Marinette tuvo que esperar hasta el siguiente fin de semana para comenzar los preparativos. La tarde del viernes, en cuanto salió de clase, tomó el metro en dirección al centro comercial más cercano.

—¿A dónde vamos, Marinette? —le preguntó Tikki desde su bolso, intrigada.

Ella sonrió.

—Tenemos que hacer unas compras —respondió.

No dijo nada más, y el kwami se resignó a esperar para ver qué estaba preparando su portadora.

Una vez en el centro comercial, Marinette se dirigió en primer lugar a una juguetería que tenía una amplia sección de disfraces. Fue directa a buscar los de Ladybug. Había de varios tipos, desde los más sencillos, para fiestas infantiles, hasta algunos más elaborados para cosplayers adultos. Marinette estaba buscando el modelo que sabía que tenía Chloé, que era muy detallado y de gran calidad. Cuando lo encontró, suspiró al ver el precio.

—Esto me va a costar mis ahorros de varios meses —murmuró.

—¿Para qué quieres un disfraz de Ladybug… precisamente tú? —preguntó Tikki con perplejidad.

—Para cuando no pueda ser Ladybug —respondió ella enigmáticamente—. Hummm, necesito ver esos pendientes —murmuró, intentando examinarlos a través del plástico transparente del envoltorio.

Llamó a una dependienta y le preguntó si sería posible ver el disfraz con más detalle. Ella le dio permiso para abrirlo e incluso para probárselo. Y eso hizo Marinette: se dirigió a los probadores y se vistió de Ladybug. Recordó entonces la ocasión en la que tuvo que hacer algo similar para un evento de Clara Ruiseñor. Entonces Adrián había sido el elegido para hacer de Cat Noir. Y también él se había mostrado en público sin máscara y profundamente incómodo.

Marinette sonrió. En aquel momento había temido que la gente, al verla vestida como Ladybug, descubriese que aquella era su identidad secreta. Ahora comprendía que a Adrián le había pasado exactamente lo mismo. Evocó la sonrisa nerviosa de ambos al darse la mano, sin tener ni idea de que el otro era su compañero de aventuras superheroicas. «Qué bobos hemos sido», pensó.

—¿Marinette? —La voz de Tikki la devolvió a la realidad—. Te das cuenta de que con este disfraz sí te podrán reconocer, ¿verdad?

Ella contempló, pensativa, su reflejo en el espejo. Se parecía muchísimo a la auténtica Ladybug, pero la gente que la conocía podría adivinar que era Marinette. Porque aquel simple disfraz, a pesar de la máscara, no podría sustituir a la magia cuántica de los prodigios.

—Tendré que ser rápida. Y asegurarme de que no haya mucha luz.

Contempló los pendientes que venían con el disfraz. Eran muy parecidos a los suyos de verdad.

Podría funcionar.

—Marinette, no tengo ni la menor idea de lo que estás tramando —dijo entonces Tikki, preocupada—. Ni siquiera has hablado de esto con Cat Noir, ¿no?

—Todavía no —reconoció ella—, pero lo haré. Después —añadió tras un momento de reflexión.

Volvió a ponerse su ropa, recogió el disfraz y pasó por caja para pagarlo.

—Paso número uno, completado —le dijo a Tikki con una sonrisa, cuando ambas salieron del establecimiento—. Vamos ahora a por lo siguiente de mi lista.

Entró en una tienda de animales y se dirigió al dependiente:

—Estoy buscando una clase especial de collar —dijo—. Uno de esos que llevan un GPS para localizar a tu mascota por si se pierde.

—¡Ah, sí, claro! Tenemos varios modelos, acompáñame.

La condujo hasta una sección junto a los collares y correas corrientes. Allí, apiladas sobre una estantería, había una serie de cajas que contenían dispositivos de localización para perros.

—Este es muy bueno —le recomendó el dependiente, señalando una marca en concreto—. Te instalas la aplicación en el móvil, das de alta el código de tu dispositivo y ya tienes a tu perro controlado en todo momento.

—El collar parece bastante aparatoso —comentó Marinette, observando la foto de la caja—. ¿No tienes algo más pequeño? ¿Para un gato? Mi gato entra y sale de casa cuando quiere para pasear por los tejados —añadió—. Quiero ponerle un collar de estos por si algún día tarda en volver…, para saber dónde encontrarlo.

—¡Ah, haberlo dicho antes! También tenemos modelos más pequeños para gatos.

Finalmente, Marinette se decidió un collar para gatos con GPS que le pareció que cubriría sus necesidades y tenía una buena relación calidad-precio. Aún así, era bastante caro para su presupuesto.

Justo cuando iba a pagar, se le ocurrió una idea.

—Mejor dame dos… Es que tengo dos gatos —mintió—. El otro no sale casi, pero, por si acaso…

El dependiente le entregó una segunda caja, y Marinette pagó los dos collares con gesto resignado.

Aún parecía preocupada cuando salió con Tikki de la tienda.

— Este plan se ha fundido casi todos mis ahorros —suspiró—. Espero de verdad que valga la pena.

Acarició brevemente la idea de compartirlo todo con Cat Noir. Sabía que, como hijo de uno de los diseñadores de moda más famosos del mundo, el dinero no era un problema para él. No obstante, no necesitaría a nadie más para llevar a cabo la primera parte del plan. Y por eso prefería contárselo todo a su compañero cuando pudiese poner en marcha la siguiente fase, una vez que la anterior hubiese dado sus frutos.

—¿Para qué quieres collares con localizador, Marinette? —quiso saber Tikki, cada vez más desconcertada—. No serán para Cat Noir, ¿verdad?

Ella se rio.

—No, no te preocupes. No necesito los collares en realidad. Solo los dispositivos localizadores que van dentro.

—Pero tienes un aparato de esos en tu yoyó —le recordó el kwami.

—Cierto, pero no podré usarlo para mi plan. Ten paciencia, Tikki. Lo entenderás todo cuando te lo explique.

Ella suspiró con resignación.

Por último, buscaron una ferretería y Marinette adquirió allí un spray de pintura roja.

—Necesito que sea lavable —le insistió al dueño—. Es solo para pintar las decoraciones de una fiesta… y tiene que quedar todo limpio después.

El hombre le aseguró que no habría problema, y que aquella pintura en concreto era muy fácil de limpiar.


Hechas las compras, regresaron a casa. Marinette se encerró entonces en su habitación, recuperó los pendientes del disfraz que acababa de adquirir y sacó uno de los collares localizadores de la caja. Cuando Tikki la vio manipularlo con cuidado para extraer el chip, empezó a intuir cuál era el plan de su portadora. La observó con interés mientras desmontaba también los pendientes con un minúsculo destornillador.

Tras un buen rato de intentos frustrados, Marinette consiguió por fin acoplar el dispositivo de localización en uno de los pendientes. Cuando volvió a colocar las dos piezas, el chip quedó completamente oculto.

—¿Estás segura de que eso funciona si lo sacas del collar? —preguntó Tikki, dudosa.

—Debería, pero vamos a comprobarlo, por si acaso.

Alargó la mano hacia su teléfono móvil para instalar la aplicación, pero lo pensó mejor.

—Tikki, necesito transformarme un momento —le dijo a su kwami.

Ella pestañeó con perplejidad, aún sin entender lo que estaba pasando; pero no puso objeciones.

De modo que Marinette pronunció las palabras mágicas y, una vez transformada en Ladybug, abrió su yoyó e instaló allí la aplicación del collar. Siguió las instrucciones hasta que los datos del dispositivo aparecieron en la pantalla, junto con su localización exacta. Naturalmente, el pendiente se encontraba en el mismo lugar donde ella lo había dejado, encima de la mesa.

—Aún tendremos que hacer varias pruebas —murmuró.

Tomó el pendiente y salió al balcón. Después, lanzó el yoyó a la chimenea del edificio de enfrente y se perdió en la noche.


Regresó al cabo de un rato, cansada, pero satisfecha. Había pegado el pendiente con celofán al techo de un autobús de línea que se había detenido cerca de su casa. Después, se había sentado sobre un tejado para controlar sus movimientos desde la pantalla de su yoyó. Había seguido atentamente sus evoluciones en el mapa, hasta que el autobús había aparecido de nuevo en la parada de inicio. Entonces Ladybug saltó al techo para recuperar el pendiente. La trayectoria marcada por el dispositivo coincidía con la ruta del vehículo.

—Tikki, puntos dentro —dijo cuando se encontró por fin en su habitación.

—¿Y bien? —le preguntó Tikki—. ¿Has encontrado lo que buscabas?

—Sí —le respondió Marinette con una amplia sonrisa—. Funciona a la perfección.

El kwami sacudió la cabeza con perplejidad.

—Sigo sin entender qué quieres hacer con esos pendientes. ¿Engañar a Monarca, tal vez?

—No a él, sino a uno de sus villanos akumatizados —precisó Marinette.

Pero no le dio más detalles, por el momento.

Por el contrario, siguió trabajando en su plan. Desmontó el segundo collar para mascotas y acopló el gps en el otro pendiente del disfraz de Ladybug. Cuando terminó, examinó ambos pendientes con gesto crítico. Parecían un poco más gruesos de lo normal, pero los dos eran iguales ahora, y no se notaba el arreglo a simple vista.

Marinette volvió a transformarse en Ladybug para activar el localizador del segundo pendiente en la aplicación que había instalado en su yoyó. Después se destransformó y le dijo a Tikki, sonriendo:

—Probaré este dispositivo también, pero no creo que haya problemas. Y, si no los hay, el lunes podemos poner en práctica el plan.

—¿El plan?

—El plan para averiguar la identidad de Monarca.

Tikki se mostró preocupada.

—Marinette, todavía no sé qué vas a hacer. Y tampoco quieres contarle tu plan a Cat Noir, ni a Alya. No vas a hacerlo todo tú sola, ¿verdad?

—No, Tikki. En realidad, voy a necesitar tu ayuda… así que escúchame bien. Esto es lo que tienes que hacer…


El lunes, de vuelta a clase, Marinette se mostró más nerviosa de lo habitual. Como en los viejos tiempos, dio un respingo y un grito alarmado cuando Adrián le tocó el brazo para llamar su atención. El chico la miró, preocupado.

—Marinette, ¿estás bien? ¿He hecho algo que te ha asustado?

Ella le devolvió una sonrisa cargada de simpatía.

—No es culpa tuya, Adrián —le aseguró—. Es solo que no he dormido bien, y estoy un poco inquieta. No tiene nada que ver contigo.

Él sonrió a su vez, aliviado. Lo cierto era que las cosas iban muy bien entre los dos. Marinette le iba tomando confianza también sin la máscara, y eso lo hacía muy feliz. Alimentaba en su interior la esperanza de que, en un futuro, cuando pudiese revelarle su identidad, ella fuese capaz de aceptarlo y de amarlo también como Adrián, y no solo como Cat Noir.

Pero, para eso, Monarca debía ser derrotado. «Lo siento, gatito», pensó ella. «Tengo que guardar unos pocos secretos más. Pero, si todo sale bien, no será por mucho tiempo».

Soportó las clases del día a duras penas. Durante la pausa del mediodía, se aseguró de que el señor Damocles estaba siguiendo su rutina habitual. El director de la escuela era una pieza fundamental en su plan, y ella necesitaba que hiciera exactamente lo que esperaba de él.

Al finalizar las clases se despidió de sus amigos y les dijo que iba a quedarse un rato más en la biblioteca, para terminar un trabajo de clase que tenía por entregar. Y eso hizo, al menos durante un rato. Después, cuando se aseguró de que en la escuela ya solo quedaban algunos profesores y los últimos alumnos rezagados, miró a Tikki con aire resuelto.

—¿Estás preparada? —le preguntó.

—Cuando tú lo estés —respondió ella, decidida.

El primer paso consistía en alejar al señor Damocles de su despacho, donde solía quedarse trabajando hasta tarde después de las clases. Marinette recordó con nostalgia la vez que ella, Alya y Cat Noir habían engañado al señor Damocles para que acudiese a la plaza ataviado como su alter ego superheroico, «el Búho», para luchar contra la villana Cartón Girl. «Debería intentar algo parecido», pensó. «Aunque no sé si funcionaría por segunda vez».

Se estremeció. Un montón de detalles en su plan dependían de cosas que debían funcionar por segunda vez. «En fin», se dijo. «No lo sabremos hasta que no lo intentemos».

Salió de la biblioteca, cargada con su mochila y con la bolsa de deportes en la que había guardado el disfraz de Ladybug. Se dirigió a los vestuarios y lo guardó todo en la taquilla. Después subió de nuevo las escaleras, sigilosamente, hasta el despacho del señor Damocles, pegó el oído a la puerta y escuchó.

Lo oyó carraspear desde el interior. Cruzó una mirada con Tikki y asintió.

Se retiraron las dos hasta un aula vacía, no muy lejos de allí. Entonces, Marinette llamó al teléfono del despacho del director.

—¿Sí? —oyeron su voz al otro lado—. ¿Quién es?

—Buenas tardes, señor director —respondió Marinette, fingiendo una voz profunda—. Le llamo de mantenimiento. Estamos revisando la caldera y hemos encontrado un problema bastante serio aquí abajo. ¿Podría venir a verlo?

—¿Un problema? ¿En el cuarto de las calderas? Ahora mismo voy.

Marinette se asomó con precaución al pasillo, justo a tiempo de ver al señor Damocles bajando apresuradamente la escalera.

—No tenemos mucho tiempo, Tikki —murmuró.

Entró en el despacho del director, ahora vacío. Sacó del bolso el spray de pintura lavable y pidió perdón internamente al señor Damocles por lo que estaba a punto de hacer. Alzó la mano con el spray y trazó en la ventana, en grandes letras de pintura roja: «El Búho no es un héroe, es un viejo inútil disfrazado de payaso».

Lo lamentó nada más escribirlo. Quizá se había pasado, tal vez estaba siendo innecesariamente cruel. Pero necesitaba que el señor Damocles fuese akumatizado en una situación que pudiese controlar, más o menos.

Después bajó la persiana para que no entrase la luz del día y se subió a la mesa para aflojar la bombilla del techo. De inmediato, el despacho quedó en penumbra, iluminado solo por la luz que entraba por la puerta. Marinette encendió la lámpara del escritorio y la orientó hacia la pintada del cristal. Ahora, el despacho estaba casi completamente a oscuras, y lo único que se veía con claridad era el mensaje que algún anónimo desaprensivo había escrito en la ventana.

—Marinette, date prisa —susurró Tikki, y ella se apresuró a salir de la habitación. Bajó de nuevo hasta los vestuarios. Vio que el señor Damocles ya regresaba del cuarto de las calderas con el ceño fruncido, y comprendió que no tenía mucho tiempo.

En el vestuario, se cambió rápidamente de ropa y se puso el disfraz de Ladybug. Se quitó los pendientes mágicos y se puso en su lugar los de pega, que contenían los dispositivos de localización. Bajo la atenta mirada de Tikki, se guardó su prodigio en un bolsillo del disfraz, que disponía de ellos, aunque su propio traje mágico no los tenía. Un poco insegura, se colocó la máscara y sostuvo el yoyó en la mano. En realidad, no sabía utilizar aquellas cosas. Si intentaba lanzarlo contra un villano, probablemente acabaría golpeándose ella misma.

Pero no tenía tiempo que perder. Así disfrazada, salió del vestuario y se aseguró de que no hubiese nadie por los alrededores antes de subir las escaleras de nuevo hacia el despacho del señor Damocles.

Halló la puerta entornada. Oyó murmurar al director al otro lado:

—¿Por qué…? ¿Por qué…? —Después, silencio, y por último—. Sí, Monarca. Encontraré al culpable y se lo haré pagar.

Marinette inspiró hondo. Aquella era la parte más peligrosa de su plan. Estaba a punto de enfrentarse a un villano akumatizado sin poderes. Debía dejarse vencer…, permitir que él se llevase los falsos pendientes… y escapar antes de que descubriese su identidad. Y sin que sospechase en ningún momento que le estaba tendiendo una trampa.

«Ánimo, Marinette», se dijo. «Lo estás haciendo por París. Por los kwamis secuestrados. Y por Adrián, para que podáis estar juntos por fin».

Echaba de menos a su gatito, pero seguía convencida de que había hecho lo correcto al acudir a aquel encuentro sola. Porque había muchas posibilidades de que saliese mal. Y, si algo le sucedía a ella, Adrián… Cat Noir… debía estar listo para acudir al rescate. Si caían los dos en aquella batalla, París estaría perdido.

Recordó de pronto que ella conocía la identidad de Cat Noir. Si Dark Owl la capturaba, Adrián estaría en peligro también.

Sacudió la cabeza. Tenía que salir bien. No había otra opción.

Abrió la puerta de un empujón. No se atrevió a girar el yoyó a modo de escudo, como solía hacer cuando estaba transformada, porque temía que aquel truco no le saliera bien con un yoyó corriente. Imitó lo mejor que pudo, no obstante, su todo de voz superheroico:

—¡No te saldrás con la tuya, Dark Owl! —gritó, cerrando la puerta tras ella para mantener la estancia en penumbra.

—Oh, Ladybug, qué conveniente. Y qué rápido has llegado —respondió el señor Damocles, ya akumatizado en Dark Owl.

—¡El trabajo de un superhéroe nunca termina! —replicó ella, y sonrió para sí misma al recordar la vez que Cat Noir le había dicho algo similar—. Siempre estamos preparados para luchar contra el mal.

—¿Ah, sí? ¡Pues prepárate ahora para darme tu prodigio!

Los momentos siguientes fueron confusos. Marinette y Dark Owl comenzaron a perseguirse por el despacho. Ella estaba más torpe de lo habitual, tratando en la medida de lo posible que el foco de la lámpara no le iluminase la cara. Arrojó las sillas contra Dark Owl, en un intento por detenerlo, e incluso le lanzó el yoyó de juguete a la cara, con poco éxito. El villano, no obstante, no tuvo problemas para inmovilizarla contra el suelo.

—¿Creías que no lo conseguiría, Ladybug? —se rio—. He estado a punto de derrotarte dos veces. A la tercera va la vencida.

«En realidad, esta es la cuarta», pensó Marinette, asustada. Dark Owl los había encerrado a ella y a Cat Noir en un contenedor del que solo habían logrado escapar gracias al ingenio de ella y a un increíble golpe de suerte. Poco después, el villano había logrado arrebatarle un pendiente. Y en su última batalla había utilizado el poder del prodigio del cerdo contra ellos y había estado a punto de encerrarlos para siempre en un sueño maravilloso del que ninguno de los dos quería despertar.

Tragó saliva. Precisamente por eso había elegido a Dark Owl y no a otro enemigo menos peligroso: porque había estado a punto de vencerlos varias veces, y a Monarca no le extrañaría que acabase por conseguirlo.

Pero también porque, en la primera ocasión, Ladybug le había entregado unos prodigios falsos para engañarlo, y aquellos objetos habían llegado de algún modo hasta Hawk Moth.

—¿No tienes nada que decir, Ladybug? —se rio Dark Owl.

—¡Cat Noir llegará enseguida para ayudarme, y entre los dos te derrotaremos! —exclamó ella.

Una máscara luminosa se materializó ante el rostro de Dark Owl, que escuchó con el ceño fruncido las palabras de Monarca.

—Enseguida lo comprobaremos —replicó el villano.

Alargó la mano hacia la oreja de Marinette, y ella cerró los ojos y apretó los dientes, tratando de debatirse… pero con escaso entusiasmo.

Dark Owl le arrancó el pendiente de la oreja. «Ahora, Tikki», pensó Marinette.

El kwami se materializó de pronto entre los dos.

—¡Oooh, no, esto es horrible, Monarca se va a hacer con el prodigio de Ladybug! —exclamó, muy en su papel.

Dark Owl dio un respingo, sorprendido, y retrocedió un poco. Marinette aprovechó para liberarse de él. Se dio la vuelta y trató de escapar, pero el villano la retuvo de nuevo y le arrebató el segundo pendiente.

—Ahora descubriremos quién eres, Ladybug —dijo, satisfecho. Marinette casi pudo oír la carcajada de triunfo de Monarca desde su guarida.

Pero Tikki no se lo permitió. Se lanzó de nuevo contra Dark Owl, obligándolo a recular. Marinette se puso en pie y echó a correr hacia la puerta. Tikki siguió entreteniendo a su enemigo hasta que la chica logró escapar del despacho, cerrando la puerta tras ella. Cuando vio que estaba a salvo, Tikki desapareció a través del suelo.

Dark Owl se repuso y miró a su alrededor, desconcertado.

—¿Dónde ha ido el kwami? ¿Y Ladybug?

«¿Has podido verle la cara? Debería haberse destransformado ya», susurró Monarca en su mente.

—¡No! Esa criatura me ha distraído y, además, estaba demasiado oscuro.

«¡Ve tras ella! Ahora no es más que una niña indefensa, pero Cat Noir no tardará en presentarse para ayudarla. Y vigila bien esos pendientes. No podemos permitirnos un solo error».


Marinette se encerró en la habitación contigua, con el corazón latiéndole con fuerza. Tikki se reunió con ella, atravesando la pared.

—¿Qué tal lo he hecho, Marinette? —le preguntó.

—Fenomenal —respondió ella, sonriendo—. Pero no hemos terminado todavía.

Sacó los pendientes de su bolsillo, los de verdad, y se apresuró a ponérselos.

—¡Tikki, puntos fuera! —susurró.

Instantes después, ya transformada en Ladybug, escapaba por la ventana, impulsada por su yoyó. Dark Owl entró en la habitación justo cuando ya se había marchado, y miró a su alrededor con el ceño fruncido.

—No sé dónde puede haberse metido —masculló.

«No importa», dijo Monarca. «Envíame su prodigio. Y asegúrate de que esta vez es el de verdad».

Dark Owl examinó los pendientes que acababa de arrebatarle a Ladybug.

—A mí me parecen de verdad —dijo—. Y ha aparecido un kwami en cuanto se los he quitado.

«Bien. No perdamos más tiempo. Cat Noir estará a punto en llegar».

Dark Owl extrajo un pequeño dron de su cinturón de herramientas e introdujo los pendientes en su interior.

—Vuela hasta Monarca, pequeñín —dijo con una amplia sonrisa.

El dron salió volando por la ventana y se perdió en el horizonte.


Sentada sobre el tejado de la escuela, Ladybug examinaba la pantalla de su yoyó con el corazón acelerado. Vio pasar el dron de Dark Owl bajo sus pies, y comprobó que los dos puntos de la pantalla se movían sobre el mapa.

—Sí —susurró—. Vamos, pequeño. Llévame hasta su guarida.

El dron se alejó, sobrevolando los tejados de París. Pasó por encima del edificio donde vivía Marinette, y luego sobre la plaza de los Vosgos… en dirección a la mansión Agreste.

Pero Ladybug no le concedió importancia. Estaba convencida de que el viaje de sus pendientes-trampa aún no había terminado.


En el interior de su guarida, Monarca se consumía de impaciencia. Cuando recibió una llamada de Nathalie, la atendió de inmediato.

—Señor, los sistemas de seguridad han detectado un objeto no identificado que se dirige hacia aquí —informó ella.

—Es el prodigio de Ladybug —respondió él con una amplia sonrisa—. Al fin, uno de mis akumatizados ha logrado hacerse con él.

—¿De verdad? —se asombró Nathalie—. Pero…

No dijo nada más. Sin embargo, Monarca percibió un atisbo de duda en su voz… y empezó a hacerse preguntas.

Dark Owl había dicho que estaba demasiado oscuro para comprobar la identidad de Ladybug. Pero no había confirmado en ningún momento que se hubiese destransformado.

Por otro lado, la pelea había sido muy corta, y la superheroína se había mostrado especialmente torpe. Como si…

Como si se estuviese dejando ganar a propósito.

El corazón de Monarca se detuvo un breve instante.

—¡Nathalie! ¿Dónde está el dron ahora mismo?

—A punto de llegar a la mansión, señor.

Monarca no podía correr riesgos. Sin pensarlo dos veces, retiró los poderes a Dark Owl.


En aquel momento sucedieron varias cosas al mismo tiempo:

El director Damocles se encontró de pronto en mitad del aula, solo y desconcertado, incapaz de recordar qué había sucedido ni cómo había llegado hasta allí.

El dron, que acababa de superar el muro de la mansión, desapareció de repente. Los dos pendientes que contenía cayeron al suelo y rebotaron sobre las losas del patio.

Los dos puntos de la pantalla del yoyó se detuvieron de pronto. Uno parpadeó y se apagó. El otro continuó emitiendo la señal, sin moverse ya. Ladybug lo localizó claramente en el mapa: se encontraba en la mansión Agreste.


En el interior de su guarida, Monarca se destransformó y regresó rápidamente a su despacho. Una vez allí, se apresuró a salir al recibidor, donde se encontró con Nathalie.

—Gabriel, ¿qué está pasando? —le preguntó ella con inquietud.

—No estoy seguro —respondió él.

Salió al patio y comenzó a buscar los pendientes por el suelo. Encontró uno. Se había roto al caer desde tanta altura, y el dispositivo de localización asomaba ahora entre las dos partes de la joya.

Una joya que, obviamente, no era el prodigio que estaba buscando.

Gabriel palideció.

—No puede ser —murmuró.

Arrojó el pendiente al suelo y lo pateó con rabia, hasta asegurarse de que el dispositivo quedaba totalmente destruido. Después miró a su alrededor en busca de la pareja. Lo localizó un poco más allá, junto al muro. Parecía bastante más entero que el primero.

—¡Gabriel, no! —exclamó Nathalie.

Demasiado tarde. Él ya había pisoteado el pendiente hasta aplastarlo por completo. Ella lo alcanzó y le dirigió una mirada preocupada.

—¿Qué? —preguntó Gabriel.

—Si Ladybug tenía alguna sospecha —se limitó a responder Nathalie—, ahora se las acabamos de confirmar.

Él se quedó mirándola, anonadado.


Ladybug no le había concedido especial importancia al hecho de que los pendientes hubiesen aterrizado en la mansión Agreste. Si Monarca no hubiese tardado tanto en darse cuenta de que todo era una trampa y le hubiese retirado los poderes a Dark Owl apenas un minuto antes, podrían haber caído perfectamente en el balcón de la propia Marinette.

Pero uno de los dos había sobrevivido a la caída, y estaba emitiendo una señal clara y estable… hasta que, de repente, desapareció de la pantalla sin más.

Ladybug frunció el ceño, pensativa. El patio de la mansión Agreste no era un lugar especialmente concurrido, y mucho menos a aquellas horas de la tarde. Adrián debía de haber vuelto a casa hacía rato y estaría estudiando en su habitación. Por otro lado, estaba atardeciendo ya, y el cielo estaba cada vez más oscuro. Era muy poco probable que alguien reparara en los pendientes, que deberían haber quedado olvidados sobre las losas del patio hasta que los Agreste volviesen a salir de la casa la mañana siguiente…

…Salvo que alguien los estuviese buscando, porque sabía que estaban allí.

Y los hubiese encontrado, para asegurarse de que acallaba su señal para siempre.

Sacudió la cabeza. ¿Podría Gabriel Agreste…?

—No puede ser —murmuró.

Habían sospechado de él en un par de ocasiones. Había sido akumatizado, también. No podía estar en dos sitios al mismo tiempo. ¿O tal vez sí?

Ladybug hundió el rostro entre las manos, pensando. Era posible que Monarca pudiese akumatizarse a sí mismo. En teoría.

También poseía el prodigio del zorro, que le permitía generar ilusiones. Y el del pavo real, con el que era capaz de crear copias perfectas de cualquier persona.

No podía descartar nada.

Se puso en pie, temblando. Gabriel Agreste era el padre de Adrián.

De Cat Noir.

—No puede ser —repitió.

Tenía que pensar en ello detenidamente pero, desde luego, necesitaba confirmar sus sospechas antes de hacer cualquier movimiento.

En aquel momento oyó una exclamación de ira procedente del despacho del director, y se acordó de la pintada del cristal. Suspiró. Tendría que ocuparse de aquel asunto en primer lugar: de tranquilizar al señor Damocles como Ladybug, para que no volviesen a akumatizarlo, y de ofrecerse a limpiar la ventana como Marinette.

Aún no estaba segura de que su plan hubiese dado sus frutos. Sospechaba que había descubierto algo importante, pero tenía miedo de confirmarlo, por lo que supondría para Adrián… y para el futuro de París.


NOTA: Siento tardar tanto en actualizar. ¡Tengo mucho trabajo estos días! En compensación, este capítulo es un poco más largo que los demás. Espero que os guste y gracias por leer :).