Arribando a Numenor
El té que contenía la ornamentada taza de porcelana iba enfriándose poco a poco sobre la larga mesa repleta de pergaminos y libros, olvidado por su dueña su humo iba extingiendose dejando una delgada hebra en el aire. La doncella se encontraba sumida en la lectura del gran volumen que sostenía con sus dos manos, sus ojos verdes recorrían las paginas amarillentas que evidenciaban los años que el libro habia visto pasar. Sus ojos cansados por la lectura miraron por la ventana donde el sol de medio día se asomaba y metía sus largos brazos atraves de los vitrales, y volvió con una sonrisa sus ojos esmeraldas hacia el libro, solo para que un segundo después se pusiera de pie de un salto, soprendida por lo tarde que era. Tomó la taza y bebió de fondo el té que ya se había enfriado y salió corriendo hacia la salida de la gran bilbioteca de Armenelos con el gran volumen entre sus manos, esquivando todo lo que se topara en su camino, incluyendo a transeúntes y muebles.
-¡Miriel, recuerda devolverlo a tiempo!- gritó la mujer bibliotecaria viendo desaparecer a la doncella de cabellos castaños mientras ésta misma hacía un ademán con su mano en alto como respuesta afirmativa.
Se había dejado llevar por la lectura y se le habia hecho tarde para sus diligencias de palacio, estaba segura que la princesa ya habia iniciado sus clases de arco, y la estresaba haberse metido en un problema con ella. La ciudad parecía que la quería hacer llegar aun más tarde a sus obligaciones porque se empeñaba en retrasarla con todo el bullicio a esa hora del día. La gran biblioteca de la ciudad se encontraba en la zona más concurrida de la metrópoli cerca de mercados, talleres, mezones, entre otros establecomeintos comerciales, y a esa hora parecía que todos habían salido de sus casas hacia las calles, apenas y se podía caminar entre la multitud.
Intentó vanamente tomar la calle principal de la ciudad que llevaba directamente a las escalinatas de la puerta principal de palacio, pero fue inútil, habia una multitud agrupada en las orillas de la bella calle empedrada, y por mera curiosidad entre el estrés de la situación, Miriel se subió a una caja de madera para ganar altura y mirar sobre las cabezas de los espectadores, fue que descubrió que recorriendo ese mismo camino a Palacio se encontraba una comitiva de unos 10 ginetes galopando hacia su mismo destino, y la gente extasiada por el orgulloso porte de los ginetes dejaban sus diligencias a un lado para agruparse en las calles y verlos pasar. Miriel inmediatamente identificó los banderines elficos que ondeaban con la brisa de medio día y se percató de que se trataban ni más ni menos que de los Herreros de Lindon que Tar- Minastir había invitado a Numenor.
Pensó en Silmarien y suspiró compungida, rogando a Eru para que le diera panciencia y tolerancia para soportar el humor de la princesa. Miriel bajó de un salto de la caja que le había servido de banco, todavía abrazando su libro contra su torzo, y su rostro se iluminó cuando recordó uno de los caminos secundarios por el que la princesa siempre volvía a palacio para evitar a la gente que siempre tomaba el camino principal. Sus ojos esmeraldas buscaron el nombre de las calles en las que se encontraba y confirmó alegremente que estaba cerca y alejándose de la aglomeración corrió calle abajo para tomar el camino más rápido a Palacio, así podría llegar antes de que la comitiva entrara en los campos del Rey y podría dar la noticia a Silmarien.
Cuando por fin llegó al campo de tiro, comprobó que efectivamente la practica ya habia empezado, la princesa se encontraba en el extremo occidental del campo, con el arco bien sujeto en su mano izquierda, mientras su mano derecha tensaba la cuerda, a un lado de ella, el instructor le daba indicaciones y Silmarien las escuchaba con su rostro concetrado en el blanco que se encontraba en el extremo opuesto. El sumbido de las flechas de los demás practicantes era lo único que se escuchaba en ese momento. La doncella recién llegada esperó a que la princesa soltara la cuerda y la flecha saliera disparada y se encajara en las líneas rojas del lienzo, las cuales estaban en las orillas del blanco. Silmarien miró satisfecha su tiro porque por primera vez, la flecha no salía dispara a las copas de los arboles, señal de que estaba mejorando en su practica.
-Cada vez te acercas más al objetivo- decía el instructor a Silmarien- hay que trabajar en controlar el viento a tu favor.
Silmarien asintió mientras el instructor se alejaba para recuperar la cuerda. La princesa se acercó a la sombra de uno de lor arboles que rodeaba el campo de tiro con arco y se sirvió una copa de agua del jarrón que se encontraba en las mesas apostadas ahí para que los practicantes pudieran hidratarse en los días soleados de primavera como ese.
Miriel se acercó como un perrito con la cola entre las patas a la princesa, y ella la miró sin ninguna expresión en el rostro.
-Disculpeme que haya llegado tarde- decía Miriel con la cabeza agachada abrazando su libro- estaba en la biblioteca y perdí la noción del tiempo.
-Miriel, ya te he dicho que no es necesario que me sigas a todas partes, y menos a mis prácticas de tiro, solo te quedarías viendo y es algo a lo que no le encuentro ningún uso ni beneficio.
-Lo sé, pero es mi trabajo acompañarla…
-¿Qué es eso?- dijo Silmarien poniendo su atención en el libro.
-¿Esto?- dijo Miriel abriendo el libro en una de las ilustraciones de estrellas de las que estaba lleno- es un libro de astronomía.
Silmarien lo tomó de los brazos de la doncella, y recargando el pesado volumen en su estomago comenzó a ojearlo, sus ojos grises iban y venían con velocidad entre las paginas y por unos minutos quedó en silencio leyendo a grandes rasgos la información que contenían esas hojas.
-Lo escribió Tar-Melendur- dijo Silmarien sorprendida- es de los estudios que realizó en su torre de Forostar, ¿en donde encontraste esto?
-En la zona restringida de la biblioteca- dijo la doncella con sus manos entrelazadas en su espalda- Ailien, la biblioteraria me ha ganado confianza y sabe que amo leer y estudiar, asi que me permite entrar a esa sección…No lo volveré a hacer si le molesta, majestad.
-¿Por qué me molestaría que mi dama de compañía quiera aprender e instruirse? Lo que me molesta es que no me hayas llevado antes- dijo Silmarien devolviéndole el pesado libro a Miriel.
-Voy muy seguido a la biblioteca de la ciudad- dijo Miriel con una alegre sonrisa en los labios- podemos ir mañana si gusta, hay libros demasiado interesantes y escritos que parece que se les han olvidado que existen, muy antiguos, con tintas que son difíciles de leer, en alto elfico, estoy segura que le van a encantar.
-Deberia llevarte yo a la biblioteca del Palacio, entoces- dijo Silmarien, quien no pudo evitar sonrier ante los grande ojos de emoción que desplegó la doncella.
-Se lo agradecería mucho- dijo Miriel.
-No me hables de usted, por favor, me haces sentir vieja.
Miriel asintió con una sonrisa en los labios y sus bonitos ojos alegres. En ese presiso momento el agudo sonido de unos cuernos se escucharon cerca del campo de tiro, y una parvada de aves salió volando de las copas de los arboles cruzando el cielo. Eran cuernos de bienvenida, pero no eran Numenoreanos, Silmarien se quedó helada en su lugar y sus ojos se oscurecieron, porque reconocía ese sonido, eran cuernos elficos, los había escuchado muchas veces en Lindon, cuando su vida era feliz al lado de Ereinion…
-Tambien venía a decirle que los Herreros Noldor llegaron a la ciudad- dijo Miriel viendo la expresión sombría de la princesa- los vi pasar por el centro camino hacia aquí y vine lo más rápido posible para avisarte. ¿Quieres que vaya a preparar tus vestidos? Tar-Minastir podría requerir tu presencia en la bienvenida de los Noldor.
-Por supuesto que no, arregla mi ropa de viaje y unos cuantos vestidos, iré a preparar a Alqua- dijo la princesa- se discreta no quiero que Minastir te vea y no tenga mas remedio que hacer lo que me pide.
-¿Partirás de nuevo?- dijo Miriel con un tono de urgencia, sentía que la princesa apenas estaba formando una rutina en Armenelos, y ahora se iba de nuevo.
-Si, voy a necesitar que le escribas una nota a Minastir que le notifique de mi partida, pero no se la des hasta que yo ya no este aquí.
-Me gustaría acompañarte, si me lo permites.
-No…no quiero arrastrarte en cada arranque que tenga- dijo Silmarien con prisa en su tono de voz- además no se ni siquiera a donde me dirijo, solo me quiero ir de aquí, haz lo que te digo y te veo en una hora en los establos del Rey.
Miriel asintió y se quedó bajo la sombra del árbol viendo como Silmarien cruzaba el campo de tiro mientras todos los demás seguían con sus prácticas. No sabía cual era la causa de su aversión hacia los Noldor, como su doncella de compañía no se atrevía a indagarlo, se limitaba solamente a obedecer las peticiones de su Señora, y respetar ese dolor con el que vivía la princesa. Es por esa prudencia de la doncella que Silmarien había decidido aceptar su compañía, era la única que no la juzgaba y de las pocas personas que le alegraba la compañía de la sombría princesa, porque Miriel, aunque joven entre los Dunedain, era una mujer que sabía ver dentro de los corazones de las personas, y sabía leer entre líneas las palabras de la gente para descubrir sus verdaderas intenciones, y se apiadaba de la amargura de la princesa, una mujer hermosa, que podría tenerlo todo en la vida, pero que sobrevivía penando por los rincones de Numenor.
Mientras tanto en Palacio se daba la bienvenida a los Maestros Herreros de Lindon, habían llegado esa mañana al blanco puerto de Rommena y habían partido directamente a la Ciudad Blanca de los Reyes.
Los Eldar comprobaron que habían alcanzado las costas de Elenna cuando sus inmortales oídos se llenaron del canto de las gaviotas, y lo siguiente que divisaron en la lejanía, cuando hubieron pasado la neblina que protegía la isla bendecida de los Hombres, fue el Meneltarma, La Montaña Sagrada, que se alzaba como el mastil de un gran barco. El poderoso navío elfico cruzó la bella espuma y descubrieron ante sus ojos penetrantes que el bello puerto de los Reyes se desplegaba frente a ellos en todo su esplendor y poderío.
Tan pronto desenbarcaron, tomaron el empedraro camino a Armenelos, y a esas horas de la tarde cruzaban las descomunales puertas del Palacio de los Reyes de los Hombres, la cual estaba grabada con maestría y los surcos de madera representaban a grandes detalles la historia de los Hombres desde su despertar en el Este y sus viajes hasta llegar a Beleriand, sus guerras contra Morgoth al servicio de los Reyes Elfos, y por último, el regalo que los Valar les había hecho al hacer para ellos la Isla de Numenor, Elenna, la Isla Bendecida de los Hombres de Oesternesse. Sus ojos inmortales no podían reprimir el asombro al ver la hermosa ciudad de los Reyes, esculpida en su totalidad de un bloque megalítico de mármol, con sus torres como espigas queriendo alcanzar el cielo y con sus banderines saludándolos desde las alturas. Ningun palacio podría competir con el de Tar-Minastir en esos capítulos del tiempo, los mismos Valar habían esculpido cada muro con sus manos imperecederas, esas mismas manos que habían creado al mundo.
La comitiva de los diez herreros entraron orgullosos a la sala del trono donde ya los esperaba Tar-Minastir, sentado en su alta silla, con la estrella en el centro de la frente y el pesado Cetro de Numenor sujeto con fuerza en su mano derecha. Sus consejeros y los maestros herreros de los dunedain acompañaban al Rey en ese momento, todos ricamente ataviados, mostrando la opulencia de la que eran poseedores por derecho propio, por el sudor de sus propias frentes. Cuando los Eldar hubieron recorrido el largo pasillo de la magnifica sala del trono hasta llegar frente al Rey, estos hicieron una respetuosa revencia y se incaron ante el, por muchos años no conocerían a otro Rey que no fuera Tar- Minastir, ahora estaban a su disposición y le ofrecían su lealtad a cambio de trabajo y hospedaje.
Tar-Minastir se levantó de su majestuosa silla y la luz de los ventanales rebotó en la piedra blanca de su frente, y muchos entre los Eldar que habían conocido a Earendil les pareció que lo veían de nuevo en las Tierras Mortales, y bajando los escalones de piedra llegó a la altura del Gran Maestro Herrero que lidereaba al grupo de Eldar, y con una señal de su mano pidió que se levantaran. Minastir miró complacido los hermosos rostros, y les habló por fin.
-Amigos, hermanos mayores, bienvenidos sean al reino de Numenor, que con todo gusto abre sus puertas para recibirlos, honrando así una vez más esta fuerte amistad que nos une a las dos razas- Minastir que había hablado al grupo de Noldor, ahora posó su mirada gris en el pelirojo Maestro Herrero- Señor Almandur, es un honor para nosotros contar con su presencia y aprender de la Casa del orfebre más poderoso de la historia, como también el más incomprendido, el que fue tan amado y al mismo tiempo temido.
Almandur se irguió orgulloso ante el Rey, le sorpredió que hiciera alusión a su estirpe, y mencionara a su familiar, aquel que había creado los Silmarils. El Rey de Numenor había estudiado bien a sus huéspedes antes de acceder a abrirles las puertas de Numenor, como todo buen Rey debía hacerlo.
-El renombre de mi estirpe se ha ensuciado por acontecimientos desafortunados, pero espero poder limpiar el nombre de la Casa de Feanor prestando mis servicios al Rey de los Dunedain- Dijo Almandur complacido y haciendo una leve reverencia con la cabeza, en donde una delicada tiara de oro brillada.
Minastir asintió con una sonrisa para después dar indicaciones a sus sirvientes de asignar el hospedaje a sus invitados. A los Herreros les fue ofrecida una de las villas más bellas de Armenelos, propiedad de la familia real, pero a Almandur le fue ofrecida una de las alcobas más exquisitas de palacio, dado a su jerarquía como Gran Maestro Herrero, y príncipe de los Noldor. Almandur dudó por unos momentos en aceptar tal oferta y permanecer junto a sus herreros, pero no quería ofender al Rey, cuando apenas tenía unas horas de haber desembarcado en Numenor.
El sirviente condujo al Noldo por escaleras y pasillos, exquisitamente esculpidos de hermosas molduras y estatuas de los reyes y reínas del pasado, y de hermosos estandartes tejidos en valiosas telas, que colgaban desde el alto techo.
Y cuando llegó a su habiatacion, ésta que iba a ocupar por tantos años, el asombro no disminuyó, era digna de un príncipe de antaño, los techos eran altos y abovedados con pilares de mármol que sostenían el cielo razo, y las paredes eran revestidas de maderas hermosas y fragantes que jamas había visto en la Tierra Media, la enorme cama de cuatro postes estaba revestida de finas telas y los vitrales pintaban la hermosa habitación con sus alegres colores. La enorme chimenea de piedra esculpida se encontraba crepitando y el sillón de piel que se encontraba frente a ella lo invitó a sentarse. Almandur clavó su mirada al fuego danzante, y se dijo para asi mismo, en un intento de creérselo:
-Bienvenido a Numenor, Almandur de la Casa de Feanor- sus ojos reflejaban la llama del hogar, o la misma que le ardía por dentro.
A lo lejos pero acercándose rápidamente, escuchó el pesado galope de un conocido corcel, y solo pudo pensar en sus adentros "no puede ser…" Una sonrisa se le dibujo en el rostro al sospechar la identidad de su visitante, quien no se hizo esperar por mucho al aparecer bajo la arcada del patio de la casa al conocido corcel y a su añorado jinete. Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro, misma que fue recibida de la misma manera.
-Silmarien, esto es de verdad una sorpresa- dijo el Señor de Andunie cuando el recién llegado corcel se detenía frente a el, daba vueltas a su alrededor relinchando de gusto con su sonriente jinete tratando de calmarlo con una sonrisa en el rostro que le dedicaba al señor de esa casa.
-Ya te debía una buena visita y no quería hacerte esperar más- dijo la doncella haciendo señas al Señor de Andunie para que la ayudara a bajar. Este le ayudó gustoso ofreciéndole sus brazos como apoyo. No pudo dejar de notar que la princesa parecía extenueda y su cuerpo pedía auxilio aunque esta lunchara por mostrar su linda sonrisa.
-Ya me has hecho esperar lo suficiente, Bienvenida a Andunie - dijo el caballero recibiendo a la princesa con un fuerte abrazo y ayudándola a tocar tierra firme, separó el abrazo y la miró por unos momentos sonriendo y acomodándole los mechones enmarañados detrás de las orejas. Parecía que estaba al borde del colapso a causa del cansancio, pero la sonrisa no abandonaba su rostro, miró al corcel que se encontraba agitado y casi tan cansado como se veía la princesa, los dos parecían aliviados de haber llegado- ¿Cuánto tiempo llevan cabalgando?
-No sabría decirte el tiempo, pero desde que salimos de Armenelos- dijo la princesa con tanta ligereza que parecía que había ignorado el rostro sorprendido del caballero, este hiso señas al mozo de cuadras y le indicó que llevara al elegante corcel a su box y le proveyera de agua y suficiente alimento, que bien lo merecía. Habían hecho dos días de camino sin parar.
Valandil la invitó con un ademán de su mano a tomar el camino que llevaba a la residencia de los Seniores de Andunie. Silmarien recorrió con sus ojos el bello palacio, con sus torres puntiagudas que se alzaban altas como espigas en el campo, respiró profundamente hasta que sus pulmones se llenaron de la brisa marina, y su consternado corazón sintió paz como hace mucho no lo sentía.
Valandil amablemente indicó a sus sirvientes que prepararan un baño de agua caliente a la doncella, el cual esta agradeció sobremanera, el agua y la espuma terminaría de relajarla.
-Descansa cuanto puedas, porque te espero a la hora de la cena para que me expliques el motivo de tu repentina visita- Silmarien asintió seriamente mientras veía a Valandil retirarse sonriente para despues alejarse a su dormitorio.
La bañera de blanca porcelana ya se encontraba burbujenado en el centro de la habitación, una doncella se encontraba vertiendo las últimas gotas de aceite aromatico al cálido líquido cuando Silmarien entró a la alcoba. Se sentía bien de estar de vuelta en Andunie, el sonido del mar subía por el acantilado y llenaba la habitación, las velas que ardían alrededor de la bañera y en las paredes, daban un ambiente acogedor a la escena. La doncella saludó con una leve cortesía y se acercó a Silmarien para desatar sus trenzas y las agujetas de cuero de sus vestiduras enlodadas del camino, se quitó las botas de montar, y cuando se hubo despejado de toda tela, se introdujo lentamente al líquido cristalino y este le abrazó el cuerpo dándole la bienvenida.
La doncella se escusó y salió de la habitación sigilosamente. Silmarien comenzó a entrar en tu tipo de letargo causado por el cansancio del viaje y la paz que sentía en ese momento, los recuerdos de su infancia comenzaron a aparecer en su mente, los días corriendo en la playa, brincando olas y despidiendo el sol con las canciones de los Teleri de fondo volvían a su mente y le dejaban ver una sincera sonrisa. Suspiró profundamente, y tomó gran parte de su fuerza de voluntad para poder salir de la tina. Envolvió su nívea piel con una delicada toalla que estaba a su disposición cerca de ella, y se puso presentable para acudir a la cena con Valandil.
Llegar a la sala donde la esperaba Valandil le tomó más tiempo del anticipado, sus pasos continuamente se detenían en los arcados ventanales a admirar el bello mar que se extendía delante de sus ojos, y las luces de la ciudad portuaria que al principio había confundido con luciérnagas en la noche. A lo lejos se escuchaban los cantos de los marineros que desembarcaban aun a esas horas de la tarde, con el sol solamente tendiendo su último brazo sobre el mar. Hermosas voces que se confuncían con la voz de las olas, hermosas voces que venían del otro lado del mar, allá donde la hierba no muere y el invierno no llega.
Por fin la ostentosa puerta de madera se abrió frente a ella, y encontró a Valandil esperándola en la sala, este servía vino de un jarrón a una copa para después ofrecérsela a Silmarien al ver que se acercaba a el.
-Gracias, esto es justo lo que necesitaba- dijo Silmarien amablemente para después tomar su lugar en la mesa cerca de Valandil.
-¿Te refieres a la copa o a huir de nuevo de palacio?- dijo sarcásticamente.
-A las dos- espetó Silmarien con una sonrisa torcida.
-Deberías de hacer de Andunie tu residencia oficial, creo que te gusta más estar aquí que en Armenelos, por lo que he escuchado- se permitió bromear, el hombre de cabellos dorados y ojos verdes, sin duda la casa de Hador se hacía presente aun entre los dunedain.
-Tendrás razón, querido amigo, aunque podría decirse que uso solo el palacio para dormir, el resto del dia lo paso cabalgando en los campos aledaños, porque la corte está llena de chismes, que veo que han llegado hasta tus oídos al parecer- dijo Silmarien con una mirada acusadora.
-Solo unos cuantos y muy vagos, al fin de cuentas solo creeré en lo que salga de tu boca, tú me conoces, asi que soy todo oídos- dijo Valandil y procedió a guardar silencio pero posando una pesada mirada en su invitada, expectante a lo que ella tuviera que contarle.
Silmarien vaciló unos segundos antes de pronunciar palabra, tomó un pequeño trago del delicioso licor y prosiguió.
-Te contaré a grandes rasgos, y solo a ti porque sé que eres prudente- hizo una breve pausa antes de continuar- no me gusta estar cerca de los noldor, me provocan amargas memorias, memorias que encuentro difícil de asimilar, me cuesta mucho fingir que estoy bien cuando en realidad sufro por dentro, y si, como bien dicen los rumores, tiene que ver con el tiempo que estuve viviendo con ellos después de la guerra, hasta yo misma comienzo a creer esas cosas que dicen de mí, y que en verdad me embrujaron, por eso ya no soy la misma. Ahora que los Herreros de los Noldor llegaron a Armenelos, no pude hacer nada más que escabullirme, huir como un raton al que han desalojado de su ratonera. Dejé una misiva a Minastir pero ningún aviso previo, pero estoy segura que el ya esperaba una reaccion asi de mi parte, él sabe cuanto me duele.
Silmarien tomó otro trago y desvió la mirada de Valandil, este solo se reclinó en su a silla y dejó escapar un suspiro. Ya rondaba en su cabeza que su amiga había amado a un Elda, y estaba viviendo un doloroso duelo, pero necesitaba que ella misma se lo dijera.
-Siento mucho por lo que estás pasando, y ojala tuviera yo el poder de hacerte feliz de nuevo- dijo Valandil en un intentó de confortarla- por ahora lo único que puedo ofrecerte es mi casa, que es tuya también, porque sé que ese ápice de felicidad que aún puedes experimentar, lo encuentras aquí.
-Te lo agradezco mucho, aprovecharé cada momento porque sé que llegará el día en que mis obligaciones me devuelvan a Armenelos, y tenga que encontrarme frente a frente con los herreros, estoy aquí prácticamente para tomar fuerzas antes de comenzar una batalla más.
Valandil la miraba asombrado, aunque ella no había vuelto su mirada a él por vergüenza, pronunciaba palabras de mucha pena, pero lo hacía con una estoicidad sorprendente, como de alguien que ha gritado hasta el cansancio y de pronto ha quedado mudo.
Los meses pasaron y ninguna misiva había llegado desde Armenelos que requiriera su presencia en la ciudad, la princesa sabía que Minastir la estaba dejando respirar, estaba segura que esa misiva no llegaría hasta que se acercara la Eruhantale al inicio del Otoño, su hermano no le permitiría faltar a esa ceremonia, pero estaba empeñada en estirar lo más posible su estadía en el puerto y no llegar a la ciudad hasta en el último momento.
En Lindon, Ereinion no había dejado de pensar en ella, su estúpido corazón esperaba verla en cada habitación de su palacio, en los jardines que habían sido agraciados por su presencia hace ya muchos años, esos años en los que había puesto su esperanza para que le aminoraran el dolor de la ausencia, pero solamente lo habían hecho peor.
El Rey se encontraba en su habitación mirando al Gran Mar, con una copa en su mano era testigo de cómo Earendil viaja por el manto del cielo, y como el faro del Golfo de Lhun daba la bienvenida a los navíos que llegaban a todas horas de la noche y del día, como una estrella terrestre, a la que los viajeros le cantan en júbilo por haber tocado tierra. Se dio la vuelta para dejar su copa de vino en una mesa cercana, y recorrió con su mirada azul sus aposentos, esa enorme habitación solo para él, y el vacío parecía que le ahogaba más esa noche que ninguna otra, él hubiera lo estaba matando poco a poco, porque si no hubiera tenido esa visión, estuviera felizmente casado con la mujer de su vida, y esa habitación no se le haría tan grande ni vacía, porque ella estaría ahí acompañándolo, tal vez leyendo un libro a la luz de una vela, o plácidamente dormida. Pero la realidad era totalmente diferente, había tenido la visión, y gracias a ella, había hecho lo único que le impediría que la vida de Silmarien acabara de una manera abrupta.
Pero también la paranoia lo carcomía. La visión de los Herreros desembarcando en Romenna y llegando a Armenelos le vino a la mente esa tarde, ya un mes había pasado desde que zarparan de Lindon y solo podía pensar en su amada dándoles la bienvenida a los Herreros en el Palacio de Armenelos, pensaba en que ellos besarían sus manos agradeciéndole el recibimiento, esas manos que antes el besaba, esas manos que lo habían tocado con tanto amor, ese amor que no moría, si no que sufría y agonizaba, esa agonía del moribundo, que no moría.
Ereinion se despojó de su corona de oro y con desdén la arrojó al suelo y maldijo su título, su herencia, su responsabilidad de Rey, porque si no fuera por ella, los dos estarían juntos, porque hubiera abandonado todo por ella, pero era un Noldo orgulloso y la responsabilidad de su linaje le pesaba más que su propia vida. Siempre había querido hacer sentir orgulloso a su padre, quien había muerto bajo la misma responsabilidad, quería sentirse el fiel heredero de Fingolfin, quien había muerto en duelo con Morgoth, y había dejado lisiado al Valar. Vivía en la sombra de las hazañas de sus antecesores, y la corona del Rey Supremo de los Noldor pesaba ahora más que antes.
Ereinion vertió en su copa el fiel elixir que lo hacía dormir cada noche, y se recostó en su lecho, y Lorien lo encontró y lo sumió en un sueño intranquilo, pero que él ya conocía muy bien. Volvió a visitar el campo de batalla funesto, y volvió a tener entre sus brazos el cuerpo inerte de Silmarien, lloraba incontrolablemente sobre él, limpiando con sus manos la sangre que salía de la boca de su amaba, y que escurría por su nariz manchando sus mejillas y sus cabellos azabaches, y volvió a escuchar las palabras de la voz varonil que lo culpaban de lo que le había ocurrido a la princesa numenoreana, pero cuando subió la mirada para encarar al misterioso personaje, este ya se encontraba preparado con su espada sujeta con sus dos manos sobre su cabeza, y el rostro que al principio era borroso, fue haciéndose cada vez más nítido, como si la lluvia torrencial que caía estuviera lavando la neblina, y pudo ver con claridad la identidad de guerreo. Almandur.
Nota de Autora: Espero que hayan disfrutado este capítulo. Hasta ahora muchas cosas hay escritas que acontecen en Numenor, porque es tiempo de paz en la Tierra Media, Sauron aún está escondido en Mordor planeado su venganza contra los Elfos y los Numenoreanos, y pasan por lo menos mil años antes de que se vuelva a saber de él, y hay muchas situaciones que desarrollar en Numenor, entonces van a tener que acompañarme por unos capítulos más a la bella isla de los Numenoreanos, y espero se enamoren de ella tal y como yo lo hice. ¡Saludos!
