Capítulo 4
Al ver el puente, tuve unas ganas tremendas de asomarme para ver si pasaba el tren por debajo, como en los viejos tiempos. Pero el zumbido de las calles tras de mí empezó a crecer poco a poco, la casa de baños encendió las luces de su entrada y en ese momento supe que tenía que salir del camino lo antes posible. Si me descubrían, todo se iba al garete. Aunque acabara en buenos términos con Yubaba la última vez que estuve allí, no quería tener que vérmelas con ella en una situación similar.
Me dirigí hasta la pequeña entrada que llevaba al jardín de la izquierda. Me agaché y pasé a gatas. Era bastante estrecho, mucho más de lo que recordaba. También contaba el hecho de que ya no tenía 10 años. Miré a través de las hojas del matorral que tenía delante. Cuando estuve segura de que nadie pasaba por el ventanal, corrí hasta la otra puerta. El viento me recibió al pisar la pasarela.
Bajé las interminables escaleras de madera con cuidado. Las tablas crujían bajo mis pies a medida que me acercaba más hacia la planta baja. Me permití tomarme un momento para mirar las vistas desde allí. No había mar, así que pude ver las vías del tren con claridad. Aún así, era precioso.
Salté los tres escalones sueltos que me quedaban, llegando al fin a la plataforma de piedra. Miré la puerta de hierro frente a mí, las tuberías oxidadas a ambos lados, echando humo. Respiré profundamente. No estaba nerviosa, pero cierto sentimiento de añoranza me invadió cuando giré el pomo y entré.
La temperatura era mucho más cálida allí abajo. El calor que desprendían los fuegos de la caldera parecía abrasar mi piel. Me acerqué despacio hasta el final del pequeño pasillo, escudriñando entre el humo que se había acumulado allí. Una vez dejé atrás el vapor, vi a las pequeñas bolas de hollín transportar grandes pedazos de carbón hasta la caldera. Sonreí al verlas trabajar duro.
Una de ellas se giró hacia mí, advirtiendo una nueva presencia en el lugar. Sus llamativos ojos se volvieron mucho más grandes al verme, reconociéndome después de la confusión. Emitió un pequeño chillido, pero lo suficientemente agudo como para que las demás lo oyeran también. No tardaron más de dos segundos en dejar sus trozos de carbón y saltar en el aire, gritando alegremente.
Reí por lo bajo al bajar el escalón y ver como se arremolinaban alrededor de mis pies, bajé las manos a su altura y las saludé, feliz de volver a verlas.
—¡Hey! ¿Qué estáis haciendo ahí atrás, holgazanes? ¡Volved al trabajo! Esta casa de baños no puede mantenerse sin agua caliente —al escuchar esa repentina voz, alcé mi cabeza para mirar directamente a la tarima que estaba frente a los fuegos. El anciano de seis brazos trabajaba a toda prisa, vertiendo hierba y mandando de vuelta las tarjetas que ya estaban listas para ser usadas. Me erguí en mi postura, abriéndome paso hacia él. Me detuve a pocos metros, aún sin que percatara mi presencia.
—Hola, Kamaji.
Detuvo abruptamente su tarea al oír mi voz, la cual elevé para que se me pudiera entender en medio de todo el alboroto que emitían las máquinas de la sala. Por fin, posó su vista en mí, mirando a través de sus gafas de sol oscuras. Su ceño se frunció, inclinando un poco la cabeza mientras giraba su cuerpo hacia mí. Pareció quedarse mudo, su expresión era un poema. Su rostro era una mezcla de perplejidad y sorpresa. Al ver que no decía nada, me aventuré en tomar la palabra de nuevo.
—Venga, abuelo. Sé que ha pasado un tiempo... Pero, ¿no me digas que no te acuerdas de tu propia nieta? —sonreí de lado, haciendo una mueca. Su rostro se iluminó ante mis palabras, confirmando lo que estaba sospechando.
—¿Sen? ¿Chihiro? ¡Estás aquí! —bajó a toda prisa de la tarima y me envolvió en un gran abrazo, el cual devolví con gusto—. No me lo puedo creer. Después de tantos años, creí que ya no volveríamos a verte —no pudo ocultar la emoción en su voz.
—Yo también me alegro de estar de vuelta —al echarme hacia atrás para verlo mejor, vi que bajo su bigote asomaba una sonrisa de esas que dejaba ver poco.
«La fachada de viejo gruñón se acaba de evaporar» —pensé divertida. No muy a menudo se mostraba tan simpático.
—Dios mío, ¡cuánto has crecido! Mírate, ya eres toda una mujer —me elogió, con orgullo en sus ojos. Le agradecí con algo de timidez. No es que hubiera cambiado mucho con el paso de los años. Seguía usando el mismo estilo de peinado. Mi pelo había crecido desde la última vez, aunque no demasiado. Mi rostro se había definido con el paso de los años, pero sin dejar de tener esa nariz pequeña junto con las mejillas ligeramente rosadas—. Tengo una nieta preciosa, puedo sentirme orgulloso —agarró aire dramáticamente, algo que me hizo reír.
—Me parece que me miras con ojos de abuelo consentidor, Kamaji, así que no sé si fiarme mucho de tu palabra. Puede que necesites cambiarte los lentes —fingió hacer una expresión de profunda ofensa, pero la descartó por una de diversión al ver mi expresión de felicidad.
—Ven, siéntate. Tienes mucho que contarme, jovencita —colocó los cojines junto a la pequeña mesa que había al lado de la puerta que llevaba a los almacenes, invitándome a que tomara asiento—. Lin no tardará mucho en llegar, ya es casi la hora de la cena. ¿Quieres algo?
—No, estoy bien, pero gracias —decliné la propuesta amablemente, pero al ver su expresión de disconformidad, rectifiqué—. Un té, si puede ser —con más ánimos, se giró para volver a la tarima, mientras yo me quedé observando los cajones en la pared—. Tengo ganas de ver a Lin, ¿sigue tan enérgica como siempre?
—Demasiado para mi gusto —se quejó mientras sacaba la tetera junto a las tazas de té—. Siempre que viene aquí abajo se queja de todo y todos los que hay arriba. Me da dolor de cabeza.
Recordé el carácter de la mujer, al principio podía parecer muy estricta y dura, pero luego descubrías que en realidad tenía su lado amable y compasivo.
—Gracias —le dije cuando colocó una taza para él y para mí, reservando una tercera junto a la mía.
—Bueno, cuéntame —empezó, después de tomar un sorbo de su bebida—. ¿Qué has estado haciendo todos estos años?
—No hay mucho que decir. Me mudé al pueblo que queda al lado de la puerta que separa vuestro mundo con el mío. Hice mi vida allí con mis padres y ahora estudio en la escuela secundaria. Nada fuera de lo normal —asintió, escuchando con atención—. ¿Todo bien por aquí?
—Yubaba sigue siendo la vieja bruja despiadada de siempre, aunque debo decir que pareció ablandarse un poco desde tu ida —alcé una ceja ante eso—. Después del desastre del Sin Cara, estuvo molesta durante días. No paraba de refunfuñar por los desperfectos —hice una mueca con algo de culpa—. Pero cuando todo volvió a la normalidad, elogió mucho tu trabajo, Chihiro. Lin me contó que gracias a ti, ganó mucho dinero con ese dios al que ayudaste aquel día.
Me sorprendió que aquella mujer, después de todo lo ocurrido, tuviera buenas palabras para mí.
—Puedes decir que has sido la mejor trabajadora que tuvo y tendrán estos baños. Ella misma va alardeando por ahí sobre eso —sonreí con calidez ante el comentario. Al final iba a resultar que le caí bien y todo.
"La mejor trabajadora". No creí ni por asomo que fuera verdad. Había muchos otros que estaban allí más tiempo y tenían más experiencia que yo. De repente, un rostro sonriente y unos ojos verdes pasaron por mi mente. Miré al anciano algo dubitativa, no sabía como abordar el tema sin sentirme nerviosa.
—Y... ¿cómo está Haku? —al fin reuní el valor para preguntar. Vi que la sonrisa de Kamaji crecía en su rostro hasta enseñar los dientes.
—Me preguntaba cuánto más ibas a tardar en preguntar por él. Ah... las cosas no cambian, ¿eh? —me sonrojé—. Está muy bien, después de que te fuiste se presentó ante Yubaba. Gracias a que le devolviste su nombre, pudo romper el contrato que tenía con ella y dejó de ser su aprendiz —sonreí, aliviada de saber que estaba bien después de todo—. Aunque sigue trabajando aquí, no está prisionero, ya que no puede quitarle el nombre. Es el gerente de la casa de baños y el que se ocupa de todo cuando ella no está. El segundo al mando, por así decirlo.
—Pensé que querría irse de aquí después de recuperar su libertad.
—Al parecer, prefirió quedarse. Como ya no tiene su río, supongo que no tendría a donde ir. Es mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer —me sentí un poco triste y dolida a la vez. No tenía hogar... Pero aunque tuviera libertad de hacer lo que quisiera, no había ido a verme ni una sola vez... A sabiendas de que lo había prometido—. Por lo que sé, visita a Zeniba a menudo y aprende de ella. Es mejor opción que ser el aprendiz de Yubaba, a mi parecer.
—Sí, tienes razón... —al menos ya no se encargaba de cumplir sus encargos. Eso ya era una alegría. Quise preguntarle más sobre el tema, pero una voz gruñona y algo enojada se oyó desde el pasillo. Nos quedamos en silencio hasta que la puerta corredera se abrió de golpe, dando de lleno en el marco de madera. Una mujer que reconocí nada más ver, entró refunfuñando con una bandeja en la mano.
—¡Esa gente me tiene harta, Kamaji! Cada día estoy pensando más en la posibilidad de mudarme aquí abajo contigo.
Cuando dirigió su mirada a la tarima, esperando que el anciano estuviera allí, como era costumbre, se quedó algo perpleja. No tardó mucho en darse cuenta de que estaba sentado con alguien más. Me miró por un momento y al instante vi un brillo de felicidad mezclado con sorpresa en sus ojos oscuros. Dejó escapar un chillido agudo antes de dejar la bandeja caer despreocupadamente y correr hacia donde estaba para darme un abrazo, apretándome fuerte.
Por el rabillo del ojo vi como Kamaji se las ingenió con algo de dificultad para evitar que su comida se derramara en el suelo.
—¡Sen! ¡¿Estás de vuelta?! ¡No me lo puedo creer! —hice una mueca por los gritos en mi oído a la vez que le correspondía el abrazo, riendo por su efusividad—. ¡Te echado tanto de menos!
—Yo también os extrañé, Lin —se echó hacia atrás para mirarme mejor, sonriendo ampliamente.
—¿Qué haces aquí? ¡Ya te dábamos por perdida! ¿Cómo has estado? Has crecido mucho desde la última vez. ¡Tienes que contármelo todo!
—Lin, deja de avasallar a la niña con preguntas —dijo el anciano con calma, comiendo el arroz que le había traído, a lo que ella le dirigió una mirada molesta.
—¡Dame un descanso! No todos los días puedo ver a mi hermana pequeña —se quejó manteniendo su agarre en mis hombros. Me sentí agradecida al oír como me había llamado. Para mí también era la hermana que nunca pude tener.
En realidad, ellos eran mi familia también. Siempre lo han sido y siempre lo serán, no importa cuánto tiempo pase o qué tan diferentes sean nuestros mundos.
—¿Cómo estás, Lin? —le pregunté incitando a que se sentara. Cuando lo hizo, el hombre mayor me miró con expresión de alivio y agradecimiento, rondando los ojos levemente.
—Perfectamente. Todo sigue igual desde que te fuiste. Aunque los idiotas que trabajan aquí parece que se han vuelto más estúpidos —refunfuñó.
—¿Por eso venías quejándote? —Kamaji alzó una ceja, aunque no pareció sorprenderle.
—¿Te parece poco? ¡Tú no tienes que soportarlos a todas horas! Lin haz esto, Lin haz aquello... ¡Estoy harta! —se cruzó de brazos con una mueca.
—Y por eso agradezco la paz que hay aquí abajo —suspiró Kamaji—. Al menos las bolas de hollín son mejor compañía y no me dan tantos problemas —ante esto, las pequeñas hicieron un sonido agudo, como si corroboraran lo que había dicho. Las vi comer los dulces que siempre les traía Lin. Seguramente los habían tomado cuando dejó caer la bandeja.
—Por cierto, —de repente su expresión cambió. Vi una sonrisa pícara y como se enderezaba en su postura, acercándose un poco más a mí. Eso no presagiaba nada bueno— ¿has visto ya a Haku?
—No —ahí estaba otra vez, un hormigueo extraño me recorría el estómago cada vez que alguien lo nombraba en voz alta—. He venido directamente aquí. No quería que me descubrieran.
—Haces bien, después de la que liaste la última vez —se burló, dándome un codazo amistoso—. Estoy deseando ver la cara que pone cuando te vea. ¡Se va a quedar de piedra! La cara de póquer que trae siempre se le quitará de un plumazo, ya verás.
—¿Por qué lo dices? —intentaba evadir el tema, pero no parecía muy dispuesta a dejarlo ir.
—Ya sabes. Va de tipo duro pero cuando se trata de ti parece que las cosas cambian —insistió, sonriendo mientras me daba varios golpecitos en el brazo.
—Creo que exageras un poco. Simplemente me ayudó y fue un buen amigo durante mi estancia aquí —intenté no sonrojarme más de lo que estaba.
Cuando era pequeña lo vi como el mejor amigo que alguien podía pedir. Leal, amable, considerado, bondadoso, siempre estaba allí cuando lo necesitabas... Pero con el tiempo y a medida que fui madurando, empecé a darme cuenta de que mis sentimientos habían evolucionado hasta sentir que lo veía de una manera diferente. No solo como el chico que me ayudó y salvó en el pasado, sino como alguien mucho más especial.
Pero, de alguna manera, tenía la impresión de que para él no era lo mismo. Y más después de esperar por siete años el cumplimiento de una promesa que nunca llegó.
No había manera de que sintiera lo mismo que yo. ¿Cómo podría?
—En fin, no hay más ciego que el que no quiere ver —la oí murmurar, soltando un suspiro—. Da igual, lo que me interesa es saber como te ha ido a ti. ¿Tienes éxito en el colegio? Seguro que tienes muchos galanes rogándote a tus pies —su afirmación me hizo reír. Nada más lejos de la realidad.
—No es el caso, para tu desgracia. No hay muchos chismes que contar —bufó con desagrado, parecía una niña a la que le habían quitado un caramelo.
—¿Cómo les va a tus padres, siguen siendo tan descuidados? —preguntó Kamaji.
—Sí, ellos no cambian —torcí el gesto con ironía antes de beber un poco de té.
—Holgazanes. Tienen suerte de tenerte a ti. Si vivieran en este mundo, ya estarían servidos en el banquete para los huéspedes —comentó la castaña, pero al darse cuenta de que lo había dicho en voz alta, se giró con algo de culpa hacia mí—. Perdona, Sen. No quería–
—No te preocupes —le quité hierro al asunto agitando la mano—. Tienes razón. Deberían comportarse un poco mejor. Pero a estas alturas, dudo que lo hagan.
—Con la suficiente fuerza de voluntad, es posible. Mira a Yubaba, no ha hecho un gran cambio, pero al menos ya nos deja respirar un poco.
—Eso me ha comentado Kamaji. Si no me lo llegáis a decir vosotros, quizá ni me lo hubiese creído —reí.
—Pues créelo. Incluso nos da días libres cuando está de buen humor. Supongo que entre tú y su hijo la habéis hecho cambiar de parecer.
—¿Bo? —recordé al bebé y de repente tuve curiosidad—. Debe haber crecido mucho.
—Al contrario —intervino Kamaji—. Con el tiempo dejó atrás su forma de bebé gigante y se ha vuelto un niño de estatura normal.
—Vaya... Me alegro de que pudiera superar sus temores —aún recordaba lo temeroso que era y el miedo que le tenía al exterior.
—Todo gracias a ti, Sen —alcé la vista de la taza para ver a ambos sonriendo—. Este lugar no es lo mismo sin ti, pero a la vez, has hecho que sea mejor que antes —sentí calidez en mi corazón al escuchar esas palabras.
—Basta, al final haréis que me emocione —bromeé, intentando que no se notara lo emocional que me habían vuelto esas palabras. Era bueno que alguien te dijera algo así, aunque solo fuera una vez. Sabía que me apreciaban tanto como yo a ellos y eso era suficiente.
Lin se burló por mi reacción y Kamaji negó con la cabeza, pero sin quitar la sonrisa de su rostro. Me sentía tan feliz de estar allí, que casi ni me lo creía. Tenía miedo de despertar y que todo fuera un sueño. Un sueño que no podía retener...
En medio de nuestra conversación se escuchó la puerta por la que había entrado Lin abrirse. No de golpe como antes, sino con suavidad, pero no lo suficiente como para que no la oyéramos. Mi sonrisa se congeló en mis labios al ver que alguien más había entrado a la sala. Mis dos amigos callaron también, no sabía si por la sorpresa o la expectación.
Me levanté despacio, reconociendo al recién llegado al instante. Mis ojos marrones encontraron los suyos, verdes como la hierba. Las palabras se me quedaron atascadas en el pecho, así como mi respiración. Tenía tanto que decir, quería decirle tanto... Todo lo demás se desvaneció para mí. Me encontré allí plantada. Sola con él.
Su pelo verde le llegaba casi por los hombros, vestía su característico uniforme blanco y azul. La diferencia de altura era notable, incluso desde la distancia pude verlo. Estaba claro que ya no era un niño. Su rostro se había perfilado más, así como tenía los brazos más definidos. Mi corazón dio un salto. Si hacía siete años ya era guapo, en ese momento, me lo pareció aún más. Recé para que no notara el sonrojo que poco a poco se iba extendiendo por mi rostro.
Se quedó plantado allí, mirándome, sin decir nada. No pude leer ningún tipo de emoción en su rostro. Eso hizo que sintiera un ligero pinchazo en mi corazón.
«Haku. ¿No te acuerdas de mí?»
