Capítulo 14

Odiar lo amado

La oscuridad envolvía la atmosfera con su sustancia impenetrable, salvo por la lampara que titilaba débilmente en el techo, meciéndose de un lado a otro, borrosa ante sus ojos que batallaban para permanecer abiertos, había un sonido de madera crujiente que le parecía tan conocido, y una brisa fresca que entraba por alguna parte a través de la penumbra, pero no estaba en sus cinco sentidos como para poder identificarlo. El ruido del agua se apoderó del silencio en el momento en que perdía la conciencia de nuevo.

No sabía cuántas horas o incluso días habían pasado cuando pudo abrir los ojos de nuevo, el sol brillaba alto y el graznar de las aves entraba por sus oídos como un vendaval, ¿Gaviotas? …Percibía un aroma familiar, pero no podía decir en donde se encontraba, ni con quien, sus parpados pesaban demasiado para mantenerlos abiertos y su visión no era clara, como si una tela traslucida se interpusiera entre ella y el mundo.

-Ereinion…- fue lo primero que pudo salir de sus labios sin ni siquiera pensarlo.

En ese instante sintió como alguien se acerba rápidamente hacia donde ella estaba acostada, y sabía que estaba acostada porque el sol le pegada de lleno en la cara, y sentía una materia suave en su espalda. La persona que se había acercado le tomó la mano y palpó su frente en una forma de cerciorarse de que su salud estuviera estable

-Ha estado hablando en sueños todo el viaje, se esfuerza por despertar- dijo una voz femenina

- Que beba más del agua de los elfos, no despertará hasta haber llegado a la ciudad- ordenó una voz profunda.

-Duerma de nuevo majestad, el viaje fue largo y cansado- y como si la desconocida voz hubiera pronunciado un sortilegio, se hundió de nuevo en un profundo y oscuro sueño.

Sus ojos se abrieron de golpe, y al principio no reconoció el alto techo de piedra, ni el enorme candelabro que pendía de la lejana cúpula, aunque sus ojos ya se hubieran librado del velo que los cubría y podía ver con claridad. Ese mismo techo era el mismo que en épocas pasadas hubiera sido lo primero que viera cuando comenzaban sus días, pero que en ese momento le constaba trabajo reconocer. Volvió su mirada gris a un costado guiada por el torrente de luz que entraba desmesurado y encontró una ventana que abría a un balcón, bellas telas blancas y grises caían como cascadas y ondeaban a la par del viento. La enorme recamara se encontraba tal y como la había dejado hace un año atrás, su cepillo del cabello estaba recostado en su tocador tal y como ella lo había colocado antes de zarpar a Lindon, las mismas cortinas colgaban de los ventanales, todo estaba igual a excepción de que habían dejado una bandeja con agua y comida en una mesa cerca de su cama. Todo era como si el tiempo que vivió en Lindon hubiera sido solo un sueño del que estuviera despertando en ese momento.

Silmarien movió un dedo de la mano que tenía recostada en su vientre, como si no estuviera segura de ser capaz de hacerlo, se sentía entumecida y sentía su espalda contracturada por haber estado mucho tiempo en una misma posición. No tenía noción del tiempo, solo sabía que era de día por que el sol estaba alto, pero qué día y que mes era, no lo sabía. Poco a poco se fue sentando en la mullida cama y retirando las sabanas puso delicadamente sus pies descalzos en el suelo, sintiendo lentamente como sus dedos, pasando por la planta hasta llegar a los talones iban dando la bienvenida a la gelidez de la superficie de mármol. Tomó un impulso y fue capaz de pararse sobre sus pies, pero sus piernas estaban débiles, quien sabe cuánto tiempo estuvieron inactivas. Fijó su mirada a su tocador con el objetivo de dirigirse a él y ver su reflejo más de cerca, pero cuando intentó dar un paso, sus pies le fallaron y cayó de bruces como una niña que apenas está aprendiendo a caminar.

Y ahí tirada boca abajo, sintiendo el mármol frio en su mejilla derecha y sus brazos aprisionados entre su cuerpo y el piso, cayó en cuenta de las cosas, parecía que su tropiezo la había arrojado a la realidad. Sus lágrimas comenzaron a salir una tras otra de sus ojos enrojecidos cuando cayó en cuenta de que se encontraba en sus aposentos, en el Palacio de Armenelos.

Ereinion la había desterrado de su vida, la había abandonado como la mascota a la que ya no se quiere, no había tomado en cuenta sus súplicas y había actuado según su criterio sin hacer caso de las decisiones que ella había tomado, como si su propia vida le perteneciese a él y pudiera dirigirle el rumbo.

-Ereinion- emitió un susurro convertido en sollozo. Se recostó en un costado y se hiso un ovillo como si fuera un animal herido, se dejó llevar, lloró largo y tendido. Afuera el Sol fue bajando, decayendo hasta estar de nuevo el mundo en penumbras y finalmente el cansancio volvió a ella y se quedó dormida.

-Despierte…. Majestad…

Una suave voz le hablaba entre sueños mientras sentía su cuerpo ser sacudido delicadamente. Poco a poco fue abriendo los ojos y miró de nuevo el gran candelabro colgando del techo, pintado de naranja el oro del mismo pues la tarde caía sobre Armenelos y entraba por las bellas ventanas. Se encontraba de nuevo en su cama, alguien la había vuelto a acostar en su lecho.

-Me caí- fue lo primero que pronunció.

- ¿Y cómo no iba a caerse si esta tan débil? - Silmarien volvió su mirada a la joven que le hablaba mientras le acercaba una charola de plata llena de frutas y pan, su cabello castaño trenzado y sus enormes ojos avellana le daban un toque agradable a su rostro- no creo que tomar solo líquidos por tanto tiempo sea saludable, el cuerpo necesita de sólidos, fruta, pan, granos, esa si es comida de verdad, aunque los elfos presuman tanto sus pociones mágicas…

- ¿Cuánto tiempo llevo dormida? - dijo Silmarien sentándose en la cama lentamente.

-Por lo menos durante todo el viaje del reino elfico hasta hoy, aunque vimos que intento salir de la cama sin mucho éxito- dijo la doncella en un tono casual.

Silmarien miró a su alrededor y recordó haberse quedado dormida en el piso la noche anterior, posiblemente porque la dosis de la poción que le habían estado subministrando aun recorría su cuerpo en la cantidad suficiente como para dejarla inconsciente de nuevo.

- ¿Hace cuánto llegamos a Armenelos? - la doncella rubia le ofreció una manzana que Silmarien tomó automáticamente.

-Hace dos días, majestad- dijo la doncella sirviéndole una copa con agua- y todo el viaje estuvo hablando entre sueños, sueños no muy agradables al parecer, ¡coma por favor! Necesita ingerir algo.

La doncella hablaba con tanta ligereza que en vez de molestar a Silmarien le daba confianza, parecía que la había conocido desde hace años, aunque fuera la primera vez que la viera y ni siquiera supiera su nombre.

- ¿y qué es lo que decía mientras estaba inconsciente? – Silmarien preguntó tímidamente con temor de avergonzarse de la respuesta.

-Repetía un nombre, muy particular si me lo pregunta, el nombre del Rey Elfo- La doncella notó como Silmarien se ruborizaba y agachaba la cabeza en un ademan de esconderla tras una desganada mordida a la manzana- no se preocupe majestad, solo yo lo he escuchado y de mí no saldrá palabra alguna.

-El Rey de los Noldor y yo somos…- titubeó un poco, no encontraba palabra que definiera su situación sentimental en esos momentos, así que tuvo que elegir una que no fuera tan comprometedora y tampoco tan áspera como lo era la situación actual- buenos amigos, tuve un accidente y tuvieron que curarme…

-Entonces ha de estar muy agradecida con él- dijo la doncella tomando el cepillo de Silmarien del tocador y acercándose para alisar su cabello azabache enmarañado- solo puedo imaginarme que el buen Rey Elfo le salvó la vida a juzgar por la forma en que se agitó en sueños todo el viaje, asumo que tenía pesadillas con su accidente.

-Si, le debo la vida…

Silmarien quedó en silencio, pensativa, solo volvía de tanto en tanto cuando la doncella le ordenaba que comiera, o que se parara con cuidado para poder vestirla. A través de ella se enteró que su hermano la esperaba para cenar en su despacho y que había ordenado suma secrecía de su situación, la cual era una manera de evitar que los rumores recorrieran el reino acerca de ella y cualquier situación acontecida en Lindon. Silmarien sentía un nudo en el estómago al pensar que su hermano supiera la mitad de lo que pasó ese día en la terraza del palacio de Ereinion. No sabía de qué manera había tomado las cosas, no quería que su orgulloso hermano entrara en cólera contra Ereinion y los dos reinos más poderosos de la Tierra Media se enemistaran por un asunto personal que nada tenía que ver con la política, pero conocía a su hermano, y conocía que tan profundo en su orgullo llegaban cualquier ofensa a él o a su familia.

- ¡Lista! Tan hermosa como solo usted es- la alegre doncella parecía no percatarse de la actitud fría de Silmarien, la cual sin decir palabra alguna clavaba su mirada en su reflejo en el gran espejo que tenía frente a ella. No podía reconocerse, la que tenía enfrente era la personificación del invierno en carne y hueso vestido en elegantes ropas numenoreanas, su mirada estaba vacía, y su corazón endurecido, el rubor había desaparecido de sus mejillas para dar paso al frio mármol. Pasó su mirada a su cabello y la enfureció.

-No me peines como los elfos- dijo molesta des haciendo una de las hermosas trenzas que la coronaban y tirando al suelo la bella flor que la doncella tan delicadamente había entrelazado.

-Pensé que le agradaría mi señora...

- No soy una doncella elfica, soy una Señora de Numenor, y es así como quiero verme.

La doncella apenada recogió la flor y le pidió disculpas a su Señora para dedicarse a soltar su larga cabellera y colocar una tiara de gélido destello ciñendo su frente. De repente su jovialidad se había esfumado a causa de las pocas palabras que había pronunciado Silmarien, pero que contenía una amargura tan profunda que las flores que antes coronaran su cabeza hubieran caído marchitas y secas a sus pies. Apenada pero no ofendida se encontraba la doncella, sintió lástima por Silmarien, porque sus ojos parecían marchitos como si hubieran llorado hasta la última gota, y le dio pena que tan bella y noble dama fuera tan infeliz.

Silmarien salió de sus aposentos recorriendo los largos pasillos abovedados del palacio que se desplegaban hasta la puerta del despacho de su hermano, los guardias que estaban a cada lado de la puerta tan solo verla la abrieron de par en par y Silmarien entró para encontrarse a su hermano agachado sobre unos papeles con dos de los miembros de su consejo a su lado. Los tres hombres la miraron en cuanto entró y los dos desconocidos se enderezaron e hicieron una reverencia a la hermana del Rey.

-Silmarien, adelante- dijo Tar Minastir mientras hacia una señal a sus consejeros de dejarlos solos. La dama observó a los dos hombres retirarse, uno rubio y alto y el otro de menor tamaño con ojos avellana que extrañamente le recordaban a los de la doncella que la vistió- ¿Cómo te encuentras?

-Consiente por fin, después de casi tres semanas de sueño inducido- dijo tajante, con las manos entrelazadas frente a ella y sin contestar el abrazó que su hermano le ofrecía. Pero al cabo de un momento terminó cediendo y recorrió la poca distancia que había entre ella y Minastir, el abrazo de su hermano era sincero y cálido, el cual logró derretir un poco la capa de frialdad que la cubría.

-Me alegra que estés bien- dijo sinceramente Minastir tomándola del brazo delicadamente mientras la acercaba a una de las sillas que estaban frente a su enorme escritorio- Espero que te haya agradado la doncella que te he escogido para ser tu dama de compañía, es hija de uno de mis consejeros, de hecho, uno de los que acabo de despachar.

Entonces la similitud era real, eran los mismos ojos avellana de la doncella, pensó Silmarien, y en ese momento se sintió un poco arrepentida de la forma en que se había dirigido a ella, después de todo ella no tenía la mínima idea de la tormenta que se desarrollaba en su interior, mucho menos era culpable de lo que le estaba pasando.

-Habla demasiado.

-De tal palo, tal astilla- sonrió Minastir tomando asiento en la silla junto a ella, a Silmarien le pareció una sonrisa que había luchado por salir, cansada y tenue- su padre es igual de bocón, pero ha sido un buen apoyo en mi reinado y no he tenido más remedio que aguantarlo, con el tiempo te acostumbrarás a ella, es una buena muchacha y su padre casi me pidió rogando que la introdujera en la corte.

Silmarien no contestó y solo se limitó a mirar por la ventana que estaba frente a ellos, pasando el ostentoso escritorio del Rey. El silencio rápidamente se abrió paso entre ellos dos y recorrió toda la espaciosa estancia paseándose por el cielo raso y jugando con los estandartes orgullosos que colgaban de las altas paredes que representaban las casas nobles de los Edain de antaño, y ni un sonido alcanzaba a penetrar las gruesas paredes de mármol del que estaba construido en su totalidad el esplendoroso palacio de Armenelos, regalo a los Hombres de parte de los mismos Valar, y esculpido con sus propias manos bendecidas, mismas manos que alzaron de las profundidades del gran mar la tierra en la que en esos capítulos del tiempo se asentaba el reino más poderoso de los Hombres. Esto hacía a Minastir el Hombre más poderoso de la Tierra Media, ningún otro mortal podía igualársele en poder, riqueza ni orgullo, sin embargo, el magnífico Rey se encontraba mirando al suelo pensativo como no sabiendo como empezar una larga historia, tenía que escoger con demasía delicadeza sus palabras porque sabía que el corazón de su hermana menor se encontraba en pedazos, y lo menos que deseaba era terminar por pulverizarlo, pues el dolor de ella, era también el propio. Minastir suspiró y abrió la boca para comenzar, pero antes de que pudiera emitir ningún sonido, Silmarien habló.

- ¿Qué es lo que te han dicho para hacerte cómplice de esto? ¿Cómo has podido estar de acuerdo en que me trasladaran como una fiera que han puesto a dormir? - las palabras de la dama fueron pronunciadas con tanta tristeza que conmovió el corazón de su hermano quien la miró y le tomó la mano cariñosamente.

-Te han tratado de la forma contraria a la que tú crees- Silmarien se sorprendió ante las palabras de su hermano, ¿Cómo podía decir que la había tratado como se merecía cuando la habían desechado como un trapo viejo al que ya no se necesita?, paso por su mente levantarse inmediatamente de la silla y dejar a su hermano hablando solo.

- ¿Cómo puedes decir eso ...? - Minastir levantó la palma de su mano en ademan de paz y silencio, gesto que inmediatamente hiso ceder las intenciones de Silmarien de abandonar la sala.

-Ereinion mismo te cargó hasta tus aposentos en el barco- continuó Minastir en el tono más calmado que podía- Al principio entré en cólera porque pensé que algo malo te había hecho cuando yo te encomendé a él con toda mi confianza y dejé que vivieras con ellos pensando en que no podías estar en mejores manos, pero cuando me disponía a reclamarle, ¡y por Eru que hasta mi mano se aferró a la empuñadura de mi espada cuando me acerqué a encararlo!, vi en sus ojos una tristeza tan profunda, solo me miró por dos segundos y me desarmó- Minastir miraba fijamente a su hermana pero ella permanecía sin decir una palabra, pero vio que poco a poco el hielo de sus ojos se derretía y se convertía en lágrimas silenciosas- era un pobre hombre destrozado desde adentro hacia fuera, mi cólera se transformó en lástima, no necesitó decirme nada para yo entender que necesitaba un momento más contigo antes de partir.

- ¿Te explicó porque lo hiso? ¿Por qué me puso a dormir? - Dijo Silmarien tratando de parecer lo más fuerte que podía, pero las silenciosas lagrimas la delataban, su hermano aun le tomaba la mano, pero ella no hiso esfuerzo para acercarse a él, ella se encontraba reclinada hacía el respaldo del sillón mientras Minastir poco le faltaba para incarse frente a ella. El Rey de Numenor asintió cabizbajo, Ereinion le había revelado su visión, la cual era también parte de sus peores pesadillas, perder a su hermana de esa forma era lo peor que podía imaginar, ni siquiera imaginaba verla morir, ella era mucho más joven que él, su propio hijo era de su misma edad, para ella siempre vio una vida tranquila en Numenor, con una hermosa familia de niños de ojos grises como los de ellos mismos que correteaban por el palacio o por la playa de Eldalonde, no el final funesto que Ereinion había tenido la gracia de compartir con el- Yo estaba dispuesta a enfrentar ese final, con tal de estar con él, porque los dos queremos… queríamos estar juntos hasta donde pudiéramos- dijo Silmarien mientras su voz se quebraba y las lágrimas comenzaban a salir más copiosamente.

Silmarien atisbó el tema del compromiso que ambos tenían, pero no ahondó en detalles, seguramente Ereinion ya le había explicado todo. Lo conocía bien, siempre recto y honesto, haciendo lo que era correcto. Lo mínimo que pudo haber hecho en esa situación es revelarle a Minastir las intenciones que tenía hacia ella.

-Ellos no saben nada de la muerte, es un tema que desconocen, y lo desconocido aterra- continuó Minastir- Ellos dirán que sí, pero en realidad no mueren, su alma queda dentro de los círculos de Arda a diferencia de nuestras almas que salen de ella a un lugar que solo Eru tiene conocimiento. Es algo que siempre les ha intrigado porque así de sabios que se consideran, les causa impotencia aun no saber esa respuesta.

-Pero se trataba de mi vida, mi decisión, de cómo quiero vivirla y terminarla, él no tenía derecho a quitarme mi libre albedrío- Silmarien decía enojada, se sentía engañada y acorralada en una decisión que la habían forzado a tomar.

-Él ya ha tomado una decisión también- Minastir pronunció una dolorosa verdad, que tenía que ser pronunciada muy a pesar suyo, para que su hermana pudiera destilar todo el dolor que sentía y que abriera paso a la resignación- él ha decidido llevar vidas separadas, porque cree que así podrás vivir plenamente cerca de los tuyos y lejos de la muerte.

Silmarien se puso de pie de inmediato y caminó de un lado a otro por el despacho, Minastir se puso de pie detrás de ella, pero solo se limitó a observarla, los ojos de su hermana estaban rojos y húmedos, pero su mirada dura y sus puños cerrados evidenciaban su impotencia, se sentía enjaulada, como nunca se había sentido en su amada Numenor, era infeliz más allá de lo que jamás se imaginó, sentía ganas de salir corriendo hasta donde sus piernas aguantaran y de ahí no regresar más. Ereinion había convertido su amado hogar en su jaula de oro, y le odiaba por eso, le odiaba por convertir todo lo amado en lo aborrecido y lo prohibido, y en sus pensamientos infundidos por la desesperación de quien se siente enclaustrado, dio gracias a Eru por dar a los Hombres el don de la inmortalidad, porque su martirio se acabaría tarde o temprano, pero el de Ereinion seguiría para siempre, porque más allá de sus acciones recientes, ella sabía que Ereinion la amaba, lo había visto en sus ojos, que para ella eran solo un estanque traslucido por el que veía su interior.

-Él te ama, Silmarien- pronunció su hermano como si estuviera dentro de sus pensamientos, Silmarien se detuvo en seco y lo miró sorprendida, la armadura de hielo había sido quebrada ante tal afirmación- y para él no es menos difícil esta situación, pero ha hecho lo que cree correcto solo para que tu estés a salvo de cualquier cosa que Eru haya desvelado ante él.

Minastir le ofreció de nuevo su abrazo extendiendo sus brazos de par en par y Silmarien esta vez no pudo rechazarlo, se hundió en su pecho y comenzó a sollozar incontrolablemente mientras su hermano acariciaba su larga cabellera azabache y besaba su cabeza en un intento de confortarla. Ver a su hermana en ese estado era razón suficiente para que el orgulloso Rey de Numenor se enemistara con el Rey de los Noldor, pero había visto en la calidad de ente en que se había encontrado a Ereinion aquella mañana de su llegada a Lindon, estaba casi seguro que Ereinion hubiera recibido el golpe de su estocada gustoso pues cuando encontró a Ereinion sobre Silmarien inconsciente y puso mano en la empuñadura de su espada Aranrúth, Ereinion jamás intentó detenerlo, fue Glorfindel el que llegó a la escena al escuchar sus gritos encolerizados, fue Glorfindel el que lo persuadió de escuchar lo que el Rey tenía que explicarle. Minastir apretó con más fuerza su abrazo al recordar la desagradable escena. Por su hermana estuvo a punto de herir de muerte al Rey Supremo de los Noldor…

-No sé de dónde agarrar de nuevo fuerzas- decía Silmarien, su entrecortada voz amortiguada por el pecho de su hermano.

-Nunca ha sido fácil cuando Edain y Eldar han decidido unir sus caminos- Minastir separó a su hermana para verla a los ojos, ella solo bajó la mirada, él le tomó la barbilla y la alzó delicadamente para que lo mirara a los ojos- tendrás que comenzar de cero y buscar cosas nuevas que te motiven, no dudes jamás de tu fortaleza, te sorprendería lo que puedes llegar a soportar.

Silmarien asintió débilmente tratando de sostenerle la mirada a su hermano, cuando Minastir mostro en su mano algo que pensó jamás tener que volver a ver, el anillo que Erenion le había entregado, Silmarien se alejó repentinamente de su hermano sin despegar la mirada de la superficie plateada y del diamante ennegrecido.

-Insistió en que lo portaras, y que, si no lo aceptabas de vuelta que te obligara yo mismo a usarlo, por lo menos colgando de tu cuello- pronunció el Rey mostrando la joya en su palma abierta- tómalo Silmarien, ha sido hecho para ti.

-También me obligará a usar algo que no deseo- Silmarien tomó con desdén el anillo y por un momento sintió como le quemaba la piel mientras lo apretaba dentro de su puño- No lo usaré, evitaré cualquier cosa que me recuerde a él.

-Yo escucharía cualquier consejo que venga de un Elda de su tipo, alguna buena razón ha de haber detrás de esto, porque no veo ningún otro motivo para devolverte algo que simplemente pudo haber desechado- dijo Minastir, que era un Rey sabio y aun en esos tiempos en Numenor se apreciaba y amaba a los Eldar como maestros y mensajeros de los Valar.

-El tiempo dirá de que forma me es útil conservar algo que solo me provoca dolor- dijo Silmarien mirando por la ventana del despacho, tratando con todas sus fuerzas divisar la lejana playa de Lindon.

Fuera el sol ya se estaba poniendo y una luz naranja brilló por unos segundos antes de dar paso a las estrellas. Una mirada aguamarina también observaba el hermoso atardecer de ese día, los oscuros cabellos sueltos eran llevados delicadamente por el viento mientras se recargaba cansadamente en la balaustrada de la amplia terraza, su mirada azul se dirigía a un punto en específico del paisaje, el cual era visible gracias a un sortilegio antiguo que permitía ver a leguas de distancia. Ereinion suspiró pesadamente al ver la blanca costa de la isla numenoreana en el momento justo en que la luz naranja destellaba, la ausencia del sol oscurecía el mundo y la costa lejana se perdía de vista. Agachó su cabeza libre de su usual tiara y la mantuvo entre sus brazos hasta que escuchó una voz femenina detrás de él.

-Espero que no te arrepientas después- la voz cargada de dolor lo hiso voltear sobre su hombro aun recargado en la balaustrada, Euriel se encontraba de pie a escasos pasos de él, sus tristes ojos soltaban tímidas lagrimas mientras parecían escrutar en la distancia la cabellera negra de su querida amiga.

-Jamás me perdonaría no haberle hecho caso a mi visión y que después se cumpliera- la voz del Rey sonaba cansada, como quien apenas es capaz de pronunciar palabra por un gran peso que se lleva encima- me mataría…

-Estas malgastando el poco tiempo que pudiste haber compartido con ella, Ereinion, aun estas a tiempo de revertir esta decisión, estoy segura que Silmarien te ama tanto como para ser capaz de perdonarte por esto- suplicaba la rubia doncella a su Rey y amigo.

Ereinion se enderezó y caminó hacia ella, su camisa holgada ondeaba con el viento al igual que sus cabellos eran llevados. Euriel lo miró hacia arriba, buscando en sus ojos alguna pizca de arrepentimiento, pero no la encontró. Ereinion chasqueó los dientes levantando la mirada.

-Confío en que el corazón de los Hombres sane más rápidamente que el de los Eldar y ella logre olvidar este sueño que vivimos juntos por un año- Eruriel puso una mano en su pecho y lo miró con preocupación. Ereinion reparó en la mano cálida de su amiga que se posaba en el lugar donde tras tejidos y músculos estaría situado su corazón, para después mirar los ojos esmeraldas de la doncella.

-Yo también confío en eso, lo que en verdad me preocupa es tu corazón- esta sentencia lo tomó desprevenido, porque era un pensamiento que ya le rondaba en la mente pero que no había escuchado desde fuera, y antes de que Euriel terminara él ya sabía lo que le iba a decir, aun sin usar sus dones, o maldiciones- Ella como bien sabemos, dejará este mundo y dejará toda pena y alegría aquí, pero tu permanecerás, y también tu dolor.

- ¿Crees que no había pensado en eso ya? - dijo Ereinion esbozando una amarga sonrisa de lado- Si Eru me tiene piedad moriré en una de las muchas batallas que me tiene preparadas en el futuro, y mi espíritu viajara a las Estancias de Mandos de las cuales no volverá a salir para encarnar un cuerpo, no hasta que el mundo haya cambiado y Arda sea reconstruida, y los que se han ido vuelvan con los que nos hemos quedado.

Euriel retrocedió sorprendida. Ereinion le volvió a dedicar una triste sonrisa e hiso una pequeña reverencia antes de alejarse hacia dentro del palacio, dejando a la doncella sin habla ante su plan suicida, de verdad se había dado por vencido. Euriel se acercó a la balaustrada y mirando a las estrellas que comenzaban a salir pidió a Eru que protegiera a Ereinion de sí mismo, y guardara a Silmarien lo suficiente para que los dos pudieran estar juntos en esta vida. Una estrella fugaz cruzó el cielo en ese momento y Euriel la recibió como una respuesta divina.

Nota de Autora: sigue el drama…. Pero como no va a haber drama si todo este embrollo es tan complicado? No es nada facil que un Eldar y un Edain se enamored, nomas Tour e Idril fueron suertudos, pero que tal Luthien, Andreth y Arwen? Y ahora Silmarien…. Veremos en que termina todo esto que no se ve nada claro.

Aranrúth: es la espada legendaría del Rey Thingol de Doriath que fue salvada por Elwing de la Ruina de Doriath la cual fue heredada a su hijo Elros quien fue el primer Rey de Numenor, asi que se siguió pasando entre los reyes de Numenor hasta el hundimiento del reino.