Capítulo 5
El Concilio Blanco
Las huellas del hermoso caballo elfico apenas eran visibles a los ojos comunes, su sigiloso andar era difícilmente advertido por los animales que habitaban los alrededores, a esas horas el alba clareaba en el cielo y el bosque que se cernía en las inmediaciones estaba todavía en penumbra, el camino era solo iluminado por la luz que su propio cuerpo manaba, la cual lo hacía parecer una visión de los Reyes de los Días Antiguos. Ereinion había salido por cuenta propia a recorrer parte del camino que los llevaba a Imladris, necesitaba cerciorarse de que no se encontrarían con alimañas relegadas de Sauron. Al saber que ciertas damas de la corte los acompañarían en su viaje, envió a Elrond con varios de sus hombres a que se adelantaran y limpiaran la ruta de presencias indeseadas. Su recorrido lo llevó hasta una hilera de colinas, de la cuales la más pronunciada era llamada Amon Sul, la Cima de los Vientos, este era un cruce de rutas comerciales ajetreada en los años anteriores a los Años Oscuros, los Noldor de Eregion la utilizaban para hacer llegar a Lindon sus mercancías, en su mayoría de índole metalúrgica.
Ereinion se detuvo a admirar como la cima de Amon Sul era tocada por los primeros rayos de Sol, y ante sus ojos estupefactos, una alta y terrible torre se levantó donde segundos antes no había nada, incrédulo la contempló con asombro al darse cuenta que por su estilo arquitectónico no podría ser obra de nadie más que de los Numenoreanos. Su visión se adelantó en el tiempo. Un Hombre de cabellos que alguna vez fueron oscuros, se erguía alto y orgulloso en uno de los balcones de la torre, en su cabeza descansaba una corona alada y en la coraza de su armadura el Árbol Blanco se desplegaba a sus anchas. Los cuernos de guerra sacudieron la tierra, el sonido le era tan familiar que lo hiso temblar desde la medula espinal, y al seguir la mirada de este rey misterioso se giró sobre su montura para encontrar a un ejército de elfos que se extendía hasta allá donde comienza el cielo, liderando al basto ejército se encontró a el mismo portando su real armadura, herencia de su padre Fingon, en su frente brillaba su corona como Rey Supremo de los Noldor, y a su lado miró con estupefacción lo que al principio le pareció una hermosa y terrible guerrera elfica, pero cuando fijó su atención a su rostro, el sombro lo dejó inmóvil, era la dama Silmarien, su frente blanca se ceñía con la corona de Lindon.
Su caballo relinchó y lo hiso caer del mismo, haciéndolo despertar de la enigmante visión. Apenas la hierba y el suelo húmedo sobre su espalda lo hiso volver a la realidad. Se sentía mareado, la visión había consumido parte de sus fuerzas, y con un gran impulso logró volver a su montura para dirigirse al campamento con la comitiva.
Los hombres ya se encontraban en movimiento cuando llegó al campamento, desmontó y ofreció las riendas a un caballero que lo esperaba.
-Kherion, ¿Están todos listos?
-Así es Señor, estábamos esperando su regreso.
-Empiecen a recoger todo- dijo al momento que abría la tienda donde había pasado la noche.
Una hoguera ardía en el centro de la tienda. Se dejó caer en una de las mullidas pieles que le habían servido de cama y cerró sus ojos, su mente agotada por el despliegue de poder repetía una y otra vez la visión, hasta que la voz de Glorfindel lo hiso volver.
-Ereinion, estamos listos.
-Solo estaba descansado un poco- dijo incorporándose y pasándose una mano por la cara- ¿Las damas ya están prestas a partir?
-Están esperando justo afuera junto con Cirdan - dijo Glorfindel percibiendo que algo no estaba del todo bien con el Rey -¿Hay algo que quieras contarme?
-Es algo que necesito consultar con la Dama Galadriel.
-Está bien, entre ustedes se entienden, poseen el mismo poder, yo no sé qué haría si tuviera esa virtud.
-Créeme, a veces yo tampoco se.
Dos sirvientes ya estaban prestos a desmontar la tienda del Rey cuando los caballeros salieron de ella y subieron a sus monturas para reunirse con el resto de la comitiva. El grupo de Eldar con la Dama Silmarien se encontraba a un costado del camino cuando se incorporaron Glorfindel y Ereinion.
-Alassea Ree Ereinion (Buenos días, Ereinion)- saludó Cirdan- ¿encontraste algo interesante en el camino?
-Alassea Ree- Saludó Ereinion a las damas y la comitiva en general- nada que nos complique el viaje, Elrond ha hecho muy buen trabajo.
Ereinion miró furtivamente a la hermana de Tar-Minastir, su rostro era tan parecido y diferente al de su visión, sus ojos no brillaban como lo recordaba, y ahora le parecía incluso más pálida que la primera vez que la vio.
El camino se mostró benevolente con la comitiva de Eldar, las dos semanas que los separaban de Imladris fluyó como el agua de un rio. El viaje que le habría parecido monótono a Ereinion se había convertido en lo que se le antojaba un paseo dominical, entre risas y buenos momentos, parándose a acampar o tomar los aperitivos como si de un pic nic se tratara. Su visión no volvió a molestarlo en esos días, pero el recuerdo seguía latente en su memoria.
Al finalizar la tercera semana de su viaje, Imladris apareció tras el velo de la neblina matinal, y se desplegó ante los ojos de Silmarien como una hermosa casa esculpida en las laderas de la montaña con incontables patios y terrazas que se sucedían entre cascadas que salían de las paredes rocosas. El rio Bruinen corría abundantemente en el lejano fondo del cañón en el que se situaba Imladris, estratégicamente oculta en los páramos y colinas de las Montañas Nubladas. Un estrecho puente donde era solamente posible pasar en línea, separaba la casa del resto de tierra, una táctica contra cualquiera que quisiera invadir Imladris, pensó Silmarien, no podrían llegar hasta la hermosa casa a menos que se cruzara uno por uno, haciendo más cómodo para los arqueros elficos acabar con el enemigo. Una terraza arcada llena de árboles se sucedía al puente, y en la misma un elfo de cabellos castaños ya los esperaba para darles la bienvenida a los viajeros.
-Maara Tulde!
-Aiya Lindir- saludó Glorfindel.
-Llegan justo a tiempo, esperábamos que nevara hasta mañana - dijo Lindir viendo como los primeros copos de nieve revoloteaban en el aire.
A una orden de Lindir, un séquito de elfos se acercó a ayudar a desmontar a las damas y llevar los caballos a los establos, mientras Lindir fungía como guía en la hermosa casa. Habían llegado en las puertas del invierno y hace días que el frio le calaba en los huesos a Silmarien, quien no poseía la fuerza para soportar tan bajas temperaturas de los Eldar, pero nada había dicho al respecto para evitar preocupación alguna, así que la casa se presentaba ante ella como un verdadero refugio.
-¿Donde esta Elrond?- inquirió Ereinion
-El Señor Elrond esta justamente esperándolos para merendar después de que hayan descansado y cambiado sus ropas de viaje. Cabe mencionar que la Dama Galadriel está esperando con él.
Un sirviente acompañó a las damas a sus respectivas habitaciones, mientras que los caballeros, el Rey y Cirdan se dirigieron a otra ala de la casa. Silmarien no podía ocultar el asombro ante la belleza del lugar, era un recinto magnífico y acogedor al mismo tiempo. Ya en su habitación Silmarien cambió sus ropas de viaje por un vestido de terciopelo plateado de mangas anchas, y colocó en sus oscuros cabellos un broche de perlas, regalo de los Elfos de Tol Eressea, que en ese tiempo, aun eran amigos de los Dunedain y tenían buenas relaciones comerciales. Un sirviente llamó a su puerta para escoltarla al recinto del gran comedor de maderas preciosas. Euriel ya estaba ahí conversando con Lindir junto al fuego y otros dos elfos los acompañaban.
-Silmarien, Lindir acaba de proponer un concurso de canciones- dijo Euriel animadamente.
-Nos encantaría escuchar alguna historia de Elenna, la verdad es que no se escuchan muchas historias de Numenor en estas paredes, a parte de las que cuenta el Señor Elrond- secundó Lindir.
-No creo que las canciones de Numenor compitan con las bellas canciones de los Elfos- dijo Silmarien tomando asiento en uno de los taburetes situados junto a la chimenea.
-No seas aguafiestas- le reclamó su amiga.
-Está bien, pensare en alguna pero pido ser la última en cantar.
-Hecho.
El sonido de las arpas y flautas invadió la habitación y la voz de Lindir se elevó clara y solemne en el espacio. Su canción narraba la historia de una viajero que llego una mañana de invierno a las tierras de Dorthonion y se encontró con los Señores de esas tierras, quienes le invitaron a pasar a sus palacios a comer y beber de sus copas. La canción llegaba a su fin cuando dos presencias luminosas entraban en la habitación, una tomado la mano de la otra cortésmente.
-Dama Galadriel, Ereinion- dijo Elrond haciendo una reverencia e invitándolos a pasar.
Silmarien no había conocido tanta belleza en una persona en su vida, La Dama Galadriel era tan pálida y sin embargo tan luminosa como una estrella, sus profundos ojos azules parecían posos en los que fácilmente podías hundirte, y era muy difícil sostenerle la mirada por mucho tiempo si estos ojos se posaban en los tuyos. Una bella corona se posaba sobre sus cabellos dorados, los cuales parecían haber atrapado entre sus hebras la luz de Earendil, la estrella más amada de los Eldar. Elrond presentó a cada uno ante la Dama, la cual se limitó a sonreír amablemente.
-Ella es la dama Silmarien de Numenor- continuó Elrond.
-Aiya hija de Isilmo- saludó la Dama Blanca, Silmarien sonrió e hiso una reverencia- Su hermano hiso lo correcto en dejarla vivir con los Eldar por un tiempo.
-Estoy muy agradecida con la hospitalidad de su Majestad Gil Galad, me he sentido como en mi casa.
-Estoy segura que Ereinion ha puesto todos sus esfuerzos para hacerla sentir cómoda- dijo la Dama Blanca sonriendo al ver el rostro de Ereinion- Un rasgo característico que heredó de su padre.
Todos tomaron sus correspondientes asientos en la larga mesa del comedor y la merienda se presentó como un momento agradable, como el regalo después de haber cumplido un viaje largo. Las arpas seguían entonando su melodía y las conversaciones se volvieron amenas, por un lado la Dama Blanca conversaba con Ereinion, Elrond y Glorfindel daba sus opiniones de vez en cuando, mientras Silmarien, Euriel y Lindir seguían con sus historias y canciones. Silmarien en verdad se sentía cómoda entre aquellos señores y damas de los Eldar, en muy poco tiempo ya habían apartado cada quien un lugar en ella, en especial El Rey Supremo de los Noldor, por muy por encima que lo viera, como una estrella que se contempla y se le anhela cada noche.
Después de terminada la merienda Ereinion condujo a la Dama Blanca a un lugar alejado del resto, el lujar era una hermosa terraza hacia el ala sur de Imladris, una cascada caía a lo lejos y el rumor del agua golpeando el fondo rocoso del rio subía hasta ella, dando un aire relajante al lugar.
-Estas más misterioso que de costumbre Ereinion, que traes entre manos?- dijo la Dama Blanca.
-Quería consultarte algo- Ereinion miro a una doncella que pasaba despistada y prosiguió cuando se hubo retirado- son unas visiones que me han acosado desde que…
-desde que cierta Dama llego a Lindon- completo la Dama.
-¿Te has metido en mi mente?- acusó Ereinion.
-No, nunca lo hago sin consentimiento, pero tu mente lo está gritando, es inevitable percibirlo.
-¿Tan obvio soy? Pensé haberlo ocultado bien.
-Lo que pasa es que te conozco demasiado bien para que puedas disimularlo conmigo, pero si me permites entrar en tu mente podré entender mejor tus visiones.
-Está bien.
Galadriel desplego su poder y entro a la mente de Ereinion, presencio sus visiones como si ella misma formara parte del escenario. La imagen de la Dama Silmarien vestida con armadura elfica llamando a Ereinion y a su alrededor los pantanos interminables, súbitamente la visión cambio de escenario, una torre se erguía sobre la Colina de los Vientos y un hombre con corona alada recibía a un ejército de Eldar que se acercaba con el sonido de los cuernos, a la delantera, Ereinion con su reluciente armadura y montado sobre su impresionante montura, y cabalgando a su lado, con la misma armadura elfica de la visión anterior se encontraba la dama numenoreana, pero ahora sobre su frente descansaba la corona de Lindon. De pronto todo se oscureció y por poco pierde el equilibrio de no haber sido que Ereinion estaba ahí para sostenerla. El desconcierto se apodero del rostro de la Dama Blanca, miro a Ereinion quien a su vez la miraba seriamente.
-pudiste ver su corona?- inquirió el Rey.
-Si.
-Crees que esto sea real?
-Si… Desgraciadamente aunque poseamos este don, no se nos permite cambiar el destino, es imposible, solo se nos ha permitido dar un vistazo al futuro para estar preparados a lo que vendrá- Galadriel miro a Ereinion que había tomado asiento pensativo aun lado de ella- Ereinion, nadie tiene el poder de otorgar la corona de Lindon mas que tú.
-Lo se…
-Adivino que es una de las cosas que más te inquietan de estas visiones, ¿querías mi opinión verdad?
-Eres la persona más cercana que tengo, mi única familia, claro que necesito de tu opinión en muchas cosas, y más en decisiones tan difíciles.
-Solo puedo decirte que no sería la primera unión entre primeros y segundos nacidos, y grandes cosas se han realizado gracias a ese nexo. No puedo imaginarme que cosas maravillosas nacerían de la unión entre el Rey Supremo de los Noldor y de la Dama más noble entre los mortales.
-Ese es el punto, ella es mortal- Ereinion llego al centro de su preocupación más intensa desde hace unos meses y abrió su corazón a la Dama Blanca como antes había abierto su mente- Su vida aunque más larga que la de los humanos comunes se consumirá en un suspiro, y yo no creo estar preparado para una perdida tan grande. La quiero, te lo debo confesar, pero no imagino el dolor tan grande que me causaría un día encontrarme sin ella, después de haberle entregado todo lo que soy y haberla amado.
Galadriel miro al hijo de su primo como si fuera su propio hijo, como si fuera aquel muchacho que había conocido en Arvenien y sin tener la experiencia y siquiera la plenitud de su edad, el destino había puesto sobre su cabeza la pesada corona de los Noldor. Ese muchacho aún vivía en aquel Elfo poderoso que todo mundo conocía, solo que ella lo miraba como en verdad era.
-Ereinion, no hay nada más doloroso que un amor reprimido y negado, ella de igual forma dejara este mundo, pero tú puedes hacer de ese tiempo que se les ha otorgado el mejor de su vida y de la tuya.
Los días pasaron tranquilos en Imladris, sus habitantes se juntaban alrededor del fuego de las estancias mientras fuera la nieve caía constantemente, el invierno había llegado triunfante y hermoso portando su manto blanco para cubrir el mundo. A lo lejos las flautas y arpas elevaban su melodía, mientras en ese momento, en la estancia más apartada de la casa, La Dama Blanca había convocado a una reunión, y alrededor de una mesa ovalada, Ereinion, Cirdan y Elrond se miraban severos a la luminosa presencia de la Dama mientras hablaba, Celeborn, el esposo de Galadriel se encontraba sentado junto a ella.
-Les he pedido que hoy nos reunamos para discutir asuntos que en un futuro, me temo no muy lejano, podrían hacer la diferencia para cada uno de nuestros súbditos, incluso para nosotros mismos. Sé que ya se imaginan de quien hablaremos.
-Sauron- dijo Cirdan, Galadriel asintió su dorada cabeza.
-La primera vez nos tomó desprevenidos, nos engañó para ganar nuestra confianza y ganar poder entre nuestro pueblo, enveneno la mente de Celebrimbor para poder deshacerse de mí y de Celeborn y poder llevar a cabo su plan sin nuestros ojos vigilándolo, nuestro error tuvo caras consecuencias, Eregion cayo y muy pocos Eldar sobrevivieron, nuestro pueblo fue masacrado y disminuido, no podemos dejar que esto pase de nuevo- dijo la Dama con un dejo de dolor en su voz.
-Este es el momento más apropiado para fortalecernos, gracias a la ayuda que prestaron los numenoreanos se destruyó por completo el ejército de Sauron, pero no se quedara conforme, es probable que ponga su ojos también en Numenor, Sauron no olvida y no perdona- comento Elrond.
- Solo la unión de los primeros y segundos nacidos podrá contra restar el poder de Sauron, debemos de reforzar nuestros lazos con Numenor, Ereinion- dijo Cirdan, el Rey supremo de los Noldor solo sintió el rose de una mirada turquesa.
-Hubiera sido de lo más apropiado que Tar- Minastir estuviera aquí- comento Celeborn- se rumora que Sauron ha dado anillos también a los hombres, pero no ha habido forma de comprobarlo, no sabemos ni cuantos ni a quienes.
-Tenemos que consultarlo con Minastir, si esto es verdad, Sauron dará esos anillos a los hombres que crea que le servirán de algo, y corromperá a los más poderosos, Numenor es la cuna de los hombres más poderosos que caminan sobre la Tierra- dijo Galadriel severamente.
-Hablando de anillos, es mejor tenerlos ocultos y no usarlos- dijo Ereinion poniendo sobre la mesa de madera los dos anillos que Celebrimbor le había entregado, Vilvya y Narya, los presentes clavaron sus ojos en las magníficas piezas- Es una lástima que no podamos usarlos, pero es lo mejor, Sauron no tiene la completa certeza de la ubicación de Lothlorien e Imladris, desafortunadamente Lindon ya figura en su mapa, es por eso que quiero ceder Vilvya- Ereinion extiende el anillo hacia Elrond quien lo mira desconcertado.
-¿A mí?
-¿Porque no? Eres el Señor de Imladris, sé que hago bien en dártelo, tener dos de los tres Anillos de Poder en mi posesión, cuando Sauron ya se atrevió a invadir Lindon, no me parece la idea más sensata- dijo Ereinion.
-Estoy de acuerdo con Ereinion- dijo Cirdan.
Elrond tomó dubitativo el anillo en sus manos y lo examinó antes de volver su mirada a Ereinion, no pudo evitar sentir como si el Rey de alguna forma estuviera deshaciéndose de sus pertenencias como en una forma de despedida, pero solo fue un sentimiento fugaz que solo duró unos segundos.
-Elrond, hijo de Earendil, un día este anillo te ayudara a preservar a nuestro pueblo, cuando seamos libres de utilizarlos- dijo Galadriel y volviendo su mirada turquesa a Ereinion creyó ver de pronto como una estrella caía precipitosamente del cielo nocturno, un sentimiento de pérdida la inundo de pronto.
