ¿no?
— Perspicaz.
Mareen desapareció junto a Wenning, quien se inclinó a modo de reverencia y apresuró el paso.
— ¿Por donde íbamos? –Sett se sentó en la butaca, sacó el recipiente de comida. Puso una mueca al olerlo y lo dejó sobre la mesa—. Está frío.
— ¿Qué esperabas? Llevas fuera dos horas. ¿De qué noxiana hablábais?
El vastaya se llevó a la boca un trozo de pollo reseco y mascó sin ganas.
— Se hace llamar Riven. –le explicó—. Según lo que me ha dicho –después de intentar matarme con esa espada quebrada que tiene—, pretende redimirse. Eso y... que intenta conseguir dinero. Necesita seguir viviendo por aquí un tiempo mientras la buscan. Es una desertora.
— Oh. –recordaba vagamente el nombre de la noxiana. Si la conocía a o no, era un misterio. Una pregunta le rondó la mente de pronto, una que le hizo plantearse ciertas cosas—. Oye, Sett...
— ¿Hm?
— ¿Confías en Riven?
— Es noxiana. Ni de broma.
— ¿Entonces por qué eres tan "bueno" –hizo comillas en el aire—, con ella? Le das un sitio donde ocultarse...
— Sencillo: Que no me fíe de los noxianos es una cosa. Tengo campeones de muchas ciudades y países diferentes, cero problemas. Ahora, ¿confiar mi vida a una traidora aunque sea de la patria que más odio? Gracias, pero no. Tendría que ser un caso excepcional, y ahora no me viene ninguno posible a la mente.
Por preguntar se había llevado un tortazo de realidad. De todas formas, quiso creer que podría ser la excepción. Soñar es gratis, que dicen.
O.o.O.o.O
— ¡Mamá! –gritó Sett—. ¡Estamos en casa!
La madre de Sett salió a recibirlo con una sonrisa amplia. Llevaba un kimono floral precioso, adquisión que días antes el mestizo le había regalado. Decía, según él, que pegaba con sus ojos.
— Estás lista veo. –le dijo el hombre, lleno de orgullo.
— Por supuesto que lo estoy, no todos los días podemos ir al Gran Banquete. –le contestó.
Elda ladeó la cabeza.
— ¿Vamos a salir? ¿Dónde? Si lo hubiera sabido, me habría comprado algo decente.
Sett y la mujer se miraron, apesadumbrados.
— Eh... —empezó el primero—. Verás, es algo que quería comentarte esta mañana y por el incidente me fue imposible. Hoy es el día en el que celebramos una gran fiesta junto a otros vastaya que viven muy lejos de aquí. Es un acontecimiento único en el año, el problema es que...
— No admiten humanos. –entendió Elda, asintiendo—. Lo capto.
— Criatura...
— No, en serio. –puso una sonrisa en su cara que poco tenía de verdadera—. Es algo vuestro. Es normal. Supongo que hay familiares lejanos, amigos y demás.
— Yo al ser mestizo se me permite ir. –aclaró—. Y aún así a veces tengo que aguantar miradas de desprecio. Créeme, no querrías estar ahí.
— Sett. –le puso las manos en sus antebrazos—. Ve. Diviértete. Pasa de la gente que te menosprecia y solo... solo sé tu mismo. Tu madre y tú os merecéis un descanso.
El hombre se echó hacia atrás. ¿Cómo podía seguir justificándose cuando lo estaba mirando con esa cara de ángel, reafirmando que lo que debía hacer era lo correcto? Elda se quedaría sola en una casa gigantesca. ¿Estaría a salvo? ¿Los bandidos irían a por ella? Sett encajó la mandíbula y apretó los puños.
— Eres un cielo, querida. –le dijo la madre, dándole un beso en la mejilla—. No te preocupes, la semana que viene se celebra una fiesta nacional en el bosque, donde vastayas y humanos pueden bailar y cantar juntos. Podréis ir si así lo queréis.
La chica asintió.
— Venga, que vais a llegar tarde. –los apremió—. Yo cenaré algo y me iré a dormir pronto.
— Pero... —musitó Sett.
— ¡Fuu, fuu! –Elda hizo un gesto gracioso con las manos a fin de que se fueran—. ¡Nos vemos mañana!
Entró rápidamente en la casa y una vez cerrada la puerta, se deslizó contra ella hasta quedar sentada en el suelo. Esperó a no oír pasos... y enterró la cara entre las rodillas, cansada y triste.
— Feliz cumpleaños, Elda. –dijo, solamente.
