Todos los personajes y la historia pertenecen a Kohei Horikoshi y Masashi Kishimoto
—Que quieres que te diga, viejo. —dijo Bakugo encogiéndose de hombros. —Me gusta la comida picante.—
Unos segundos después, una niña de unos 10 años y con cabello largo y castaño entró al restaurante.
—¡Papi, papi! ¡Ya hemos acabado el cole, vamos a jugar a algo! —dijo la niña cogiéndole de la manga a Teuchi.
—Estoy trabajando, cariño. Más tarde jugaremos, Ayame. —dijo su padre. —Te lo prometo. —le dio una palmadita en la cabeza. Ésta se cruzó de brazos e hizo pucheros.
—¡Pero yo quiero jugar ya, papi! —expuso la niña, enfadada.
—Ayame, ¿por qué no juegas con Bakugo? —Yondaime trató de salvar la situación. Al menor de los rubios no le hizo ninguna gracia la propuesta del Hokage.
—¿Con ese? ¡Pero si es casi un bebé! —se quejó Ayame. Bakugo se levantó del taburete como un resorte
—¡A quién le estás llamando bebé, mocosa insolente! —gritó Bakugo, con una vena en la frente del cabreo.
—¡A una dama no se la trata así! —contestó Ayame.
—Yo sólo veo a una niña caprichosa. —bufó Bakugo. Antes de que Ayame pudiera contestarle, Minato se interpuso entre ambos.
—Venga chicos. Id a jugar fuera mientras hablo con Teuchi. ¡Que yo aún no he comido! Jeje. —dijo de manera despistada el Hokage.
—Tsk. Está bien. ¡Pero es la última vez que hago de niñera de nadie! —dijo Bakugo saliendo del local.
—¿Niñera tú? —dijo indignada Ayame mientras seguía al niño rubio afuera. —¡Será al revés, bebé!—
Bakugo se mordió la lengua. No quería seguir discutiendo con una niña. Y no ayudaba a ganar su argumento el que la niña le sacara una cabeza de altura.
—¿Y bien?—dijo Bakugo dirigiéndose a Ayame.
—¿Y bien qué?—preguntó confundida Ayame
—¿Cómo que y bien qué? —dijo imitando el tono de voz de la niña— ¿Que a qué mierda quieres jugar, niña?
—Mmmm, no lo sé.—reflexionó Ayame, mientras apoyaba su mano en la barbilla para pensar. — No lo había pensado. —
—Odio a los niños. —pensó Bakugo mientras pateaba una piedra de la calle.
Bakugo se fijó que a lo lejos había una decena de niños jugando a la pelota. Era como fútbol, pero sin porterías. El juego simplemente consistía en robar la pelota y tratar que no te la quitaran.
—¿Por qué no juegas a la pelota con ellos? —preguntó Bakugo.
—Es que soy muy mala con la pelota. —dijo apenada Ayame.
—Bobadas. Ve a jugar con ellos mientras yo voy a dar una vuelta. —expuso Bakugo. Se despidió con la mano, peroo sintió como le agarraba alguien del pijama del hospital. —¿Qué demonios? —Bakugo volteó la cabeza y vio que era Ayame la que le agarraba. —¿Qué te pasa ahora?—
—¿Puedes acompañarme? —suplicó Ayame. —Es que soy muy tímida y me da vergüenza pedirles que me dejen jugar.—
—No eras tan tímida cuando me llamabas bebé ... —murmuró por lo bajo Bakugo, tan bajo que Ayame no le pudo escuchar.
—¿Qué has dicho, Bakugo? —preguntó Ayame al no haber escuchado al rubio.
—Nada importante. —Bakugou resopló.—Está bien, te acompañaré, pero no esperes que juegue a ese estúpido juego para extras. —
Bakugo y Ayame se aproximaron al grupo de niños, que parecían tener edades comprendidas entre los 8 y 13 años. Al rubio le extrañó que solo hubiera chicos jugando. Había chicas, pero éstas estaban apartadas hablando de sus cosas. Aunque le extrañara no le dio mucha importancia, según él cualquier cosa sería mejor que jugar a ese estúpido juego. Así que pensaba que las chicas tenían dos dedos de frente para no jugar a la pelotita.
—Ey. —anunció su presencia Bakugo al grupo de niños.
Bakugo, acompañado de Ayame, se dirigió al que parecía el líder, que era el más alto y supuso que el mayor del grupo. Éste se detuvo de perseguir la pelota que la tenía un niño con gafas.
—Mmmm, ¿cuántos años tienes? —preguntó el líder a Bakugo. Antes que pudiera decir algo el rubio, se anticipó Ayame.
—¡Yo tengo 9! —dijo entusiasmada Ayame.
—No te he preguntado a ti, niña. —dijo el líder de malas maneras.
—No veo por qué es de tu incumbencia, pero tengo 5. ¿Algún problema? —desafió Bakugo cruzándose de brazos.
—No puedes jugar con nosotros. Solo pueden jugar los que tienen más de 8 años. —sentenció el líder.
—¡Qué pena! —dijo con sarcasmo Bakugo. —Ella tiene más de 8, así que puede jugar. Bueno me voy. —dijo Bakugo dándose la vuelta.
—Ella tampoco puede. —repuso el líder. Ayame bajó la cabeza apenada.
—¿Ein? —dijo Bakugo confundido. Se estaba conteniendo para no decirle cuatro cosas al niñato ese. —¡Te acaba de decir la chica que tiene 9 años! Y creo que 9 es más que 8.—
—Ya lo sé. No soy retrasado, rubito. Pero ella es una chica. Las chicas no saben jugar a la pelota. —espetó el líder.
Bakugo apretó los dientes y se contuvo para no darle un puñetazo.
—¿Qué mierdas acabas de decir, narizotas? —dijo Bakugo. —Ojos de mapache e incluso la perra invisible os humillarían en este estúpido juego de mierda. —
—Déjalo, Bakugo. Juguemos a otra cosa. —dijo Ayame con tristeza y cogiéndole de la mano al rubio para evitar que se pelearan.
Bakugo, haciendo gala de una paciencia impropia en su mundo, lo dejó pasar y se dio la vuelta deseoso de salir de allí. El narizotas, por muy desagradable que fuera, seguía siendo un niño de como mucho 13 años. El único adulto de allí era el propio Bakugo, pues en su mundo tenía 16 años y vivía sin sus padres. Así que, demostrando que había madurado, no hizo lo que deseaba con todas sus ganas. Golpearle con su diminuto puño.
Sin embargo cuando ya se estaban yendo, Bakugo, gracias a su buen oído pudo escuchar lo siguiente: Tienes suerte que no me gusta abusar de mequetrefes como tú. Vete a jugar a las muñecas con tu amiguita.
Eso fue la gota que colmó el vaso. Bakugo iba a poner las cosas en su sitio. Se separó de Ayame y fue con paso decidido hacia el líder de los niños con los puños apretados. Los niños dejaron de jugar y prestaron atención a lo que iba a suceder entre el recién llegado y su líder.
—¡Narizotas! —gritó Bakugo, golpeándole con el índice en el estómago. —¡Me has cabreado! Me importaba una mierda este estúpido juego. Pero ahora quiero jugar con la hija del cocinero con la pelota. Así que dame la puta pelota, narizotas. —
