Capítulo 2

La Batalla de Gwathló

Arrebatada de un sueño profundo y pesado, Silmarien despertó con una sensación inusual en su pecho, no recordaba del todo la pesadilla pero si los sentimientos que le había provocado. Sus ojos claros buscaron una luz en la habitación pero todo se encontraba en penumbra. Permaneció sentada en la cama en la misma posición en que la pesadilla la había arrojado al mundo real, aun no estaba del todo consiente. En la mañana había despertado en el camarote del barco, y ahora se encontraba en la oscuridad de una de las muchas habitaciones del palacio del Rey Supremo de los Noldor. Se incorporó de la cama derrotada al darse cuenta de que no podía volver a dormir, tomó la gaza vaporosa de su bata de noche y salió de su habitación. Recorrió los pasillos del palacio, pasando algunos guardias que se limitaban a pronunciar un "Buenas noches" o a asentir con su cabeza, hasta que por fin salió a un jardín pequeño, era más un patio interior con una fuente en el centro que asemejaba a la figura de una doncella elfica vertiendo el agua de un jarrón. Las olas del mar ya no se percibían, en cambio habían dado paso a la tranquila caída de agua de esa fuente. Se acercó lentamente, como si se tratara de otro sueño y fuera a desaparecer. Hasta que una voz fuerte le hablo a sus espaldas y la hiso girar sobre sus pies en un sobresalto.

-No debería estar sola a estas horas de la noche- dijo Gil Galad, quien la miro extrañado al darse cuenta de que su frente brillaba en sudor- Se siente bien? Necesita algo?

-Disculpe Majestad- dijo ella haciendo una reverencia- tuve un mal sueño y no pude volver a dormir.

-Es difícil conciliar el sueño estos días- dijo Gil Galad tomando asiento en la orilla de la fuente, hizo ademan para que la dama imitara su gesto, lo cual hiso no muy segura de sus pasos- Siento mucho el fallecimiento de su padre- Ella lo miro seriamente, como si las condolencias del Rey fuera lo último que se esperara.

-Gracias, Majestad.- dijo Silmarien- Mi hermano lo ha sobrellevado mejor que yo, me hace sentir débil.

-Extrañar a alguien no es señal de debilidad, yo aún extraño a mi padre- dijo Gil Galad.

-Es solo que todos dicen que hay un lugar donde la gente va cuando muere y ahí esperan a los que todavía no han dejado la Tierra- dijo Silmarien, y después de una pausa, como si no estuviera segura de sus pensamientos dijo- Pero siento tener la certeza de que yo no iré a ese lugar. Y no volveré a ver a mi Padre ni a mi hermano.

Ereinion a pesar de que entendía completamente a la dama, su fuerte nunca había sido expresar sus sentimientos, la vida lo único que le había enseñado era a ser fuerte, decidido, calculador, buen gobernante y guerrero, no había cabida para más cuando se llevaba sobre la cabeza la corona de los Noldor.

-Aún hay razones en esta tierra por las cuales ser feliz, es en estos casos cuando debemos valorarlas más y aferrarnos a ellas- dijo lo mejor que pudo. Ereinion la miro sonreír por primera vez, debió haber encontrado las palabras correctas.

-Debo retirarme, Señor- dijo Silmarien poniéndose de pie. Creyó haber descubierto la mirada furtiva de un guardia que pasaba, y se sintió incomoda repentinamente.- No le quito más su tiempo, debe de descansar, me sentiría culpable si esto lo afectara negativamente en batalla- Acto seguido reverencía al Rey y se marcha.

El cielo clareaba, la Luna despedía al sol en el Oeste cuando Gil Galad arreglaba la montura de su caballo en los establos. En su pecho vestía su estandarte de estrellas, símbolo de su Casa, y en su mano Aiglos se encontraba en silencio pero expectante, sentía el mal cerca y una tenue luz emanaba desde su empuñadura hacia cada extremo. Ya era famosa entre las criaturas malignas de la Tierra, había ganado renombre en la última guerra de Beleriand, y quien se interpusiera en su camino sabía que ese era su último aliento.

-Ereinion, Tar- Minastir y Ciryatur ya nos esperan en la puerta- dijo Elrond asomando su cabeza en los establos.

-Ya estoy listo- dijo montando su caballo, tan negro como la noche.

Efectivamente, los Numenoreanos ya se encontraban esperando en las puertas de la muralla de la ciudad. Tanto Tar- Minastir como sus capitanes portaban el Árbol Blanco en el pecho, Nimloth, símbolo de unión entre las razas, y símbolo de agradecimiento por su lealtad a Eru y a los Eldar.

-Buenos días Tar-Minastir, espero que la noche haya devuelto la fuerza a su puño, porque hoy la necesitará más que nunca- dijo Gil Galad.

-Nunca la ha perdido- dijo Tar-Minastir riendo- limpiar las colonias del Sur de la Tierra Media me ha dado la practica suficiente para acabar con mil orcos yo mismo.

-Y me temo que hay mucho que hacer todavía por esas tierras- comento Ciryatur seriamente- me retiro, los barcos están listos y esperando en la embocadura del rio. Calculo que estaré pisando los talones de la hueste de Sauron antes de que caiga la noche más tardar.

-Tenna rato (hasta pronto)- dijeron al unísono.

-No puede ser- exclamó Tar-Minastir al darse cuenta de quien se acercaba a ellos- ¿Que sería la vida sin hermanas testarudas?

La figura de Silmarien se acercaba apresurada jalando de las riendas de un caballo blanco, vestía una sobreveste marrón sobre un vestido azul oscuro también con el Árbol Blanco bordado a lo largo de su pecho, dos largas trenzas recorrían su cuerpo como ríos oscuros culminando en dos listones de plata.

-Buenos días Señores- dijo seriamente haciendo una rápida reverencia, y volviéndose a Gil Galad prosiguió- Señor, mi hermano ha impuesto su poder de Rey sobre mi impidiendo que los acompañe hoy en batalla, no me queda más remedio que pedir su permiso para unirme al cuerpo de salud en su campamento, pero le pido por favor que no me dejen atrás.

-Por eso te dije que aun veo a mi hermano en ellos- dijo Elrond riendo a Gil Galad- no toman un "No" como respuesta.

-Le doy mi consentimiento, pero temo que las cosas que se ven en el cuerpo de salud pueden llegar a impresionarla.- contestó Gil Galad.

-Gracias Señor- dijo Silmarien sonriendo- no se preocupe por mí, no soy tan frágil como aparento.

Gil Galad asintió con la cabeza. Una trompeta retumbó en el aire en un gran estruendo, la hora de tomar posición había llegado, el destino esperaba tras esa muralla a ser reclamado. Sin una palabra más, una mirada fue la despedida, y Silmarien observó como las compuertas se abrían de par en par frente a ellos dejando ver a lo lejos el campamento de los Noldor, y más allá, una mancha oscura, fétida, como si en el lienzo de una hermosa pintura se hubiera derramado tinta negra. Las Montañas Azules eran coronadas por la nieve como Gil Galad era coronado por estrellas. Silmarien miró como el Señor de los Noldor se alejaba terrible y orgulloso, hijo digno de Fingon y decendiente de Finwe, cabalgando con Aiglos presta para la batalla.

La gente pasaba de un lado a otro dentro de la tienda, donde hileras de camas improvisadas se desplegaban frente a ella, y de cada extremo una estación de curación por cada 10 camas. Silmarien buscaba con la mirada a través del barullo a la persona encargada, hasta que por fin vio a una elfa alta, dando órdenes a otra que llevaba en sus manos gazas teñidas de rojo.

-Dama Silmarien- dijo la elfa cuando por fin le prestó atención- la estaba esperando, cuando el Rey me avisó que apoyaría no podía estar más agradecida, sabe suturar? Espero que tenga alguna idea para que sirven algunas de las medicinas que utilizamos los Eldar- decía rápidamente.

-No se preocupe, usted dígame en que la apoyo, no soy una inexperta en el tema- la elfa sonrió y le pidió que la siguiera.

-Ella es Eruiel, Eruiel te presento a la Dama Silmarien de Numenor- la elfa rubia de ojos verdes hiso una reverencia con todo y los frascos y gasas que llevaba en brazos- apóyense mutuamente, trabajaran esta sección de camillas.

-Claro que si Narie- dijo Eruiel

En ese momento los gritos de batalla comenzaron. Por unos segundos la conmoción y el bullicio dentro de la tienda se detuvo y todos se miraron unos a otros, inmóviles, solo escuchando lo que sucedía a escasa distancia de ellos en el campo de batalla.

-Todos a sus posiciones, ¡un segundo puede ser decisivo entre la vida y la muerte!- gritó la Elfa a todo su equipo de curadores- dentro de poco nos van a hacer falta manos - dijo volviendo a Silmarien un tanto estresada.

Sauron se encontraba al frente de su ejército montado en un enorme caballo azabache que parecía haber salido del mismo Angband, vestía su figura de Annatar, poderoso y hermoso al mismo tiempo, sus cabellos oscuros eran llevados por el viento que soplaba desde la montañas, y a sus espaldas la gran hueste de orcos se desplegaba como su sombra, hueste que el mismo había arrastrado desde Mordor destruyendo todo a su paso. La mirada de Sauron se posaba fijamente en su objetivo: Gil Galad. Se sentía burlado por el Rey, lo había echado de Lindon cuando llego ofreciendo sus dones, y había descubierto su maligno plan de dominar los anillos de poder. Venía a tomar venganza, le arrebataría la vida al Rey y tomaría lo que era suyo, los dos anillos elficos que Gil Galad tenía en su poder.

-Ereinion, Tar- Minastir se encuentra tras esas colinas de la derecha- decía Elrond acercándose a galope - está listo a la señal.

-Perfecto- dijo Ereinion, y mirando a su compañero de al lado prosiguió- Listo para el ultimo día en batalla, Glorfindel?

-Más que listo, pueden sacar a los Balrogs- rio el Señor elfo.

-Conociéndote estoy seguro que te lanzarías tú solo a luchar cuerpo con cuerpo con 3 Balrogs a la vez- dijo Elrond.

El viento soplaba fuertemente, los estandartes azules estrellados de Gil Galad ondeaban violentamente como ávidos de reclamar la tierra que se les quería ser arrebatada. De pronto el viento arrastró desde el ejército de Sauron un rugido desgarrador, y en la lejanía Gil Galad observo como la hueste de orcos se empezó a movilizar.

-Señores, siempre es un placer tenerlos a mi lado en batalla- dijo Gil Galad- A Elbereth Gilthoniel o menel palan-diriel, le nallon! A tiro ammen, Faniulos!- gritó volviéndose a su ejército con Aiglos extendida hacia el frente, ahora más brillante y poderosa.

Los jinetes comenzaron a galopar con sus lanzas elficas apuntado hacia el frente, bajaban al encuentro de los orcos hasta que chocaron con ellos como las blancas olas del mar chocan violentamente contra las rocas de un acantilado. Después en el mundo no se escuchaba más que gritos y el sonido del metal golpeando con metal.

-Déjenme! Estoy bien! Tengo que volver!- gritaba un elfo rubio que era arrastrado dentro de la tienda de curación por otros dos, sus armaduras manchadas de sangre tanto propia como ajena.

-pónganlo de este lado- corrió Euriel a su encuentro. Los dos elfos depositaron a su inquieto compañero en una de las camillas.

-Que fue lo que le ocurrió?- pregunto Euriel

-A parte de que una flecha le atravesó el hombro, un orco por poco lo parte en dos, por fortuna solo alcanzó a rozarlo.

-Puedo seguir, no hay necesidad de que me dejen aquí!- seguía gritando.

-Gracias, aquí nos encargaremos de el- dijo Euriel despidiendo a los dos guerreros Noldor- Silmarien, ayúdame a quitarle la armadura, limpia la herida en su hombro y comienza a cocerlo.

-Euriel! Trajeron a dos soldados más por aquí!- grito un elfo del otro lado de la tienda.

-Ve haciendo como te dije, en un momento vuelvo a ayudarte- dijo desapareciendo en el gentío de heridos y curadores.

Silmarien recostó de nuevo al inquieto paciente que trataba vanamente de sentarse en la camilla, comenzó a desabrocharle la armadura para dejar al descubierto la horrible herida que había dejado la flecha. Tomó una gaza empapada en agua y un líquido que usaban los Eldar para desinfectar y comenzó a limpiar la herida, un gemido se escuchaba cada vez que pasaba la gaza por la carne en vivo.

-No sé cómo pensó en volver a la batalla, Señor- dijo Silmarien- su brazo apenas tiene movilidad.

-Uno se las ingenia en el campo- dijo ya un poco más resignado. Miró a su joven sanadora de cerca, nunca antes la había visto, había algo en ella que no le cuadraba- Usted no es un Elda- dijo por fin.

-No, no lo soy- dijo Silmarien un poco molesta quitando la mirada un segundo de su trabajo solo para encontrar los azules ojos del rubio Elda.

-No me mal interprete- dijo notando el disgusto de la joven- no sé si es la conmoción o la pérdida de sangre, pero por un momento pensé que lo era. Soy Gildor.

-Silmarien de Andunie. Por favor recuéstese, tengo que revisar la herida de su abdomen- Silmarien retiro la camisa plateada manchada de sangre para descubrir una herida profunda a lo largo del blanco abdomen del Elda.

-Es la hermana del Rey de Numenor- dijo Gildor encajando las piezas del rompecabezas.

-Así es, lo vio en batalla?- dijo Silmarien impaciente.

-La última vez que lo vi estaba luchando al lado de Gil Galad, después desperté cuando me estaban arrastrando a esta tienda- dijo entre quejidos. Desde su posición solo podía observar el rostro pálido de la dama concentrado en lo que su mano derecha daba puntadas. Aquí y allá algunos quejidos de dolor se le escapaban

-Listo Señor, por favor, trate de no hacer esfuerzos, sino las heridas se le abrirán y puede infectárseles.

-Ya me cociste?- dijo Gildor sorprendido al encontrar la herida de su abdomen limpia y cerrada.

-Sí, ya quedó.

-Tienes buena mano para cocer.

-Ya me lo habían dicho antes- dijo Silmarien sonriendo.

La noche se cerraba en el mundo y el trabajo en la tienda improvisada como hospital el bullicio no parecía cesar, los heridos se recibían al por mayor tanto hombres como elfos, apenas y podían darse abasto. La noche dio paso al día y con ella se llevó el murmullo de la batalla. Afuera de la tienda ya no escuchaban más los rumores de la guerra, en cambio dentro de la tienda, los quejidos de los agonizantes gobernaban el aire. Silmarien después de atender al último hombre que habían traído a la tienda regreso a revisar a Gildor quien dormía agotado, después de una noche luchando por su vida, el peligro ya había pasado, sus heridas ya no sangraban.

-Silmarien- se acercó Euriel- como te fue sola? Disculpa no haber podido apoyarte, pero esta ha sido la noche más ocupada que hemos tenido a lo largo de la guerra.

-Seguramente por el ejército de mi hermano, más soldados, más trabajo para los curadores.

-Con todo esto olvide que eres la hermana del Rey de Numenor y ya hasta te estoy hablando con mucha confianza.

-Me alegra que lo hicieras, el protocolo llega a ser muy exhaustivo, a veces solo quiero que lleguen al punto de las cosas sin tantos adornos.

-Dama Silmarien- dijo un hombre acercándose a ellas.

-Elentur, que haces aquí?- dijo Silmarien sorprendida al reconocer al guerrero.

-Su hermano me ha pedido que viniera a buscarla.

-Le ha pasado algo?

-No, todo lo contrario, la batalla ha terminado, es por eso que quiere reunirse con usted-Silmarien y Euriel se miraron sonriendo.

-Ve, anda, yo me quedo cubriéndote- la incitó Euriel.

Gil Galad hablaba cuando Silmarien y su acompañante entraron a la tienda del Rey, que por más sigilosamente que trataron de hacerlo no pudieron impedir que las miradas del grupo de Eldar se tornaran hacia ellos. Su hermano la contemplo con cara de urgencia al ver sus ropas manchadas de sangre y sus trenzas largas despeinadas, pero Silmarien se limitó a hacer un ademan con las manos para evitar interrumpir al Rey. Gil Galad la miro con una seria preocupación, la dama se veía cansada, y por su apariencia parecía que ella también había estado en batalla.

-Señor, el enemigo ha sido derrotado mucho antes del tiempo estimado, esto solo amerita una gran celebración en Lindon- decía un elfo de cabellos oscuros, al parecer un capitán del ejército de Gil Galad.

-Ha sido debilitado, destruimos por completo su ejército, pero ha huido, está lejos de haber sido derrotado, aunque no sé cuánto tiempo le tome reconstruir su fuerza- decía Ereinion pensativo.

-Pueden ser siglos Ereinion, toma la victoria que está en tus manos y disfrútala- decía Glorfindel.

-La unión del Rey de los Noldor y el Rey de los Hombres nos ha dado esta victoria- confirmo Elrond- Tar- Minastir, si no hubiera prestado su ayuda, esto hubiera terminado totalmente diferente.

-Siempre tendrán la lealtad de los hombres de Numenor mientras yo posea el Cetro- decía Tar- Minastir- después de todo somos familia lejana.

Elrond sonrió al recordar a su hermano Elros, aunque hacía ya mucho tiempo que había partido de esta tierra, seguía sintiendo su presencia todavía en la Casa Real de Numenor.

-Entonces cual es la fecha de este bien merecido festejo?- insistió Glorfindel sonriendo- debo admitir que extraño la alegría habitual de Mithlond.

- y me imagino que eso incluye la hidromiel y el vino- repuso Ereinion sonriendo.

-Por supuesto, nada mejor que una buena compañía con una copa en la mano.

-Tan pronto y los soldados hayan descansado y disfrutado de su familia podremos organizar la celebración- decretó Ereinion- pueden retirarse.

Los guerreros salieron de la tienda con un espíritu alegre, la maldad había sido expulsada de su poderoso reino, sus casas y familias estaban de nuevo a salvo. Ereinion se tumbó en la silla que estaba a su lado, exhausto, paso una mano por su rostro como quien en su mente guarda tantas cosas que teme que se le desborden de la cabeza.

-Alteza, su brazo- Ereinion levanto la mirada para encontrar solamente a Silmarien parada cerca de la entrada para luego mirar su brazo, un hilo carmín salía a través de su armadura.

-No me había percatado.

-Ha de ser una pequeñez a comparación de otras heridas que ha sufrido, pero de igual forma debe de ser atendido, si me permite, puedo vendarle el brazo- dijo Silmarien acercándose al Rey antes de recibir ninguna respuesta.

Ereinion se retiró tanto su dorada armadura como la cota de malla que vestía debajo, de la cual parte de los eslabones habían sido reventados al recibir la feroz estocada, que si no fuera por su armadura elfica, bien podría haberle cercenado el brazo. Silmarien desgarró la manga ensangrentada del camisón plateado que vestía el Rey, y encontró la profunda hendidura que había provocado el filo de una espada orca, sacó una gaza de entre los bolsillos de su vestido y comenzó a palpar la herida en un intento de limpiarla.

-Narie quedo muy satisfecha con el trabajo que hiso con los heridos- comento Ereinion.

-Solo hice lo que me indicaron hacer, Señor- dijo Silmarien encogiéndose de hombros.

-Eso fue un buen despliegue de modestia para una princesa Numenoreana- bromeó Erenion.

-Bueno, es que tampoco los Numenoreados somos tan orgullosos como los Noldor- sonrio Silmarien sin apartar la mirada de lo que estaba haciendo.

-Los Noldor tenemos fama de orgullosos?- dijo Ereinion entre risas.

-Si, Señor.

-quien lo dice?

-Los libros, Alteza, hay miles de libros que narran todas las hazañas de su familia, es como si ya lo conociera sin siquiera haberlo visto.

-Uno no puede conocer a alguien por lo que otros escriben de él.

-Supongo que no- dijo Silmarien sonriendo por fin encontrando la mirada azul de Ereinion- Listo! Su brazo quedara como nuevo, listo para una nueva batalla.

-Espero que no haya necesidad de ponerlo a prueba en mucho tiempo.

-Eso espero, de igual forma espero estar cerca por si necesita que le curen alguna herida.

Ereinion miro la luminosa sonrisa de la Dama que tenía a escasa distancia frente de él, parecía una persona diferente a la taciturna y melancólica doncella que había entrado a su palacio apenas el día anterior. Se alegró al descubrir que la nube que nublaba sus ojos claros había desaparecido, dando paso a la luz que los descendientes de los eldar entre los hombres aun poseían.

"…Y Sauron odiaba a los Númenóreanos a causa de los hechos de sus padres y de su antigua alianza con los Elfos y su fidelidad a los Valar; tampoco olvidaba la ayuda que Tar—Minastir había prestado a Gil-galad tiempo atrás, cuando el Anillo Único fue forjado y hubo guerra entre Sauron y los Elfos en Eriador. Ahora se enteró de que el poder y el esplendor de los Reyes de Númenor habían aumentado; y los odió todavía más; y tuvo miedo de que invadieran sus territorios y le arrebataran el dominio del Este. Pero por largo tiempo no se atrevió a desafiar a los Señores del Mar, y se retiró de las costas."