Cat Noir cumplió su palabra y encontró una solución para sus «citas de amigos». Para sorpresa de Marinette, la siguiente noche la llevó a un lugar que ella conocía muy bien.
—¿Esto es… el desván del colegio? —se asombró, mirando alrededor.
Era más bien un almacén situado en la última planta del edificio de la escuela, donde amontonaban todos los muebles y objetos que ya no servían para nada, desde ordenadores viejos hasta aparatos de gimnasia. Cat Noir asintió sonriendo, muy satisfecho consigo mismo.
—Por las noches nunca hay nadie en la escuela, así que podemos reunirnos aquí y nadie nos oirá.
Marinette reparó entonces en los cojines y las mantas amontonados junto a la pared. Eran los mismos que ya conocía de la noche en la que habían contemplado juntos los fuegos artificiales, por lo que dedujo que su compañero los había traído hasta allí.
—Mira esto —le indicó Cat Noir, aproximándose a un baúl que había en una esquina.
Marinette se reunió con él, intrigada. El chico abrió el baúl y la invitó a asomarse al interior.
Ella lo hizo. Sonrió ampliamente al ver allí una consola con videojuegos, un proyector y varios DVDs.
—Aquí guardaremos también las mantas y los cojines, y cualquier cosa que traigamos —estaba diciendo él—. Es muy poco probable que alguien suba al desván durante el día y se fije en el baúl pero, aunque lo hiciera, de todas formas solo yo tengo la llave, así que no podría abrirlo.
Marinette estaba examinando el contenido del baúl. Entre los videojuegos estaba el Ultimate Mecha Strike, por supuesto, pero también había muchos otros, y algunos no los había probado.
—Se me dan bien los videojuegos, ¿sabes? —insinuó con una sonrisa.
—Lo sé —asintió él, sonriendo también—. Quiero decir… que eso tenía entendido, vaya —rectificó.
Pero ella ya no estaba escuchando. Sentía más curiosidad, en realidad, por los DVD.
—¿Y estas películas?
Cat Noir se mostró inseguro de pronto.
—Son… algunas de mis pelis favoritas. Se me había ocurrido que tú puedes traer las tuyas también, y podríamos verlas todas juntos, para… para conocernos mejor —concluyó con timidez—. Aunque supongo que es una tontería.
Ella lo tranquilizó colocando una mano sobre su antebrazo.
—No es una tontería —le aseguró—. Me parece una muy buena idea.
El rostro de Cat Noir se iluminó con una amplia sonrisa.
—¿De verdad?
Marinette asintió, sonriendo a su vez.
Y así fue como el desván del colegio se convirtió en su punto secreto de reunión. Al principio quedaban solo los viernes por la noche. Cat Noir acudía a buscar a Marinette a su balcón. Desde allí era muy sencillo saltar al edificio de la escuela, que estaba al otro lado de la calle, por lo que el tiempo que pasaban expuestos a las miradas era mínimo. Una vez en el desván, solían charlar, jugar a videojuegos y compartir las delicias de la pastelería que solía llevar Marinette. No tardaron en citarse también los sábados y, antes de que se dieran cuenta, habían acordado que intentarían verse también algún día entre semana.
—Es que lo pasamos muy bien juntos —se defendía Marinette cuando Tikki le reprochaba que quizá estaban siendo demasiado imprudentes.
Pronto, sin embargo, dejaron abandonados los videojuegos en favor de las películas. La excusa fue que la lista de películas favoritas de ambos era muy larga y, por tanto, tenían mucho trabajo por delante si querían verlas todas. Pero lo cierto era que las «sesiones de cine» eran la excusa perfecta para acurrucarse el uno junto al otro, abrazados, con las luces apagadas. Marinette se esforzaba en prestar atención cuando veían una de las películas de Cat Noir pero, cuando se trataba de una de las suyas propias, simplemente desconectaba y se dedicaba a disfrutar de la sensación de tenerlo a su lado, de sentir el brazo de él en torno a su cintura, de escuchar su respiración y los latidos de su corazón.
Y tenía la impresión de que a Cat Noir le pasaba lo mismo. Era agradable, en cierto modo. Saber que ambos compartían un sentimiento y aprender a convivir con él, a aceptarlo, aunque no pudiesen manifestarlo abiertamente ni mostrar su afecto de la forma que a ellos les habría gustado. Pero habían encontrado la manera de pasar tiempo juntos, y a Marinette, que había dado por sentado que tendría que renunciar a su amor por Cat Noir, le bastaba con eso.
Vendrían tiempos mejores, se decía a sí misma con optimismo. Desde que se veía en secreto con él, le resultaba mucho más sencillo mirar al futuro con confianza.
—¿Nada todavía? —preguntó Gabriel.
Nathalie alzó la cabeza para mirarlo. Él no había especificado, pero ella sabía muy bien a qué se refería.
—La cámara ha grabado a Cat Noir cerca de la casa de los Dupain Cheng en varias ocasiones —respondió ella—. Pero podría no ser nada. Por otro lado, al estar situada a pie de calle, no tiene una buena panorámica del balcón.
Suspiró para sus adentros. Aquellos días había echado mucho en falta a Optigami, el sentimonstruo espía que había creado tiempo atrás. Pero Gabriel le había entregado a Félix el prodigio del pavo real, y el muchacho había desaparecido como si se lo hubiese tragado la tierra. De modo que Nathalie no podía volver a recrear a su pequeña mariposa delatora.
—La otra estrategia tampoco está dando sus frutos —dijo entonces Gabriel con irritación contenida—. He estado enviando mis akumas cerca de Marinette Dupain Cheng, en su barrio, en su colegio…, con la esperanza de que sus interacciones con Cat Noir nos dieran alguna pista, pero… él sigue comportándose con ella como si fuese una civil más.
Nathalie no hizo ningún comentario. Había tratado de convencer a Gabriel para que no pusiera en peligro a Marinette, pero él, como de costumbre, no había querido escucharla.
Contempló, pensativa, las imágenes que estaba examinando en la pantalla de su ordenador: fotos de la noche en la que Cat Noir y Marinette se las habían arreglado para enfurecer al heladero André. Sin duda habían salido a divertirse como cualquier pareja de adolescentes enamorados, y Gabriel estaba convencido de que el dolor de Marinette era muy real.
—¿Estaremos pasando algo por alto? —se preguntó él.
—Tal vez no estás enviando el akuma adecuado —dijo Nathalie entonces.
Gabriel se volvió para mirarla, con la ceja alzada.
—¿Tienes un plan? —le preguntó, intrigado.
Ella sonrió.
Marinette y sus amigas salían del cine charlando animadamente.
—Esto tenemos que hacerlo más a menudo —estaba diciendo Alya—. Echo de menos a Nino, claro, pero también es divertido salir nosotras solas de vez en cuando, ¿no?
—Sí, y la próxima vez tenemos que invitar también a Zoe y a Kagami —propuso Rose, mientras Juleka asentía en silencio.
—Les pregunté si querían venir, de hecho —respondió Marinette—. Pero Kagami tenía entrenamiento de esgrima, y Zoe, ensayo con el grupo de teatro.
—La próxima vez buscaremos un día que nos venga bien a todas —dijo Mylène.
—También podemos organizar una cita de parejas —dijo Alya—. Vosotras dos —prosiguió, señalando a Rose y Juleka—, Nino y yo, Iván y Mylène… Adrián y Marinette… —dejó caer.
—No somos pareja —replicó ella al punto—. La verdad, no sé cuántas veces lo tengo que decir.
—¡Pero si os lleváis muy bien ahora! —exclamó Rose—. Pasáis mucho tiempo juntos, y habláis con normalidad…
—Sí, porque somos amigos. Ya no hago tonterías cuando estoy cerca de Adrián, estoy muy feliz de haber superado esa fase y no quiero volver a ella, muchas gracias —concluyó Marinette, ceñuda.
—Bueno, no te enfades —respondió Alya con una sonrisa—. Tus amigas seguiremos quedando contigo cuando seas una vieja solterona…
—¡Alya! —protestó ella.
Las demás se rieron, y Marinette terminó por reír con ellas también.
—Sabes que no lo digo en serio —continuó Alya—. Seguro que tarde o temprano encontrarás al amor de tu vida… tal vez un chico rubio de ojos verdes… —insinuó.
Pero Marinette ya no la escuchaba. Había reparado en una chica que estaba de pie junto a la puerta del cine, con los ojos fijos en la pantalla de su anillo Alliance. Parecía muy triste, y Marinette se separó de sus amigas para acercarse a ella.
—¿Te encuentras bien?
La chica alzó la cabeza, sorprendida. Marinette se dio cuenta de que había estado llorando.
—Sí, yo… —murmuró. Pero entonces su anillo empezó a vibrar, y el rostro de la muchacha se iluminó con una sonrisa de alivio—. ¡Por fin! —exclamó.
Marinette supuso que estaba todo bien, por lo que se despidió de ella con una sonrisa y la dejó atendiendo la llamada para volver a reunirse con sus amigas.
—¡Didier! —oyó la voz de la muchacha a sus espaldas—. ¿Dónde estabas? Teníamos una cita, ¿te ha pasado algo?
Marinette se alejaba ya de ella y no oyó nada más.
Pero la conversación continuó junto a la puerta del cine.
—Ah… Mélanie, ¿era hoy? —dijo Didier en la pantalla, con una sonrisa de disculpa—. Lo siento mucho, se me ha olvidado.
Ella sintió que la ira y la angustia crecían en su interior.
—Te envié un mensaje antes de venir.
—¿Ah, sí?
—Sí, y me contestaste.
—Ah, pues… se me ha pasado.
—¿Por qué has activado el contestador? ¡Llevo dos horas llamándote desde la puerta del cine! Pensaba que te había pasado algo malo, ¡estaba preocupada por ti!
Mélanie se dio cuenta de que estaba llamando la atención de la gente que salía del cine, por lo que se retiró a una zona más discreta de la calle para hablar con mayor privacidad.
—Bueno, me he liado con otras cosas y se me ha olvidado, ¿vale? —estaba diciendo él, a la defensiva—. Tampoco es para tanto.
—¿Que no es para tanto? —repitió ella, pasmada—. Tú no me quieres, ¿verdad? Si me quisieras, no harías estas cosas.
Didier dejó escapar una risa nerviosa.
—Qué tonterías dices. Pues claro que…
Pero Mélanie cortó la comunicación antes de llegar a oír el final de la frase. Se apoyó en la pared y se cubrió el rostro con las manos. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero se esforzaba por no llorar.
No vio la mariposa púrpura que se fusionaba con su pulsera, ni comprendió lo que estaba pasando hasta que oyó una voz persuasiva en su mente:
«Ever After… soy Monarca. ¿Tu novio te miente con respecto a sus sentimientos? Yo te daré el poder de revelar el amor verdadero en los corazones de las personas, para que todos tengan la oportunidad de vivir su final feliz de cuento de hadas. Y a aquellos que mientan, o que sean incapaces de amar…»
—Los transformaré en sapos —completó Ever After con una siniestra sonrisa.
—¿Qué hacemos ahora? —estaba diciendo Rose—. ¿Vamos a por un helado?
—No, un helado no —respondió al punto Marinette.
—No sé por qué les tienes tanta manía a los helados de André —dijo Mylène—. A Iván y a mí nos encantan…
Su rostro adoptó de pronto una extraña expresión ausente. Pero ninguna de sus amigas se dio cuenta, porque todas ellas mostraban exactamente el mismo gesto. Había algo flotando en el aire, como motas de polvo dorado, que caían sobre ellas y sobre el resto de los viandantes sin que nadie les prestase atención.
—La verdad es… que echo de menos a Iván —murmuró Mylène—. Hace mucho rato que no lo veo ni tengo noticias de él. ¿Estará bien? —se preguntó de pronto, alarmada.
Se apresuró a sacar su teléfono de la mochila para llamarlo.
—Yo también debería contactar con Nino —dijo Alya, frunciendo el ceño con preocupación—. Todo ese tiempo que hemos estado en el cine con el Alliance apagado..., y con tantos akumas sueltos por París… Ojalá no le haya pasado nada malo. —Alzó la mano, dispuesta a llamarlo, pero el anillo sonó de pronto—. ¡Oh, es él! —exclamó Alya, aliviada.
Mylène ya estaba hablando con su novio.
—¿Tú también estabas preocupado por mí, Osito? ¡Qué dulce eres! —Hizo una pausa mientras escuchaba a Iván al otro lado de la línea—. Sí, yo también te echo de menos…, sí, sí, tenemos que estar juntos… por lo que pueda pasar…
—¡Nino! ¿Estás bien? No, yo estoy en la calle, acabamos de salir del cine. ¿No te parece un lugar seguro? ¿Entonces…? No, no hace falta que vengas a buscarme… Voy a reunirme contigo, ¿de acuerdo? ¿Nos vemos en mi casa?
Marinette observó a sus amigas, perpleja, mientras hablaban con sus respectivas parejas. Finalmente, Mylène cortó la comunicación y se volvió hacia ellas con una sonrisa de disculpa.
—Lo siento, yo… tengo que ir a buscar a Iván…
—Sí, sí, y yo he de ir a ver a Nino —añadió Alya con impaciencia—. Nos vemos otro día, chicas. ¡Adiós!
—Adiós… —murmuró Marinette con desconcierto.
Se volvió hacia Rose y Juleka y las encontró abrazadas y temblando. Juleka murmuró algo ininteligible, y Rose asintió.
—Sí, sí, nosotras… también deberíamos ir a buscar un lugar seguro. Hasta otra, Marinette.
Ella se despidió de sus amigas. Se abrazó a sí misma y miró a su alrededor, inquieta. Se sentía muy preocupada de pronto. En cualquier momento, la ciudad podía sufrir el ataque de un villano akumatizado, y entonces…
Pensó de inmediato en Cat Noir. Llevaba un buen rato acordándose de él, de hecho. Desde que sus amigas habían empezado a llamar a sus novios. Ciertamente, París era una ciudad peligrosa, y ellas hacían bien en preocuparse por sus seres queridos. Y eso que ellos no eran superhéroes y lo único que tenían que hacer en caso de ataque era esconderse y esperar a que Ladybug y Cat Noir lo arreglasen todo.
¿Pero el superdúo…? Ellos se ponían en peligro todos los días.
Miró a su alrededor. Todo parecía en calma, aunque la gente caminaba apresurada por la calle, como si llegase tarde a alguna parte. Aun así… si se produjese un ataque, si hubiese algún peligro…, Marinette no solo no tendría modo de llegar hasta Cat Noir para ponerlo a salvo, porque no conocía su identidad…, sino que tendría que esperar a que él apareciese, transformado, para enfrentarse al villano de la forma más temeraria posible.
—Ay, no, Cat Noir… —murmuró, terriblemente preocupada.
¿Cómo podía saber que se encontraba bien, seguro y a salvo? Sus amigas tenían la opción de comunicarse con sus parejas cuando quisieran, podían escribirles mensajes o llamarlos, pero ella…
Aunque Cat Noir no fuese oficialmente su pareja, necesitaba contactar con él de alguna manera y saber que estaba bien.
Se le ocurrió que tal vez le había dejado un mensaje bajo la maceta. De modo que se apresuró a dirigirse de vuelta a casa.
Adrián salía en aquellos momentos del entrenamiento de esgrima. Se había despedido ya de Kagami, que se alejaba del colegio en el coche de su madre. No fue consciente de las motas de polvo dorado que flotaban por el aire en suspensión.
Pero pensó de pronto en Marinette, y se preguntó si estaría bien. Sintió la urgencia de comprobarlo. Sacó el móvil para llamarla; recordó oportunamente que había ido al cine con sus amigas, y que sin duda lo tendría apagado.
—¿Y si vamos a buscar a Marinette al cine? —se preguntó entonces.
—¿A Marinette? —preguntó Plagg—. ¿Para qué?
—Solo para asegurarme de que está bien. Con tanto akuma suelto estos días, y desde que Monarca se hizo con todos los prodigios, París es un lugar muy peligroso.
Y sin preocuparse más por las objeciones del kwami ni por su guardaespaldas, que lo esperaba en el coche, Adrián bajó las escaleras de la escuela y se dirigió a paso ligero a la boca de metro más cercana.
Se tropezó con la propia Marinette en las escaleras.
—¡Marinette! —exclamó, sintiéndose de pronto muy aliviado.
Ella pestañeó, confundida. Hasta aquel mismo momento había sido incapaz de pensar en otra cosa que no fuera Cat Noir. Pero de pronto, cualquier pensamiento sobre el superhéroe desapareció de su mente. Ahora no podía ver a nadie más que a Adrián.
—¡Adrián! —exclamó a su vez, profundamente aliviada.
Los dos se fundieron en un fuerte abrazo.
—Estaba muy preocupado por ti —le confesó él.
—Yo también —respondió ella—. Hay muchos villanos últimamente, y desde que Monarca robó los prodigios…
—Sí, sí, es exactamente lo que pensaba yo.
—Deberíamos buscar un lugar seguro para escondernos, los dos juntos.
—Me parece una gran idea.
Avanzaron por la acera, muy cerca el uno del otro, cogidos por la cintura para no perder el contacto físico.
Apenas quedaba ya gente por la calle. Los pocos viandantes con los que se cruzaban caminaban deprisa, a menudo comunicándose con sus seres queridos a través de las pantallas de sus Alliances, para asegurarse de que estaban bien.
Había también algunos sapos saltando por las esquinas con desconcierto, pero Adrián y Marinette no se fijaron en ellos. Como si estuviesen viviendo en un mundo irreal en el que solo importaban ellos dos.
—¿Nos escondemos en tu casa? —preguntó él entonces.
—No sé si es un lugar seguro para ti —dijo ella—. Monarca se presentó una vez en mi habitación, ¿sabes? Podría volver.
—No iremos allí, entonces. ¡Mira! —El chico señaló un estrecho callejón solitario—. Podemos ocultarnos ahí, ¿qué opinas? Nadie nos encontrará.
Marinette se mostró conforme. Le tomó de la mano y lo guio hasta la semioscuridad del callejón.
Permanecieron unos instantes en silencio, abrazados.
—¿Qué vamos a hacer si se presenta algún akuma? —preguntó Marinette de pronto, angustiada.
—Ladybug y Cat Noir se ocuparán de él —le respondió Adrián.
—Sí, pero… no puedo dejarte solo. ¿Y si te sucede algo mientras yo no estoy?
Lo abrazó con fuerza, y Adrián la estrechó a su vez, emocionado.
—No quiero que te pase nada malo —susurró ella—. Quiero que estés a salvo, que seas feliz. Porque te quiero.
—Yo también te quiero, Marinette. Y haré todo lo posible por protegerte. Cat Noir también hará todo lo posible por protegerte.
—Cat Noir —susurró ella, y abrió mucho los ojos—. Oh, no, Adrián. Si hay un akuma, Cat Noir tendrá que pelear contra él, ¿no es verdad?
—Claro. Para protegerte —respondió él, muy convencido.
—Pero ¿y si le pasa algo malo? ¿Y si pierde alguna batalla? Oh, no, tengo que encontrarlo, tengo que ponerlo a salvo…
Adrián se quedó mirándola un momento, pensativo.
—Ya sé lo que vamos a hacer —le dijo por fin, más animado—. Voy a ir a buscar a Cat Noir, y voy a decirle que venga aquí a reunirse contigo. Para que estéis juntos y a salvo los dos.
Ella le dedicó una radiante sonrisa.
—¡Oh, eso sería maravilloso! Pero… ¿vas a salir ahí fuera, sin más? ¿Tú solo?
La sonrisa se había transformado en una mueca de terror. Adrián le acarició el cabello, tratando de reconfortarla.
—Estaré bien, Marinette. Solo prométeme que te quedarás aquí, a salvo. Cat Noir llegará enseguida para protegerte.
—¿Y quién va a protegerte a ti? Necesito estar a tu lado para cuidar de ti. Porque te quiero —insistió.
—Será solo un momento. —Adrián se separó de ella con delicadeza, y Marinette dejó escapar un sonido de angustia—. Volveré… Cat Noir llegará enseguida —repitió.
Con un soberano esfuerzo de voluntad, Adrián dio un par de pasos atrás para apartarse de Marinette. Ella se quedó mirándolo, con el corazón dividido y repleto de angustia, hasta que lo perdió de vista.
—Ay, Tikki, no debería haberlo dejado marchar —dijo entonces—. ¿Y si ataca algún villano justo ahora?
—Marinette, ¿estás bien? —le preguntó ella desde el bolso—. Dices cosas muy raras, y estás empezando a asustarme.
—Estoy bien, Tikki. Es solo que… Adrián se ha ido a buscar a Cat Noir y… —Se interrumpió de pronto. Sus ojos se desenfocaron ligeramente—. Cat Noir —repitió—. ¿Dónde estará? No puedo comunicarme con él de ninguna manera. ¿Y si le ha pasado algo malo?
Tikki voló fuera del bolso hasta situarse a la altura de la mirada de su portadora.
—Marinette, creo que te estás comportando de forma muy extraña. Es posible que estés bajo la influencia de algún akuma —dictaminó.
Ella le quitó importancia a la posibilidad con un gesto indiferente.
—¿Qué más da eso, Tikki? Lo importante es que Cat Noir esté bien, ¿no? Oh, no, ¿qué puedo hacer para encontrarlo?
El kwami vio su oportunidad.
—Tal vez deberías transformarte en Ladybug —sugirió—. Para descubrir qué está pasando, pelearte con el akuma y… reunirte con Cat Noir.
El rostro de Marinette se iluminó con una amplia sonrisa.
—¡Qué buena idea! ¡Tikki, puntos fuera!
Cuando Cat Noir se presentó en el callejón momentos después, Marinette ya no estaba allí.
—Oh, no, no, Marinette —murmuró, angustiado—. ¿Qué te ha pasado? ¿Dónde te has metido?
Se impulsó con su bastón y se elevó hasta el tejado más cercano. Miró a su alrededor, pero no vio ni rastro de la muchacha.
—No, no, no. No puedo haberla perdido otra vez. Si algo…
Se interrumpió de pronto, porque acababa de divisar una esbelta silueta roja saltando por los tejados.
—Milady —musitó.
Y se olvidó por completo de Marinette.
