Capítulo 8

Confesiones

Abrió lentamente sus ojos todavía aletargados por un profundo y largo sueño. El techo adornado con filigrana en forma de ramificaciones se teñía del color naranja del atardecer que entraba por su ventana, que en ese momento no sabía si el sol se ocultaba o nacía como muchas veces sucede después de una siesta vespertina, pero pronto cayó en cuenta de la posición del sol y se sentó en el lecho como un resorte. Había dormido casi todo el día, pero la mullida cama parecía no haberla querido dejar ir y la hundió en el sendero de Lorien más del tiempo que ella esperaba. Retiró las pesadas cobijas y un escalofrío le recorrió el cuerpo, el fuego de la chimenea había ardido durante horas y solo quedaban vestigios de los leños sin atizar.

Una bañera humeante la esperaba en su habitación, alguien la había preparado recientemente como si supieran en que momento iba a despertar para que estuviera en su punto. Dejó caer la fina bata de noche al piso y se introdujo en el líquido burbujeante con aceites esenciales, el delicado olor a lavanda inundó la habitación, Silmarien se relajó y recostó su cabeza hacia atrás en el borde de la bañera de cerámica. Así como su cuerpo se encontraba en el punto máximo de relajación, su mente también se desprendió de la última atadura y liberó todos los pensamientos que había tratado de oprimir incluso para ella misma. El recuerdo tan nítido del tacto del fuerte pecho de Ereinion le arrancó un suspiro, sus brazos fornidos recibiéndola y aprisionándola contra él, eran los recuerdos más recurrentes y que en ese momento no se molestó en negarlos ni desvanecerlos, los disfrutó. Era todo lo que podría hacer, disfrutar de recuerdos.

Cuando sintió que el agua se estaba enfriando, saltó fuera de la bañera, se envolvió en una toalla y comenzó a alistarse. Un sencillo vestido azul con motivos florales dorados en la mangas fue el ganador de esa noche, y en su largo cabello negro, solo brillaba tenuemente el broche de perlas de Tol Eressea. Miró su reflejo en el tocador, pinchó sus mejillas haciendo que se ruborizaran y salió de la habitación.

Había decidido visitar a Kherion a las Salas de Curación, no había tenido oportunidad de hacerlo aquella mañana debido a su delicado estado de salud, y como agregado, su propio estado mental y emocional, recordó lo que Eruriel le había contado en la torre de astronomía y los celos volvieron a recorrerle el cuerpo, afuera el paisaje blanco congelado por la nieve arrebataría a cualquiera un escalofrío, pero Silmarien sentía que con solo mirarlo podría hacer que hasta la misma punta nívea del Caradhras se derritiera.

Llegó ante las puertas de las Salas de Curación, sacudió su cabeza para alejar esos pensamientos y empujó la puerta. En una de las camillas del fondo de la sala Kherion se encontraba sentado, recargado en el respaldo, una mueca de repulsión delataba el sabor de la medicina que tenía en sus manos. El jovial Elda miró con agrado a la dama acercarse cambiando su expresión por una sonrisa, aunque su rostro demostraban el cansancio de todo un día luchando por su vida, estaba pálido y ojeroso, pero vivo al fin de cuentas.

-Silmarien, ¿que te trae por estos lugares tan solitarios?

-Aquí visitando a los amigos, ¿cómo estás?- dijo la dama sentándose en el banco que estaba a un lado de la cama.

-No tan bien como tú, siento como si se me hubiera echado encima un huargo- dijo quejumbrosamente tratando de acomodarse.

-Bueno, al menos estas recuperando tu sentido del humor- sonrió Silmarien- no todos se atreven a burlarse de sus infortunios apenas horas después de que les sucedieran.

-¿De qué hablas?- dijo Kherion con una incógnita en su rostro. Euriel que se había acercado carraspeó la garganta para anunciar su presencia.

-Aiya Silmarien, ¿me puedes ayudar con esto?- dijo ofreciéndole una pila de sabanas dobladas. La dama numenoreana se acercó a ella y tomo las sabanas, y en un susurro Euriel continuó- no recuerda muy bien lo que le paso, cree que se cayó del caballo y se quebró una costilla.

-Pequeño detalle- susurro Silmarien.

-Kherion, iré a la cocina a traerte la cena, ¿se te antoja algo en especial? – dijo Euriel amablemente.

-Lo que sea mientras no sea el puré raro de medio día- Kherion hiso una mueca de disgusto.

-Lo que usted ordene Señor, Silmarien, ¿me acompañas?

-Claro- la dama dejó las sabanas sobre el banco en el que había estado sentada y salió de la estancia con la rubia doncella.

A Silmarien le había parecido extraña la fingida actitud relaja de Euriel, apenas y la miró a los ojos, y en cuanto las puertas de las Salas de Curación estuvieron cerradas tras de sí, la rubia doncella pareció por un momento que se desvanecía, y recargada sobre las mismas puertas varias lagrimas salieron huyendo de sus ojos verdes. Silmarien la abrazó cariñosamente acariciando sus finos cabellos dorados.

-Te juro que por un momento pensé que lo iba a perder- sollozaba la bella doncella- si la Dama Galadriel y el Señor Elrond no hubieran estado aquí, Kherion estuviera sentado en las estancias de Mandos en estos momentos, y no sé qué hubiera sido de mí, ya había perdido mucha sangre cuando lo trajeron.

-Kherion es de los guerreros más fuertes de Lindon, aun con toda la magia de los Elfos, no cualquiera hubiera sobrevivido a esas heridas, va a estar bien dentro de poco- SIlmarien trató de reconfortar a su amiga. Ahí estaba el motivo de su actitud evasiva.

-Tienes razón, disculpa que me comporte de esta forma- dijo Euriel secando sus lágrimas con las mangas de su vestido y tratando de esbozar una sonrisa- es que no había tenido oportunidad de desahogarme con nadie, apenas y me despegué de su lado en todo este tiempo.

-No te disculpes, eres mi amiga, para eso estoy aquí- Euriel volvió a sonreír al mirar el rostro afable de Silmarien quien también le regalaba una sonrisa. La dama noldorin recobró la compostura y tomó una de las manos de su amiga.

-¿Sabes quién es también una de las personas más fuertes que conozco?- Silmarien negó con la cabeza.

-Tu- Silmarien la miró interrogante- Todo este tiempo amando en secreto a alguien sin decirle una palabra ni siquiera a tu almohada, tú me descubriste en el mismo momento en que Kherion se me metió a la cabeza, no pude disimularlo, pero tú eres inquebrantable.

-Al final no fui tan fuerte, ya no pude contenerme.- dijo sonriendo amargamente encogiéndose de hombros, ya no le importaba negar sus sentimientos, estaban tan a flor de piel que negarlos solamente los confirmaría más- Y juzgaba a Aranisse por ser tan ambiciosa y poner su interés en alguien como Ereinion, creo que la vida me está dando una cucharada de mi propia medicina, y mi corazón fue tan ambicioso como yo creía que era el corazón de Aranisse.

-No Silmarien- dijo Euriel negando con su cabeza dorada- conozco a Aranisse desde hace cientos de años y creo que sus decisiones si son motivadas por su ambición, por mantener el alto renombre de su familia, dejara de ser Noldor. Pero tú no, yo sé que tus sentimientos están libres de cualquier otra razón que no sea sincero amor.

-Gracias por pensar tan bien de mi- dijo Silmarien sonriendo melancólicamente a su amiga- pero al final, lo que yo o cualquier otra dama sienta no importa, Ereinion es el que ha elegido. Mis sentimientos me han cegado de ver lo obvio, alguien como él, no elegiría a una mujer mortal.

Euriel sintió una profunda tristeza. Silmarien se había vuelto tan cercana a ella en esos meses que a veces olvidaba lo distinto que era su destino al de los Eldar, y encontró el enorme desagrado que le producía el recordar que el tiempo para los Eldar corre más rápido que para los Hombres, y en menos de lo que pensaba, esa hermosa doncella de los Hombres ya no caminaría por la Tierra.

-Tus palabras son muy amargas, Silmarien- dijo Euriel entristecida- y cometes el error que muchos Hombres comenten al menospreciarse por su mortalidad, no entienden que Eru los ha liberado de las cargas del mundo y no tienen que quedarse a soportarlas como nosotros.

Euriel miró a Silmarien quien guardaba silencio, aunque sospechaba que un remolino de emociones y pensamientos se llevaba a cabo dentro de su cabeza, pero nada dijo, guardó todo. Euriel la abrazó y para su sorpresa su abrazo fue bien recibido por Silmarien quien también la abrazó con fuerza.

-Vamos a la cocina, debes de estar hambrienta- Silmarien se apartó de ella y asintió con la mirada en el suelo.

El calor dentro de las fraguas hacia que el crudo invierno del mundo exterior fuera solamente un lejano recuerdo, la mayoría de los maestros herreros pasaban días enteros encerrados con tal de ver terminados sus trabajos, pues difícilmente había algo en el mundo que los obsesionara más. Para los grandes herreros, sus obras eran como una extensión de su propia existencia.

El sonido de los martillos chocando con el metal era el sonido prevaleciente en la atmosfera, la estancia hervía de actividad, los aprendices eran instruidos por sus supervisores, el mantenedor de los hornos revisaba en esos momentos la temperatura de estos, y se cercioraba de que no hubiera salidas de gas por ninguna de las tuberías. Salió de esa estancia dedicada al mithril y siguió el pasillo de mármol hasta llegar a la puerta hermética de las fraguas frías. Llegó a su estación de trabajo, donde lo esperaba la obra más importante que le habían asignado, estaba casi terminada, solo hacía falta un pequeño e importante detalle. Posó su mano sobre el cristal que protegía el artefacto brillante y este se abrió automáticamente. Tomó cuidadosamente la pequeña circunferencia plateada y miró a través del orificio, su superficie era totalmente lisa a excepción por el diamante en forma de estrella que había sido incrustado, su brillo gélido le arrebató una sonrisa de satisfacción. Había recibido un pergamino, con elegante caligrafía pero carente de firma o remitente, las instrucciones de cómo sería el diseño del anillo, desde las medidas de este, hasta como debería de ser pulido el diamante, lo había recreado en su mente mucho antes de que empezara siquiera a trabajar en él, y lo memorizó con tal detalle que no necesitó consultar nuevamente el pergamino. La bella sencillez de la pieza lo cautivó por completo.

Tomó el anillo cuidadosamente con las pinzas y lo sumergió en una solución brillante que se encontraba en un tipo de depósito hecho con una aleación de metales, especialmente para contener ese tipo de sustancia. El líquido brillaba como si este mismo estuviera hecho de pedazos de estrellas, cubrió su rostro con la careta protectora antes de que un destello cegador se elevara por unos segundos.

-Pensé que ya le habías aplicado el sortilegio protector- decía un Elda de cabellos oscuros que se había acercado a él.

-Así es, pero una dosis mas no le hará daño a nadie- decía el Maestro Herrero mientras sacaba la joya y la colocaba de nuevo en su mesa de trabajo. Retiró la máscara protectora y limpió con la manga de su camisa las gotas de sudor que le escurrían por el rostro y que hacia brillar su cabello rojo oscuro.

-Vaya…- dijo su compañero acercándose para observar más de cerca el anillo que brillaba con lo que parecía luz propia- el don de la familia todavía corre por tus venas, por eso Lomion debió dejarte el trabajo a ti, ni él hubiera podido llegar a las altas expectativas de su cliente misterioso, obviamente no va admitir que eres mejor herrero que él.

-Me conformo con que me dé las gracias, pero ni eso espero de ese pedazo de Noldo prepotente.

-¡Ja! Si alguna vez llegara a darte algún crédito perdería su poder sobre la hermandad de herreros, por eso no ha cedido en darte ninguna posición dentro del consejo.

-No necesito que me de nada, los aprendices recurren más a mí que a él para consejos o dudas, incluso otros Maestros Herreros- decía orgullosamente con un ápice de amargura.

-Exactamente- dijo el Elda de cabello oscuro- imagínate si te ceden un puesto en el consejo.

-¿Y que es lo que haces aquí, Othar? Te hacia quebrándote la cabeza con tu nuevo diseño de armaduras.

-Después de dos semanas sin ver la luz del sol decidí tomarme un descanso- decía Othar con expresión pensativa.

-Tulmo te colmó la paciencia, ¿verdad?- Almandur lo miró tratando de reprimir una sonrisa burlona.

-¡No lo soporto! Es un excelente compañero de tragos pero no te aconsejo trabajar con él, ¡no terminarás nunca!- Othar se puso rojo de la desesperación.

-¡Es que vaya equipo que hicieron! Tú no puedes estar un momento sin hacer nada y Tulmo es detallista en extremo, no dudo que cuando terminen las armaduras serán las más poderosas que jamás hayan existido en la Tierra Media, pero en el medio tiempo, tendrán que aprender a soportarse.

-Si es que alguna vez las terminamos…

-El colmo de un inmortal, pensar que jamás va a terminar algo- decía Almandur con una sonrisa burlona en su rostro, pero sin despegar la mirada de su creación.

-¡Almandur!- el Elda de cabello rojizo desvió su mirada hacia la entrada de la sala que se situaba en un nivel más elevado por el que se accedía a través de unas escaleras. Un Elda le hacía señas de que se acercara- espero que ya hayas terminado, ya han venido por el encargo, ¡sube de inmediato!

-Creo que deberías de recordarle tu árbol genealógico antes de permitirle que te hable de esa forma- decía Othar mirando al Elda de ceño fruncido y mirada dura que se encontraba parado frente a la puerta de la estancia.

-No necesito recordárselo, por eso me trata de esa forma- Almandur lo miraba seriamente con los puños cerrados- te veo al rato.

El Elda de cabello rojizo se quitó los guantes, depositó la joya dentro de una caja de oro con bellos diseños de filigrana también de su propia creación, y se dispuso a abandonar la sala. Lomion que había esperado desde las escaleras a que Almandur se dignara a hacerle caso, se adelantó a su paso, de igual forma ya sabía a donde tenía que dirigirse, no había necesidad de que lo esperara. Almandur cruzó los pasillos bulliciosos saludando a sus compañeros de fraguas, alguno que otro lo detenía para hacerle alguna pregunta, hasta que por fin llegó a la oficina de Lomion, el superior de todos los Maestros Herreros. Cuando cruzó la puerta de dos hojas de roble, lo primero que vio fue la conocida orgullosa figura del Rey de los Noldor y antes que nada hiso una reverencia con la mano en el pecho en señal de respeto.

-Alassea Ree, Meneltyalda (Buenos días, su Majestad)- dijo Almandur.

-Meneltyalda, le presento a Almandur, él se encargó de su pedido bajo mi supervisión- Ereinion asintió con la cabeza en modo de saludo.

-Tu rostro me parece familiar- dijo Ereinion como tratando de reconocer al herrero.

-No había tenido la oportunidad de ser presentado ante usted, probablemente me habrá visto pasar por Imladris- decía Almandur seriamente.

-Estoy seguro que no fue en Imladris- el tono de Ereinion se le antojó de sospecha a Almandur- Arvenien, ¿puede ser?

-Recuerda bien, Menetyalda- asintió el Maestro Herrero- abandoné al ejercito de mi familia junto con numerosos guerreros que se arrepintieron de sus actos pasados contra hermanos, nos unimos a la defensa de Arvenien cuando fue atacada por Maedhros y Maglor.

-La Casa de Feanor es inconfundible- dijo Ereinion con una enigmática sonrisa- Ahora puedo estar seguro de la calidad del trabajo que dejaron a tu cargo, si es que posees las habilidades metalúrgicas de tu familia.

Ereinion estiró su mano y Almandur depositó la pequeña caja de oro en su palma. El Maestro Herrero observó con deleite como en las pupilas del Rey se reflejaba el brillo del anillo que dormía dentro de la caja y que acababa de ser descubierto al haber sido retirada la tapa, una sonrisa orgullosa salió a relucir a sus labios al comprobar el asombro en el rostro de Lomion, que vanamente trató de esconder bajo su actitud prepotente y sus duras facciones.

-Es perfecto- susurró Ereinion sin quitar la mirada de la joya.

-Muy bien Almandur, has hecho buen uso de los consejos que me has pedido y yo gustoso te he dado- dijo Lomion tratando de ganarse el crédito de la obra.

-Se confunde Maestro Lomion, ningún consejo se ha pedido ni otorgado entre usted y yo- dijo Almandur volviéndose orgullosamente hacia Lomion- No sigo ningún consejo que no me haya dado alguna vez Celebrimbor.

-Conozco bastante bien el trabajo de Celebrimbor y puedo verlo en el tuyo- dijo Ereinion tratando de omitir el breve altercado de los dos herreros.

-Me honra su reconocimiento Menetyalda, y me alegra que este satisfecho con el resultado de mi trabajo- miró de reojo a Lomion, el Noldo manaba envidia de su sola mirada- si me disculpa, tengo trabajos atrasados que necesitan de mi atención, con su permiso- Almandur hiso una profunda reverencia antes de salir de la oficina. Si se quedaba un minuto mas no podría evitar que su puño terminara en la cara de Lomion.

-Discúlpelo, Menetyalda, uno no puede pedir humildad por parte de alguien que pertenece a la Casa de Feanor- decía Lomion con un dejo de impotencia y molestia por la actitud de su subordinado.

-Hecho más que comprobado- dijo Ereinion con una sonrisa.

Tras intercambiar algunas palabras de agradecimiento, Ereinion salió de las estancias de los Herreros con una sonrisa en el rostro, estaba más que satisfecho con el trabajo que el Maestro Herrero había creado, en el cual había captado en su totalidad la idea que tenía en mente. Quería que la joya se pareciera a su poseedor, como si fuera una parte más de su cuerpo, un dedo, un ojo, su cabello, y que el anillo por si solo recordara a ella, una belleza sencilla y enigmática, pálida y brillante como el diamante incrustado en él, que a su petición se había pulido con la forma de una estrella, quería que ese elemento que lo definía a él mismo quedara eternamente plasmado, para que ella siempre llevara una parte de él, y mirara el anillo y pensara en él al ver la estrella que brillaría en su mano, idéntica a las estrellas que brillan en sus estandartes, sus sellos reales, su pecho. La estrella de Gil Galad.

Ereinion miró hacia arriba la enorme casa edificada en los desfiladeros de las Montañas Nubladas, las luces encendidas en el interior y los candelabros colgando de las terrazas le daban un aire acogedor. Siguió su camino por la orilla del Bruinen y cruzó el puente, recordaba que por ese extremo, una escalinata subía hasta la casa terminando su serpenteo justamente en la parte que La Dama Blanca le había mencionado esa tarde.

Las estrellas empezaron a titilar en la lejanía mientras el Sol se despedía del mundo para ceder su reino a la pálida Luna cuando por fin encontró la escalera. Un chasquido lo distrajo de sus cavilaciones, y a continuación una sarta de maldiciones en andunaico se elevó en el aire contrastando con la dulce voz que las pronunciaba. Ereinion no pudo evitar sonreír, caminó sigilosamente hacia la voz, y tras pasar una barrera de árboles, se encontró con un amplio claro oculto.

Reconocería esos cabellos azabaches aun en la oscuridad de la noche. La dama se encontraba cargando un arco con una flecha, su brazo tenso pero mal colocado evidenciaba su falta de técnica. El blanco estaba del otro lado del claro, cualquiera ya lo hubiera atravesado, pero un montón de flechas se encontraban esparcidas en el suelo en todas direcciones menos en la correcta.

-No sabía que las princesas de Numenor tuvieran un repertorio de palabras tan variado- dijo Ereinion riendo saliendo detrás de la dama, quien voló la flecha sobre los arboles por el sobre salto. Silmarien lo miró sorprendida pero recobró la tranquilidad en fracción de segundos al comprobar de quien se trataba- pensé que tanto tiempo viviendo con Eldar había hecho que se te olvidara el Andunaico.

-La vida en la corte de Numenor enseña más cosas que solo tejer y pintar cuadros- dijo Silmarien- No somos tan sublimes y perfectos como las cortes reales de los Eldar. Y por lo otro, el Andunaico tiene sonidos más agresivos que el Quenya, lo que lo hace perfecto para estas situaciones- dijo Silmarien con frustración.

-Pero por lo que veo no enseñan muy bien a usar el arco- dijo Ereinion señalando con su cabeza el blanco intacto. Silmarien se sonrojó ante el comentario del Rey, pero no bajo su orgulloso rostro.

-Soy mejor con la espada- admitió encogiéndose de hombros.

-De eso no tengo duda- dijo Ereinion esbozando una sonrisa de lado- un brazo que es capaz de quebrar de un golpe la costilla de uno de mis mejores guerreros, debe ser un brazo temido en batalla.

Silmarien le sonrió a Ereinion al recordar el incidente en la playa de Lindon, donde desafortunadamente había tenido que recurrir a la fuerza bruta para que Gildor la soltara.

-Pobre Gildor, nadie le advirtió que en Numenor pocos son los guerreros que se atreven a desafiarme a duelo- dijo Silmarien con un ápice de presunción que le arrebató una encantadora sonrisa a Ereinion- no puedo decir lo mismo con el arco, por más que practico, no parezco mejorar- dijo desviando su mirada al arco elfico que había tomado prestado de la armeria.

Ereinion tomó el arco de manos de la dama y lo revisó de extremo a extremo sopesando su peso y su longitud, Silmarien solo lo observaba tratando de entender que es lo que hacía. Ahí en el claro iluminado solamente por las estrellas, el Rey parecía una de ellas, igual de resplandeciente, igual de lejano.

-Para empezar, este arco es demasiado grande para ti, segundo, la mano con la que estabas tensando la cuerda estaba demasiado abajo, necesitas levantar tu codo a la altura de tu hombro para darle más precisión- Ereinion tomó una de las flechas que se encontraban en el piso y entregó el arco a la dama- ¿me permites?

-Te tomaste el tiempo para ver todos mis errores, ¿no?- dijo Silmarien acusadoramente esbozando una sonrisa, pero Ereinion no le contestó, solo se colocó detrás de ella.

-Pon en posición el arco- le ordenó con un tono autoritario y serio, sintiéndose como un súbdito a merced de su Señor- fija tus ojos hacia el punto donde quieres clavar la flecha, te sugiero el cuello, en la parte descubierta donde se unen el yelmo y la cota de malla.

La boca de Ereinion rosaba la oreja de Silmarien, y rogó que el Rey no se hubiera percatado del repentino escalofrío que ese contacto había arrancado a su cuerpo. No sabía en qué momento había comenzado a hiperventilar, seguramente había sido cuando los brazos de Ereinion la rodearon para enseñarle la forma correcta de tomar el arco, o tal vez había sido cuando sentido el calor del cuerpo de Ereinion que estaban tan cercano al suyo, en ese momento todo le pareció confuso, no se concentraba más que en el placentero tacto que le ofrecía el Rey, y en su aliento que acariciaba su cuello.

-Silmarien, pon atención, no desvíes la mirada- le ordenó de nuevo Ereinion. Silmarien miró de nuevo al frente e hiso lo que se le había ordenado como si la voz del Rey estuviera impregnada de un sortilegio imposible de desobedecer.

Ereinion había posado su mano sobre la mano de Silmarien que sujetaba la cuerda y la flecha, comenzó a tensar el arco hasta su máximo, movió unos cuantos centímetros hacia la izquierda la posición del arma y después un chasquido resonó en el claro para culminar con el golpe mortal justo en el centro del blanco. Silmarien y Ereinion quedaron unos minutos en la misma posición mirando hacia el blanco atravesado por la flecha. En esa noche fría de un invierno menguante, el calor que manaban sus cuerpos era un regalo. Silmarien bajó lentamente el arco por fin liberados sus brazos de los del Rey.

-Es el mejor tiro que he hecho en toda mi vida, gracias por la instrucción - dijo Silmarien quebrando el silencio que había surgido entre los dos. Giró su cuerpo para encontrar la mirada del Rey y la sonrisa se le desvaneció de los labios al ver la expresión seria de Ereinion, su mirada turquesa pesaba y palpaba, casi podía sentirla recorriendo su piel, y ella en el tiempo que fue capaz de sostenerla descubrió la profundidad del alma de Ereinion, tan deseada y prohibida como lo era el corto tramo de mar que separaba Numenor de la costas inmortales de los Valar.

Silmarien liberándose de ese hechizo que el Rey Noldo había echado sobre ella, se dispuso a recoger el reguero de flechas que había dejado en el claro quebrando ese magnético vínculo visual, pero antes de que estuviera fuera de su alcance Ereinion tomó su brazo y la acercó peligrosamente, todavía no estaba listo para dejar ir esa sensación de cálida proximidad que se había apoderado de él, desde que había aspirado el dulce aroma de su cabello y sentido su aterciopelada piel, una atracción casi incontrolable había despertado en él. Silmarien sostenía la mirada de Ereinion con sorpresa y satisfacción, los ojos azules del Rey contemplaron sus labios como un sediento anhela una gota de agua, por un momento Silmarien cerró sus ojos dejándose llevar por las caricias que los dedos de Ereinion propiciaban a sus labios, que después bajaron a su cuello. Ereinion esbozó por fin una sonrisa al arrancarle un suspiro a la hermosa mujer que tenía tan cerca de él, pero ante sus ojos atónitos la dama recobró la conciencia que sus caricias le habían hecho olvidar que tenía y se separó bruscamente de él.

Ereinion había actuado por impulso, solo guiado por el placer de tenerla con él, estaba consciente de que había sobrepasado el límite de lo propio, pero no pudo evitarlo, y le avergonzaba el hecho de no sentir una pizca de arrepentimiento, volvería a acariciarla una vez más si la dama se lo permitiera como hace unos segundos lo había hecho.

-Disculpa mi comportamiento- dijo Ereinion- no me hubiera dejado llevar si supiera que te molestaba.

Ereinion miró un fuego intenso en los ojos de Silmarien y su hermoso rostro contraído en una expresión molesta, pero no alcanzaba a comprender que había cambiado en su mente de un segundo a otro.

-Nada de esto me molestaría sino supiera que pronto vas a casarte- Silmarien empezó a juntar las flechas casi enterradas en la nieve que cubría la superficie del claro dónde estaban.

-¿Casarme?- las palabras de la dama dieron de lleno en la cara de Ereinion como si hubiera recibido un golpe- ¿quién te dijo eso…? ¿Cómo lo supiste?

-¿lo vas a negar?- dijo con un tono de voz desafiante.

-Claro que no lo voy a negar- dijo Ereinion cambiando su expresión sorprendida por una firme y decidida- mi intención es casarme, y muy pronto, en cuando regresemos a Lindon, si todo sale como lo tengo planeado.

-Lo que faltaba- Silmarien sintió que la sangre le hervía dentro de las venas, no sabía si por celos o por la actitud sinvergüenza del Rey, o una peligrosa combinación de ambas- ¡¿y esperabas que me quedara parada sin detener tus….?!

-¿Mis qué…?

-Tus… ¡tus toqueteos!- dijo Silmarien por fin, Ereinion casi no podía contener la risa y trató de adoptar la actitud más imperturbable que podía.

-Pues parecía que los estabas disfrutando- el tono pálido de Silmarien se tornó rápidamente en un rojo intenso.

-Que seas el Rey Supremo de los Noldor no te da derecho a tratar a nadie de esa forma- Silmarien arrojó a un lado con violencia las flechas que había juntado y se acercó amenazadoramente hacia el Rey- y menos a la hermana del Rey de Numenor. Si te disculpas en este momento, no diré una palabra de lo sucedido a mi hermano y te ahorraré una riña innecesaria con el Rey más poderoso de los Hombres, y considérate en deuda conmigo, porque es más que obvio que necesitas al ejercito de mi hermano para defender a tu propio reino.

Ereinion quedó atónito ante las palabras de la dama, que aunque hirientes estaban colmadas de razón, y por un momento no tuvo palabras que decir. Se lo había buscado por haberla provocado, así que las tendría que aguantar y tragarse su enorme ego Noldo.

-Siento decepcionarte, pero no me disculparé de algo de lo que no me arrepiento, si pudiera volverlo a hacer lo haría sin dudarlo- dijo Ereinion sin inmutarse ni exaltarse, mientras Silmarien lo miraba con la boca abierta.

-El Rey ha hablado, tendrá que atenerse a las consecuencias- Silmarien no pudo más y se alejó apresurada camino a las escaleras que llevaban hacia la casa, pero Ereinion la interceptó subiendo y tomándola del brazo la hiso virar para encararlo.

- No te atreverías a decir una sola palabra a tu hermano- dijo Ereinion.

-¿Ah sí? ¿Y qué crees que me detenga de hacerlo?- dijo Silmarien cruzando los brazos, sus rostros estaban a la misma altura dado a que la dama se encontraba unos cuantos escalones arriba del nivel de Ereinion.

- Porque me amas- dijo Ereinion con seguridad, sin titubeos- y no dejarías que nada malo en el mundo me ocurriera, sino todo lo contrario, lucharías para defenderme de todo.

La expresión de Silmarien cambió drásticamente del enojo extremo e indignación al desconcierto, sus ojos se suavizaron y sus brazos cruzados sobre su abdomen cayeron inanimados lado a lado. Ereinion le restregaba su más entrañable secreto en la cara, se sintió desarmada, desnuda, desprotegida ante la fuerte afirmación de ese Señor de los Noldor. Se había creído discreta, pero el abrazo que le dio esa misma mañana cuando había vuelto ileso de los peligros que había pasado, la había descubierto, que tonta había sido, y débil, el miedo a perderlo había bloqueado su sentido común.

-Estás loco- dijo Silmarien apenas en un susurro, le dio la espalda disponiéndose a seguir subiendo la escalera- algo no funciona bien en tu cabeza hoy en día.

-¡Silmarien no he terminado!- la profunda voz del Rey la hiso voltear automáticamente, pero en el rostro de la dama ya no había rastro del enojo que hace unos minutos había sentido, se había desvanecido por completo, ahora solo quería huir -Estoy seguro de lo que sientes, porque es lo mismo que yo siento por ti, lo sentí desde que te vi entrar del brazo de tu hermano a mi palacio en Lindon, pero no lo quería aceptar- Los ojos de Ereinion se transformaron en los más dulces que Silmarien jamás había contemplado, eran puros y honestos- desde ese día no quise separarme más de ti.

-¿Estas escuchando lo que estás diciendo….?- la voz de Silmarien salió de su garganta débil, vacilante. La confesión de Ereinion había acabado con la poca fuerza que aún le quedaba en su voz.

-… yo fui quien te mandó a llamar después de la batalla, no tu hermano, necesitaba verte, fuiste como mi premio después de haber pasado por la muerte- Silmarien lo miraba sorprendida, no podía creer lo que estaba escuchando, tenía miedo de que solo fuera un sueño, una ilusión que se desvanecería- convencí a tu hermano de dejarte en Lindon mientras él partía al Sur, y cuando amenazó con regresar y llevarte de vuelta a Numenor sentí una desesperación que nunca antes había sentido, le pedí más tiempo, no estaba listo para verte zarpar tan lejos de mí, y para mi bendición me permitió traerte a Imladris, pero después de estos meses en los que he sentido que vivo fuera de la realidad, porque para mí tu sola presencia me hace pensar que todo lo demás no existe, que solo te necesito a ti para yo existir, pero ahora siento que el tiempo se agota de nuevo, no puedo esperar más…

Los ojos grises de Silmarien se llenaron de agua, no había parpadeado en todo ese tiempo por la conmoción y las palabras no le salían de la boca, sentía que la voz se le atoraba en el nudo que se le había formado en la garganta, estaba totalmente conmovida y temerosa de que en un paso en falso todo eso desapareciera y que el sueño con el que fantaseaba todas las noches antes de dormir se desvaneciera en el aire. No se atrevía a moverse, sentía que había olvidado como dar un paso siquiera, pero no había hecho falta, Ereinion de acercó a ella sobremanera, podía sentir su respiración tan cerca de su rostro, que sentía que si se movía iba a ser solamente para besarlo.

-Por favor, dime algo- dijo Ereinion en un tono suplicante que jamás había escuchado en su profunda y hermosa voz- ¿A caso piensas que estoy bromeando?

-¡Completamente!- dijo Silmarien todavía incrédula, miraba al Rey tan hermoso aun en ese estado tan vulnerable en el que se encontraba, su corazón abierto de par en par suplicando ser correspondido. Y la realidad cayó sobre ella. Ereinion tenía razón, haría lo que fuera para protegerlo de cualquier cosa que lo amenazara, pero era tan difícil creer que ese legendario y poderoso Rey de los Noldor se deshiciera de todos sus títulos y su alto linaje para presentar ante ella lo más valioso que poseía: su corazón, tierno y bombeante de pasión, frágil, como el propio, que sentía despotricar como queriendo salirse de su pecho. Mortales e inmortales dejando atrás sus cuerpos, unos incorruptos y otros menguantes con cada exhalación, los dos linajes poseían corazones tan parecidos que eran capaces de amarse los unos a los otros.

-Esto te ayudará a creerme- sacó de las telas de sus finas ropas una bella caja dorada con detalles exquisitos, cuando la abrió el brillo gélido del diamante que estaba incrustado en el anillo resplandeció por unos largos segundos, había reconocido a su dueña- Por favor, acéptame como tu compañero de vida y jamás me despegaré de tu lado, recházame, y no volveré a molestarte con mis sentimientos si te parecen absurdos.