Capítulo 7

Cuando llegué a casa eran algo más de las siete de la mañana. Entré sigilosamente después de dejar la bicicleta en el jardín y subí a mi habitación. No pasaron ni cinco minutos antes de oír la voz de mis padres que provenía del pasillo. Con rapidez, me metí en la cama y me tapé hasta la nariz, para evitar que me vieran vestida con ropa de calle.

Justo cuando me tumbé, se escuchó dos golpes en la puerta.

—¿Chihiro? ¿Estás despierta? —mi madre entreabrió la puerta ligeramente—. ¿Aún estás en cama? Llegarás tarde a la escuela.

—Sí, lo siento, me debo haber quedado dormida —me dio una mirada extrañada. Nunca me levantaba tan tarde. Fingí un bostezo para hacerlo un poco más creíble—. Enseguida bajo.

—Voy haciendo el desayuno —con eso cerró la puerta y yo solté un suspiro de alivio.

Me preparé lo más rápido que pude y bajé para ayudar en lo que hiciera falta antes de desayunar. Cuando me senté, mi madre me regañó por comer demasiado deprisa.

—Despacio, Chihiro.

—Sí, mamá —me tomé con más calma el arroz, mirando la hora en el reloj de pared que teníamos en la cocina.

—¿Te pasa algo? —la voz de mi madre me tomó por sorpresa—. Esta mañana te has levantado más tarde de lo habitual y pareces un poco ausente —explicó. Mi padre nos miró por encima de las páginas de su periódico pero no dijo nada, tan solo nos escuchaba con tranquilidad.

—Ah, no. Anoche se me fue el santo al cielo mientras estudiaba y me acosté tarde, es todo —intenté disimular con una media sonrisa. Miré hacia ella por debajo de mi flequillo, esperando su respuesta.

—Bueno, intenta no trasnochar mucho, debes descansar más horas —asentí ante su consejo. Una vez terminé, me di prisa en recoger y coger mis cosas. Antes de salir me despedí de mis padres mientras me ponía los zapatos. Aquel día me fui en bicicleta, no podía llegar más tarde de lo que ya iba.

Crucé las calles a la máxima velocidad que podían ir mis pies. Al divisar la calle por donde siempre quedaba con Nara ralenticé el paso, pero al no verla por ninguna parte, deducí que ya había hecho camino a clase.

Dejé mi vehículo en el recinto donde las aparcaban los demás estudiantes, no sin asegurarla con candado. Justo cuando entré por la puerta del aula, sonaba el timbre que daba comienzo a la jornada.

—¡Hey! Pensé que hoy no venías —me saludó la pelinegra al verme. Dejé caer mi cuerpo en la silla, recuperando el aliento después de la carrera que me había dado hasta allí—. No es propio de ti llegar tan tarde. ¿Te ha pasado algo?

—Es largo de explicar —me miró con curiosidad, pero antes de que pudiera emocionarse por los chismes que le traía, la profesora entró saludando para dar inicio a la clase—. Luego te cuento.

Con un asentimiento, enfocó su atención en la pizarra. Suspiré para mis adentros, teniendo un momento de "paz" desde que había vuelto.

Pero aquella paz se vio interrumpida por el tren de pensamientos que no había podido dejar rienda suelta hasta ese momento.

Sin duda, las circunstancias no querían darme tregua.

—¡¿Fuiste al Reino de los Espíritus?!

Hice una mueca, llevando un dedo a mis labios, chistando en voz baja. Miré a nuestro alrededor, la gente de la cafetería estaba más ocupada en sus propios asuntos que en hacerle caso a un par de estudiantes.

—No hables tan alto.

—Perdón, pero es que aún no me lo creo. Me dijiste que no pudiste ir la última vez que lo intentaste —bebió su de su batido mientras esperaba a que continuara mi relato.

—Y no pude. La puerta estaba cerrada, por lo que sé, se abre cada poco tiempo y no es frecuente. Ayer fue una de esas excepciones.

—¡Vaya suerte la tuya! Deberías ir a echar la lotería, puede que ganes una fortuna esta semana —bromeó. Negué con la cabeza. Hizo una mueca, advirtiendo que ni sus bromas podían hacer que cambiara mi estado de ánimo—. Bueno, aparte de eso, deduzco que habrás podido saludar a todos allá, ¿no? —asentí. Pareció dudar un poco antes de seguir—. Y... ¿lo viste? ¿Cómo te fue con él?

—No muy bien —tardé un poco en responder. Me mantuve cabizbaja, torciendo el gesto en una mueca algo triste.

—Si no quieres, no tienes que contármelo —me dijo, dejando de lado toda broma, poniéndose seria. Comprendía que era un tema delicado.

—No —le di una pequeña sonrisa en agradecimiento—. Necesito sacar lo que me he estado guardando desde que volví —señalé mi pecho. Ella se mantuvo callada, dispuesta a escuchar lo que tuviera que decir. Le conté con todo lujo de detalles lo que ocurrió, de principio a fin.

—Y he llegado esta mañana, por eso he tardado tanto en llegar a clase —finalicé, quedando en silencio, esperando su reacción. Nara tan solo me miraba, sin decir absolutamente nada. Me recordó a la vez en la que le conté sobre mi aventura. Primero venía la expresión en blanco, para luego estallar en emociones.

Abrió la boca pero la cerró enseguida, levantó la mano, indicando que le diera un momento. Se llevó la mano al mentón, pensando en lo que fuera que iba a decir.

—¿Puedo decirlo?

—Lo vas a hacer de todos modos.

—¡Pero qué idiota! —cerré los ojos, frotándome el oído dolorido por su repentino grito—. Estoy de acuerdo con tu amiga. No puedes presentarte allí y ser recibida de esa manera, ¿qué le pasa? —habló atropelladamente, enojándose con cada frase aún más—. ¿Tanto le costaba alegrarse un poquito aunque sea? "No deberías estar aquí" ¿En serio? Vaya manera de saludar —al ver que no decía nada, se fijó un poco más en mi cara. Seguramente notó la decepción y la tristeza en mis ojos, ya que suavizó su tono—. Perdona, sé que esto es duro para ti. Se me fue la mano.

—No importa. Estoy bien —le resté importancia.

—No, claramente, no lo estás —torció el gesto—. Mírate, pareces un alma en pena.

—Gracias por los ánimos, Nara —dije con ironía, suspirando. Le di un sorbo al batido con tal de mantenerme ocupada con algo.

—No, en serio —giró la cabeza, dando una mirada llena de comprensión—. Si necesitas cualquier cosa, sabes que estoy aquí, ¿verdad?

—Claro, no esperaba que me dejaras en paz con tanta facilidad —fingió estar ofendida por mi broma—. Descuida, eres la primera a la que acudo cuando necesito hablar —sonreí, a lo que ella también, entendiendo que por ese día ya había tenido suficiente.

—Bien, de algo sirve ser tan terca —afirmó a modo de triunfo. La vi fijarse en algo que había detrás de mí, quedándose extremadamente calmada. Con algo de curiosidad, giré ligeramente mi cabeza para ver por el rabillo del ojo a un chico un poco más mayor que nosotras limpiar los vasos en el mostrador. Volví mi atención a ella, la cual no parecía advertir nada más a su alrededor. Chasqueé los dedos enfrente suyo. Ante esto se sobresaltó y me miró con algo de frustración.

—Tierra llamando a Nara, vuelve inmediatamente —alcé las cejas un poco con diversión—. Deja de mirarlo de esa manera si no quieres que piense que eres una acosadora —bufó, levantando los mechones de cabello que caían a los lado de su cara—. Poco más y se te cae la baba.

Se levantó un poco de su asiento para darme una palmada en el brazo, causando que riera al ver que casi se cae de su asiento.

—Mira quién habla. Me gustaría haberte visto la cara cuando te encontraste con Haku ayer —ahora fue mi turno de sonrojarme. Me señaló mientras se sujetaba la barriga a causa del ataque de risa que le dio—. ¡Ajá, te has puesto roja!

—Cállate —le di una patada por debajo de la mesa, a lo que ella se quejó—. Estás molestando a todo el mundo —dije al ver que varias personas de las mesas de al lado posaban su mirada en nosotras de vez en cuando.

—Sí, sí. Cambia de tema, pero te he pillado —llevó dos dedos a sus ojos y me señaló con una sonrisa traviesa. ¿En qué mal momento la elegí como mejor amiga?

Después de más risas y chistes, Nara insistió en quedarse un rato más, queriendo compartir el mismo espacio que Hiro aunque solo fuera por un poco más de tiempo.

Y no la culpo. Lo que hubiera dado por poder tener la suerte de tener a la persona más importante para mí tan cerca...