Marinette había subido a su balcón para escribir en su diario, pero ahora estaba sentada frente a una página en blanco, contemplando las nubes con melancolía.
Meses atrás, cuando había iniciado su labor como Ladybug, solía escribir a menudo en su diario. Hablaba de sus misiones, de Adrián, de su vida en el colegio… Ahora, en cambio, hacía semanas que ya no escribía nada, porque no encontraba tiempo para hacerlo. Había pensado que le sentaría bien retomar la costumbre, para poner en orden sus pensamientos acerca de lo que sentía por Cat Noir y por Adrián, acerca de sus resoluciones para el futuro inmediato, acerca de sus planes para recuperar los prodigios perdidos. Pero ahora su mente estaba en blanco, igual que la página.
Marinette suspiró y apartó el diario a un lado. Tomó su cuaderno de bocetos y dejó vagar su mente libremente.
Cuando se quiso dar cuenta, se había puesto a dibujar a Cat Noir otra vez. Irritada, se dispuso a cerrar el cuaderno, pero enseguida cambió de idea. Después de todo, no hacía mal a nadie, ¿verdad? Y el hecho de que llenara su cuaderno de bosquejos de Cat Noir no significaba que su decisión de renunciar a él no fuese firme y definitiva. Al fin y al cabo, si no podía tenerlo en la vida real, al menos podría conservarlo en sus dibujos.
Oyó un suave sonido frente a ella, y alzó la cabeza, casi anticipando lo que iba a encontrar.
En efecto: como si el hecho de dibujarlo lo hubiese invocado ante su presencia, allí se encontraba Cat Noir, el de verdad, acuclillado en perfecto equilibrio sobre la barandilla de su balcón. No obstante, a diferencia de otras ocasiones, no se mostraba sonriente ni zalamero, sino extraordinariamente serio. Y la observaba con precaución, como si no estuviese seguro de cómo dirigirse a ella.
Marinette suspiró.
—¿Qué quieres ahora? —le soltó sin más.
Cat Noir inspiró hondo, un tanto cohibido.
—Yo solo… venía a ver cómo estabas. Es decir, a comprobar que estás bien, y que no…
—¿Que no me han akumatizado por tener el corazón roto? —completó ella—. Es muy considerado por tu parte, pero no tienes que preocuparte por mí. Sobreviviré. Al fin y al cabo, estoy acostumbrada a que mi vida sentimental sea un desastre. Y ya me he hecho a la idea de que probablemente estoy destinada a estar sola.
—¿Qué? ¡No digas eso! Sé que esto…, es decir, lo nuestro…, no ha salido bien por muchas razones, pero eso no significa que en el futuro no puedas encontrar…
—Ahórrame tu compasión, Cat Noir. También seré capaz de sobrevivir sin ella.
El superhéroe calló de inmediato y desvió la mirada, apenado, y Marinette se arrepintió enseguida de sus palabras. Con un suspiro, cerró el cuaderno y lo dejó sobre la mesita, encima del diario.
—No es culpa tuya, gatito —le dijo con más dulzura—. Sé que tienes buena intención. Y también sé que tienes razón. Ayer te dije que renuncié a mi amor por Adrián porque me hacía actuar de forma extraña, ¿verdad? En fin, no era culpa de Adrián tampoco. Soy yo, que no soy capaz de gestionar mis sentimientos. Y por eso Monarca estuvo a punto de akumatizarme ayer, y por eso he decidido que, simplemente, no estoy hecha para amar a nadie. Es solo que… quizá me vaya a costar un poco asimilarlo. —Se le habían llenado los ojos de lágrimas, y se las secó, con rabia—. No es culpa tuya —repitió.
—Pero me siento responsable —dijo él enseguida. Aún no se atrevía a acercarse a ella, pero todo en su lenguaje corporal sugería que se moría por abrazarla—. Por todo lo que pasó ayer. No debí coquetear contigo, no debí haberte puesto en esta situación. Te pido disculpas, Marinette.
Ella alzó la cabeza para mirarlo.
—Pero, si coqueteaste conmigo…, es porque te gusto, ¿verdad?
—Marinette…
—Lo siento, no tendría que haberlo preguntado. Olvídalo —murmuró ella, desviando la mirada con tristeza.
Cat Noir se quedó mirándola. Su sentido común luchó por imponerse sobre sus sentimientos… y perdió espectacularmente la batalla.
—Claro que me gustas —dijo él en voz baja—. Muchísimo. —Marinette alzó la mirada, sorprendida, con las mejillas sonrojadas—. Si no, no te habría besado anoche. Yo no voy repartiendo besos por ahí, así como así, ¿sabes? —añadió, medio en broma, medio en serio.
Marinette se mordió el labio inferior, mientras su cordura se esforzaba por convencerla de que mantuviese la boca cerrada.
También aquella era una batalla perdida de antemano.
—A mí también me gustas mucho —confesó—. De verdad, quiero decir. No solo como una fan cualquiera.
Cat Noir se rascó la cabeza, confundido.
—Pero ayer dijiste…
—¡Sé lo que dije! —cortó ella con impaciencia—. Pero es que no sabía cómo expresar lo que sentía, ¿sabes? No es la primera vez que me pasa —reconoció, abatida—. Cada vez que Adrián se daba cuenta de que estaba interesada en él, yo intentaba negarlo con cualquier excusa…, que si me gusta la moda, que si soy una fan, que si solo te quiero como amigo… —Dejó escapar un gruñido de frustración—. ¿No lo ves? Soy un desastre en el amor. Soy completamente incapaz de expresar lo que siento. Siempre intento disfrazarlo de otra cosa, porque tengo miedo…
—¿De qué tienes miedo, Marinette? —preguntó él con dulzura.
Ella suspiró.
—Del rechazo, probablemente —dijo en voz baja—. Pero no solo eso. También tengo miedo de estropearlo todo. Y de otras cosas que no te puedo contar.
—No tienes que contarme nada, si no quieres —respondió Cat Noir muy cerca de ella, sobresaltándola.
Marinette alzó la cabeza y descubrió que había bajado de la barandilla sin hacer ruido para acuclillarse a su lado. Cuando su mirada se cruzó con la de él, se sonrojó un poco, sin poderlo evitar.
—Entonces, ¿es verdad… que me quieres? —preguntó él en voz muy baja.
—Sí…, o sea, no…, es decir, hay muchas cosas que… —empezó Marinette.
Se dio cuenta de que se estaba liando otra vez y se interrumpió de golpe. Inspiró hondo, alzó la cabeza para mirar a Cat Noir a los ojos y dijo simplemente, en un susurro:
—Sí.
Las mejillas de él se colorearon bajo la máscara, algo que a ella le pareció deliciosamente tierno. Cat Noir se aclaró la garganta, abrumado, antes de responder:
—Eso es… Pero yo…, o sea, tú…
También él tuvo que hacer una pausa para reordenar sus pensamientos.
—¿Cómo es posible? —preguntó por fin—. Ni siquiera sabes… quién soy.
—Tú tampoco sabes quién es Ladybug —contraatacó ella—. Y eso no te impidió enamorarte de ella, ¿verdad?
—Touché —admitió él—. Aún así, es distinto. Ella y yo llevamos mucho tiempo siendo compañeros. Somos amigos…
—Pero tú empezaste a cortejarla prácticamente desde el principio —le recordó ella. Cat Noir no respondió, porque sabía que era verdad—. ¿En serio crees que tú y yo no nos conocemos al menos un poco ya? ¿Que no somos… amigos? Si sientes algo por mí… ¿qué te hace pensar que yo no puedo haberme fijado en ti también? —Cat Noir abrió la boca, como si fuese a replicar; pero finalmente optó por permanecer en silencio, y Marinette continuó—: Y no me refiero solo a tu faceta como superhéroe, sino también… al chico tras la máscara. Hemos compartido algunos momentos bonitos juntos, ¿no? Fuimos al cine una vez. Hemos hablado de nuestros corazones rotos. Más de una vez —añadió con una sonrisa, y él sonrió también—. Confiamos el uno en el otro, ¿no es verdad? A pesar de la máscara.
—Todo eso es verdad —reconoció Cat Noir en voz baja.
—Somos algo más que un superhéroe y una fan —insistió ella—. Me gustaría pensar que somos… amigos, a estas alturas.
—Sí —asintió él—. A mí me gustaría creerlo también.
—Y entonces —concluyó Marinette—, ¿tan extraño te parece que podamos llegar a sentir… algo más? ¿A pesar de la identidad secreta? Quiero decir que, cuando te transformas, la persona que eres no desaparece sin más. Sigue ahí, detrás de la máscara. Y yo la veo —añadió. Alzó la mano para acariciarle la mejilla mientras lo miraba fijamente a los ojos—. Te veo. Aunque no conozca tu nombre ni tu verdadero aspecto… me he encariñado con el chico que se oculta bajo el disfraz de gato. De una manera especial.
Cat Noir desvió la mirada, conmovido.
—Eso es… muy bonito, Marinette. Pero no cambia el hecho de que no podemos estar juntos.
Ella dejó caer la mano.
—Lo sé —murmuró con tristeza—. Lo tengo asumido, ya te lo he dicho. Solo quería que supieras lo que siento. Para que no vuelvas a confundirme con una fan cualquiera —añadió, ligeramente ofendida.
Cat Noir se rió.
—No se me ocurriría —le aseguró.
Se quedaron unos instantes mirándose, emocionados. Por fin, el superhéroe dijo con cierta tristeza:
—Aunque sintamos algo el uno por el otro, no puedo estar contigo como a mí me gustaría. No solo porque no sabes quién soy, sino también… porque no quiero ponerte en peligro. Te convertirías en un objetivo para Monarca si él llegase a descubrir que eres especial para mí.
—Eso no me asusta —replicó ella—. Pero sí me preocupa que pudiese intentar utilizarme para llegar hasta ti. Así que sería yo quien te pondría en peligro. Y no podemos correr ese riesgo.
En esta ocasión fue él quien alzó la mano para acariciar la mejilla de Marinette.
—Ojalá pudiese decirte quién soy —suspiró—. Si algún día tuviese la posibilidad de revelar mi identidad a alguien, sin duda serías tú.
Marinette abrió mucho los ojos, sorprendida ante aquel arrebato de sinceridad.
—Yo jamás te lo pediría, Cat Noir. Comprendo muy bien lo importante que es mantener tu identidad en secreto.
—Lo sé, Marinette.
—Y de todas formas —prosiguió ella—, ¿qué tendría que pasar para que pudieses revelar tu identidad? ¿Renunciar a tu prodigio? —Se estremeció—. No estarás pensando en dejar de ser Cat Noir, ¿verdad? —preguntó, asustada—. Ladybug te necesita más que nunca.
—No creas que no me lo he planteado más de una vez —murmuró él, cansado—. Por muchas razones. Pero no puedo hacerle eso a Ladybug, y menos ahora.
Marinette respiró hondo, con el corazón dividido. Si Cat Noir renunciaba a su prodigio, ya no habría ninguna razón para que no pudiesen estar juntos los dos. Pero, por otro lado, no se veía capaz de enfrentarse a Monarca sin él. Ni de buscar a otro portador para que lo sustituyese, aunque fuese alguien tan perfecto como Cat Walker. Sencillamente, necesitaba que Cat Noir siguiese siendo Cat Noir. Aunque eso implicase que tuviese que renunciar a su historia de amor con él.
Cerró los ojos con cansancio. «Si pudiese dejar de ser Ladybug», pensó de pronto, «y si él dejase de ser Cat Noir… Si eligiésemos a otros portadores mejores que nosotros, capaces de triunfar donde nosotros hemos fallado…, París sería libre por fin, y nosotros también. Y podríamos estar juntos».
Se preguntó de pronto, inquieta, si él la seguiría queriendo tras descubrir su identidad secreta. Después de todo, ya no estaba enamorado de su lady.
Sacudió la cabeza. «No puedo hacer eso», se dijo con firmeza. «No puedo abandonar ahora, después de todo lo que ha pasado».
La solución no era otra que derrotar a Monarca de una vez por todas y recuperar los prodigios que había robado. Cat Noir ya no amaba a Ladybug, pero al renunciar a ella se había convertido en un héroe mucho más centrado y competente. Él solo era capaz de reemplazar a todos los superhéroes que ya no podrían ayudarlos más, y Marinette lo amaba especialmente por ello.
Ahora le tocaba a ella estar a la altura de su compañero.
Y entonces, de pronto, vio la luz. Como cuando su lucky charm encajaba de repente con el resto de las piezas y le revelaba la solución al problema.
—Ladybug y tú derrotaréis a Monarca algún día, ¿verdad? —le dijo a Cat Noir de repente.
—Claro —respondió él, ligeramente sorprendido—. No lo dudes ni por un instante.
—No lo dudo —replicó ella. Inspiró hondo y declaró, mirándolo a los ojos—: Te esperaré hasta entonces.
—¿Cómo? —preguntó Cat Noir, muy perdido—. ¿Qué quieres decir?
—Te esperaré —repitió Marinette—. Hasta que hayáis derrotado a Monarca y puedas revelarme tu identidad, si todavía quieres hacerlo. También yo tengo cosas que contarte —añadió con cierta timidez—, pero aún no estoy preparada. Ese día, cuando hayamos… cuando hayáis liberado París, quiero decir…, ya no tendrá por qué seguir habiendo secretos entre nosotros. Y si estás dispuesto a compartir los tuyos entonces…, y si todavía sientes algo por mí después…, podríamos… podríamos estar juntos —concluyó, mirándolo esperanzada.
Él se había quedado sin habla.
—¿Qué… qué me dices? —se atrevió a preguntar Marinette—. ¿No te parece… buena idea?
—No lo sé —murmuró el chico, pensando a toda velocidad—. O sea, me gustaría mucho, pero no sé… no sé si puedo aceptar. No puedo pedirte eso, Marinette.
—No me lo estás pidiendo, soy yo quien te lo ofrezco. Claro que —se le ocurrió de pronto— no es justo por mi parte que te pida que me esperes, tampoco. Y entiendo que tú no…
—¡Sí! —se apresuró a responder él—. Claro que te esperaría. Si tuviésemos una oportunidad…
Se quedaron mirándose a los ojos, con el corazón acelerado. Se habían tomado de las manos sin darse cuenta, y Cat Noir la soltó, un poco cohibido.
—Pero no sabemos cuánto tardaremos en vencer a Monarca y recuperar los prodigios —objetó con cierta tristeza—. ¿Qué vamos a hacer hasta entonces?
Marinette ya tenía una respuesta para aquella pregunta.
—Podemos ser amigos —sugirió—. Y aprovechar para conocernos mejor. Sin hacer nada que pueda poner en peligro tu identidad, por supuesto. Y sin decírselo a nadie. Para que Monarca nunca llegue a descubrir que nosotros…, en fin, que somos algo más que un superhéroe y una civil que necesita ser salvada —concluyó con una sonrisa.
—Entonces… ¿seguiríamos viéndonos… pero en secreto?
—¡Sí! Pero solo para hacer cosas de amigos. Es decir, nada de besos, ni de citas románticas, ni de declaraciones de amor. Solo… charlar y todo eso. Y alguna cosa más que se nos ocurra.
—¿Ir al cine? —propuso Cat Noir—. Eso podemos hacerlo como amigos. Ya lo hemos hecho, en realidad.
—No, no podemos, porque la gente nos vería juntos, y es algo que tenemos que evitar. Tampoco podemos ir a conciertos, a la pista de hielo o simplemente a dar un paseo por ahí. ¡Ah! Y quedan prohibidísimos los helados de André.
—Estoy de acuerdo —coincidió Cat Noir, y se echaron a reír.
La atmósfera había cambiado entre los dos. Ambos habían asimilado que su amor era imposible, y ahora veían una posibilidad, aunque fuese a largo plazo, de poder estar juntos como deseaban.
—Podríamos vernos de vez en cuando —prosiguió Marinette, cada vez más entusiasmada—. No todos los días, porque no somos novios, obviamente...
—Obviamente.
—Pero quizá sí una vez a la semana…
—¡Me parece bien! Podría venir a verte por la noche, con discreción, y llevarte a algún tejado desde donde no nos vea nadie. Para hacer cosas de amigos —se apresuró a aclarar.
Marinette sonrió.
—Me parece muy bien.
Pero él se quedó mirándola, dubitativo.
—¿Estás segura… de que es una buena idea? —le preguntó de pronto—. Siento que lo más honesto sería admitir que lo nuestro no puede ser… para que no te sientas en la obligación de esperarme y puedas elegir a otro chico. A Adrián, si lo prefieres —insinuó.
Pero Marinette negó con la cabeza.
—De verdad, me hace muchísima ilusión pensar que aún es posible que podamos estar juntos, aunque sea dentro de mucho tiempo —le aseguró—. Y aunque no fuese así… la oportunidad de pasar tiempo contigo, aunque sea como amigos… es para mí el mejor de los regalos.
Cat Noir sonrió, conmovido. No obstante, aún tenía dudas.
—¿Y si resulta que te estoy poniendo en peligro? —planteó.
—Asumiré el riesgo —declaró ella—. Y de todas formas tú no puedes decidir eso por mí. Alya también se puso en peligro muchas veces por el simple hecho de llevar el Ladyblog, y nunca le dijisteis que parara. Porque era su decisión. Y yo ni siquiera pretendo acercarme a los villanos akumatizados, como hace ella. Yo solo…
«Yo solo quiero estar contigo», había estado a punto de decir. Pero se calló a tiempo, porque sabía lo que opinaba Cat Noir al respecto. Que ella, como civil, tenía derecho a amar a quien quisiera. Pero a él, como superhéroe, no le estaba permitido.
—Tendremos mucho cuidado —le prometió—. Seremos súper discretos. Mucho más discretos de lo que hemos sido hasta ahora.
—Bueno —reconoció Cat Noir, frotándose la nuca un tanto avergonzado—. Debo decir que eso no es difícil, en realidad.
—Entonces… ¿te parece bien que lo intentemos? —planteó ella con timidez.
Cat Noir la miró con ternura y asintió, sonriendo. Marinette sintió un delicioso hormigueo en el estómago. Su día, que había sido horrible, se había vuelto de pronto mucho más luminoso.
Se quedaron mirándose, sonriendo como tontos, sin saber qué decir.
—Los amigos pueden abrazarse —recordó oportunamente ella.
De modo que eso hicieron. Se abrazaron con fuerza, porque habían estado deseándolo desde el mismo momento en que se habían reencontrado.
No eran solo amigos, y ambos lo sabían. Pero cualquier otro sentimiento más allá de eso tendría que esperar a tiempos mejores. Y ellos estaban dispuestos a mantener viva la llama hasta que llegase el momento de permitir que se transformase en fuego.
«Marinette Dupain-Cheng», pensó Nathalie.
Guardaba en su ordenador todo un archivo de información sobre aquella chica. No porque fuese compañera de clase de Adrián, ni porque el chico se hubiese enamorado de ella, tal como le había confesado. Ni siquiera porque, al parecer, había caído bajo el encanto de Cat Noir, y el superhéroe había cometido el error de alimentar aquel sentimiento en público.
Había sido una miríada de pequeñas cosas. Marinette había ganado el concurso de diseño de Gabriel Agreste, por lo que su creación había sido incluida en uno de sus desfiles. Había robado el libro de los prodigios, aunque lo había devuelto poco después. Había intercedido por Adrián para que su padre le levantara un castigo o para que le permitiese viajar a Nueva York con el resto de la clase. Había aparecido varias veces por la mansión con regalos o recados para él. Tanto Chloé como Lila la odiaban con todas sus fuerzas, lo cual había dado pie a situaciones interesantes en el pasado. Era la mejor amiga de Alya, la reportera del Ladyblog, que había sido también Rena Rouge, y una de las figuras fundamentales del equipo de Ladybug.
La propia Marinette había participado como superheroína en una misión, al parecer. Ladybug no había vuelto a confiarle el prodigio del ratón, pero sí le había entregado una parte del rompecabezas que le permitiría ponerse en contacto con ella en caso de necesidad, tal como había descubierto Gabriel la noche en que se había hecho con los prodigios de la Guardiana.
Todo eso era ya de por sí bastante interesante, se dijo Nathalie. Observando a Marinette, no se le había escapado el hecho de que la muchacha había estado muy interesada en Adrián. Como tantas otras en París, por otro lado. Ahora, al parecer, era Cat Noir el objeto de su admiración. Pero ¿la correspondía el superhéroe? ¿O solo estaba jugando con ella? Todo el mundo sabía que Cat Noir estaba profundamente enamorado de Ladybug. Pero también tenía fama de seductor, y se decía que le gustaba coquetear con otras chicas. ¿Qué había exactamente entre Cat Noir y Marinette?
Eso era lo que Gabriel le había encargado que averiguase. Y Nathalie pensaba hacerlo, pero no por las razones que él creía.
Ella no tenía la menor duda de que, si se confirmaba que Cat Noir sentía algo por Marinette, Gabriel no dudaría en utilizarlo contra el superhéroe. Y Nathalie no tenía inconveniente en que lo hiciera… pero sospechaba que su jefe no dudaría tampoco en poner en peligro a la muchacha, si eso servía a sus propósitos.
Y Adrián estaba enamorado de ella.
Nathalie se subió las gafas con gesto decidido. Estaba dispuesta a proteger a Marinette, porque era importante para Adrián, y porque el chico, después de todo lo que había pasado, merecía experimentar la clase de felicidad que solo la pureza de un amor adolescente podía proporcionarle.
Pero no tenía por qué proteger también a Cat Noir, ni lo que quiera que hubiese entre él y Marinette. Por otro lado, si ambos estaban enamorados, probablemente Nathalie le haría un favor a Adrián separándolos, y convenciendo de paso a la chica de que lo suyo con el superhéroe no tenía ningún futuro.
Asintió para sí misma, mientras tecleaba en el ordenador la semilla de un plan de acción que pondría el foco en Cat Noir y protegería a Marinette… y al mismo tiempo acabaría para siempre con su ridícula historia de amor.
Tendría que hacerlo ella, obviamente. Porque, si por fin se confirmaba que aquellos dos eran pareja, debía tener preparado un plan antes de que Gabriel se precipitara y lo echara todo a perder... para Marinette y Cat Noir, pero, sobre todo, para Adrián.
