Todos los personajes y la historia pertenecen a Kohei Horikoshi y Masashi Kishimoto

Frustración. Esa era la palabra que mejor describía el estado anímico de Bakugo. Muchas veces estuvo a punto de volver a abandonar. Pero, cuando eso sucedía, miraba el colgante que rodeaba su cuello y la motivación resurgía cual Ave Fénix.

El colgante se lo había hecho Bakugo, justo después de la muerte del clan Uchiha, con un hilo que atravesaba una ficha de Shogi con el kanji de Rey. Cuando lo veía, rememoraba su promesa de convertirse en Hokage, el Rey, y también rememoraba a Mikoto, que fue la que le regaló el tablero de Shogi, con las fichas incluidas. El regalo que le hizo en su octavo cumpleaños, el mismo día en que sucedió la tragedia que lo cambió todo en Bakugo.

Las clases eran un suplicio para Bakugo, ya que lo peor no era sentirse un completo inútil por no poder realizar el más sencillo de los jutsus, si no las burlas de sus compañeros y la impotencia que sentía por no poder hacerles comer sus palabras. El líder que empezaba las burlas era Kiba Inuzuka. Prácticamente, toda la clase participaba en las burlas al rubio ceniza que había dejado de provocar miedo hace mucho tiempo. Y cuanto más gruñía Bakugo, más deseaban burlarse de él. Incluido las niñas.

Estaba empezando a odiarles incluso más que a Deku. Pero al que más odiaba de todos era a Naruto. A él lo odiaba por atreverse a compartir su objetivo. Lo odiaba por ser el hijo del bastardo que le mintió acerca de los motivos de Itachi. Y lo odiaba porque, al igual que Deku, trataba de ayudarle cuando nunca había pedido tal ayuda.

Las únicas clases que toleraba Bakugo eran las de Taijutsu. A pesar de su incapacidad de moldear chakra, para aumentar la velocidad y la fuerza entre otras cosas, era el quinto estudiante más hábil en Taijutsu. Sólo estaba por detrás de Sasuke, Naruto, Kiba y Hinata.

Su vida se había convertido en una rutina. Levantarse, ducharse, desayunar, clase, comer, entrenar, cenar, entrenar, ducharse y dormir. Los fines de semana, cuando no había clase, en su rutina solo cambiaba la parte de las clases por más entrenamiento. De vez en cuando, iba al Ichiraku para comer gratis, y así de paso veía trabajar a Ayame que era muy patosa y le provocaba alguna carcajada.

Pasaron dos años, y Bakugo seguía sin poder usar chakra. No había cambios significativos en su monótona vida. Pero hubo un día muy peculiar en la vida de Bakugo. Como todos los días después de clases, Bakugo fue directo a su área de entrenamiento para practicar con el lanzamiento de shurikens. Pero, para su desgracia, una multitud de niños estaban ocupando ese lugar para jugar al escondite. Estuvo tentado de pegar unos gritos y asustarlos, pero decidió que sería demasiada molestia, así que fue en búsqueda de otro sitio para entrenar con los kunais y los shurikens.

Bakugo iba caminando tranquilamente y despreocupado por el bosque con las manos en los bolsillos. Echaba un ojo de vez en cuando a su alrededor, en búsqueda de un tronco ideal para el lanzamiento de las armas. De pronto oyó a alguien gritar números. La curiosidad de Bakugo hizo que se acercara a donde provenían los gritos.

—¡404! ¡405! ...—gritaba un niño con las cejas pobladas, de cabello negro y largo recogido en una coleta, mientras daba patadas con la pierna izquierda a un tronco.

—Que niño más raro —pensó Bakugo arqueando una ceja confundido por la visión.

Aquel crío raro parecía de edad similar a la de Bakugo. Su cabeza le decía que buscara un sitio tranquilo y que entrenara de una vez, ya había perdido demasiado tiempo. Pero había algo hipnótico en su repetición de patadas al tronco. Así que se quedó allí observando oculto en un arbusto. Su intención era entrenar cuando acabara el crío con su entrenamiento.

—¡475! ¡476! —cuando iba a dar la patada 477, el niño cejudo se tropezó cayendo al suelo.

—Está agotado. El show ha concluído, es hora de entrenar. —pensó Bakugo. Pero muy pronto descubrió cuan equivocado estaba.

—¡Si no consigo hacer 1000 flexiones, daré 1000 puñetazos! —gritó el niño mientras realizaba flexiones. —¡1,2,3...!—

—¿Qué cojones? ¡Pero si está agotado! —pensó Bakugo con el interés aumentado significativamente.

—¡...954,955! —exclamó el niño empapado de sudor. —¡956,95...! —pero no pudo levantarse más para hacer otra flexión.

—Deja de actuar como un estúpido y pírate a casa de una vez. —pensó Bakugo, molesto consigo mismo porque seguía ahí perdiendo el tiempo.

—¡Si no puedo hacer 1000 puñetazos, daré 800 saltos a la comba! —exclamó el niño usando el cinturón de su pantalón a modo de comba.—¡1,2,3,4,5 ...!—

—¡Será idiota el cejudo este! No tiene la condición física para seguir aguantando a este ritmo. ¡A este paso morirá!—pensó Bakugo chasqueando la lengua. Pero a pesar de lo que pensara del chico, Bakugo seguía ahí parado, espiando detrás de un arbusto

—¡... 713, 714! —exclamó el niño casi con los ojos cerrando, saltando con dificultad. —¡715 ...! —de nuevo no consiguió lo que se propuso ya que fue incapaz de dar el siguiente puñetazo.

—Déjalo ya. Déjalo ya. Déjalo ya. Déjalo ya. —murmuró Bakugo en bajito.

—¡Si no puedo dar 800 saltos a la comba, daré 200 vueltas a la aldea!—exclamó el niño usando el cinturón de su pantalón a modo de comba. —¡1,2,3...!—empezó a saltar, pero un grito hizo que se detuviera y volteara la cabeza.

—¿QUÉ COJONES TE CREES QUE ESTÁS HACIENDO, CEJUDO?—gritó Bakugo saliendo de su escondite y enfrentando al niño con las cejas gruesas.

Ya era de noche cuando el rubio ceniza salió a hablar con el moreno. El niño con coleta llevaba más de 10 horas sin descanso, ni siquiera para comer o para ir al servicio.

—Entrenar. —dijo el niño jadeando. Luego miró a Bakugo con extrañeza por la pregunta y por estar ahí a las tantas de la noche.

—¡YA SÉ QUE ESTÁS ENTRENANDO, CAPULLO! —exclamó Bakugo. —¡ME REFIERO A POR QUÉ SIGUES ENTRENÁNDOTE! ¡MORIRÁS SI SIGUES ASÍ!—

—¿Por qué te preocupas por mí? ¿Te conozco? —preguntó

—¡NO ME PREOCUPO POR TI, CEJOTAS! —contestó Bakugo con una vena en la frente por el cabreo. —No te conozco, pero me cabrea ver a alguien tan estúpido como tú que solo va a conseguir matarse.—

—¡No soy estúpido! ¡Tengo que esforzarme más que el resto para ser un ninja, eso es todo! —exclamó el cejotas.

—¿Por qué te tienes que esforzar más, cejudo? —preguntó Bakugo.

—Tú no lo entenderías ... —murmuró el cejotas mirando al suelo apenado.

—¿Por qué no lo entendería? ¿Te crees que soy imbécil, cejudo? —preguntó Bakugo alzando el puño.

—No es eso ..., es que ... No puedo realizar Ninjutsus ni Genjutsus. ¡Quiero demostrar que puedo ser un gran ninja, aunque no tenga ninguna técnica oculta o ilusoria! ¡Quiero demostrárselo a todo el mundo! ¡Y por eso tengo que esforzarme el doble o el triple más que el resto! ¡Así la gente dejará de burlarse de mí —dijo el niño con brillo en los ojos.

—Te entiendo mejor de lo que piensas, cejudo. —pensó con amargura Bakugo.

—Mmmm, ¿como te llamas, cejudo? —preguntó Bakugo.

—Rock Lee. —contestó el niño. —¿Y tú?—

—Katsuki Bakugo. —respondió dándole la espalda, empezando a caminar hacia su casa. Cuando estaba a 100 metros de Rock Lee volteó la cabeza mirándole con gran intensidad. —¡Más te vale demostrarle a esos extras lo que has dicho! ¡Si no lo haces, te patearé el culo tan fuerte que desearás no haber nacido!—

Una lágrima se asomó en la cara de Lee, por primera vez alguien creía en él y no se burlaba de sus aspiraciones.

—¡Te juro que lo haré! ¡Un placer haberte conocido, Katsuki! —exclamó haciendo una reverencia.

—¡Y YO TE JURO QUÉ COMO ME VUELVAS A LLAMAR POR MI NOMBRE DE PILA TE MATARÉ! —replicó Bakugo, sin detenerse y con una vena en la frente. Aún no se acostumbraba a que la gente se llamara por el nombre de pila.

—¡Lo siento!—dijo Lee algo asustado. Pero enseguida una gran sonrisa apareció en su rostro. Probablemente haya sido el mejor día de su vida.

Ya en su casa, Bakugo fue directo a la cama. Miraba al techo con la mirada perdida recordando el entrenamiento de Lee.

—Hay algo en ese cejotas que me dice que será un gran ninja. —habló para sí mismo Bakugo. Después mostró sus dientes con la arrogancia característica del rubio ceniza. —Je ... Sasuke, el hijo del viejo, el cejotas, el cara de perro, la ojos raros ... A partir de ahora tendré que intensificar el entrenamiento si no quiero quedarme atrás. —