Capítulo 3

Un Apice del Destino

Una flecha rompía el viento a su paso, su zumbido era como el relámpago que antecede al trueno, hasta que por fin dio en su blanco, los vítores se alzaron en el aire, y el guerrero que había salido victorioso hacía una reverencia al público en las gradas y al estrado donde se encontraban el Rey y su séquito de nobles. La celebración por el fin de la Guerra y los Años Oscuros tomaba lugar en Lindon. Mithlond se vestía de fiesta, las calles estaban inundadas de música y bailes que hacía parecer que la maldad nunca había estado tocando sus puertas. El torneo de tiro con arco se llevaba a cabo, y docenas de nobles caballeros se habían inscrito al enterarse del premio de la competencia.

-No recuerdo haber visto una competencia tan reñida, los puntos de ventaja de cada participante son muy pocos entre si - comentaba Elrond, visiblemente pendiente de los puntajes del marcador.

-Ves Ereinion? ofrecer como recompensa un beso de la Dama Silmarien fue la mejor idea, no sé porque te oponías tanto- dijo Glorfindel.

-Debo de confesar que ha sido el mejor torneo que he asistido en años- dijo Tar-Minastir divertido.

Ereinion se mantenía serio mirando como el caballero ganador se acercaba al estrado a recibir su premio.

-Su Alteza- dijo el guerrero elfo haciendo una solemne reverencia- Sailon, de la Casa de Mármol, a su servicio.

Gil Galad se puso de pie y se adelantó hacia el guerrero.

-Sailon, grandes han sido tus hazañas en la guerra y certera ha sido tu flecha, por lo tanto has sido el merecedor de la presea de este día- Ereinion miró a la Dama Silmarien que se encontraba rodeada de las doncellas nobles de Mithlond, se mantenía expectante a los movimientos del Rey que con un ademan le pidió que se acercara.

La alta y delicada figura de la Dama se presentó ante Sailon de la Casa de Mármol, y por un momento la belleza de la dama lo transportó a épocas antiguas, cuando aún Menegroth se encontraba en el corazón de Doriath y Finrod Felangund se sentaba en el trono de Nargothrond. El caballero lentamente se hincó y agachó su cabeza, solo para después sentir el sutil rose de los labios de la dama en su frente.

-Sailon de la Casa de Marmol, que tu brazo lleve siempre tu espada con firmeza, como tus flechas sean siempre atinadas- dijo Silmarien colocando una corona de guirnaldas en la rubia cabeza del caballero. Los vítores se elevaron en el aire de nuevo.

-Gracias por rescatarme de esas competencias Euriel- Las dos damas paseaban tranquilamente por las calles adoquinadas de la ciudad con dirección al mercado.

-No podía hacer menos por ti, de verdad tu cara no disimulaba tu enfado.

-No es que me desagraden los torneos, pero estar sentada toda la mañana ya me había empezado a enfadar - decía Silmarien- además quería desaparecer antes de que al Señor Glorfindel se le ocurriera otra idea para amenizar el evento.

-Debes de admitir que ponerte a ti de premio motivó a más de un caballero- decía Euriel divertida.

-No entiendo porque, tantas damas hermosas que tiene la corte, digo, nunca vas a comparar la belleza inmortal de una alta dama de los Eldar, a la belleza común de una mujer mortal.

-Es eso precisamente lo que cautiva de ti- Euriel miró la cara de incognito de Silmarien- Nunca serás más hermosa de lo que eres ahora o más joven de lo que eres en este momento, los Eldar te vemos casi como una ilusión, un espejismo que puede desaparecer en cualquier momento, y es ahí donde reside tu belleza, en tu mortalidad.

-Nunca lo había visto de ese modo- dijo Silmarien pensativa.

-Hablando de altas damas de los Eldar- dijo Euriel mirando a un grupo de damas congregadas en una de las bancas de la plaza.

-Aiya Euriel! ¿Qué te trae por aquí?- dijo una alegre doncella de cabellos oscuros.

-Aiya Valadhiel, estoy mostrándole la ciudad a la Dama Silmarien de Numenor- las hermosas doncellas se limitaron a sonreír y Silmarien solo asintió con su cabeza- Pensé que estarían alistándose para el baile en palacio.

-En eso estábamos, pero venimos a escuchar las nuevas de boca de Aranissë.

-Gildor ha vuelto a pedir su mano- dijo otra de las damas con un tono burlesco en su voz.

-¿De verdad?! ¿Y qué has contestado Aranissë?

-Lo rechacé, por supuesto- contestó una hermosa dama que se encontraba agraciadamente sentada en la banca. A ese tipo de belleza se refería Silmarien, Aranissë tenía el orgulloso porte de los noldor, su larga melena caía libremente por su cuerpo como una cascada de oro y sus grandes ojos azules armonizaban con las delicadas facciones de su pálido rostro.

-Yo no te tuviera la paciencia que te tiene Gildor, después de la tercera vez que lo rechazaste yo hubiera puesto la mirada en otra dama- decía Valadhiel.

-Si él no ha entendido ya no es culpa mía- decía fríamente Aranissë.

-Lo que nadie logra entender es como no te agrada, es apuesto, excelente guerrero, sin mencionar que viene de una de las casas más nobles de los noldor- decía Valadhiel.

- A mí me impresionó su valentía en la batalla, estaba herido de muerte pero él se empeñaba en regresar a luchar- todas miraron a Silmarien quien se había atrevido a dar su opinión.

-Valadhiel, veo que encuentras muchas cualidades en Gildor, tal vez la dama Silmarien y tu terminen peleando a muerte por su afecto- dijo Aranissë.

-No seas absurda- dijo Valadhiel sonrojándose.

-Nosotras nos retiramos, no queremos llegar tarde al baile y todavía ni comenzamos a prepararnos- se despidió Euriel. El sol ya se había puesto en el Oeste cuando las dos damas encaminaban sus pasos al palacio.

-Esa fue la mejor demostración de altivez que he presenciado jamás- dijo Silmarien refiriéndose a la orgullosa dama noldorin.

-Aranissë ha sido así desde que tengo memoria- decía Euriel mientras tomaba a Silmarien por el brazo y apresuraba sus pasos- Su padre era Echtelion de la Fuente.

-¿El Señor Elfo de Gondolin?- preguntó Silmarien sorprendida al ver Euriel que asentía con la cabeza.

-Pertenece a una de las Casas más poderosas de los Noldor y vive bajo la leyenda de su padre.

-Debe ser una carga muy pesada de llevar.

-Sobre todo una pena muy grande, muchos seres queridos perecieron en la caída de Gondolin, yo misma perdí a mi hermano.

Silmarien de pronto reparó en los ojos esmeralda entristecidos de su amiga y pudo sentir su aflicción. Por un momento compadeció a los Eldar, porque sus vidas eran eternas al igual que sus penas, sus almas no encontrarían descanso pues estaban atadas al destino de Arda, y así, con la pesadez de los años que tanto momentos alegres traen también momentos aciagos, esperarían el fin del mundo. Erú en cambio, había regalado a sus segundos hijos el don de la muerte, el don del descanso, donde se liberarían de todas las ataduras del mundo.

El gran salón de palacio lucía imponente, el techo abovedado se abría en una cúpula de cristal dejando ver el esplendor de las estrellas que tanto amaban los Eldar, y donde debería de haber paredes, innumerables arcos se abrían al mundo, por donde la brisa marina pasaba libremente seguida del sonido de las olas del mar que acompañaban a la orquesta situada al fondo del salón. El recinto se encontraba lleno, los hermosos y nobles invitados tomaban su lugar en sus mesas, mientras otros presumían de sus agraciados movimientos en la pista de baile que se encontraba frente a la larga mesa del Rey. El vocero anunciaba a los recién llegados y acto seguido hacían reverencia a su Soberano antes de pasar a tomar asiento en sus mesas.

-¿A quién buscas?- decía Elrond.

-A nadie, por supuesto- dijo Ereinion orgullosamente al reparar en la pícara sonrisa de Elrond.

-Te decía que deberíamos mandar una tropa más allá de las Montañas Azules para cerciorarnos de que no haya escapado un solo orco con vida-continuó Elrond.

-De hecho ya he mandado a una tropa hacia las Montañas Azules, pero tienes razón hay que explorar más allá y acercarnos a Imladris.

-Puedo llevar a los hombres si es que no me necesitas en Lindon- se acomidió Elrond. Ereinion solo asintió con la cabeza.

-Deberíamos de encontrar otra ocasión para hablar de esto con más detalle, en una fiesta no se puede- dijo Glorfindel.

-Tar- Minastir y Dama Silmarien de Andunie!- se escuchó en el salón.

La música paró y las parejas que se encontraba en la pista de baile abrieron paso a los dos personajes que cruzaban el salón hacia el Rey. Las cienes de Tar- Minastir eran ceñidas por la magnífica corona de Numenor, sus oscuros cabellos ondulados eran mecidos por la brisa marina, y sus finas vestiduras plateadas eran solo un ápice de su poderío y fortuna. Ereinion entonces miró a la Dama Silmarien, sus largos cabellos oscuros la perseguían como una sombra llena de estrellas, en su cabeza descansaba una delicada tiara plateada de Mithril que hacia juego con el cinturón que ceñía sus caderas manufacturado con el mismo material. De pronto el mundo cambió. El salón de palacio ya no era el salón de palacio, y la Dama Silmarien ya no se encontraba en compañía de su hermano, si no sola, el antes hermoso recinto se había convertido en un lugar sombrío, lleno de terror y muerte, su hermoso vestido celeste se había convertido en una armadura elfica. Ereinion miró sus manos y las encontró mancilladas con lodo y sangre, y cuando miró a su alrededor se descubrió en una vasta tierra en donde los pantanos se precedían unos a otros hasta donde acaba la tierra y comienza el cielo -Ereinion…- escuchó la voz de la dama, su mirada encontró su rostro afligido mientras estiraba una mano como queriendo tocarlo…-Ereinion- volvía a escuchar la suplicante voz, pero no podía moverse, la tenía frente a él, pero no podía acercársele…

-Ereinion- la voz ya no era de la dama, y de pronto miró a su alrededor como si las luces del salón se hubieran encendido súbitamente- Ereinion- dijo la voz de Elrond, el caballero lo miraba preocupado- ¿estás bien? De pronto te perdiste…

-Estoy bien, es solo que…- en ese momento Silmarien y Tar Minastir hacían una reverencia ante el- no es nada, olvídalo.

-¿Has visto algo, verdad?- dijo Elrond, adivinando que cualquier cosa que hubiera visto Ereinion no fue algo agradable juzgando por la cara de espanto que tenía.

-A veces quisiera que la Dama Galadriel no te hubiera enseñado sus dones- dijo Glorfindel.

-Han sido muy útiles en el pasado, pero esta vez me mostró algo que no entiendo en lo absoluto- dijo Ereinion su rostro aun presa de la confusión.

Glorfindel y Elrond se miraron sin necesidad de decir una palabra para estar de acuerdo, en otro momento más apropiado interrogarían a su Rey y amigo.

-Por Eru! No la dejan ni llegar bien a la fiesta- exclamó Glorfindel. Ereinion miró a la pareja que abría la pista de baile, la Dama Silmarien y Gildor hacían una mutua reverencia antes de empezar la música.

-Esto no es de nadie pero culpa tuya Glorfindel, atrajiste demasiado la atención de la gente hacia ella hoy en el torneo- replicó Ereinion.

-Es tan efímera la vida de los Edain que no malgastaran la oportunidad de compartir un momento con la Dama y Tar- Minastir- dijo Elrond- Los años pasan tan rápido que parece que un día estuviste hablando con ellos, al siguiente ya han pasado 300 años y te das cuenta de que ya no se encuentran en el mundo.

Ereinion sintió como un fuerte escalofrío recorría su columna vertebral desde la médula.

La pieza ya había acabado y Gildor le ofreció su brazo "bueno" a Silmarien para salir de la pista de baile, el otro brazo aún lo tenía vendado e inmóvil a causa de sus heridas, pero a pesar de todo es un excelente bailarín, pensó la Dama.

-Me alegra ver que ya estas mejorando, Gildor.

-Tuve una excelente sanadora- dijo el caballero sonriendo- tenía que agradecerte de alguna manera.- dijo besando la mano de la dama, Silmarien le sonrió pensando cómo es que Aranisse se atrevía a rechazar a Gildor, era todo un caballero.

-Euriel!- dijo Silmarien divisando a su amiga en una mesa cerca de donde estaban parados- disculpa Gildor- dijo haciendo una reverencia.

-Silmarien, ¿cómo es que no te había visto?

-Acabo de llegar, la doncella aun no terminaba de peinarme cuando llegó Minastir por mí, casi la quita para terminar de peinarme el.

-Pues llegaste justo a tiempo para el espectáculo- dijo Euriel mirando hacia el Rey y a la Dama que se encontraba junto a él tomando de su brazo- Aranisse debió de haberle rogado para que la invitara a bailar, Gil Galad no baila con nadie, pero es todo un caballero, no va a rechazar la invitación de una dama.

-Y menos de una dama tan hermosa- decía Silmarien -Creo que ya encontramos la razón del rechazo al pobre caballero Gildor.

-Aranisse siempre ha sido muy ambiciosa, pero no me parecería una locura si los dos terminaran juntos- dijo Euriel.

Silmarien disimuló la aguda punzada de su estómago, y siguió la lenta y agraciada danza de la pareja. Todo mundo los veía como presas de una hermosa visión, y entonces recordó sus propias palabras, "Nunca vas a comparar la belleza inmortal de una alta dama de los Eldar, a la belleza común de una mujer mortal."

Una hermosa mañana se desplegaba por todo Mithlond, la primavera había traído la cálida brisa del mar al Golfo de Lhun, especialmente al hermoso jardín de palacio donde dos figuras se encontraban charlado y tomando su desayuno.

-Voy a extrañar este lugar- dijo Minastir mirando a su alrededor los altos arboles plateados con sus flores doradas.

-Siempre será bienvenido, considere mi palacio su propia casa- dijo Gild Galad dando un sorbo a su copa de cristal.

-Espero que la vida me alcance para poder visitarlo en más ocasiones, me temo que los proyectos que tengo en puerta ni siquiera me permiten regresar a Numenor, tanto que extraño Armenelos.

-Pensé que cuando ordenó a sus hombres a prepararse para partir tenía la vista puesta en Numenor- dijo Ereinion intrigado.

-Mi camino se desvía todavía más al sur de la Tierra Media, a las colonias que tenemos cerca del bosque de Fangorn, Gracias a Eru las aldeas están floreciendo, y he mandado a construir una torre de vigilancia, es una desgracia que Mordor sea el vecino de esas hermosas tierras, especialmente Ithilien, ese bosque es tan hermoso como cualquier bosque mágico de los elfos.

- Con todo su ejército destruido y los Numenoreanos vigilando sus movimientos, Sauron no se atreverá a dar un paso fuera de sus tierras malditas- Gil Galad miró el fuego que manaba de la mirada de Minastir, ese fuego que impulsa a los segundos nacidos a realizar grandes cosas con el poco tiempo que se les ha prestado en la Tierra, luego recordó los ojos claros de la Dama SIlmarien, que a diferencia de los de su hermano, carecían de esta flama- ¿Su hermana lo acompañara en su viaje?

-No tiene opción, no dispongo en este momento de un barco que la lleve a Numenor, necesito a mi ejército en las colonias, tenemos que limpiar las tierras de orcos y demás alimañas.

-¿Será apropiado para una Dama como lo es su hermana participar en ese tipo de afrentas?

-La última vez que estuvimos en las colonias hace ya algunos años, persiguió a una hueste de orcos hasta cerca del bosque elfico que se encuentra en las faldas de las montañas nubladas.

-¿Lothlorien?

-Sí, Lothlorien. Empezaba a preocuparme pues no había tenido noticias suyas en mucho tiempo, pero para mi sorpresa y deleite, debí estar más preocupado por los pobres orcos que ella y los guerreros que llevaba consigo masacraron- dijo riendo Minastir.

-Si está acuerdo, puede quedarse en Lindon hasta su regreso, estará más segura de lo que podría estar en ningún lugar, y no tendrá que preocuparse por ella- propuso Ereinion.

-Sería lo mejor para todos, aunque dudo que esté de acuerdo, cazar orcos es casi su pasatiempo favorito, tañer arpas y tejer siempre han sido actividades secundarias.

Ereinion quedo pensativo imaginando como la delicada figura de la dama podría entrar en el de una mujer guerrera, pensándolo bien, esa imagen no le parecía en lo absoluto desagradable.

La luz de la tarde se filtraba por el enorme ventanal de doble altura de la biblioteca, su calidez traía un aire melancólico al lugar pero indescriptiblemente hermoso. Columnas de libros se desplegaban hasta la bóveda del recinto como pilares infinitos de conocimientos acomodados en libreros de maderas preciosas. El aroma que se desprendía de la combinación de la madera y los libros y pergaminos, inundaba el lugar, y ya se había convertido en una de sus aromas favoritas. Silmarien se encontraba inclinada en una de las muchas mesas de la biblioteca, hojeaba un libro donde se narraba las hazañas de los antiguos reinos elficos, la historia de los reyes antiguos con coronas que ahora yacían inmóviles en el fondo del mar o habían sido destruidas por el fuego de los dragones. Aquí y allá figuraba el nombre de Gil Galad y de las proezas de Aiglos, su magnífica pero terrible lanza. De pronto escuchó la puerta de la biblioteca crujir al ser abierta, pero cuando reparó su mirada en ella no vio a nadie, y continuó leyendo en voz alta.

"…Tiempo atrás ese país había sido llamado Lindon por los Noldor, y este nombre tuvo en adelante; y muchos de los Eldar vivían allí todavía, demorándose, sin deseos de abandonar Beleriand, donde durante tanto tiempo habían luchado y trabajado. Gilgalad hijo de Fingon, era el rey, y con él estaba Elrond el Medio Elfo, hijo de Eärendil el Marinero y hermano de Elros, primer Rey de Númenor…"

-Ya le dije que no se puede conocer a alguien por lo que se escribe de él- Silmarien se sobresaltó al escuchar la conocida voz.

-¿Y entonces que es lo que propone, Señor?- dijo Silmarien virándose para encontrar el hermoso rostro de Ereinion que la miraba un tanto divertido.

-Platicar por supuesto, salir a pasear, hay mucho que hacer en Mithlond además de leer libros que me imagino que ya se sabe de memoria.

-Las historias de la primera Edad son mis favoritas- dijo sonrojándose, no estaba segura de cuánto tiempo había estado observándola y cuanto había escuchado de lo que estaba leyendo- Especialmente la historia de Beren y Luthien.

-También es una de mis favoritas- dijo Ereinion tomando de la mesa el libro que Silmarien había estado leyendo- solamente que te has equivocado de página, está un poco más atrás.

-Sí, tonta de mi- dijo Silmarien siguiendo el juego, Ereinion le tendió el libro en la página correcta.

Silmarien miró el rostro de Ereinion que le sonreía, no le dejaba de sorprender lo hermoso que era, sus cabellos oscuros caían libres enmarcando sus fuertes facciones, era bastante más alto que ella y no podía evitar mirarlo hacia arriba, después de todo, es así como se debe de mirar a los Reyes de los Noldor.

-Temo que no habrá mucho tiempo para poder pasear, Señor- dijo Silmarien rompiendo el breve silencio de contemplación mutua- Mi hermano ya se prepara para partir, no nos queda mucho tiempo en Mithlond.

-Entonces debemos de aprovechar el tiempo- dijo Ereinion ofreciéndole su brazo.

Salieron de la biblioteca a recorrer los pasillos arcados del palacio, paseaban en una parte de este donde no había ni nobles ni sirvientes entrando y saliendo de las estancias donde se llevaban a cabo los quehaceres políticos de Lindon, sino que estaban en una parte de palacio que era destinada solamente al uso personal del Rey. Ereinion no podía creer su propio comportamiento, su lógica le decía que tratar de entablar una relación con la dama no era prudente, el tiempo de los Eldar era infinito, mientras que en un suspiro se llevaría la vida de la dama a un lugar que Eru no ha revelado aun. Mientras tanto la otra parte de él se sentía de lo más cómodo, y le hacía creer que lo demás no importaba.

- He convencido a su hermano de que le permita pasar una temporada en Mithlond mientras él está visitando el sur.

-¿De verdad?- Ereinion miró el rostro perplejo de la dama.

-Claro, la última decisión es suya- dijo volviendo repentinamente a su aire serio que siempre portaba.

-No me malinterprete, claro que acepto su invitación, he empezado a apreciar Lindon tanto como a Numenor, es solo que no esperaba que usted intercediera por mí.

-Me pareció una buena idea- Silmarien sonrió. Ereinion había vuelto a su expresión grave al percatarse de que había sobrepasado las fronteras de su control personal.

Llegaron a una terraza abierta hacia el mar infinito, Silmarien admiro con asombro como a lo lejos casi tocando el horizonte, unas luces que se desplegaban a lo largo de lo que parecía una costa lejana.

-No puede ser, es…- dijo con sus ojos claros abiertos.

-Es Numenor- confirmo Ereinion. Elenna se desplegaba como un hermoso espejismo del basto mar- Puede ser visible a esta hora de la tarde, cuando el sol está cayendo y las luces de Mithlond aún no están encendidas.

-Es hermoso- decía admirando el hermoso paisaje mientras se posaba en el barandal de mármol de la terraza. Sus cabellos eran llevados violentamente por el viento, revoloteando por su rostro y mezclándose con los cabellos del Rey. De pronto una potente luz blanca cegó sus ojos, sintió como una pesadez se apoderaba de su cuerpo, como si ella misma no pudiera mantenerse de pie, escuchaba a lo lejos la voz de Ereinion que la llamaba como desde otro mundo, pero no tenía fuerzas para contestarle, y lo último que sintió fue el frio piso de mármol de la terraza tocando su mejilla.