Marinette se detuvo ante el Grand Palais y observó durante unos momentos a la gente que iba entrando. Ninguno de ellos vestía de gala, pero a ella no le extrañó. Después de todo, Zoé le había contado que la organización proporcionaría a los invitados la ropa que debían llevar durante el baile. Al parecer, todos debían vestir igual.

Contempló, pensativa, la máscara blanca que su amiga le había prestado y que debía garantizarle el acceso al evento. Gabriel Agreste lo había adelantado varias semanas sin razón aparente, y Marinette había llegado a pensar que no lograría encontrar a tiempo una manera de infiltrarse, ahora que su relación con Kagami se había enrarecido un poco. Por fortuna, sus compañeros de clase la habían elegido para preparar la fiesta de fin de curso junto con Zoé, y ambas habían pasado mucho tiempo juntas la última semana, organizándolo todo. Entonces Zoé se había enterado de que Marinette estaba interesada en asistir al Baile de Diamantes de los Agreste, y le había ofrecido su propia entrada porque, según le dijo, no tenía la menor intención de presentarse allí. Marinette le había explicado que quería conocer a gente del mundo de la moda, pero sospechaba que Zoé pensaba que lo que en realidad pretendía era reunirse allí con Adrián. Puede que hasta creyera que estaba un poco celosa de Kagami, que iba a ser la pareja del chico en el baile. Pero, dado que Marinette no podía hablarle de sus verdaderas intenciones, tampoco estaba segura de poder convencerla de su versión.

Inspiró hondo.

—Andado, Tikki —murmuró—. Si hemos de desenmascarar a Gabriel Agreste, que sea hoy. Y acabemos de una vez con todo esto.

Se dirigió al control de entrada con gesto decidido, pero titubeó un poco antes de tender la máscara blanca al personal de seguridad. El hombre la escaneó sin el mejor gesto, y se oyó una voz robótica: «Bienvenida, Zoé Lee». Marinette suspiró para sus adentros, aliviada, y entró en el hall.

Descubrió a Gabriel Agreste un poco más lejos, recibiendo a los invitados, y se escondió tras una columna para espiarlo desde allí. Vio entrar a las Tsurugi, y después a los Bourgeois. Aunque no podía oír la conversación con detalle desde allí, sí captó algunas palabras. Le pareció que estaban todos un poco nerviosos, porque Adrián no se había presentado todavía.

Y justo entonces entró él. Marinette se quedó mirándolo desde su escondite. Caminaba con aplomo, con la cabeza bien alta, y a ella le pareció un tanto extraño, porque sabía que Adrián no deseaba estar allí en realidad. Lo vio inclinarse con respeto ante las Tsurugi y tomar la mano de Kagami para besarla. «Está interpretando un papel», comprendió de pronto. Naturalmente, Adrián era muy capaz de mostrarse como un perfecto caballero si se lo proponía.

En aquel momento entró en la sala una mujer rubia, y Marinette dio un respingo, porque se parecía muchísimo a la madre de Adrián. Los guardias de seguridad trataban de retenerla, pero ella se zafó y avanzó hacia Gabriel Agreste, desafiante.

—¡Gabriel! ¡Mi hijo Félix lleva varias semanas desaparecido!

Marinette comprendió entonces que no se trataba de Émilie, sino de su hermana, Amélie.

La madre de Félix.

Sintió un retortijón en el estómago al evocar la noche en que Félix, haciéndose pasar por Adrián, se las había arreglado para arrebatarle los prodigios. Nadie había logrado localizarlo desde entonces. Ni siquiera su madre, al parecer.

Marinette le prestó toda su atención, lamentando no encontrarse más cerca para poder espiar la conversación al detalle. Por suerte, Amélie seguía hablando en voz tan alta que ella se enteró de todo.

Le estaba reprochando a Gabriel que no la estuviese ayudando con la búsqueda de su hijo y que ni siquiera la hubiera invitado al baile. «Esto es interesante», pensó Marinette. Si alguien sabía dónde estaba Félix, debía de ser sin duda Gabriel Agreste. Si él era Monarca, había sido el último en ver al chico antes de que desapareciera. Justo después de que le entregara todos los prodigios que había robado.

Gabriel, no obstante, se deshizo de Amélie con frialdad, exigiéndole que abandonara la sala. Marinette vio a Nathalie acompañarla hasta la salida, y las observó con curiosidad. ¿Estaría Nathalie al tanto de todo lo que estaba ocurriendo?

No hubo más que ver después de aquello. Amélie se marchó, y los anfitriones abandonaron el hall para entrar en el salón de baile.

Marinette se apresuró a entrar por la puesta destinada a los invitados. Allí le proporcionaron un precioso vestido blanco, y ella se preparó en consecuencia, se recogió el cabello en un moño y se puso la máscara de Zoé.

Debido a que se había quedado atrás, espiando a los Agreste, fue de las últimas en entrar en el salón de baile. Había muchos adolescentes, ellas vestidas de blanco, ellos de negro, y todos con el rostro enmascarado. Solo Adrián y Kagami llevaban trajes diferentes, y tampoco llevaban máscara. Ella lucía un precioso vestido rojo, y él un elegante traje de chaqueta. Ambos estaban sentados en un lugar elevado, por encima del resto de los invitados, como si, en efecto, reinasen sobre todos ellos.

Pero no se fijó mucho en ellos, porque acababa de localizar a Gabriel Agreste, Tomoe Tsurugi y André Bourgeois un poco más allá. Cuando se disponía a seguirlos, fue interceptada por Chloé, que obviamente no la había reconocido, y quería saber quién era. Pero Marinette se la quitó de encima con cualquier excusa y se dirigió en silencio a la mesa donde se encontraban los adultos.

Se hallaban también en un espacio elevado, por encima de la zona de baile. Marinette se preguntó si los adolescentes tenían permiso para rondar por allí. Por si acaso, cuando subió las escaleras lo hizo con gesto despreocupado, como si tuviese todo el derecho a hacerlo. Pero nadie le estaba prestando atención.

Se pegó a la pared y, oculta tras un saliente, trató de escuchar lo que decían. Pero la música estaba demasiado alta.

Entonces, una voz anunció por megafonía:

—¡El rey y la reina dan comienzo al baile!

Adrián y Kagami se levantaron de sus asientos, y la plataforma sobre la que se encontraban comenzó a descender hasta el nivel del suelo. La música cambió entonces y fue sustituida por una suave melodía de vals.

Marinette echó un breve vistazo a Adrián y Kagami… y descubrió que él estaba mirando directamente hacia ellos.

Sus miradas se cruzaron un instante y, por el gesto sorprendido de Adrián, Marinette comprendió que la había visto oculta junto a la mesa de los adultos, espiando lo que decían. Se preguntó si la habría reconocido. Era difícil decirlo, con la luz atenuada, la distancia y la máscara que ella llevaba puesta.

La plataforma siguió descendiendo, y Marinette perdió de vista a Adrián y a su compañera de baile. Y entonces oyó la voz de Gabriel Agreste con mayor claridad.

—Tsurugi-san, parece que nuestros rey y reina están elevando nuestras expectativas.

Ella inclinó la cabeza.

—Me alegra comprobar que empiezas a controlar mejor a tu hijo, Gabriel-san —respondió—. ¿Sigues pensando en enviarlo a Londres si no se comporta? Mi hija me ha comentado que tiene algunas… amistades inapropiadas.

Marinette se llevó una mano a los labios, alarmada. El corazón empezó a latirle muy deprisa, pero se esforzó en seguir prestando atención.

—Tal vez no sea necesario, después de todo. Pero estoy dispuesto a hacerlo, si considero que es lo mejor para él.

El alcalde hizo algún comentario, pero Marinette ya no lo escuchó. Porque alguien colocó una mano en su hombro, sobresaltándola, y ella oyó la irritante voz de Chloé muy cerca de su oído:

—¿Estás espiando? ¿Quién eres tú exactamente?

Marinette no podía permitir que Agreste y sus colegas la descubrieran, de modo que se dio la vuelta bruscamente.

—Discúlpame —murmuró, y se apresuró hacia las escaleras, empujando ligeramente a Chloé para abrirse paso.

—¡Eh! —gritó ella a su espalda.

Marinette notó que la perseguía, de modo que avanzó apresuradamente entre la multitud, que se había congregado en torno al centro de la sala, donde bailaban Adrián y Kagami.

—Disculpad… disculpad… —murmuraba Marinette.

Pero había demasiada gente, y Chloé acabó por alcanzarla. Marinette sintió que la agarraba del brazo y se debatió para liberarse. Pero tropezó con alguien y cayó de bruces al suelo.

Hubo murmullos entre la multitud. Cuando Marinette alzó la cabeza, se encontró justo ante Adrián y Kagami, que la contemplaban por perplejidad.

—¡Ah, hola, Kagami! ¡Hola, Adrián! —los saludó—. Seguramente os estaréis preguntando qué hago yo aquí, jejeje —añadió con una risa forzada—. El caso es que… con tanta gente famosa…, se me ocurrió que tal vez podría conocer a algunos de mis diseñadores favoritos y…

—¿Marinette? —soltó Kagami con perplejidad.

Y ella se dio cuenta en ese momento de que, con aquella ropa y con la máscara puesta, quizá sus amigos no la hubiesen reconocido, de haber mantenido la boca cerrada. Les dirigió una sonrisa de disculpa y vio que ellos cruzaban una mirada significativa. Por alguna razón, intuyó que habían estado hablando de ella. Otra vez.

—¿¡Dupain-Cheng!? —chilló entonces Chloé entre la multitud.

Marinette se apresuró a ponerse en pie.

—No os molesto más —murmuró, profundamente avergonzada, consciente de que ni Adrián ni Kagami se habrían creído su estúpida excusa. Y no sabía qué era peor: que realmente pensaran que era lo bastante superficial como para colarse en una fiesta para ver a los famosos… o que creyeran que estaba allí porque tenía celos de ellos—. Disfrutad de la velada, yo me voy ya.

No tenía ganas de enfrentarse a Chloé tampoco. La oyó llamar a los de seguridad, pero apenas le prestó atención. Dio media vuelta para marcharse…

…Pero entonces Adrián la tomó de la mano y la atrajo hacia él. Marinette, perpleja, permitió que la tomara por la cintura. Él le sonrió y comenzó a bailar con ella.

Marinette no tuvo valor para mirar a Kagami, ni se molestó tampoco en prestar atención a los invitados, que susurraban escandalizados a su alrededor. Entre otras cosas, porque su corazón había empezado a latir muy deprisa, y porque ya solo tenía ojos para Adrián.

Estaba un poco diferente aquella noche. Serio, distante, tal vez incluso frío. Probablemente se debía a que en el fondo no deseaba estar allí, aunque ahora se esforzaba por sonreír con amabilidad.

Marinette reflexionó sobre todas las cosas que su padre le obligaba a hacer en contra de su voluntad. Cuanto más pensaba en ello, más le parecía que el carácter de Gabriel Agreste coincidía bastante con lo que ella sabía acerca de Monarca: alguien que no se detenía ante nada con tal de conseguir lo que deseaba.

¡Y había estado planeando enviar a Adrián a Londres! Marinette estaba bastante segura de que él no sabía nada de aquello. De lo contrario, se lo habría contado. O tal vez no, pensó de pronto. Después de todo, también ella le ocultaba muchas cosas. Por su propio bien.

Se le ocurrió entonces que aquella era la excusa que ponía Gabriel Agreste para obligar a Adrián a hacer cosas que no quería. Acababa de volver a repetirlo, de hecho: que nada le impediría tomar ciertas decisiones sobre el futuro de su hijo, si consideraba que era lo mejor para él.

Y se sintió culpable, porque ella también guardaba secretos a Adrián, que no solo era el chico de sus sueños, sino también su compañero de aventuras, la persona en la que más confiaba… y lo hacía por su propio bien.

Pero ¿no tenía derecho Adrián a conocer aquella información también, para que pudiese decidir por sí mismo qué hacer con ella, y obrar en consecuencia? ¿Quién era Marinette para decidir en su lugar qué era lo mejor para él?

—Adrián —murmuró entonces—. No he sido sincera contigo… acerca de la razón por la que estoy aquí. —Él la miró con curiosidad, pero no dijo nada—. Y tampoco tiene que ver contigo o con Kagami, sino… —Se detuvo un momento, preguntándose cómo plantearlo sin revelar su identidad superheroica. Todavía no estaba preparada para compartir aquel secreto con él—. Hemos estado investigando… en el colegio. Alya, Nino y los demás. La Resistencia, ya sabes. Acerca de la verdadera identidad de Monarca.

—¿Ah, sí? —preguntó él, alzando una ceja con interés.

—Y si me he infiltrado en la fiesta…, es porque sospechamos de alguien que iba a estar aquí esta noche. Y no te lo habíamos dicho porque… —Tragó saliva— porque se trata de Gabriel Agreste. Tu padre.

Él la miró con sorpresa, y Marinette tuvo la extraña sensación de que lo hacía por primera vez.

—No tenemos pruebas concluyentes, todavía —se apresuró a aclarar ella, malinterpretando su expresión—. Por eso estoy aquí, pero está claro que no he tenido mucho éxito como espía, porque…

Se detuvo, preguntándose si debía contarle lo que había oído acerca de su posible viaje a Londres. Pero no tuvo tiempo, porque entonces los rodearon los robots de seguridad para escanear las máscaras de ambos.

—Zoé Lee… Adrián Agreste… Ninguna intrusión detectada —concluyeron.

Pero Chloé comprendió lo que estaba pasando.

—Mi medio hermana ha conspirado con Dupain-Cheng. ¡Esa no es Zoé Lee! ¡Es Dupain-Cheng! —acusó.

Todos se quedaron contemplando con espanto a Marinette.

—Me miran como si fuese un monstruo —murmuró ella, intimidada.

Esto molestó a Adrián, que frunció el ceño y se inclinó para decirle al oído:

—Míralos con atención, Marinette. Ellos son los verdaderos monstruos.

Algo en su tono de voz alarmó a Marinette. Y lo comprendió.

—Tú no eres Adrián —murmuró. Él le dedicó una media sonrisa maliciosa, y ella lo reconoció por fin—. ¡Félix!

El miedo le atenazó las entrañas. Aquel chico la había engañado antes, la había traicionado, le había robado los prodigios para entregárselos a Monarca. Y ella acababa de revelarle que tenía sospechas acerca de la verdadera identidad de su enemigo. Si le hubiese confesado que ella era Ladybug…

No obstante, lo que más la aterrorizaba era el hecho de que Adrián debía estar allí. Y no se hallaba presente porque Félix había ocupado su lugar una vez más, probablemente sin su consentimiento.

—¿Dónde está Adrián? ¿Qué has hecho con él?

Los momentos siguientes fueron confusos. Chloé se precipitó sobre ella para arrancarle la máscara, y entonces Félix gritó las palabras mágicas…

Y, de pronto, estaba envuelto en el poder del prodigio del pavo real y blandía un vistoso abanico ante él.

«¿Cómo es posible?», se preguntó Marinette, horrorizada. Aquel prodigio, por lo que ella sabía, estaba en manos de Monarca. Si Félix lo tenía… se debía sin duda a que los dos estaban asociados. No era de extrañar que Gabriel Agreste se hubiese negado a ayudar a la madre de Félix a encontrar a su hijo. Era bastante probable, de hecho, que él mismo estuviese encubriéndolo.

No tuvo tiempo para más elucubraciones. Porque Félix conjuró un extraño sentimonstruo que inundó la sala con una sangrienta luz rojiza… y entonces chasqueó los dedos, y la gente, sencillamente…, empezó a desaparecer.

Comenzando por su propio tío.

Marinette contempló a Félix con incredulidad, sin saber cómo reaccionar. Si Gabriel Agreste era Monarca, y estaba compinchado con Félix… ¿por qué el chico lo atacaba ahora?

Trató de escapar, pero Argos —como se hacía llamar— la había sujetado por la muñeca y no la dejaba marchar. Y, después de varios chasquidos de dedos más, el nuevo supervillano abandonó la sala de un poderoso salto, llevándose consigo a Marinette.

Ella forcejeó todo lo que pudo. Había muchas cosas que necesitaba saber: cómo había llegado a sus manos el prodigio del pavo real, qué había sido de los otros prodigios, cuáles eran sus verdaderas intenciones y si Gabriel Agreste era realmente Monarca. Pero, por encima de todo aquello, una única pregunta martilleaba su mente una y otra vez, y no pensaba quedarse sin respuesta.

—¿Dónde está Adrián? Si le has hecho daño, yo…

—Adrián es la última persona a la que quiero hacer daño —respondió Argos, con aquella estúpida sonrisa de suficiencia en los labios—. Me preocupo por él. Igual que tú, supongo. —La miró de reojo—. Está muy enamorado de ti, ¿lo sabías?

Marinette se debatió entre sus brazos, luchando por escapar.

—¡Él no aprobaría lo que estás haciendo! —protestó.

—Mi primo no es libre para decidir por sí mismo —replicó Argos—. Pero yo sí lo soy ahora, y voy a liberarlo a él también.

Marinette aprovechó para alargar la mano hacia el broche del pavo real que llevaba prendido sobre el pecho. Pero Argos detectó el movimiento y detuvo su mano.

—¿Qué crees que estás haciendo?

—Detenerte —respondió ella.

No obstante, estaba más asustada de lo que pretendía aparentar. Si hubiese logrado quitarle el broche, habría podido detener aquella locura. Pero no lo había conseguido, y ahora Argos estaba molesto. Si la hacía desaparecer, nadie podría derrotarlo. Porque Adrián era Cat Noir, y probablemente Argos, a pesar de sus palabras, lo había volatilizado a él también.

El supervillano, sin embargo, la contempló con un destello de admiración en su mirada.

—Eres valiente —le dijo—. E inteligente, también. No conozco a nadie que haya averiguado la identidad de Monarca hasta ahora. Ni siquiera todos esos superhéroes —añadió con desprecio.

Marinette abrió mucho los ojos.

—¿Entonces, tenemos razón? ¿Gabriel Agreste es…?

—Era —cortó él, encogiéndose de hombros—. Ahora ya no tiene importancia, porque lo he hecho desaparecer. Un problema menos, ¿ves? He librado a París de su mayor amenaza. Deberían hacerme superhéroe honorario o algo así —concluyó, burlón.

Marinette apenas le prestaba atención. Había ido al baile para encontrar la manera de confirmar sus sospechas sobre Gabriel Agreste. Y lo había conseguido, de una forma que no esperaba.

Pero eso no la hacía sentir mejor.

—¿Y qué va a pasar… con Adrián? —murmuró—. ¿Qué sucederá cuando descubra…?

—No me estás escuchando —cortó Argos—. He liberado a Adrián de ese hombre. Ya no controlará su vida nunca más, igual que ya nadie controla la mía tampoco. —Se llevó la mano al prodigio del pavo real y lo oprimió con gesto protector, en un movimiento que Marinette encontró extraño—. Y traeré a mi primo de vuelta, contigo, si tienes la amabilidad de esperarlo aquí.

—¿Aquí? —repitió ella.

Sin una palabra más, Argos la dejó caer en el interior de un contenedor de reciclaje de cartón.

—A salvo —dijo, y cerró la tapa sobre ella, aún sonriendo.

Después se marchó sin más, y Marinette, hirviendo de ira, se transformó en Ladybug.


Cuando se reencontró con Argos momentos más tarde, la ciudad estaba silenciosa y vacía, bañada en la siniestra luz sangrienta de la Luna Roja. El nuevo portador del prodigio del pavo real había hecho desaparecer a todo el mundo. Ladybug, deseosa de enfrentarse a él para hacerle pagar por todo lo que había hecho, ni siquiera se había molestado en elaborar un plan. Sabía, también, que no podía esperar la ayuda de Cat Noir en aquella batalla, pero no le importaba. Lo único que quería era plantar cara a Félix y derrotarlo de una vez por todas.

La pelea fue breve, sin embargo. Al parecer, a él no le bastaba con haber conseguido el prodigio del pavo real. También quería los de Ladybug y Cat Noir para crear un mundo nuevo en el que nadie pudiese controlarlo. Le dejó muy claro que él ya no trabajaba con Monarca, sino que iba por libre. Eso explicaría por qué había atacado a su tío también, pero Ladybug no tenía tiempo de pensar en ello.

Trató de vencerlo como pudo, pero no tenía opciones contra él. De modo que, cuando incluso su lucky charm le dio la espalda, Ladybug llegó a la conclusión de que debía dejar que Argos la volatilizase a ella también, antes que permitirle que se hiciera con su prodigio.

De todos modos, ¿qué pretendía hacer Félix completamente solo, en un mundo sin gente?, pensó, antes de transformarse en humo.


Por una vez, las cosas se solucionaron por sí solas. Ladybug volvió a la realidad un rato más tarde, junto con toda la gente de París. Pero la luna roja seguía luciendo en lo alto del cielo, lo cual quería decir que Argos aún no había sido derrotado.

Encontró al villano unas calles más allá, junto con Adrián y Kagami. Los dos le estaban exigiendo que trajese de vuelta a Marinette.

Ladybug sonrió. Naturalmente, Argos esperaba que Marinette reapareciese en el mismo contenedor donde la había escondido un rato antes. Se apresuró a destransformarse para reunirse con sus amigos, y ellos la abrazaron, emocionados.

Argos aprovechó aquel instante para escapar. Marinette se quedó mirándolo, inquieta, mientras se alejaba por los tejados, preguntándose si había hecho bien. Pero la Luna Roja desapareció del cielo, y todo volvió a la normalidad, sin necesidad de que ella invocase su lucky charm.


Aquella noche recibió una visita de Cat Noir. Cada vez pasaba por allí más a menudo, y ambos sabían que era peligroso, pero no podían evitarlo. En cuanto se reunió con ella, él la abrazó con fuerza, sin una palabra. Marinette le devolvió el abrazo. Los dos habían desaparecido del mundo durante un angustioso rato en el cual su conciencia simplemente se había apagado. El hecho de que todo el mundo en París, con la excepción de Kagami, hubiese pasado por aquel trance, no lo hacía menos terrible.

—Me han dicho que Félix… Argos… te atacó durante el baile —dijo Cat Noir con voz ronca.

—Nos atacó a todos, en realidad.

—Pero a ti te secuestró, ¿no?

Marinette era consciente de que Adrián conocía los detalles, porque Kagami se lo había contado todo. Pero, obviamente, Cat Noir no tenía por qué saberlo, de modo que le explicó:

—Se hizo pasar por Adrián, en el baile. Y yo estuve bailando con él, hasta que me di cuenta… de que no era Adrián realmente, sino Félix.

Cat Noir la miró con curiosidad.

—¿Te diste cuenta? Se parecen mucho, los dos. Félix ha engañado a la mismísima Ladybug.

Ella se ruborizó un poco.

—A mí también me engañó, al principio. Pero, aunque se parezcan por fuera, por dentro son muy diferentes. —Alzó la cabeza para mirar a Cat Noir—. ¿Quién es Félix exactamente? ¿Por qué tiene el prodigio del pavo real?

Él suspiró.

—Fue la persona que robó los prodigios a Ladybug, en primer lugar —le contó—. Haciéndose pasar por Adrián, precisamente. Y se los dio a Shadow Moth, y por eso los tiene ahora.

—Pero el prodigio del pavo real ya estaba en poder de Shadow Moth. No lo tenía Ladybug.

—Cierto. No hemos sabido que se lo había dado a Félix, hasta esta noche. Pensábamos que los dos trabajaban juntos, y por eso lo hemos estado buscando desde que robó los prodigios, pero hoy le ha dicho a Ladybug que actúa por libre, y que se asoció con Monarca solo de forma temporal, porque convenía a sus intereses.

Marinette asintió.

—Entonces, ¿es posible que intercambiara el prodigio del pavo real por el resto de los prodigios que le robó a Ladybug?

—Es posible, sí, pero, en ese caso, me parece que hizo muy mal negocio. Porque el del pavo real es poderoso, pero había en la caja otros que lo son mucho más.

—Podría haberse quedado cualquiera de los prodigios de la caja, es lo que estás diciendo, ¿verdad? Pero decidió entregárselos todos a Monarca. Y ahora es Félix quien tiene el del pavo real. Es decir, que estaba interesado específicamente en ese. ¿Por qué? ¿Qué es lo que lo hace tan especial?

Cat Noir se encogió de hombros.

—Lo he estado hablando con Ladybug, también. Pero no hemos llegado a ninguna conclusión. Es decir, puede crear sentimonstruos muy poderosos, como el de hoy, pero solo uno cada vez. No sería capaz de proporcionarle un ejército para… conquistar el mundo o lo que quiera que pretenda hacer. Aunque, de todos modos, ese tampoco parece su estilo.

—No, supongo que no —suspiró Marinette—. Su estilo es hacerse pasar por otra persona para mentir, engañar y manipular a todos los que conocemos a Adrián. —Se le ocurrió de pronto una idea que no había barajado hasta entonces—. Pero, con el prodigio del pavo real, Félix podría crear copias exactas de otras personas. Así no solo podría hacerse pasar por Adrián, sino también… ocupar el lugar de cualquiera. ¿No? —Cat Noir se quedó mirándola, anonadado—. Shadow Moth y Mayura lo han hecho antes —insistió ella—. Crearon un sentimonstruo que era igual a Nino. Dos veces. Y también una doble de Ladybug. —Le devolvió la mirada, profundamente preocupada—. Félix podría hacer una copia de cualquiera de nosotros. De ti, por ejemplo. ¿Y si no soy capaz de ver la diferencia?

Tiempo atrás, había reprochado a Cat Noir que se dejase confundir por la falsa Ladybug creada por Mayura. Pero lo cierto era que Félix la había engañado a ella también, fingiendo ser Adrián. Varias veces. Y Marinette no había podido distinguirlos tampoco.

Ahora sabía que Félix tenía el poder de crear cualquier tipo de doble. Y ella no confiaba en su propia capacidad para distinguirlos de los originales.

Buceó en la mirada de Cat Noir, tratando de asegurarse de que era él de verdad, y no una copia.

—Hey —dijo él con suavidad—. Todo saldrá bien, ¿de acuerdo?

Le acarició la mejilla, y Marinette cerró los ojos un momento, más calmada. Por supuesto que era su gatito. Félix no podría mostrarse tan dulce ni en un millón de años.

¿Pero podría, tal vez… fingirlo?

Marinette abrió los ojos. Cat Noir seguía contemplándola con ternura, y ella suspiró, tratando de relajarse. Félix había regresado por todo lo alto, haciéndose notar y creando el caos en París. Pero también podría infiltrarse en sus vidas sin que nadie se diese cuenta, a través de sus sentimonstruos.

Resopló con irritación.

—¿Cómo se puede ser tan hipócrita? —gruñó—. Toda esa palabrería sobre ser libre y crear un mundo donde nadie controlase a nadie… ¿y se hace con un prodigio capaz de crear seres perfectamente controlables para someterlos a su voluntad?

Cat Noir sacudió la cabeza.

—Yo no lo entiendo tampoco —dijo—. Sé que viene de una familia muy estricta, y que su padre era muy controlador, pero eso no es excusa. Yo mismo… —Se interrumpió y dirigió una mirada azorada a Marinette, aunque ella fingió que no se daba cuenta del desliz—. Quiero decir… que hay otras maneras de gestionar tu frustración.

Marinette pensó en las cosas que hacía Félix antes incluso de traicionar a Ladybug y de transformarse en Argos. En su obsesión por hacerse pasar por su primo una y otra vez, como si tuviese intención de ocupar su lugar… para robarle su vida. Se estremeció. «Tampoco ayuda el hecho de que seas una copia idéntica de otra persona, supongo», pensó.

Y se quedó helada en el sitio.

Porque Félix era, en efecto, la copia idéntica de Adrián, sin ser su hermano gemelo. Sus respectivas madres sí eran gemelas, pero eso no justificaba el inquietante parecido.

Su mente empezó a trabajar a toda velocidad.

Si Gabriel era Monarca, eso significaba que el prodigio del pavo real había estado en posesión de la familia Agreste durante… ¿cuánto tiempo? El maestro Fu lo había perdido hacía más de un siglo. Los Agreste podrían haberlo conservado durante años, junto con el de la mariposa… y el libro de los prodigios, que ella sabía con certeza que estaba en poder de Gabriel.

Rememoró lo que sabía de Félix, porque lo habían investigado cuando robó los prodigios. Recordó el dato de que era apenas unos meses menor que Adrián.

Félix, que, de entre todas las joyas mágicas, había optado por apoderarse del prodigio del pavo real.

Félix, que decía haber sido controlado toda su vida, pero ahora era libre.

Félix, cuyo objetivo era crear un mundo donde nadie controlase a nadie.

Félix. Una copia exacta de Adrián, capaz de hacerse pasar por él. Como la Ladybug de Mayura. Como el falso Carapace de Shadow Moth.

«No puede ser. No puede ser», pensó, anonadada.

—Marinette, ¿te encuentras bien? —dijo Cat Noir, preocupado—. Te has puesto muy pálida.

Ella lo miró, preguntándose cómo iba contarle aquello. Por dónde empezar a revelarle todos los oscuros secretos que ocultaba su familia. Le echó los brazos al cuello, temblando.

—Estoy asustada —le confesó.

El superhéroe la abrazó a su vez.

—Yo te protegeré, te lo prometo —le aseguró.

Marinette suspiró para sus adentros. «¿Y quién va a protegerte a ti, mi dulce gatito?», se preguntó, cada vez más angustiada.