Capítulo 7
Entre sus brazos estoy a salvo
La luna se observaba nítida y palpable, como si estuviera al alcance de la mano contemplada a través del lente del potente telescopio. Era una noche hermosa sin nubes, las estrellas brillaban más que nunca en el cielo limpio, era el tiempo perfecto para poder observar los astros, así que Bartar, el astrónomo de Imladris, había invitado a las doncellas a su observatorio, que se situaba en la torre más alta de la casa.
-Es maravilloso- decía Euriel quien no podía apartarse del lente- casi puedo tocar las estrellas.
-De hecho, si lo mueves un poco a la derecha y hacia arriba- decía Bartar modificando la posición del telescopio- podrás ver a Earendil sobre Vingilot saludándote.
Erueil lo miró sorprendida y acabó lanzando una carcajada al caer en cuenta de la broma del jovial astrónomo.
-No lo dudo, debe de estar muy orgulloso de su creación, Silmarien acércate y observa- invitó la rubia doncella a la dama numenoreana que se encontraba escudriñando un mapa de constelaciones a la luz de una vela.
-¿Dónde puedo encontrar esta formación de estrellas?- preguntó Silmarien al Astrónomo, quien hiso las modificaciones adecuadas al telescopio según las coordenadas que marcaba el mapa.
-Muy buena elección de mapa, este es una reliquia incluso para los Eldar, data de los primeros años de Numenor, supongo que no fue una coincidencia que se topara con el- dijo Bartar sonriendo.
-Mi hermano me había mencionado que tenían un gran repertorio de obras literarias numenoreanas en Imladris, entre otras cosas ese mapa de constelaciones- explicaba Silmarien observando a través del telescopio.
-El Señor Elrond es un gran aficionado a todo lo que tenga que ver con Numenor, de hecho hay alguna que otra cosa que podría resultarle interesante- dijo como tratando de recordar algo- espérenme aquí, en un momento lo traigo.
Dicho esto el astrónomo desapareció por una puerta que llevaba a una escalera de piedra en forma de caracol que descendía a una planta inferior, probablemente la cámara de archivos de Bartar. Silmarien se vio atraída por la mirada esmeralda de Euriel, que la observaba dubitativa.
-¿Que te ocurre?- dijo Silmarien sonriendo ante la extraña expresión de su amiga.
-A mi nada…
-¿Segura? Tienes cara de que quieres escupir algo y no te atreves, ¿noticias de algún caballero?- Silmarien decía mientras ajustaba de nuevo el telescopio.
-Pues sí, si es noticia de un caballero, pero no el que tú crees- dijo Euriel sabiendo que Silmarien se había referido a Kherion. Euriel guardó silencio y empezó a hojear un libro, todavía debatiéndose entre soltar todo o abstenerse.
-¿Y bien?- dijo Silmarien enarcando una ceja.
-Está bien, te lo diré solo porque me estoy quemando, además estoy segura de que no le dirás a nadie.
- ¿De qué se trata? Me estas preocupando.
La rubia doncella jaló una silla y la situó a un lado de Silmarien, después miró a la puerta donde había desaparecido Bartar y después a la puerta que daba al pasillo. Todo el misterio de la forma de actuar de Euriel terminó por incrementar la curiosidad de Silmarien.
-Escuché accidentalmente la conversación de dos nobles, nobilísimos caballeros- decía Euriel mordiéndose los labios.
-¿de quienes estamos hablando?
-El Señor Elrond y Gil Galad- dijo casi en un susurro y mirando hacia la puerta que escondía la escalera de caracol. SIlmarien sintió una punzada en el estómago y la sonrisa se le borró del rostro.
-¿ah sí? ¿Y cómo es que fue accidentalmente?- Silmarien ya había tomado una postura más severa, esa punzada de curiosidad en el estómago le molestaba, y había hecho que su corazón se acelerara.
-Bueno, es que fue cuando jugábamos a las escondidas, ya te imaginaras como pasó. Pero el punto no es ese, Gil Galad le estaba haciendo unas confidencias al Sr. Elrond…
-Ya termina de una vez, ¡me tienes muriéndome de la curiosidad!- Euriel rio y prosiguió.
-Está bien, en pocas palabras, Gil Galad tiene la intención de contraer matrimonio con cierta dama, no mencionó su nombre pero tengo idea de quien pueda ser- dijo pensativa.
-¿A quién tienes en mente?- Silmarien que había sentido como si el piso se hubiera sacudido, luchaba contra cualquier sentimiento que pudiera salir a la luz a través de su semblante, y la fingida indiferencia era su débil escudo.
-Por favor, ¿que no es obvio?- dijo Euriel como si se tratara de la cosa más simple del mundo, la dama numenoreana se limitó a negar con la cabeza- Aranisse.
Silmarien desvió la mirada de su amiga y pretendió poner su atención al mapa de constelaciones que tenía en sus manos, no se atrevía a hablar, de todas formas el nudo que se había formado en su garganta no se lo permitiría. Tomo aire lentamente y trató de guardar la compostura.
-¿Pero qué es lo que te hace pensar en eso? ¿No crees que si se tratara de ella la hubiera invitado a Imladris?- dijo por fin.
-Bueno, es que Gil Galad le comentó al Sr. Elrond que le diría a esta doncella misteriosa de sus intenciones cuando regresara, que yo me imagino que se refería de este viaje- Silmarien sentía que no podría escuchar una palabra más sin dejar entrever lo que en ese momento estaba sintiendo, pero Euriel prosiguió con sus conjeturas- Siempre hace una cena de bienvenida cada vez que regresa de un viaje, e invita a los nobles más allegados de Lindon. Recuerda que Gil Galad conoce bastante bien a la familia de Aranisse, tal vez aprovechara la cena para tenerlos reunidos y anunciar el compromiso.
-¿Pero qué es lo que tiene de relevante? Los reyes se casan y tienen decencia, tarde o temprano tendría que pasar- dijo Silmarien, como diciéndolo para sí misma, usando sus propias palabras como un vano consuelo.
- Supongo que tienes razón, pero ¿no es emocionante? Vamos a tener boda en palacio muy pronto- decía Euriel entusiasmada.
-Yo volveré a Numenor en cuanto regrese a Lindon, mi hermano ha arreglado todo para estar de vuelta en esos días según me lo dijo en su última carta, no creo que tengamos el placer de asistir- decía secamente esta vez sin reparar en el amargado tono de voz que había utilizado. Por primera vez en su vida experimentaba celos, tan apasionados que sintió como ardían por dentro de su pecho como una flama que poseía vida propia- además, no creo que la noble dama Aranisse hija de Ecthelion de la Fuente se moleste en invitar a dos pobres mortales a su magnífica boda con el Rey Supremo de los Noldor.
-Especialmente porque tu hermano no es el Rey de Numenor y amigo del Rey, ¿no?- decía Euriel sarcásticamente, especialmente extrañada por la reacción hostil de Silmarien- ¿qué es lo que te pasa? ¿Te molesto algo que dije?
-No, claro que no…- dijo sacudiendo su cabeza en una negación. Pronto Silmarien se sintió avergonzada por la forma en que le había contestado a su amiga, después de todo ella no sabía que es lo que se revolvía en su cabeza y en su corazón, sus intenciones no habían sido herirla. Suspiro unos segundos y la llama de los celos se mitigo un poco- Necesito tomar un poco de aire, hemos estado encerradas aquí varias horas, dile a Bartar que en seguida regreso.
Euriel observó como la dama numenoreana salía por la puerta, y por primera vez un ápice de lo que estaba sucediendo en el corazón de Silmarien asomó a la conciencia de la rubia doncella e inmediatamente se arrepintió de todo lo que había dicho. Después de pensar un rato decidió salir tras ella.
-Batallé en encontrar estos pergaminos pero ¡aquí están! No sabía que había tantos archivados, me tuve que echar un clavado para poder encontrarlos…- Bartar miró por encima de la pila de papeles y libros que cargaba trabajosamente solo para encontrarse con una sala vacía.
Silmarien caminaba apresuradamente por los pasillos sin fijarse muy bien a donde se dirigía, en su mente solo se repetían las palabras de Euriel y era como si una abertura se deslizara poco a poco desde el centro de su corazón hacia fuera, y el dolor agudo le hacía respirar trabajosamente. Sus ojos le ardían a causa de la batalla contra sus lágrimas a ser derramadas. De pronto chocó con algo y por poco cae al suelo de no ser por la fuerte mano que la sostuvo por el brazo.
-Discúlpeme dama Silmarien- decía un joven Elda de cabellos rojizos- no la vi por las prisas, ¿se encuentran bien?
-No te preocupes, no me estaba fijando por donde iba- Silmarien escuchó un alboroto al final del pasillo que la hiso desviar su atención del joven Elda- ¿qué está pasando?
-Al parecer los caballeros han regresado de la cacería.
-Nadie los esperaba hasta mañana.
-Así es, algo los ha de haber hecho cambiar de opinión, si me disculpa- dijo el joven haciendo una reverencia y alejándose por el pasillo en sentido contrario a Silmarien.
Silmarien tomó el camino opuesto a la entrada de la casa y las caballerizas, no quería toparse con nadie, mucho menos con el Rey de los Noldor y tener que obligarse a fingir que todo estaba bien, que era indiferente a todo lo que a él se refería y que su sola presencia en la habitación no era motivo suficiente para darle sentido a su breve existencia en este mundo. Quería estar sola para pensar y dejar ir todos esos sentimientos que la abrumaban en ese momento, recobrar la compostura y reconstruir la máscara que hasta ahora había lucido.
Siguió su camino sin rumbo por la casa, buscando un rincón apartado. Varios Eldar pasaron apresurados murmurando palabras alarmadas, y cuando entró a una de las salas de la casa observó a Elrond y Glorfindel que llevaban en sus brazos a un caballero inconsciente con las ropas ensangrentadas. Silmarien paró de pronto ante la impresión al reconocer la identidad del convaleciente.
-No… Kherion…- escuchó una voz conocida detrás de ella, volvió su mirada solo para contemplar el rostro estupefacto de Euriel, la hermosa doncella corrió tras ellos.
-Euriel espera!- dijo Silmarien tratando vanamente de detener a su amiga sin tener más remedio que seguirla.
-Señores, la Dama Galadriel los espera en la Sala de Curación- Seremela que había aparecido en la sala daba indicaciones a los caballeros, su rostro no podía ocultar la pena.
-Gracias a Eru por los dones de la Dama Galadriel- dijo Glorfindel.
El grupo entró a una amplia habitación llena de camas y biombos que separaban la una de la otra, donde cuidadosamente colocaron el cuerpo de Kherion. Euriel lo miraba afligida, se inclinó junto a él y acarició el rostro pálido del caballero contraído en una mueca de dolor. Su mirada esmeralda lo recorrió de pies a cabeza, poniendo especial atención a la tela empapada de sangre que le cubría la profunda herida.
-¿Qué fue lo que paso?- preguntó débilmente la doncella sin dejar de mirar a Kherion.
-Una jauría de huargos nos atacó camino a Imladris, los detectamos cerca del rio pero siguieron nuestro aroma y nos alcanzaron a medio camino- explicaba Glorfindel, sus ropas también manchadas por la sangre de su compañero.
-Permíteme Euriel, la herida está sangrando de nuevo- la doncella se hiso a un lado para dejar camino libre a Elrond, quien posaba ambas manos cerca de la herida sin tocarla, una tenue luz azulada manaba de las manos del hijo de Earendil.
-¿Dónde están los demás, Glorfindel?- dijo Silmarien.
-Venían detrás de nosotros, Elrond y yo nos adelantamos para traer a Kherion lo antes posible, pero los perdimos de vista.
Silmarien salió inmediatamente de la sala sin esperar ninguna otra explicación, corrió hacia la entrada de la enorme casa, esquivando aquí y allá caballeros y doncellas, con sus ojos claros sin perder su objetivo al frente, solamente para detener su trote en la arcada que daba la bienvenida a Imladris.
La noche abnegaba al mundo, y solo los faroles a cada lado del puente estrecho daban indicio de que ahí estaba. Quedó por unos momentos en silencio expectante mirando el puente desde la explanada, pero el viento nocturno no traía a sus oídos el rumor de ningún caballo acercándose. La dama de largos cabellos azabaches se había convertido en una estatua abandonada en medio de la neblina que subía desde el valle, su vestido plateado con el paso de las horas parecía haberse transformado en mármol, pero por más lejanos que sus pensamientos volaban, no habían traído de regreso al caballero que esperaba. Pronto el cielo comenzó a aclararse y un halo de melancolía envolvía el valle del Bruinen bajo el cielo gris. De pronto unos cascos apresurados comenzaron a hacer eco en las paredes de las montañas, Silmarien sintió que los latidos de su corazón iban a la par del tintineo, y cruzando la neblina un corcel tan negro como la noche se acercaba a toda velocidad, pero la preocupación de la dama se acrecentó al comprobar que el caballo no traía ningún jinete. El enorme corcel paró su apresurado trote frente a ella, se veía cansado, probablemente había cabalgado toda la noche sin parar, y sus ojos oscuros eran presas de un temor que transmitió a la dama.
-Roch, ¿dónde has dejado a tu amo?- dijo Silmarien tomándolo de las riendas, el caballo resopló aliviado de estar de nuevo en territorio seguro.
Por su mente pasaba la desesperada idea de salir a todo galope en búsqueda de Ereinion, y guiada por un cegado impulso montó el corcel de un salto. Acarició la crin trenzada de Roch mirando con tentación el puente y cuando iba a comenzar a andar divisó a lo lejos un grupo de jinetes que se acercaban a toda velocidad por el camino cruzando el puente y como un remolino plateado entraron a la explanada arboleada. Los caballeros parecían tan abstraídos en sus propios pensamientos que pocos pusieron atención a la dama cuando bajaron de sus monturas, por último, como una estrella que reaparece tras una nube, divisó a Ereinion montado junto a otro caballero, el Rey bajó del caballo de un salto extrañado al ver a la dama montada en Roch. Silmarien desmontó y se acercó a él esquivando cualquier protocolo.
-¿Estas herido? – fue lo primero que preguntó a Ereinion quien la miraba seriamente. Silmarien no pudo ignorar que las vestiduras del rey se encontraban rasgadas y llenas de tierra y sangre negra, mancillando los hermosos hilos de plata, su cabello oscuro aunque alborotado, no dejaba de enmarcar certeramente el hermoso rostro del Rey.
-No…
Silmarien escudriñó por unos segundos más el estado en que estaba Ereinion cerciorándose de que lo que decía era cierto, y esta vez siguiendo sus impulsos lo abrazó fuertemente hundiendo su rostro en el pecho del Rey. La sorpresa de Ereinion era visible en su rostro que rara vez hacía notar algún tipo de emoción, pero no se liberó de los brazos de los que era voluntariamente preso, en cambio el mismo la rodeó con los suyos y besó su cabeza azabache. Ahora ya se sentía completamente a salvo de cualquier peligro en el mundo, mientras esos níveos y delicados brazos lo rodearan con esa fuerza cada vez que regresara a casa, lo demás podría desmoronarse.
No era que a Silmarien se le hubiera olvidado el hecho de que el Rey pronto pertenecería a otra dama por derecho divino, pero los hechos recientes la habían hecho ver las cosas a través de otro cristal. Cuando vio a Kherion en el estado en que había llegado, y a su amiga sufriendo al tener al bordo de la muerte a la persona que amaba, sintió una empatía hacia ellos que se fortaleció al saber que Ereinion aún seguía afuera, sin tener la certeza de que estuviera herido, luchando por su vida, o inclusive muerto… Ahora ya no le importaba las decisiones del corazón que hubiera tomado el Rey, ya no le importaba si pasaría el resto de su vida con ella u otra persona, siempre que el existiera en este mundo, ella estaría feliz y satisfecha, y así moriría, con el o sin el a su lado, sabiendo que dejaba el mundo, y que este era mejor solo porque Ereinion caminaba en él. Sintió de nuevo sus fuertes brazos rodeándola y empujándola hacia él, y deseó que los Valar le concedieran la dicha de convertirlos en piedra y permanecer las edades del mundo entrelazados como en ese momento se encontraban.
-Estaba preocupada, pensé que algo te había ocurrido- la voz de Silmarien era amortiguada por el pecho de Ereinion- cuando vi a Kherion pensé lo peor…
- No me subestimes, habré vivido uno o dos milenios en la Tierra pero estos brazos no han perdido su fuerza- Silmarien esbozó una leve sonrisa, ya había comenzado a relajar el cuerpo, Ereinion ya estaba a salvo. Sintió el peso de algunas miradas curiosas y liberó de su abrazo al Rey.
-No lo hago, pero no puedo dejar de preocuparme- la dama miró detenidamente el porte poderoso de Ereinion, aun después de haber luchado y pasado la noche en vela, se veía esplendido en sus finas ropas de viaje, era más alto que muchas personas, incluso Noldor y su legendario linaje se hacía ver hasta en su forma de caminar. Ya podía aceptarlo por completo, estaba perdida e irremediablemente enamorada del Rey de los Noldor.
-Podrías conducirme a Kherion?- pidió Ereinion, Silmarien asintió y lo guió a través de los pasillos de Imladris hasta llegar a las Salas de curación.
Fuera de las salas las dos figuras argentinas de la Dama Blanca y su esposo hacían contraste con la dorada figura de Glorfindel, se encontraban conversando entre ellos, y a los ojos mortales de Silmarien se le antojaban visiones de Reyes de otros tiempos, a la dama numenoreana no le dejaba de deleitar la tenue luz que los Eldar manaban, que era todavía más perceptible en aquellos que habían cruzado el gran mar hacía ya tantos años.
-Ereinion, ¿no te dije antes de partir que estuvieran alerta?- dijo la Dama Blanca reparando su mirada de zafiro en el Rey que se acercaba.
-Así es, y gracias a que tus consejos fueron escuchados es que estamos aquí, un día antes de lo que se planeaba- contesto Ereinion.
-¿Por qué te has retrasado tanto? Nos tenías más de una persona en vela.
-No era mi intención preocupar a nadie, pero cuando Glorfindel y Elrond se llevaron a Kherion, dos huargos mas nos atacaron, a esos no los habíamos detectado cuando estábamos en el bosque.
-Lo importante es que ya todos están de regreso y fuera de peligro- pronunció la voz suave del Señor Celeborn.
-¿Cómo esta Kherion?- preguntó Ereinion.
-Estable, si recibió una gran mordida y por poco no la cuenta- dijo Glorfindel.
-¿Será prudente que pase a verlo?
-Un Rey pidiendo permiso- dijo Glorfindel- adelante, Elrond y Euriel están todavía con él, hace unos momentos había recobrado la conciencia.
Silmarien que había permanecido en silencio todo este tiempo, siguió con su mirada gris a Ereinion hasta que desapareció tras la puerta de las Salas de Curación. Sintió que un peso la oprimía de pies a cabeza y volvió su mirada solo para encontrar los profundos ojos de zafiro de la Dama Blanca. Ella le sonreía afablemente, su bello rostro resplandecía como la luna, pero el peso de esa mirada era demasiado para ser sostenida por mucho tiempo y terminó por desviar sus ojos al suelo.
-Silmarien, te ves cansada- comento Glorfindel al reparar en el aspecto de la dama.
-Así me siento, no acostumbro a trasnocharme, es mejor que me retire a mis aposentos, ya puedo dormir tranquila.
Silmarien hiso una reverencia y se alejó por el pasillo que había recorrido en compañía de Ereinion y se dirigió a su habitación, liberada de la mirada de la Dama Blanca que sentía como penetraba en su mente, había sentido su sutil roce y un extraño pudor la invadió, como si estuviera desnuda frente a una multitud, o peor aún, como si esa grave Dama supiera todos sus secretos.
La tarde resplandecía sin nubes de nieve amenazadoras cuando Ereinion entró a la sala del Fuego de Imladris, había tomado un baño caliente y reconfortante para luego cambiar sus ropas sucias de la travesía por un atuendo azul casi plateado, su oscuro cabello caía libre más allá de sus hombros sin ninguna corona que los ciñera. La Dama Blanca se encontraba delicadamente sentada en un mullido sillón con un libro en la mano y su esposo la secundaba a su lado, los dos junto al fuego, un servicio de té se situaba en la pequeña mesa que tenían al lado.
-Ereinion, acompáñanos, el día es hermoso a pesar de su estrepitoso inicio- invitó la Dama. Ereinion miró por el ventanal las nevadas montañas que desfilaban frente a ellos como gigantes de piedra, se tumbó exhausto en un sillón frente a la pareja.
-Pensé que este viaje iba a ser como unas vacaciones después de la guerra pero siempre hay algo que se sale de lo planeado.
-Uno no puede controlar todo aunque se sepa lo que va a pasar, lo digo por experiencia- decía la dama sirviéndole una taza de té a Ereinion y ofreciéndosela- además siempre se corre un riesgo cuando se va de cacería, nos creemos los predadores, pero hay muchas criaturas allá fuera que también salen a casar y nosotros somos su presa.
-Pobre Kherion, le ha tocado la peor parte, aunque corrió con buena suerte dentro de lo que cabe, esto pudo haber terminado peor- comento Celeborn.
-Más buena que mala, no pudo pedir enfermera más dedicada que Euriel, no se le despega - dijo Ereinion- sino hubiera estado presente en el momento en que ese huargo le salto encima, pudiera creer que todo esto es una táctica para terminar de conquistarla.
-Bueno, tú también tienes tus propias tácticas…- dijo enigmáticamente la Dama Blanca con una sonrisa pícara en el rostro, Ereinion la miró con cara de incógnita.
-No sé de qué estás hablando.
-Haré como que no estas fingiendo demencia y en verdad no te das cuenta que traes pendiendo de un hilo a cierta dama- Galadriel disfrutaba molestando al hijo de su primo, y una amplia sonrisa se dibujó al ver como Ereinion se tomaba de un solo trago lo que quedaba en la taza que tenía en la mano.
-Quería hablar con ella pero no la he encontrado por ningún lado.
-Está durmiendo, pero no tarda en despertar- puntualizó Galadriel- tal vez deberías de ir a dar un paseo por el ala norte, estoy segura que ahí hallaras lo que estás buscando.
Ereinion miró en silencio por unos segundos a la Dama Blanca antes de ponerse de pie.
-Con su permiso.
La pareja hizo una pequeña reverencia con la cabeza y miró como Ereinion desaparecía detrás de la puerta.
-¡Ereinion!- la cabeza del Rey reapareció tras la puerta- en unas horas más se servirá la cena, los esperamos en el comedor, tengo la impresión de que les sentará muy bien.
Ereinion asintió y desapareció de nuevo dejando a los Señores de Laurelindorenan solos.
-Pensé que habías jurado no inmiscuirte en las cosas después de lo que paso en Eregion- dijo Celeborn con tono burlón.
-la caída de Ost-In- Edhil me enseñó en que cosas puedo meter mi cuchara y en que otras no.
La sonrisa de la Dama Blanca se vio interrumpida por una sombra que de pronto recorrió su rostro, una oscura visión se apoderó de su mente y la arrebató de esa hermosa tarde en Imladris. Se vio perdida en un lugar inhóspito, el cielo se cubría de un gris impenetrable y en la tierra las ciénagas se sucedían una tras otras gobernando todo el paisaje, solo a lo lejos reconoció dos figuras, la más grande de rodillas al suelo rodeaba el cuerpo de la otra y se inclinaba sobre ella en un inquebrantable abrazo, como si temiera que algo o alguien le fuera arrebatar a esa persona. Y así como llegó, la visión se desvaneció como humo, pero el dejo amargo y la congoja no abandonaron su corazón. Sintió una inmensa pena por Ereinion, pero de eso nada le dijo, haría lo que pudiera para retardar el dolor a su sobrino.
