Cosmos Congelado
Capítulo 20
Santo y diosa se encuentran completamente envueltos en una densa nube de un blanco prístino, que se va disipando suavemente, mientras ellos atraviesan caminando lentamente una amplia sala dentro de Atohallan, cuyos altos techos hechos de grueso hielo parecieran reflejar la luz solar a través de ellos, lo que permite que esta sala tan colosal se encuentre iluminada de una cálida luz blanca, casi como si el cielo mismo estuviera rodeándolos, permitiéndoles ver claramente que se encuentran rodeados por cientos de perfectas estatuas de nieve que se mueven pausadamente alrededor de ambos, Degel siendo el primero en reconocer las formas de las armaduras hechas de escarcha, aunque no así las caras de sus portadores. Sin embargo, ante una más detenida inspección, logra reconocer a Hakurei, maestro de su compañero Shion y antiguo Santo de Aries, así como a su hermano Sage, anterior Santo de Cáncer y actual Patriarca, ambos cruzando puños con guerreros que, por el patrón de sus armaduras, asume que son espectros de Hades.
"Son antiguos Santos de Atena… ¿estos son… representaciones de las pasadas Guerras Santas?"
Elsa escucha la explicación y asiente con la cabeza, comprendiendo la importancia de estas estatuas, además de maravillada por el fantástico despliegue de figuras.
Tantos guerreros y guerreras combatiendo entre sí, lentamente haciendo chocar los puños, las armas y los escudos, en tantas representaciones, que le entristece saber la cantidad de vidas que se han perdido en esta guerra milenaria entre el bien y el mal. No, más bien la guerra entre el dominio de los dioses por esta prolífica tierra. De entre todas las figuras, la joven albina empieza a diferenciar algunas cuantas siluetas que se repiten entre sí, probablemente, como dice Degel, representaciones y reencarnaciones de los guerreros en distintas épocas, pero también nota que, por encima de todos ellos, sobresalen unas figuras adolescentes de enorme capa y mirada dulce, que sin embargo, emiten un aura de maldad, y siempre confrontadas con otras figuras femeninas que sostienen amenazadoramente un báculo alto, más reluciente e imponente que las demás estatuas, sostenido por mujeres de rasgos más finos que ella haya visto jamás. Elsa se queda mirando a una de ellas, y nota que, a pesar del gesto de determinación que hay en su semblante, los finos y tiernos rasgos, la suavidad de la boca y el cuello, dan a entender que esta figura femenina apenas está saliendo de la tierna infancia, y la ex - reina de Arendelle se entristece aún más al pensar que un alma tan inocente y joven tenga que confrontar un destino tan aciago, en tantas reencarnaciones. Desde tiempos inmemoriales, la guerra ha sido una peste terrible que ha acabado con la vida de tantas generaciones de jóvenes… Elsa baja la cabeza en señal de respeto y dolor por estas valiosas almas perdidas durante milenios, para después regresar su mirada sobre la figura que tiene en frente, y se da cuenta que aún cuando la representación de esa misteriosa jovencita portando el báculo se repite en varias escenas móviles, igual que los demás, a diferencia de los santos que pelean y de los enemigos que la confrontan, el rostro de ella siempre es el mismo. Es como si siempre fuera la misma mujer renaciendo en distintas vidas.
"Atena," Degel le suspira al oído, orgulloso y emocionado, "ella es la diosa por la que todos nosotros peleamos y ofrecemos nuestras vidas."
Elsa abre los ojos como platos. Sí, puede percibirlo, la majestuosidad y magnificencia de esta figura, que aún cuando sólo es una helada representación de la original, de todas maneras revela un gran poder y magnanimidad, una divinidad imposible de describir. No se puede imaginar lo que sería conocer a la diosa en persona. En su subconsciente se formula una pregunta, y sin palabras Elsa voltea a ver al Santo de Acuario. En silencio, él le sonríe y asiente al interpretar de inmediato la pregunta en su mirada, así como el embelesamiento de la joven diosa ante tal poder.
"Sí, he visto a Atena en persona, más de una vez, incluso he sido testigo de su crecimiento, desde una niña pequeña hasta la joven que es hoy, y es increíble la mezcla de ternura, compasión, humildad y simplicidad, con la de poder, majestuosidad y perfección que de ella emanan. Realmente es una diosa." Su sonrisa se ensancha aún más. "Así como tú."
Elsa se sonroja profundamente y voltea de nuevo a observar con admiración la figura de la diosa. "No te sientes sacrílego al pronunciar tales palabras?"
Él encoje los hombros, despreocupado. "Seguramente es sacrilegio, pero nuestra diosa Atena puede y ha perdonado insultos más graves por amor a nosotros. Estoy seguro que me perdonará porque puede ver con claridad que estoy en lo cierto." Sin pudor, frente a la figura de su diosa, el joven besa suavemente los labios de la diosa nórdica que ahora es suya. Elsa trata de dar un paso atrás, sintiendo lo increíblemente impropio que debe ser tales demostraciones de afecto frente a una divinidad tan poderosa y venerada, pero no encuentra la fuerza necesaria para rechazar una caricia que ella anhela tanto, así que en sus pensamientos formula una plegaria de disculpa.
Ambos amantes, tomados de la mano, continúan caminando en medio de las estatuas móviles que parecieran extenderse en miles, vistiendo armaduras formadas de nieve con patrones que ella empieza a reconocer, especialmente recordando las armaduras que ella ya ha visto: Escorpión, Sagitario, los espectros, y...
"Ese de ahí… ese es el anterior Santo de Acuario. Mi maestro Crest…" Degel menciona el nombre de su maestro casi con reverencia, y Elsa voltea a ver los contornos finos pero varoniles de un hombre de larga cabellera que, en efecto, porta una armadura similar a la que ahora viste su amado. La figura se encuentra de rodillas, con la mirada congelada viendo hacia arriba que, a pesar de no contar con pupilas, su gesto y toda su pose, su actitud, transmiten evidente adoración frente a la figura que se cierne sobre él. Casi al mismo tiempo, ambos notan que la estatua de Crest tiene entre sus manos una vasija, una urna con intricadas figuras en sus costados, tan pequeña que es casi cubierta en su totalidad por las enormes palmas del caballero, quien la extiende como ofrecimiento ante la forma de una mujer que ninguno de los dos logra reconocer.
"Y ella es…?"
"No lo sé, no es un caballero, de eso estoy seguro, pero mira…" Degel señala al centro de su pecho, donde se logra vislumbrar una figura geométrica, un copo de nieve de cuatro puntos. "Acaso no es…?" antes de que te termine la frase, el pecho de la estatua de pronto genera una luz tan cegadora que por un momento los obliga a cerrar los ojos, cuando al fin logran abrirlos, se encuentran detrás de la figura de Crest, quien les da la espalda, su larga capa de nieve ondulando con un viento inexistente, mientras su figura camina determinada al frente, sin que se vea el más mínimo titubeo. Y frente a él, se erige de forma espontánea la inconfundible figura del dios Poseidón, imponente, musculoso y gallardo, su abundante barba infundiendo respeto, sólo que su tamaño es al menos cuatro veces más grande que la figura del caballero; la deidad marina se observa blandiendo su mítico tridente de forma amenazadora contra el Santo de Atena, pero este no se inmuta ante tal presencia, sigue su camino como si no lo viera, y justo cuando la enorme arma está a punto de destrozarlo, la figura de Crest atraviesa la pared del témpano de hielo, observándose ahora como una sombra detrás del cristalino muro, y conforme va avanzando, su forma se difumina entre la densidad del muro, hasta el punto de encontrarse por desaparecer.
"¡Vamos! ¡Lo perderemos si no lo alcanzamos!" Degel da dos pasos en su persecución, pero de pronto es sostenido con firmeza desde la muñeca por una delicada mano. Confundido, Degel voltea a ver a su amada, encontrando que los ojos de esta reflejan miedo y determinación en una misma medida.
"¿Recuerdas cuando te dije que sería peligroso ir más allá? Este es el más allá del que te hablaba. Si continúas, te dará el conocimiento que necesitas, sin dudarlo, pero será a cambio de tu vida."
Degel se yergue, su mirada igualmente determinada. "No le temo a la muerte, te lo he dicho. Si he de entregar mi vida para que tú y este mundo estén bien, lo haré sin titubeos."
Pero esas palabras, en lugar de reconfortarla, la hieren más. "¿Y acaso no has pensado en mí? ¿En lo mucho que yo te necesito? ¿Piensas abandonarme?"
"Elsa… el futuro del mundo está en riesgo. ¿Qué futuro tendríamos tu y yo si el mundo muere? ¿Cómo te sentirías si el mundo de tu hermana perece a cambio de unos momentos fugaces entre tú y yo?"
Pero Elsa, a pesar de saber que está equivocada, de entender y compartir el mismo deseo de proteger el mundo, tercamente insiste en impedirle que vaya, presa de un miedo que le arrebata el pensamiento coherente.
"¿Eso soy para ti? ¿Momentos fugaces y nada más?"
Degel suspira, dolido, y la abraza con fuerza. "Eres lo que más amo en este mundo, no hay nada que desearía más que quedarme a tu lado hasta que nos hagamos viejos. Pero sólo hay una manera, y esa es darlo todo por derrotar a Hades. De otra forma, todo lo que nos quedará será esta noche, pues no tendremos un mañana. Hades se encargará de eso."
Elsa titubea, pues dentro de sí sabe que el hombre tiene razón. ¿Cuántas veces ella misma se ha sacrificado, literal y figurativamente, por el bien del reino, por el de su hermana? Pero ahora, ese sacrificio se le hace insoportable, mientras siente cómo se le parte el corazón ante la idea de perder a este hombre. ¿Es así como se ha sentido Anna, cada vez que ella se arriesga de más?
Oh, Anna… que injusta he sido contigo…
Degel aprovecha ese titubeo y, soltándose de su abrazo y, en un movimiento de la mano, disipa la pared de hielo para seguir la figura de su maestro. Ahora que lo ha encontrado, se da cuenta que este camina con paso decidido hacia una profundidad oscura, que se va hundiendo en lo que pareciera ser la boca de un cráter, aparentemente hacia el centro del iceberg.
Elsa lo toma de la mano, un último intento en detenerlo, pero no dice nada, ya no insiste en su necio suplicar. Degel sólo le besa los nudillos.
"Quédate aquí, yo obtendré esa urna. Pero te necesito a salvo y bien para que me rescates. Solo tú podrás sacarme de ahí." Y sin darle tiempo a que responda, se deja caer dentro del pozo oscuro que son las profundidades de Atohallan, su blanca capa ondeando tras de sí, dejando una estela fulgurante que se difumina de forma inmediata. Sintiéndose impotente, con el alma en un hilo, Elsa junta las manos en una plegaria.
"Oh, por favor, Atohallan. Regrésalo a mí."
Degel cae con un estruendo sobre el frío hielo, sus botas metálicas dejando una pequeña cuarteadura en el piso, pero no lo suficiente como para romperlo, mientras su aliento exhala un vaho blanquecino, prueba del frío que existe en ese lugar. Pero Degel cierra su mente ante la sensación, a pesar de que siente como el frío le cala los huesos.
Esto no es nada. El entrenamiento que tuve que pasar para hacerme caballero ha congelado para siempre mi percepción de la temperatura.
La oscuridad es casi completa, hasta que una luz tenue da forma a nuevas figuras humanas, esta vez de hielo, y reconoce de inmediato a su maestro Crest empuñando un arma, una espada tan larga como alto es el anterior Santo de Acuario, la cual se observa tan pesada, que el caballero se ve forzado a sostenerla con ambas manos. Pero sus movimientos son extraños, pareciera encontrarse en retroceso, como si Degel estuviera viendo una película que se reproduce hacia atrás, pues puede observar cómo el arma se desintegra en las gélidas manos, para reconstituirse en lo que parece ser un pedazo de piedra, y Crest, en su movimiento en retroceso, la extrae (¿o la introduce?) de la misma urna que Elsa y él lo hubieran visto sosteniendo frente a la figura femenina. Con sus movimientos en regresión, Crest camina de espaldas cargando el pequeño contenedor, para sacar de él la piedra, y ahora Degel puede ver que esta se encontraba embebida en un modesto altar de hielo, cuyo tridente clavado detrás de él demuestra el origen de tal piedra.
"Ya entiendo. Es el oricalco. Ese cofre sirve para transportarlo. ¿Pero dónde puedo conseguirlo? muéstrame más, querido maestro."
Pero antes de que Crest, ya con el cofre en mano, avance sobre el oricalco, en sus movimientos hacia atrás descongela el tridente divino, del cual emana una fuerte luz que por un momento ciega a ambos Santos de Atena. Caminando hacia atrás, Crest se aleja de él, dejando en su lugar el poderoso tridente y su guarda, el anhelado oricalco.
Degel suspira. "Entonces realmente hay que enfrentar a Poseidón. Podría tratar de dormirlo, prolongar su reencarnación, como ha hecho mi maestro. Sólo en caso de que no haya reencarnado aún en un cuerpo mortal. Por todo lo que es sagrado en esta tierra, espero que no, pues pelear en dos frentes al mismo tiempo será imposible para Atena."
Pero Degel no tiene mucho tiempo de cavilación, pues se da cuenta de que Crest ha regresado a la posición en la que lo encontraron por primera vez: hincado frente a la divina mujer, la cual ha posado sus manos sobre el cofre, mientras de este emana una potente luz que no le permite ver de forma adecuada, pero Degel se fuerza a observar, a pesar de que sus ojos apenas pueden soportar la intensidad de la luz. La figura ha tocado los cuatro lados del cofre, como si hiciera señales, y de forma súbita, el destello que lo ciega se apaga ante él, quedando únicamente la urna que pareciera no ser otra cosa más que una vasija vieja y desgastada, sin el brillo divino que la mujer le proporcionara. Y entonces Degel entiende: esa mujer no es otra más que la reencarnación previa de Elsa, del Quinto Elemento. Calado hasta los huesos, sintiendo cómo su cuerpo tiembla de forma estentórea, Degel sonríe parcialmente, pues ha logrado entender la misión de su amada en toda esta guerra: debe imbuir de poder celestial la urna que mantendrá seguro al oricalco, mientras él lo lleva ante Atena.
"Puedo entenderlo, manos mortales no podrían transportar el oricalco, un metal divino, sin perder la vida. Gracias, maestro, por darme esta nueva sabiduría." Degel hace un esfuerzo por inclinar la cabeza en agradecimiento, pues ya su cuerpo se encuentra entumecido, apenas siente las manos, y con dificultad puede mover los labios, los dientes castañeando de forma continua e involuntaria para tratar de generar calor, cuando a un costado suyo se enciende una nueva luz, esta vez más cálida, y observa que, en un altar de hielo, sellado por Atena por medio de un pedazo de papel antiguo y desgastado grabado con su nombre, se encuentra la urna de las estatuas, su cubierta de un color miel acaramelado que se observa mancillado por manchas de herrumbre y vejez, que lo hacen parecer fabricado con sencillo y común cobre. No es precisamente lo que el joven esperaba, aún así, a pesar de la humildad de su apariencia, el milenario receptáculo inspira en el santo de Atena una sensación reverencial, que, no sin dificultad, amplían su sonrisa. Degel trata de dar un paso para recuperar el preciado tesoro, pero sus pies no se mueven, y al voltear hacia abajo, se da cuenta que ambas piernas se han convertido en hielo, fijas al duro suelo, y que el hielo asciende hacia su cuerpo sin detenerse.
"N-no…" Degel no puede moverse, congelado del dorso para abajo, una mano ya fija sobre su abdomen. El caballero enciende su cosmos a su máxima capacidad, tratando de disipar el hielo que lo envuelve, pero ni aún con el séptimo sentido logra por lo menos retrasar el congelamiento de su pecho.
Entiendo… es hielo divino, ningún caballero podría derretirlo jamás…
Por puro impulso, eleva la vista en una plegaria, pues ya ni los labios puede abrir, cuando en eso, cortando la oscuridad del techo de Atohallan, observa una luz blanca y suave que se cierne sobre él; convencido de que es una aparición de su delirante mente, el joven apenas logra vislumbrar la figura de Elsa tomando forma, mientras esta cae a su lado, solícita y asustada.
"¡Degel! ¡Ya casi te has congelado! ¡Debemos huir!"
"N-no…" intenta hablar el hombre, ya ambos brazos congelados. "No… tienes… la urna… sólo el poder del… Quinto Elemento puede despertarlo… Elsa…"
"¿La urna? ¿Qué urna?"
Con la mirada, Degel la guía, y ella descubre el altar.
"¡Tengo que sacarte de aquí primero! ¡Si me tardo un poco más de seguro morirás!"
Sus labios congelados apenas logran formar una sonrisa, mientras sus dientes castañean. "No si… no si lo despiertas… primero…"
Elsa ya también se encuentra temblando de frío, mientras un vaho helado sale de sus labios. Esta consciente de que tampoco tiene tiempo, y no sabe cómo romperá el hechizo de su amado, pues ni siquiera sabe cómo se rompió el suyo la primera vez, así que decide hacerle caso, cumplir su destino. Temblando de frío, el Quinto Elemento se acerca a la urna, cuyo sello antiguo de inmediato se desmorona ante su contacto, pero ella se queda parada frente a él, dubitativa.
"¿Qué se supone que debo hacer?"
"Tu… poder… los cuatro elementos…" Degel ya ha cerrado los ojos, envuelto en el témpano casi completamente, y Elsa se angustia al percibir sus propios dedos congelados. Vacilante, la joven posa sus manos sobre el material metálico, sorprendiéndose con lo cálido de su contacto, y, recordando la primera vez, en Arendelle, cuando invocó a los espíritus, la joven traza de nuevo la cruz que simboliza los cuatro elementos sobre los cuatro lados del recipiente, y este de inmediato se enciende con una luz blanca que lo ilumina todo. En medio de su transformación en un témpano de hielo, Degel se da cuenta que es la misma intensidad de la luz que viera iluminar a su maestro momentos antes, y suspira, esperanzado. Las manos de Elsa parecen estar pegadas sobre la urna, mientras siente cómo fluye poder desde la punta de sus dedos hasta el cálido material, hasta que, después de un momento que para la joven parece eterno, la luz desaparece casi por completo, quedando únicamente el pequeño receptáculo brillando en sus manos. Sin embargo, en contra de lo que ambos habían pronosticado, el frío a su alrededor arrecia, sin que parezca ceder ni siquiera bajo el poder de la urna, cuyo metal ahora brilla como si fuera hecho de oro y diamante.
"Degel…" Elsa sólo alcanza a susurrar, cuando ya siente sus pies convertidos en hielo, y de nuevo eleva una plegaria para poder salvarse los dos. De pronto, como en respuesta a sus oraciones, una segunda luz sobre ella la hace voltear hacia arriba, y ve, descendiendo del oscurecido cielo, la figura de una jovencita, de acaso quince años, con largo y brillante cabello lavanda, que camina sobre el aire hacia ella, cual si no fuera gran cosa, portando una preciosa sonrisa en sus delicados labios, y el Quinto Elemento se sorprende al encontrarse con un rostro que no se le hace del todo desconocido. El calor que emana de la luz envolviendo a la chica devuelve la sensación a los congelados dedos de la albina, quien siente que puede moverse con más soltura, pero sus azules ojos no pueden despegarse de los divinos de la jovencita, de la cual surge tal paz y misericordia, que Elsa siente lágrimas salir de sus ojos.
"Esto es…" pero no logra terminar la frase, mientras su pecho se aprieta de una emoción que no sabe de dónde viene.
La jovencita, sin decir palabras, interrumpe la obvia pregunta y se abraza a ella, a su cintura, como si ambas se conocieran desde hace muchos años. Elsa, envuelta tan tiernamente, no puede evitar notar que la frente de la chica apenas le llega al hombro. Su rostro, su mirada, son tan suaves e inocentes, tan llenos de ternura, que parece una niña que acaba de salir de la tierna infancia, y, sin embargo, su aura emana sabiduría milenaria, y una compasión infinita.
"Atena…"
Elsa, aún envuelta por el cálido y divino abrazo, al escuchar la voz voltea hacia un lado de inmediato, y ve, con emoción, que el cuerpo de Degel también recupera su color, así como sus movimientos, ante la calidez de la luz que emana de esta niña. Sin soltar a Elsa, Atena le sonríe más tiernamente al caballero, extendiéndole una mano, a lo que Degel, apretando sus dientes, suelta un gruñido de coraje mientras concentra su cosmos en su pecho, haciendo que se resquebraje el resto del hielo que lo tiene aprisionado. Trabajosamente, el hombre camina a traspiés hacia donde se encuentran las dos beldades, cayendo de rodillas en el último paso, su mirada fija en los pies de la joven diosa.
"Atena… perdóname. Estoy listo para someterme a tu juicio."
Por un momento, la sonrisa de la tierna deidad se difumina, la pregunta en sus labios.
"¿Juicio? ¿A que te refieres, querido Degel?"
Degel voltea a ver a Elsa, y una vez que sus ojos esmeralda se cruzan con los azules que adora con tanta devoción, el santo toma valor para continuar.
"Es bien sabido por todos que está prohibido amar a alguien durante el curso de la Guerra Santa, y está particularmente prohibido amar a una diosa. Pero Atena, me es imposible no amar a Elsa. Desde el primer momento en que la vi, robó mi corazón de una forma que no pude evitar. ¡Y te prometo que lo intenté! Pero me fue imposible resistir el impulso de su amor. Mi sangre y mi vida están ligadas a su felicidad." El joven baja la cabeza, compungido. "Perdóname. Sé que lo que acabo de decir es gran sacrilegio. Por menos, hombres como yo han perdido la vida, o han sido maldecidos por toda la eternidad. Pero prefiero ser sincero contigo, a esconderme en la ignominia y manchar el nombre de los Santos de Atena."
Así, arrodillado, la cabeza gacha y los puños en el piso, Degel aguarda unos segundos que parecen horas a la decisión de su diosa, hasta que unos cálidos y tiernos brazos envuelven sus hombros, y cuando levanta la cara, sus mejillas reciben un suave beso. Ante gran asombro del caballero, Atena lo mantiene envuelto en sus brazos, una enorme y dulce sonrisa dibujando su rostro, sus ojos fijos en los esmeralda de él, con tanta intensidad, que el joven no puede retirar la mirada.
"Mi querido Degel, mi dulce y sabio Degel ¿quién te ha dicho que te castigaría por amar a alguien? ¿Cómo podría yo, amándolos tanto a todos ustedes, castigarlos por seguir mi ejemplo? He de admirar tu valor, además, por atreverte a amar a una diosa, lo cual estás en lo cierto que desde tiempos milenarios es incorrectamente considerado un sacrilegio. Pero esta diosa, si tengo bien entendido, te corresponde plenamente, ¿no es así?"
Ambos voltean a ver a Elsa, y Atena le extiende una mano. Dubitativa, pero segura del amor que siente por Degel, Elsa toma la mano más pequeña que la suya, y asiente.
"Sí. Todo mi corazón le pertenece a él."
La sonrisa de Atena no se pierde, pero una sombra de tristeza, de melancolía, apaga sus tiernos ojos por un momento, para después voltear a ver a su caballero.
"¿Por amarla a ella, dejarás de servirme? ¿Me abandonarás? ¿Romperás tu juramento a mitad de una misión?"
Degel se enciende ante sus palabras, y un brillo de determinación se ilumina en sus verdes ojos. "¡Eso nunca, Atena! ¡Mi juramento hacia ti es sagrado, y daré mi vida de ser necesario con tal de vencer a Hades, de cumplir lo que me ordenas!"
Satisfecha con sus palabras, la joven asiente y suelta al santo de su abrazo, y, jalando a Elsa, une su delicada mano con la más grande de Degel, para después atraparlas cálidamente entre las suyas más pequeñas.
"Entonces no se diga más. Bendigo esta unión con todo mi corazón, y que nadie, ni el cielo mismo, se atreva a negar o a separar lo que yo he unido."
Elsa y Degel se miran a los ojos con una enorme sonrisa, y despacio, como si no queriendo romper esa complicidad en la mirada, Atena los suelta, una sonrisa pícara dibujándose en su aún infantil rostro.
"Por cierto, Degel. ¿Sabías que el tiempo en las profundidades de Atohallan casi está detenido?"
"¿Qué quieres decir con eso?"
"Que, mientras aquí pasa una hora, allá afuera, en el mundo de los mortales, apenas ha pasado un minuto." Su sonrisa se ensancha, mientras le guiña un ojo al hombre, para desaparecer en medio de la luz cegadora que la trajo.
Los ojos de Degel se abren como platos ante la revelación, dejándolo pensativo por un momento.
"Me alegra saber que no hemos gastado mucho tiempo, aún es buen momento para regresar con mi hermana e impedir ese ataque." Elsa camina hacia un lado, buscando la salida, cuando los dedos de Degel aprisionan su muñeca. "Qué…?"
Degel le regala una de sus más profundas y carismáticas sonrisas. "Si eso es cierto, significa que, aún si pasamos aquí 24 horas, ni siquiera habrá pasado media hora para Deuteros."
La albina de inmediato capta el significado de su mirada, y voltea los ojos, entre divertida e incrédula, pero aún así, no puede detener el rubor que tiñe mejillas y cuello.
"De verdad no puedes estar sugiriendo lo que pienso que estás sugiriendo."
Sin responder a la pregunta, pero sin perder la sonrisa, Degel la atrae hacia sí, aprisionándola en sus fuertes brazos, para después besarla apasionadamente, provocando que los pensamientos de la joven se apaguen por un momento, para, después de unos segundos de acalorado beso, y presa de un hambre que no conocía hasta ese momento, los varoniles labios viajan al cuello de ella, mientras sus manos recorren las suaves curvas femeninas, evaporando con desesperación y deseo la mágica tela, ansioso por sentirla toda, con una fiebre tal, que ella siente su propio cuerpo respondiendo al unísono del de él, sintiendo cómo esa misma hambre la devora desde adentro. Varias veces Elsa abre la boca para protestar, para recordarle, y recordarse a sí misma, que tienen una misión sumamente importante, que debe ser su prioridad por encima de sus deseos, por muy ardorosos que estos sean… pero es como si su propio cuerpo se negara a responder a sus cavilaciones, como si ya se hubiera sometido a las caricias de él, sin la más mínima oportunidad de rechazarlas. Un segundo y apasionado beso sella cualquier protesta de la divina beldad, quien, rendida de amor por este hombre, al final decide que, después de todo lo que han pasado y lo que han sufrido, y lo que aún les falta por sufrir, se merecen este tiempo juntos, este regalo celestial que obtuvieron sin pedirlo. Por lo que el Quinto Elemento bloquea su mente de cualquier pensamiento intrusivo, cerrando los ojos y regresando el beso con el mismo ardor que su amante.
oooooooooOOOOOOOOOOOOoooooooooooooo
A/N: bien, espero que les guste, pues aunque no tiene tantas partes emocionantes, la verdad me encanta tener a Elsa y Degel juntos. Se complementan increíblemente. Pero a la vez, les pido una disculpa porque Elsa se sienta más bien egoísta… ¿o rara? Al reclamarle a Degel de que quiera abandonarla para arriesgarse tanto, pero pienso que, aún cuando ella lo haga seguido, debe ser muy difícil para ella permitir que él se arriesgue tanto. Espero que aún así sea de su agrado.
Entre otras cosas, también me gustó este capítulo porque al fin vemos el motivo por el cual Degel tuvo que encontrar a Elsa, y ella acaba de cumplir su cometido. Podemos decir que estamos acercándonos peligrosamente al final de la historia, pero todavía no estamos ahí. Sip, aún les falta sufrir algunas cosas más. También me gustó el capítulo porque me permitió que se conocieran las dos diosas: Atena y el Quinto Elemento. Para mí eso fue un wooow. Aún cuando no siento que la escena lo transmita tanto. Pensaré si se puede mejorar.
La mitología griega es extensa, una preciosidad de mitología, desde niña me gustó mucho, de hecho, me apasionó, es por eso que caí rendida ante los caballeros del Zodiaco cuando recién salieron en mi país. Aunado a eso, acabo de leer un precioso libro dedicado a Atena, como una biografía de ella, y la plasman tan divina, tan enamorada de los humanos, tan magnánima y fantástica, que me hizo admirarla más. Es por eso que tenía que salir en este capítulo, aunque efímero, tenía que sentirse su peso. Espero que me haya salido bien.
Deseo de todo corazón que estén bien, llenos de salud y conservando sus empleos, en medio de esta pandemia tan terrible que no sólo se ha llevado vidas, sino estabilidad económica. Y esperemos que, ante las puertas de una guerra en nuestra era moderna, todos podamos estar bien.
