FFFFF
Las puertas del elevador se abrieron, dejando pasar a una mujer de cabello blanco vestida con ropas negras. En cuanto sus ojos verdes divisaron el cuarto donde ponían a los recién nacidos, sonrió por debajo de la tela negra que cubría la mitad inferior de su rostro. Volteó a los lados del pasillo. No había nadie. Ni siquiera las enfermeras; que debían estar custodiando el lugar, caminaban en los alrededores.
Decidida a no perder más tiempo, entró a la habitación, abriendo y cerrando la puerta tras de sí. La mayoría de los bebes que descansaban sobre cómodas frazadas; de color rosa o azul claro, estaban dormidos. A excepción de uno. La mujer se acercó, con una mano sobre la tela en su rostro. El niño lloraba con incomodidad. Su cabello era negro y corto y sus mejillas eran rosadas y vivas.
A Tsubaki, la sacerdotisa de poderes oscuros más poderosa que el mundo haya conocido, le enterneció por un segundo, al punto de retirarle la cobija que tenía y hacerle cosquillas en su barriguita. El niño dejó de llorar, soltando una risita. La mujer, sonriendo por lo bajo, movió su mano derecha sobre su cabeza para dormirlo. Acto seguido, sacó algo de sus ropas. La fruta Tsuchigumo. Un objeto que hace poco le había arrebatado al rey del inframundo, para vengarse por no haber cumplido con su promesa.
Acercándola al cuerpo del niño, la introdujo de a poco en su interior, sellándola bajo un círculo demoniaco que no podría ser borrado, a menos que se preparara una poción especial para ello. Una vez terminada su labor, salió de la habitación y desapareció del hospital. Cualquier niño o niña que estuvo ahí pudo haber sido elegido. Sin embargo, tal y como sucedía en los viejos juegos infantiles, al azar, el que tuvo la mala suerte de ser escogido…
Fue Sasuke Uchiha.
FFFFF
-¡Buenos días! – exclamó Naruto con una sonrisa, terminándose un bocado de ramen, al ver cómo Sasuke abría y cerraba la puerta corrediza del comedor.
-Buenos días. – dijo, volteando de un lado a otro. - ¿Sakura no está contigo?
-Estaba. Acaba de irse a correr.
-Deberías acompañarla. – comentó burlón, sentándose a su lado izquierdo. – Así podrías reforzar tus lazos con ella.
-¡Claro! – exclamó sarcástico, enojándose y azotando su palma derecha en la mesa. - ¡Cómo TÚ cuando te fuiste de casa sin nosotros! – Sasuke bufó.
-No quería molestarlos, es todo.
-¡Sí, cómo no! – se quejó, poniéndole una mirada zorruna y moviendo los fideos en su plato con unos palillos naranjas. - ¡Y hablando de molestar…! ¡¿En dónde demonios estabas anoche?! – preguntó enojado. - ¡Karin y yo te estuvimos esperando por horas, de veras!
Sin que el rubio lo notara, el joven de ojos negros palideció. Hasta ese momento, no se había preguntado lo que pasaría si su familia adoptiva quedara involucrada en el asunto de los demonios y la fruta Tsuchigumo. De solo pensar en eso… sentía un profundo terror de que su historia de la infancia se repitiera. De volver a ver a sus seres queridos hundidos en charcos de sangre, sin señales de vida.
-Ya sabes… - se limitó a decir, sin voltear a verlo. – andaba por aquí y por allá.
-Bueno, no me cuentes. – frunciendo el ceño, sorbió unos fideos. – Pero, al menos, dime qué fue lo que le dijiste a Sakura a… - al voltear de nuevo a su izquierda, se dio cuenta de que ya se había ido. - ¡TEMEEEEEEEEEEEE!
PPPPP
En otras ocasiones, había asegurado que veía a Rin en sueños. Que estaba acostada a su lado y que le sonreía como cuando eran niños. Ahora ya no era así. Hace apenas unas horas que la sensación de calma lo llenaba completamente y eso se debía a que su luz, luego de 10 largos años, por fin había vuelto a su vida. Sin embargo, al abrir los ojos, se estremeció al notar que Rin ya no se encontraba ahí.
Por lo mismo, se levantó con rapidez de su cama. Buscó una camisa y se la puso encima, bajando con prisa las escaleras. En cuanto vio la figura de la joven, limpiando la mesa del comedor, soltó un suspiro de alivio. Si las últimas convivencias que había tenido con ella, se trataban de un sueño, no quería que lo despertaran.
-¡Hola, Sesshomaru! ¡¿Dormiste bien?! – interrogó Rin, caminando de un lado a otro del comedor y con una radiante sonrisa que lo enamoró más.
-Sí, yo… - de pronto, fue interrumpido por el sonido de un teléfono celular. Rin revisó el bolsillo del mandil azul marino que traía puesto y tomó la llamada, girándose.
-¿Si, diga? – murmuró apenada. – Ah, sí, ya estoy en la ciudad. – Sesshomaru tomó asiento, sin quitarle sus ojos dorados de encima. – No, aún no lo encuentro… lo sé. Si… sí… de acuerdo. Hasta luego.
-¿Quién era? – preguntó con curiosidad, mientras ella apretaba un botón y se guardaba de nuevo el celular.
-Hay algo que debo contarte… - dijo nerviosa, volteando hacia él.
-Te escucho.
-B-Bueno… - sus mejillas se sonrojaron. Tomó aire hasta llenar sus pulmones y luego lo expulsó despacio, optando una actitud más seria. – Uno de los cardenales del vaticano me encargó una misión importante.
-Así que, ¿No viniste aquí porque estás de vacaciones? – Rin negó.
-Lo que me pidieron hacer… - llevó una mano al bolsillo del vestido que tenía puesto y colocó sobre la mesa una fotografía. – es encontrar y proteger a este joven. – Sesshomaru abrió los ojos como platos, reconociendo el cabello y los ojos de Sasuke Namikaze. – Pensé que, como tú eres detective, podrías ayudarme a localizarlo.
-Antes de acceder a tu petición… - dirigió sus ojos dorados de la foto hacia su amiga de la infancia. - …quiero saber porque te pidieron protegerlo.
-Hace 18 años, la sacerdotisa Tsubaki selló en un niño recién nacido un objeto conocido como "la fruta Tsuchigumo". – explicó. – Aquel o aquella que lo tenga en su interior, tiene poderes curativos que al mismo tiempo son destructivos. – volteó hacia la fotografía, viendo preocupada el rostro del joven al que debía buscar. – La razón por la que me pidieron protegerlo, es porque el sello que hacía a la fruta invisible ha comenzado a debilitarse. – alzó la vista y se encontró con los fríos ojos del detective. – Por consecuencia, todos los seres sobrenaturales de Japón querrán matarlo para obtenerla.
PPPPP
-¡Oye, Hinata…! – exclamó un muchacho de piel bronceada, ojos rasgados y cabello castaño, aterrizando en el techo de un edificio. Segundos después, su vista se vio amenazada por una navaja de bolsillo color rojo, sostenida por una joven de largo cabello negro, cuya cabeza era resguardada bajo una capucha de color violeta oscuro.
-Kiba, te dije que no volvieras a llamarme así. – dijo enojada, observándolo con unos despiadados ojos carmesí, con tres aspas en su interior. – Mi nombre es Himawari, no Hinata.
-Relájate, preciosa. – dijo de forma galante, tomándola del brazo y haciendo a un lado la navaja. – Hasta parece que te faltaron horas de sueño. – agregó divertido, mientras ella se volteaba, para ver el cielo despejado, y guardaba su arma en su pantalón.
-Puede que no estés equivocado.
FFFFF
-Lo que quiero es que se enamore de ti, no que te guarde rencor por lo que le hiciste a su familia. Con su corazón cautivado, hará cualquier cosa por ti y será imposible que su sangre te envenene.
FFFFF
-Es increíble que Enju, sabiendo mi historia con ese muchacho, se atreva a sugerirme que lo enamore. – cubrió su rostro con sus manos y se agachó, con las suelas de los pies pegados al piso de la azotea. – No sé qué hacer… que vea a mi familia o no depende de…
-O-Oye, oye… - al verla tan intranquila, Kiba la acompañó en el suelo, arrodillándose frente a ella para sostenerla de los hombros. – Tranquila, Hinata… he, digo, Himawari. La tía Enju te lo explicó cuando éramos niños, ¿No? La única responsable de esa masacre fue Tsubaki. Tú solo estabas siendo controlada. ¡Por supuesto que no sabías lo que hacías!
Al escucharlo, la joven retiró sus manos de su cara. No estaba llorando. Pero si reflejaba en su expresión lo asqueada que se sentía con el plan de la bruja. En eso, tres cuervos llamaron su atención, graznando y señalando a un lugar. Ambos se levantaron, caminaron a la orilla y buscaron, aquello a lo que los animales señalaban. Himawari suspiró al ver a Sasuke, caminando calle abajo con una mueca de pocos amigos… y un monstruo esperándolo en la esquina.
PPPPP
-Ese tarado… - pensó Sasuke, apartándose cada vez más de la residencia Sabaku con pasos enfurecidos. – debería empezar a ser menos chismoso y más comprensivo. – cómo iba tan distraído con el asunto de Naruto, no se dio cuenta de que un sapo gigante lo iba siguiendo… hasta que quedó atrapado en uno de sus huevos, impidiéndole hablar o moverse.
-¡JAJAJAJAJA! – la criatura sonrió victoriosa, pasando su pata por encima de su creación. - ¡La tengo, la tengo!
-¡Gamajiro! – lo llamó Koryu, volando hacia él. - ¡Deja de perder el tiempo y vamos con el señor Tokajin! – el sapo, en respuesta, le escupió un gas venenoso, apartándolo unos metros y tirándolo a un bote de basura.
-JEJEJE… - sonrió, levantando su huevo y saltando hacia el otro lado de la calle. - ¡LA FRUTA ES MÍA, LA FRUTA ES…! – de pronto, recibió una patada en su espalda, lo que hizo que soltara el huevo y se fuera rodando hacia una reja metálica. - ¡¿Pero qué te pasa?! ¡¿No ves que…?! – al encontrarse con los ojos carmesí de Himawari, detuvo su reclamo y empezó a sudar en frío.
Sin tener misericordia, la joven chasqueó sus dedos, envolviendo al sapo con unas intensas llamas azules que lo carbonizaron hasta los huesos. Satisfecha por el resultado, se sacudió las manos. Volvió con Sasuke y lo sacó del huevo, rasgándolo de arriba abajo con la larga uña de su dedo índice derecho.
-COF, COF… - arrodillándose en el piso, se llevó una mano a la garganta. Himawari, notando su molestia, observó detenidamente su cuello, percatándose de un brillo inusual.
-No te muevas. – le pidió, arrodillándose frente a él y golpeándolo en la boca del estómago con su puño derecho. Al instante, Sasuke escupió una pequeña esfera verde, la cual, la joven recogió entre sus dedos. – Alimaña tramposa. – murmuró, destruyendo la esfera con un ligero apretón en su mano.
-¿Q-Qué fue eso? – preguntó, frotándose el cuello por la pequeña molestia que todavía sentía.
-Un sapo Tsukumo. – bufó. – Muchos demonios han comenzado sus planes de cacería y tú todavía no entiendes que no debes andar solo por ahí. – permaneciendo en silencio, el joven retiró su mano de su cuello, mirando a un punto fijo en el suelo.
-Prefiero eso… - apretó los puños y levantó la vista, llamando la atención de Himawari. – a que mis hermanos, mi madre o mi tío queden… - de pronto, su estómago gruñó. La hibrida hizo una mueca antes de soltar una carcajada, haciéndolo sonrojar por la vergüenza.
-Vamos… - se puso de pie; sacudiéndose el polvo de las rodillas, y le extendió su mano derecha. – conozco un buen lugar para desayunar.
PPPPP
Pasadas unas horas desde la salida del sol, InuYasha se despertó con tranquilidad. Se inclinó hacia adelante en su cama y comenzó a revivir en su mente lo sucedido la noche anterior. Aunque su amada Kagome sonreía, su voz le denotaba una gran preocupación, motivo por el cual, haría cualquier cosa por ella. Aunque tuviera que desobedecer las órdenes directas del sacerdote máximo. En este caso, Miroku Higurashi.
Bufó. Se levantó de la cama y se cambió de ropa, poniéndose encima una capa negra con capucha para cubrirse la cabeza. Al dirigirse a la puerta de madera y abrirla, revisó el pasillo. Despejado. Caminó; casi trotando, hasta las escaleras y bajó lo más rápido que pudo por los tres pisos. Siempre asegurándose de que nadie lo estuviera siguiendo o viendo. Cuando llegó a la puerta de la enorme casa, sonrió para sí mismo ante el cristal, felicitándose por haber hecho un sigiloso recorrido. Con lo que no contó…
-¿InuYasha? – fue con que la pequeña Shiori lo hubiera observado desde el otro lado del vestíbulo.
PPPPP
-¿Cómo? ¿No está aquí? – interrogó Sesshomaru, parado en la recepción de la residencia Sabaku.
Esa mañana, no iba vestido como el detective Taisho. Sino como un hombre ordinario que solo paseaba por ahí junto a una amiga. Y a pesar de que la recepcionista lo reconoció por el incidente de la otra noche, decidió no entrar en pánico y seguirle la corriente. A lo mejor solo volvía a buscar a Sasuke para preguntarle algo que se le había olvidado sobre la investigación.
-¿Y no sabe en dónde podemos encontrarlo? – continuó Rin, apoyando sus brazos sobre la impecable barra de madera.
-Lo lamento, señorita. – se disculpó Temari. – Sasuke me dijo que saldría, pero no mencionó a donde.
-Disculpen… - en eso, una cabellera rubia apareció desde las escaleras. – Hola, lamento interrumpir su conversación, pero no pude evitar escuchar que buscan a mi hermano.
-¿"Hermano"? – cuestionó Sesshomaru, mirándolo de pies a cabeza. Aunque fueran más de las 11 de la mañana, continuaba usando su piyama, una playera verde oscuro, unos pantalones blancos con rayas azules y unas pantuflas con orejas de zorro. - ¿Cómo te llamas?
-Naruto Namikaze. – respondió, con una sonrisa de lado, guardando sus manos en los bolsillos de su pantalón. – Si tienen algún problema con él, podríamos hablarlo para llegar a un acuerdo y…
-¡¿P-Problema?! ¡No, nada de eso! – exclamó Rin, negando con las manos. – En realidad, solo quiero entregarle algo. – del bolso anaranjado que llevaba, sacó una cajita de color rojo y se la entregó al muchacho en las manos. - ¿Crees que puedas dárselo por mí?
-Seguro, señorita…
-Rin. – sonrió y estiró su brazo. – Encantada de conocerte, Naruto. – el mencionado también sonrió, estrechando su mano con la suya.
-Lo mismo digo, de veras. – en cuanto se soltaron, la joven hizo una reverencia, acercándose de nuevo a Temari.
-Gracias por todo y disculpe las molestias. – habló apenada, llevándose una mano por detrás de su cabeza. – Con permiso. – al dar una última reverencia, tomó la mano de Sesshomaru, conduciéndolo por la entrada de la residencia y dejando a los jóvenes con expresiones curiosas en sus caras.
Fin del capítulo.
