Capítulo 15

La Montaña Sagrada

Euriel paseaba de un lado a otro por la sala de té, sus bonitos cabellos dorados caían en ondas que solo eran sostenidas por un broche de esmeraldas que se asemejaban a una enredadera de hojas verdes. Sus ansiosos pasos la llevaban a mirar por los ventanales que daban a los patios de jardines circundantes y se volvían de nuevo hacia la puerta de la salita. Parecía que sus amigas sentadas en las sillas a un lado de la mesa de té la miraban tranquilamente, pero una de ellas solo imitaba a la otra, cuando en realidad su ansiedad era más parecida a la de Eruiel, si no tuviera que guardar las apariencias ya hubiera hecho una zanja en el piso a un lado de la de su rubia amiga.

Euriel se sobresaltó cuando la puerta se abrió, pero sus ánimos se disiparon cuando vio entrar a uno de los sirvientes con una charola con agua caliente para el té.

-¿Podrías tranquilizarte? Me empiezas a poner los nervios de punta- dijo Valadiel dándole un sorbo a la taza de porcelana sin mirar a su amiga siquiera.

-De seguro no tardan en volver, no te preocupes- decía Aranisse tratando de tomar su taza sin que su temblorosa mano derramara el líquido que contenía, pero sus manos temblaban de impaciencia.

-Se me hacen eternos los minutos- decía Euriel desesperada- odio que a Ereinion se le ocurran estas excursiones sin sentido, como si no hubiera suficientes cosas que hacer aquí en Mithlond.

-Pues es el deber de un Rey asegurar que su territorio sea seguro para sus súbditos, supongo. Imagínate que no puedas visitar las aldeas de Lindon sin encontrarte alguna banda de orcos o trolls, creo que Gil Galad está haciendo un excelente trabajo- opinaba Valadiel.

-Pues sí, pero para eso tiene un ejército de miles de guerreros, no es necesario que vaya él y que a parte se lleve a Glorfindel, a Gildor y a Kherion.

-Euriel tiene razón, no hay necesidad de que salga tan seguido y tan lejos, apenas llegó de visitar a Elrond en Imladris y en menos de un mes ya estaba de vuelta buscando orcos, como si se alegrara de encontrarlos y arriesgarse de esa forma- la voz de Aranisse se tornó más seria- sin herederos a quien dejar la corona.

Valadiel las miró a las dos y negó con la cabeza exasperada. Si las seguía escuchando le iban a contagiar ese humor pesimista que venían manejando desde que los caballeros y el Rey anunciaran su salida de Mithlond, y que se agravó cuando estos se fueron, gracias a Eru esa mañana había llegado una misiva de su parte anunciando que llagarían esa misma tarde, que en ese momento se encontraban levantando su campamento improvisado en las laderas de las Ered Luin, a menos de un dia de camino.

De pronto Euriel escuchó unos pasos acercarse a la puerta, los escuchaba tan decididos que no tuvo duda de que era uno de los sirvientes que anunciaría la llegada de los caballeros. Así que sin pensarlo dos veces salió de la estancia y efectivamente se topó con él.

-Mi señora, el Rey ha vuelto con los caballeros Glorfindel y Gildor, y con su señor esposo, están en….

-Muchas gracias, yo los encuentro…- dijo Euriel con una amplia sonrisa en el rostro y dispuso sus pasos hacía la puerta que daba a los establos del gran palacio con el corazón palpitándole al ritmo de sus pasos apresurados.

El recorrido le pareció eterno, jamás se le habían hecho tan largos los pasillos del palacio, pero después de atravesar estancias y puertas y bajar escaleras, por fin llegó a nivel de la calle y encontró la discreta puerta que conectaba con las caballerizas, el olor a heno se hiso presente. Una figura conocida atravesó la puerta, su dorado cabello era inconfundible aunque estuviera un poco enmarañado por los días durmiendo a la intemperie, jamás se iban a ver ridículos.

-Ya sabía yo que el primer rostro que viera al llegar a palacio iba a ser el tuyo- sonrió Glorfindel saludando a su amiga con un beso en la mejilla.

-Hola Glorfindel, yo también te extrañé.

-No creo que más que a tu necio esposo, si no fuera por órdenes de Ereinion te hubiera llevado con nosotros, él sabe cuánto te gusta matar orcos.

-O sabe perfectamente que se me en crispan los nervios cuando anda arriesgándose sin sentido.

-Creo que si mencionó algo al respecto- dijo Glorfindel en su habitual tono sarcástico- también mencionó algo sobre la lástima que le daban tus amigas por aguantarte todo este tiempo.

Eruiel solo dio una fuerte palmada al hombro del rubio caballero como respuesta cuando en su marco de visión apareció el mencionado junto con Gildor. El Elda de cabellos oscuros se le iluminó la mirada al verla y la recibió en un fuerte abrazo. Kherion extrañaba ese calor que manaba su cuerpo, y ese perfume que despedía su cabello, siempre y cuando fuera recibido con estos dos elementos, sabía que había llegado a casa, no importa en qué parte de la Tierra Media se encontraran.

-¡No coman pan en frente de los pobres!- gritó Gildor con una carcajada.

-No le hagan caso, como no tiene ni perro que lo reciba- bromeó Glorfindel.

-Andas muy gracioso hoy Glorfindel- lo acusó Euriel divertida. Su ánimo había cambiado drásticamente, y mientas Kherion permaneciera a su lado, no habría poder alguno que le quitara el buen humor.

-Digamos que estoy feliz de estar de regreso- dijo el príncipe de la Casa de los Flor Dorada tomando una bocanada de aire y mirando a su alrededor.

-Vente, hay que instalarnos, igual aquí salimos sobrando - invitó Gildor dando una palmada en la espalda de su amigo.

Los dos Elda desaparecieron dentro de palacio y dejaron solos a la pareja, y juntos se tomaron de las manos y comenzaron a caminar juntos por el patio adoquinado. La tarde estaba por caer y el sol dentro de unos instantes se posaría en el Oeste en la orilla del horizonte, el cual daba un espectáculo sobrecogedor al posarse justo en el centro de la bahía de Lhun.

-¿Cómo estuvo la excursión? ¿Encontraron muchos orcos?- pregunto Euriel.

-¿Quieres que te diga la verdad?- Euriel asintió y esperó la respuesta, y el suspiro cansado de Kherion le indicó que algo no estaba del todo bien- En realidad estuvo de lo más aburrida, nada se cruzó por nuestro camino.

-¿Entonces qué es lo que te preocupa?

-Que Ereinion se empeñaba en seguir buscando, como si no aceptara que el territorio está limpio gracias a las constantes excursiones que organiza. Tiene años que no puede quedarse en paz por lo menos dos meses en Lindon, parece que le pica estar sin ponerse en constante peligro de ser atravesado por una espada orca. Deberías hablar con él, calmarlo un poco, no sé cómo le haces pero siempre logras que se calme por una temporada después de uno de tus sermones.

-¿Ah sí? Pues me gustaría que mis sermones tuvieran el mismo efecto contigo- contestó la dama.

-Tu sabes que si por mi fuera me quedaría contigo, pero estoy bajos sus órdenes, no hay mucho que yo pueda hacer, además de mandar a mi esposa a hablar con el- dijo Kherion sonriendo de forma suplicante.

-Está bien, hablaré otra vez con él- dijo después de pensarlo un momento- ¿Dónde está?

-En las caballerizas, se quedó cepillando a Roch, pobre caballo, no sé cómo le aguanta el paso- Euriel sonrió y lo besó delicadamente.

-Ve y descansa, espero haber terminado con él para la cena.

Kherion le sonrió y la miró alejarse camino a las caballerizas, y después dio media vuelta para introducirse en el descanso que le proporcionaba el palacio que siempre acoge a su esposa cuando él está fuera del reino.

Euriel por su parte llegó al umbral de la puerta de las caballerizas, las antorchas de luz elfica ya se encontraban encendidas en cada pilar que sostenían el abovedado techo, las cuales emitían un luz clara y potente, como si la luz de la mañana hubiera quedado encerrada dentro del edificio. No batalló mucho para identificar a la figura que se encontraba en el último box cepillando a un enorme Meara azabache, pero se quedó en la entrada unos minutos más, jugueteando con sus manos, sin saber cómo empezar su conversación con el melancólico Rey, que al parecer no se había percatado de su presencia aún, enfocado en el cepillado de la testuz de su legendaria montura.

Estaba segura que Ereinion ya sabría qué le diría incluso antes de abrir la boca, y no por su capacidad de mirar en los pensamientos de las personas, pero porque ya habían tenido ese tipo de discusiones muchas otras veces. El tema central siempre era el cambio de actitud del Rey, siempre alejándose de los eventos sociales que anteriormente abundaban en el palacio, todos ordenados por el mismo, pero ahora ni siquiera veía más a sus personas más allegadas, huía de todo lo que pudiera traer recuerdos dolorosos, recuerdos de Silmarien. Pero la verdad era que el mismo le recordaba a ella, porque sus manos la habían acariciado, porque su rostro se había hundido en su largo cabello, y sus labios la habían besado, y su corazón la había amado. Podía de huir de todo, ¿Pero cómo podría huir de él mismo?

-¿Vas a quedarte todo el día en la puerta?- Euriel escuchó la grave voz de Ereinion, aunque este ni siquiera hubiera apartado su mirada de lo que estaba haciendo.

-Estaba esperando a que te desocuparas- dijo Euriel caminando tímidamente al interior del edificio con dirección a Ereinion- pensé que tal vez querías llegar directamente a descansar del viaje tan largo.

-No fue tan largo, no nos acercamos siquiera a Eregion- contestó aun sin mirar a su amiga.

Euriel miró a Roch y lo encontró evidentemente cansado, pero feliz de estar de nuevo en casa, a diferencia de su amo, que aunque visiblemente fatigado, la inquietud danzaba en sus ojos azules.

-¿Quieres que le traiga algo de comer a Roch? Parece hambriento.

-Ya he pedido alimento al mozo de cuadras, no ha de tardar en volver- Euriel no contestó nada y siguió acariciando al meara, quien parecía agradecérselo, Ereinion la miró de reojo y suspiró dejando el cepillo en el cubo con agua que se encontraba a sus pies- Ya sé porque estás aquí, prometo no arrastrar a Kehrion a otra de mis excursiones.

Euriel lo miró y le regaló una amplia sonrisa.

-Gracias. Los dos necesitan estar una temporada aquí en Lindon, hay muchas cosas por hacer aquí también.

- Me temo que en poco tiempo tendré que dejarlo de nuevo en las manos de Cirdan.

-¿Por qué?- Euriel no pudo reprimir su cara de sorpresa.

-Tengo planeado darle una visita a Elrond…

-¡¿Otra vez…?!

-….y visitar a Galadriel en Lothlorien- Ereinion así de poderoso como era en esas páginas del tiempo, no podía sostenerle la mirada a su amiga, la cual solo reflejaba sorpresa y algo muy parecido a la lástima, porque ella como muy pocos sabía qué era todo lo que se revolvía dentro de él, y era de las escasas personas que lo entendía, pero más que nada a Euriel le preocupaba sobremanera.

La dama sacudió la dorada cabeza y miró al suelo en un intento de calmarse y pensar con la cabeza fría, escoger bien sus palabras de manera que pudiera hacer entrar en razón a su amigo. Ella sabía muy bien lo que intentaba hacer, quería huir de todo mundo que le recordara a ella, y el único lugar al que no la había llevado era Lothlorien, al reino secreto de Galadriel, estando ahí solo podría encontrar los recuerdos en él mismo, y de alguna forma bloquearlos con la ayuda de la Dama Blanca.

-Ven, vamos a dar un paseo, la tarde está muy agradable a esta hora que va cayendo el sol- la rubia dama lo tomó del brazo y los dos salieron de las caballerizas con dirección a los jardines.

Ereinion accedió solamente porque quería retrasar su entrada a palacio, quería unos momentos más de tranquilidad, y entrar a su palacio significaba entrar de nuevo a su vida rutinaria tras un escritorio revisando los reportes de cada sector de su gobierno, impuestos, suministros y almacenamiento en las arcas del reino, entre otras cuestiones burocráticas.

La bella barca de Arien ya se retiraba del mundo hacia sus aposentos de Aman cuando llegaron al cobijo de unos sauces llorones. Euriel miraba de reojo a Ereinion y pudo notar que evitaba mirar hacia el mar que se desplegaba delante de ellos, Euriel le sonrió a su amigo que la sorprendió mirándolo.

-Siempre la brisa del mar traerá más que un olor fresco a nosotros que venimos desde el otro lado- dijo Euriel recargándose en la balaustrada y mirando como en el lejano fondo del acantilado las olas se estrellaban y se convertían en espuma blanca.

-Creo que a mí me trae más que el recuerdo heredado de Valinor- dijo recargándose en la balaustrada dándole la espalda al hermoso paisaje, y dando la cara al bello jardín con su palacio de fondo, pero sus ojos ya no apreciaban más la belleza- me trae el recuerdo y las ansias de otras costas que no son inmortales y que sin embargo me parecen todavía más lejanas- Ereinion miró a su amiga y encontró de nuevo esa mirada de lástima y preocupación- Ya sabía yo cuando visitaba a Tar Aldarion y paseábamos por sus jardines en Armenelos, que mi vida estaría atada de alguna manera con su estirpe, pero tuve que esperar algunos siglos para darme cuenta de qué forma se me presentaría el destino. Y mi destino tiene labios rojos, cabello negro y ojos grises.

Los ojos de Ereinion se cristalizaron ante esa confirmación que jamás había pronunciado en voz alta. Cruzó sus brazos sobre su torso y suspiró pesadamente en el momento que volvía su mirada al suelo.

-Ella está ahí esperándote Ereinion, y sufriendo mientras tú la alejas- la rubia dama tocó la mano de su amigo que no le respondió el gesto- ella ha aceptado su destino pero tú quieres huir de él.

-No empecemos de nuevo Euriel- dijo de tajo y su rostro se tornó de mármol frío- no dejaré que muera por mi culpa, si ha de morir que sea rodeada de la gente que ama, después de haber vivido una vida larga y plena, no como yo la vi morir en mis visiones…

Una ráfaga de viento marino le arrancó un escalofrío a la dama, o tal vez había sido el recuerdo de esa visión que Ereinion le había descrito con tanto dolor mientras miraban el barco de Silmarien alejarse.

-Sin embargo tú quieres morir como la viste morir a ella- Ereinion la miró con sorpresa- y quieres que ella sufra lo que tú no quieres sufrir, por eso te vas por meses buscando orcos que no vas a encontrar porque ya los aniquilaste a todos, para ver si alguno de ellos es el que acabe con tu vida…

-No… debo de admitir que era mi plan inicial, pero he decidido esperar a que ella abandone este mundo para irme después yo.

Euriel se abrazó a sí misma y miró al suelo apesadumbrada, no podía creer lo que escuchaba, Ereinion se había convertido en una persona que no reconocía, del poderoso elfo que ella había conocido solo quedaba la apariencia, se había convertido en alguien que solo pensaba en morir.

-Ereinion, habemos mas personas que te amamos, ¿nos vas a abandonar?- El Rey elfo no contestó nada y siguió mirando en dirección al palacio, pero con la mirada vacía -Solo prométeme que te quedarás una temporada con nosotros, no olvides que mientras respires eres el Rey Supremo de los Noldor, y tu pueblo te necesita, aun en tiempo de paz.

Euriel se alejó bajo la luz de las estrellas que ya habían comenzado a brillar, y siguió las luces que el palacio emitía. Ya estando completamente solo Ereinion se viró hacia el mar y su mirada se profundizó a tal punto que viajó hasta las costas que tanto anhelaba, envueltas en su neblina dorada, tal y como la recordaba en su última visita hace ya tanto tiempo, y viajó tierra dentro hasta alcanzar la punta nevada del bendito Meneltarma, donde encontró los ojos que tanto amaba, que tanto añoraba, y estos le sostuvieron la gris mirada.

Ereinion en un quejido se recargó extenuado en la balaustrada, sacudió su cabeza y se talló los ojos haciendo que la visión desapareciera. Esa era la razón por la que no miraba más al mar, su mente se empeñaba en realizar esos viajes involuntarios que tanto debilitaban su convicción. Esa era también la razón por la que se ausentaba tanto tiempo de su reino, porque el solo hecho de mirar el mar lo llevaba a los ojos de Silmarien.

De vuelta en palacio Euriel se dirigía a los aposentos que se le asignaban cada vez que Kherion salía de Lindon, esto por órdenes de Ereinion que insistía en ello aunque Euriel le expresara que podía quedarse en la casa de sus padres hasta que regresara su esposo, tal vez era un ápice de culpa que sentía el Rey de los Noldor al dejar tanto tiempo a su amiga sin Kherion.

Pasó a la sala del comedor para cerciorarse de que todo estuviera listo para la cena, donde encontró una serie de sirvientes prendiendo las luces elficas con tan solo un soplido, ya cada lugar tenía su servicio de plaqué en orden, seis lugares habían sido dispuestos en la larga mesa, lo cual le extrañó en demasía.

-¿Por qué solo hay 6 lugares dispuestos? Avise en cocina que las doncellas Aranisse y Valadiel estarían cenando hoy con nosotros- le dijo a una doncella que se encontraba prendiendo el candelabro de la mesa.

-La doncella Aranisse nos acaba de avisar que no podría quedarse a cenar, mi Señora- dijo la tímida sirvienta. Euriel aunque no fuera tan perspicaz como lo era igualmente hubiera adivinado la razón de la huida de su amiga.

-Está bien, gracias… no prendan más luces, hoy el Rey está cansado, no se quedará mucho tiempo en la mesa.

Euriel salió del comedor dejando a los sirvientes haciendo una reverencia tras de ella, ahora sus pasos la llevaban a la sala de té de la que había salido antes de la llegada de Kherion, los sirvientes abrieron las dos hojas de la puerta al paso de la dama. En la habitación solo se encontraba su bella amiga recogiendo sus hilos mágicos y agujas con las que antaño tejiera tantos estandartes al Rey que se podía encontrar en cada pared de palacio, pero que ahora habían sido removidos.

-¿Donde esta Valadiel?- preguntó a su amiga viéndola sola en la habitación.

-Salió con Gildor a caminar antes de que se sirviera la cena- contestó Aranisse con una tímida seriedad.

-¿y tú? ¿A dónde vas?- Aranisse solamente se encogió de hombros aun recogiendo sus pertenencias.

-Sé que ya no soy tan querida a los ojos de Ereinion y no quiero causarle una molestia, ha de venir muy cansado de su viaje.

-Siempre serás cara para Ereinion, has sido una buena amiga para el por mucho tiempo, estoy segura que tu presencia no le causa ningún sentimiento que no sea agradable- dijo dulcemente Euriel pero Aranisse no pudo evitar notar que igualmente no le pidió que se quedara, eran solo palabras de cordialidad.

-Te agradezco que consideraras un lugar para mí en la cena- dijo Aranisse tomando sus cosas en una bolsa tejida y con cariño tomó el brazo de su amiga- mis padres ya me esperan en casa, nos vemos otro día.

Euriel asintió y la miró retirarse en silencio. Parecía que la vida la había puesto a ella para ser paño de lágrimas de sus amigos más queridos, Ereinion y ahora Aranisse, y estaba segura que si estuviera SIlmarien también estaría ahí para ella. Euriel suspiró con el recuerdo de su amiga numenoreana, la extrañaba sobremanera, en tan solo un año había tejido un hilo de mithril en el corazón de quien la conoció. No podía imaginarse el dolor de Ereinion al resignarse a estar sin ella.


Miriel entrecerraba un ojo y acercaba la tela sujeta con el aro de tejer peligrosamente hacia su cara mientras sostenía con la otra mano la aguja con el hilo plateado, este relucía a causa de la luz de la tarde que casi terminaba y entraba a despedirse a la sala donde ella y varias doncellas se habían reunido. Por fin encontró el lugar correcto y la aguja penetró la bella tela con el hilo plateado, alzó su aro frente de sí para apreciarlo mejor y sonrió satisfecha, el árbol blanco iba tomando forma en cada puntada, trazando cada hoja y cada rama. Miró a las demás damas que se encontraban compartiendo las noticias que rondaban la corte más que atentas a sus labores de costura.

Sus ojos avellanas se pasearon por la sala hasta encontrar en una apartada ventana la silueta que buscaba. La agraciada figura detenía con una de sus manos la cortina para poder asomar su mirada al mundo exterior, pero sus ojos parecían ir más allá del bello jardín que se extendía a sus pies. Los ojos de Miriel fueron atraídos por otros que la miraban a ella y después a la taciturna figura de la ventana, la doncella que la miraba negó con la cabeza en señal de desaprobación.

-Esta tan rara- dijo susurrando la dama, que había dejado de lado la conversación de sus amigas para dirigirle la palabra a Miriel- haberse ido tanto tiempo fuera de Numenor no le sentó para nada bien, parece que los elfos la embrujaron- dijo poniéndose una mano al lado de su boca para que el susurro llegara directamente hacía Miriel.

La curiosa doncella dejó su asiento para tomar uno junto a él de la rubia doncella que le había hablado, y esta gustosa de poder compartir su información le dio la bienvenida con una sonrisa y le indicó con unas palmadas que se sentara junto a ella en el sillón que estaba ocupando.

- ¿A qué te refieres, Nellas? - dijo Miriel con sus ojos abiertos por la curiosidad, miró la distante figura de Silmarien temiendo que las escuchara, pero parecía que ni siquiera se encontraba en este mundo.

-Ese tipo de elfos con los que vivió Silmarien tienen poderes en la voz que no podemos controlar, nos piden algo y nosotros lo consideramos órdenes, nuestra naturaleza es más débil que la de ellos y toman ventajas de eso.

-No suena muy amable por parte de ellos- dijo Miriel- y no suenan como los Eldar que nos visitan de Eressea, son las criaturas más nobles que he visto.

-ah, pero los Noldor son diferentes, son orgullosos y más poderosos que cualquier otro, ellos están conscientes de sus habilidades y las usan para obtener lo que desean- prosiguió la rubia doncella con más énfasis ya que tenía la completa atención de su inocente interlocutora. Miriel echaba de vez en cuando una mirada a Silmarien. A ella siempre le había parecido una princesa sacada de un libro antiguo, con ese halo de nostalgia con el que se cuentan las cosas que se extrañan y eran bellas, pero no podía decir a simple vista que estuviera hechizada por ningún malévolo elfo. Pero cierto era que a pesar de que ella no diferenciaba su cambio de carácter porque no había conocido a Silmarien antes de su viaje, los rumores de palacio indicaban que ella no era la misma, incluso su hermano Tar-Minastir parecía preocupado por ella, asignándole vigilantes en cada esquina, cientos de ojos que estaban al pendiente de todos sus movimientos y que informaban al Rey cada detalle de estos.

-pero ¿para que un elfo hubiera querido embrujarla? - preguntó Miriel.

-No lo sé, pero está muy cambiada, tal vez tu no lo notes, pero yo puedo casi asegurarte que no se trata de la misma persona- Silmarien se movió de la ventana y las dos doncellas dieron un respingo desviando sus miradas hacia sus costureros- en dado caso, jamás confiaría en uno de esos elfos- dijo Nellas en un susurro casi imperceptible sin despegar su mirada de la aguja.

Silmarien caminó hacia la salida de la sala sin siquiera mirar a las doncellas y salió de ella, Miriel como su dama de compañía que era salió tras ella casi corriendo y la siguió gritando su nombre por el pasillo.

- ¡Majestad, espere!

-No te preocupes, Miriel, ya te lo dije, no me tienes que seguir a todas partes- decía Silmarien sin voltear a verla.

-Pero si tengo que, majestad, su hermano me pidió que siempre estuviera con usted- dijo por fin llegando a su altura. Silmarien detuvo sus pasos y encaró a la doncella.

- ¿cree que me voy a tirar por una de las ventanas del palacio? - dijo sorprendida.

-Algo así…- dijo Miriel tímidamente jugueteando con uno de los pliegos de su vestido.

-En todo caso me tiraría de un acantilado al mar y el mar está muy lejos de aquí- dijo en un tono serio mientras reanudaba su paso, y Miriel trató de convencerse de que sus palabras eran puro sarcasmo y no la confesión de un plan.

-Solo permítame acompañarla, estoy segura que cualquiera otra cosa es mejor que estar encerrada todo el día tejiendo y escuchando los chismes frívolos que rondan en la corte- suplicó la doncella.

-Pensé que te gustaba estar con Nellas y sus amigas, siempre se ven muy entretenidas juntas, aunque no comparten mucho conmigo sus últimas noticias- dijo mirando de reojo a Miriel como sospechando el contenido de esa información que últimamente circulaba en el palacio.

-Llega un punto en que me aburren, no tienen nada interesante que decir- mintió Miriel, la verdad es que la historia de los elfos que Nellas le había compartido le pareció de lo más interesante, pero Minastir le había ordenado acompañar siempre a su hermana, y así obedecería a su Rey.

La doncella no se había dado cuenta cuanto había caminado hasta que la luz del sol le dio de frente al salir de palacio. El día era hermoso y cálido lo cual invitaba a la gente a salir de sus casas, seguramente el mercado estaría en punto de ebullición a esta hora del día, pero el ruido de la ciudad no alcanzaba a llegar hasta la loma en la que se encontraba erigido el palacio, una bella loma verde con pinos y nogales que parecía un preludio antes de llegar al sagrado Meneltarma. El único ruido que podría alcanzarse a escuchar en la tranquila atmosfera del palacio y sus alrededores, era el bello canto de las águilas que tenía sus nidos en las paredes rocosas de la Montaña Sagrada. Desde que su padre la había mandado a vivir a palacio junto con las damas pertenecientes a la corte, la diferencia más destacable que había apreciado era el ambiente pacifico que siempre rondaban esos lugares, como si entre más cerca del Meneltarma la calma se fuera acrecentando.

Miriel siguió caminando junto a su Señora y sonreía en forma de saludo a las personas con las que se iban topando en el camino, a diferencia de Silmarien que solamente posaba la fría mirada en los transeúntes que inmediatamente borraban la sonrisa y se precipitaban a hacer una nerviosa reverencia. Ella ya se había acostumbrado a esta actitud estoica de su Señora, los últimos meses se la había pasado pegada a ella como si fuera su perrito faldero y esto había ayudado a aceptar el carácter difícil de la princesa.

- ¿A dónde nos dirigimos? - preguntó Miriel cuando sus pasos las alejaron de las puertas de palacio bajando escalones y sobrepasando puertas que dividían los patios y jardines.

-a las caballerizas.

-Pero están del otro lado- dijo Miriel dubitativa.

-estas son otras caballerizas, ¿nunca habías venido a las caballerizas del Rey?-dijo Silmarien cuando simultáneamente Miriel se percató del bello edificio de mármol y oro al que se estaban acercando.

-No había tenido el placer…- dijo Miriel admirando el panorama con sus ojos avellana muy abiertos.

Tenía ya algunos años viviendo en palacio al servicio de la princesa pero aún seguía encontrando cosas nuevas y sorprendentes, y una de esas cosas eran las hermosas caballerizas del Rey, que brillaban al sol como saludándolo, y hasta un halo diferente podía sentirse en ese lugar, como si los finos corceles que vivían dentro te invitaran a cabalgar con los relinchos que salían por las numerosas ventanas y la gran puerta que daba acceso al edificio.

Cuando por fin entraron, el delicioso y fresco aroma del heno entró de lleno en su nariz, e inmediatamente se sintió de un mejor humor. La conversación con Nellas la había dejado con un mal sabor de boca pero ahora esa sensación había desaparecido. Los hermosos corceles se encontraban comiendo a esa hora del día, los mozos de cuadra les tenían llenos sus depósitos de agua que eran subministrados por una red de tuberías y canales que venían directamente de palacio, y que este a su vez debía su suministro de agua a un acueducto que nacía en los manantiales del Meneltarma. Era en toda su forma, un lugar idílico, los Numenoreanos siempre han tratado a los caballos como lo más preciado, era algo de imaginarse que los caballos del Rey tuvieran el mejor trato que cualquier corcel pudiera recibir.

-¿Por qué nunca habíamos venido aquí? Es maravilloso- dijo MIriel acariciando la testuz de uno de los numerosos caballos, parecía que la cuadra era más grande por dentro de lo que se veía por fuera, el ultimo box parecía estar demasiado lejos de donde estaban ellas, y cada uno de los box tenía un caballo descansando dentro.

-Normalmente vengo de noche- dijo Silmarien acariciando la crin de él que parecía ser su caballo, los numenoreanos tenían una conexión con sus corceles que nadie más tenía, algunas personas aseguraban que podía hablarles telepáticamente, eran una extensión de ser uno del otro. Miriel veía ese tipo de conexión en el caballo que la princesa tenía enfrente de ella, parecía que Silamrien se viera a si misma a través de los ojos del caballo, y este a su vez en los ojos de la princesa. Por un momento le pareció ver algo muy similar a una sonrisa en los labios de la princesa.

-Debes ser aún más agradable venir de noche- dijo MIriel mirando hacia el techo lleno de vitrales, ¿sabría el Rey de los paseos nocturnos de la princesa? lo más probable es que la tuviera vigilada día y noche, pero no estaba segura si valía la pena mencionárselo por si las dudas.- ¿En Lindon también tenía esa libertad de cabalgar a cualquier hora?

Miriel miró en el estremecimiento de Silmarien su error, la sensación de confianza que le creaba ese lugar la traicionó y se le ocurrió preguntarle a la princesa sobre sus experiencias en el reino de los elfos. Un tema que estaba rotundamente prohibido.

-Discúlpeme- dijo Miriel avergonzada y haciendo una reverencia con la mirada agachada- no fue mi intención…

-No te preocupes, algún día se te iba a salir una pregunta indiscreta- el hielo había regresado a la voz de la princesa. Esta se apresuró a montar a pelo su corcel, un solo salto la colocó en posición sobre el caballo, sus manos se aferraron a la crin haciendo la función de una brida- Ahora necesito estar sola, puedes retirarte a palacio y no me esperes al volver, no sé cuánto tiempo me vaya a tardar.

MIriel la miraba hacia arriba montada en el enorme corcel y trató de balbucear palabras que convencieran a la princesa de por lo menos permitirle acompañarla, pero antes de que pudiera decir nada está ya había cruzado la puerta a todo galope.

Por un tiempo SIlmarien galopó en las afueras de los límites de palacio, tratando de que los recuerdos fueran arrancados por el viento de la tarde, pero fue en vano. La sola palabra de "Lindon" la llevó a revivir todos sus memorias, y ahora no sabía de qué forma alejarlas. Tenía años sin escuchar nada de ese reino o de su gente. La princesa tomaba hondas bocanas de aire para lograr calmarse, y como si la mente de su corcel estuviera adjunta a ella, hacia movimientos nerviosos, y caminaba de un lado a otro como si estuviera desorientado.

Tomó el camino empedrado casi sin pensarlo, solo llevada por el impulso. Sus negros cabellos la seguían como a una sombra desesperada por alcanzarla y se fundía con las crines plateadas del majestuoso meara. No pensó ni por un segundo en que, si alguien la llegara a divisar subiendo el camino sagrado del Meneltarma, hubieran condenado su acción sin lugar a duda por herejía, aun fuera la hermana del Rey. Nadie subía a la cima sagrada fuera de época. En los solsticios de verano e invierno solo para escuchar las palabras del Rey se subía al Meneltarma, era la única manera que Erú podía escucharlos, el Meneltarma era su vínculo con El Único para el pueblo numenoreano, ya que, como mortales, los Valar estaban fuera de su alcance.

Nada de esto cruzó por la mente de Silmarien que subía a todo galope el sinuoso camino que llevaba a la cima, su mente estaba en blanco y sus acciones eran solo guiadas por lo que su corazón le ordenaba, su desesperado corazón que agonizaba silenciosamente dentro del templo de hielo en el que se había convertido su pecho durante los pasados años, desde su llegada Numenor. Sin darse cuenta había llegado tan alto en la montaña que los chillidos de las águilas de Manwë podían escucharse alrededor, y uno que otro nido se escondía en los huecos de las escarpadas paredes rocosas, siempre nevadas en cualquier época del año. El caballo parecía estar contagiado de la misma ansia de la princesa por llegar a la cima pues cabalgaba vigorosamente. El agudo chillido de las águilas la hiso reaccionar por unos momentos, como si le suplicaran que se detuviera y emprendiera el camino de regreso, pero Armenelos se encontraba ya muy lejos y la cima ya tan cerca que lo único que hiso fue mirar con más determinación su objetivo, y el meara leyendo sus pensamientos aceleró todavía más su violento galope, hasta que por fin entraron a la superficie plana de la cima, a la pequeña meseta donde el espíritu de Iluvatar bajaba del trono en sus benditas estancias dos veces al año para escuchar las palabras del Rey de Numenor, pero Silmarien estaba convencida de que Él bajaría una tercera vez, solo para escucharla a ella.

Bajó de un salto del corcel, jadeante, sus piernas le flaquearon y casi cae de bruces al suelo, y tambaleantemente caminó hacia el centro de la plana superficie, miró al cielo que comenzaba a vestirse de estrellas y cayó suplicante de rodillas, sus manos entrelazadas y alzadas desesperadas al cielo.

-¡Erú padre de los hombres!, escucha a la más desesperada de tus hijas, la única que vive entre las sombras aun cuando su vida debe de ser luminosa- las lágrimas comenzaban a rodar desde sus ojos y las sentía bajar por sus orejas , pues su rostro estaba totalmente virado al cielo, sus manos temblaban y sentía una debilidad en sus extremidades que solo había sentido una sola vez en su vida, y mientras pensaba como pedirle lo imposible a Iluvatar, por su mente pasó la imagen de la blanca terraza en el palacio de Gil Galad, aquella tarde en que por ninguna razón perdió el conocimiento por varios días, y temió que el hecho fuera repetirse en ese preciso momento y en ese preciso lugar- Padre, asígname tú el precio que yo gustosa lo pago, pero permíteme vivir al lado de la persona que más amo en este mundo, tu que todo lo puedes hacer, haz recapacitar a Ereinion.

Ese nombre que no había pronunciado por años hiso un cosquilleo extraño en sus labios y una punzada en el corazón la hiso detener la respiración por unos momentos. Después solo silencio. El viento de la noche revoloteó y esparció los cabellos de la doncella y después la noche se volvió apacible, las águilas ya no se escuchaban y las estrellas comenzaron a brillar con todo su esplendor.

Silmarien bajó sus brazos exhaustos a su regazo y permaneció con su cabeza baja como derrotada, mirando la nieve mullida, sintiendo como el frio atravesaba sus vestidos y sus botas y helaba sus piernas. El verano casi terminaba y el frío era penetrante en esas alturas, pero Silmarien no había repuesto en el clima hasta en ese momento, en el que se tomó el tiempo de gritar a Eru, cabalgar lo más rápido que podía, respirar profundamente, llorar. Ahora que había hecho todo eso sentía menos pesado su pecho que había amenazado por desbordarse por tanto tiempo.

Solo Eru quien había estado observándola sabía cuanto tiempo había permanecido en esa posición, y cuando la doncella se sintió lista para retirarse, enjugo sus lágrimas con las mangas de sus vestidos y sorbió su nariz para después levantarse trabajosamente y caminar hacía su corcel que la esperaba pacientemente.

La princesa se puso en marcha de vuelta a palacio con las estrellas como su unica linterna. Ahora la marcha fue traquila y silenciosa, pero espectante, como si alguien la obserbara en silencio.


Nota de Autora:

Primeramente me disculpo por el largo retraso, me tomó meses poder terminar el capitulo y mas que nada fuer por parte de tiempo para sentarme y poder escribir, porque la historia ya esta completa en mi mente, pero les agradezco que sigan dejándome sus comentarios, me motivan muchísimo. Yo me he propuesto que esta va a ser la primera historia que terminare, ni importa cuanto tiempo me tome, así que siempre tengan la esperanza que habrá un capitulo después del que estén leyendo.

Muchas gracias Yanily, Lady LAurelin y AVeSlyth, son mis fieles lectoras, les agradesco que siempre esten ahí para dejarme sus comentarios. AVeSlyth ya vi que subiste capitulo nuevo, me super emocione! en este momento pasare a leerlo y a dejarte mi comentario!

Hasta el próximo capitulo!