Capítulo 5

Unos interminables segundos de tenso silencio pasaron. No me atrevía a decir nada. Él tampoco parecía muy dispuesto. Se apartó de la puerta, sin apartar la vista. Sentía que esa mirada de verde jade me atravesaba el alma.

—¿Qué estás haciendo aquí?

Mi corazón se encogió en mi pecho y casi pude notar que hasta mi sangre se helaba en mis venas. La sensación de rechazo me inundó el cuerpo.

No era así como lo esperaba. Tan solo pude parpadear, confundida y aturdida por el shock.

Su expresión carecía de emoción, como aquella vez en el ascensor.

—¡Eh, dragón! ¿Pero qué modales son esos? —la voz molesta de Lin me sacó de mi trance, haciéndome recordar que no estábamos solos allí.

—¿Qué haces aquí? —volvió a repetir, ignorando a Lin por completo.

El dolor que sentí, no puedo describirlo con palabras.

—Esas no son formas de saludar a mi nieta. Chihiro ha venido a hacernos una visita, ¿y así es como la recibes? —el regaño de Kamaji sonó con dureza—. Además, ¿a qué has venido aquí abajo? —por el tono en el que lo dijo, supe que temía que alguien me hubiese descubierto de camino allí.

—El agua caliente empieza a escasear. Algo que no es muy común, como sabrás —volvió su vista hacia él, pero no duró mucho antes de clavar la mirada en mí de nuevo—. Me pasaba para ver si había algún problema.

"Problema". ¿Eso era todo lo que me consideraba? Apreté los puños a mis lados, así como mi mandíbula.

—He venido a cumplir una promesa, una que me hiciste hace siete años —hablé por fin, intentando que mi voz sonara lo más tranquila y firme posible—. Ya que no te has dignado a cumplirla por tu cuenta.

En la sala se instaló otro silencio sepulcral. Hasta las bolas de hollín aguantaban la respiración. No dejé de mirarlo ni un solo momento, quería descubrir lo que tanto ocultaba detrás de esa máscara de frialdad. Estaba segura de que algo no encajaba. O al menos, a eso se aferraba mi esperanza.

—Creo que será mejor que habléis con tranquilidad —el anciano se levantó, haciendo que Lin lo acompañara, a pesar de sus quejas—. Volveré al trabajo cuando hayáis terminado.

Pasaron por el lado del peliverde, Lin lanzando miradas asesinas mientras que Kamaji solo pudo darle una mueca, un gesto que denotaba desaprobación. Cuando cerraron la puerta, sentí la tensión invadir el ambiente. Las bolas de hollín se escondieron en sus agujeros, dándonos la privacidad que necesitábamos.

—Ha pasado un tiempo —empecé, sin saber muy bien cómo hacerlo para que no pareciera todo tan insoportablemente incómodo.

—No deberías estar aquí, Chihiro —fruncí el ceño. Otra vez con eso. ¿Tanto quería que me fuera?

—Pensé que te alegrarías de verme —mostré una sonrisa irónica—. Pero ya veo que no.

—Si Yubaba se entera de que estás aquí, tendrás un problema —advirtió, como si no lo supiera de sobra.

—Vaya, pensé que el "problema" era yo —pareció captar lo que quería decir, ya que su fachada se vio un poco expuesta. Cerró los ojos por un momento, para luego intentar recomponerse de mi ataque—. ¿También fui un problema la última vez que estuve aquí? ¿Fui una molestia para ti?

—Chihiro–

—Por eso no has venido a verme en todo este tiempo, ¿verdad? Porque para ti solo fui un problema que necesitaba ser solucionado cuanto antes —sentí que mi voz quería quebrarse, pero reforcé mi postura.

—Sabes que eso no es verdad —su voz salió suave y sin vacilación, como si de verdad lo pensara.

—No, ciertamente, no lo sé —negué con la cabeza—. Al menos eso parece, ya que ni siquiera has intentado cumplir lo que me prometiste. Dime, ¿lo hiciste para contentarme? ¿Para que volviera a mi mundo y esperara por ti con fe ciega? ¡Siete años, Haku! —elevé un poco más el tono—. ¿Sabes lo que es esperar algo que nunca llega? ¿Sentir como toda mi paciencia y perseverancia no han servido para nada? —la humedad empezó a acumularse en mis ojos. Por más que lo quería impedir, dudo que lo fuera a conseguir.

Vi como intentó acercarse, pero a medida que dio un paso, yo di otro hacia atrás. Me pareció ver algo parecido al dolor en su mirada, pero desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Suspiró para sus adentros, intentando calmarse.

—Sé que estás enfadada.

—¿Enfadada? —reí falsamente—. No, no estoy enfadada. Estoy decepcionada —me mordí el labio inferior con rabia contenida—. Nunca pensé que fueras de los que hacen promesas vacías. Mi mundo será mezquino y egoísta, pero al menos las promesas las cumplimos.

Se quedó callado, no supe muy bien si era por falta de argumentos o remordimiento. Poco a poco, empecé a ver emoción en su rostro. Como echaba de menos verlo sonreír. Como esperaba que me recibiera con una de esas sonrisas que hacían que mi corazón saltara de emoción.

—No puedes presentarte así como así aquí, es peligroso.

—No te preocupes, me voy en la mañana, cuando todos duerman. Solo quería veros. Pero me ha quedado claro que no soy bien recibida —mi boca escupía veneno. No pude ni quise evitarlo, dadas las circunstancias—. ¿Tantas ganas tienes de perderme de vista?

—No es eso —se apresuró a decir—. Pero sabes que este mundo no es adecuado para los humanos. Te podría haber pasado algo de camino aquí —al principio lo percibí como un regaño, pero había tintes de preocupación en su voz.

—Ya no soy una niña, Haku. He crecido y puedo cuidarme bien sola —no era un reclamo, sino una llamada de atención para que viera la realidad.

—Puede que sí —hizo una pausa, mirándome con algo de calidez—. Pero eso no cambia el hecho de que tu presencia puede ser advertida y descubierta en un abrir y cerrar de ojos. ¿Qué hubiera pasado si no llego a ser yo el que bajara para averiguar qué era lo que ocurría? —en eso, tuve que darle la razón. Había sido un poco, demasiado, descuidada en ese aspecto. Estaba tan cegada con la idea de verles, de verlo...

—Tienes razón —admití—. Pero no todos los días me encuentro con la puerta del Reino de los Espíritus abierta —ante eso, frunció el ceño, confuso—. ¿Qué pasa? —pregunté, desconcertada por su actitud. Era raro verle así.

—No se supone que debía estar abierta. El hechizo que la guarda es poderoso. Aunque, cada cierto tiempo, puede debilitarse. Como aquella vez en la que viniste con tus padres —pensó en voz alta.

—Espera —alcé la mano—. ¿Me estás diciendo que tú sabías que no se puede cruzar al otro lado y, aún así, me dijiste que nos encontraríamos de nuevo? —mi incredulidad junto con el dolor que crecía en mi interior, quedaron a flote y visibles para cualquiera que tuviera ojos. Agachó levemente la cabeza, como un niño al que le regañan por algo que hizo mal.

—Creía que podía ser posible, pero me equivoqué —pude sentir la culpa en su voz. El flequillo le tapaba la cara, de modo que no podía ver nada. Por mucho que me negara, ese gesto me ablandó el corazón. Por primera vez lo vi vulnerable.

Pero, situándolo en una balanza, mi dolor y la sensación de sentirme traicionada pesaron más.

—Ya veo —miré hacia abajo por unos momentos—. Al menos podrías haber tenido el detalle de decírmelo. Me habría ahorrado el tener que esperarte por tanto tiempo.

Alzó su rostro para encontrar mis ojos marrones, los cuales brillaban a causa de las lágrimas que estaban por salir. Intentó acercarse a mí de nuevo, aunque yo me alejara en respuesta. Tenerlo cerca era un sufrimiento en esa situación.

—Kamaji debería volver al trabajo, como bien has dicho, puede que los demás sospechen —dije, mi voz carente de emoción—. Supongo que tienes deberes que atender también.

—Aún no hemos terminado.

—Yo creo que sí. Ya está todo dicho —hice una mueca—. No queda más.

Esperé a que saliera, a que hiciera algo para irse, pero se quedó parado en su sitio. Aún me tenía atrapada en su mirada, como si quisiera decirme algo pero no se atrevía a hacerlo. Tomé aire con dificultad, sintiendo una lágrima caer por la comisura de mi ojo izquierdo.

—Bien. Si no te vas tú, me iré yo —y sin esperar mucho más, di media vuelta para dirigirme hacia la puerta metálica. Lo último que oí fue la puerta de madera abrirse y un par de voces enfadadas a mis espaldas antes de salir al exterior. El viento helado me recibió, haciendo que mis lágrimas se sintieran frías al contacto.

Bajé las escaleras que llevaban hacia las vías del tren. Me senté en uno de los escalones, manteniéndome oculta a la vista ajena. Llevé mis piernas hacia mi pecho, acurrucándome. Temblaba, a causa del frío y de los sollozos que intenté reprimir, pero mi cuerpo ya no los soportaba más.

Supongo que así se siente que te rompan el corazón...