No fue una revelación súbita, como si alguien le hubiese derramado de golpe un cubo de agua fría por la cabeza. Fue más bien como caminar bajo una fina llovizna e ir mojándose poco a poco sin apenas darse cuenta. Para cuando comprendió que estaba empapada, hacía tiempo que lo sabía, en el fondo.

Fueron pensamientos sueltos aquí y allá, sensaciones inconexas, «¿y si…?» que no se atrevía a plantear de forma consciente.

Probablemente había comenzado a suceder mucho antes pero, si Marinette tuviese que elegir el momento en el que se planteó la posibilidad por primera vez, sin duda escogería la mañana en que Gigantitán atacó el colegio Françoise Dupont.

Ella y sus compañeros estaban en clase de deporte, jugando al balón prisionero en el patio del colegio. La pelota cayó en manos de Marinette, que la sostuvo con cierta torpeza y miró a su alrededor, buscando una víctima en el equipo contrario entre los gritos de ánimo de los suyos.

De pronto, el cielo se oscureció, como si se hubiese cubierto por un pesado manto de nubes de tormenta. Los jóvenes alzaron la mirada… y se encontraron con un bebé gigante asomado al patio del colegio.

—Caaa…nicaaa —balbuceó Gigantitán.

Alargó la manaza para atrapar un balón abandonado en un rincón. Los estudiantes echaron a correr en estampida entre gritos de pánico.

El bebé alcanzó por fin el balón, pero lo agarró con tanta fuerza que lo reventó entre los dedos. Soltó un grito de frustración y paseó la mirada por el patio, buscando otra «canica» con la que jugar.

Y vio a Marinette.

—Caaa… nicaaaa —repitió.

Ella soltó el balón. Se había quedado paralizada, con la mirada clavada en Gigantitán.

—¡Marinette! —oyó entonces la voz de Adrián, como en un sueño.

Sintió de pronto que el chico se abalanzaba sobre ella, apartándola de la trayectoria de la enorme manaza. Los dos rodaron por el suelo.

Gigantitán centró su atención en el balón que se alejaba dando botes, de modo que ellos pudieron huir por fin. Adrián tomó de la mano a Marinette y la arrastró hasta debajo de la escalera, donde ambos se ocultaron de la vista del bebé akumatizado.

Marinette se recompuso y trató de reconducir la situación.

—¿Qué es lo que quiere ahora? —planteó—. Ya no busca caramelos, ¿verdad?

—Parece que solo quiere jugar —respondió Adrián. Se había asomado un poco fuera de su escondite para espiar al bebé sin ser visto—. Voy a aprovechar para ir a buscar ayuda, ahora que está distraído. —Se volvió hacia Marinette—. Quédate aquí escondida. Estarás más segura si no te ve.

—¡Espera! —lo detuvo ella—. Puede ser peligroso. ¿Y si tiene algún poder extra? Todavía no hemos descubierto cómo consigue Monarca transmitir los poderes de los prodigios a los akumatizados…

Adrián lo pensó un momento, y finalmente negó con la cabeza.

—No lo creo. Para usar los poderes de los prodigios hay que pronunciar la fórmula, y Auguste casi no sabe hablar todavía. Yo si fuera Monarca no me arriesgaría con él, la verdad.

Marinette inclinó la cabeza, pensativa. Adrián sonrió y colocó una mano sobre su hombro.

—Todo saldrá bien, Marinette —le dijo con suavidad—. Ladybug y Cat Noir están de camino.

Ella alzó la mirada hacia él. Y había algo en la calidez de su sonrisa, en el cariño que latía en sus ojos verdes, que hizo que el corazón se le detuviera un breve instante, asaltado por una extraña sensación de familiaridad. Asintió, aún sin poder apartar la mirada de él. Adrián le guiñó un ojo y se dio la vuelta para comprobar que el camino estaba despejado.

Gigantitán estaba ocupado, hurgando con la manaza bajo uno de los bancos del patio, en busca del balón que se le había escapado. Les había dado la espalda, por lo que Adrián aprovechó para salir de su escondite...

…Justo cuando el bebé alzaba la cabeza.

Sus ojos se encontraron. Gigantitán descubrió entonces a Marinette también oculta bajo la escalera, y dejó escapar un gorgorito emocionado.

Adrián no lo pensó más:

—¡Eeeeh, eeeeh, grandullón! —lo llamó, moviendo mucho los brazos para llamar su atención—. ¿A que no me pillas?

Echó a correr, aún gritando y agitando los brazos. El bebé dejó de prestar atención a la chica escondida bajo la escalera y alargó la mano hacia Adrián, que se alejaba corriendo de ella.

Marinette se quedó mirándolo. Su expresión decidida, sus gestos, sus movimientos…

Y la sensación de que lo había visto hacer aquello cientos de veces.

—Marinette —dijo entonces Tikki, sobresaltándola—. ¿No deberías transformarte ya?

Ella volvió a la realidad y pronunció las palabras mágicas que la transformarían en Ladybug. Y aquel pensamiento se esfumó de su mente, porque tenía que ocuparse de cosas más urgentes.


No volvió a recordarlo hasta el día siguiente. Había quedado con Cat Noir para ver una película y, ahora que ambos estaban en su refugio secreto, abrazados y en silencio, la mente de Marinette empezó a divagar.

Por alguna razón, evocó la escena debajo de la escalera. Y el hecho de que Adrián le había recordado mucho a Cat Noir en aquel momento.

No tenía nada de particular, pensó. Ambos chicos tenían una edad similar, también eran rubios… y Marinette sabía ahora, después de haberlo visto transformado en Míster Bug, que los ojos de su compañero eran verdes en realidad. Como los de Adrián.

También tenían una sonrisa parecida. Muy bonita en ambos casos.

—¿Marinette? —murmuró entonces Cat Noir en la penumbra—. ¿Estás bien? Pareces distraída. ¿No te gusta la peli?

—¿Qué? Sí, sí, es solo que estoy… un poco cansada.

Trató de centrarse en la pantalla y no le dio más vueltas al asunto.


Durante los días siguientes, no obstante, tuvo pensamientos parecidos, que la asaltaban de tanto en tanto, cuando menos lo esperaba. Una mañana oyó una carcajada en el pasillo de la escuela, y se volvió con el corazón acelerado, pensando que allí se encontraba Cat Noir. Pero era solo Adrián, que se reía de algo que le había contado Nino.

No era nada en concreto, y era todo al mismo tiempo. Sus gestos. El tono de su voz. Las expresiones que utilizaba. La forma en que la miraba.

Y pequeños detalles, que podrían ser simples coincidencias… o no. Que el dulce favorito de Cat Noir fuese también el de Adrián. Que ambos fuesen alérgicos a las plumas. Que compartiesen aquel conocimiento casi enciclopédico.

«¿Podrían realmente ser la misma persona?», se preguntó por fin una noche, en la oscuridad de su habitación. Hacía rato que Tikki se había dormido, pero Marinette lo prefería así. Era una simple idea loca, no una teoría que pudiese compartir en voz alta.

Tiempo atrás, la propia Marinette habría jurado que Adrián y Cat Noir no tenían absolutamente nada que ver.

Su compañero de clase era tímido, educado, amable y generoso. Y le costaba mucho tomar la iniciativa, porque estaba acostumbrado a que otros decidiesen por él y, por tanto, tendía a dejarse llevar. Para bien y para mal.

Su compañero de aventuras era valiente, descarado, divertido y presuntuoso. Y actuaba sin pararse a pensar, precipitándose en muchas ocasiones, sin medir las consecuencias de lo que hacía o lo que decía. Para bien y para mal.

Pero Adrián también era valiente, como le había demostrado muchas veces, cuando no le quedaba más remedio que enfrentarse al peligro, en lugar de correr a esconderse con los demás. Y tenía un extraño sentido del humor, tal como ella había comprobado por sí misma durante aquella infausta visita al museo Grévin.

Y también Cat Noir tenía un corazón de oro. Era mucho más que generoso: era capaz de sacrificarse mil y una veces por un bien mayor. Y muy considerado y sensible, y de trato muy dulce cuando quería… especialmente a la hora de relacionarse con Marinette.

En resumen: había descubierto en Cat Noir algunas de las cualidades de Adrián, y viceversa.

Pero eso no quería decir que fuesen la misma persona.

Y se durmió antes de seguir desarrollando aquella idea.


Al día siguiente, en el colegio, hablando con Alya de algo completamente diferente, recordó algo que su amiga le había dicho tiempo atrás. «Si estás enamorada de un superhéroe, tarde o temprano querrás saber quién es detrás de la máscara. ¿Cómo vas a vivir una historia de amor con él, si no?». Marinette le había respondido que ese no era su caso para nada; que no le importaba la máscara en absoluto.

Y todavía lo pensaba. Pero siempre había dado por hecho que la verdadera identidad de Cat Noir era un chico desconocido para ella. Así que daría lo mismo de todas formas. No obstante… ¿y si ya se conocían? Entonces la otra cara de la moneda no sería simplemente "Cat Noir sin máscara y con otro nombre". Serían dos personas en una. Dos personas a las que ella conocía… sin saber que eran la misma.

—¿Marinette? Marinette, ¿qué te pasa? Te has quedado en blanco de repente.

Ella volvió a la realidad y le aseguró a Alya con una sonrisa que se encontraba bien.

Pero se había quedado mirando a Adrián sin darse cuenta, y el chico captó su mirada y le sonrió. Ella se sonrojó un poco y apartó al vista rápidamente.

—¿Estás segura de que no quieres nada con él? —le preguntó Alya entonces en voz baja.

Marinette respiró hondo.

—Segurísima —respondió.

Porque, además, si resultaba que él y Cat Noir eran la misma persona…

Sacudió la cabeza, tratando de apartar aquellas ideas de su mente. «Da igual quien sea Cat Noir», se repitió a sí misma. «Yo lo voy a querer igual y, por otro lado, no debería tratar de averiguar su identidad. Es peligroso».


Pero la idea seguía allí, rondándole, como una mosca inoportuna. Aquellos pensamientos acudían a ella en cualquier momento del día, normalmente sin que se diese cuenta, porque en realidad no quería pensar en ello, o al menos no de forma consciente. Era por las noches, antes de dormirse, cuando todo estaba en silencio y ella se sumía en un inquieto duermevela, entre el sueño y la vigilia… cuando los engranajes de su mente seguían trabajando, intentando colocar cada pieza en su lugar.

«Si Cat Noir fuese un chico al que ya conozco», siguió pensando, «habría intentado acercarse a mí sin la máscara, porque sabe muy bien que es peligroso que los superhéroes se relacionen con los civiles».

Y aquella pieza del puzzle encajaba también.

«Es exactamente lo que ha estado haciendo como Adrián», comprendió.

El pobre chico había tratado de declararse un montón de veces, y cuando por fin Marinette se había dignado a escucharlo, había sido solo para darle calabazas, porque estaba enamorada de Cat Noir.

«Si Adrián y Cat Noir fuesen la misma persona», siguió cavilando, «tendría sentido que él se sintiese fatal por ocultarse tras la máscara para cortejarme. Porque no sería un chico cualquiera, sino alguien a quien yo conozco. Alguien… de quien se supone que no estoy enamorada».

Al menos, eso era lo que le había dicho durante aquella desastrosa cita en la que el heladero había acabado akumatizado.

Claro; si ella había declarado que su amor por Adrián resultaba problemático y que por eso había decidido renunciar a él, era lógico que el chico se sintiese culpable por besarla sin decirle quién era en realidad.

Cerró los ojos con fuerza.

«Es demasiado rebuscado», pensó. «Y, además, yo no debería estar pensando en esto».


Pero siguió dándole vueltas sin poderlo evitar. Se sorprendió a sí misma fantaseando incluso con aquella posibilidad: la de que los dos chicos a los que más quería en el mundo fuesen en realidad la misma persona.

«¿Ves?», se dijo a sí misma. «Esto prueba que no lo son en absoluto. Porque es imposible que yo pueda ser tan afortunada».

Le hubiese gustado compartir sus pensamientos con Alya, o con Tikki. Pero se lo guardaba todo para sí misma porque en el fondo sabía que lo que estaba haciendo era peligroso. Que, si descubría la verdadera identidad de su compañero, las consecuencias podían ser catastróficas.

Por eso, entre otras cosas, ni siquiera se atrevía a plasmar aquellas ideas en su diario. Se lo guardaba todo para ella, y debido a ello empezó a mostrarse cada vez más callada y pensativa.

—Marinette, ¿te encuentras bien?

Ella volvió a la realidad. Cat Noir le había ganado tres partidas seguidas al Ultimate Mecha Strike y, obviamente, estaba preocupado.

Marinette miró el mando casi sin verlo.

—Sí, sí, es solo que… estaba distraída.

—Hey. —El superhéroe colocó las manos sobre sus hombros y se inclinó para mirarla a los ojos—. Si tienes algún problema, puedes contármelo, ¿sabes? Estoy aquí para escucharte. Para ayudarte, si está en mi mano. Para todo lo que necesites.

Ella alzó la cabeza para perderse en sus extraordinarios ojos verdes, y algo se movió en su interior.

Cuando Félix le había robado los prodigios, Adrián Agreste había sido testigo de su ataque de pánico. Marinette no guardaba muchos recuerdos de aquel momento, porque todo había sucedido muy deprisa. Pero la forma en que él había colocado las manos sobre sus hombros… exactamente así… la sinceridad de su mirada… la suavidad de su voz…

Marinette se llevó las manos a la boca, ahogando un sollozo. Tenía los ojos llenos de lágrimas y ni siquiera se había dado cuenta.

—Marinette, ¿qué te pasa? —le preguntó Cat Noir, alarmado.

Ella negó con la cabeza.

—Nada, solo… cosas de chicas. Abrázame, por favor —le pidió.

Y él lo hizo de buena gana. Marinette hundió el rostro en su hombro, profundamente reconfortada por su presencia. Cat Noir le acarició el cabello, tratando de consolarla.

—Dime, ¿qué puedo hacer por ti?

Marinette tuvo una idea absurda.

—¿Bailarías conmigo? —le propuso.

—¿Bailar? —repitió él, perplejo—. Claro, pero… no tenemos música.

Se llevó la mano al bastón, con la intención de buscar en el dispositivo alguna canción que pudiera servirles, pero ella le detuvo.

—No nos hace falta. Vamos, ven.

Se puso en pie, le tomó de la mano y tiró de él para levantarlo también. El chico se dejó hacer y, cuando Marinette le echó los brazos al cuello, él le rodeó la cintura con los suyos.

—¿Y ahora? —le preguntó en voz baja.

—Ahora solo déjate llevar —respondió ella.

Empezó a moverse lentamente al ritmo de la música que oía en su cabeza, la melodía que había bailado con Adrián un par de veces ya, primero en la fiesta de Chloé, después en Nueva York, durante aquella mágica velada en la que ambos habían aprendido a volar bajo la luna llena. Cat Noir la imitó con cierta torpeza al principio, pero después acabó por ajustarse a sus movimientos. Y terminaron abrazados en mitad del desván, balanceándose lentamente, con los ojos cerrados.

«Eres tú», pensó Marinette, con el corazón desbordante de amor. «Eres tú».

Se detuvo al cabo de un rato, sin atreverse a abrir los ojos para mirar a Cat Noir a la cara, sin atreverse tampoco a separarse de él.

—¿Estás mejor? —preguntó él entonces, con suavidad.

Marinette inspiró hondo y se separó un poco de él para mirarlo a los ojos.

—Sí —susurró—. Sí, muchas gracias.

Cat Noir le sonrió con cariño.

Tenía una sonrisa muy bonita, pensó Marinette.


«¿Realmente podría ser tan afortunada?», se preguntó más tarde, por enésima vez aquella semana, en la oscuridad de su habitación.

Era algo extraordinario y maravilloso, pero también ridículamente absurdo. Marinette adoraba a su gatito por haberse enamorado de ella dos veces. Y acababa de descubrir que a ella le había pasado exactamente lo mismo.

«Eso quiere decir algo, supongo», pensó. «Que estamos hechos el uno para el otro, quizá. Que estaremos juntos al final, cuando todo esto acabe».

Cat Noir y Marinette habían hecho una promesa. Serían solo amigos hasta que Monarca fuese derrotado. Entonces él podría revelarle su identidad, que era un asunto que lo tenía muy angustiado. «Claro, porque lo he rechazado como Adrián», comprendió ella. «Por eso quiere estar seguro de que lo seguiré queriendo cuando sepa quién es él realmente».

También Marinette se sentiría más tranquila cuando pudiese decirle por fin que ella y Ladybug eran la misma persona. Porque necesitaba saber si él seguía sintiendo algo por su compañera de aventuras. Si podría amarla con máscara y sin ella, a pesar de todas las veces que la superheroína lo había rechazado.

Y aquello explicaba también perfectamente el embarazoso asunto de Ever After. Por qué Marinette había declarado su amor a dos chicos diferentes. Y por qué a ninguno de ellos parecía haberle molestado.

Porque no eran dos chicos diferentes, sino el mismo.

Marinette inspiró hondo.

«No es que lo haya descubierto, exactamente», trató de justificarse. «O sea, no lo he visto transformarse, ni me ha revelado su identidad, ni nada por el estilo. Y de todas formas no pienso hacer nada al respecto».

Porque sería muy muy peligroso para ambos, y especialmente para él.

«Tenemos que esperar», pensó, abrazada a su peluche de Cat Noir. «No puedo hablar de esto con nadie. Ni con él, ni con Alya, ni con Tikki… Nadie debe saber que lo sé. Ni yo tampoco debo hacer nada para comprobarlo más allá de toda duda».

Porque sabía por experiencia que, cuando las máscaras caían…, había que manipular el tiempo para arreglar los desastres que producía aquella revelación.

También a veces había traído coas buenas, recordó entonces. Como la vez que Oblivio les había borrado la memoria. Debieron de haberse destransformado, eso seguro. Así que se habían visto las caras tras las máscaras. Y habían acabado besándose.

De una manera o de otra, en cualquier combinación, estaban destinados a enamorarse una y otra vez.

Se sonrojó y sacudió la cabeza, tratando de centrarse.

«No me pueden akumatizar», pensó de pronto. «No puedo traicionar su secreto bajo ningún concepto».

Cerró los ojos con fuerza. Casi esperaba que apareciese Bunnyx en cualquier momento y la obligase a viajar atrás en el tiempo para arreglar todo aquello. Para separarla de Cat Noir… de Adrián… una vez más.

«No puedo permitirlo», decidió. «Esta será la buena. No cometeré ningún error. Nadie descubrirá nuestra identidad. Ni la mía ni la suya. Derrotaremos a Monarca y recuperaremos los prodigios. Y podremos estar juntos y ser felices».

Como en aquel sueño.

Se le aceleró el corazón al comprender de pronto que la visión de Darker Owl no era solo la de un futuro feliz con Cat Noir… sino también, con Adrián.

A ella le habría bastado poder compartir su vida con Cat Noir, en realidad. Habría dado cualquier cosa porque aquella visión fuese algo más que un hermoso sueño. La idea de que aquel muchacho fuese también Adrián le parecía terrible y maravillosa al mismo tiempo, para hacer honor a la verdad.

Era, sencillamente, demasiado perfecto para ser real.

«No puedo cometer errores», se repitió a sí misma. «No puedo estropearlo todo otra vez».

Pero tampoco podía sentarse a esperar. Cuanto más oportunidades tuviese su enemigo de derrotarlos, más posibilidades habría de que lo consiguiera por fin.

Había llegado la hora de contraatacar. Antes de que fuera demasiado tarde. Antes de que Marinette perdiese una vez más el tesoro que acababa de encontrar.


NOTA: Durante mucho tiempo he imaginado y/o escrito revelaciones dramáticas, destransformaciones inoportunas o confesiones desgarradoras, pero hoy pienso que en realidad me gustaría que la revelación fuese más bien así: que llegasen a un punto en el que los dos se conocen tan bien que fuesen capaces de descubrir al otro tras la máscara. "Pero es que la magia cuántica de los prodigios blablabla". Sí, vale, pero Alya reconoció a Nino la primera vez que se transformó en Carapace. Porque era su novio y lo conocía, así que es perfectamente posible, ¿no? Pues esto es lo que quiero yo para Adrien y Marinette. Que sean capaces de "verse" a través de la máscara, o del "muro que los separa". Precisamente porque se quieren de verdad.