Ladybug guio a Cat Noir hasta las alcantarillas, donde ya se habían refugiado en anteriores ocasiones. Después de asegurarse de que estaban solos, se volvió hacia él.
—Solo vamos a tener una oportunidad —le dijo—. Necesito que formes parte del plan pero, antes que nada, quiero saber cómo te encuentras.
Su compañero le devolvió una mirada llena de incertidumbre.
—¿Cómo me encuentro? —repitió a media voz.
Ladybug suspiró, colocó una mano sobre su hombro y lo miró a los ojos.
—Sé que tienes mucho que asimilar… —empezó, pero Cat Noir la interrumpió:
—¿Qué es toda esa historia… sobre Adrián Agreste, los anillos de boda y el prodigio del pavo real?
Ladybug retiró la mano, comprendiendo que él no estaba preparado para hablar abiertamente de su identidad secreta… todavía.
—Ya has oído a Félix. Tanto él como su primo, Adrián…, fueron creados mediante la magia del prodigio del pavo real.
Evitó a propósito la palabra «sentimonstruo». No obstante, por la expresión sombría de Cat Noir, quedaba claro que la estaba entendiendo a la perfección.
—Pero noso… pero ellos —se corrigió él— nacieron como cualquier otro bebé. Hay fotos suyas… de pequeños. Y crecen… como todos los seres humanos.
—El hecho de que fuesen creados mediante la magia no los hace menos humanos, gatito —respondió ella con dulzura—. Solo son… más frágiles que el resto de las personas. Y están atados a la voluntad de cualquiera que posea su objeto amokizado. Es por eso por lo que debemos liberar a Adrián. Y recuperar esos anillos.
Él bajó la cabeza, pensativo.
—Su padre es Monarca —insistió Ladybug—. Independientemente de las razones que tenga para hacer todo lo que hace, esos anillos… no deberían estar en su poder. Los padres deben ayudar a sus hijos a encontrar su propio camino en libertad. No controlarlos, como si fuesen robots, para imponerles su voluntad.
Cat Noir volvió a alzar la mirada hacia ella.
—¿Qué es lo que sabes, Ladybug? —se atrevió a preguntar.
Ella respiró hondo antes de contestar.
—Sé quién eres —le reveló—. Todo lo demás… la historia de los anillos, y la verdadera naturaleza de Félix y de Adrián…, es algo que he descubierto esta noche. Aunque ya tenía mis sospechas acerca de Félix, pero no había podido confirmarlas hasta hoy.
—Has estado investigando mucho —observó Cat Noir con tono neutro.
—Y mis investigaciones han dado sus frutos justo a tiempo. ¿Imaginas que nos hubiésemos enfrentado a Monarca sin saber todo esto? ¿Sin tener ni idea de que él... era capaz de controlarte?
Cat Noir sacudió la cabeza.
—Para eso tendría que haber sabido que era yo el que se ocultaba detrás de la máscara.
—Pero ahora ya lo sabe, gatito. Por eso no podemos perder más tiempo. Dime, ¿estás preparado?
Él le dirigió una mirada tan repleta de fe que a ella se le aceleró el corazón.
—Tienes un plan, ¿verdad? —le preguntó con una sonrisa.
Ladybug sonrió también.
—Tengo un plan —confirmó—, pero necesito que te destransformes. También necesitaremos revelarle tu identidad a Félix, cuando se reúna con nosotros. —Cat Noir dudó un momento, y ella añadió—: Salvo que no seas en realidad Adrián Agreste. En ese caso, tendré que pensar en otro plan.
Él alzó la cabeza, decidido.
—No hará falta. Plagg, garras dentro.
Ladybug sintió una cálida emoción en el pecho cuando la luz verde se disipó y Adrián le devolvió la mirada con una tímida sonrisa. Tuvo ganas de abrazarlo, pero se contuvo, porque él todavía ignoraba quién era la chica que se ocultaba tras la máscara.
—Espero que sepas lo que hagas, Ladybug —dijo Plagg con un suspiro resignado.
—Si mi padre ha descubierto ya quién soy, no tiene sentido seguir ocultándoselo a ella —razonó Adrián.
—No; y, además, para que mi plan salga bien vamos a necesitar a Adrián Agreste —dijo ella—. Y las conversaciones importantes —añadió, dirigiéndole a su compañero una intensa mirada—, las dejaremos para después. Cuando todo esto haya pasado.
Adrián suspiró.
—No estoy seguro de que vaya a llegar ese momento, Ladybug —murmuró.
—Ya verás como sí —replicó ella, tomándole la mano para infundirle ánimos.
Justo en aquel momento, su yoyó emitió una señal. Ladybug atendió a la pantalla y anunció:
—Félix viene de camino.
En efecto, unos instantes después apareció Argos. Se detuvo, sorprendido, al ver a Adrián junto a Ladybug.
—¿Has conseguido despistarlo? —preguntó ella.
—Sí. —Los ojos de Argos no se habían apartado de su primo—. ¿Qué hace Adrián aquí?
—Se ha escapado de casa y por eso su padre lo está buscando.
—¿Para qué quieres saberlo? —replicó el propio Adrián, cruzándose de brazos—. ¿Vas a hacerme desaparecer otra vez? ¿O tal vez pretendes volver a ocupar mi lugar?
—De hecho —intervino Ladybug, antes de que Argos pudiese responder—, en eso consiste exactamente mi plan. —Los dos chicos se volvieron para mirarla, intrigados—. Necesito que te hagas pasar por él una vez más, Félix. Necesito que crea que te tiene controlado.
Los ojos de Argos mostraron un brillo de entendimiento.
—Ya veo —murmuró—. Podría funcionar. Duusu, repliega mis plumas.
Volvió a transformarse en Félix. Los dos primos cruzaron una mirada evaluadora, y Ladybug se sorprendió, una vez más, de lo idénticos que parecían. «¿Quién fue el primero?», se preguntó, sin poderlo evitar. «Probablemente Adrián, ya que es unos meses mayor. Pero ¿porqué los padres de Félix lo crearían tan parecido a él?».
Sacudió la cabeza. No tenían tiempo de preocuparse por aquellas cosas.
—Tendréis que intercambiar vuestras ropas —les indicó—. Ya sabéis cómo funciona esto.
Adrián no parecía muy convencido, pero acompañó a Félix hasta un túnel contiguo para tener algo de privacidad. Cuando los dos chicos regresaron, Ladybug se esforzó por mantener la calma.
Félix se había peinado a la manera de Adrián, y ahora era idéntico a él. Su primo, por el contrario, vestía la ropa formal de Félix, pero no se había molestado en cambiarse el peinado. Los dos cruzaron una mirada. La sonrisa de suficiencia de Félix contrastaba con el gesto dubitativo de Adrián, y Ladybug se maravilló de lo diferentes que eran en el fondo, a pesar de que por fuera se parecían como dos gotas de agua.
Se fijó entonces en el anillo de Félix.
—Tal vez tendréis que intercambiaros los anillos también —murmuró, insegura de pronto.
No había caído en ello, pero su enemigo buscaba a Adrián para arrebatarle su anillo, en primer lugar. Si Félix no lo llevaba puesto, su tío sospecharía.
—Ni hablar —replicó Adrián, protegiendo su prodigio con la otra mano—. No puedo desprenderme de él, Ladybug. Sabes muy bien por qué.
Ella no supo qué decir. No había contado con aquello, y era muy consciente de que su compañero tenía razón.
—No necesito tu anillo —anunció entonces Félix—. Tengo el mío propio.
Extrajo del bolsillo una copia exacta de la joya de su primo y se la mostró a ambos. Ladybug cayó en la cuenta entonces de que Félix ya había cuidado antes aquel tipo de detalles. Una de las razones por las que lo había confundido con Adrián el día del baile de diamantes era que, a pesar de que iba vestido de gala, el chico aún exhibía su anillo favorito en el dedo. Por aquel entonces, ella conocía ya la identidad secreta de Adrián Agreste. Si Félix no hubiese llevado consigo lo que Marinette creía que era su prodigio, habría sospechado de él mucho antes.
Suspiró, aliviada. Aquello había salvado su plan.
Adrián, por el contrario, no parecía especialmente contento.
—Ya veo que te tomas muchas molestias para usurpar mi identidad —observó con acidez.
—Es necesario, a veces —replicó Félix, encogiéndose de hombros.
—Hoy lo es, más que nunca —corroboró Ladybug—. Gabriel Agreste se ha hecho akumatizar para ir en busca de su hijo. Para quitarle ese anillo, específicamente —le explicó a Félix, señalando el prodigio de su compañero.
Félix había guardado cuidadosamente su propio anillo en un bolsillo interior, y ahora lucía en el dedo la réplica del de Adrián.
—¿Y eso por qué? —preguntó con curiosidad—. ¿Qué tiene ese anillo de especial?
—Muéstraselo —le pidió Ladybug.
—¿Es necesario? —protestó Adrián.
—Se va a hacer pasar por ti, gatito. Tiene que comprender por qué ese anillo es tan importante… para ti y para Monarca.
Félix había alzado una ceja al oír el apelativo, y ahora observaba a Adrián con curiosidad y un brillo de sospecha en la mirada.
—Espero que sea un buen plan —murmuró Adrián—. Plagg, garras fuera.
El kwami salió disparado de su escondite en la camisa del chico y lo transformó en Cat Noir en medio de un destello de luz.
—¿Contentos ahora? —gruñó el superhéroe.
—Esto… esto explica algunas cosas —murmuró Félix con perplejidad. Sacudió la cabeza—. ¿Cómo es posible que tú y tu padre hayáis estado viviendo bajo el mismo techo sin descubrir vuestros secretos… hasta ahora?
—Créeme, yo llevo un buen rato haciéndome la misma pregunta —replicó Cat Noir.
—De acuerdo, centrémonos —intervino Ladybug—. Félix, ahora ya comprendes por qué busca Gabriel Agreste a su hijo, y qué es lo primero que le obligará a hacer cuando lo encuentre. —Hizo una pausa y añadió, cruzando una breve mirada con su compañero—: Y ahora nosotros también comprendemos que Cat Noir no puede enfrentarse a su padre mientras él tenga esos anillos en su poder.
—Entiendo —asintió Félix—. He captado lo que esperáis de mí, pero ¿qué haréis vosotros?
—Atacaremos por sorpresa cuando esté distraído. Que tengamos más o menos tiempo dependerá de tus dotes interpretativas.
—Entiendo —repitió Félix—. En todo caso, debéis saber que mi tío posee poderes nuevos, como akumatizado. A esos hay que añadir los de los prodigios que haya decidido utilizar hoy. Por lo que yo he visto… Teletransporte, Inmovilización, Supergolpe y alguno más.
Ladybug suspiró con resignación.
—De acuerdo, ¿y cuáles son sus poderes como akumatizado? ¿No vuelve a ser el Coleccionista?
—No; ahora se hace llamar Nightormentor y, por lo que parece, provoca pesadillas muy desagradables.
—Oh —murmuró ella.
—No te preocupes, sabré manejar a mi tío. Tú sólo asegúrate de que puedes arreglar las cosas después.
Ladybug cruzó una mirada con Cat Noir, que asintió.
—Estamos listos —anunció ella.
Como no querían despertar las sospechas de Nightormentor, Ladybug y Cat Noir se mantuvieron ocultos mientras Félix, disfrazado ahora como Adrián, recorría las calles de París en busca de su tío. Aquí y allá se cruzaron con ciudadanos afectados por el poder del villano, que gritaban y sollozaban, atrapados en sus propias pesadillas.
—No entiendo por qué hace esto —murmuró Cat Noir, abatido—. De verdad que no.
Ladybug le puso una mano sobre el brazo, para tranquilizarlo.
—No es culpa tuya. Arreglaremos todo esto y descubriremos qué está pasando exactamente, te lo prometo.
Él le dedicó una débil sonrisa.
Hallaron a Nightormentor al pie de la torre Eiffel, llamando a su hijo a gritos. Félix acudió a su encuentro.
—¡Padre!
Él se dio la vuelta. Ladybug y Cat Noir aprovecharon para avanzar tras él y saltar hasta el primer piso de la torre sin ser vistos. Eligieron un lugar donde apostarse para espiar la escena en silencio.
—Lucky charm —susurró Ladybug, y su poder le entregó un rollo de cinta de embalaje adhesiva.
Cat Noir la miró, inseguro.
—No sé si eres consciente de que nos vamos a enfrentar por fin a Monarca, milady. Si no aprovechamos esta oportunidad, no volverá a presentarse.
Pero ella le dedicó una deslumbrante sonrisa.
—No te preocupes, gatito. Por una vez, mi poder me ha dado justo lo que necesito. Y sé exactamente cómo utilizarlo.
Cat Noir sonrió a su vez, más tranquilo.
Los dos prestaron atención a la escena que se desarrollaba a sus pies, a ras de suelo.
—¿Qué sentido tiene toda esta destrucción? —estaba diciendo Félix—. Me estabas buscando, ¿verdad? Pues aquí me tienes.
Nightormentor avanzó unos pasos hacia él. Félix, muy en su papel, retrocedió un poco.
—Padre, por favor, detén toda esta locura. Libérate del akuma. Renuncia a los prodigios y volvamos a casa... juntos.
—¿Por eso te has presentado ante mí sin transformar? —replicó él—. ¿Para ver si me hacías cambiar de opinión?
—No quiero pelear contra ti. Sé que puedes cambiar —insistió él—. Si escuchas lo que tengo que decirte…
—No entiendes nada, Adrián —cortó Nightormentor con frialdad—. No comprendes por qué estoy haciendo esto ni por qué ya no puedo detenerme.
—Lo haría, si me lo explicaras. Padre. Por favor.
Pero él sacudió la cabeza.
—No tengo tiempo para charlas. Entrégame el anillo y acabemos con esto de una vez.
Féliz retrocedió.
—Sabes que no puedo hacerlo. Por favor, no me obligues.
Ladybug sintió que Cat Noir se tensaba a su lado. Inquieta, observó los movimientos de Nightormentor con atención, esperando la oportunidad perfecta para intervenir.
—Adrián —insistió el villano—. Soy tu padre, y harás lo que yo te diga. Entrégame el anillo. Ahora.
Entre angustiada y fascinada, Ladybug observó cómo Félix fingía resistirse a la voluntad de su tío.
—No… ¡no! —exclamó, llevándose las manos a la cabeza.
Ladybug se incorporó, dispuesta a saltar sobre Nightormentor… y descubrió de pronto que Cat Noir movía la cabeza con desesperación, aferrándose la mano en la que llevaba su prodigio. Cruzó una mirada horrorizada con su compañera.
—Tengo que… obedecer —musitó, angustiado.
Ladybug comprendió al punto cuál era el problema. Aunque su padre estuviese dirigiéndose a Félix, la orden estaba en realidad destinada a Adrián. Y él se encontraba lo bastante cerca como para escucharla.
Cuando Cat Noir ya se incorporaba, dispuesto a reunirse con Nightormentor para cumplir sus órdenes, Ladybug lo agarró con ambas manos para retenerlo a su lado y lo besó con urgencia.
Cat Noir abrió mucho los ojos, sorprendido. Quiso apartarse de ella; pero Ladybug le cubrió con las manos sus oídos humanos, ocultos bajo su cabello rubio… y el chico dejó de oír la voz de su padre y se rindió al beso.
Cuando se separaron, Ladybug lo miró a los ojos con seriedad. Oprimió las manos un momento contra las orejas del chico, y él comprendió. Ella retiró las manos lentamente. Cat Noir se cubrió los oídos con sus propias manos para no oír la voz de su padre.
Ladybug dirigió una mirada dubitativa a sus orejas de gato. Cat Noir entendió sus reservas.
—Solo amplifican mis sentidos —le explicó—. Si me tapo los oídos, las orejas de gato no sirven para nada tampoco.
Ladybug asintió, más tranquila. Se volvió hacia Félix y Nightormentor.
Mientras los superhéroes no les estaba prestando atención, Félix había hecho todo lo posible por seguir distrayendo a su tío. Había fingido que luchaba por resistirse a sus órdenes. Y Nightormentor, sin el menor remordimiento, había arrojado sobre él el polvo mágico que producía pesadillas. Ahora, el chico sollozaba, abrazado a sí mismo, de rodillas ante su tío.
—Dame el anillo, Adrián —exigió él.
—Sí, toma… quédatelo… llévatelo —murmuró Félix, aún temblando.
Ladybug comprendió que había llegado el momento. Enarboló la cinta aislante y se dispuso a saltar sobre Nightormentor. Antes de hacerlo, sin embargo, le indicó por señas a Cat Noir que esperara allí a su señal. El superhéroe, aún cubriéndose los oídos con las manos, asintió.
A sus pies, Félix, tembloroso, ofrecía el falso anillo a su tío.
Ladybug saltó sobre Nightormentor.
Ella sabía que, a pesar del efecto sorpresa y de la potencia extra que le otorgaba su propio prodigio, su enemigo era físicamente más fuerte. Por eso no perdió tiempo. Aterrizó sobre Nightormentor que, tomado por sorpresa, luchó por mantener el equilibrio, y se encaramó sobre sus hombros. Antes de intentar inmovilizarlo, sin embargo, Ladybug selló los labios del villano con la cinta aislante.
—¡Ahora, Cat Noir! —gritó.
Se dio cuenta de inmediato de que él no la oiría. Pero no le hizo falta: estaba atento a sus acciones y, en cuanto se dio cuenta de que su padre, enmudecido, ya no podía darle órdenes, saltó tras su compañera para echarle una mano. Ladybug oyó otra voz cerca de ella:
—¡Duusu, despliega mis plumas!
Y así Argos, Cat Noir y Ladybug se abalanzaron sobre Nightormentor y lo derribaron al suelo. Ladybug lo inmovilizó con la cuerda de su yoyó antes de que pudiese arrancarse la cinta de la boca. De este modo, atado y amordazado, fue también incapaz de utilizar también el resto de sus poderes.
Ladybug se apresuró a romper la cerbatana y a purificar el akuma. Entonces Nightormentor volvió a ser Gabriel Agreste.
Ella lo observó un momento, dubitativa, mientras él se debatía, luchando por escapar. Ni siquiera sería capaz de transformarse en Monarca, porque no podía pronunciar la fórmula mágica. Ladybug deseó por un momento que se hubiesen equivocado, y que el padre de Adrián no fuese su enemigo en realidad. Aunque tuviesen que seguir buscando.
La voz de Argos la devolvió a la realidad.
—¡Rápido, el anillo!
Ladybug se inclinó junto a Gabriel Agreste. Trató de arrebatarle los guantes, pero él tenía los puños firmemente cerrados. Cat Noir le pisó la muñeca hasta que los abrió.
Entonces Ladybug le quitó uno de los guantes. Y ahogó una exclamación de sorpresa.
En el dedo anular de Gabriel había dos anillos gemelos (ella supuso que, tras la insubordinación de Nathalie, su jefe se había apresurado a recuperar el anillo que le había encomendado). Pero eso no fue lo que más le llamó la atención.
Todos los dedos de Gabriel Agreste estaban repletos de anillos plateados. Cada uno de ellos lucía el símbolo de un animal diferente. Había algunos que brillaban, como el del caballo o el de la abeja, imbuidos de un poder místico.
—¡No puede ser! ¿Esto son… los prodigios?
Le arrebató el otro guante a Gabriel y descubrió que los dedos de su mano derecha también estaban cuajados de anillos. Los contó. Exactamente catorce, como los prodigios perdidos. Se apresuró a quitárselos todos. Gabriel aulló de rabia y se debatió, pero los chicos lo mantuvieron quieto mientras Ladybug recuperaba todas las joyas. Las examinó una por una. Solo faltaba la de la mariposa.
—Bajo la corbata —le indicó Argos, adivinando lo que pensaba.
Ella apartó la prenda y descubrió allí el broche de la mariposa. Aliviada porque aquel, al menos, seguía manteniendo su forma original, Ladybug se lo arrebató sin contemplaciones.
De inmediato, el pequeño Nooroo se materializó ante ella.
—Ladybug —dijo, sonriendo.
—¡Nooroo! —respondió la superheroína, sonriendo a su vez. Nunca antes había estado cara a cara con el pequeño kwami. En todo momento había pensado en los prodigios que Félix le había robado, en los kwamis que habían estado a su cargo. Como Nooroo había permanecido prisionero de su enemigo desde el principio, Ladybug había llegado a perder la esperanza de rescatarlo algún día.
Eso le recordó que, ahora que había recuperado el resto de los anillos, todos los demás kwamis deberían haber aparecido también. Examinó las joyas con el corazón acelerado.
—¿Y los kwamis? —se preguntó en voz alta—. ¿Nos hemos equivocado y esto no son los prodigios, después de todo?
—¡Sí que lo son! —respondió Nooroo—. Pero los demás kwamis están prisioneros en la guarida de Monarca. Lo ha hecho así para evitar que los salvaras.
Ladybug no lo entendía del todo, pero se apresuró a poner los anillos a buen recaudo en el interior de su yoyó. Si eran realmente los prodigios perdidos, volverían a aparecer en la caja roja que aún guardaba en su habitación.
—Los otros anillos —le recordó entonces Argos—. Teníamos un trato, Ladybug. No lo olvides.
Ella alargó la mano para recuperar los anillos de boda de los Agreste. Descubrió entonces una mancha oscura que se extendía sobre la piel de Gabriel. Este seguía peleando, enfurecido; pero ni Argos ni Cat Noir lo dejaban escapar.
Ladybug no se entretuvo más. Le quitó los anillos gemelos y se los tendió a Cat Noir.
—Toma, gatito. Son tuyos.
Él los sostuvo en su mano, inseguro.
—¿Qué se supone que tengo que hacer con ellos?
—Guardarlos bien y asegurarte de que nunca los tenga otra persona que no seas tú —respondió Argos.
Cat Noir dudó un instante, pero por fin se puso los dos anillos en el dedo anular de la mano izquierda, puesto que en la derecha llevaba su prodigio. Después dirigió una larga mirada a su padre, atado y amordazado a sus pies.
—Dejadle hablar —pidió—. Ya ha perdido todos sus poderes. Ya no será capaz de escapar. Y tampoco tiene poder sobre mí —añadió en voz baja.
—Te mentirá —pronosticó Argos—. Intentará manipularte.
—Pero tengo que saber por qué —insistió Cat Noir—. Necesito saber…
—Hay otra persona que puede responder a tus preguntas —le recordó su primo.
Cat Noir asintió lentamente, pensativo.
Ladybug los miró a ambos. Habían derrotado a Monarca, pero el ambiente era tenso y triste, y ninguno de los tres tenía ganas de celebrarlo. Contempló a Cat Noir, que observaba a su padre con expresión indescifrable, con las orejas gachas y los hombros hundidos. Y odió, una vez más, a Gabriel Agreste por todo lo que le había hecho sufrir.
En aquel momento, Argos se llevó las manos a la cabeza con un grito.
—Félix, ¿qué te pasa? —preguntó Cat Noir, alarmado.
Ladybug lo comprendió.
—Es la pesadilla. Todavía no se ha terminado, ¿verdad?
Tomó lo que quedaba del rollo de cinta adhesiva y la lanzó al aire para invocar su conjuro reparador. De inmediato, las pesadillas de los parisinos se desvanecieron. Y la cinta que cubría la boca de Gabriel Agreste también.
—Pagarás por esto, Ladybug —escupió—. Por volver a mi hijo contra mí. Por…
—Acepta de una vez que has perdido, tío —cortó Argos.
Sí, pensó Ladybug. Monarca había perdido. Los héroes habían vencido. Pero había tantas cosas que hacer, tantos enigmas sin respuesta que revolver…, que ella no podía relajarse aún.
Se separaron en aquel punto. Argos se despidió de ellos y se marchó, y Ladybug no tuvo más remedio que aceptar que se llevara el prodigio del pavo real, una vez más. Tendría que confiar en su palabra de que no intentaría usarlo contra Adrián.
Ella, por su parte, anunció que iba a entregar a Gabriel Agreste a las autoridades.
—No tienes que venir, si no quieres —le dijo a su compañero.
Él negó con la cabeza.
—No tengo fuerzas ahora mismo —confesó—. Además, he de hacer algo importante en casa.
—Tienes que hablar con Nathalie —comprendió Ladybug—. Adelántate, pues. Me reuniré contigo allí en cuanto haya puesto a tu padre a buen recaudo, y juntos buscaremos una manera de liberar a los kwamis.
—No tienes ni idea de lo que estás haciendo, Adrián —masculló Gabriel—. No sabes por qué he estado luchando. Con tu actitud lo vas a echar todo a perder. La vida de Nathalie…, la mía…, la de tu madre.
Él lo miró con sorpresa.
—¿Qué estás diciendo?
—No lo escuches —aconsejó Ladybug—. Si quieres respuestas, ve a hablar con Nathalie. Ella te quería libre —le recordó con suavidad.
Cat Noir asintió. Echó una última mirada apenada a su padre y se elevó hasta el tejado más próximo.
—Nos vemos después, gatito —murmuró ella mientras lo veía marchar, profundamente preocupada.
NOTA: Bueno, pues esta es la primera parte de mi "season finale". Seguramente no será tan espectacular como la de la serie, pero en fin, ya voy cerrando cosas y mi historia se resolverá como a mí me gustaría, independientemente de lo que pase en el canon. Los últimos capítulos (aún no sé si necesitaré uno o dos, dependiendo de lo largo que me quede el final) ya los subiré después de que se estrene el final de la temporada 5, probablemente a lo largo de la semana que viene.
