Capítulo 4
Los días en Lindon
-La Dama Galadriel ha enviado una misiva a través de los numenoreanos de Tharbard, requiere de nuestra presencia en Imladris antes de que comience el invierno- Ereinion sentado tras su gran escritorio de cedro sostenía en sus manos una carta con el sello de la Dama Blanca en el sobre.
-Tengo la impresión de saber de qué se trata- comentó Cirdan sentado frente a Ereinion- Somos los últimos Señores de los Elfos en la Tierra Media y bajo nuestro cargo están los sobrevivientes de Beleriand, necesitamos estar de acuerdo en caso de que el mal se levante de nuevo en el Sur, sino queremos que suceda otra Nirnaed Arnoediad.
-Parece que tuviera el don de la clarividencia como la Dama Galadriel- decía Elrond que había tomado la carta de las manos de Ereinion y la examinaba- es exactamente lo que dice, alguna que otra palabra diferente.
-Joven Elrond, vivo en esta Tierra antes de que el sol y la luna cruzaran el cielo, he estado en más guerras de las que sus padres y abuelos han estado, lo raro sería no haber aprendido a presentir una tormenta cuando una nube negra se cerniera en el cielo- decía Cirdan con una sonrisa en el rostro, donde lo único que delataba su larga vida eran sus profundos ojos grises.
-Elrond, tenemos que reunirnos con Glorfindel para organizar la comitiva, llevaremos una o dos cuadrillas de guerreros, aprovecharemos para limpiar el camino de cualquier alimaña que podamos encontrarnos, quiero que mi gente vaya y venga por mi reino sin tener que preocuparse de toparse con orcos en el camino.
-Glorfindel estará más que feliz por la noticia, la paz de Lindon ya le está aburriendo, parece que no puede estar sin tener que cercenar cabezas de orcos de vez en cuando- Elrond salió por la puerta del despacho del Rey.
Cirdan miró a Ereinion, su actitud más seria de lo usual le decía que algo pasaba por la cabeza del Rey, nadie lo conocía mejor que él, después de todo él lo había acogido como a un hijo cuando Fingon lo mandó a Las Falas para que lo amparara bajo su tutela cuando previó que su reino en Hithlum caería y su muerte se acercaba.
-Te ves casado Ereinion, tu reino es el más grandioso al Este del Gran Mar, y gozas de paz, dime que es lo que te aflige- Ereinion lo miró serio, su mano posada en sus labios como en un gesto involuntario para que sus pensamientos no se le desbordaran de la boca.
-Es la hermana de Tar- Minastir, Silmarien- dijo por fin.
-Escuché que está enferma, es común en los Hombres.
-Ha estado inconsciente por dos días y nada de lo que los sanadores han intentado la han hecho regresar.
-¿Han pedido ayuda de un sanador de Numenor?
-Sí, el médico de cabecera de Minastir, pero sus métodos han sido igual de efectivos que todos los que se han tratado.
Los dos quedaron pensativos por unos minutos. Cirdan había entablado amistad con los Edain a lo largo de su vida y sabia de sus padecimientos, pero al igual que a todos los demás, le parecía insólito que ni la magia elfica o los remedios de los Dunedain hubieran puesto fin al padecimiento de la Dama. Debe ser algo más allá de nuestro poder, pensó a sus adentros.
-La primera vez que miré a la Dama, yo sin saber quién era, me pareció que no caminaba como un Eldar, pero tampoco me parecía que se contara entre los Edain…
-¿A dónde quieres llegar con eso?- dijo Ereinion un tanto desconcertado con las cavilaciones de Cirdan.
-Me parece un tanto improbable que…- en ese momento un llamado urgente en la puerta lo interrumpió.
-Señor, lamento molestarlo, pero Tar- Minastir me pidió que le avisara de inmediato- dijo un sirviente entrando al despacho.
-¿Qué sucede?- inquirió Ereinion alarmado.
-La Dama Silmarien ha despertado.
Ereinion se levantó de un salto de su silla, cruzó los pasillos y puertas hasta llegar al Ala del palacio donde se situaban las alcobas de los invitados hasta que encontró la puerta correcta. Entró al lobby de la habitación y lo primero que vio fue la figura de Tar-Minastir.
-Ereinion- dijo el Rey de Numenor al percatarse de la presencia del Rey Noldo y de Cirdan que llegaba tras de el- has llegado muy rápido.
-Vine en cuanto me dijeron, ¿cómo está?
-Los sanadores le están haciendo algunas preguntas, según lo que dice Silmarien, esto nunca le había ocurrido, y los sanadores no encontraron nada malo en ella, es como si solo hubiera estado durmiendo- Ereinion alcanzó a ver a la dama que aún seguía recostada en la cama, algo notó en ella, algo que en el momento no pudo discernir.
-La dama está completamente lúcida, y tan fuerte como siempre, como si nada hubiera ocurrido- dijo Narie, la jefa de la Casa de la Salud, desconcertada- pueden pasar a verla si gustan.
Ereinion caminó detrás de Tar-Minastir hacia la alcoba principal.
-Hermana, nuestro anfitrión ha venido a verte- dijo Tar- Minastir con un toque de sutileza que solo demostraba el aprecio que sentía por la dama. Silmarien miró a Ereinion, el rostro serio del Rey mostraba signos de preocupación y al mismo tiempo alivio.
-Le agradezco todas las atenciones, mi Señor, difícilmente me hubieran tratado mejor en otro lugar- Ereinion sonrió al tiempo que asentía con su cabeza.
-Entonces, ¿sigue en pie su invitación de pasar un tiempo en Lindon?- bromeó Tar-Minastir.
-Ahora más que nunca- dijo Ereinion.
Dos meses ya habían pasado desde que Tar-Minastir se embarcara con todos sus hombres hacia el Sur de la Tierra Media. Había prometido volver antes de que el crudo invierno dificultara su regreso a Numenor. Mientras tanto en Mithlond el verano se abría paso en el mundo a través de la brisa que empujaba las olas que llegaban como espuma a la orilla de Lindon. Una figura irrumpió en el paisaje, los cabellos dorados eran llevados por el viento a su antojo mientras el elfo se fijaba en el objetivo de su carrera.
-Señor Glorfindel, ¡eso es trampa!- gritó Eurien.
-Pensé que Aranisse ya había soltado el pañuelo- gruñía el caballero regresando a su posición en la línea de partida dibujada sobre la arena.
-Ni quien te crea Glorfindel, un Eldar con problemas de visión, eso déjaselo a los Edain.
-Hey Gildor! ¡Te escuché!- replicó Silmarien
-Sin afán de ofender- dijo Gildor encogiéndose de hombros.
-¿Ya están listos? En sus marcas, listos, ¡fuera!- gritó Aranisse dejando caer el pañuelo desde su níveo brazo elevado cual mástil. Los dos fornidos Eldar pasaron velozmente a cada lado de la dama haciendo revolotear sus ligeros vestidos de algodón.
-Te apuesto a que gana Gildor- decía Valadhiel.
-Ya se le adelantó Glorfindel- decía Kherion. Los presentes observaban a los competidores ansiosos, el objetivo del juego era llegar al otro lado, tomar la pelota de playa antes que el otro y regresar con ella a la meta.
-¡Glorfindel ganó la pelota!
-¡Ahí vienen! ¡No Gildor!- gritó Kherion llevándose las manos a la cabeza al ver como Gildor tacleaba a Glorfindel y lo tiraba a la arena quitándole la pelota. Gildor se puso de pie de inmediato y corrió el poco tramo que le quedaba para llegar a la meta.
-Y es así como reclamo mi premio- dijo Gildor y sin parar su carrera tomó a Silmarien y se la puso al hombro como si de un costal de tratara.
-¡Gildor bájame!
-Glorfindel dijo que tú eras el premio así que ¡vámonos!
-Bájala Gildor, vas a hacer que alguien te meta un golpe, ¡por no mencionar al Rey!- le gritaba Euriel corriendo tras de ellos en un intento fallido de rescatar a su amiga.
-Has algo Glorfindel- Valadhiel le metió un codazo al Señor de la Casa de la Flor Dorada que hasta entonces se encontraba divertido observando la escena.
-¿Que tiene que ver con todo esto el Rey?- inquirió Aranisse frunciendo el ceño.
-¡Te dije que me bajaras!- dijo Silmarien arremetiendo un golpe en las costillas de Gildor que soltó un grito de dolor. Las damas vieron horrorizadas como los dos rodaban por la arena hacia la orilla y una ola los empapaba, mientras los caballeros disfrutaban de la comicidad de la escena.
-¡Silamarien, ¿estás bien?!- Euriel corrió a ayudar a Silmarien.
-¡Auch!, eso creo- dijo poniéndose de pie. Los vestidos de ligero algodón se encontraban empapados y una manga se le había rasgado dejando ver parte de su hombro.
-Vamos a que te cambies y arregles esos cabellos alborotados- Euriel le tendió la mano a su amiga y se alejaron con rumbo a la ciudad.
-Ayúdame a levantarme- mustió Gildor.
-Creo que el roll de damisela en peligro ha cambiado- rio Glorfindel tendiéndole una mano.
-No te rías- decía Gildor conteniendo una mueca de dolor mientras posaba una mano en su costado.
Elrond y Ereinion se encontraban en uno de los patios centrales de palacio entrenando. El Rey arremetía con el filoso metal al caballero mientras en un movimiento defensivo Elrond giraba sobre sí mismo y frenada el golpe con su escudo y se preparaba para atacar.
-¡Vamos Ereinion! ¿Cómo vas a impresionar a las damas de la corte con esas estocadas tan débiles?- Elrond se burlaba al tiempo que esquivaba un golpe del Rey.
-Créeme que no me estas motivando, contraer matrimonio no está en mis planes inmediatos- Ereinion rodó sobre su costado antes de que la espada de Elrond se enterrara donde antes había estado su cuerpo- No te lo tomes tan en serio Elrond, estamos divirtiéndonos.
-Ya sabía que te ibas a mover, no pensaba en dejar a los Noldor sin Rey y menos sabiendo que no tiene herederos.
-Si claro- dijo Ereinion empujando con su escudo a Elrond que casi pierde el equilibrio y termina en el suelo. En ese momento vio dos figuras pasando apresuradas por el pasillo del costado al patio, y lo último que supo es que estaba en el suelo gracias a un fuerte golpe que Elrond le había propinado con su escudo.
-Andas muy distraído- dijo Elrond ayudando a ponerse de pie a Ereinion- Mira son las Damas Silmarien y Euriel, ¡Aiya damas, ¿A dónde se dirigen con tanta prisa?!
-Por Eru, ¿qué es lo que ha pasado?- dijo Ereinion sorprendido al ver a Silmarien empapada de pies a cabeza, sus cabellos azabaches destilando agua y por si fuera poco la manga de su vestido rasgada.
-Es una larga historia, dejémoslo en que Gildor a veces se comporta como un niño- dijo Euriel.
-Parece como si la hubieran atacado dama Silmarien- dijo Elrond.
-Digamos que fue mutuo, Señor Elrond- dijo Silmarien. Sintió la mirada del Rey que la observaba consternado y en ese momento se percató de como su vestido empapado se ceñía a su cuerpo, una incómoda sensación de pudor se apoderó de ella.
-Dama Silmarien, después del susto que pasamos hace unos meses no debería de ponerse en ese tipo de peligros- comentó severamente Ereinion.
-Déjame decirte, Ereinion, que la dama en cuestión no estuvo en ningún momento en peligro- dijo Glorfindel acercándose a ellos a toda prisa- Acabo de dejar al pobre Gildor en la Casa de la Salud con una costilla rota.
-Silmarien le advirtió que la bajara y no hiso caso- espetó Euriel.
-Con su permiso, necesito cambiarme las ropas- Dijo Silmarien haciendo una reverencia al Rey y los caballeros antes de proseguir su camino.
-Pobre Gildor, jamás pensó que la dama tuviera tanta fuerza- dijo Glorfindel.
-Por lo menos va a aprender a no volver a molestarla- dijo Elrond.
-Conociendo a Gildor no creo que aprenda nada- dijo Ereinion- Glorfindel no quiero que esto se repita, quiero entregar a la dama a su hermano en una sola pieza.
-O será que no quieres que otro caballero se le vuelva a acercar- Ereinion casi fulmina con la mirada a Glorfindel antes de retirarse a quien sabe dónde, pero si lejos de los dos caballeros. Elrond y Glorfindel se lanzaron miradas de complicidad.
Los meses se sucedían unos tras otros y todavía no llegaban noticias del regreso de Tar- Minastir. Silmarien comenzaba a inquietarse porque sabía que el Rey tenía que partir a Imladris en unos días y no quería abusar de su hospitalidad. Esto pasaba por la mente de la dama mientras en un salón de palacio ardía un fuego acogedor, afuera el otoño había llegado y con él los gélidos vientos traídos desde el norte, por lo cual los Noldor de Lindon se reunían en sus casas alrededor del hogar, de igual forma en el palacio del Rey. El hermoso sonido del arpa que Euriel tañía inundaba el ambiente, y su hermosa voz invocaba historias de doncellas elfcas que bailaban bajo las estrellas en tierras que ahora ya no existían, y de vez en cuando Glorfindel compartía algún recuerdo sobre esos tiempos.
-De verdad extraño pasear por la ciudad blanca de Gondolin, sin mencionar los magníficos bailes que organizaba el Rey Turgon, la dama Idril era como una estrella que iluminaba todo a su paso, muchos Señores nobles pidieron su mano pero ella los rechazó.
-Mi hermano fue uno de los pobres rechazados- comentó Euriel.
-Eru tenía otros planes para ella- dijo Glorfindel, su mirada perdida en sus recuerdos.
Silmarien sin despegar la mirada del paisaje que estaba creando en el lienzo que reposaba en su regazo, escuchaba los melancólicos recuerdos de Euriel y Glorfindel, pues ambos habían vivido en Gondolin y conocían la misma alegría como la misma miseria. Mas sus ojos si se atrevían de vez en cuando a lanzar una furtiva mirada a la pareja que se encontraba sentada conversando animadamente frente a ella. Ereinion y la dama Aranisse sostenían una plática más privada, lo poco que alcanzó a escuchar es que la dama lo invitó a cenar a su casa antes de su partida a Imladris, al parecer los padres de ella eran amigos cercanos del Rey, de lo cual ella tomaba ventaja y beneficio. En ese momento aunque fuera una descendiente en línea directa de Elros, hijo de Earendil, la dama más noble de Numenor y hermana del Rey, sentía que todos sus títulos y el más alto linaje entre los mortales, no eran lo suficiente como para arrancar al Rey del costado de Aranisse y acomodarlo cerca de ella. Sacudió su cabeza como para que imaginariamente esos pensamientos cayeran de su mente, lamentablemente uno no puede sacudir al corazón.
La escena se vio interrumpida por uno de los sirvientes de palacio que entró sigilosamente a la sala, este le extendió una charola de plata donde se posaba una carta con el sello de su hermano. Ella la tomó y la comenzó a leer.
-¿Sucede algo Silmarien?- dijo Euriel quien había notado el rostro consternado de la dama.
-Nada grave, solo el inconveniente de que Minastir no podrá dejar las colonias del sur hasta entrada la primavera.
-¿Y cuál es el inconveniente?- inquirió Glorfindel.
-No hay barco que me lleve a Numenor en esta temporada.
-Su hermano ya me lo había hecho saber, su carta debió hárbese demorado ¿Alguna vez ha estado en Imladris?-Inquirió Ereinion.
-No mi Señor, para ser sincera nunca había estado en la Tierra Media.
-¿Cómo es eso posible? Pensé que ser princesa de Numenor tenía sus beneficios- dijo Aranisse en un tono que a Silmarien se le antojaba burlesco.
-Nací el año de la caída de Ost-In- Edhil en plenos Años Oscuros, con Sauron asediando la Tierra Media mi padre nunca nos permitió dejar las costas del reino.
-Siempre olvido los pocos años que has vivido- dijo Aranisse.
-Pocos para ustedes los Eldar, pero un hombre común del Este ya hubiera muerto hace tiempo- dijo Silmarien retomando su dibujo y dando a entender que la conversación había llegado a su fin.
-En ese caso Imaldris le va a sentar de maravilla- Silmarien reparó en Ereinion, su rostro sostenía una leve sonrisa.
-Gracias Señor, prometo no ser una carga- Silmarien le sonrió, mientras a Aranisse parecía que le había caído un balde de agua helada, pero no dijo más.
