Todos los personajes y la historia pertenecen a Kohei Horikoshi y Masashi Kishimoto
Bakugo observó detenidamente como Uraraka seguía llorando de forma inconsolable. No pudo soportar más la presión que le surgía en el pecho al verla en tan mal estado y se dirigió a la salida.
—¿A dónde vas, Bakugo-kun?—preguntó preocupada Shizune.
—Necesito tomar el aire. Ahora vuelvo. —respondió secamente Bakugo, saliendo de la habitación.
—¡Bakugo-kun!—dijo Shizune, pero Bakugo se había ido ya.—Este chico ...—
Bakugo estuvo recorriendo por las calles de los Cuarteles Tanzaku para calmar su ataque de ansiedad. Al cabo de un tiempo, detuvo su andar al oír el bullicio proveniente de una taberna.
Se quedó unos segundos quieto, dubitativo. Por un lado se juró a sí mismo que no volvería a beber alcohol en su vida después de la resaca tremenda que obtuvo de su noche en Underworld. Entonces decidió que el alcohol no era para él. Pero por otro lado, quería olvidar. Quería apagar su cerebro unas horas y que cuando despertara no recordara la horrible matanza que había cometido apenas una hora atrás. Pero sobretodo quería borrar de su memoria la imagen de Uraraka siendo violada. Quería que desapareciera de su mente la Uraraka indefensa y frágil y que volviera la Uraraka fuerte y tenaz de antaño.
Así que entró a la taberna a punto de incumplir su juramento de no volver a tomar una gota más de alcohol , con el propósito que la mezcla de sake y de cerveza transformara aquella noche en una pesadilla. Porque aunque es cierto que esa resaca le sentó como un tiro, también es cierto que lo sucedido en Underworld le ayudó para dejar de pensar en la muerte de la niña bandida.
Se fijó en la cara de los clientes de la taberna y comprobó en sus carcajadas e incomprensibles balbuceos que, al igual que él, ellos también estaban allí para, por unas horas, evadirse de la realidad. Fue a sentarse en uno de los pocos asientos libres en la barra. Intentó llamar la atención del barman, pero el bullicio del local hacía prácticamente imposible que se le escuchara. Así que después de varios intentos golpeó la mesa y se levantó de su taburete cabreado.
—¡EY!—gritó Bakugo para hacer oír. El barman notó la presencia del rubio ceniza y lo miró extrañado.—¡Sírveme un chupito de la mejor botella de sake que tengas!—
—No sé que debería preguntarte antes, si tu edad o el por qué estás todo manchado de sangre.—dijo el barman cruzándose de brazos.
—Mira, no tengo ganas de hablar. Así que no me toques los huevos y sírveme lo que te he pedido.—replicó Bakugo, masajeándose la sien.
—En este local no servimos a menores de edad. No sé lo que te ha ocurrido, pero puedes esperar en la entrada y cuando acabe con mi turno te acompaño a tu casa.—dijo el barman.
—Ya entiendo ...—empezó diciendo Bakugo, sacando su billetera y poniendo en la mesa un billete de 500 Ryos (50 euros/dólares).—Ahora cambia esa cara de amargado y ponme de una puta vez un chupito de tu mejor sake.—
—¿Me estás intentado sobornar, chico?—preguntó el barman, incrédulo.
—¡Te he dicho que no quería hablar! ¡¿Cuántos billetes como éste necesitas para que te calles la puta boca y hagas lo que te he pedido?!—dijo Bakugo, perdiendo la paciencia.
El barman lo miró unos segundos en silencio y después se volteó a su compañera de trabajo.
—Ya sé que hoy esto está a rebosar, pero ... ¿me puedes cubrir unos minutos, Hilda?—le pidió el favor con mirada suplicante.
—¡Claro, Akiro!—respondió con una sonrisa Hilda.
Akiro salió de la barra de bar, cogió el billete que Bakugo había dejado en la mesa devolviéndoselo. Bakugo lo recogió, sin comprender nada. Más extrañado se sintió al ver como Akiro colocaba las manos en sus hombros.
—Vamos, te acompaño a tu casa. Salgamos de aquí. En el camino a tu casa me vas a explicar por qué estás lleno de sangre.—dijo Akiro.
—¡Suéltame bastardo! —exclamó Bakugo, apartando de manera brusca las manos del barman. —¡¿Cuántas veces tengo que decir que no quiero hablar para que lo entiendas?! ¡Sólo quiero olvidar, joder! ¡Quiero olvidar como todos estos mierdas que están aquí!—dijo señalando a la clientela de la taberna.
—...—uno de los clientes que estaba lo suficientemente sobrio para escuchar las palabras de Bakugo se giró enfadado. —¿Qué nos has llamado, mocoso?—preguntó de malhumor, con un tono amenazador.
—Jeje.—dijo con una risa nerviosa el barman que se colocó entre medias para intentar poner paz.—Vamos a tranquilzarnos un poco, ¿vale?. —luego se centró en Bakugo.—¡Chico, tenemos que salir de aquí! —a pesar de la oscuridad del local, estaba lo suficientemente cerca para observar la gran espada que cargaba en la espalda el preadolescente. —¿Pero qué ...?—
—¡Os he llamado mierdas!—respondió Bakugo, ignorando al barman y lo apartó a un lado con un empujón haciendo que cayera sobre una mesa cercana.
El sonido de botellas vacías al romperse contra el suelo por la caída de Akiro en esa mesa hizo que la gente se callara de repente, curiosa por saber que estaba pasando. Todos los ojos pasaron del barman al niño manchado de sangre con una gran espada en la espalda.
—¡Repítelo si tienes huevos, niñato!—dijo el cliente, alzando el puño y acercándose a Bakugo.
—...—Bakugo frunció el ceño y dio un paso más adelante. Luego golpeó con fuerza el estómago del hombre. El cliente se cayó de rodillas, a consecuencia del dolor.—¡OS .. —le dio un puñetazo en el rostro que hizo que cayera tumbado boca arriba.—...HE ...—al igual que con el guardia del escondite de Orochimaru, se puso a horcajadas de su víctima y le golpeó otra vez en el rostro.—...LLAMADO...—otro puñetazo.—...PUTOS...—y otro.—...MIERDAS!—y un último que hizo que el hombre perdiera el conocimiento. Bakugo se levantó y respiró con agitación. —¡TE HA QUEDADO CLARO, CAPULLO!—rugió, poseído por la rabia, la ansiedad y el dolor.
La clientela del local cuchicheaba en grupitos, asustados por la brutalidad de ese niño. Pero sobretodo por el aspecto temible que le confería toda la sangre, Deku y los ojos de color carmesí. La rabia en Bakugo no amainó al sentirse observado y tal y como hizo antes de comenzar el examen escrito para ascender a chunin se colocó encima de una mesa de un ágil salto.
—¿OS HA QUEDADO CLARO A TODOS?—dijo Bakugo sin esperar respuesta de nadie.—¡SOIS UNOS PUTOS MIERDAS!—añadió, señalando con sus índices a los clientes que le rodeaban.—¡TODOS VOSOTROS LO SOIS! ¡SOIS ESCORIA QUE VIVÍS EN UN MUNDO DE MIERDA! ¡DESPOJOS HUMANOS QUE SOLO MIRÁIS POR VUESTRO PUTO CULO! ¡¿DÓNDE ESTABAIS CUANDO ELLA NECESITABA VUESTRA PUTA AYUDA! ¿EH?—
—¿De qué está hablando ese crío?—susurró una clienta
—Déjalo, está loco.—susurró otro cliente.
—¡YO NO ESTOY LOCO!—gritó Bakugo, que oyó el cuchicheo de esos dos. Se bajó de la mesa y se acercó a ese cliente. Después lo alzó con un brazo cogiéndole del cuello.—¡ES ESTE PUTO MUNDO EL QUE ESTÁ LOCO!—
—¿Por favor, suéltalo! —suplicó con ojos vidriosos la que había hablado primero.
Bakugo volteó la mirada y al verla le recordó a Uraraka. Dio un paso atrás, adolorido, y lanzó por los aires contra otra mesa. Varios se acercaron a donde había aterrizado para prestarle ayuda.
—¡NO ES MI CULPA!—se justificó Bakugo con lágrimas que amenazaban por salir de sus ojos.—¡YO NO PEDÍ QUE VINIERA! ¡NUNCA HE PEDIDO AYUDA! ¡NUNCA! ¿CÓMO COJONES VA A SER MI CULPA ESTA MIERDA? ¿EH? —se acercó a la clienta que temblaba de miedo. Eso lo enfureció aún más—¡NO ACTÚES COMO ELLA! ¡NO ERES ELLA! ¡NO HE HECHO NADA MALO ASÍ QUE DEJA DE ASUSTARTE! ¡YO LA SALVÉ!—dijo señalándose con fuerza el pecho. El cabreo se amainó. Solo quedaba dolor.—Solo quería dejar de sentir unas horas. Soy como vosotros ... Si ese ...—señaló al barman.—..hubiera hecho lo que le pedí nada de esto habría ocurrido. —se fue directo a la zona de bebida. Por donde pasaba Bakugo, la gente se apartaba provocando caídas. Cogió la primera botella de sake que encontró y puso sobre la barra el billete que le había devuelto el barman y otros dos más.—Por las molestias ...—
Bakugo, botella en mano, se dirigió a la salida. Pero antes de salir volteó la cabeza, arrepentido por sus acciones. Y mayor remordimiento tuvo al ver las caras aterrorizadas de todos.
—Yo ...—estaba a punto de pedir perdón, pero volvió la ira en él.—¡NO ES CULPA MÍA, ASÍ QUE DEJAD DE MIRADME ASÍ, JODER!—gritó saliendo del local.
Cuando salió, la lluvia torrencial volvió a aparecer. No le importó lo más mínimo a Bakugo que recorría las calles de regreso al hostal Duerme-bien, pegando un trago de la botella de cuando en cuando. Ya llevaba más de un cuarto de botella bebida cuando vio algo que le despertara el interés. Un vagabundo de unos cuarenta años con una barba gigantesca abrazaba con fuerza un extraño juguete de madera. A pesar de toda la lluvia no hacía nada por cobijarse, solo abrazaba esa rara figura de madera. Bakugo se acercó a él.
—¡Ey, viejo!—gritó Bakugo tocando el hombro del vagabundo. Este se giró y le miró extrañado. Pero la atención del vagabundo estaba en la botella que sostenía Bakugo y no en el rubio ceniza.
—¿Puedes darme un poquito?—suplicó el vagabundo señalando la botella.
—¿Eh?—Bakugo miró primero al vagabundo y luego a la botella.—Solo si respondes a mis preguntas. ¿Por qué estás abrazando esa mierda como si fuera a salvarte de la lluvia?—
—¡No es ninguna mierda!—respondió el vagabundo, ofendido. Luego miró al juguete con amor.—Se lo regalé a mi hijo cuando cumplió los 5 años. Es lo único que me queda de él ... Es lo único que me queda de mi familia.—
—¿Qué le pasó a tu familia?—quiso saber Bakugo.
—Les mataron unos ladrones que asaltaron mi casa mientras yo volvía del País del Viento después de vender y comprar unas mercancías con comerciantes de allí.—respondió el vagabundo con tristeza.
—...—Bakugo se quedó callado unos segundos. Le impactó la historia del hombre. Pero más le impactó la semejanza entre el comportamiento del vagabundo con ese juguete y el de Uraraka con el osito de peluche que le arrebató. —¿Será por eso que me odia Uraraka? ¿Por qué le arrebaté su osito de peluche?—
—Bueno ...—dijo el hombre.—¿Me vas a dar un sorbito al menos?—imploró.
—¿Eh?—dijo Bakugo, despertando de sus pensamientos.—Ah, sí. Claro.—le ofreció la botella. El vagabundo la cogió
—¿Me das toda la botella?—preguntó el vagabundo, confundido.
—Tú la necesitas más que yo, viejo.—respondió Bakugo. —Suerte.—
Bakugo se puso en marcha de nuevo, pero en lugar de ir al hostal fue directo a la cueva a recuperar el osito de peluche. Usó su quirk para aumentar la velocidad ya que cuanto antes llegara, menos probable sería encontrarse con otros guardias de Orochimaru. Además el dolor que le provocaban las explosiones en sus antebrazos le ayudaba a dejar de pensar. El dolor físico era algo que comprendía y a lo que estaba acostumbrado. Al dolor espiritual, en cambio, no lo estaba.
Llegó a la cámara del horror. Los sesos, la sangre, las extremidades cortadas y los cadáveres seguían allí. Lo que aún no sabía Bakugo es que también había una persona viva allí.
