Marinette salió a la terraza y miró a su alrededor en busca de Cat Noir. Lo encontró aguardándola junto a la barandilla, exhibiendo una amplia sonrisa. En esta ocasión no traía ninguna rosa, y ella se sintió extrañamente aliviada y decepcionada al mismo tiempo.

El superhéroe la observó mientras se acercaba a él.

—Voy de camuflaje —le explicó ella ante su mirada interrogante. Se echó la capucha por encima de la cabeza para reforzar sus palabras, y la sonrisa de él se hizo más amplia.

—Muy bien pensado —aprobó—. ¿Vamos?

Marinette asintió sonriente y permitió que él la tomara por la cintura. Instantes después, ambos se zambullían en la noche, impulsados por el bastón de Cat Noir.

Marinette se permitió recostarse un instante contra él. Solo eran amigos, cierto. Pero había algo entre los dos, un sentimiento que con el tiempo podría llegar a convertirse en una hermosa historia de amor, si lo cuidaban bien y esperaban al momento adecuado.

Aún le sorprendía que hubiese tardado tanto en darse cuenta y aceptar lo que sentía por su compañero. No era algo nuevo; sin duda venía de lejos, pero había sido la visión de Darker Owl lo que finalmente le había abierto los ojos.

No obstante, aquella misma visión también había empujado a Cat Noir a renunciar a su amor por Ladybug. ¿Cómo era posible, y por qué había tenido efectos diferentes en los dos? Ella estaba bastante convencida de que aquel futuro juntos era lo que ambos deseaban en el fondo de su corazón. Marinette había llegado a la conclusión de que valía la pena luchar por ello, mientras que Cat Noir… había optado por rendirse, por alguna razón que ella no comprendía todavía.

Sacudió la cabeza, intentando no pensar más en ello.

Aterrizaron finalmente en lo alto de una azotea. Cat Noir soltó a Marinette, y ella miró a su alrededor con curiosidad.

Conocía aquel lugar, porque se había reunido allí con su compañero en algunas ocasiones, como Ladybug. Hacía tiempo que preferían encontrarse en puntos más elevados, con mejores vistas sobre la torre Eiffel, y por eso ya apenas pasaba por allí. Con todo, comprendía por qué Cat Noir había elegido aquella azotea en particular para su cita con Marinette aquella noche. El edificio no era muy alto, pero estaba situado en un barrio tranquilo, en la zona de Montmartre, donde el terreno se elevaba sobre París y se podía contemplar el cielo sin impedimentos, lejos de las zonas más concurridas.

Marinette se dio cuenta de que Cat Noir había colocado una manta y varios almohadones junto al muro. Pero no había ni rastro de rosas ni de velas, ni nada que sugiriese una ambientación romántica.

—He traído esto para que estés cómoda y no tengas frío —dijo él con cierta timidez—. Aún tendremos que esperar un poco hasta que empiecen los fuegos artificiales…

—Todo está bien —lo tranquilizó ella, tomando asiento sobre los almohadones. Más aliviado, él se sentó a su lado.

Marinette se echó la manta por los hombros. Cuando alzó la cabeza se dio cuenta de que Cat Noir la miraba con ternura, sonriendo, y se preguntó de pronto si habría mirado así a Ladybug alguna vez. Ella se habría dado cuenta, ¿verdad? Recordaba que en otros tiempos su compañero contemplaba a la superheroína con admiración, con adoración incluso, pero aquel cariño… aquella dulzura… parecían algo reservado para Marinette.

O quizá ella había estado tan ocupada rechazándolo, esquivándolo y dándole la espalda que lo había pasado por alto.

Se sintió triste de pronto. ¿Y si se había perdido algo importante, algo que ya no podría volver a recuperar nunca más? ¿Cómo habría sido un romance entre Ladybug y Cat Noir? Uno de verdad, no un sueño, ni un fanfic escrito por alguno de sus admiradores.

¿Cómo habría sido… estar enamorada de su mejor amigo, de su compañero de batallas, sabiendo que él la correspondía?

—¿Te encuentras bien? —preguntó él entonces, preocupado, al notar su cambio de humor.

Marinette sacudió la cabeza, tratando de sonreír.

—No es nada, no te preocupes. Mira, he traído esto. Para compartir mientras esperamos.

Le mostró la caja de macarons, aunque sabía que él ya la había visto. Cat Noir sonrió, con los ojos brillantes. Marinette abrió la tapa y le ofreció los dulces, sabiendo muy bien lo goloso que era.

—Puedes empezar por el que más te guste —lo invitó—. Mira, hay varios sabores —le explicó, y los fue señalando—: Frambuesa, café, vainilla, limón, pistacho, maracuyá, caramelo, chocolate…

Cat Noir tomó sin dudar uno de maracuyá.

—Este es mi favorito —dijo con una sonrisa, y lo mordió, encantado—. Hummm…, delicioso —murmuró con la boca llena.

Marinette estaba sonriendo también.

—Qué curioso —comentó—. También es el favorito de Adrián.

Cat Noir casi se atragantó.

—¿Cómo dices? Bueno… —trató de rectificar—, no es tan sorprendente, quiero decir, no es un sabor tan habitual como el chocolate o la vainilla, pero tiene sus fans…

No obstante, Marinette estaba perdida en sus pensamientos y apenas le prestaba atención.

—No sé cómo lo averigüé —estaba diciendo—. No es que me lo dijera él, aunque podría habérselo preguntado sin más y él me habría respondido…, pero el caso es que no me atreví, así que seguramente lo leí en alguna revista, o lo escuché en alguna entrevista que le hicieron…, qué sé yo. —Cat Noir intentó interrumpirla con gentileza, pero ella seguía hablando, embalada—. Así que durante mucho tiempo hice macarons de maracuyá para él, ¿te lo puedes creer? Todos los días hacía un macaron y lo guardaba para dárselo en el momento adecuado, pero nunca llegaba, así que por la tarde simplemente lo tiraba y hacía otro…

—¿Cómo? —soltó Cat Noir, perplejo—. Pero…

—Lo sé, lo sé, no estoy bien de la cabeza —Marinette hundió el rostro entre las manos, mortificada—. No sé si es buena idea que seamos amigos, porque en cuanto me conozcas mejor ya no querrás saber nada de mí…

—Eh, vamos, tranquila —dijo él con suavidad, colocando las manos sobre sus hombros—. No pasa nada. Solo lo siento por Adrián, porque se ha perdido todos esos deliciosos macarons… Aunque me los puedes ofrecer a mí —añadió con un guiño simpático—. No es necesario que hagas uno todos los días, pero si me regalas alguno de vez en cuando te aseguro que sabré hacerle aprecio. ¿Estos los has hecho tú también? —quiso saber.

—No, estos son de la panadería de mis padres —respondió ella, algo más tranquila—. De hecho, sí que llegué a darle un macaron a Adrián, ¿sabes? —recordó de pronto, animada—. Aunque no se lo comió —añadió con tristeza—. Y todo lo que pasó fue un desastre después, así que…

Cat Noir evocó de pronto una escena en el cine, meses atrás. No recordaba haber comido nunca un macaron hecho por Marinette, salvo la vez que el padre de ella les dio una clase de repostería en el hotel de Chloé. Pero era cierto que ella, de hecho, le había ofrecido uno en otro momento. Entonces estaba vestida de camarera porque ayudaba a sus padres con el catering durante la première de una película. Y portaba una bandeja de macarons que iba ofreciendo a los asistentes. Pero a él le había entregado uno especial, de maracuyá, primorosamente empaquetado. Se sonrojó ligeramente, comprendiendo de pronto el significado de aquella acción.

—¿Qué… qué pasó? —preguntó, aunque en el fondo lo sabía muy bien.

Marinette suspiró.

—El macaron cayó en manos de alguien que era alérgico a las almendras —recordó—. Y se lo comió, y le provocó una reacción alérgica y acabó akumatizado.

Cat Noir le sonrió con simpatía.

—Si te sirve de algo —le dijo suavemente—, yo no soy alérgico a las almendras.

«Pero sí a las plumas», pensó Marinette, evocando sus enfrentamientos contra el señor Pichón. Frunció el ceño. Esa era otra cosa que tenía en común con Adrián, recordó.

Pero la idea se esfumó de su cabeza enseguida, porque Cat Noir seguía hablando.

—Así que puedes traer macarons cuando quieras, y tampoco le haré ascos a los croissants, las chouquettes y cualquier otra delicia que quieras compartir. No hace falta que las hagas tú, pero, si te animas, estaré encantado de probarlas.

—Gracias, gatito —sonrió ella.

Compartieron los macarons en silencio mientras esperaban a que comenzaran los fuegos artificiales. Marinette se sintió llena después del tercero y le tendió la caja a su compañero para que los acabara, cosa que él hizo sin problemas. Ella dejó escapar un suspiro satisfecho, se envolvió en la manta y apoyó la cabeza sobre el hombro de él. El chico se volvió para mirarla con una tierna sonrisa.

—¿Estás cómoda? —le preguntó.

—Mmm-hmm —respondió ella, también sonriendo.

—Bien —murmuró él.

Quizá debía ser así, pensó. Marinette siempre estaba tensa junto a Adrián, jamás conseguía comportarse con él de una forma natural. En cambio, cuando él llevaba la máscara, todo fluía con facilidad entre los dos.

Tal vez se debía a que el universo de los Agreste era muy rígido y severo. No se trataba de un ambiente en el que una chica tan creativa y expresiva como Marinette pudiera sentirse cómoda, desde luego. Ni siquiera él mismo sentía que encajaba del todo en él, y eso que había pertenecido a aquella familia toda su vida.

Como Cat Noir, sin embargo, era mucho más libre. Ambos podían serlo, en realidad.

—¿Qué vamos a hacer… después? —preguntó ella de pronto.

—¿Después? —repitió él sin comprender.

—Cuando nos despidamos esta noche y volvamos a casa… —explicó Marinette—, ¿qué haremos la próxima vez? ¿Dónde nos veremos? En mi casa no, porque sería demasiado peligroso. ¿En un tejado? ¿Y si alguien nos ve juntos? ¿Y si…?

—No te preocupes —la calmó Cat Noir con una sonrisa—. Encontraremos una solución, ya lo verás.

—Eso es algo que me gusta de ti —manifestó ella, sonriendo a su vez—. Que siempre te las arreglas para tranquilizarme cuando me agobio, y siempre tienes la certeza de que las cosas van a salir bien. Y me devuelves la confianza cuando ya la he perdido. —Fue consciente de pronto de que lo estaba mirando intensamente, y de que sus propias palabras rebosaban tanto afecto que el chico se había ruborizado ligeramente—. ¡Quiero decir…! —se apresuró a corregirse—, que es una gran cualidad en un amigo. Y que yo… me siento afortunada por ser… tu amiga. Eso es.

Cat Noir se rió, y su risa despertó un revuelo de mariposas en el estómago de Marinette. Una vez más, ella se maravilló ante el hecho de que hubiese tardado tanto tiempo en enamorarse de él. Claro que el pobre chico había tenido la mala suerte de encontrarse con una competencia espectacular. Porque Adrián también era extraordinario y, después de todo, Marinette lo veía todos los días en clase.

¿Era solo por eso? Quizá la propia Marinette había puesto mucho de su parte, por otro lado. Se había empeñado en que no estaba enamorada de él, en que no podía corresponderlo, quizá porque sus cortejos y su insistencia le resultaban irritantes.

Y por culpa de su cabezonería había estado a punto de perderlo para siempre. Porque él, obviamente, había acabado por cansarse de estar enamorado de Ladybug sin esperanza. El hecho de que por alguna razón se hubiese fijado justo después en Marinette era un tremendo golpe de suerte, y ella no podía permitirse el lujo de dejarlo escapar.

Se estremeció y se acurrucó a su lado.

—¿Tienes frío? —le preguntó Cat Noir. Le pasó un brazo por los hombros, y Marinette se acomodó junto a él sin sacarlo de su error.

Oyeron entonces un estallido en la distancia.

—¡Ya va a empezar! —exclamó Marinette, estirando el cuello.

Cat Noir consultó la hora en su bastón.

—Cinco minutos —avisó—. ¿Estás lista?

Ella asintió, con los ojos brillantes. Cat Noir tuvo que hacer un gran esfuerzo para dejar de mirarla y volver la vista hacia el cielo nocturno.

Instantes después, una sinfonía de luces de colores cubrió el firmamento sobre sus cabezas. Los fuegos de artificio estallaron en perfecta armonía, inundando la noche parisina de magia y fulgor.

Era la primera vez que Cat Noir asistía a un espectáculo de fuegos artificiales en directo, y no a través de una pantalla. Sin embargo, no pudo evitar volver a mirar a Marinette, que contemplaba el cielo, hechizada, porque su rostro iluminado por las luces de colores le parecía todavía más hermoso que el mismo firmamento.

Cuando los últimos cohetes estallaron por fin y el cielo quedó a oscuras otra vez, Marinette se dio cuenta de que había estado conteniendo el aliento, y respiró profundamente. Al volverse hacia su compañero, encontró sus ojos fijos en ella.

—¿Qué?

—Nada —respondió él, sonriendo—. ¿Te ha gustado?

—Mucho —confesó la chica—. Muchas gracias por traerme aquí, Cat Noir. El año pasado, mis amigos y yo vimos los fuegos artificiales desde lo alto de la noria, pero desde aquí se ven mucho mejor.

—El mejor sitio de todos es la Torre Eiffel. Pero allí ya hay mucha gente que sube a ver los fuegos, y si te llevase hasta el pináculo, a donde no llega nadie, nos verían de todas formas desde los pisos de abajo. La torre Montparnasse no está mal tampoco, aunque es un lugar muy frío y bastante feo, la verdad.

—Aquí estamos bien. Ha sido perfecto, gatito. En serio.

Él sonrió, encantado, y Marinette volvió a sentir una nueva oleada de afecto hacia él. Una vez más, evocó la visión de Darker Owl y se preguntó si una vida junto a Cat Noir podría ser realmente tan maravillosa y perfecta. Ni siquiera eran pareja todavía, solamente habían quedado para ver los fuegos artificiales juntos, como amigos, y sin embargo… ella sentía como si ya estuviese empezando a hacerse realidad su sueño.

Recordó de pronto, sin embargo, que Cat Noir había compartido aquella visión con Ladybug, y no con Marinette. Y se puso un poco triste. No era justo, pensó, que ella tuviese la oportunidad de hacer realidad aquel sueño, mientras que su compañero había tenido que renunciar a él.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó Cat Noir, inquieto.

—Sí, solo me estaba preguntando… —Dudó un momento antes de plantearlo, pero finalmente lo hizo—. Me estaba preguntando si habrías preferido venir… con Ladybug. No esta noche, quiero decir. Sino… antes. Cuando todavía…

—Entiendo lo que quieres decir.

Se había puesto serio también, y Marinette se preguntó si lo había molestado. Pero él simplemente suspiró y se recostó contra la pared antes de responder:

—Claro que sí. Me hubiese encantado venir a ver los fuegos artificiales con ella, dar un paseo en barco por el Sena, tomar uno de los helados de André, ir al cine juntos, celebrar una cena romántica sobre un tejado… Bueno, todo eso y nada, en realidad. Quiero decir que me hubiese bastado con cualquier cosa, con tal de estar a su lado. Ni siquiera habríamos tenido que hacer nada especial, simplemente… estar juntos. Yo habría sido feliz solo con estar junto a ella, en cualquier circunstancia. Lo era, de hecho, siendo solo su amigo y compañero. Aunque soñase con ser algo más.

Se dio cuenta de pronto de que había hablado de más y se volvió hacia Marinette, apurado.

—Lo siento, no quería… Lo siento —repitió, alarmado, al ver que ella tenía los ojos húmedos—. He dicho algo que te ha molestado, ¿verdad? No debería haber…

—No, no —lo tranquilizó ella—. He sido yo quien ha preguntado. Quizá no debería haberlo hecho, pero es que siento curiosidad… —Tragó saliva antes de continuar—. No tienes por qué responder si no quieres.

—Dime —la animó él.

—Siempre he sabido que estabas muy enamorado de Ladybug —empezó Marinette—. Y me dijiste el otro día que ya no lo estás, pero…

No sabía cómo plantearlo, pero Cat Noir entendió perfectamente lo que le estaba pasando por la cabeza. Probablemente porque él tenía la misma duda con respecto a los sentimientos de ella por Adrián Agreste.

—¿Quieres saber si todavía la quiero…, aunque sea un poco?

Marinette bajó la cabeza.

—Sí —dijo en voz baja.

Cat Noir meditó su respuesta antes de hablar de nuevo.

—Ladybug ha sido mi primer amor —empezó—. La he querido con locura, sí…, y probablemente aún la quiero, en cierto modo. Aunque ya haya asumido que no vamos a estar juntos. Porque no fue solo un flechazo, ¿sabes? Quiero decir que puede que lo fuera al principio, pero ahora ya nos conocemos muy bien, ella es mi mejor amiga y soy mucho más consciente de lo extraordinaria que es, en todos los sentidos. Incluso con todos sus defectos, porque los tiene, como todo el mundo —añadió con una sonrisa—. Pero cuanto más la conozco, más la quiero —confesó—. Precisamente por todo lo que hemos pasado juntos ya no me imagino mi vida sin ella. Habría sido maravilloso y perfecto… que también pudiese ser mi pareja. Ahora, o en el futuro. —Suspiró—. Sin embargo, lo que no puede ser, no puede ser, por una serie de razones. Y me he dado cuenta que empeñarme en ser para ella algo más que un amigo no nos ha traído más que problemas a los dos. Desencuentros, malentendidos, discusiones… Más de una vez he estado a punto de perderla del todo, incluso como amiga. —Negó enérgicamente con la cabeza—. Y eso sí que no me lo puedo permitir. Ladybug es una de las personas más importantes de mi vida. Prefiero mil veces ser solo su amigo a arriesgarme a destrozarlo todo. Somos un equipo formidable, ¿sabes? Como superhéroes y también como amigos. Y no voy a ser yo quien estropee todo eso. Ni hablar. Además —añadió, alzando la cabeza para mirar a Marinette con una sonrisa—, hay otras personas muy importantes en mi vida, aparte de Ladybug. Si una de ellas en concreto llegase a ser mi novia en un futuro… me sentiría también muy afortunado —confesó con cierta timidez.

Marinette se había quedado sin habla. Era consciente de que se había ruborizado hasta las cejas, pero no podía evitarlo. Como tardó un poco en responder, Cat Noir pensó que la había molestado.

—Lo siento, Marinette —se disculpó, muy preocupado—. No debería haberte contado todo esto sobre Ladybug. Quiero decir… no sé qué vas a pensar de mí ahora…

Ella le colocó una mano sobre el brazo, tratando de tranquilizarlo.

—Pienso que eres una persona muy considerada y sensible, y con un gran corazón —dijo—. Que Ladybug es muy afortunada por tenerte como amigo y compañero. Y que la chica que llegue a convertirse en tu novia… también lo será. Ya te lo dije una vez, pero no me importa repetirlo. Porque es lo que pienso de verdad.

Cat Noir sonrió, emocionado. Se quedaron un momento mirándose, sonriendo, sin saber qué decir. «Los amigos pueden abrazarse», recordó Marinette una vez más.

De modo que le echó los brazos al cuello y hundió el rostro en su hombro, y Cat Noir la abrazó a su vez de buena gana. Y permanecieron unos momentos así, abrazados, perfectamente conscientes de que lo que sentían el uno por el otro iba más allá de la simple amistad.

Pero estaba bien, pensó Marinette. La noche en que él la había llevado a tomar un helado, cuando habían descubierto que se gustaban, cuando se habían besado, en realidad todo había sucedido de forma muy precipitada. Ella aún no tenía claro cuál era su relación con Adrián, y tampoco sabía lo que Cat Noir sentía por Ladybug. Ahora se estaban dando tiempo para aclarar las cosas, para comprender lo que estaba sucediendo entre los dos y para conocerse mejor.

Lo mejor que podía hacer era aprovechar para terminar, de una vez y para siempre, con cualquier malentendido que hubiese entre ellos.

—Entonces… ¿no estás enfadado con Ladybug? —se atrevió a preguntar.

—¿Enfadado? —repitió él, un poco sorprendido—. No, ¿por qué?

—Por haberte rechazado todo este tiempo…, por haberte dejado de lado cuando había tantos otros superhéroes…

—Sí que me he sentido muy dolido, pero entiendo por qué lo hizo, o al menos, eso creo. No me importa, de todos modos. Las cosas están ya bien entre los dos. Y es otra de las razones por las que no quiero estropearlas. Porque ha costado mucho repararlas, ¿entiendes?

—Sí —murmuró ella.

Se sentía muy aliviada, de todos modos. Si Cat Noir no le guardaba rencor, quizá no se molestara con ella el día en que pudiese por fin revelarle su identidad secreta.

—Se está haciendo tarde —dijo él entonces—. ¿Te llevo a casa?

Marinette asintió con una sonrisa. Cat Noir se levantó y le tendió la mano para ayudarla a incorporarse. Ella se la tomó, dirigiendo una mirada a las mantas y los almohadones.

—Yo me encargaré de recogerlo luego —le dijo Cat Noir al advertirlo—. Creo que sé dónde llevarlo, además. Tengo una idea para la próxima vez que quedemos.

—¿Habrá próxima vez? —preguntó ella encantada.

—Por mí, sí, si tú quieres. Para hacer cosas de amigos, claro. A ser posible, algo más divertido y superficial que hablar de antiguos amores —añadió él con un guiño—. No es que tenga nada en contra de eso, pero tengo la sensación de que nos hemos puesto un poco… emotivos. Y quizá eso esté… acelerando un poco las cosas —concluyó con un susurro.

El corazón de Marinette latía salvajemente contra su pecho. Comprendía perfectamente lo que quería decir. Los dos cruzaron una mirada, y ella advirtió sin lugar a dudas que él se moría por besarla. Tragó saliva, maldiciendo su debilidad. Si Cat Noir tomaba la iniciativa, ella le devolvería el beso de buena gana. Y con desesperación, probablemente.

Se ruborizó.

Por fortuna para los buenos propósitos de ambos, fue él quien rompió finalmente el contacto visual.

—¿Preparada? —le preguntó, sin atreverse a mirarla.

Ella asintió, aún con un nudo en la garganta. Cat Noir la tomó por la cintura, y Marinette aprovechó la circunstancia para echarle los brazos al cuello y acurrucarse contra él.

Cuando el superhéroe la depositó momentos más tarde en su balcón, a ella le parecía que todo había pasado demasiado deprisa.

—¿Volveremos a vernos, entonces? —se atrevió a preguntar.

—Sí —respondió él, aún sin mirarla—. Pero será mejor dejar pasar unos días, por seguridad.

—Entiendo.

Cat Noir se volvió entonces hacia ella, y Marinette se dio cuenta de que le sonreía con ternura. De nuevo se le aceleró el corazón.

—Dulces sueños, Marinette —se despidió el superhéroe.

Se inclinó para besarla en la mejilla. Ella cerró los ojos un instante para disfrutar del contacto.

—Dulces sueños, Cat Noir —respondió. Y lo besó en la mejilla a su vez.

Era una despedida perfectamente amistosa. Pero cuando ambos cruzaron una última mirada, aún sonriendo, sus ojos estaban repletos de promesas de futuro.