Por más que lo intentó, Ladybug no logró declararse a Cat Noir en los días siguientes. Por las razones que fueran, él siempre tenía prisa, o no captaba las indirectas, o se mostraba súbitamente esquivo y hermético con respecto a su vida privada. Y su necesidad de decirle lo que sentía empezaba a afectar a su misión.
Por fortuna, aunque a veces Ladybug se mostrase torpe o distraída, su compañero siempre estaba allí para guardarle las espaldas. Incluso ejerció brillantemente el liderazgo del superdúo cuando tuvieron que cambiarse los prodigios para escapar de Safari.
Marinette se sentía cada día más enamorada de él. Y cuanto más crecían sus sentimientos, más le preocupaba que su deber como protectores de París les impidiese estar juntos. Llegó a utilizar su kwagatama para invocar a Juana de Arco solo para preguntarle si existía la posibilidad de que los portadores de los prodigios del gato negro y la mariquita pudiesen vivir una historia de amor…, o si el suyo era un romance prohibido.
Y llegó a la conclusión de que, si algún día llegaban a renunciar a sus prodigios, ambos serían libres para amarse como deseaban.
—Por supuesto que no vamos a hacerlo ahora —le dijo a Alya—. Primero tenemos que derrotar a Monarca y recuperar los prodigios perdidos. Pero después, cuando París ya no nos necesite…
—Pero ¿no perderás la memoria si dejas de ser Guardiana? —la interrumpió su amiga, muy preocupada.
—Nooo, solo renunciaría a ser Ladybug, no a la caja de los prodigios —puntualizó ella—. Podría ser como el maestro Fu…, pero con Cat Noir a mi lado. Con el chico detrás de la máscara, quiero decir. Porque, si él también renuncia a su prodigio…
—Espera. ¿No me habías hablado de un futuro en el que vosotros dos todavía sois superhéroes, porque hay otro villano amenazando la ciudad?
Marinette suspiró para sus adentros. Sí, eso era exactamente lo que Bunnyx le había contado.
—Bueno, pero el futuro no está escrito en piedra —refunfuñó.
—Quizá estás yendo demasiado deprisa —opinó Alya—. Después de todo, aún no le has dicho a Cat Noir lo que sientes, ¿verdad?
—¡No es tan sencillo! —protestó ella—. Yo lo intento, ¡pero no me deja!
Justamente acababa de volver de una misión con él. Había tratado de sorprenderlo después preparando una merienda para los dos, pero el superhéroe se había mostrado especialmente esquivo.
—Grrr, ¿por qué se ha vuelto tan escrupuloso de repente? ¡El señor Gatito Perfecto! ¡El señor «Yo-Protejo-Mi-Secreto»! ¡El señor «Compañero-Número-Uno»!
—Pero si fuiste tú quien le pidió a Cat Noir que dejara de cortejarte, de darte rosas, de declararte su amor…
—¡Pero yo lo rechazaba solo porque era muy insistente! —se defendió Marinette.
—Y tenías todo el derecho de hacerlo —apostilló Alya.
—Pero también porque yo no le correspondía.
—Y esa es otra razón perfectamente válida.
Una idea inquietante cruzó de pronto la mente de Marinette.
—Un momento. ¿Crees que podemos estar ahora en la misma situación? ¿Que Cat Noir rechaza todas mis invitaciones porque… porque ya no está enamorado de mí? —se asustó.
Pero Alya no se mostró compasiva con las tribulaciones de su amiga. Una vez más, insistió en recordarle que Ladybug y Cat Noir no podían estar juntos porque acabarían descubriendo sus identidades secretas, y su enemigo terminaría por aprovecharse de ello.
Marinette no quería escuchar aquel argumento. Conocía a Cat Noir, se habían enfrentado juntos a infinidad de peligros y situaciones complicadas, y siempre habían salido triunfantes. La derrota más dura que había sufrido Ladybug, de hecho, se había debido en parte porque había apartado a su compañero de su lado.
Estaba completamente convencida de que los dos unidos serían más fuertes, de que juntos serían capaces de solucionar cualquier problema. Lo habían hecho muchas veces antes, y sin necesidad de conocer sus respectivas identidades, solo como Ladybug y Cat Noir. ¿Por qué iba aquello a ser diferente?
Y ella no necesitaba saber la identidad de Cat Noir, le dijo a su amiga. Porque lo conocía bien y lo quería tal cual era.
Alya no la creía. Estaba convencida de que, en realidad, Marinette seguía enamorada de Adrián.
Antes de que se dieran cuenta, estaban discutiendo. Y no mejoró las cosas el hecho de que, justo entonces, el propio Adrián se presentó en la panadería preguntando por Marinette.
Ella no quería verlo. Les pidió a sus padres por teléfono que le dijeran al chico que estaba ocupada y, cuando Alya trató de convencerla de que cambiara de opinión, Marinette se enfadó de verdad.
—¡No me estás escuchando! —le gritó—. No quiero volver a hablar de Adrián, ¡se ha terminado! Prefiero hablar de Cat Noir. ¿Por qué he de ser la única chica que no tiene permiso para caer bajo su encanto? ¡Yo soy Marinette, una chica normal! Y si me parece que Cat Noir es guapo, ¡estoy en mi derecho!
Se arrepintió enseguida de haberse expresado en aquellos términos. No por el tono ni por el contenido del mensaje, puesto que estaba realmente molesta con Alya. Sino porque, una vez más, había fallado a la hora de expresar lo que sentía por Cat Noir. Por supuesto que lo encontraba guapo, pero eran otras las razones por las que lo amaba. Razones profundas y verdaderas. No se trataba de un enamoramiento superficial, y por alguna razón no conseguía transmitírselo a Alya.
—¡Y sé exactamente lo que siento! —terminó, aún más frustrada y furiosa.
Por suerte para las dos, Alya comprendió que necesitaban tomarse un descanso, o acabarían peleadas de verdad.
De modo que Marinette salió a la terraza para tomar el aire, todavía molesta porque nadie parecía tomarse en serio sus sentimientos por Cat Noir.
Era absurdo, pensó. Completamente ridículo, como diría Chloé. De todas las personas del mundo, precisamente Alya y Tikki sabían mejor que nadie lo unida que estaba a Cat Noir, porque ella no era simplemente Marinette, sino también Ladybug. ¿Por qué les resultaba tan sorprendente que se hubiese enamorado de él?
—Me gusta Cat Noir —se dijo a sí misma, apoyándose en la barandilla—. Cat Noir, Cat… Noir, Cat Noir —repitió, con voz coqueta y juguetona—. Cat… ¡Noir! —exclamó de pronto.
Porque acababa de verlo en una terraza cercana, y tuvo que parpadear para asegurarse de que no lo estaba imaginando. El superhéroe parecía concentrado, como si estuviese patrullando por los alrededores, pero ella habría jurado que la miraba de reojo.
Después de varias miraditas y saludos tímidos, Cat Noir aterrizó por fin en el balcón de Marinette. Y parecía dispuesto a prestarle toda su atención, algo con que la propia Ladybug llevaba días soñando… sin éxito.
Marinette supuso que era simplemente una cuestión de mal timing. Pero, por descontado, estaba más que dispuesta a aprovechar la oportunidad, con o sin máscara.
Los dos empezaron a balbucear incoherencias sobre las casualidades de la vida y las ganas que tenían de verse… y de pronto, Cat Noir le estaba ofreciendo una rosa y confesando que pensaba en ella a menudo.
El corazón de Marinette se aceleró. La irritante voz de su conciencia le recordó que no llevaba máscara en aquel momento, y por tanto los coqueteos de Cat Noir no eran más que eso, coqueteos. Porque él estaba enamorado de Ladybug.
Pero la ignoró. Porque en el fondo tenía miedo de haber perdido el tren, de haber esperado demasiado a corresponder a sus sentimientos. Si aún tenía una oportunidad con Cat Noir, estaba dispuesta a aferrarla con uñas y dientes y a no dejarla escapar.
Así que aceptó su rosa, una rosa roja como el fuego, y se la puso detrás de la oreja para que adornase su cabello. Después alzó la mirada hacia su compañero y le dijo con una dulce sonrisa:
—Yo también.
—¿De verdad… piensas en mí? —preguntó él, gratamente sorprendido.
—Sí…, todo el tiempo —se le escapó a ella.
Comprendió de pronto que podía parecerle extraño, sin duda, puesto que él creía que apenas se conocían. Así que rectificó:
—Bueno…, a veces, ya sabes… como una fan.
Y este fue el gran error que cometió Marinette aquella tarde, pero en ese momento no fue consciente de ello, ni del destello de tristeza que iluminó súbitamente la mirada de Cat Noir. Porque él se repuso de inmediato y siguió coqueteando con ella sin más, de modo que Marinette continuó por ese camino.
—Soy… una gran fan, de hecho —confirmó.
Y, antes de que se diera cuenta, él la estaba invitando a dar un paseo bajo las estrellas, mirándola intensamente a los ojos, y ella propuso ir a tomar un helado porque hacía calor, y los rostros de ambos estaban tan cerca que podrían haberse besado sin más en aquel mismo instante.
Pero el sentido común se impuso en ella por un momento, y le recordó, avergonzada, que no estaba precisamente vestida para una cita romántica, puesto que ya se había puesto el pijama.
¿Lo mejor de todo? Que a él no le importó en absoluto.
Pero el heladero tenía otros planes para ellos.
—Tú, Cat Noir, estás enamorado de Ladybug —declaró, como si el hecho de que el superhéroe quisiese compartir un helado con otra chica fuese un crimen imperdonable—. Y tú, Marinette…, estás enamorada de Adrián Agreste.
Y los dos, desconcertados, respondieron a dúo:
—Ehhh… ¡no!
Se miraron, súbitamente golpeados por aquella verdad incómoda. André había verbalizado lo que la conciencia de Marinette no dejaba de susurrarle: Cat Noir debería estar enamorado de Ladybug, ¿verdad? Sin embargo, él mismo acababa de confesar que eso no era cierto. Y ahora contemplaba a Marinette con estupor, como si el hecho de que ella hubiese estado enamorada de Adrián Agreste fuese una revelación impactante para la que no había estado preparado.
De repente, ninguno de los dos tenía ya ganas de tomar helado.
Caminaron en silencio hasta la playa de la Isla de los Cisnes, y se sentaron sobre la arena, a los pies de la réplica de la torre Eiffel. Juntos, pero a cierta distancia, y de espaldas, como si ya no se atreviesen a cruzar la mirada.
—¿Estabas enamorada de Adrián Agreste? —preguntó él por fin, a media voz.
Ya no tenía ningún sentido negarlo.
—Sí —respondió ella en un susurro—. Pero eso me hacía actuar de la peor de las maneras. Y era una carga demasiado pesada. —Él no dijo nada, y Marinette se atrevió a preguntar—: ¿Y qué hay de ti? ¿Ya no estás enamorado de Ladybug?
—No —contestó Cat Noir con suavidad—. Era una carga demasiado pesada. Y me hacía actuar de la peor de las maneras.
Marinette sonrió con amargura. Sí que había perdido el tren, después de todo. Había esperado demasiado tiempo, y Ladybug había dejado escapar su oportunidad de amar a Cat Noir.
Y dijo, sin saber muy bien por qué:
—Al menos te quedan todos tus fans.
—Quizá no serían tan fans si supieran quién hay detrás de la máscara —respondió él con tristeza.
Marinette alzó la cabeza, sorprendida. Conocía muy bien aquella sensación, porque ella misma la había experimentado a menudo: todo el mundo admiraba a Ladybug, la superheroína que salvaba el día. Pero, sin la máscara y sin sus poderes, solo quedaba Marinette.
Habría asegurado, no obstante, que Cat Noir no tenía aquellos problemas de autoestima. Aunque, después de todo, probablemente ella era la única persona que sabía de verdad cómo era el chico tras la máscara, un chico mucho más tierno y sensible de lo que todo el mundo pensaba. Y también dulce, generoso y valiente, y con un sentido del humor peculiar que ella había aprendido a apreciar. Y todo eso era parte de él, de la persona que se ocultaba tras la máscara, y no un superpoder prestado.
Pero, dado que no podía decirle que precisamente ella lo conocía mejor que nadie, se acercó a Cat Noir y le dijo con suavidad:
—No me importa que lleves una máscara. —Él se volvió para mirarla, ligeramente sorprendido—. No me importa lo que hay debajo.
—Así que… ¿eres realmente una fan?
Marinette sonrió. «No soy cualquier fan, gatito. Soy tu fan número uno, porque te conozco de verdad, y te amo tal cual eres». Pero, como no podía decirle aquello, simplemente respondió:
—Soy una… súper… súper… fan.
Él se acercó un poco más, con un brillo de esperanza latiendo en sus extraordinarios ojos verdes. Ambos estaban tratando de recuperar el ambiente de la conversación que habían mantenido en el balcón, justo antes de que él la invitara a salir. Pero ya no había ni rastro de aquel coqueteo juguetón, sino una emoción mucho más intensa y profunda que comenzaba a vibrar entre los dos.
—¿Tan fan como para…? —empezó Cat Noir, sin atreverse a completar la pregunta.
—Tan fan… como para hacer esto —confirmó ella, y lo besó suavemente en la mejilla.
—Oh —dijo él, aún sin querer dar nada por sentado—. ¿Eso?
—Sí —asintió ella, sin dejar de mirarlo a los ojos—. Incluso esto.
Y lo besó en la nariz.
Cat Noir sonrió levemente.
—¿Y qué tal… esto? —se atrevió a preguntar.
Y la besó en la mejilla, en un movimiento lento y suave, como si tuviese miedo de asustarla. Marinette cerró los ojos un momento. El contacto de los labios del chico sobre su piel había despertado un delicioso cosquilleo en su interior. Cuando él se apartó un poco, aún vacilante, ella mantuvo su mirada clavada en sus ojos, animándolo a continuar. Los dos sonrieron un poco, aún tímidos, pero por fin seguros de lo que estaban haciendo, antes de acercarse todavía más para besarse en los labios.
El corazón de Marinette latía con fuerza. Por fin, por fin, por fin… No había pasado tanto tiempo desde que Darker Owl les había regalado a ambos aquella maravillosa visión del futuro, pero ella no había dejado ni un solo instante de soñar con los besos que habían compartido en sus sueños.
Y de desear que fueran reales.
Temerosa de que él se desvaneciese como si todo aquello fuese parte de otro hermoso sueño, Marinette alzó la mano para sostener el rostro de Cat Noir con delicadeza.
Era sólido, era de verdad. Él la estaba besando por fin, y no era simplemente un sueño. Marinette pensó fugazmente que, en realidad, aquella era la tercera vez que se besaban en la vida real. Pero él no recordaba ninguno de aquellos besos, y ella había olvidado cómo había sido el segundo, y por qué se habían besado en aquella ocasión.
Claro que, en ambos casos, Cat Noir no había besado a Marinette…, sino a Ladybug.
Abrió los ojos un momento, preocupada. Pero volvió a cerrarlos de inmediato.
«Me da igual», pensó. «Ladybug y yo somos la misma persona. Si se enamoró de Ladybug, podrá enamorarse también de Marinette. Me da igual todo, la misión, las identidades secretas…, yo solo quiero estar con él, no importa cómo».
Desgraciadamente, a Cat Noir sí le importaba. Se separó de ella de repente.
—Espera, ¿qué estamos haciendo? ¡Esto es demasiado raro! Quiero decir… he sido un estúpido.
—¡No, para nada! —se apresuró a tranquilizarlo ella—. Eres estupendo.
—¡No! Yo sé quién eres tú, pero tú no sabes quién soy yo.
Marinette aún sonreía, convencida de que debía de estar bromeando. Después de todo, Cat Noir había pasado meses cortejando a Ladybug, y el hecho de no conocer su identidad jamás le había impedido amarla…, o declarar que la amaba.
—…Y me he aprovechado de que eres una fan para besarte —concluyó él con tristeza.
—¡No, para nada!
—Sí —insistió Cat Noir con firmeza—. Y está mal.
Lo siguiente que supo Marinette fue que toda la rabia, el dolor y la frustración acumulados en los últimos días se abatieron de pronto sobre ella. No podía ser verdad, pensó. Había pasado tanto tiempo rechazando a Cat Noir…, le había costado tanto comprender lo que sentía por él…, y ahora que lo tenía claro, que estaba dispuesta a amarlo, con máscara o sin ella…, ¿no podía ser? ¿Por qué todo el mundo conspiraba para mantenerlos apartados? Él ya no quería a Ladybug, pero estaba interesado en Marinette. Y ella estaba de acuerdo con eso, estaba dispuesta a aceptarlo. No le importaba, con tal de que pudieran estar juntos. ¿Por qué era una mala idea, si se querían de verdad?
Intentó explicárselo a Cat Noir entre lágrimas, pero él se mantuvo firme en su decisión de no continuar con lo que fuera que habían comenzado.
Y entonces Marinette oyó la voz del Monarca en su mente.
Podría haber sido mucho peor, en realidad. Podría haber sido catastrófico, de hecho. Pero Cat Noir la salvó con un beso, como los héroes de los cuentos de hadas. Y justo cuando ella empezaba a comprender lentamente lo que acababa de suceder, hasta qué punto podían haberse torcido las cosas a causa de su amor por Cat Noir, su enemigo encontró una nueva víctima y ya no hubo tiempo para nada más.
—Adiós, Marinette —dijo él un rato más tarde, una vez que la hubo dejado a salvo en su balcón.
—Adiós —susurró ella mientras lo veía desaparecer en la noche.
Se inclinó sobre la barandilla y se echó a llorar. Tikki trató de consolarla, pero el dolor de Marinette era demasiado profundo.
Cat Noir ya no estaba enamorado de Ladybug. ¿Amaba a Marinette? Ella no estaba segura, pero sí tenía claro que, al menos, se sentía atraído por ella. Lo bastante como para besarla.
A ella le habría bastado. No le importaba que él creyera no conocerla. Podrían haber iniciado una relación secreta, como en las historias románticas. Habrían acabado por conocerse mejor. Por enamorarse de verdad.
El problema era que, al parecer, él no se tomaba en serio los sentimientos de la muchacha. Y esto era enteramente culpa de Marinette, pensó ella con tristeza. Porque le había dicho que era una fan y, naturalmente, él se lo había tomado en sentido literal. ¿Creía que ella no podía amarlo, porque no lo conocía de verdad? ¿O porque no merecía ser amado, tal vez? Antes de despedirse, él había farfullado algo acerca de que su «otro yo» sí podría estar con ella, porque entonces sería una relación más equilibrada. Pero, claro…, él no podía revelarle su identidad, y ella no miraría dos veces a cualquier desconocido que se le acercase con la intención de conquistarla.
—Entonces…, ¿no podremos estar juntos nunca, Tikki? —murmuró.
El kwami la miró con tristeza, pero no contestó. Probablemente, no tenía respuesta para aquella pregunta.
Marinette suspiró y volvió a entrar en su habitación.
Allí la esperaba Alya, muy preocupada.
—¡Marinette! —exclamó, tan pronto como la vio llegar—. ¿Qué ha pasado? ¿Estás…?
No terminó la frase, porque se dio cuenta de inmediato de que su amiga no se encontraba bien. Se apresuró a envolverla en un fuerte abrazo. Marinette apoyó la cabeza sobre el hombro de Alya y se echó a llorar otra vez.
Ella la dejo desahogarse un rato y después le dijo con suavidad:
—Tus padres están preocupados. ¿Quieres bajar a saludarlos, o prefieres que lo haga yo? Les puedo decir que estás muy cansada y te has ido a dormir ya.
Marinette no respondió enseguida. Inspiró hondo un par de veces y después se separó de su amiga y se secó los ojos.
—Voy a hacerlo yo —dijo—. Si no, se preocuparán todavía más.
Se lavó la cara para eliminar los restos de lágrimas y se aseguró de que volvía a mostrarse serena antes de bajar. Ensayó una sonrisa ante el espejo. Aún estaba algo pálida, pero tendría que servir. Con un poco de suerte, sus padres lo atribuirían al susto.
—¿Quieres que me quede? —le preguntó Alya—. ¿O prefieres que me vaya a casa?
Marinette lo pensó un momento. Después se encogió de hombros.
—Como prefieras. No tengo muchas ganas de hablar, así que probablemente será la fiesta de pijamas más aburrida de la historia, pero…
—No me importa. Si me necesitas, aquí estaré para hacerte compañía —replicó ella sonriendo—. Aunque sea en silencio.
Marinette sonrió a su vez antes de salir de la habitación.
Volvió momentos después, aún seria, pero algo más tranquila. Alya ya estaba acomodada en su colchoneta, y Marinette le sonrió de pasada mientras subía las escaleras hasta su propia cama.
Apagaron las luces. Marinette se cubrió con el edredón hasta la nariz, como si así pudiese protegerse del dolor y la decepción.
Permanecieron un rato en silencio, hasta que se oyó la voz de Alya en la oscuridad.
—Entonces…, ¿qué ha pasado con Cat Noir?
Marinette suspiró. Le había dicho a Alya que no quería hablar, pero su amiga la conocía demasiado bien.
—Me ha dicho que ya no está enamorado de Ladybug.
Percibió una vacilación en Alya, como si hubiese estado a punto de hacer algún comentario, probablemente relacionado con el tiempo que él había estado cortejándola sin esperanza. Pero, sabiamente, Alya decidió permanecer en silencio.
—Sin embargo…, creo que le gusto. Como Marinette, quiero decir.
En otras circunstancias, las dos habrían comentado las novedades entre grititos emocionados. Pero Alya también sabía leer entre líneas.
—¿Te lo ha dicho él? —preguntó con precaución.
Marinette suspiró de nuevo.
—Hemos… coqueteado un poco, sí. Aterrizó en mi balcón y me regaló una rosa, y después me invitó a dar una vuelta, y fuimos juntos a tomar un helado. Pero a André… bueno, no le gustó.
—Ah, sí, está convencido de que Ladybug y Cat Noir son la pareja perfecta.
—Todo el mundo lo pensaba…, salvo yo, al parecer. Y ahora supongo que ya es demasiado tarde.
Esta vez fue Alya quien suspiró.
—Es todo mucho más complicado de lo que parecía en un principio —comentó—. Con todo eso de las identidades secretas, claro. Pero… lo tuyo con Cat Noir…, como Marinette, quiero decir…, ¿cómo de serio es?
Marinette tuvo ganas de llorar otra vez.
—Porque habría que ver con qué frecuencia va visitando balcones —prosiguió Alya—. Ya sabes que una vez…
No terminó la frase, pero ambas sabían perfectamente a qué se refería. Marinette, de hecho, nunca había llegado a saber qué había llevado a Cat Noir a dejarse caer por el balcón de Alya aquella noche, ni de dónde había sacado la idea de que ella podía estar enamorada de él. Supuso que ya nunca tendría ocasión de preguntárselo.
—Creo que sí le gusto de verdad —dijo en voz baja—. Nos hemos… —Tragó saliva—. Nos hemos besado…
Hubo un momento de silencio incrédulo por parte de Alya.
—¿Hablas en serio? —preguntó ella finalmente.
—Sí. Sí, y fue muy bonito, pero después…, después él dijo que no estaba bien, porque yo no conozco su identidad, y porque después de todo soy una fan, y él no debería…
—Espera, espera… ¿una fan?
Marinette cerró los ojos para evitar que las lágrimas cayesen por sus mejillas.
—Eso le dije —susurró—. Estúpida de mí… Como no sabía cómo decirle lo que sentía, le dije… que era una de sus mayores fans, y creo que…, creo que se lo tomó al pie de la letra, y dijo que en ese caso no podíamos estar juntos, porque lo que yo sentía no era amor, sino admiración, y…
—Pues es muy… caballeroso y considerado por su parte —comentó Alya, gratamente sorprendida—. Y bastante maduro, debo añadir.
Marinette sintió que la invadía la rabia.
—¡Pero eso no es verdad! Yo lo quiero de verdad, ¿por qué nadie se toma en serio lo que siento por él?
Estaba llorando otra vez, pero ya no se molestó en disimularlo.
Alya no respondió. Marinette la oyó de pronto subiendo las escaleras hasta su cama, y se secó los ojos.
—Yo sí me lo tomo en serio —le dijo su amiga, sentándose a su lado—. Siento mucho no haberlo hecho hasta ahora.
Marinette se volvió hacia ella. Las luces seguían apagadas, pero ella podía ver su silueta en la penumbra.
—Y yo siento haberme enfadado antes —musitó—. No tendría que haberte hablado así. Es que es todo tan frustrante…
—Creo que empiezo a entenderlo. Claro, Cat Noir y tú lleváis mucho tiempo siendo compañeros. Habéis pasado muchas cosas juntos. Habéis peleado en cientos de batallas…
—Y no son solo las batallas —puntualizó Marinette con una débil sonrisa—. Son las patrullas, todas las horas que hemos pasado conversando en los tejados… Él es mi mejor amigo, Alya. Lo comprendes, ¿verdad? El otro día me hablabas de todo lo que hemos pasado juntos Adrián y yo. —Ella pareció sorprendida de que Marinette abordase directamente aquella cuestión, pero no dijo nada—. Y es verdad, ya no somos desconocidos, como cuando empezó el curso. Pero puedes juntar todos esos momentos y no serán ni la décima parte de todo lo que hemos vivido Cat Noir y yo. Es verdad que no sabemos quiénes somos detrás de la máscara, pero es que no nos hace falta, ¿comprendes? Porque nos conocemos a un nivel mucho más profundo.
Se sintió muy aliviada de haber sido capaz de expresarlo por fin. Quizá le había salido con mayor facilidad porque, por primera vez, Alya estaba dispuesta a escucharla.
—Lo entiendo —dijo ella—. Nino y yo somos pareja, pero lo que nos une más no es simplemente el amor, sino que somos… los mejores amigos. Y lo hablamos todo, y hemos pasado muchas cosas juntos también. Nunca me había parado a pensar lo que eso significaba para Ladybug y Cat Noir…, más allá del romance que todo el mundo imaginaba que estaban viviendo.
Marinette se detuvo un momento a pensar en todo lo que había pasado desde el día en que se habían conocido.
—Ha sido… muchísimo mejor que un romance, Alya —dijo por fin, con un nudo en la garganta—. ¿Sabes lo que es… confiar ciegamente en alguien, incluso aunque no sepas quién es de verdad? ¿Porque sabes cómo es, y que estará a tu lado incluso en los peores momentos, para recogerte cuando caigas en cualquier circunstancia? —Suspiró—. Es todo eso y que… ya no puedo imaginar mi vida sin él.
Se preguntó por un momento si debía hablarle de la visión de Darker Owl. Decidió que, por el momento, se lo guardaría para sí. No era necesario para que su amiga entendiese lo que le estaba pasando.
—¿Crees que es por eso que se ha fijado en ti como Marinette? —le preguntó de pronto. Ella no respondió enseguida, y Alya añadió—. Yo adiviné que Nino era Carapace casi en el primer momento, no porque lo reconociera físicamente, sino por la forma que tenía de hablar, de comportarse… Si él te conoce tan bien…
—No creo que se haya dado cuenta de que soy Ladybug.
—Pero entonces, ¿qué otra explicación tienes para lo de hoy?
—¿Qué quieres decir?
—Ladybug y Cat Noir están muy unidos, eso es innegable. Pero… ¿qué es lo que une a Cat Noir y a Marinette? Tú sabes que lo conoces, pero él…
—Bueno, no somos completos desconocidos —apuntó ella.
Procedió a relatarle todo lo que habían vivido juntos como Cat Noir y Marinette, desde su enfrentamiento contra Evillustrator hasta la tarde que habían pasado juntos en el cine, incluyendo las confesiones de corazones rotos en su balcón. Una vez más, calló sobre la noche lluviosa en que lo había acogido junto a ella, absolutamente destrozado por la visión que Darker Owl le había mostrado, y que jamás se cumpliría. «Quizá ese fue el día en que decidió renunciar a su amor por Ladybug», pensó de pronto, apenada.
—Vale, entonces sois más o menos amigos —concedió Alya—. Quizá no necesitabas decirle que eras una fan para que comprendiese que sentías algo más por él.
—Supongo que no quería asustarlo. Como aquella vez que le dije que estaba enamorada de él, y mi padre acabó akumatizado.
—Ah, sí, menuda historia —sonrió Alya—. Nunca llegué a comprender por qué hiciste eso, en primer lugar.
En su momento, Marinette había elaborado una enrevesada historia para explicarlo, pero ahora se quedó un instante callada, pensando.
—Yo tampoco, la verdad —confesó por fin—. A veces tengo la sensación de que he jugado con sus sentimientos sin pensarlo demasiado, sin preocuparme por las consecuencias. Así que supongo que me merezco todo esto, ¿verdad? ¡Es el karma! —concluyó con una triste sonrisa.
—No digas eso, Marinette. Si alguien merece que la quieran, esa eres tú. Después de todo lo que has luchado, de todo lo que te has esforzado…, de todo lo que has sacrificado…, mereces tu propio final feliz de cuento de hadas. Con Adrián, con Cat Noir o con quienquiera que elijas. Y estoy segura de que tarde o temprano lo conseguirás.
Marinette no dijo nada. Ni siquiera se movió y, tras unos momentos, Alya llegó a la conclusión de que se había quedado dormida. En silencio, bajó las escaleras para regresar a su propia cama.
No obstante, Marinette no estaba dormida. Seguía pensando, con la cabeza llena de recuerdos y el corazón repleto de pena, abrazando su peluche de Cat Noir, cuya compañera había quedado sola y abandonada en la estantería…, un poco como la Ladybug de verdad.
«Es el karma», insistió. «Por todas las veces que lo he rechazado, por haberlo apartado de mi lado, por no haber sido capaz de ver antes lo extraordinario que es. Por eso no lo merezco, ni tengo derecho a quererlo».
Cerró los ojos. Se preguntó brevemente si debería dar una oportunidad a Adrián, después de todo. Pero comprendió enseguida que no sería capaz. No porque ya no lo quisiera, sino porque su amor por Cat Noir era tan profundo que ya no podía imaginar un futuro junto a otro que no fuera él. Quizá, con el tiempo, la herida sanaría…, pero, por ahora, no le sería posible corresponder a Adrián…, ni a ninguna otra persona que no fuese su compañero enmascarado.
«Si él no me quiere, si no podemos estar juntos…, supongo que tendré que seguir yo sola», pensó.
No era la primera vez que había tenido aquellas ideas. No obstante, esta vez era diferente. Porque lo sentía, lo había asumido. Porque estaba convencida de que tenía que ser así.
Y era capaz de aceptarlo.
NOTA: Pues a partir del capítulo siguiente esta historia ya va a continuar por un camino no canónico, que irá por el Marichat y no tanto por el Adrinette. Porque me niego a aceptar que el amor de Marinette por Cat Noir haya durado solo cuatro capítulos en cinco temporadas, y porque, aunque tengo una ligerísima esperanza de que "La decisión de los kwamis" nos depare alguna sorpresa, prefiero ir explorando esta vía en mi fan fic, para curarme preventivamente de la decepción.
